Tres deseos

Los genios viven en lámparas, soñaba de niño el niño; los genios cumplen deseos, pensaba él mientras dibujaba una lámpara en su cuaderno. Ese ademán le quedaría toda la vida: anillos y dijes con decoración de lámparas para frotar y desear. Creía que cuando una lámpara cumplía el genio estaba libre desde que a ese dibujo le pidió que Yuliana lo mirara en clase y ella, con esos ojitos girasolados, lo había mirado; luego había deseado que le hablara y ella, al verlo a los ojos, le dijo que qué le miraba y terminó por creer cuando ella le había besado la mejilla en respuesta a su respuesta. La magia habían sido las palabras y la propia infancia, porque cuando él le dijo que los ojos más lindos del mundo, pensándolo de verdad, ella, sin poder hacer más que creerle, no pudo más que besarlo de agradecimiento… A su favor tenía que él de verdad creía lo que decía, y en la magia que le había ayudado a decirlo. De esa no se recuperó.

Al día siguiente intentó pedirle a la misma lámpara las respuestas del examen de matemáticas y de su división de dos cifras, pero no hubo resultado. Su veredicto estaba claro: ninguna lámpara podía cumplir más de tres deseos. La borró y buscó otra. Portadas de cuaderno, cerámicas de su mamá: lo hacía con algo de desconfianza; llevaban toda la vida allí. Es fácil hablar de absolutos, de eternidades, cuando la existencia ha durado solo nueve años. El caso es que creía que eran viejas; al no cumplirse sus deseos, confirmaba que ya habían sido utilizadas, y seguía en la pesquisa. Aprendió que viejo y limpio era señal de uso, pero viejo y roído, de abandono, y en el abandono había la posibilidad de que al menos quedara un deseo…

Muchos se habían ido igual que los tres primeros: por una mirada, por un beso, por un final feliz… Nunca para frivolidades, ni plata ni negocios, ni fama. La magia pertenece a los ojos girasolados, a las pieles de caramelo y los labios endulzados de deseo, jamás para nada más. La magia se desea, se hace desear, debe ser digna antes que útil, debe ser anhelo antes que fruto, está condicionada por la posibilidad inimaginable de ser, y aunque termine, aunque se acabe, aunque no haya mañana para el deseo, no es vano que se consume ni que se consuma, porque si se vive se celebra y si se extingue, libera.

Se es preso del recuerdo consumado, y allí se siente cómodo: entre sus labios, entre sus manos, entre las palabras dichas entre los labios lamidos, entre las piernas recorridas y los susurros entrecortados. En él viven sus deseos, en eso piensa, en eso divagaba hasta que ella lo regresa a la tierra.

—¿Hola? Tierra a Raúl, te pregunté por qué te gustaban tanto las lámparas.

Él sonríe, la mira, se pierde de nuevo en su cabello rizado, en sus labios gruesos, en los ojos brillantes y acaricia, de manera casi instintiva, el anillo en el que tiene aún tres deseos. Calla, pero la mira; sonríe mientras la mira, mientras recorre las comisuras de sus labios, mientras acaricia su mano y se adentra en su mirada…

Sabe que la magia es un secreto, que no se devela porque podría no cumplirse. Esa idea lo atemoriza, mucho más teniéndola enfrente, así que contesta sin contestar: son bellas, tienen algo que me atrae… en eso se parecen a vos. Ella sonríe y se ruboriza; él borra un deseo. Él aprovecha y estira la mano para tocarle el rostro. Al tacto se sienten cálidas y reconfortan, también como vos, dice él mientras que se acerca a su rostro y sus labios. La besa lento, húmedo, tierno… y borra otro deseo. Ella, al separarse, se muerde los labios. Él entiende que la magia ha sucedido y la hala hacia él mientras que consuma su tercer deseo.

Malestares

A lo lejos lo ve, un cuerpo encorvado recordando lo que es el beso del sol, se estira como una ramita de frijol buscándolo, necesitándolo, deseando que esté a su alcance, cierra los ojos y deja que el rayo le cruce los párpados pintándole de rojo las pupilas, lo sabe porque él le ha contado que le gusta esa forma en que el sol te deslumbra incluso con los ojos cerrados y te deja esa luz grabada durante unos instantes en la retina… No tiene mal aspecto, no más de lo usual, por lo menos, es un viejo, los viejos tienen sus achaques, su figura triste y su paso torpe; curiosamente, tantos males le brindan una gracia peculiar y casi admirable, para no generar polémicas, a la distancia es notable, igual que un gordo, un flaco, alguien muy alto o muy bajito, con la gente es como agua y aceite, imposible de juntar y encontrando la forma de salir a flote.

Su presencia es como un síntoma, hace que el cuerpo reaccione, como una especie de dolor y alivio parecido al que se siente cuando uno estira después de estar mucho en la misma posición, casi como un recordatorio de humanidad, casi como la fiebre que se apodera del cuerpo y embota la cabeza frente a un virus, como la picazón de un zancudo, una pequeña señal que confirma la presencia de algo ajeno, un signo de que la comodidad es algo pasajero, un símbolo de que la vida sigue siendo algo que busca la forma de escurrirse y reclamar lo que tiene.

Me acerco y parece que él se acerca, aunque no se mueve, pero tiene esa extraña postura que parece inclinarse hacia ti, de ocupar tu espacio personal y de recordarte que nada es tuyo, no importa cuán cercano lo sientas, él puede hacerte sentir que lo pierdes, que te ausentas y que te arrebata un poco ese lugar donde estás, los cuerpos viejos no hacen nada con mayor intensidad que un cuerpo joven, pero lo saben hacer mejor.

—¿Cómo va todo, agonía? —lo saludo con un chiste interno y un remordimiento externo, quien lo ve sufre imaginando que sufre, aunque él no lo hace, como la chica que gime en el departamento del lado y se avergüenza un poco al otro día sin ruborizarse por completo.

—Todo va —responde siempre, con una cautela impropia, como quien cree que tiene aún mucho tiempo, aunque sabe uno con verlo que está a dos gripas fuertes del cementerio… Exagero, pero aparenta, es parte de él esa figura deteriorada, un caballero de triste figura, como su amado manco esbozó hace tanto tiempo, que si no fuera por su falta de intención estética juraría uno que se ha caricaturizado hasta parecerlo.

—¿Vos? —pregunta, con esa voz de estornudo y de tos con flema, con esa intención real de saber cómo estás, con ese interés genuino que ahora resulta extraño.

Lo miro a los ojos incapaz de mentirle, y él lo entiende, todo saldrá de la mejor forma posible me dice y esas palabras se sienten como un aliento atrapado en un tapabocas, en un vaho denso que irrita los ojos y hace imposible contener y esconder las lágrimas, al final eso es lo que lo hace peligroso, su capacidad para hacer que quien se lo cruza no pueda mentirse, no encuentre cómo, y sienta, como yo siento, que el cuerpo le tiembla, que las articulaciones se resquebrajan, que el dolor brinca de coyuntura en coyuntura y que el escalofrío lo recorra de arriba abajo, mientras que un calor constante le indispone el cuerpo.

—Sin duda alguna, ibuprofeno —le digo en broma mientras huyo del malestar que me provoca.

Señales

Cuando Simón despierta, el sol aún no lo ha hecho. Se estira sabiendo que sus gatos, al igual que él, tienen la costumbre de hacer parecer que al sol le cuesta levantarse; se estira mientras sus pupilas se acostumbran a la noche esclarecida y comienza su rutina: sale de la cama a medio tender y la contempla. Se ve más grande desde esa perspectiva y mucho más porque, al salir de ella, sus gatos abandonan la mitad aún hecha y corren a su comedero, esperándolo… Camina hacia ellos, les soba las caras, choca narices con ellos e intenta besarles la frente.

Se mueve despacio y en silencio; sus vecinos pueden dormir tranquilos: no hay batidos en esa casa, no hay tacones en esa casa, no hay secadores en esa casa. Toma un poco de café recién molido y espera a que gotee, a que chorree… Aún el sol no sale del todo, pero la noche se consume en sus últimas oscuridades y comienza a llenarse de luz todo mientras el café termina de llenar su taza. Cuando comienza a tomarlo, las nubes arreboladas se sonrojan y le recuerdan sus ganas, porque el color le hace pensar en su piel blanca, sonrosada al apretarla, al nalguearla; en sus mejillas jadeantes.

Sabe que es un buen café, pero no le queda duda de que es el deseo de sus piernas apretándole la cabeza lo que lo despierta. La recuerda bien, su cuerpo la recuerda bien, pero no había tiempo para seguirle los juegos, para fingir sonrisas ni forzar tiempos, piensa mientras ve la aspiradora despertarse y empezar a recorrer la casa. Suena una alarma y le recuerda que quedan cinco minutos para que termine el espacio del desayuno. Despierta del ensueño y alista maleta; salta un poco y se activa lo poco que falta. Camina hacia la ducha fría, recordándola a ella caminando en tanguitas por el mismo pasillo, las paredes contra las que presionó su cara, donde apoyó su cuerpo y tocó con ganas. Se ríe al ver el espejo donde saltaba para verse. Siempre creyó que un espejo era solo algo que reflejaba lo que se le pusiera enfrente; para ella era un símbolo claro, una alerta constante: una casa que no estaba adaptada a su medida la hacía sentir como una extraña.

Simón, pragmático y funcional, siempre se reía. El espejo fue un regalo, se puso donde cabía y, siendo como era, jamás pensó en necesitar otro u otros espejos, ni espacios. En su casa, la vanidad tiene cámara subjetiva; la belleza está enfrente, en lo que se comparte y lo que se disfruta. No hay espacios personalizados ni reservados; no se necesitan ni se buscan. Los espacios son cambiantes y le basta con que sean funcionales. Nada puede validarle un espejo, o un armario, o una olla; lo que importa está presente: una taza extra de café, comida que le gusta en la nevera y el aromatizante que le gustaba por toda la casa.

Se mete a la ducha con ese pensamiento y la recuerda ahí metida con él, hincada y empinada, mientras el agua fría le empapa la espalda… ahora solo la cara, fría como antes y, por fortuna, para que la temperatura borre de su cuerpo la reacción física provocada por el cielo arrebolado, por su cuerpo sonrosado, por el recuerdo vivido y presente. El agua calma, el agua apaga, el agua limpia, el agua borra. Mucha agua ha pasado debajo del río y sigue pasando, dejando atrás esos amaneceres rojos y sonrosados. El juego cansa, desgasta; el juego, además, es innecesario. Esa señal la tiene presente, nunca la olvida: todo lo que se entrega es siempre voluntario, no premio, porque aquel que se premia es aquel que se prueba para hacerse merecedor de algo… y eso no puede permitirse. En una casa, nadie nunca debería probar que es valioso para quien la habita; su mera existencia es la única señal necesaria.

Cierra la llave, se seca el cabello, mira el reloj… mierda, de nuevo llegará tarde a todos lados.

No llegan solos

Cada que suena una canción que le gusta, se levanta como un resorte de la silla, se quita las gafas y comienza a saltar. A su alrededor se paran, lo imitan, brincan y rebotan. Él marca el ritmo, siempre marca el ritmo: ágil, rápido. Parece acostumbrado a hacerlo, pero no lo está; lo mueve más el miedo que el impulso. Lo supo al sentarse y ver, a lo lejos, figuras parecidas, pero con ropas distintas a las que él lleva: vestimentas aburridas, caras largas… Terror le despierta la imagen.

Por eso brinca de su silla como un acto identitario. No quiere ser como los que se quedan sentados, necesita poner distancia. En un par de ocasiones ve que lo miran; presiente que con envidia. Pero no son los únicos que lo miran. No lo nota, pero los demás se extrañan: lleva años sin ser ese que hoy no quiere parar.

Brinda y no se mide, parece un recuerdo de sí mismo. Sigue estando loco, piensan, y disfrutan del espectáculo. Se contagian de su ritmo, pero no pueden seguirle el paso. Él no lo nota, no sabe que no son siempre los mismos; imagina que es natural que todos hagan lo que siempre hicieron: estar a su lado sin dudar ni cuestionar. Cierra los ojos y marca el ritmo de la canción mientras ondea su cabello de atrás hacia adelante. Piensa en los noventa, cuando lo hacía siempre; piensa que los noventa fueron hace diez años, sin recordar que fueron hace casi treinta.

Hoy es ese que fue. Hoy no es de esos que, a lo lejos, se comportan como tíos de fiesta, sentados y cansados. Hoy es todo lo que ellos no son, hoy es divertido y fiestero. Hoy toma sin preocuparse por el reflujo ni por la lumbalgia, ni por los documentos que lo esperan en casa, ni por sus pendientes. Hoy es ese que siempre encontró tiempo para perder el tiempo.

La música parece moverlo. Grita y canta, celebra, se celebra, sin pensar, sin ocuparse de sí mismo; le basta sentirse diferente de los que están lejos, de los que se alejan de su propia imagen. Baila, baila y no parece cansarse… La noche lo acepta y lo recibe con cariño.

Cuando despierta, abre los ojos con cierta cautela. Sabe que aún la cama da vueltas, tiene reseca la garganta y respira en un tiempo artificial para contrarrestar las náuseas. Aunque no sabe bien a qué horas se ha dormido, sabe que ha dormido poco y sabe que lo que viene no puede evadirlo con un chiste ni con una morisqueta. No todo es cuestión de actitud y, por lo que su cabeza parece decirle, está a punto de vivirlo.

En su euforia ha olvidado los rituales: el suero no está en la nevera, los analgésicos no los tomó antes de dormir, no hubo masaje en los músculos con cremas frías ni calientes. Está a merced de su naturaleza desgastada. Los músculos están tensos y golpeados; el cuello, la espalda, las rodillas, cada músculo hace fila para reclamarle la audacia, la osadía de no recordar sus límites, de obviar el protocolo y de omitir su limitada realidad. Sabe que, en cuanto se doble sobre sí mismo para levantarse de la cama, sentirá esa tensión liberada presionándole las vértebras y coyunturas, sentirá el músculo expandiéndose y sentirá, sobre todas las cosas, el no poder engañarse ni evadirse, el no poder distanciarse de esa imagen que lo llevó a extralimitarse, a nadar contra la corriente, a fluir fuera de todo su cauce.

Reúne sus fuerzas y tira de sí mismo hacia el frente. La espalda se expande, el lumbago se contrae, el dolor se apodera de él. No quiere decírselo a sí mismo, aunque lo ha pensado ya varias veces y ya no puede evitarlo. Las palabras salen de una manera tan natural que no tiene más que aceptarlo:

—Soy un puto viejo y los años no llegan solos.

Guardia baja

Está adolorido, visiblemente cansado, se mueve buscando esas que los médicos conocen como posturas de alivio; se estira tratando de llevarle un poco más de sangre a los músculos y se inclina liberando presión de los lugares donde se había concentrado el peso. A su alrededor hay ruido, siempre hay ruido. No es el momento de escucharlo, de perder el foco; hacerlo es recordar que duele, que el cuerpo ya no aguanta. Hay que evitarlo a toda costa, hay que esquivar, hay que creer que el cuerpo no siente lo que siente, que el tiempo no ha pasado y que se acaba. No se acaba, no aún. No duele, no es cierto que sea el fin, piensa sin darse cuenta; cree en eso sin saber que lo cree, y le cuesta creer que aún no se haya dado el momento. Aprieta, aguante, espere, se dice para sí mismo. Se puede, se intenta, ya llega, se repite sin menguar la intención, sin sentir el pecho frío o frío en el pecho.

Afuera, el mundo es hostil. La silla le aprieta y no hay suficiente espacio entre sus pies y la siguiente silla. No importa, nunca importa. El dolor pasa, tiene que pasar, debe pasar; el dolor no puede evitar que pase. Se gira, se truena la espalda, siente crujir el espacio entre sus vértebras, siente el descanso, el cosquilleo y ese pequeño dolor punzante. Le gusta, le gusta ese dolor que siente cuando el dolor pasa. Sabe que es pasajero, que volverá, pero le sirve y lo toma. Solo un imbécil rechaza lo poco porque piensa que, si no es todo, nada le sirve. Con suficientes ganas, de lo poco se hace mucho; de tripas, corazón, decían; del ahogado, el sombrero; caer de pie, pero nunca de rodillas. Hay que tener clase para saberlo; por eso sonríe en las malas.

Conoce el juego, respeta sus reglas. Está abajo y abajo se sufre, se recibe el desdén y se recarga. Ladran, ladran los perros en sus potreros como si quisieran arrastrarnos hasta ellos, pero ladran a lo lejos y sus fauces no nos tocan. Avanzamos, piensa, avanzamos. Atrás se quedan sus improperios. Conocemos el juego, somos buenos en el juego; no vamos a perder la cabeza por eso, no ahora, no en este momento. Se balancea en su silla, aprieta las manos y hace fuerza, y se esfuerza. Tiene aguante, y tiene hambre, y tiene ganas; lo sabe y espera, sabe que con eso basta.

No tiene miedo; del infierno ya viene, el dolor ya lo atraviesa, la tristeza ya la ha llorado muchas veces. Aquí no cabe esa tristeza, no ahora; en el presente ni en el futuro tiene espacio. Aquí solo cabe una idea: se puede. En el futuro caben la rabia, la impotencia; no ahora. Ahora se puede. En el futuro cabe mucha bronca; en el ahora, el aguante.

Eso no entienden, piensa, sin saber que lo piensa. Esa emoción lo viste y lo recubre sin saber que la lleva encima, que los demás la ven, que los demás se divierten con su sufrimiento. Quieren que caigan los que están abajo, tan pequeñitos que no sueñan con ser grandes, sino con empequeñecer a los demás. Tienen tanto miedo de la atención que les parece impensable que otros no se achiquen; necesitan verlos pequeños para no sentirse ellos diminutos.

Pero no hoy, no ahora. Ese pensamiento no lo atraviesa, es ajeno. Él y todos simplemente observan, conocen el juego, lo han visto; saben que hay oportunidad, saben cazarla, saben estar donde deben estar. Ninguno piensa de otra manera, ninguno agacha la cabeza, ninguno rezonga ni se queja; no ahora, no en este momento. Aquí solo cabe hinchar, aquí solo se puede tener fe y seguirlo intentando, estirar los brazos y las piernas, dejar atrás a todos los que no quieren que pase lo que en su cabeza es inevitable.

Otros creen que juegan mejor el juego, otros creen que ya todo ha terminado, y ahí pasa, ahí los cogen con la guardia baja porque no entendieron que ellos conocen el juego y, aunque a veces parezca que no sepan jugarlo, es en esos momentos donde muestran algo más importante… saben ganarlo.

Azares

El principio de incertidumbre dice que todo es posible mientras no se decida nada, que cada momento previo a una develación es convertido en un sorteo infinito donde el universo se fragmenta miles de veces y se completa hasta que la cortina se corre y solo una se materializa y queda frente a nosotros materializado el presente, destruyendo, en consecuencia, cualquier otro futuro.

Cada padre pudo tener un mejor o peor hijo y, aun así, sin saber lo que viene, sin entender lo que perdieron, cada uno te recibe con miedo y te aprieta contra su pecho, te levanta un poco y te mira con la piel blandita y un olor a sangre, sudor y jabón, pensando que se ha ganado la lotería, con miedo de verte sufrir, con miedo de hacerte sufrir, sufriendo de miedo, lleno de dudas, paralizado por la incertidumbre y la felicidad; no sabe cómo, pero sabe que tendrá que hacer que todo salga bien, no sabe cómo ni tiene idea de lo que vendrá, de la primera fiebre, de la primera hambre, de la primera caída, raspadura, hipo, dolor de estómago; no sabe, pero su cuerpo parece advertirlo, la sensación lo abruma y lo hace valiente al mismo tiempo… no sabe cómo, pero algo tendrá que hacer.

De lado quedan sus otros posibles futuros, el trabajo ahora es necesario pero no importante, tendrá que hacer nuevos amigos con quienes se encuentre en bautizos, piñatas y escuelas de padres, de fútbol, de dibujo, de baile, de artes marciales… Que sus viernes en las noches ya no serán los viernes en la noche… Nada de eso le importa realmente, pero sabe que pasará, no piensa en ello, no lo inquieta la facilidad con la que renunció siquiera a hacerlo; confirma algo que en el fondo sabía: no era tan importante, solo los nervios lo consumen, solo la ansiedad lo ocupa.

¿Qué faltó por hacer?, ¿qué le faltó por aprender?, ¿cómo podrá ser para él lo que siempre quiso para sí mismo?, ¿qué no repetir?, ¿qué no omitir? Se imagina en la sala de partos, se imagina en el primer día de clase, se imagina enseñándole algo que le cueste comprender, se imagina sus preguntas incómodas, su imprudencia acompañada de sus prejuicios y los momentos de tensión que vivirá por culpa de ellos…

Piensa también en el primer día que lo lleve a estudiar, en el día en que deje de cargarlo para darle su tetero, piensa, sin haberlo aún conocido, cómo será despedirse de él y le duele el pecho, piensa en los momentos donde se transformará de héroe a villano, donde ya no coincidirán, donde su ética le parecerá anticuada y moralista, y no individual y reflexionada, en esos momentos donde dejará de ser sabio y certero, empezará a ser errático y viejo; sabe que es inevitable que el mundo va a separarlos y recuerda que su tiempo será limitado, piensa en cuando lo encuentre llorando, borracho, con olor a cigarrillo o alguna droga, cuando lo vea callado y perdido, si sabrá estar ahí para verlo a la distancia y si sabrá acercarse para recortarla, piensa todo de una manera continua: infancia, adolescencia, adultez; vive su vida sin haber vivido los momentos y no puede parar, es una ráfaga de emociones, de contracciones, él mismo convertido en un principio de incertidumbre, pensándose como padre mientras se recuerda como hijo, mientras teme y sufre y se emociona, ilusionado con darle limón por primera vez, con llevarlo a la cancha, enseñarle a montar bicicleta y luego moto, en pasar una tarde juntos, en verlo maravillarse con animales, con paisajes, con experiencias que él también recuerda haber valorado, quiere llorar y gritar, quiere correr y quedarse quieto todo al mismo tiempo…

Vuelve a bajar la mirada y en la pantalla sigue el mensaje.

—No me ha llegado, Santi…

Y el mensaje de «escribiendo» en la pantalla, que le indica que algo más viene… pero a él no le importa, ya nada le importa.

Eclécticos modernos

Mi novia es bruja —dice Ricardo mientras conduce por un puente oscuro—, bruja blanca, no se asuste, dice. No sabe que Antonio no se ha asustado, pero sí ha despertado; ha salido del ensimismamiento, de la trivialidad de su pregunta, de la cotidiana normalidad con la que se hacen. La respuesta lo agarra fuera de base; le gusta, le gusta salirse de sí mismo, de su cabeza; le gusta además cuando es por algo que parece sacudirlo…

La conocí en un jueguito —le dice—; era novia de otro amigo, pero él no la trataba como la trato yo, dice orgulloso. Está contento. La fe es eso: creer en lo que te hace feliz, lo deja en paz y no le dice nada, aunque piensa: qué loco está el mundo; él, un punkero anarquista al servicio de la publicidad digital en la era de la inteligencia artificial; él, un bucanero moderno enamorado de una bruja blanca; el steampunk resultó más conceptual que artístico, una pena… Su viaje ahora es ensoñación: duda de la realidad que se le presenta, de sí mismo en ella, pero está sobrio, lleva meses sobrio, espera solucionarlo pronto; albatros, ala triste, va de regreso al nido.

Un sombrero de ala ancha, de medio lado, lo recibe, lo saluda, lo hace pasar; silba, pero no hay respuesta. La kakatúa violenta no ha llegado; no tarda en llegar, en asomar el pico colorido, en alegrar el cuarto. Es siempre así: bohemio, colorido, jazz, humo, güisqui. Cuando entra se saludan, se abrazan, se reconfortan; menos mal está este en el mundo, piensa; menos mal no han dejado de agitar las alas los que tienen fuerza para volar, piensa. Ofrece una pola, promete un libro y se apoyan en las historias como un par de muletas, y se cuentan la vida, los desamores, los desaciertos; se juega con la palabra, con el tiempo, con la noche, qué noche. Quiere contarle de su viaje extraño en un corsario embrujado; no encuentra el momento. Beben, se abrazan, se enchilan, se saludan, juegan: el mundo es mejor por un rato.

“¿Hace cuánto no lloras?”, parece la pregunta, porque no deja de hablar de cómo lloró hace poco en un concierto. “¿Hace cuánto no coges?”, pregunta, porque cuenta la historia de cómo perder dos amantes con un cuento. Las respuestas no responden a preguntas; nunca se realizaron, pero las risas que generan agradecen la apertura a contarlas.

En este nido, belleza y gallardía no falta: entran, revolotean, saludan; son tan únicos en su forma de ser. Por eso la gente observa aves, piensa, pero no se los dice; piensa que sus ojos brillantes deben bastar, deben servir para decir: nunca dejen de batir las alas. Hablan de música y músicos, de películas, de teatro, de obras, de llantos; qué lindo trinan los que hablan con el corazón.

De repente, una sombra en la puerta aparece. La kakatúa sonríe:

—No es por picármelas —dice una voz aguardientosa, algo torpe y alicorada—, hermoso, te amo, tan bello, ¿oíste, pere, pues? No es por picármelas, pero yo he sido de las riquitas de este barrio; en mi casa hay camas Luis XV…

La mira y piensa: ¿qué le pasará hoy al tiempo y la ficción?, ¿por qué me da tanto hoy?, ¿por qué me sobreestimula de esta manera, cuando tiene tan poco que ofrecerles a cambio? Asimov haría algo hermoso con esto; Cortázar encontraría la forma de hacer un cuento que no te diera oportunidad en el ring, pero me lo tiran a mí enfrente. Creo que Rivas o Betancur podrían hacer algo con más calle, pero tampoco están ellos allí: está él; le va a tocar ensuciarse las manos.

—¡Una pola! —grita, tratando de contonear la cintura imaginaria que posee.

—Es ecléctica —dice.

Él asiente; piensa: hay gente poseída por la estética de las casas que habitan; en un barrio como estos eso es oro puro, creadas en la bonanza con una estética caprichosa, más parecida de lo que quisieran aceptar sus dueños a las colchas de retazos que alguna vez cubrieron sus cuerpos, o los de sus padres. Corrieron para alejarse de una pobreza económica y saltaron para zambullirse en un mar de ideas difusas; la marea los marea, y a todos quienes las navegan parece pasarles lo mismo: un vaivén de historias que casi comienzan y casi acaban; una persecución en Japón, la lavada de un baño en Malasia, la alegría de una visa casi obtenida y mancillada por un porro esotérico; el regreso sumiso y sometido; las enaguas de mamá aún abiertas ofreciendo cobijo para quienes las necesiten; y una pelea aún por aceptarse, perdida en la grandeza que una vez pareció prometerle el lugar que habitaba.

Es hora de huir, de escapar de su mirada confundida, dice Kakatúa, justo después de comprobar que en su negación de la realidad cualquier imaginación es posible: ha dicho que él es su padre; él no lo ha negado, ha entendido la sutileza de la prueba, y ella no ha dudado un solo segundo. Ante sus ojos, las alas se le acortan, la cresta se le alza, el pico se retrae, y como otra Kakatúa aparece ante sus ojos.

Cualquier realidad es mejor que la habita; hay que partir transformados. Nos montamos en un carro y recorremos un mundo ajeno del que alguna vez fuimos parte. Los perros duros no bailan, los tipos duros no cantan; por fortuna ni lo uno ni lo otro los condiciona. La noche está joven, está un poco loca; hay que brindar por los eclécticos modernos: ellos, en lo suyo, como cómplices y compinches, ellos también son parte.

Fuera de las manos.

Victoria desliza el dedo en su pantalla: izquierda, izquierda, izquierda, izquierda. Cuando ve algo que le gusta, duda; tapea, ingresa, desliza. Puede ser el tamaño de la nariz, de las manos, una palabra o una frase, unos ojos, el pelo cano o la barba larga pero pulida; varía, pero siempre hace caso a la intuición: no entra todo por los ojos, hay algo que la impulsa, un eco que resuena en su cuerpo; si se activa, su dedo cambia y se desliza a la derecha.

Piensa en presentarse, pero le gusta más estar presente. La cansa la idea de narrarse, de definirse y transmitirse. “Yo soy”, piensa, carne y no palabra; yo en todo momento, a toda hora y de todas mis formas: soy una experiencia. Diferente a un libro, una película o una canción; no tengo ni prólogo ni sinopsis ni tráiler. Lo que ves, lo que vivas, soy; lo que provoques, seré para ti. Así que, aunque ve que su perfil no dice mucho, dice lo suficiente. ¿Descubrirlo con un café basta? Se pregunta por un momento. Lo mira, asiente y sonríe: sí, basta; tendrá que bastarles. Nada más me interesa escribir.

Ordena un scotch, con una “c” que parece más una “k” que una “c”, y espera a que aquel ser que le ha interesado llegue. Es un bar como le gusta, con negros y rojos profundos; esos colores le gustan, le combinan bien con su forma de ser, una pasión oscura, piensa, y recuerda que sus encajes también combinan esos colores: vestida para la ocasión, piensa, y bebe. El trago le pica un poco la garganta; elige bien el origen, pero el presupuesto la limita en los años que su trago pudo descansar en las barricas. No le molesta, aunque le importa; le gustaría tomarse uno un poco más suave, más amaderado. Ya vendrá el momento; aún no, es solo un “aún no”.

Mientras piensa en eso, ve entrar por la puerta del bar a quien espera. Siente un cosquilleo en la punta de los dedos y un vacío emocionante en el vientre, junto con un pequeño corrientazo. Le gusta lo que ve, pero no se mueve: deja que él se acerque adonde ella está, al fondo, hasta la barra. Solo se gira un poco para verse mejor; sabe que ese ángulo le favorece, lo sabe, y se escurre un poco hacia el espaldar de la silla. Se ha visto así en el espejo y sabe perfectamente cómo se ve: se encanta de esa manera.

Él la ve. Al contrario de ella, no se fijó en nada al comienzo: sabe cómo funciona el algoritmo, así que creó uno propio que solo desliza a la derecha con perfiles que tengan probabilidad de hacer lo mismo; así aumenta la deseabilidad de su perfil y logra que lo muestre cada vez a mejores prospectas. Así que llega sin saber dónde mirar; su método es efectivo, pero cuestionable. Es frío y desprovisto de interés: hace que la interacción no parta de una idea ni de una apuesta; evita el rechazo, pero evita también todo lo humano de un encuentro: el interés, la pregunta, la posibilidad…

Ella lo nota: distraído, perdido; no mira a los lugares correctos, no parece verla aunque la observa, pero lo hace como quien ve algo por primera vez: despistado, torpe, carente de ritmo o de intención. Ella ya ha tomado su decisión al verlo. Él no lo sabe: piensa que ha sido otro éxito de su algoritmo, mientras que ella piensa en otro fracaso, otro de esos que deslizan todo a la derecha; otro de esos que no escogen ni apuestan; de esos que se enredan viendo un menú, o que dudan qué ver o qué leer; de esos que no parecen tener ideas propias; de esos que están demasiado seguros de sí mismos; de los que no dudan, no preguntan, no imaginan; de los que no bailan ni intentan bailar; de los que follan sin creatividad de por medio, sin idea ni juegos; de los que tantos ya ha conocido; de los que no le interesan ni la emocionan.

Él se acerca y saluda. Ella se disculpa y se marcha: son las 8. Si se apresura, llegará a tiempo antes de que cierren la tienda y podrá comprar las pilas que su vibrador necesita. Las citas podrán estar fuera de sus manos, pero no sus ganas ni su placer.

Encandilados

El Flaco usa siempre lentes de sol. Cuando le preguntan por qué, dice que sufre del síndrome del mosquito: que la luz lo atrae, que la luz lo abstrae, que le genera un impulso, un movimiento que escapa de su razonamiento; que es mejor cuidarse de eso que lo hala a uno sin entender muy bien el por qué. Instinto, lo llama. Uno tiene que parar bolas, dice.

Lo dice en medio de una resaca monumental, pero lo dice serio, sin rastro alguno de mentira en su voz. Hay convicción en sus palabras e intención en su acción. En otras palabras: el Flaco dice la verdad, el Flaco no miente. Es innecesario mentir, lo repite constantemente; pero puede evadirse una verdad con otra sin mentir. Está bien no responder todo lo que se pregunta. La gente debería ser como los libros: debería recibir solo las respuestas para las preguntas que sepan realizar…

No es la resaca: el Flaco está así por algo más. Tiene la sonrisa envainada; los ojos detrás de las gafas sonríen, el cuerpo le sonríe, el tono de la voz le sonríe, pero la boca está tensa. Está eligiendo las palabras con cuidado, está rumiando su idea, está indeciso. El Flaco sabe que eso es peligroso: una idea que no se digiere cae pesado; la pesadez le da indigestión, y la indigestión de una idea le arruina el día. Le es imposible contener los pensamientos cuando está en ese estado: le brotan a una velocidad que es imposible filtrarlos, se desboca; se suceden con un intervalo tan corto que no puede atraparlos. Y entonces habla, y cuando el Flaco habla uno cree que va a tragarse la lengua: lo hace de corrido hasta quedarse sin aire, hasta que se le atropellan las ideas; y entonces enciende un pucho o una pipa y camina lento y en círculos.

Eso lo calma, al menos un rato. Eso lo apacigua: dar vueltas sobre la idea con la boca ocupada, con el humo jugueteándole en la lengua. Así vuelve a su rumbo, y se sienta de nuevo. De repente me mira; sabe que no he dejado de verlo. Intuyo que sabe que nunca dejo de verlo, que es una especie de pacto entre nosotros, de respeto y cariño.

—Lo tengo claro ya —me dice, y continúa—. Me jode creerme la trama del cuento olvidando que ya lo he leído; me jode terminar caminando con una botella a las 3 de la madrugada por una calle infinita y vacía, que se siente menos sola que yo después de una guevonada de estas…

No lo interrumpo, lo conozco: aún no termina de hablar. Algo más tiene en la garganta, o quizá no quiere escucharse diciéndolo. Si es lo segundo, creo que intuyo lo que es. Puedo decirlo por él, y mientras él duda me animo:

—Todos queremos creer; la única iglesia que tiene la fe de todos es la de ese amor que no se necesita sino que se elige; de esos templos que se palpan, se lamen, se besan y se follan y se usan, esos templos que se veneran no en vano, que se profanan por pura devoción a la carne. A esa iglesia le apostaríamos todos. Que no te joda, Flaco —le digo—. En esa todos somos hermanos; todos pecamos por pensamiento, palabra y omisión —le digo. Me río y se ríe; llevo la mano al corazón y le digo—: por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Él repite conmigo después del primer gesto.

Ahora está liviano, ahora sonríe, con esa mueca suya medio embólica que le estira la cara de un solo lado; sabe que de verdad no está solo, que también he recorrido yo ese camino.

—No todo lo que brilla es oro; han dicho siempre los que persiguen el oro, y aun así uno no les cree —le digo—, con demasiada frecuencia: obnubilados por el deseo nos hacemos los maricas y olvidamos ver más allá de las ganas, de la sonrisa, de la elocuencia, de la esperanza, de las téticas… No hay nada puro, Flaco; no hay ya nada sagrado y uno lo olvida. Entre cielo y tierra nada está oculto, Flaco: han pasado 3200 años y siguen habiendo Helenas por las que vos y yo entregaríamos Troya.

El Flaco me mira y no afirma, pero se ríe.

—Siempre hay un par de imbéciles que creen que con un poco de plumas y brea pueden alcanzar el sol —lo dice mientras se quita las gafas y mira directo a él.

Quedarse corto

La vida entera ha sido eso, cerca, pero nunca ahí, los cinco centavos pa’l peso siempre presentes, no hay felicidad completa; le dicen a uno que ni siquiera le ha alcanzado para una tristeza digna, que le ha tocado toda la vida sorber mocos porque no le alcanza ni pa’ los pañuelitos, uno que ha caminado por no pasar la vergüenza de pedir, o por miedo, la vergüenza de que le digan que no, uno que aprendió que al champú se le echa agua casi a fin de mes, que el rollo del papel higiénico a veces sirve de papel higiénico, a uno que lo han querido solo como amigo, a uno que le han dicho tantas veces “con lo que sos no me alcanza”, a uno que escuchó de chico “cómetelo tú, yo comí algo en el trabajo y vengo llena”, a uno que conoce la sopa de letras, a uno le quieren decir que la calle está dura… como si fuera algo de ahora, como si fuera solo la calle, como si no fueran los corazones, las bocas, las billeteras de los que tienen las que se endurecen.

No es la moral la que se ha perdido, es la sensatez y la razón. La gente habla de la calle como si la conociera, como si recorrerla fuera lo mismo que saberla caminar; la gente piensa que uno le daba vueltas a los centros comerciales por gusto, como si uno hubiera aprendido a compartir por justo, como si no hubiera tenido que sonreír en cada almacén después de decir “yo doy una vuelta y vengo”, sabiendo que no se iba a volver, porque ni con el 50 % alcanzaba; como si no hubiera desgastado zapatos haciendo domicilios en una unidad cerrada dejando la juventud a un lado para ver cómo la plata se la daban a otros; como si no hubiera recogido botellas para canjear en las tiendas los depósitos; como si no hubiera montado uno en una bicicleta rosada, porque a lo regalado y lo heredado no se le mira el diente; como si no hubiera escuchado eso de “igual el pie le crece” mientras le aplastaban la punta a los zapatos. A uno lo miran a los ojos y le dicen: “No hay modo, ahorita no, mono”.

La calle no está dura, la calle no entra en un estado específico, la calle es dura y el blandito es uno, y más cuando a uno le gusta el arte, más cuando uno vive de grafitear muros y de hacer malabares, de cuando intenta pintarle una sonrisa a la puta ciudad y lo único que recibe es una mirada de mierda de gente condescendiente y segura de sí misma. Dante no llegó ni cerca: debe haber un décimo círculo reservado para esos que creen que el dinero les da la razón, para los que no cuestionan, para los que subestiman, subvaloran, para esos hijos de puta que suben la ventanilla cuando camino hacia ellos con una sonrisa…

El corazón se parte, resquebrajado como pintura en pared al sol y al agua. Uno aguanta tanta mierda intentándolos hacer reír; duele tanto como la ausencia de la mamacita que una noche te miró a los ojos y, mintiéndote, te dijo que no le importaba a lo que te dedicabas, que ella iba a estar ahí, que era la libertad la que la enamoraba. Todo bien, que entre mentirosos no nos reconocemos, pero la carne es débil y más con una boquita de esas en frente, y uno le dice que sí sabiendo que va a pasarse una buena parte de la vida queriendo haberle dicho que no.

La calle es así, la vida es así, no está, es dura, difícil y cuesta arriba, y más si uno nace en esta parte del globo donde en los 90 nos dijeron que éramos países en vía de desarrollo, donde hay riqueza por explotar, vidas por explotar, hambres por explotar. Porque uno con hambre camella el doble, porque uno sabe que es mejor la goterita que el chorro, que hay que hacer de tripas corazón y que en un país de estos siempre hay algo pa’ hacer, pa’ ser, que se puede vivir… no, no vivir: sobrevivir. Porque para vivir la mayoría nos quedamos cortos.