Luces

A Iván siempre le han gustado las luces. Desde bebé gateó siempre hacia ellas; le parecían llamativas, como a todos cuando el mundo es nuevo: aún no se sabe que todo lo que brilla no es oro. Uno se deja deslumbrar y va tras todo lo que titila y todo lo que devela, como las moscas y los zancudos, como Ícaro. Iván viajaba directo al centro de lo todo lo que alumbrara, que le ofreciera calor y lo entretuviera; difícil juzgarlo: es un sueño el atrapar el sol con las manos.

Ese gusto se desarrolló con el tiempo. Perdía la concentración ante una buena alteración de luces; no espabilaba, perdía la capacidad de comunicarse y solo podía contemplar lo que pasaba. Las luciérnagas fueron durante años su animal favorito; no le importaba que le dijeran que era un insecto y no un animal: le gustaban lo suficiente para elegirlas siempre. Ese mismo amor le llevaba a oprimirlas, a correr en el césped alto con una botella vidrio y juntar cuantas fuera posible para que iluminaran su noche. Había otros insectos: helicópteros, hormigas, libélulas; les temía porque se las habían presentado como mata caballos. Difícil de juzgar que un niño le tema a un insecto con ese nombre; difícil juzgar a un niño por no comprender que acumular lo que le gusta puede acabar con lo que le gusta.

Iván creció, y en las noches las luciérnagas estaban ausentes, pero las colillas brillaban: el pucho, el porro, alumbraban ahora en sus pupilas. Había aprendido la lección: mucho no era mejor; mucho era bueno; mucho no valía la pena. Le resecaba la garganta y perdía cadencia en sus pensamientos. De las luces había que guardar cierta distancia para no perder las luces: demasiado cerca encandila; el fuego es bello, pero muy cerca quema… Sabía que no era culpable de la desaparición de las luciérnagas, pero aun así sabía que no era inocente ante su ausencia.

Era, a su estilo, en un navegante, aunque muy distinto. Los marinos se guía por la luz para alejarse de ella, de sus riesgos como antes lo hacían los marinos con las sirenas; él, en cambio, sucumbía ante la belleza de sus destellos como ellos antes ante la belleza de sus cantos, y se abalanzaba sin dudar, acelerando y sin mirar atrás: siguiendo un instinto casi animal; siguiendo, dirían muchos, la línea de su destino del que parecía no poderse alejar. Siempre encontraba una forma de meterse en aprietos, siempre encontraba cómo acercarse, siempre encontraba cómo estirar lo suficiente la luz para eclipsarlo con solo un dedo. Verlo daba un poco de angustia; con pocas personas uno entiende la fuerza de gravedad como con Iván porque, sin importar lo bien que parecía estar haciéndolo, sin duda lo arruinaría todo en un abrir y cerrar de ojos.

Cuando su mirada se cruzó por primera vez con la luz roja de los burdeles, él sintió ese vértigo que le corría el piso. Se sintió cerca de una cornisa; pudo mirar hacia abajo e imaginar la caída: el viento rozándole la cara, el corazón latiendo a una velocidad desmedida y el vacío en el estómago de quien pierde el soporte del mundo y cae sin esperanza alguna de asirse de algo; quien caer sonriendo; quien cae con la conciencia de haberse arrojado por la adrenalina sin esperar sentir el golpe seco nunca, solo el túnel vertiginoso de viento que lo conduce a otro lugar.

Cuando entró, la luz azul y morada del túnel lo invitaban a seguir avanzando y los rayos verdes giratorios le prometían un lugar maravilloso. Las bolas de luces reflectantes lo llevaban a perseguir otros destellos, otros brillos. Estaba extasiado y le costaba contenerse. Las luces neón hacían que todo se viera diferente: las líneas de la pintura reflectiva acompañando los movimientos de los cuerpos; el burlesque y las zonas ausentes de luz; el agua; el sonido. En ese momento, para Iván el mundo se dejó de existir: le pertenecía ahora ese lugar y se sentó frente al escenario, con la mirada y la boca abierta al ver un letrero que lo hacía sonreír.

—¿Puedo ofrecerte algo? —le preguntó una mesera.

—Sí —dijo, señalando el letrero—: “Se busca ayudante”, decía. Al levantar la vista vio que ella lo miraba directo a los ojos.

—Parece tener lo que se requiere. No se ha dejado distraer por mí ni por ninguna otra chica —dijo con un tono que develaba que eso la ofendía—.

Era bella; su cuerpo merecía ser visto, observado, contemplado, y más bajo esas luces.

Él sonrió; en sus ojos había un brillo que le hacía morderse la boca.

—Iván —dijo él—, mucho gusto.

—Lucero —respondió ella—.

Sígame; veamos qué puede hacer. Al escuchar su nombre, él supo que nunca iba a olvidarla.

El tuerto es rey

El viento acaricia su rostro, y él, solemne, estira su cuello y deja que el pelo se le desordene con ternura y con suavidad. Es una brisa tranquila, y él sabe disfrutar de la tranquilidad. La grandeza suele encontrar refugio en lo simple y cotidiano, lejos de todo aquello con lo que se le relaciona y se le considera natural, lejos de quienes esperan que actúe de una manera noble, ecuánime y justa. Claro, si hablamos de los que lo toman por un buen rey, porque si hablamos de los que lo condenarían por lo mismo, debería ser entonces caprichoso, desconsiderado, incapaz de contener sus instintos, y sería una presa de sus deseos avalados en su poder y cargo.

Él no tiene opción: pierde solo por ser visto con ojos ajenos. Pierde solo porque es imposible satisfacer a cualquiera que es ajeno, de los buenos o de los malos, haciendo el bien o haciendo el mal, o creyendo que se hace el bien o intentando hacer el mal. El ojo ajeno purga, el ojo ajeno juzga, el ojo ajeno condena… el ojo ajeno da mal de ojo.

Lo sabe, lo ha vivido toda su vida desde que le dijeron que sería rey. Desde ese momento se empezó a desear de él, a esperar de él, a forjar en él un destino ajeno e involuntario, un presente inexistente, un futuro eterno. Tantas veces quiso salir a correr y a perseguir una breve brisa como la que hoy le acaricia, y tantas se lo negaron. Quizá por eso hoy ya no intenta correr: sabe que, aunque no tenga ninguna correa atada al cuello, siente que tirarían de una invisible y pesada que evitaría que lo disfrutara por completo. Por eso no corre, por eso se limita a estirarse y entregarse un poco desde la ventana.

Los curiosos, sin embargo, no esperamos de él que sea noble ni mezquino, no pretendemos que actúe de acuerdo con un código ajeno al suyo propio, y lo miramos confundidos, desconociendo la carga en su cuello, el estrés en sus músculos, la condición, la orden, el yugo. Lo miramos ahí, presintiendo su impulso, sus ganas de correr y dejar todo atrás y de no mirar atrás. Pero, inmóvil, estoico, cierra su ojo e imagino que en su imaginación corre; imagino que imagina que es libre; imagino que sabe que imagina, y entonces él despierta, asiente, como si hablara consigo mismo, como si aceptara su destino.

El carro avanza; él parece quedarse un poco en el semáforo donde la brisa lo acariciaba. Ahora el flujo es artificial, no lo reconforta como el anterior, le mueve el pelo pero no el espíritu; no le evoca libertad. Lo veo e imagino que quizá le recuerda su propio destino: condicionado, fingido, artificial. Lo reconoce, se reconoce… El deseo de salir corriendo desaparece. No está congelado, no ha perdido el control de sus músculos, solo la voluntad de moverlos.

Persigo el auto, lo veo detenerse. Baja después de alguien más. Me detengo para contemplarlo: la cabellera le rebota al dar un paso en la acera. Sin duda es elegante, sin duda tiene porte real. Quien baja primero no se inmuta, estira su brazo y arma, de un movimiento fluido y elegante —de esos que solo puede ejecutar quien lo ha repetido toda su vida—, un bastón plegable. De inmediato queda rígido y funcional; toca el suelo dos veces para asegurarse de la firmeza, y el sonido lo despierta.
—Vamos —dice, mientras arroja dos besos al aire, fuertes y sonoros.

Cualquier duda ha desaparecido: el rey acepta su destino y guía con su único ojo a quien no tiene ninguno. Razón tenía el dicho: en tierra de ciegos, el tuerto es rey.

Fuera de la foto

Beto toma fotos, lo hace buscando una belleza única y particular en cada una; es consciente de que lo que tiene delante son cientos de posibilidades, así que afina el ojo e intenta encontrar y contener la escena. Con los años Beto ha aprendido a hacerlo bien, sabe que una buena foto requiere olfato y tacto, que quizá lo que menos importa es tener buen ojo. Los que piden buen ojo no quieren la verdad, sino algo que se le parezca, algo igual de posible pero velado.

Ha tomado muchas fotos, disparado muchas veces, ha visto alegatos convertirse en sonrisas, ha visto odio transformarse en amor en un segundo, ha logrado que el miedo parezca calma, sobre todo en eventos sociales, en matrimonios y bautizos, en bodas de plata y de oro, fotos que no valen ni plata ni oro.

Duele convertirse en un maquillador forense detrás de una cámara, pero ha aprendido a hacerlo. Sabe que en días así, se necesita un ojo inquisidor, dictatorial, que recorte trozos de la realidad frente a él. Apunta a los ojos cobardes de quienes retrata, se congelan, ponen todo en pausa, posan y sonríen. A través de su pequeña mira enfoca, y aquello que les resulta incómodo de confrontar se convierte en un registro protocolario e ilusorio de una felicidad inexistente pero cómplice, con solo mover los dedos y variar la telescópica percepción crean algo para mostrarle a esos que opinan y aplauden. Enfoca y desenfoca antes de obturar: la cámara no retrata la cámara modifica y edita. A veces es difícil de recordar, a veces se nubla la vista y creemos que lo que está enfrente fue todo lo que había enfrente. No lo fue. Muchas veces nunca estuvo ahí.

Algunas cosas no pueden considerarse casualidades. No es intencional que aquellos ojos cobardes supliquen al verlo pasar con su cámara al cuello. Quisiera no verlos, quisiera evitarlos, quisiera que esos ojos idiotas e incapaces de verse en una foto siendo como son, como realmente son nunca lo vieran, pero falla, siempre logra sentirlos clavados en su cámara, listos para fingir. Un duelo digno de pistoleros, un duelo fatal, letal: su falsedad se desenvaina más rápido que su dedo. Y al ver la foto, esos ojos cobardes no ven aquello que no se les señala, aquello que, con un poco de calma, de intención, es evidente. El ojo no ve porque el ojo no mira, no indaga ni cuestiona: se escudan detrás de un abrazo tenso, de una quijada trabada. La foto ha porcionado la medida exacta de mentira, maquillado lo suficiente aquellos cuerpos como para que parezcan vivos al verse, al tocarse, al besarse… parece que lo hacen, él sabe que no es cierto.

No, no es nunca la verdad lo que vemos: es solo la idea de la verdad de un ojo, porque incluso el otro se cierra para no ser cómplice de la falta de tino. Es curioso: hay más enfrente y más personas en frente, hay testigo de cómo actúan antes de que la cámara se pose sobre ellos, pero todos comulgan ante la prueba que valida el recuerdo: se ven felices juntos, se ven bien juntos, están felices, chochos, el futuro es una promesa posible. Beto sabe que no. Por eso odia los eventos sociales, porque ensucian lo que ama: la verdad, la belleza que hay en quien sonríe ante un recuerdo y no ante un diafragma ni un obturador.

Beto ha aprendido a ser un fotógrafo furtivo, a la caza de los momentos. Pero plata es plata, y las bodas de plata pagan bien, las de oro también; los rollos no se revelan solos. Necesita la plata y se convierte en cómplice de sus cobardías.

De cada fiesta una o dos fotos valen la pena. La gente miente, y miente más alrededor de la gente que miente para condicionar a los que no lo hacen. La gente juzga, la gente es miserable. Nunca escucharon a Néstor decir que ninguna experiencia humana es inferior a otra experiencia humana, y en su miedo de ser juzgados por esos ojos que bien conocen, porque constantemente afilan, homologaron una mentira, un deber ser, y desde allí opinan y arruinan las verdades divinas. No hay un solo camino, y nunca lo hubo, y no se trató nunca de encontrarlo. Pero mienten, se mienten y gobiernan mintiendo.

Todo eso está fuera de la foto, cuando la novia mira a su novio y no encuentra a su amor, pero siente las sonrisas de sus invitados aprobando la desdicha. Ahí Beto cierra ambos ojos y se deja a sí mismo fuera de la foto.