Destinos

Lo mira, desde la distancia lo sigue con sus ojos sin perder de vista cómo se mueve, gira sin mirar y la bandeja que lleva sobre su mano derecha está llena, lleva una sopa, un café, un postre… todo se mantiene dentro de la bandeja por el efecto y el giro de muñeca que contrarresta la fuerza centrífuga que debería desplazarla hacia afuera de ella, no sabe cómo lo hace, tiene talento para las mesas pero no sabe mirar alrededor, es un peligro… y le pasa a muchos, son antónimos de sus talentos, criptonita de su superfuerza, son básicamente torpes agraciados y, aun así, ellos son los únicos inocentes en los accidentes, no existe uno sin ellos.

Mientras que el flaco piensa eso, observa a otro torpe agraciado estirarse olvidando que está dentro de un restaurante, lo ve abrir los ojos al tocar un disco metálico que no esperaba que estuviera allí, lo ve abrir los ojos mientras ve al mesero abrir la boca tan grande como las pupilas, presa del pánico, piensa en la sopa piensa, en el café, pero la verdad es que en su movimiento lleno de pánico solo hay una pregunta atravesándolo: ¿qué pasó?… no lo sabe, no puede saberlo, nunca está atento a su alrededor, así que no puede prever lo que puede pasar, el flaco, en cambio, lo mira consciente de todo, sabe a dónde va, calcula dónde caerá la sopa, dónde el café, dónde la cereza del postre y dónde el postre, sabe que será sobre él, aun así no se mueve, se prepara, sabe que la crema le ensuciará la cara, que la cereza caerá sobre su acompañante y ella estará muy asustada, que la sopa, por fortuna de todos, se estallará en medio del salón y salpicará solo un par de mesas, quedándose en su mayoría en los manteles y un poco en la mano del gordo director de orquesta que ha hecho caer esa torre de pizza.

Hay gritos e improperios, la mayoría del susto, los accidentes los sorprenden a todos, cuando hay sorpresa no hay culpables, solo angustias, nadie ha podido admirar nada con la claridad con la que él lo ha hecho, nadie lo ha visto venir y él finge no haberlo visto, porque ante el caos accidental la gente calla, pero ante la omisión deliberada estalla, podrías haberlo evitado, podrías haber dicho algo, advertirlo… lo sabe, le ha pasado antes, ha intentado ayudar, ha concluido que no vale la pena, la gente se indigna si uno la advierte de su torpeza, exigen formas y maneras, no vale la pena salvar a quien no sabe de qué se ha salvado, si no se siente en riesgo no hay forma de convencerlo de que lo está y mucho menos de que lo estaba, la sangre hace que los predadores pierdan el control; el ego hace que los idiotas lo hagan, así que ha aprendido a disfrutar de pensamiento, obra y omisión, que pase lo que tenga que pasar, que se queme todo, que se rompa todo frente a sus ojos sin culpa ni sospecha, que todo reviente, fue sabio quien dijo que solo la gente muy ingenua da consejos, no vale la pena prevenir nada, a menos de que puedas evitar un gran daño hay que dejar que todo pase, está convencido de que la teoría de la evolución de Darwin venía de una mirada como la suya, inquieta y atenta y cómplice, una que dejaba que el río siguiera su curso, chocarse con las piedras, abrirse camino a través de ellas y caer.

—Qué mala suerte —dice quien le acompaña.

—Qué buena suerte —dice él mientras le señala la sopa muy cerca de ella, incluso mientras le deja ver la crema en su rostro y en su camisa—, pudo ser mucho peor.

—También podría no haber pasado nada y estar todos bien.

—Esa no es una opción o ya hace un rato que dejó de serlo, y no vale la pena ya vivir pensando en ella.

—No puedo creer que nadie haya podido evitarlo.

—Así son los accidentes —le dice.

—Nada es un accidente —dice.

No se equivoca, pero está lejos de acertar la respuesta, así que asiente condescendiente.

—Debe ser el destino —dice con una sonrisa fría y calculadora.

—Sí, debe ser eso: que seas tú la cereza de mi pastel.

Chuparse los dedos

Es casi un acto reflejo, le ganan las ganas y no, simplemente no puede resistirse a algo tan simple, acerca sus manos a la boca y se lame, el sabor le ha bañado las muñecas, le ha cubierto los dedos y le hace olvidar todo, sabe bien, demasiado bien y es lo único que le importa, sabe que los adultos no se lamen en público, no así, no a medio caminar, es un privilegio de los niños poder hacerlo, valdría la pena nunca crecer para poder hacerlo sin culpa, para disfrutar de ese pequeño placer sin vergüenza alguna, pero, como muchas otras cosas en la vida, uno se deshace de la infancia con un afán precoz.

El sonido de los labios contra la piel le gusta, la saliva, el juego, el jugo, la saliva, los labios, los dientes… le gusta, simplemente le gusta, tiene algo animal, tiene algo que le impide olvidarlo o pasarlo por alto, y cuando llega la oportunidad la toma, parece casi untarse a propósito para tener una excusa para hacerlo, aunque no la necesita, está justificado desde su deseo y anhelo, cada quien sorbe lo que quiere, lo que puede, el tuétano del pollo, el colorante saborizado del raspado, el juguito de la carne del plato, el éxtasis que se escapa de los labios… lo piensa y se relame, piensa también en la lecherita ensangrentada escurriéndole por los dedos, en el glaseado de las batidoras, en todos esos momentos donde, como cualquier pirulito, la vida le entrega el placer justo en la punta de la lengua…

No hay nada que pueda impedirle que lo haga, no le importa, se lame porque puede y porque quiere, porque, al fin y al cabo, no es problema de nadie, su criterio estético que encuentra desagradable su costumbre no es su preocupación ni merece ser honrado por su pudor, lo desprecia, nada peor que una dictadura estética sobre el placer, como si el éxtasis fuera apreciativo y no sensitivo, lo que importa es lo que se siente indiferente de lo que se luzca, más lerdo el que se contiene solo para no incomodar la percepción moral de otro, piensa mientras recuerda las gotas de helado derretido corriéndole por las muñecas, el chantillí recuperado de las mejillas, la natilla de las cucharas de palo.

Todo decoro le parece impresentable, innecesario, el lujo es vulgaridad recuerda casi tarareando mientras de nuevo pega la boca al interior de sus muñecas para levantar un poco de aquello que lo tienta, recuerda la miel de algunos panqueques, el glaseado derretido por los lengüetazos de alguna chuchería y se relame con ganas, tensa la bolsa que tiene entre las manos y se acerca a ella con la misma liturgia que un gato ante un churu y con la misma ansia intenta arrebatar el sabor del envoltorio, se entrega al gusto, al momento y se pierde en cada lengüetazo.

Lo ve de frente y no sabe lo que piensa, lo ve de frente con los ojos cerrados, con la boca levantando unas pequeñas gotas de salsa y un ripio pequeño de papas y virutas de una ensalada, lo asombra su hambre y su apetito, lo asombra que nada le impida llevarse la bolsa a la boca, ni la mugre de sus manos, ni la basura que está aún en ella, ni la posibilidad de pensar en qué más estuvo sobre ella en la caneca de basura de donde la saca, el hambre no admite preguntas ni tiene criterios asépticos, no le desagrada verlo, pero no imagina que él no imagine todo lo que pudo estar ahí y que lo lleve a su boca con tanta complacencia, que los disfrute con tanto placer, se sorprende con la imagen y piensa en qué pensará para disfrutar tanto de una bolsa de hamburguesa salida de la basura, piensa en que algo debe recordar para considerarla un manjar digno de chuparse los dedos… sigue de largo con la idea en la cabeza, cada quien se chupa lo que puede, con las ganas que le dé la gana.

Réplicas

“Todo ya fue, todo ya pasó aunque no haya pasado nada”

El flaco

—Las cosas grandes en la vida, las que son de verdad, pasan una sola vez y el resto son réplicas —dice el flaco sin que nadie se lo pregunte y sin que venga al caso. Lo dice en medio de un asado de unos amigos que celebran su nuevo hogar, lo dice sin contexto y sin mediación, lo dice para él y para todos, lo dice para escucharlo, piensa, lo dice sin ver a nadie a los ojos ni al rostro, lo dice mientras se acalora en el barril, mientras juega con el fuego y el humo, hace señales y no se da cuenta, hace ruido y no se lamenta, así es el flaco, el mar hace olas porque tiene el estómago revuelto y él a veces es igual, tiene sus orillas, sus profundidades y sus torbellinos que pueden tragárselo todo.

No le importa mucho si alguien lo oyó o no, tenía que decirlo, el flaco es así, nunca está del todo bien, no entiende mucho eso de que la gente espere cosas de la gente y por eso no es de extrañar que sea extraño, porque no se regula ni entiende de espacios o momentos, es un impulso, una brasa, por eso mismo no se aleja del fuego, se enfría si se va, se pierde en medio de la gente, le cuesta ser eso que otro espera, pero piensa y arde, y se consume mientras consume todo lo que le gusta y le provoca.

Decirlo lo hace pensarlo, por eso la gente tiene tipos de cosas, tipos de amigos que se replican en otros amigos, tipos de mujeres y de hombres, quizá por eso siempre le llaman la atención las miradas profundas, las almas encendidas, las que admira, el deseo es una convención, nada es deseable fuera de un orden social, pero cada uno desea en el otro lo que espera se desee en uno mismo, un tipo de carne, un tipo de tragos, un tipo de libros, una especie de ecos que resuenan sin algo que los respalde, aromas que atraen, moscas en bocas de plantas carnívoras, peces persiguiendo luces hasta las fauces de un depredador avezado.

La idea no lo suelta, tiene esa mirada presente ausente, esa espacialidad ocupada de distracción, la alarma al fondo resuena, «alarma, mi negro», le gritan desde adentro, lo despiertan, abre, saca, voltea, mira, retira un par de ganchos, está lista la picaña y la bondiola, las retira y vuelve a cerrar, camina a la cocina un poco presente, lo suficiente para no cortarse ni para hacer muchos daños, para interactuar de manera normal, se habla de fútbol, de conciertos, de personas, de momentos, las personas ríen, es bueno ver personas reír, hace eco en nosotros, se siente en calma y tranquilo allí, parte y reparte, olvidó la sal parrillera, no es crucial pero sí importante, eso le pasa no solo a la carne, a uno también, piensa, a uno a ratos le falta sal, o le sobra, a uno a ratos le falta gracia y acompañamiento, le falta término, uno a veces simplemente no le llega al tipo de nada ni de nadie, uno a veces es un mal tipo o un tipo simple, a veces incluso un tipo simplón. Acompaña la ronda de criolla, tapa la ausencia con otros sabores, se hace más pasable, más cercano, más tipo su tipo, la salsa lo arregla todo, piensa, por eso es importante bailar salsa, aunque no baila bien salsa, pero lo importante es moverse, piensa mientras vuelve al barril, a su alrededor todo está bien, parece estarlo, es un eco, una réplica de todo lo que está bien, de esos momentos que se repiten por fortuna aunque no sean a menudo, no importa que sean frecuentes, uno tiende siempre a desear más de lo que le gusta, a extenderlos y a apresurarlos, pero no vale la pena, al final viven en uno, al final son parte de uno.

—Muy rico, negrito —le gritan desde adentro.

—¿Qué tal el término? —pregunta, sabiendo la respuesta.

—Melo, papi, todo está melo.

Y él asiente sonriente porque ya lo sabía, es solo un eco, una réplica de estar juntos.

Andar entre la miel

Fernando trabaja con el ceño fruncido, la acidez en la garganta lo ayuda a apretar el entrecejo, el estrés lo ayuda a no levantar cabeza, el ruido a su alrededor hace que se encorve e intente ensimismarse; parece concentrado, la verdad es que está más constipado que otra cosa, y eso también lo lleva a recogerse más sobre sí mismo. Tiene retorcijones, tiene, podría decirse, razones para estarlo; más que razones, excusas, pero bien reza el dicho popular… untado un dedo, untada la mano.

Recuerda la sensación de la noche anterior: el frío en la sien, la sudoración fría, la idea rondándole la cabeza… ¿será esto un infarto, un derrame? El cuerpo débil, llenándose de náuseas; las manos, llenándose de frío; su cuerpo en el piso, evitando desvanecerse… ¿Qué mierda le pasa al cuerpo? ¿Serán los años llegando con rabia? ¿Será la muerte manoseándole el futuro?…

Siente el tiempo en su contra, siente la saña y venganza, siente al tiempo rencoroso volver de todas esas tardes donde no hizo más que matar el tiempo, que despreciarlo, y no solo lo dejó consumirse, sino que pareció avivarlo con la mayor displicencia posible, viendo pasar el día sin siquiera intentar hacer algo. Parece que el tiempo tiene buena memoria, parece que piensa en esos días, en esos segundos que fueron desperdiciados y omitidos; son todos esos “mañana lo hago”, ese “pa’ qué estresarse hoy”… Las cuentas son largas; si viene a cobrar, el precio es alto, piensa mientras bebe agua tratando de apagar el ardor de su garganta, en la boca del estómago, en la conciencia y todo.

Una viscosidad invisible parece unir una desgracia con otra. —Las desgracias siempre llegan juntas —decía su madre. Lo recuerda y recuerda que la recuerda solo cuando algo que ella decía describe a la perfección lo que siente. Las cuchas tenían razón, piensa, siempre tienen una forma de volver a decirle a uno “¿vio? Yo le dije”, incluso después de que se han ido. El recuerdo interrumpe el mal rato y parece casi romperlo, deja de apretar de más las manos y la tensión libera la circulación.

Respira profundo y, revoloteando provocativo, un aroma dulzón termina por romper el ambiente donde estaba inmerso; un poco ácido, un poco cremoso, un poco húmedo. No puede describirlo por completo, y tampoco liberarse de él. Lo obliga a levantar la mirada y dejar de mirarse las manos. Ya no hay tanta gente alrededor, ni tanto ruido; solo unas teclas martillean al fondo, solo un tac, tac, tac delicado y seco. El teclado no sufre, se acciona; tiene justo esa precisión de medir su fuerza. Y la ve con las pestañas largas, casi haciéndose cosquillas en los párpados, con la boca proyectada hacia el frente como un pez dorado y con los crespos cayéndole como una escalera en caracol desde las orejas hasta los hombros. Puede ser el sueño, no sabe hace cuánto está allí, no sabe cuántas veces ha estado allí, no sabe cuántas veces se la ha perdido por estar mirándose las manos tecleando, por estar en esa espiral hipnótica que lo lleva a descender y con ella a donde ella vaya sin notarla a ella. La duda lo inquieta, pero no tanto como desencadenarla, y sigue disfrutando de verla, de olerla. Es ella la que huele como olían esos otros cuerpos que lo han engatusado, ese aroma irresistible, esa huella recurrente en su cabeza. Huele a ella, a ellas, a otras, a sus otras; huele a musa, a dulce tentación, a ganas, a deseo, a su deseo. Y por eso la mira jugar con su cabello, por eso la mira ignorarlo, tomar café; la mira trabajar, jugar con su cabello, como él quisiera jugar con su cabello, sus dedos de uñas cortas, su belleza casi rústica y simple, su piel amoblada para retozar sobre ella, para cargar y para sostener, para disfrutar, para jugar, para recorrer, lamer y probar. El pensamiento se ancla y la cara le cambia, las miradas se cruzan y, aunque el ceño de ella acompaña la proyección y el puchero de sus labios, él sonríe. Se da cuenta de que ya no le sabe todo tanto a mierda, lo piensa y se ríe: el que anda entre la miel, algo se le pega.

Confiar

Álvaro es un hombre desconfiado, carga sombrilla los días soleados, cuando entra en una sala nunca se va de primero y, al escuchar cómo se comportan los demás en ausencia del ausente, decide si puede ausentarse o no; se aleja de los espejos caminando de lado, como los cangrejos, para que no lo sorprenda nunca una mirada por la espalda; jamás asegura nada, porque sabe que la seguridad es transitoria y, por lo general, solo un síntoma de la falta de información.

Álvaro es paranoico, se escucha con frecuencia de quienes lo conocen; Álvaro está loco, dicen de él con frecuencia. Álvaro lo sabe y desconfía porque nadie se lo dice de frente, la gente simplifica los conceptos, evade los sacrificios y las responsabilidades; parece que creyeran que no tienen por qué estar de acuerdo con lo que dice ni piensa.

Álvaro está cansado, siente el peso de sus pensamientos sobre sus hombros, siente el silencio fúnebre de su esperanza asomarse y mirarlo con melancolía, intuyendo el momento en que la pierda, en que deje de tenerla; desconfía del presente y del futuro, desconfía de quién es y quién ha deseado ser, de sus propios deseos… de todo debe desconfiarse, piensa, pero desconfía del postulado en cuanto termina de formularlo; toda idea es causal, todo movimiento es ajeno, toda comunidad, una herida al individuo.

Álvaro sabe, entiende e intuye que su pensamiento está condicionado, que su sombra lo persigue, que siempre es ahora y que nombrarlo lo convierte en pasado, que no hay escape alguno ni nada de qué escapar; que es la falta de consciencia la que hace que el inconsciente no sea consciente de su ausencia presente.

Álvaro camina saltando entre las líneas de la acera, Álvaro no se descuida en ninguna esquina y evita pasar por debajo de las escaleras, pero no es por agüero, es porque desconfía de la persona que la ha puesto fija y de qué tan fija está realmente; Álvaro siente una angustia frecuente, certera, casi inequívoca, de que confiar es malo y que nada puede darse por sentado, ni siquiera de sí mismo. Cuando le cuenta a alguien cómo es y cómo se siente, un poco sabe que no habla para ellos; pocos lo espejan, pocos lo despejan, pocos lo entienden y menos lo comprenden. Cuando habla se habla, se escucha, lo hace más por prestarse atención a cómo suena en voz alta, porque quiere asegurarse de que su discurso no se haya dormido, que él no se haya dormido, que aún haya cierta chispa, cierta duda, cierta inconformidad con adoptar un discurso, que no hay nada entregado ni ganado desde el otro, que aún se posee a sí mismo, que nada debe detener su obsesiva necesidad de dudar, de desconfiar, de intervenirse e interpelarse, pero, como no tiene con quién hacerlo, escucharse se lo permite.

Ellos, ellas, piensan erróneamente que él confía en ellos y ellas, que son diferentes, que merecen escucharlo, que tienen parte de su alma, de su dolor y de sus dudas; no entienden, confían demasiado pronto en su juicio, en su pobre y flaco juicio, en su limpio, moral y debilucho juicio, pero no son sparring para el suyo. No se escuchan en voz alta, no saben a qué asienten cuando asienten, no pueden comparar sus intuiciones ni sus suposiciones, no encuentran ni encontrarán palabras, y menos sus palabras: las que faltan, las que permiten que exista esa dicotomía paranoica y expansiva que avanza comiéndolo todo. Duda, desconfía, pero no es inseguro; sabe que ese sentimiento de ausencia es cierto, que siempre es ahora, incluso ahora que ya no es ahora, incluso hoy, donde se siente en calma con él, sabe que no puede confiar.

A mares

El problema del amor, le dice Bianca a Helena, es que se agota rápido: no te quedan tantas primeras veces en él después de la primera. Las citas se te acaban, las buenas, me refiero; las divertidas, las que te hacen sentir algo; y cada vez son menos. Ya no quedan tantas buenas ideas ni tantos lugares por descubrir. Se acaban los apodos tiernos, las canciones, se agota todo lo que lo rodea y la posibilidad de que se viva.

Pará un poco, Bianca, y sí, te va a dar fiaca escuchar unas canciones y algunos lugares ya no son más solo tuyos, pero no implica que no podás disfrutarlos. Tenés que ser más pragmática, boluda: debería bastarte con que ahora sepás poner en su lugar a los desubicados que opinan desde un moralismo virginal sobre cómo y con quién deberías estar. Bancate tus años, tus miedos, tus malos ratos.

Ya sé que no tenemos 20, pero no podés creer que después del primer beso o el primer garche ya todos los demás son menos, o menores. Si las canciones se acaban, sobre todo las de Serrat, las de Sabina y las de Spinetta, ya no te hará ilusión que te digan muchacha ojos de papel, ni podrás sentir alegría cuando te digan que van a celebrar un mesiversario. Te entiendo, pelotuda, creéme que te entiendo, pero no está tan mal: el hombre de tu vida es el que se queda en tu vida. No sos una pendeja como para andarte quejando tanto por tan poco.

Marcela escucha, sonríe. Ellas hablan de lo que él siente, también siente; lo que se gritan antes del recital le retumba dentro, lo que lo ha llevado a ese segundo piso, tan lejos de casa, tan sumido en su propia cabeza, intentando hacer esas cosas que poco lo ayudan pero que le liberan la presión para que no estalle, para que no le gane la presión. Adolorido, reseco, se hidrata para evitarlo; se deshidrata mientras lo hace.

Las escucha y sonríe, porque el corazón lo tiene hecho un nudo, porque el peso en sus hombros le tiene contracturado el cuerpo, porque él también tuvo una muchacha ojos de papel y ya nunca pudo decirle a ninguna que los tenía, porque también ha sentido miedo de que vuelvan a dedicarle everlong o a que lo llamen de chelongo. Hay cosas que a uno le dicen, que a uno le regalan y que, al mismo tiempo, se las arrebatan; a nadie más van a sonarle bien, en ninguna otra boca. Ambas tienen razón: sabe como sabe la rubia que grita a la morocha que no es el fin del mundo que eso pase, pero sabe, al igual que la morocha que se queja con la rubia, que esas cosas duelen.

Ellas gritan, se gritan, se reclaman; el resto del lugar canta y corea algunas canciones que espera que suenen, que esperan que se canten, que los han traído y convocado. Canciones para olvidar, para olvidarse, para salirse de todo lo que los ha saturado. Ellas también están ahí para eso, él también está ahí para eso: para cantarse a esos viejos amores, a esos antiguos dolores que aún no se ausentan del todo, que siguen viviendo en sus cabezas, que siguen presentes con su ausencia; que se fueron, pero olvidaron llevarse todo con ellos, de los trabajos prometidos, de los ascensos no cumplidos… Las razones cambian, pero todos están allí para irse, para dejarse atrás, para dejar de sentirse tan mal un rato. Él también, él lo sabe, así que sirve más ron con coca y escucha en su cabeza las letras que él también espera cantar.

Bianca y Helena, lejos de casa, se han encontrado y ya dejan de discutir y de pelear sobre si el amor sigue siendo amor cuando el amor se acaba. Saben que no, saben que es diferente; que el amor es amor siempre y que el amor se navega, se naufraga, se surfea en la cresta de la ola, o se explora y se bucea; que el amor se desborda y que una vez se ama uno se zambulle y hace que sea imposible el pensarse fuera o por fuera. Las islas de las primeras veces desaparecen; la gente brinca, la gente grita, la gente canta, y entonces todos entienden lo inevitable: que nadie tiene el control para controlarse y que todos tienen algo de lo que olvidarse, incluso de ellos mismos, y que el amo aunque se acabe es siempre inagotable.

Luces

A Iván siempre le han gustado las luces. Desde bebé gateó siempre hacia ellas; le parecían llamativas, como a todos cuando el mundo es nuevo: aún no se sabe que todo lo que brilla no es oro. Uno se deja deslumbrar y va tras todo lo que titila y todo lo que devela, como las moscas y los zancudos, como Ícaro. Iván viajaba directo al centro de lo todo lo que alumbrara, que le ofreciera calor y lo entretuviera; difícil juzgarlo: es un sueño el atrapar el sol con las manos.

Ese gusto se desarrolló con el tiempo. Perdía la concentración ante una buena alteración de luces; no espabilaba, perdía la capacidad de comunicarse y solo podía contemplar lo que pasaba. Las luciérnagas fueron durante años su animal favorito; no le importaba que le dijeran que era un insecto y no un animal: le gustaban lo suficiente para elegirlas siempre. Ese mismo amor le llevaba a oprimirlas, a correr en el césped alto con una botella vidrio y juntar cuantas fuera posible para que iluminaran su noche. Había otros insectos: helicópteros, hormigas, libélulas; les temía porque se las habían presentado como mata caballos. Difícil de juzgar que un niño le tema a un insecto con ese nombre; difícil juzgar a un niño por no comprender que acumular lo que le gusta puede acabar con lo que le gusta.

Iván creció, y en las noches las luciérnagas estaban ausentes, pero las colillas brillaban: el pucho, el porro, alumbraban ahora en sus pupilas. Había aprendido la lección: mucho no era mejor; mucho era bueno; mucho no valía la pena. Le resecaba la garganta y perdía cadencia en sus pensamientos. De las luces había que guardar cierta distancia para no perder las luces: demasiado cerca encandila; el fuego es bello, pero muy cerca quema… Sabía que no era culpable de la desaparición de las luciérnagas, pero aun así sabía que no era inocente ante su ausencia.

Era, a su estilo, en un navegante, aunque muy distinto. Los marinos se guía por la luz para alejarse de ella, de sus riesgos como antes lo hacían los marinos con las sirenas; él, en cambio, sucumbía ante la belleza de sus destellos como ellos antes ante la belleza de sus cantos, y se abalanzaba sin dudar, acelerando y sin mirar atrás: siguiendo un instinto casi animal; siguiendo, dirían muchos, la línea de su destino del que parecía no poderse alejar. Siempre encontraba una forma de meterse en aprietos, siempre encontraba cómo acercarse, siempre encontraba cómo estirar lo suficiente la luz para eclipsarlo con solo un dedo. Verlo daba un poco de angustia; con pocas personas uno entiende la fuerza de gravedad como con Iván porque, sin importar lo bien que parecía estar haciéndolo, sin duda lo arruinaría todo en un abrir y cerrar de ojos.

Cuando su mirada se cruzó por primera vez con la luz roja de los burdeles, él sintió ese vértigo que le corría el piso. Se sintió cerca de una cornisa; pudo mirar hacia abajo e imaginar la caída: el viento rozándole la cara, el corazón latiendo a una velocidad desmedida y el vacío en el estómago de quien pierde el soporte del mundo y cae sin esperanza alguna de asirse de algo; quien caer sonriendo; quien cae con la conciencia de haberse arrojado por la adrenalina sin esperar sentir el golpe seco nunca, solo el túnel vertiginoso de viento que lo conduce a otro lugar.

Cuando entró, la luz azul y morada del túnel lo invitaban a seguir avanzando y los rayos verdes giratorios le prometían un lugar maravilloso. Las bolas de luces reflectantes lo llevaban a perseguir otros destellos, otros brillos. Estaba extasiado y le costaba contenerse. Las luces neón hacían que todo se viera diferente: las líneas de la pintura reflectiva acompañando los movimientos de los cuerpos; el burlesque y las zonas ausentes de luz; el agua; el sonido. En ese momento, para Iván el mundo se dejó de existir: le pertenecía ahora ese lugar y se sentó frente al escenario, con la mirada y la boca abierta al ver un letrero que lo hacía sonreír.

—¿Puedo ofrecerte algo? —le preguntó una mesera.

—Sí —dijo, señalando el letrero—: “Se busca ayudante”, decía. Al levantar la vista vio que ella lo miraba directo a los ojos.

—Parece tener lo que se requiere. No se ha dejado distraer por mí ni por ninguna otra chica —dijo con un tono que develaba que eso la ofendía—.

Era bella; su cuerpo merecía ser visto, observado, contemplado, y más bajo esas luces.

Él sonrió; en sus ojos había un brillo que le hacía morderse la boca.

—Iván —dijo él—, mucho gusto.

—Lucero —respondió ella—.

Sígame; veamos qué puede hacer. Al escuchar su nombre, él supo que nunca iba a olvidarla.

El tuerto es rey

El viento acaricia su rostro, y él, solemne, estira su cuello y deja que el pelo se le desordene con ternura y con suavidad. Es una brisa tranquila, y él sabe disfrutar de la tranquilidad. La grandeza suele encontrar refugio en lo simple y cotidiano, lejos de todo aquello con lo que se le relaciona y se le considera natural, lejos de quienes esperan que actúe de una manera noble, ecuánime y justa. Claro, si hablamos de los que lo toman por un buen rey, porque si hablamos de los que lo condenarían por lo mismo, debería ser entonces caprichoso, desconsiderado, incapaz de contener sus instintos, y sería una presa de sus deseos avalados en su poder y cargo.

Él no tiene opción: pierde solo por ser visto con ojos ajenos. Pierde solo porque es imposible satisfacer a cualquiera que es ajeno, de los buenos o de los malos, haciendo el bien o haciendo el mal, o creyendo que se hace el bien o intentando hacer el mal. El ojo ajeno purga, el ojo ajeno juzga, el ojo ajeno condena… el ojo ajeno da mal de ojo.

Lo sabe, lo ha vivido toda su vida desde que le dijeron que sería rey. Desde ese momento se empezó a desear de él, a esperar de él, a forjar en él un destino ajeno e involuntario, un presente inexistente, un futuro eterno. Tantas veces quiso salir a correr y a perseguir una breve brisa como la que hoy le acaricia, y tantas se lo negaron. Quizá por eso hoy ya no intenta correr: sabe que, aunque no tenga ninguna correa atada al cuello, siente que tirarían de una invisible y pesada que evitaría que lo disfrutara por completo. Por eso no corre, por eso se limita a estirarse y entregarse un poco desde la ventana.

Los curiosos, sin embargo, no esperamos de él que sea noble ni mezquino, no pretendemos que actúe de acuerdo con un código ajeno al suyo propio, y lo miramos confundidos, desconociendo la carga en su cuello, el estrés en sus músculos, la condición, la orden, el yugo. Lo miramos ahí, presintiendo su impulso, sus ganas de correr y dejar todo atrás y de no mirar atrás. Pero, inmóvil, estoico, cierra su ojo e imagino que en su imaginación corre; imagino que imagina que es libre; imagino que sabe que imagina, y entonces él despierta, asiente, como si hablara consigo mismo, como si aceptara su destino.

El carro avanza; él parece quedarse un poco en el semáforo donde la brisa lo acariciaba. Ahora el flujo es artificial, no lo reconforta como el anterior, le mueve el pelo pero no el espíritu; no le evoca libertad. Lo veo e imagino que quizá le recuerda su propio destino: condicionado, fingido, artificial. Lo reconoce, se reconoce… El deseo de salir corriendo desaparece. No está congelado, no ha perdido el control de sus músculos, solo la voluntad de moverlos.

Persigo el auto, lo veo detenerse. Baja después de alguien más. Me detengo para contemplarlo: la cabellera le rebota al dar un paso en la acera. Sin duda es elegante, sin duda tiene porte real. Quien baja primero no se inmuta, estira su brazo y arma, de un movimiento fluido y elegante —de esos que solo puede ejecutar quien lo ha repetido toda su vida—, un bastón plegable. De inmediato queda rígido y funcional; toca el suelo dos veces para asegurarse de la firmeza, y el sonido lo despierta.
—Vamos —dice, mientras arroja dos besos al aire, fuertes y sonoros.

Cualquier duda ha desaparecido: el rey acepta su destino y guía con su único ojo a quien no tiene ninguno. Razón tenía el dicho: en tierra de ciegos, el tuerto es rey.

Fuera de la foto

Beto toma fotos, lo hace buscando una belleza única y particular en cada una; es consciente de que lo que tiene delante son cientos de posibilidades, así que afina el ojo e intenta encontrar y contener la escena. Con los años Beto ha aprendido a hacerlo bien, sabe que una buena foto requiere olfato y tacto, que quizá lo que menos importa es tener buen ojo. Los que piden buen ojo no quieren la verdad, sino algo que se le parezca, algo igual de posible pero velado.

Ha tomado muchas fotos, disparado muchas veces, ha visto alegatos convertirse en sonrisas, ha visto odio transformarse en amor en un segundo, ha logrado que el miedo parezca calma, sobre todo en eventos sociales, en matrimonios y bautizos, en bodas de plata y de oro, fotos que no valen ni plata ni oro.

Duele convertirse en un maquillador forense detrás de una cámara, pero ha aprendido a hacerlo. Sabe que en días así, se necesita un ojo inquisidor, dictatorial, que recorte trozos de la realidad frente a él. Apunta a los ojos cobardes de quienes retrata, se congelan, ponen todo en pausa, posan y sonríen. A través de su pequeña mira enfoca, y aquello que les resulta incómodo de confrontar se convierte en un registro protocolario e ilusorio de una felicidad inexistente pero cómplice, con solo mover los dedos y variar la telescópica percepción crean algo para mostrarle a esos que opinan y aplauden. Enfoca y desenfoca antes de obturar: la cámara no retrata la cámara modifica y edita. A veces es difícil de recordar, a veces se nubla la vista y creemos que lo que está enfrente fue todo lo que había enfrente. No lo fue. Muchas veces nunca estuvo ahí.

Algunas cosas no pueden considerarse casualidades. No es intencional que aquellos ojos cobardes supliquen al verlo pasar con su cámara al cuello. Quisiera no verlos, quisiera evitarlos, quisiera que esos ojos idiotas e incapaces de verse en una foto siendo como son, como realmente son nunca lo vieran, pero falla, siempre logra sentirlos clavados en su cámara, listos para fingir. Un duelo digno de pistoleros, un duelo fatal, letal: su falsedad se desenvaina más rápido que su dedo. Y al ver la foto, esos ojos cobardes no ven aquello que no se les señala, aquello que, con un poco de calma, de intención, es evidente. El ojo no ve porque el ojo no mira, no indaga ni cuestiona: se escudan detrás de un abrazo tenso, de una quijada trabada. La foto ha porcionado la medida exacta de mentira, maquillado lo suficiente aquellos cuerpos como para que parezcan vivos al verse, al tocarse, al besarse… parece que lo hacen, él sabe que no es cierto.

No, no es nunca la verdad lo que vemos: es solo la idea de la verdad de un ojo, porque incluso el otro se cierra para no ser cómplice de la falta de tino. Es curioso: hay más enfrente y más personas en frente, hay testigo de cómo actúan antes de que la cámara se pose sobre ellos, pero todos comulgan ante la prueba que valida el recuerdo: se ven felices juntos, se ven bien juntos, están felices, chochos, el futuro es una promesa posible. Beto sabe que no. Por eso odia los eventos sociales, porque ensucian lo que ama: la verdad, la belleza que hay en quien sonríe ante un recuerdo y no ante un diafragma ni un obturador.

Beto ha aprendido a ser un fotógrafo furtivo, a la caza de los momentos. Pero plata es plata, y las bodas de plata pagan bien, las de oro también; los rollos no se revelan solos. Necesita la plata y se convierte en cómplice de sus cobardías.

De cada fiesta una o dos fotos valen la pena. La gente miente, y miente más alrededor de la gente que miente para condicionar a los que no lo hacen. La gente juzga, la gente es miserable. Nunca escucharon a Néstor decir que ninguna experiencia humana es inferior a otra experiencia humana, y en su miedo de ser juzgados por esos ojos que bien conocen, porque constantemente afilan, homologaron una mentira, un deber ser, y desde allí opinan y arruinan las verdades divinas. No hay un solo camino, y nunca lo hubo, y no se trató nunca de encontrarlo. Pero mienten, se mienten y gobiernan mintiendo.

Todo eso está fuera de la foto, cuando la novia mira a su novio y no encuentra a su amor, pero siente las sonrisas de sus invitados aprobando la desdicha. Ahí Beto cierra ambos ojos y se deja a sí mismo fuera de la foto.