A mares

El problema del amor, le dice Bianca a Helena, es que se agota rápido: no te quedan tantas primeras veces en él después de la primera. Las citas se te acaban, las buenas, me refiero; las divertidas, las que te hacen sentir algo; y cada vez son menos. Ya no quedan tantas buenas ideas ni tantos lugares por descubrir. Se acaban los apodos tiernos, las canciones, se agota todo lo que lo rodea y la posibilidad de que se viva.

Pará un poco, Bianca, y sí, te va a dar fiaca escuchar unas canciones y algunos lugares ya no son más solo tuyos, pero no implica que no podás disfrutarlos. Tenés que ser más pragmática, boluda: debería bastarte con que ahora sepás poner en su lugar a los desubicados que opinan desde un moralismo virginal sobre cómo y con quién deberías estar. Bancate tus años, tus miedos, tus malos ratos.

Ya sé que no tenemos 20, pero no podés creer que después del primer beso o el primer garche ya todos los demás son menos, o menores. Si las canciones se acaban, sobre todo las de Serrat, las de Sabina y las de Spinetta, ya no te hará ilusión que te digan muchacha ojos de papel, ni podrás sentir alegría cuando te digan que van a celebrar un mesiversario. Te entiendo, pelotuda, creéme que te entiendo, pero no está tan mal: el hombre de tu vida es el que se queda en tu vida. No sos una pendeja como para andarte quejando tanto por tan poco.

Marcela escucha, sonríe. Ellas hablan de lo que él siente, también siente; lo que se gritan antes del recital le retumba dentro, lo que lo ha llevado a ese segundo piso, tan lejos de casa, tan sumido en su propia cabeza, intentando hacer esas cosas que poco lo ayudan pero que le liberan la presión para que no estalle, para que no le gane la presión. Adolorido, reseco, se hidrata para evitarlo; se deshidrata mientras lo hace.

Las escucha y sonríe, porque el corazón lo tiene hecho un nudo, porque el peso en sus hombros le tiene contracturado el cuerpo, porque él también tuvo una muchacha ojos de papel y ya nunca pudo decirle a ninguna que los tenía, porque también ha sentido miedo de que vuelvan a dedicarle everlong o a que lo llamen de chelongo. Hay cosas que a uno le dicen, que a uno le regalan y que, al mismo tiempo, se las arrebatan; a nadie más van a sonarle bien, en ninguna otra boca. Ambas tienen razón: sabe como sabe la rubia que grita a la morocha que no es el fin del mundo que eso pase, pero sabe, al igual que la morocha que se queja con la rubia, que esas cosas duelen.

Ellas gritan, se gritan, se reclaman; el resto del lugar canta y corea algunas canciones que espera que suenen, que esperan que se canten, que los han traído y convocado. Canciones para olvidar, para olvidarse, para salirse de todo lo que los ha saturado. Ellas también están ahí para eso, él también está ahí para eso: para cantarse a esos viejos amores, a esos antiguos dolores que aún no se ausentan del todo, que siguen viviendo en sus cabezas, que siguen presentes con su ausencia; que se fueron, pero olvidaron llevarse todo con ellos, de los trabajos prometidos, de los ascensos no cumplidos… Las razones cambian, pero todos están allí para irse, para dejarse atrás, para dejar de sentirse tan mal un rato. Él también, él lo sabe, así que sirve más ron con coca y escucha en su cabeza las letras que él también espera cantar.

Bianca y Helena, lejos de casa, se han encontrado y ya dejan de discutir y de pelear sobre si el amor sigue siendo amor cuando el amor se acaba. Saben que no, saben que es diferente; que el amor es amor siempre y que el amor se navega, se naufraga, se surfea en la cresta de la ola, o se explora y se bucea; que el amor se desborda y que una vez se ama uno se zambulle y hace que sea imposible el pensarse fuera o por fuera. Las islas de las primeras veces desaparecen; la gente brinca, la gente grita, la gente canta, y entonces todos entienden lo inevitable: que nadie tiene el control para controlarse y que todos tienen algo de lo que olvidarse, incluso de ellos mismos, y que el amo aunque se acabe es siempre inagotable.

Rumiantes

Uno tiene que tener cuidado con lo que piensa y más con lo que sobrepiensa, porque no todo tiene tanto sabor como para aguantar. El flaco

El flaco saca los cigarrillos del paquete con cuidado, lo hace con una elegancia ajena a él, al cigarrillo y al momento, cuando uno lo ve pasando la yema de los dedos con delicadeza para detectar la muesca pequeña donde la tira de la que se tira rompe el plástico que lo aprisiona, se da cuenta de que él no busca un plástico que rompe, sino un pequeño hilo que desnuda; no parece hacerlo tratando de quitar de en medio algo que le estorba, sino contemplando algo que lo seduce, disfruta el momento, saborea el momento, desde afuera la forma parece exagerada pero, si uno se pone en sus zapatos, no en los del flaco sino los del amante que tiene en frente, a quien desea vestida pero dispuesta a dejar de estarlo, que, al igual que uno frente a ella, ha decidido cubrirse como quien envuelve un regalo, pensando en el momento en que se descubre, perfume en los lugares indicados donde esta acostumbra a sentir la nariz cuando la amante presiona rostro contra su pecho… cuando uno descubre bajo el vestido en la cintura ese encaje que lo hace a uno dudar sobre si desea o no apartarla de la vista…

Entonces uno entiende que ese aire europeo, tano, del flaco no es para nada un accidente, sino una acción consciente de un tipo que, aunque no parezca, lo ha entendido todo: a no perseguir nada que se aleja, a no estar presente donde no se siente bienvenido ni ausente donde es bien recibido, un flaco tranquilo y sabio que se acomoda como un gato en un rayo de sol, está siempre justo donde decide estar, cayendo siempre sobre sus pies, y aunque nada lo haga con tanta elegancia como desnudar un cigarrillo, porque en lo otro puede verse tosco y sin formas, queda claro que es consciente también de esa elección, el flaco sabe que es especial solo aquello que hacemos especial, que el objeto no cambia en su composición, sino en admiración, que lo que desea, lo disfruta más si demuestra cuánto lo desea, vivir la emoción es la única forma de sentirla… parece que el flaco sabe que, como los italianos, la vida es un placer lento, un gusto dulce que debe consumirse tan despacio como sea posible.

Al menos cuando se prepara para fumar parece que todo es intencional, no arroja al piso la basura, la conserva y la guarda en sus bolsillos como un amante haría con la lencería que ha quitado, sabe que lo que saca es tan importante como lo que contiene, entonces no lo tira con el desprecio de quien elimina algo que estorba, sino que lo acomoda cerca, lo conserva cerca y, dependiendo los amantes, es posible que intente extraer aún el aroma de lo que antes cuidaba la pieza que sostiene… luego, con la misma gracia y lentitud que un amante acercaría los dedos al tesoro descubierto, pellizca con algo de malicia, procurando un pequeño dolor provocativo, una sensación que no incomoda ni molesta, que por el contrario a su amante la haga sentir el calor que la consume, el flaco retira la última protección del empaque y entonces toma con habilidad un cigarro entre sus dedos, lo acerca a su nariz e inspira de arriba a abajo el pucho, se saborea y lo deposita en sus labios, tal y como lo haría uno con una amante frente a la que se ha posado, tal y como lo haría uno frente al cuerpo que se sabe deseado, y entonces se zambulle con un deseo animal pero controlado, con la antesala del descontrol total, con la quijada endurecida, mostrando los dientes y apretando fuerte el cuerpo entre las manos, respirando con fuerza, casi bufando pero aún en control, haciéndole sentir a la amante que cuesta hacerlo, que es difícil continuar con calma cuando lo único que se desea es entregarse a una corriente que quisiera arrastrarlo todo, pero se hace para que la amante sepa que desata dentro una tormenta de emociones…

Si el flaco fuma con una elegancia ajena a sí mismo, porque uno no es uno en presencia de sus vicios, por fin enciende el cigarro y, como siempre, a los que lo miran con curiosidad les advierte: cuidado con lo que piensan y sobrepiensan, asegúrense de que valga la pena porque no todo tiene el sabor para aguantarlo, y aspira esa primera bocanada, y uno piensa en las ganas que tiene de tener enfrente a esa que quiere que uno quiera tenerla en frente.