Azares

El principio de incertidumbre dice que todo es posible mientras no se decida nada, que cada momento previo a una develación es convertido en un sorteo infinito donde el universo se fragmenta miles de veces y se completa hasta que la cortina se corre y solo una se materializa y queda frente a nosotros materializado el presente, destruyendo, en consecuencia, cualquier otro futuro.

Cada padre pudo tener un mejor o peor hijo y, aun así, sin saber lo que viene, sin entender lo que perdieron, cada uno te recibe con miedo y te aprieta contra su pecho, te levanta un poco y te mira con la piel blandita y un olor a sangre, sudor y jabón, pensando que se ha ganado la lotería, con miedo de verte sufrir, con miedo de hacerte sufrir, sufriendo de miedo, lleno de dudas, paralizado por la incertidumbre y la felicidad; no sabe cómo, pero sabe que tendrá que hacer que todo salga bien, no sabe cómo ni tiene idea de lo que vendrá, de la primera fiebre, de la primera hambre, de la primera caída, raspadura, hipo, dolor de estómago; no sabe, pero su cuerpo parece advertirlo, la sensación lo abruma y lo hace valiente al mismo tiempo… no sabe cómo, pero algo tendrá que hacer.

De lado quedan sus otros posibles futuros, el trabajo ahora es necesario pero no importante, tendrá que hacer nuevos amigos con quienes se encuentre en bautizos, piñatas y escuelas de padres, de fútbol, de dibujo, de baile, de artes marciales… Que sus viernes en las noches ya no serán los viernes en la noche… Nada de eso le importa realmente, pero sabe que pasará, no piensa en ello, no lo inquieta la facilidad con la que renunció siquiera a hacerlo; confirma algo que en el fondo sabía: no era tan importante, solo los nervios lo consumen, solo la ansiedad lo ocupa.

¿Qué faltó por hacer?, ¿qué le faltó por aprender?, ¿cómo podrá ser para él lo que siempre quiso para sí mismo?, ¿qué no repetir?, ¿qué no omitir? Se imagina en la sala de partos, se imagina en el primer día de clase, se imagina enseñándole algo que le cueste comprender, se imagina sus preguntas incómodas, su imprudencia acompañada de sus prejuicios y los momentos de tensión que vivirá por culpa de ellos…

Piensa también en el primer día que lo lleve a estudiar, en el día en que deje de cargarlo para darle su tetero, piensa, sin haberlo aún conocido, cómo será despedirse de él y le duele el pecho, piensa en los momentos donde se transformará de héroe a villano, donde ya no coincidirán, donde su ética le parecerá anticuada y moralista, y no individual y reflexionada, en esos momentos donde dejará de ser sabio y certero, empezará a ser errático y viejo; sabe que es inevitable que el mundo va a separarlos y recuerda que su tiempo será limitado, piensa en cuando lo encuentre llorando, borracho, con olor a cigarrillo o alguna droga, cuando lo vea callado y perdido, si sabrá estar ahí para verlo a la distancia y si sabrá acercarse para recortarla, piensa todo de una manera continua: infancia, adolescencia, adultez; vive su vida sin haber vivido los momentos y no puede parar, es una ráfaga de emociones, de contracciones, él mismo convertido en un principio de incertidumbre, pensándose como padre mientras se recuerda como hijo, mientras teme y sufre y se emociona, ilusionado con darle limón por primera vez, con llevarlo a la cancha, enseñarle a montar bicicleta y luego moto, en pasar una tarde juntos, en verlo maravillarse con animales, con paisajes, con experiencias que él también recuerda haber valorado, quiere llorar y gritar, quiere correr y quedarse quieto todo al mismo tiempo…

Vuelve a bajar la mirada y en la pantalla sigue el mensaje.

—No me ha llegado, Santi…

Y el mensaje de «escribiendo» en la pantalla, que le indica que algo más viene… pero a él no le importa, ya nada le importa.

Quemar las naves

Cristóbal saca una esfera seca y endurecida de parafina, pequeña, tiene el tamaño de un buñuelo antes de freír, antes de que el calor la expanda y lo esponje. Rafael lo mira con sus ojitos grandes y no pierde detalle de sus movimientos; lo ve jugar con ella y, como desconoce de qué se trata, la señala. Cristo se la extiende y se la señala: no se la ofrece, solo se la muestra. Él lo entiende, asiente; sus ojos curiosos expresan bien lo que él no puede articular en el idioma. Cristo mira la bola y comienza a hablarle.

—No lo recuerdo —le dice, mirando al niño a los ojos.

Cristo no le miente: no recuerda con qué propósito comenzó a recogerla, no recuerda para qué tampoco. Pudo haber sido un simple impulso repentino o un antojo inducido por un video en las redes sociales, alguna tendencia sobre darle forma a pensamientos o incluso al pasado mismo. Lo mira un poco ausente; no sabe explicarle lo que piensa, pero sabe que es necesario hacerlo.

—Mirá, Rafa: a uno le pasa como a esta bolita, que no sabe bien lo que es ni lo que lleva, que no tiene idea de lo que es, de dónde está, de para qué está acá ni para dónde va. Son las 4 grandes preguntas. Llegará el día donde vos también te las hagas, y es necesario que entiendas en ese momento algo que voy a decirte.

Rafa lo mira con los ojos abiertos. No es un síntoma de atención ni señal de espabilamiento: lo mira chupándose el pulgar. Para estar en el final de sus años, esa es muestra de que no es precisamente un chico muy adelantado. Cristo lo intuye: el chico no parece muy listo, pero él tampoco lo fue a mirada de sus tutores y profesores; quizá por eso, quizá porque aprendió enseñando, que aprendía más cuando hacía el intento de explicarle a otro algo en lo que nunca había pensado mucho. Quizá por eso le dijo:

—Mirá, Rafa: recordar es difícil, nadie lo recuerda y por eso nadie recuerda bien. Somos selectivos en los recuerdos, completamos con lo que tenemos a mano, con anhelos, con esperanza, con rabias, con otras miradas. Por eso es difícil conocerse, porque uno no sabe muy bien qué tanto es de uno y qué tanto es prestado, impuesto, acordado. Uno es un poco todo y todos, y es difícil recordar qué estaba ya ahí cuando uno llegó, qué trajo uno y qué se le pegó en el camino. Uno lleva todo eso a cuestas, uno es todo eso que se echa a cuestas, y entre más uno camina, más se echa encima, más se carga y más se mezcla. Al final no importa qué era uno, qué es de uno: uno es eso sumado, dividido; uno no es los factores sino el producto. Y eso está bien por un tiempo, pero luego se deforma y pierde foco; por eso, cuando la carga es mucha, nos acercamos al fuego de nuevo, a algo que nos queme o nos corte, porque es necesario sacarse lo que estorba, fundirse, irse un poco al vacío para reencontrarse.

A la gente le parecerá bien que lo hagas hasta mediados de tus 20, pero mientras más te acerques a los 30 cada vez podrás menos jugar esa carta. Es lo mismo que te pasa ahora chupando el dedo —le dice mientras sigue viendo al niño, que lo mira sin pestañear; bueno, no, no a él, sino a la esfera de colores que rueda sobre su mano. La sigue embelesado; la ve acercarse al fuego y la ve crecer en cada movimiento. Él lo entiende: juega con ella de manera que nunca la pierda de vista mientras habla, mientras él se lo explica a sí mismo; a sus casi 40 hay mucho que le sobra, que no reconoce y comienza a estorbarle.

—Lo vas a necesitar oír en unos años. Trataré de estar aquí para repetírtelo —le dice—, trataré de ser más sabio para cuando llegue el momento.

Lo mira y sonríe.

—Te enseñaré a quemar las naves, para que avances sin tanto peso.

Su hermana llega, los mira, recoge a Rafa.

—No lo dejés chupar dedo —le dice.

—No me di cuenta —miente—, hablábamos de cosas más importantes.

Responde y le guiña un ojo mientras le acerca la esfera tibia a la palma de la mano.