Lo que no se le ha perdido

Al césar lo que es del césar, a mí déjeme sano.
El Flaco

Los viejos recuerdos, las sombras partidas, los espejos rotos, el fuego y la brasa, todos tienen algo que me gusta. Son imágenes difusas, representaciones imaginarias, nebulosas. Me gustan porque —así como tratar de recordar el perfume de la profesora de inglés que se conoció en sexto grado cuando ya no recuerdas en qué año cursaste sexto grado porque han pasado casi 20 años desde que te graduaste de la universidad—, así de ausente, de impreciso, de fuera de lugar me he sentido yo toda la vida. Un poco soy esa incomodidad con la que he crecido, con la firme intuición de que faltan cinco centavos pa’l peso, siempre. Por eso, esas cosas que se sienten incompletas —y más que incompletas, imposibles de completar— me gustan.

Por la misma razón, ni los sudokus ni los crucigramas me gustan completos, y siempre busco los que tienen erratas. Cada año los recopilo, los encuaderno: aunque se tengan las respuestas, no se tienen los espacios. Es bella esa certidumbre de que, aun con todo, no alcanza. Me ayuda a sentirme bien saber que no soy solo yo, que al cuerpo aturdido y desgonzado no le falta nada, pero con eso tampoco le alcanza. Esa tristeza cercana y familiar lo hacía sonreír, le recordaba la angustia de su madre ante las neveras grandes, la ilusión que había en sus ojos al abrirlas, soñando con tenerla, pero no solo con tenerla, sino con tener cómo llenarla, rebosarla, sin tener que descongelar. Esa ilusión pobre de tener lo que se considera riqueza, esa riqueza de creer que todo lo que falta es solo una nevera grande que nunca esté vacía…

Sin embargo, hay vacíos más difíciles de llevar, de sostener, de sopesar. Es fácil saber cuánto dinero falta: se mira la cartera y basta con restar. Pero cuando el precio es el espejo y uno se esculca los bolsillos —al principio con desesperación, luego con resignación y finalmente sin intención— porque sabe que no hay con qué, que no alcanza con un par de sueños rotos, y que los centavos de las promesas vacías ni con un par de ideas arrugadas alcanzan, se trata entonces, con cierta dignidad, de mirar los sueños por vitrinas, preguntar por ellos y decir:
—Gracias, voy a dar una vuelta y más tarde vuelvo—
sabiendo que no hay vuelta atrás y sabiendo también que quien te responde sabe que es una frase vacía, pero elástica y pegajosa, que sostiene la dignidad, el respeto, la autoestima.

Lo peor de esta ausencia no es una pérdida, sino una condena sentenciada y perpetuada, casi genética: falta alguna encima en algún cromosoma. No se puede ser feliz cuando se entiende que la felicidad se transita, que es independiente y azarosa. No se puede tener esperanza cuando se juega con las cartas sobre la mesa. Hay algo en la ignorancia que es casi una recompensa, mientras que el saber, el conocer, el cuestionar… pensar, pasa factura.

Algo similar a los animales que nacen en los criaderos: tienen algo muerto en ellos, un instinto inútil, atrofiado y lerdo, una pulsión latente de que algo falta, una comprensión de que el presente está diezmado y el futuro prohibido, ausente… Es difícil sentirse así completo. Por eso el Flaco a veces tomaba malas decisiones con hielo, y las pasaba con brumas de humo, porque sentía —desde el fondo hasta la superficie— que los dados estaban arreglados, que veía claramente la verdad. La suerte estaba echada y en su contra. Y eso lo hacía doblemente miserable.

Después de todo, cuando se crece como el Flaco creció, la sabiduría popular brinda algunas luces casi esotéricas: no piense que se enloquece, decían los abuelos, tanto libro no le va a ayudar a buscar lo que no se le ha perdido… Él mismo era una sombra difusa, una sombra partida por una escala o esquina, un espejo roto, una posibilidad deformada por una perspectiva sesgada.

—Flaco, ¿todo bien?
—Nah, qué va… pero no importa, no tiene solución, uno es dueño de lo que tiene y esclavo de lo que le falta.

Laberintos

Miro detenidamente el mapa, la líneas de colores se sobreponen, el bullicio de la gente afuera dificulta aún más mi entendimiento, Wilson y Fernanda creen haberme dado una dirección exacta, los conozco y dudo, hay muchas posibilidades para equivocarse, demasiadas conjeturas, estoy perdido, incomunicado y la esperanza es esquiva para un latino en barajas, ya sé que no para todos, ya sé que algunos españoles son amables, no es algo exclusivo de los españoles, es geopolítico, algo ha hecho que algunos pasaportes digan turista y otros migrantes, si bien todos los somos al viajar, a algunos les han dado un no sé qué, que inspira en las personas de aduanas y migración confianza y a otros nos han marcado como reses con una I en la frente.

Intento escribirles al whats app, no responden, están fuera, camino a esperarme, me hago al lado de la cabina de información e intento escuchar explicaciones a otros viajantes, no quiero preguntar, no quiero darles la oportunidad de menospreciarme, me rehúso por un par de minutos y al final cedo.

Me indican con una mirada de falsa cortesía, lo sé porque también yo he puesto esa sonrisa falsa al saludar a parientes indeseados un domingo a la mañana cuando llegaban las visitas sorpresas a casa, debo dirigirme a la salida, voltear a la derecha e ir al segundo piso, allí hay un tren, dice no es el mismo que decían Wilson y Fernanda, no me sorprende, pero tampoco me fío.

Camino hacia la estación, busco otro par de turistas con cara de latinos, si algo puede unir a nuestros pueblos es la cordialidad que nace del desprecio, claro está solo en el extranjero y mientras que uno de los dos no sea local, ambos debemos ser sudacas para ser resistencia, si alguno es local o ciudadano de clase media entonces el enemigo es cualquiera que sea otro por debajo de su estatus; no encuentro ninguno a la vista.

Ahora tengo en frente otro mapa, tres líneas azules, para ser justos es una azul, una azul pálido o cian y una azul oscuro casi morado, la estúpida costumbre de mis compatriotas de utilizar diminutivos los ha llevado a decir azulito, la parca formalidad del agente lo ha llevado a decir azul, estúpidas costumbres ajenas, estúpidos convencionalismos nacionalistas, ¿acaso no era más fácil utilizar otra paleta de color?, los encargados de la señalética, son a veces agentes del caos.

Tomo una decisión, compro la tarjeta y sigo la línea azul, pensando en que a Fernanda le ha ganado el costumbrismo de aplicar el diminutivo a azul, y que con su azulito no intenta decirme que un azul más clarito; me subo y miro el mapa que tengo en mis manos, dos líneas hacen parada en la estación a la que me dirijo, en la que voy es una de ellas, pero son paralelas, tengo buenas y malas posibilidades, 50% para ser exacto, en mi rostro ya se hace palpable la duda, soy un objeto perdido más en barajas y mi destino ya no me pertenece, la suerte se echó hace mucho y yo solo ruedo a estrellarme con una pared y dar un número aleatorio; odio sentirme así, tan ajeno a mis decisiones, veo el mapa y falta tiempo, no es la primera vez que estoy perdido, no será la última, pero sí es la primera que pienso en que a los urbanistas y los arquitectos habría que quitarles su carnet profesional, recomendarles la siquiatría o el sicoanálisis, la jardinería para que encuentre y disfrute esas raíces complicadas y enredadas.

Veo el mapa, la ventanilla y suspiro, estoy en un puto laberinto.