A la medida

Siempre me han molestado aquellos que dividen al mundo en dos, los que sobresimplifican, los reduccionistas, esos que diseccionan la realidad y la historia, los que por algún motivo motivan a los demás a desconocer los detalles, esos que omiten para beneficiarse de la ausencia, esos que sin titubear se desconocen, porque cualquier ser que evita contarse evita también leerse, conoce sus sombras pero no su reflejo y termina tan desdibujado, tan diluido, que le será imposible darse cuenta; en resumen, no tolero a los cobardes… a esos que se esconden de sí mismos.

Eso no me hizo popular, pero sí necesario. Era una de esas cartas que los directores de los medios se jugaban cuando querían mostrarse como transparentes. —Nosotros somos imparciales, ahí tenemos a Romero —vociferaban cuando eran increpados por amangualados. Mi apellido también lo odiaba porque, para muchos, se convirtió en parte del jueguito. —Si algo huele mal, traigan a Romero. —Los hijos de puta dicen a mis espaldas, piensan que es un juego, que no me importa lo que pasa, que cobro como todos… pero no es cierto, es solo que prefiero ser yo. Alguien tiene que hacerlo, alguien tiene que intentar implosionar el sistemita, no puedo simplemente rendirme a ser uno de esos payasos que le pide a los candidatos que hagan cabecitas o que les celebran que toquen guitarra. Prefiero ser obtuso que mezquino.

La gente renuncia muy pronto a su criterio, a su capacidad de elaborar ideas o de interpelarlas. El Nadaísmo que soñó Gonzalo Arango ha llegado de la mano de una generación que no entiende de contracultura, que no protesta sino que, alineada por la instagratificación, camina como los avestruces, pero ellos, en lugar de enterrar la cabeza en la tierra, parece que se la enterraran en el culo. A nada le gastan media neurona, pensar por ellos mismos les aterra; ¿para qué, si hay videos de gente que lo explica en YouTube o en TikTok? ¿Para qué el esfuerzo, si alguien lo va a resumir en un meme? Y de interpelarlo ni hablar, jamás cuestionar la falta de razón, ortografía, estética u orden, porque esa es la gracia del meme, dicen… igual a como dicen las mujeres golpeadas, que es por amor que les pegan, que es por su bien, que ellas son las que se lo ganan o se lo buscan. Idiotas, en el más griego de los sentidos.

Y para que no todo esté perdido, aquí estoy yo, necesario pero impopular, el Sísifo moderno, padeciendo primero el peso de la propia palabra, de jamás renunciar a la esperanza, y en segundo lugar, al dolor de intentarlo cada día, de sentir que se estallan las cuerdas vocales, de la fatiga que se extiende y pesa ya en el alma, en las ideas, en las palabras, de esa melancolía atragantada siempre, de esas ganas de llorar acumuladas, de esa culpa que lleva adentro todo el que es condenado siendo inocente.

Pero aquí seguiré, porque aunque para muchos soy un chistecito, para otros soy una piedra en el zapato, lo suficientemente molesto para cambiarles el caminado, para impedirles correr hacia la estupidez, para evitar que se tomen confianza y emprendan su misión de destruir todo lo que creen que no importa, para esos que sienten que solo lo cuantificable es medible, para esos pecesitos dorados que viven en burbujitas llenas de posverdades, esos que vociferan sin reflexionar, esos que piensan que los derechos son solo sus derechos. A todos esos hijueputas les tengo todavía una mala noticia. —Aquí está Romerito, aquí sigue Romerito, impopular pero necesario, empujando estas teclas con fuerza para que al menos haya un papel que pueda repetir las ideas que algún día podrían llevarme a la calle o debajo de la tierra, e incluso ahí, ahí seguirá abriendo y oliendo a Romerito. Entonces, aunque el idiota parezca yo, mientras que no deje de escribir, la pelea está ganada, el desafío está a mi altura, hecho a medida.