Contar cuenta

—Pico —dice un niño, y lleva su pierna derecha hasta acomodar el talón justo frente a la punta del pie izquierdo.

—Monto —responde otro, llevando su pierna izquierda hacia el frente para acomodar el talón izquierdo frente a la punta del zapato derecho.

Jairo los mira desde lejos. A su alrededor hay 23 o 24 niños más: unos altos, otros bajos, unos gordos; bueno, gorditos, a esa edad los niños gordos son pocos, a menos que se pongan cortos y guayos. Ellos, esos que atestiguan, están nerviosos. A esa edad, entre los 8 y los 12, nadie quiere quedarse fuera, pero solo 22 juegan. A alguno le tocará de árbitro, y los pequeños dictadores que eligen los jugadores tienen la misión de equilibrar el partido. El primero que escoge siempre elige al mejor o al mejor amigo; el segundo hace lo mismo. La calidad y la amistad. Tardarán años en darse cuenta de que eso será ley siempre: a uno lo escogen por bueno o por buena onda. Hay que ser muy bueno en lo que sea para que lo escojan siendo mala gente… aunque, como cantaba Bersuit, es solo una figurita el que está de presidente; no importa cuántos te escojan, las cosas no cambian.

—Pico —dice uno.

—Monto —responde el otro.

Y se acercan, y los que flaquean en habilidad sacan pecho o buscan hacerse cerca de los que son más malos que ellos para ser una elección segura, o más cerca del que mejor les cae para ser un buen premio de consolación. Los otros se acercan al centro con las manos atrás, sin decidir, sin moverse, simplemente por eliminación, sin saber hacia dónde irán. A sus ojos, los que escogen tampoco son tan buenos; no temen estar de un lado o del otro, les parece lo mismo, así que aguardan. Los que no son tan malos como los otros malos saben que los elegirán, pero los malos malos saben que deben hacerse elegir, porque de lo contrario confirmarán lo que todos saben: que son malos. Prometen gaseosas y papitas, prometen tapar y no quejarse, prometen traer otro balón. A toda costa, incluso a la de sí mismos, necesitan ser elegidos, no pueden quedarse sin eso.

Hay cosas que nunca cambian, piensa Jairo, cansado, al borde de la acera, con los pies recogidos, con el pucho entre los labios, con la pola vacía al lado izquierdo. Hay males que siempre están presentes, piensa, que son humanos, más que humanos, sociales. No pueden juntarse tres porque hay dos, siempre, queriendo dejar a uno por fuera. Siempre hay uno que piensa que lo que hay para repartir, sin importar si es mucho o poco, es más si se reparte entre menos…

—Pico —grita uno.

—Monto —le grita con rabia el otro, mientras le pisa los dedos.

El poder hace eso en la gente, incluso en los que se ven inocentes. El pisoteado camina cojo y quejándose; ya no quiere escoger al mejor ni al mejor amigo, sino al que más pata dé. Al que ganó ya no le importa el resultado; pase lo que vaya a pasar, él ya ha ganado la derrota de su contrincante… Mezquinos, enanos mezquinos.

Mientras fuma y toma, lo entiende: a uno le han contado y lo han contado. Contar cuenta. Quedarse por fuera también cuenta, aunque margina, aunque relega. Pensando, se da uno cuenta de que al final uno no cuenta tanto; sin embargo, hay momentos donde que no cuenten con uno cuenta mucho para uno. Sobre todo hay edades donde eso es importante, profesiones, espacios, momentos… Pero, por fortuna, después de los 30, por ejemplo, a uno ya no le importa. Uno ya no quiere que cuenten con uno, sabe que para eso siempre hay otros, que para algo siempre hay uno… que no necesariamente es uno. Qué importa que no cuenten con uno. Al final solo el que cuenta cree que es importante contar, y los contados van por ahí pensando que han sido parte del triunfo simplemente por haber estado del lado que para ellos cuenta…

Día de pago

María recordaba el sabor de la sangre en la boca, el mordisco que había recibido de Alberto no sólo la había inflamado, sino que la había cortado, y fluía como su propia humedad, libre y sin contención. Con él terminaba su venganza, habían sido cinco en total las humillaciones que Mario le había hecho cuando estaban casados, y había prometido cobrárselas, con intereses, por eso uno a uno, Jair, Camilo, Alex, Javier y Alberto pasaron por su cama y por sus piernas, de todos grabó videos y tomó fotografías, a todos los grabó diciendo cosas como ¡Qué imbécil Marito, perderse semejante catre!, ¡Ay mamita querida lo que se perdió Marito!, ¡Jueputa increíble que Marito te haya dejado escapar!, ¡Pobre imbécil y ahora que anda con Estela una frígida que sólo le gusta follar a oscuras y en la cama!

Jadeantes habían caído en su juego, sin saber que eran grabados, risueños habían hablado de su nueva esposa, una secretaria bonita y joven pero fría mentirosa, que se vendía como muy muy pero que no tenía ni idea de cómo usar los dotes que tenía. Así, con cada confesión María sintió su deuda saldada, su orgullo recuperado, Jair y Alex además no follaban nada mal, pero incluso ellos habían dejado su cama agotados y doloridos.

—Decile lo que quieras a todos, tus amigos van a saber que mal cogido no estabas y dos de ellos saben además lo mal cogido que estás.

Ese mismo placer que sentía María al enviarle ese mensaje lo sentía Lucecita cada noche mientras leía sobre dominación, mientras aprendía cómo convertirse en una dominatrix, mientras tomaba las medidas del cuero, y soñaba con los juguetes que iba a utilizar con Armando, su profesor de educación sexual que cada que hablaba de vírgenes la miraba, que cuando quería llamar la atención caminaba hasta su puesto y entonaba los discursos de mojigatería y morronguería apoyándose en su silla.

Y por eso cuando lo contactó a través de una aplicación de citas. Tras calentarlo y contactarlo, tras vestirlo de muñeca, depilarlo y amordazarlo usando su antifaz, tras golpear sus huevos con una fusta y hacerlo llorar como niñita, acercó a sus nalgas peludas un ariete sexual, y paseó frente a él un dildo, el mismo que le habían regalado todos en su curso, el mismo tamaño y el mismo color, pero no lo reconoció, hasta le dijo: ¡sonría para la cámara, mojigato!, y sin una gota de lubricante y máxima velocidad sintió el rencor de Lucecita tocarle dentro.

Lo mismo que cuando Ernesto fue nombrado obispo, y confesor del gobierno. Porque al fin su día llegaba, y tras 15 años de celibato, tras 15 largos años de guardar confesiones y pecados, escribía ahora su libro Un gobierno arrodillado y publicaba develando las confesiones. Transcritas de cada uno de los ministros, senadores y del presidente mismo, sus matanzas, sus adulterios, sus humillaciones, narraba el arrepentimiento inicial y luego la naturalidad gélida con la que contaban todo.

Así supo Jaime que su mujer, actriz, había estado en la alcoba presidencial. Como anestesiólogo se las arregló para ingresar al staff médico del gobierno, logrando simular una peritonitis en el presidente, y tras anestesiarlo falsamente pudo abrir, cortar, raspar y maltratar el cuerpo del presidente sin que este pudiera defenderse ni impedirlo, tuvo que sentir cómo revolvían sus vísceras, tuvo que sentir cómo era aprisionado con odio y sin esperanza alguna.

—Tranquilo presidente, no va a morirse, solo a desearlo, mucho gusto, y muchas saludes le manda Albita, considere nuestra deuda saldada, hoy es día de pago, dijo sonriente al notar que los labios del presidente no podían ya delatarlo.