Sal al gusto.

Te tiene que gustar mucho la mierda para disfrutar lo que haces, me reclamó de frente y mirándome a los ojos, me lo dijo con la cara roja, con las lágrimas corriéndole por las mejillas, me lo dijo como un grito ahogado de la libertad derrotada, como lo que era, un reclamo tardío, la impotencia hecha palabra, palabras vacía además porque llegaba tarde y cuando algo llega tarde pierde fuerza.

Su ira no era real, era la memoria de una ira guardada, una ira envejecida, mal cosechada, su ira era una rabieta caprichosa, sin sentido vacía y banal, todo lo que llega tarde es así, las ganas que se quitan tardes son más rencor que ganas, las alegrías tardías menguan, tarde, nada vale, ni la palabra indicada es del todo certera, cuando algo llega tarde aunque sea fuerte no puede nunca borrar su demora, la razón de su tardanza, las excusas, las despedidas, si algo llega tarde llega maltrecho.

Y aunque estuviera mala en el fondo, tenía razón, me gustaba mucho, había algo en el trabajo que me gustaba, que siempre me había gustado, hay algo en esos trabajos simples que me cautiva, el hombre avaluado por el músculo, el hombre con fecha de caducidad, la utilidad funcional en venta, el hombre comprado por peso y talla, por cuanto puede cargar y por cuánto tiempo puede cargarlo, sí era fácil y sencillo, sin caprichos, sin mediadores, sin cerebritos ni antojos, en la vida real reina el pragmatismo, el burdo, rústico, directo y esencial. Sí tiene que gustarte y eso es lo que más me gustan.

Sin pleitesías, sin condescendencias clasistas ni morales, todos en el fondo saben que son iguales, que se tienen a ellos, no hay un dios, ni un creo que los soporte, para los pobres diablos como ellos no hay capitalismo, ni socialismo, no hay futuro, pasado, no hay jubilación ni desempleo, solo un eterno trabajo, el retiro es una chaza, una tienda, pero no gloria en el futuro, te tiene que gustar tanto como morirte de hambre escribiendo, pienso pero no se lo digo, me tiene que gustar tanto como le tiene que gustar a un cantante de ópera cantar en bautizos y matrimonios, tanto como al pintor que hace murales comerciales para una alguna marca en alguna publicidad, tanto como a los chef lavar platos, pero cada uno tiene una droga diferente, es esclavo de un gusto distinto, ella no lo entiende, nació después de la pandemia, no sabe lo que es perderlo, cree que gusto es vestir chic y descubrir que hace 20 años lo coquette estuvo de moda.

Me gusta asiento, no lo digo pero asiento, sin presiones, sin medios ni mediadores, sin nada y sin nadie, sí me gusta, solo frente al espejo, solo en medio de las cuerdas, solo como en los viejos tiempos, solo contra la página en blanco, solo con el miedo en frente, solo con el presente, sin reconocer ningún pasado, desconociendo cualquier futuro, sí me tiene que gustar y mucho, pero no puedo explicárselo, algunas cosas se enseñan pienso, otras se aprenden, no es la primera vez que lo pienso, lo pensé antes, lo pensé y lo dije antes, para ella lo que me queda es poco, aunque desconoce lo mucho que vale, me gusta tano que no puedo dejarlo, ella me mira, sabe que estoy pensando porque guardo silencio, lo sabe porque mientras crecía muchas veces me vio hacer lo mismo para luego contestarle algo que la dejaba pensativa, perdida, sí eso le gustaba pero ahora lo odia, me reclama y me odia un poco porque ella apenas empieza a odiarlo y yo no pude nunca aprender a hacerlo, porque las pasiones son así, enfermedades terminales, entonces la miro, la abrazo y le digo, yo siempre te dije que la sal es cuestión de gustos, ella no entiende que jamás fue un gusto por lo que más dijeran, no entiende el gusto que no alaban los que tienen buen gusto, le falta sal para mi gusto. Pienso, pero no se lo digo, hay cosas que se enseñan y otras que se aprenden.

Duelo

Estoy en duelo, he perdido, he tenido que perder, tuve que irme, no poque no pudiera quedarme, sino porque ya no tenía hacia donde moverme, ese duelo duele, duele porque al irme mi presente le dice a mi pasado que su futuro no será lo que soñaba, incluso que hizo sacrificios en vano, para mí, en mi presente, son valiosos, enseñaron otras cosas, mostraron otros caminos, pero para él, es decir para mí, para mi pasado, espejismos, visiones borrosas, mi presente es su futuro fracaso.

Temo, temo profundamente que mi futuro yo deba escribir algo similar, aunque eso supongo que es algo que tienen en común, el futuro siempre hará que el pasado tenga ganas de arrepentirse, pero ya na puede hacer, otro hubiera, otro futuro abortado, otra vida no vivida, los seguros deberían asegurar sueños, pero siendo el negocio de los seguros está precisamente en asegurar a lo seguro, donde el que pierda sea el asegurado.

Lo digo con rabia, lo escribo con tristeza, lo repito en mi cabeza en la calle con una actitud triste, perdí, al final perdí, y todo lo que diga ahora para negarlo no cambia la idea con la que mi yo del pasado tomó las decisiones a su tiempo, en su presente, el objetivo era otro, perdí, aunque ahora pueda decir que mucho se ha ganado, aunque ahora el ahora responda a otras necesidades, a otros condicionales, el pasado ha perdido y un futuro ha muerto, no queda mucho de lo que pudo haber sido, incluso algunas cosas que creí eternas se han perdido en un momento…

El pasado siempre pierde, dicho de otra manera, el tiempo siempre gana, no hay planes que importen, que le importen, no hay nada tan relevante, no hay nada, no quedó nada, es lo que el tiempo tiene siempre para dar, lo que entrega siempre como un regalo, una ausencia, tenía razón Chinanski, siempre tuvo razón estarás a solas con los dioses, y ese será el regalo.

A tras se mira siempre con nostalgia, con los ojos présbicos, sin los dolores, solo con los recuerdos, el tiempo sana y anestesia, por eso al mirar atrás no nos parece tan malo, por eso se ve con cariño el dolor, se rescata lo aprendido, es fácil hacerlo cuando ya no duele, cuando se recuerdan más las risas que la soledad, cuando se piensa en los abrazos y no en la rabias, somos afortunados de poder olvidar, cuánto compadezco al pobre Funes, cuando temo a su maldición, tiene lógica que un pueblo no la tenga, es un mecanismo de defensa el olvido.

Estoy en duelo, me he perdido un poco, mi presente decepcionó al pasado y hoy aquí temo que el futuro piense lo mismo de mí, y va a pasar, es lógico que pase, pero el futuro nunca es lógico, solo cuando se mira desde el presente hay lógica en cómo se llegó a algún lado, desde aquí, desde el plan, desde el hoy, sin dar el primer paso, al menos no conscientemente, al menos no en esa dirección, desde aquí es difuso, una luz al final de una niebla que esconde caídas, giros, valles, me bato en duelo conmigo, con mis miedos, mis decepciones, y mientras lo hago comienzo a escribir.

A quien corresponda.

Agradezco la oportunidad, cada tecla duele, cada palabra duele, que la oficina esté sola duele y entonces me levanto, lloro y salgo por una puerta que crucé muchas veces y el duelo comienza, duele, duele mucho irse de los lugares donde uno ya no puede quedarse, duele el duelo de dejarse a uno, a unos sueños, a unas versiones, duele y por eso hay que irse, aunque el pasado quiera quedarse, el presente tenga pánico y haya que ir tras ese espejismo de un mejor futuro.

Antes de salir

La imagen es recurrente, la cama está hecha, sin muchas arrugas, podría decirse que está incluso bien hecha, todavía hay sol aunque ya no amarillo como lo es al nacer si no más naranja, casi rojo, así se pone él después de un día largo de trabajo, parece que se cansara de estar allí eructando ráfagas solares, no hace calor, no calienta, no hace sudar a nadie, pero no lo necesita, ahí está presente. Igual está la maleta, sobre la cama casi bien hecha, dentro de ella también hay orden, el suficiente, y queda espacio, siempre queda espacio, yo estoy parado a unos tres pasos de la cama, no puedo ver todo lo que hay dentro, pero sí que hay lugar, no parece que haya algo esperando a ser empacado y frente a esa imagen experimento un vacío tremendo, no hay angustia, pero el estómago está inquieta, las piernas cosquillean… es miedo, pero no angustia, si hay miedo está bien, si da nervios de los que hacer reír está bien, me digo en medio de la imagen tratando de convencerme, está todo bien me digo, lo malo de ser agnóstico es que muy rápido aprende uno a dudar de uno mismo, no sé si creerme.

Paseo los ojos de arriba abajo, de un lado al otro, el armario está abierto, 3 cajones ordenados y uno para el desorden como debe de ser, como el lugar donde se secan los platos, como la canasta donde se apila la ropa sucia, es muy nuestro eso de tener un lugar permitido para el desorden, una calle roja, una zona de tolerancia para las medias nonas, las pantalonetas, una que otra toalla pequeña, de esas que se usan para las manos, está en todo lado, todo casi ordenado, siempre tan cerquita del peso, siempre tan ausentes los cinco centavos, siempre la maleta vacía sobre la cama casi bien hecha, siempre el cajón del armario donde el orden no es ley.

Algo me falta, o va a faltarme, es la sensación traducida, el recado de la intuición, es casi ese: algo muy malo va a pasar en este pueblo de mamá grande al desayuno, no sé si malo, no sé si grave, pero es esa certeza anticipada, eso que ha dado nacimiento a pitonisas y brujos, esa sensibilidad casual y a veces afortunada que se interpreta como predictiva, como don de clarividencia… suerte solo suerte me repito, mala suerte la de creer que tiene uno el poder de ver con cierta precisión el futuro, que aburrida sería la vida, si algo va a matarnos que sea la duda, no la certeza, pienso, o mejor piensa ese yo que no soy yo sino mi representación en ese espacio, en ese sueño, estúpido sueño que me hace consciente de estar soñando, la cuarta pared onírica hecha trizas y la maleta intacta, casi lista sobre la cama casi bien hecha.

No viajo pronto, pero estoy tomando decisiones, no viajo pronto pero sí me muevo, me voy, y habrá despedidas, estúpida forma de decirme a mí mismo todo lo que ya me digo despierto, qué tan pesado tengo que ser para no dejarme dormir repitiéndome las mismas cosas con las que me atormento despierto, de verdad que cuando me lo propongo soy simplemente un pesado.

 También hay tristeza, la boca me sabe a tristeza, es un sueño y la tristeza tiene un sabor súper reconocible, a cáscara de fruta, la melancolía de la fruta pienso y afirmo, tenían razón los abuelos, apago el foco, después de todo soy el último en salir, y ahí queda la maleta, esperando al próximo viajero.

De mi puño y letra

Cuando leyó el título sabía que había al menos una esperanza, era poco, pero en su posición no podía darse el lujo de rechazarla, como editor no había peor lugar que el que ahora tenía, ser editor de ex famosos es similar a hacerle la tarea al bully del salón, así que 30 años después de su secundaría se veía en el mismo lugar donde ya había estado.

Los manuscritos eran usualmente una mierda, otro famoso al que su agente le dijo es momento de escribir un libro, generalmente memorias vacías, con relatos insignificantes y nada profundos, una mirada simple que demostraba que ni siquiera ahora que su actividad principal estaba en el ocaso comprendían por qué estaban en el lugar que estaban, la ceguera del privilegio es degenerativa, y los que llegan a viejos sin entenderlo, sin sospecharlo, ya nunca lo harán.

La mayoría de los futbolistas, las súper modelos, las reinas, lo galanes de telenovelas o películas, el 100% de los herederos, incluso esos que ya no poseen la gloria de los logros de sus padres, sino solo el dinero de sus abuelos, los secuestrados, y los expresidentes con delirios de caudillos, esos que abundan en mi país porque además de cada apellido hicieron un movimiento sin ninguna base ni fondo, dándole a cada uno un nicho de mercado suficientemente atractivo como para que algunos se crean poetas, cantantes, compositores, comentadores históricos, pero en el fondo son simplemente estúpidos ciegos, imbéciles que van desnudos caminando con su traje de emperador diseñado por sus managers, publicistas y propagandistas, aplaudidos por otro montón de imbéciles que van en masa no por ellos sino porque hay otros a los que quieren ganarles, porque aunque no tenga ningún sentido el nacionalismo se ha vuelto deportivo, culinario, político pero no geográfico, religioso y moral, tantas banderas y con tan poco en común más que una necesidad de validación, pero ese pegamento es fuerte y parece unificar la diferencias, pero es solo una imagen, pero no es cierto, tan solo las ignora, la ceguera se les contagia a los seguidores y no ven lo que no les conviene.

Por eso cuando Roger leyó, de mi puño y letra, no pudo evitar sonreír, era una frase, pero tenía chispa, fuerza, un jab directo a la quijada, un guiño tierno a Cortázar, aunque no fuera un cuento y no fuera un final, aunque fuera el nombre, pero el nombre ganaba por knock out, un bello puente entre él y Hemingway, entre él y Bukowski, entre él y Salcedo Ramos, entre él y otros tanto, que sienten que la hoja en blanco pega tan duro como la pobreza con la que se forjan los boxeadores, entre esos que se igualan con alegría frente hombres osados aunque como él jamás entrado a un ring, ni a un cuadrilátero, ni a una arena, se creen exploradores por leer y escribir, peleadores por golpear con ideas contundentes y letales por haber lanzado frases afiladas, pero todos ellos no tenían lo que él tenía, la verdadera experiencia de haberse ganado la vida boxeando, 10 años de recibir golpes, de costillas rotas, nudillos fisurados, hematomas, inflamaciones, el sabor de la sangre, del sudor y la sangre, el miedo, la frustración, la rabia, la injusticia, las dislocaciones, el agua helada, los baños en tinas de hielo, los gritos, las luces, era una esperanza que un hombre que había asistido a eso tanto tiempo tuviera la lucidez de escribir de su puño y letra el título de mi puño y letra.

Era un bálsamo, un linimento para el alma, para el día, qué tendría para contar ese hombre al que la vida le había ofrecido una vida real, todo lo que tuviera para decir era digno, aunque fuera malo y por eso sin revisar una sola letra más aprobó, recomendó y envió a la imprenta, porque a este quería enfrentarlo en el cuadrilátero real, a ver si como otros, lograba tumbarlo, aunque fuera por puntos.

Culpables

Todos somos culpables hasta que se nos demuestre lo contrario, culpable de intentar, de ser y estar, culpables sin querer queriendo, culpables por egoístas y por humildes, culpables de las ausencias y las saturaciones, culpables de las decisiones y las omisiones, de las tentaciones y de los tentados.

Los amo a todos, a los culpables, a los que no les tienta la mano ni el pulso para declararse culpables, para afrontar consecuencias, los que no huyen de su sombra, ni de su miedo, ni de su tiempo, los que aceptan, los que miran a los ojos sin bajar la vista, los que se sienten, se palpan y se reconocen, nada de héroes, ni de santos, me cansan, para esos cobardes no tengo paladar.

Las personas así son interesantes casi todas, astutas casi todas, buenas amantes casi todas, esclavas de su ego, lo suficiente para querer ser complacientes y al mismo tiempo indiferentes, escucharse bien, verse bien, sentirse bien, la vanidad es un arma de doble filo porque empodera y esclaviza, porque la atención es una droga fuerte para el que la consume, quieren ser siempre jóvenes, siempre cool, no quieren perder, pero no saben estregar, desean ser vistos, notados, anotados, remarcados, pero cada vez les cuesta más sostenerse y entonces ceden a sus propios miedos, sucumben ante la necesidad, quieren mantener el poder, las riendas, el poder está solo en aceptar que delante no hay nada, nada que valga la pena, nada extraordinario, nada permanente, por el contrario, es solo lo absurdo, los profano lo inútil, aquello que se da natural y sin esfuerzo, el primer vuelo, el primer beso, el primer polvo.

Recuerdo muchas y muchos, capaces de abrirse, de destacar un segundo en el tiempo, de hacerse un lugar, de asegurarse un lugar para siempre en el camino de los culpables, los culpables de las malas decisiones, de las resacas, de las risas, las culpables de los orgasmos de los desvelos y los corazones rotos, los culpables de las mentiras, de las cínicos, los manipuladores y los desesperanzados, los vacíos y los rotos, los culpables del daño, del duelo, del pasado, de cada pasado, lo rayones en más de uno, los nombres tatuadas en la espalda, las del miedo a estar solas, las de la ingenuidad falsa, las que se aburren.

Los culpables, las culpables, si saben que son culpables, si aceptan que son culpables, valen la pena, hay que rodearse de gente capaz de reconocer que son un desastre, parte de un problema, porque algunos de ellos, pocos entre ellos y ellas cuentan con un hastío genuino, con un corazón sin fronteras ni fondo, con un pensamiento ajeno a sí mismos, y esos, son los mejores culpables, los que evocan, los que te joden, lo que tocan los huevos, los que dicen sí y qué, qué vas a hacer, porque ante esos, solo se puede despertar, y dar las gracias, porque al final, al final también nosotros somos culpables, tanto más por habernos sentido inocentes.

Sueños de segunda

Desde que tenía memoria o mejor consciencia de ella, había querido escribir, creía como cree todo el mundo en la infancia que hacer lo que le gustaba depararía felicidad, era un pensamiento ingenuo, estaba en la edad de serlo y para colmo tenía la mala fortuna de crecer en medio de otros niños, ningún alma vieja que pudiera sacudirles un poco el mundo, lo más cercano era Pablito el triste, lo habían disfrazado de payaso triste hace un año y jamás había podido librarse del apodo, le venía bien, sobre todo desde que se enteró que sus padres se separaban y que además su mamá esperaba otro bebé, ya no era el hijo único, ya no tenía una familia, Pablito no se había autoinfligido dolor por medio del razonamiento, la vida se lo había hecho todo muy rápido como para asimilarlo, así que ahora solo era el triste, el niño que no sonreía, el que lloraba o tenía siempre ojeras de llorar a escondidas; y como no era suficiente la tristeza no podían despertar ante la realidad, no había nadie que les advirtiera, ninguno leía, ninguno tenía la suficiente vida para saber que después de los 20 la vida son más recuerdos que anhelos, y que estar seguro de algo era un privilegio guardado solo para los imbéciles.

Ahora tenía 22, trabajaba en una litografía a 20 cuadras del parque donde se emborrachaba con vino barato y donde fumaba sus puchos sin filtro, en donde la adolescencia rebelde le había dicho que el arte no se vendía, que más valía morir de hambre que en venta, que hacer lo que uno soñaba y quería era felicidad, así fuera en la miseria.

Creciendo había aprendido que nada que se ame te hace feliz, la escritura le dolía, su trabajo era agotador, la vida se había muerto un poco después de los 20, recordaba los sueños de todos y todos le parecían ahora ridículos, futbolista, cantante, reina de belleza, bomberos, astronautas, algunos tenía al menos el refugio cotidiano de pensar que si la vida les hubiera permitido alcanzar su sueño, sería diferente, serían diferentes, más exitosos, más felices, pero para mucho Wilde tenía razón, saber lo que quieres ser te lleva a la irremediable situación de convertirte en ello, destruyendo consigo todo, el pasado con los recuerdos sobre anhelos soñados, el presente porque nada más es posible y sobre el futuro, ni hablar, ninguno fuera de sí mismo. Escribiente, mal escribiente, jamás cazador de gorilas ni domador de serpientes, nunca filósofo ni cuentero de reyes, fuera de toda posibilidad galán de telenovela o actor de clown en los semáforos, nada, ninguna posibilidad es posible, ninguna alternativa una variable.

Solo él ahí frente a un computador, con una fila de señoras y señores viejos, diciendo que quieren decirle a sus hijos, sus sobrinos, sus nietos, sus ahijados, y él allí dispuesto a malgastar su escritura en una tarjeta, un recuerdo, una celebración, siempre a familias ajenas, siempre en victorias tan pequeñas como respirar o graduarse desde el preescolar hasta la universidad, tanta mediocridad celebrada por él, tanta cotidianidad exaltada, tanta realidad y ningún sueño propio por cumplir.
Ningún sueño de segunda al cual volver los ojos y las memorias.

Llegar

Empujó la puerta y entró casi en automático, era su día libre, pero no lo quería libre, demasiadas cosas en qué pensar, la libertad sienta bien, pero también abruma, necesitaba un lugar seguro, un escenario que conociera, no llevaba ropa de trabajo, por el contrario, lucía orgullosa sus piernas trabajadas, su cintura enmarcada, su piel suave, sus brazos y espalda delineados y potentes, era una potra, lo sabía y él se lo perdía, por eso prefería estar ahí, lejos de él, no caer en él, ni pensar en él, quería ser admirada y deseada, quería recordarse lo que se decía al espejo desnuda cada mañana, qué rica estoy, necesitaba oírlo de otros labios, porque solo escucharlos de los suyos ya la cansaba.

Pidió sin mirar mucho la carta, era cantinera, conocía las opciones de un lugar, aquí no habían muchas, además el calor hacía que fuera una decisión fácil, cerveza, fría, y tomó mirando un cuadro de un hombre que le daba la espalda y miraba al horizonte sobre las nubes, lo miraba con algo de recelo, no confiaba en aquellos que parecían orgullosos al estar en la cima, entre trago y trago vio a un hombre, mayor, pero familiar, uno de esos que se presienten, un borracho sabio, de esos que siempre tienen algo que decir.

También está triste, le preguntó solo para provocarlo, sabía que no lo estaba -me basta muy poco para irme, para perseguir una idea y abandonarlo todo, decía cuando uno le preguntaba por qué, -soy un ni un hombre triste ni entristecido, pero me aburre estar solo aquí, en lo real, el presente es un dictador y yo, yo soy la resistencia, y por eso escapo de todo a donde llego, de todo lo que me contiene, de cualquier espacio, no estoy aquí sino quiero, yo voy con mi mente donde me place.

-Preguntarle no era mi obligación, no hoy, hoy no era ni la encargada de la barra, ni la mesera, hoy era otra clienta, otra bebedora sin un lugar a donde ir, pero los hábitos son difíciles de olvidar y el hábito hace al monje, el borracho a la cantinera y ninguna cantinera decente dejaría de asegurarse que un bebedor esté al mando de su sed, que sepa por qué o quién bebe, nos gustan los borrachos, sí, claro que sí, pero los lúcidos, esos que tienen el alma despierta, los que alegran y contagian, esos hacen que otros beban, es bueno para el negocio, los tristes en cambio; son peligrosos, los tristes ocupan una mesa toda la noche y a menudo hasta el amanecer, alejan a todos un poco, no sueles perder un sitio en la barra sino 3, o una zona completa del bar; pero no era eso lo que quería saber, era egoísta, quería solo saber si podía acercármele, si me contagiaría un poco de alegría, más que la costumbre, fue el interés, siempre el interés y por fortuna, este pagaba con creces, era guapo, no mucho pero lo suficiente para llamarlo guapo, era fuerte, no como ella, no fuerte de entrenar, sino uno de esos hombres que puede caminar con el mundo en la espalda, de esos que podía darle pelea sin perder el aliento.

-Y dónde está ahora, en la cima con él, le preguntó para saber.

-La cima?, le devolvió él la pregunta, y luego continuó, no hay nada allá arriba, su mirada me dice que lo sabe, no lo envidia, hay desconfianza en sus ojos, sí, son dignos de atención, pero no de admiración, es solo curiosidad, cuando uno ve un esperpento de esos trepado a lo lejos es inevitable preguntarse, valdría la pena haber cambiado a ese trabajo, dejar ese amante, dicho o hecho eso que uno sabe que hizo o dijo y que cerró la puerta a ciertas oportunidades, uno tiene que huir del presente tiránico, pero no se quiere estar allá, sin un lugar a donde ir, sin nada más que el pasado para contemplar, no es allá a donde quiero llegar, en la sima de su entrepierna señorita hay más gloria que en la cúspide de una piedra o de cualquier pirámide organizacional.

Sonrió al escucharlo, era subido de tono, sí, pero nada irrespetuoso, a su manera le decía eso que ella se repetía al espejo, qué rica que estás, pero en esa lengua ágil y un poco pesada se escuchaba mejor, ayudaba que era algo guapo, sí, ayudaba también que en medio de su pensamiento y su conversación todo salía como ella lo planeaba, sin duda alguna, -me gusta su lengua, lo suficiente para invitarle una cerveza, solo por favor no se la vaya a morder, que lo que más necesito es ver de qué es capaz, le dijo sonriéndole y guiñándole un ojo.

-Pierda cuidado señorita, tenga la certeza de que sé como usarla, dijo él mientras levantaba su botella, mientras levantaba la lengua y pasaba suavemente sobre el pico para luego retraerse y esconderse en la boca. Un buen bebedor sabía cuando había juego y cuando faena, aquí todo podía decirse, era una oponente digna, la tarde estaba salvada, no había que llegar a ningún lado, solo se trataba de escapar del presente.

Ella sonreía al escucharlo, parecía haber entendido, el viejo le serviría un rato para ahuyentar todo lo demás.

Menú

No sabía muy bien cuando, ni cómo, no era tonto, no tanto al menos, pero no era tan listo, no había sido una trampa, él quería su iniciativa, su deseo hecho carne, su sexo hecho humedad, estaba cansado de los juegos, Y no iba a esperar ni a dar otra oportunidad y por alguna razón sentir que no tenía nada que perder lo llevaba a ser impulsivo e irracional, por eso cuando en la segunda cerveza ella le pregunto que deseaba él no vaciló se acercó a ella y comenzó a susurrarle—A ti, pero no seducirte, ni embaucarte, no quiero ser yo el que busque, sino el encontrado, te quiero a ti sobre mí, arrodillada frente a mí, debajo de mí, te quiero sudorosa, disfónica, te quiero a vos persiguiéndome, le dijo susurrándole al oído mientras la apretaba del cuello, y al terminar de hacerlo se separó y tomó su cerveza con la fiel convicción de haber perdido, ella lo miraba tenía en sus ojos una pequeña duda, era cierto, acababa de decirle todo eso, y ahora sin inmutarse, incluso parecía que ni siquiera sin interesarse mucho en su respuesta se alejaba a tomar de su cerveza.

No tenía idea de como actuar ahora, ella venía precisamente con la idea de sorprenderlo, de coquetearle, de fingir ser seducida, quería, pero no contaba con esa idea de ser la incitadora y la ejecutora, no había juego, y lo deseaba, sentir sus manos en las tetas, en las nalgas, sus labios en la clavícula, sus dientes en el abdomen, en los muslos, sentir su aliento recorriéndole la piel, el cuello, las tetas, sentir su lengua jugando en sus pezones, esos pequeños lametazos en círculos lentos en su sexo, y esos movimientos ascendentes y decentes, de sentir sus dedos entrando en ella, los dos del medio y lentamente acariciándola contra su vientre, mientras con su lengua continúa su vaivén.

Pensarlo la humedece, lo mira con hambre y con deseo, piensa en todas las veces donde ha sido esa putica incontrolable y se muere de ganas, en los cines con falda, en los baños de los bares donde se ha arrodillado, piensa en esa calentura torpe y pobre de adolescente, en las escaleras de los edificios llegando a casa, en los taxis donde la han manoseado, en los rapiditos en la cocina mientras su papá veía televisión en el cuarto, o la mamá iba a la tienda, piensa en cuantas veces ha querido hacer y deshacer pero ha dejado todo en manos del otro y entonces nada ha sido como ella ha querido, piensa en tener el control, piensa dominar, en mandar y se excita más, piensa en las veces que amaneciendo sola en un hotel o motel no tuvo a quien llamar y piensa, hoy no cariño, hoy no me quedo con las ganas.

—No nene, dice, mientras que con la mano corre un poco su camisa, dejando entrever un bralette morado, con algunas transparencias y encajes, —ves esto le dice mientras lo señala, hace juego le dice, le muestra sus uñas, están recién hechas y las de los pies igual, huele tu mano, sientes el perfume que tengo en el cuello, es el bueno, —luego toma su bolso y lo extiende, mete tu mano, sientes eso, el terciopelo es un antifaz, y la cuerda, la sientes, el otro es un pequeño vibrador, entiendes?

Ahora ella se levantó sonriendo, y le dijo despacito al oído —Tú no estás viendo la carta, tú eres el menú y camino despacio hacia al baño, desde allí le mando una foto de lo mojada que estaba y al volver, le entregó el panti empapado…

Podía sentir el corazón palpitándole con furia, arrítmico mientras que jadeaba, el aire no parecía quedarse el tiempo suficiente, cada bocanada la dejaba sin aliento al igual que la anterior y la siguiente, fura de sí, dos segundos balbuceaba, dos segundos mientras intentaba sentarse, mientras las piernas le temblaban. —Vos, dijo por fin al recuperarse de un orgasmo intenso, vos no me hiciste mujer, pero sí una putica, y cerro los ojos por un momento.

Llega

Cuando tiene ganas de llegar, llega sin avisar, enajenada, con la mirada hecha deseo, con la entrepierna hecha fuego, golpea un poco acelerada, apretando los muslos, queriendo disimular esa descarga de electricidad, ese pequeño impulso la controla, se muerde los labios y aprieta los que no puede toca la puerta de nuevo, una botella de vino en la mano.

Al tocar presiento, siento, como toda presa a su predador, algo en el aire te hace sentir parte de algo más, de una acción, uno no está ya en ese lugar sino donde el otro quiere, uno no está detrás de la puerta sino debajo de su falda, o dentro de ella, sus piernas ya no están en el piso sino alrededor de tu cintura, es como decía Benedetti, la caricia anuncia otra caricia y algo en ese ambiente, en esa pequeña separación de los espacio enuncia que detrás hay una leona que quiere arrancarte a mordidas el sueño, el cansancio, se intuye detrás de ese pedazo de madera que ella sediente, hambrienta, un poco ebria y grotesca quiere sentarse en tu cara, acabar en tu boca, halarte del cabello mientras la besas en medio de las piernas… se siente cerca aunque no sabes qué es todo eso, que es avalancha está a punto de caerte encima.

Detrás de la puerta ella piensa, imagina, desea, anhela, planifica… intenta, al menos intenta porque su deseo de poseer, de adueñarse, de arrebatar cualquier conciencia es más grande que su capacidad de concentrarse, está mojada, empapada, siente las gotas asomarse, siente el ritmo de la descarga eléctrica aumentar, quiere sentir sus manos fuertes en su cuello, halarle el cabello, desea, desea, desea, no piensa, no sueña, se ruboriza, se huele, huele a sexo, sabe que huele a sexo, baila, baila con la piernitas ansiosas, baila con la torpeza involuntaria que un niño hace fila en el baño; toma vino y la puerta se abre.

Suda sobre y jadea, se entrega, se doblega, abre las piernas, y cabalga, de frente y de espaldas, sobre la mesa, en la sala, en el piso, suda, suda y jadea, tiembla… en medio de eso a veces piensa, recuerda que hay otro, que estoy yo, y coquetea, que no solo arrebata sino que entrega, es como decía facundo, el conquistador esclavizado de conquista, ya tuvo su orgasmo y ahora quiere el mío, aumenta el ritmo y el movimiento, la fricción, susurra al oído lo que quiere, como lo quiere y dónde lo quiere, y se mueve para conseguirlo, me mira a los ojos y como diciéndome lo rico que se siente, se muerde el labio para que la vea, se agarra las tetas para que la vea, deja que la vea, porque sabe que quiero verla, que deseo verla, que puedo sentirla, probarla, tocarla, arañarla, morderla, pero quiero ver cómo lo hago, me gusta verme y verla, vernos.

Algo en eso la provoca, hay poder también en la entrega, comienza a sentirlo, a disfrutarlo y entonces el ritmo aumenta, la humedad aumenta, los gemidos aumentan, las uñas, la perspectiva cambia, arriba, abajo, de lado, arrodillada, su espalda, el ritmo se intensifica, el aire falta, los cuerpos suenan, chocan, se marcan el paso y entonces los dientes destruyen el interior de mis labios, sus dientes mi clavícula, sus uñas mis nalgas, no me deja huir, y llego…

Ella se viste, voltea hacia la cama, sonríe y se va.

Fatiga

Hola, decía el mensaje, era corto pero bastaba para saber que todo había valido la pena, él, era paciente, sabía que debía serlo, durante mucho tiempo había dedicado su vida a comprender que la presión adecuada en el punto adecuado era más contundente y eficiente que la fuerza bruta, más limpia, más elegante, era superior en todo sentido, tenía además de su parte la sorpresa, y a él le encantaba ver la cara de sorprendidos de todos.

No solo era paciente, era constante, como una gotera, frecuente como una angustia, era en pocas palabras peligroso, podía y sabía esperar, pasar inadvertido para el mundo y mantenerse en pie el suficiente tiempo para fundirse con el ambiente.

Era ese tipo callado que en medio de una multitud desaparece, tan ordinario, tan irrelevante, tan invisible, y si no fuera por su mirada tan inofensivo, pero los ojos nunca estaban apagados, contrario a su imagen sus ojos ardían, había un deseo fuerte en ellos, no variaba, no desprendía la vista de su objeto de deseo, sin importar lo que fuera, cuando avanzas lento, no parece que te movieras, pero él sabía que bastaba, un saludo, un café, una insinuación, luego otra, un mensaje que la cogiera con la sorprendiera con la guardia baja, luego otro y otro, un tiempo de calma, y luego esperaba que el viento soplara con fuerza, que el oleaje subiera y entonces cediera, a sus deseos que no eran ajenos, sino a ella misma, a sus propias ganas, él no podía inventar el deseo ajeno, solo cultivar esas pequeñas ganas, esa posibilidad que se cruzaba a veces en la mente de una mujer al verlo, que tendrá este que algo tiene… bastaba, era cuestión de tiempo, de tomarse el tiempo, y de aguardar.

Sería ella quien tomaría la iniciativa, la que un poco por curiosidad, un poco por saber que podía quien caminaría hasta tenerlo cerca y quien propondría de una manera fuerte y clara sus intenciones, no importaba que lo dejaran después por volver con sus exnovios, o que lo bloquearan para siempre, que lo olvidaran, o fingieran olvidarlo, porque él sabía también por experiencia propia que a veces los recuerdos tenían vida propia, también él había recordado momentos, deseos, palabras, cuerpos, también en él habitaban pequeñas hogueras, pero era eso precisamente lo que buscaba, llenarse de fueguitos, arder mil veces y nunca consumirse, en su piel tenía mordiscos, arañazos que le marcaban la piel y también la memoria, por eso no le importaba que lo dejaran a un lado, él siempre iba a recordar la primera vez que lo habían abofeteado mientras lo cabalgaban, o la vez que arrodillada frente a él le habían escupido antes de succionarle las ganas, o esa vez en donde sin previo aviso el placer le había llegado a chorros empapándolo por completo, las convulsiones que solo una mujer le había provocado con su boca, recordaba tantas primeras veces que su corazón se agitaba y la bragueta comenzaba a saltarle, imaginaba tantas otras que no podía parar de coleccionarlas, las quería, las deseaba las necesitaba, a la pianista, la barista, la mixóloga y la relacionista pública, la bailarina, la punketa, la ciclista, la tejedora, la que tenía ojitos de monte… todas siempre, en cualquier momento, a cualquier hora, y aunque sabía que era cuestión de tiempo para que cada una cediera… y un día, un día cualquiera, común y corriente él dejó de sentirse él, y sintió el propio peso acumulado en un solo tornillo, en un solo lugar, el tedio mordiéndole las ganas, el hastío cerrándole la garganta, el pulso temblándole para arrebatar un ingenuidad más e intuyó lo temido, podía, pero estaba muy cansado para hacerlo.

La fatiga lo alcanza todo, y él al igual que ella no podía escaparse. Así que dio un paso al costado y con la mirada en el camino prendió un pucho, miró su celular y no respondió ninguno mensaje, sacó los audífonos y comenzó a pensar en otra cosa.