A mares

El problema del amor, le dice Bianca a Helena, es que se agota rápido: no te quedan tantas primeras veces en él después de la primera. Las citas se te acaban, las buenas, me refiero; las divertidas, las que te hacen sentir algo; y cada vez son menos. Ya no quedan tantas buenas ideas ni tantos lugares por descubrir. Se acaban los apodos tiernos, las canciones, se agota todo lo que lo rodea y la posibilidad de que se viva.

Pará un poco, Bianca, y sí, te va a dar fiaca escuchar unas canciones y algunos lugares ya no son más solo tuyos, pero no implica que no podás disfrutarlos. Tenés que ser más pragmática, boluda: debería bastarte con que ahora sepás poner en su lugar a los desubicados que opinan desde un moralismo virginal sobre cómo y con quién deberías estar. Bancate tus años, tus miedos, tus malos ratos.

Ya sé que no tenemos 20, pero no podés creer que después del primer beso o el primer garche ya todos los demás son menos, o menores. Si las canciones se acaban, sobre todo las de Serrat, las de Sabina y las de Spinetta, ya no te hará ilusión que te digan muchacha ojos de papel, ni podrás sentir alegría cuando te digan que van a celebrar un mesiversario. Te entiendo, pelotuda, creéme que te entiendo, pero no está tan mal: el hombre de tu vida es el que se queda en tu vida. No sos una pendeja como para andarte quejando tanto por tan poco.

Marcela escucha, sonríe. Ellas hablan de lo que él siente, también siente; lo que se gritan antes del recital le retumba dentro, lo que lo ha llevado a ese segundo piso, tan lejos de casa, tan sumido en su propia cabeza, intentando hacer esas cosas que poco lo ayudan pero que le liberan la presión para que no estalle, para que no le gane la presión. Adolorido, reseco, se hidrata para evitarlo; se deshidrata mientras lo hace.

Las escucha y sonríe, porque el corazón lo tiene hecho un nudo, porque el peso en sus hombros le tiene contracturado el cuerpo, porque él también tuvo una muchacha ojos de papel y ya nunca pudo decirle a ninguna que los tenía, porque también ha sentido miedo de que vuelvan a dedicarle everlong o a que lo llamen de chelongo. Hay cosas que a uno le dicen, que a uno le regalan y que, al mismo tiempo, se las arrebatan; a nadie más van a sonarle bien, en ninguna otra boca. Ambas tienen razón: sabe como sabe la rubia que grita a la morocha que no es el fin del mundo que eso pase, pero sabe, al igual que la morocha que se queja con la rubia, que esas cosas duelen.

Ellas gritan, se gritan, se reclaman; el resto del lugar canta y corea algunas canciones que espera que suenen, que esperan que se canten, que los han traído y convocado. Canciones para olvidar, para olvidarse, para salirse de todo lo que los ha saturado. Ellas también están ahí para eso, él también está ahí para eso: para cantarse a esos viejos amores, a esos antiguos dolores que aún no se ausentan del todo, que siguen viviendo en sus cabezas, que siguen presentes con su ausencia; que se fueron, pero olvidaron llevarse todo con ellos, de los trabajos prometidos, de los ascensos no cumplidos… Las razones cambian, pero todos están allí para irse, para dejarse atrás, para dejar de sentirse tan mal un rato. Él también, él lo sabe, así que sirve más ron con coca y escucha en su cabeza las letras que él también espera cantar.

Bianca y Helena, lejos de casa, se han encontrado y ya dejan de discutir y de pelear sobre si el amor sigue siendo amor cuando el amor se acaba. Saben que no, saben que es diferente; que el amor es amor siempre y que el amor se navega, se naufraga, se surfea en la cresta de la ola, o se explora y se bucea; que el amor se desborda y que una vez se ama uno se zambulle y hace que sea imposible el pensarse fuera o por fuera. Las islas de las primeras veces desaparecen; la gente brinca, la gente grita, la gente canta, y entonces todos entienden lo inevitable: que nadie tiene el control para controlarse y que todos tienen algo de lo que olvidarse, incluso de ellos mismos, y que el amo aunque se acabe es siempre inagotable.

Infiernos y paraísos

Luis lee a Borges; lo hace por gusto y por disciplina. Le cuesta leerlo, pero le gusta cuando lo entiende. Tiene ese toquecito que lo hace sentir inteligente al entenderlo; siente, al hacerlo, que más que leer está continuando ese cuento donde Borges se encuentra con Borges, pero sin él ser alguno de los Borges: solo quizá una paloma que los oye conversar en la banca del parque donde se encuentran, maravillada y atenta.

Luis sabe que Borges decía que siempre imaginó el paraíso como una especie de biblioteca. Para él tiene sentido: siempre se describió a sí mismo como un gran lector más que como un escritor, y el paraíso, si algo ha de tener, es una dosis de placer que parezca incluso pecaminosa, piensa él y sonríe, e intenta imaginar cuál será la expresión de una paloma sonriendo con un dejo de arrogancia, de sentirse astuta. La idea le gusta y se deja envolver por ella: el paraíso debe ser una gula de culpa sin sentir un ápice de ella.

De la idea lo sacan sus gatos restregándose contra sus pies. Los ve y siente un poco su pregunta, su angustia; los ve y le oprime el pecho. Le gusta el silencio; en su paraíso hay calma, tanta que los pensamientos deben tener eco, piensa, y de nuevo se imagina como paloma astuta, pero el silencio que hoy se le presenta no es complaciente: por el contrario, le duele y les duele. Lo entiende al verlos: ellos no saben por qué su paraíso les hace vivir un infierno. Es como si la biblioteca de Borges estuviera llena de libros malos, o de los libros que él considerara malos. Este silencio viral y endémico, esta ausencia de voces, no es la calma que desearía ni esperaba.

Sus gatos le recuerdan que hace días no puede hablarles. Su expresión es un interrogante, un grito que siente: un “¿qué te hicimos?”. Un reclamo: “¿Por qué el silencio?”. Saben que no ha dormido bien, que su temperatura no ha sido normal; saben, cree que saben, que algo no está bien, pero piensa que no saben por qué el silencio, y eso también lo tortura. Quisiera decirles que todo está bien, pero la voz se le rasga, la garganta se le cierra, el aire le falta, e imagina a Borges tomando página tras página de tramas simplificadas, de figuras retóricas pálidas y delgadas.

La gente a veces olvida, piensa abstraído de sí mismo, que el paraíso y el infierno son opuestos, pero la verdad es que son muy similares, casi idénticos: el uno es solo la perversión del otro. Bien dicen los viejos que el diablo está en los detalles; los pequeños detalles que dentro de todo paraíso consumen el placer de habitarlo: el conocimiento inútil, la gracia torpe del presente perpetuo, de la búsqueda del sentido y no del propósito, la deuda eterna de la promesa no consagrada, la ilusión de la importancia personal y del reconocimiento como pago, seré cuando me digan que sea… Se trataba más de ser a pesar de la incomodidad de ser.

Pero él piensa que los gatos no lo saben y él piensa en lo incómodo de su silencio para ellos, de su ausencia presente, de su indiferencia casi gatuna frente a ellos. No quiero herirlos, piensa; no quisiera incomodarlos con este silencio al que no le pertenezco desde la entrega sino desde la imposición; quisiera que la supieran, piensa Luis, agobiado y abrumado por la idea del sentimiento de exclusión de sus gatos.

Mientras tanto Borges le señala a Borges la expresión que hace esa paloma que parece mirarlos: una expresión extraña de angustia y desesperación. Es casi como si sufriera de algo, como si algo le preocupara, como si su único problema en la vida no fuera simplemente picotear el campo.

Encandilados

El Flaco usa siempre lentes de sol. Cuando le preguntan por qué, dice que sufre del síndrome del mosquito: que la luz lo atrae, que la luz lo abstrae, que le genera un impulso, un movimiento que escapa de su razonamiento; que es mejor cuidarse de eso que lo hala a uno sin entender muy bien el por qué. Instinto, lo llama. Uno tiene que parar bolas, dice.

Lo dice en medio de una resaca monumental, pero lo dice serio, sin rastro alguno de mentira en su voz. Hay convicción en sus palabras e intención en su acción. En otras palabras: el Flaco dice la verdad, el Flaco no miente. Es innecesario mentir, lo repite constantemente; pero puede evadirse una verdad con otra sin mentir. Está bien no responder todo lo que se pregunta. La gente debería ser como los libros: debería recibir solo las respuestas para las preguntas que sepan realizar…

No es la resaca: el Flaco está así por algo más. Tiene la sonrisa envainada; los ojos detrás de las gafas sonríen, el cuerpo le sonríe, el tono de la voz le sonríe, pero la boca está tensa. Está eligiendo las palabras con cuidado, está rumiando su idea, está indeciso. El Flaco sabe que eso es peligroso: una idea que no se digiere cae pesado; la pesadez le da indigestión, y la indigestión de una idea le arruina el día. Le es imposible contener los pensamientos cuando está en ese estado: le brotan a una velocidad que es imposible filtrarlos, se desboca; se suceden con un intervalo tan corto que no puede atraparlos. Y entonces habla, y cuando el Flaco habla uno cree que va a tragarse la lengua: lo hace de corrido hasta quedarse sin aire, hasta que se le atropellan las ideas; y entonces enciende un pucho o una pipa y camina lento y en círculos.

Eso lo calma, al menos un rato. Eso lo apacigua: dar vueltas sobre la idea con la boca ocupada, con el humo jugueteándole en la lengua. Así vuelve a su rumbo, y se sienta de nuevo. De repente me mira; sabe que no he dejado de verlo. Intuyo que sabe que nunca dejo de verlo, que es una especie de pacto entre nosotros, de respeto y cariño.

—Lo tengo claro ya —me dice, y continúa—. Me jode creerme la trama del cuento olvidando que ya lo he leído; me jode terminar caminando con una botella a las 3 de la madrugada por una calle infinita y vacía, que se siente menos sola que yo después de una guevonada de estas…

No lo interrumpo, lo conozco: aún no termina de hablar. Algo más tiene en la garganta, o quizá no quiere escucharse diciéndolo. Si es lo segundo, creo que intuyo lo que es. Puedo decirlo por él, y mientras él duda me animo:

—Todos queremos creer; la única iglesia que tiene la fe de todos es la de ese amor que no se necesita sino que se elige; de esos templos que se palpan, se lamen, se besan y se follan y se usan, esos templos que se veneran no en vano, que se profanan por pura devoción a la carne. A esa iglesia le apostaríamos todos. Que no te joda, Flaco —le digo—. En esa todos somos hermanos; todos pecamos por pensamiento, palabra y omisión —le digo. Me río y se ríe; llevo la mano al corazón y le digo—: por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Él repite conmigo después del primer gesto.

Ahora está liviano, ahora sonríe, con esa mueca suya medio embólica que le estira la cara de un solo lado; sabe que de verdad no está solo, que también he recorrido yo ese camino.

—No todo lo que brilla es oro; han dicho siempre los que persiguen el oro, y aun así uno no les cree —le digo—, con demasiada frecuencia: obnubilados por el deseo nos hacemos los maricas y olvidamos ver más allá de las ganas, de la sonrisa, de la elocuencia, de la esperanza, de las téticas… No hay nada puro, Flaco; no hay ya nada sagrado y uno lo olvida. Entre cielo y tierra nada está oculto, Flaco: han pasado 3200 años y siguen habiendo Helenas por las que vos y yo entregaríamos Troya.

El Flaco me mira y no afirma, pero se ríe.

—Siempre hay un par de imbéciles que creen que con un poco de plumas y brea pueden alcanzar el sol —lo dice mientras se quita las gafas y mira directo a él.

Cabañuelas

Los finales siempre me han parecido un tanto aburridos. La gente está cansada cuando se acerca el final; se puede estar agradecido, se puede salir a tiempo y hacer algo decente por uno mismo, sin embargo, siempre hay una nostalgia en medio de todo. Aunque tarde o temprano siempre llega, uno sabe que se aproxima, que tiene el tiempo encima, y entonces la gente mira un poco al piso y se concentra en todo lo que no fue, en todo lo que no pasó, en lo que no vendrá, lo que no tiene, lo que no se cumplió… Solo en ese momento se permiten contemplar todo lo que les sabe mal.

Se bañan, se peinan, se ponen ropa interior amarilla y se ocultan debajo de las mesas, escriben lo que quieren dejar atrás y se atragantan con 12 uvas: algunas simples, otras congeladas y llenas de vodka y tajín, otras reemplazadas por fresas o cerezas para comerse hasta la última del pastel… Entonces suenan las 12 campanadas, se abrazan, se arrojan lentejas de los bolsillos, se encienden los deseos y se acuestan ebrios de esperanza, de ilusión, de un comienzo mágico.

Va a pasar en unas cuantas horas, pasa cada año, y uno solo tiene dos opciones: el hastío o la ilusión; o hastiarse de la ilusión, dejarla atrás, de lado, echarse a muerto con todo… Prefiera esa con un poco de hielo, con un saborcito fuerte, ahumado y seco. No me gustan los finales; por eso, cuando llegan, no los evito: los miro de frente, a los ojos, dejando que sepa que sé que se termina. Frente a mi reflejo y por su bien brindo; una especie de ritual que ha evolucionado para evitar ser visto hablándole al espejo. Lo bueno comienza, lo que importa apenas comienza, el final no cuenta, lo que pasó ya no importa; duele, pero no importa. Te puede llenar de rabia y aun así no importa; te puede hacer nudos en la garganta y el pecho y aun así no importa. En eso pienso: el presente es breve, casi imposible de apreciar, así que abrazo como ellos, me como las uvas, con tajín y vodka por fortuna, y pienso, como decía mi abuelo, pensando siempre en el trabajo: me voy a dormir porque mañana debo estar atento a las señales.

Las cabañuelas le dirían cuándo sembrar y cuándo recoger, cuándo cuidar más el campo y cuándo ararlo con más fuerza. Me gustaba esa tradición de irse a dormir, no con la seguridad de un mejor mañana, sino con la intención de prepararse mejor para lo que viene. Así que, como él, me despido y parto, pensando en esos doce días, en ese plan que debo seguir, en esas metas que debo perseguir: a la próxima no tendré tanto cuidado; con la próxima no me haré tanto a un lado. La próxima oportunidad debe sentirme, debe ser capaz de presentirme, debe temerme cuando me sienta cerca y saberse perdida cuando sienta mis ojos posarse sobre ella. Deberá saber que ha sido tomada; entregarse aun sin garantías, exigir garantías de por qué hacerlo. Lo hará porque quiera, porque se le cante, sin estarme buscando, sin haberse prometido prometerse.

A la próxima no habrá permisos ni disculpas: no habrá silencios ni turbas, no habrá mezquinos entrometidos dictando el camino que debe recorrerse para cumplir un sino. No habrá un mapa de los sueños donde ser tachado, ni un espacio incómodo y aprisionante donde hacerse para reemplazar lo perdido: un café con los amigos, un asado con la familia, un polvo que me desempolve los discos, una cerveza fría en la tarde, una escapada en la mañana hacia un horizonte, un regresar a casa, un libro, un cuento que contar, un día de pereza con mis gatos y una tarde de juegos que haga que la risa me marque el abdomen; y un abrazo de todos los que, por alguna razón, al recordarlos me siguen haciendo reír. Me voy a dormir pronto, porque quiero empezar pronto como mi abuelo, buscando mis cabañuelas.

Un vaso vacío

Hay un vaso vacío esperando la botella de ron que está en la puerta de mi nevera; a su vez, esa botella espera que tu mensaje aparezca. Ese vaso me mira y siento su vacío, su ausencia, que es también la tuya. Si estuviera lleno, significaría que estás en mi sofá viendo mi espalda alejándose rumbo a ella. Verías que abro la nevera, que me inclino y tomo por el cuello una botella fría, un Sailor Jerry especiado, caneludo, con toque a vainilla… dulce y acaramelado, tan parecido al aroma de tu cuello, de tu cuerpo, de tu vello, y, como no estás, noto que eso que debería pasar no pasa.

Hay un vaso vacío, una botella llena, y, porque sé que está vacío y llena, porque están ambos allí, la boca se me hace agua, las manos me cosquillean. Hay ganas, quiero sentir su boca en mi boca, mis manos apretándole fuerte las caderas mientras mi nariz roza sus orejas. La Tana tenía razón: una buena nariz lo cambia todo. Ella hablaba de besos; con el tiempo lo he hecho más que físico, espiritual. Una buena nariz intuye, una buena nariz presiente, toca antes de que la piel de mis mejillas toque, toca antes de que mis labios se posen; una buena nariz mide las distancias, las enuncia, y la promesa de la caricia que sigue a la caricia es siempre más poderosa que la caricia misma. Por eso la nariz cuenta, pero no solo es contacto, es también idea… ese vaso vacío, esa botella llena, esa distancia suya de mi cuerpo tan diferente a la cercanía de sus palabras.

El silencio reina, la reina ha sido tomada. El tablero sin ella es lento y difícil de defender. La ilusión está en jaque. Me siento, aguardo, me sirvo un ron, lo tomo despacio, lo saboreo. Las especias pican en la boca, el cosquilleo en el paladar se intensifica. Sirvo otro trago, lo huelo, lo disfruto, lo degusto. La nariz no miente, la nariz presiente. No debí tentar la suerte, no debí lanzar los dados. Ella tenía miedo, ganas pero también miedo. Necesitaba sentirse fuerte, necesitaba las riendas, necesitaba el juego. Yo simplemente odio el juego, odio la mentira y la insensata emoción de la victoria. En el sexo no hay vencedores ni vencidos.

La gente ama el juego: cazadores, predadores, agazapados en medio de conversaciones eternas. “Lo bueno se hace esperar”, piensan… Lo bueno no viene después de, lo bueno está desde antes. Se presiente, en el humor, en las ideas; no después ni en medio. Estoy sediento: el vaso, por suerte, ya no está vacío; la botella, por suerte, ya no está llena. La noche avanza. Sirvo otro trago. Ella no va a venir. Es calor ya. La noche se ha pospuesto. La soledad, en cambio, llega sin falta; se sube la falda, se trepa sobre mi cintura y, con las tetas al aire, me besa, desvergonzada como toda ilusión rota, altanera como cada orgullo herido. Posa sus labios donde deberían estar los de ella, me muerde como debería hacerlo ella, pero el mordisco duele más: es más frío, más brusco, más torpe.

No viene. No importa. El vaso está vacío de nuevo; la botella, también; el orgullo, herido; la cordura, perdida. No viene y no importa. Si llegara, ya de nada serviría. Se ha perdido el control, el deseo, se ha perdido el foco. Si llegara, si la puerta sonara justo en este momento, las decepciones se encontrarían frente a frente: la suya, por no encontrar un hombre sereno, con aguante estoico y ejemplar; la mía, porque llega un momento, un minuto, quizá sea incluso un segundo durante la espera, donde ya es preferible que a quien se espera no aparezca. Tiene más decencia su ausencia, tiene más prestigio, clase, su omisión. Hay más respeto en quien no aparece que en quien tarda para llegar. Que no llegue, que la puerta no suene, que nada llene la sala, ni la botella, ni el vaso; que nada llene las ganas ni la conciencia ni el espacio. Que se quede así, ausente e imponentemente vacío, como ese vaso que se ha tragado hoy las ganas, los miedos, las rabias, y continúa allí, desafiante: podría beberse todo si se lo propusiera.

Gustos y colores

Hay formas, hay normas, hay demasiadas… muchas de ellas deformadas. Hay también muchas miradas, pero pocas interpretaciones. Las perspectivas, aunque múltiples, suelen fusionarse. Nadie quiere incomodar ni levantar la voz para expresarse, no realmente: suelen hacerlo más para esconderse, detrás de otros gritos. Dar un paso al frente es ser visible; ser visible es ponerse una diana en la espalda. Quieren llamar la atención, pero no retenerla ni manejarla, solo rozarla desde el anonimato. Se quieren parecer, pero dudan sobre ser; saben que tiene un precio, y no saben si les alcanza ni si quieren pagarlo. Les asusta perder la opción de ser algo más… a la mayoría les da miedo, por eso siguen las normas, las formas, sin importar cuántas hayan.

Se visten bien, se portan bien, hablan bien, de frente, de espalda; se desvisten también. No se portan ya tan bien ni hablan como se esperaría. Los desconocerían sus pares si alguno pudiera verlos cuando se esconden. Por fortuna conocen el juego: las sombras se proyectan, pero son imposibles de atrapar. Se ven con desconfianza, se presienten; no es para culparlos, saben que dentro de ellos habitan las mismas ganas que tratan de ocultar. Se tientan constantemente a perderse, se rodean, se miran, se huelen, se rozan, sonríen y, aun así, la obra continúa y nadie cede. No sin oscuridad, no sin licor, no sin estar seguros de que sea lejos de casa, lejos de todo lo que los contiene, de todo aquello que pueda nombrarlos. Pero mientras la luz los toque, son un postrecito que se mira pero no se toca, que se toca pero no se come, que se come pero no se unta…

Siempre cerca, siempre posibles, presas y presos de sí mismos. “Quiero, pero no puedo”… todos están presos de algo: de una idea, de un sabor, de un gusto, de un juego, de todo, de nada, de lo que se acerca y se aleja, de estar y de ser, de parecerse a los demás. Costó llegar a donde están —si no a ellos, sí a sus padres—. Esta parte es importante: solo aquel que tiene algo que perder intenta disimular aquello que cree que le ayuda a conservarlo.

Colores de la suerte, medias de la suerte, camisas de la suerte, día de suerte, meses de suerte. De animales y ascendentes. Se buscan en cualquier señal, se amparan bajo cualquier amnistía cósmica o ideológica, cualquier cobijo que justifique los brotes innegables que se asoman de sus superficies, las rupturas que se profundizan y parecen partir ese yeso que congela, recubre e imposta, pero nada los exhibe; solo permite asomarse hacia el vacío de sus propios cuerpos.

Se contienen porque siguen las formas, las normas, sin importar cuántas hayan. No cuestionan ni dudan. Se debe ser, se debe parecer, se debe… tanto se debe. Para ellos es imposible estar a paz y salvo con sus deseos. Se prestan momentos de libertad, se prestan y se niegan a sí mismos el placer de disfrutarse. Solo a ratos un rato, por momentos un momento. Aplicados, serenos, sedientos, famélicos, quieren cambiar las reglas del juego, quieren adueñarse de un espacio-tiempo y hacerlo presente, constante. Quieren sentir que han logrado engañar al sistema huyendo dentro de ellos mismos y llevando con ellos a quienes los han visto en medio de la oscuridad, del pequeño y profundo abismo de sus deseos.

Quieren a uno que haya entendido que el cuerpo y la carne son una herida supurante. Pero poseer arruina el juego; poseer achica el gusto, el culposo gusto de haberse transgredido a sí mismos en búsqueda de lo deseado. Entonces se pierde el gusto, cambia el sabor, se destiñen los colores y la vida crea otra prisión, otra capa que retiene lo que un día se fue gustoso. Y como los presos después de la hora conyugal, del patio o del buen comportamiento, regresan mirando el rayito de sol o de oscuridad que los detiene.

Para los gustos, los colores; y para los que están presos de sí mismos, lo que les gusta es color de la libertad.

Parece poco.

Es poco, no importa cómo se mire, es poco, para las posibilidades, para las esperanzas, para lo que queda, cuando algo se anhela nunca llega a tiempo y siempre se va pronto, cuando uno quiere quedarse, el reloj nunca se estira lo suficiente, el hombre quiere el paraíso y la manzana… las quimeras le son esquivas, pero siempre coquetas.

Por eso intenta vivir como puede y como quiere, no importa cuánto dinero tenga, las obsesiones atacan a todos, los límites son los que se estiran o extienden, somos lo que somos, impulso, pasión, instinto, ansiedad, nervios y furia, pensamiento… ah, eso lo jode todo, pero no para todos, hay algunos libres, no de pecado, pero sí de culpa, como me caga la felicidad de los insensatos, no me parece siquiera envidiable porque su falta de entendimiento es parte vital de ella, son felices porque no saben que lo son, creen que sufren, pero desconocen los dolores, creen que creen pero ignoran todo aquello que desafía su creencia… Así no tiene gracia, es una felicidad animal, un tránsito irreflexivo que resulta desdeñable. Pero para quienes son conscientes de su existencia, saben que solo se existe a través de la experiencia, y siempre viene bien una más.

Una noche más bajo las estrellas, una noche más desnudos y abrazados en el mueble de la sala, una tarde más, una mañana más, un anhelo más, como puede y como quiere, la vida tiene sus formas, y aunque uno intente deformarlas, forzarlas, nada las evade por completo. No es poco, pero lo parece. Después de todo, una caricia más es el saldo que tienen pendientes todos los amantes.
Adictos, a la adrenalina unos, a los libros otros, a las tardes de sol y las noches de arrunches, a los ronroneos de un gato que se frota contra la mano que lo acaricia, a los amaneceres y los atardeceres arrebolados, a los árboles florecidos y el aroma del café invasivo que va lentamente, cuarto a cuarto apoderándose de cada rincón, nada nos basta, nunca es suficiente, siempre podría ser un poco más, siempre tendría que ser un poco más, como quien decora una casa, un poco más al centro, un poco más arriba, un poco más a la derecha… siempre un poco más.

Por eso pensarlo jode, porque cuando uno lo piensa siempre quiere más, desde lo poco hasta lo imposible, quiero más que tocar su mano, más que su abrazo, más que rozar sus labios, quiero jugar, quiero ser bueno jugando, quiero que me paguen por jugar, quiero que me paguen bien por jugar, quiero el salto, el susto, el gusto, quiero ver el mar, vivir frente al mar, vivir frente al mar en una casa grande, en una casa grande con yate… la mente es tramposa, a la mente nada la alcanza y todo le parece poco.

Por eso uno cree y piensa que ha sido poco, hasta que camina con los ojos puestos en todo lo que lo rodea, y ve que todo ha cambiado, que los barrios y sus calles, que las tiendas y sus dueños, que la esquina y sus acérrimos, que la música ha cambiado, que los rostros de los carros han cambiado, que los niños que corrían con la cara sucia, el uniforme sucio y lleno de tierra, ahora corren de traje, por llegar a tiempo al bus, que están en esa edad en la que uno comenzó a pensar que a veces parece poco lo cotidiano, y entonces se da cuenta de que poco es todo.

Que cada tinto cuenta, que cada risa suma, que cada amante, cada lunes, cada salsa y cada cuento cuenta, que cada partido ganado o perdido ha valido la pena, que se volvería a hacer todo con una sonrisa, porque uno sabe que siempre todo parece poco, pero que no significa que lo sea, que el café molido en una mañana de lluvia, que la conversación que libera, que el abrazo que arropa, el arroz con huevo o la sopa de sobre hermanan, porque compartir lo poco agranda lo compartido y nada ha sido poco.