Quereres

Querida, yo quería quererte, quería que quisieras quererme y quería que querernos fuera suficiente. Yo de verdad lo quería, pero no sabía que con solo quererlo no bastaba. Quisiera haberlo sabido desde antes, para evitar esa sensación de vacío que quema, porque qué quilombo quererte tanto y que no alcance para nada, y que uno se sienta entonces malquerido.

Quise antes, quise de otras formas y juro que creí que ahora quería distinto, que quería bien, mejor, más cariño, mejor cariño, pero aún quisquilloso y quejumbroso. Qué curioso que con solo mejorar la forma de querer no baste, que también haya que querer ser otro. No quiero serlo, no quiero dejar de quererme por querer, no quiero querer ser otro para que me quieran. Eso se los dejo a quienes quieren que todo el mundo los quiera. A mí conmigo me basta, contigo hubiera sido quizá perfecto, pero… pero y quizá son buenos amigos, se quieren quizá más de lo que nosotros alcanzamos a querernos, y al final ganaron los peros, los quizá de los que ni siquiera eran quienes al anochecer te decían: te quiero al oído.

Querer… querer, es una ilusión progresiva en la que quienes quieren caen en busca del cariño que quieren tener, pero que, por más que quieran alcanzar, nunca terminan siquiera cerca de donde querían llegar. Uno quiere querer y que lo quieran, y quiere que ese querer crezca, quiere que ese querer quiera, pero si alguno de los dos flaquea, el querer se agrieta, se quiebra, y entonces quema el pecho y la pena.

Todos hemos sido ese cariño que quiso que le quisieran y también ese cariño que quiso querer, porque todos somos ese ser que simplemente quiere acurrucarse en el cariño de quien lo quiere para acostarse a dormir. Yo también quise quererte, yo también quise que me quisieras, quería querer quererte, quería creer que me querías. Al final, los quereres rizomáticos y repetitivos crecen solos, sin querer ver mucho al otro, y entonces el cariño recibido quisiera que tuviera un poco más de ahínco, quisiera que su querer fuera más grande, que tuviera más equilibrio, que cumpliera más requisitos de quienes ven, juzgan e imponen cómo debe lucir el querer de quienes se quieren. Y qué fácil es entonces ver pequeño lo que el querido reunió con tanto esfuerzo, qué tan fácil es quitarle el dulce al niño que, habiéndose armado de valor, quería crecer para dejar de ser el que llora solo porque necesita cariño.

Es que con querer no alcanza, y quien quiere con solo lo que tiene suele creer que el querer todo lo puede. Créeme: se queda corto, créeme: se rompe todo, créeme: querer por querer es querer que el querer lo llene todo. Pero no hay querer en el vacío, no hay querer en el indeciso, no hay forma de que quien quiera pueda hacerlo queriendo por completo si lo hace solo por querer lo que otros ya han querido: la casa, el carro, la beca, el hijo y el cariño del que nunca fue parte, aunque en el fondo siempre lo quiso.

Y entonces quieren olvidar lo querido, quieren quitarse las heridas de lo vivido y quieren quizá no haber perdido, quizá haber aprendido. Y quieren creer que quizá es cosa del azar o del destino, pero quienes apuntan con un poco más de tino saben que el problema está en querer a quien se quiso, en querer como se quiso y en querer a quien te sacaba de quicio. Y quisieras que quizá todo hubiera sido distinto, pero son quereres que querían quererse hasta completar su ciclo. Quizá sea cierto, quizá quererse y querer sin querer que nadie apruebe lo que se quiere sí sea prerrequisito para poder cerrarle la boca a esos que, cuando ven a dos que se quieren sin morderse la lengua, designan que habría que quererse distinto.

Diferencias

Se parecen, pero no son iguales, coinciden en colores, en formas, en patrones… pero no son lo mismo; tienen pequeñas sombras, tienen lugares que se esconden entre las similitudes, pero si se miraran con atención se darían cuenta de que no son lo que esperan; les gusta el mismo libro, pero personajes diferentes, contrapuestos; lo sutil los sobrepasa, no tienen el ojo afinado y eso cuesta caro; no ven, no se ven, no como realmente son; la ilusión que cada uno representa para el otro parece ser eso que buscan; parecen parecerse lo suficiente como para dejar de mirar, lo suficiente como para no notar la importancia que tienen en las cosas que difieren.

No es lo mismo un lateral que las cierra todas a uno que sale arriesgándolo todo; no es lo mismo hacer las cosas por pasión a hacerlas porque toca; aunque hablen el mismo lenguaje, no hablan el mismo idioma; su jerga, sus contextos, sus culturas, sus ideas son otras, pero son como electroimanes y tienen la mala suerte de no haberse encendido aún juntos, porque sus polos van a mandarse al carajo en cuanto lo hagan.

Hay señales, sí; hay indicios, sí; hay pistas que parecen aparecer, pero él se pierde en su escote y ella en su voz; él se pierde en esos minutos donde el mundo guarda silencio y ella en la esperanza de que todo lo que le parece poco aumente; ambos se engañan; a él no le importa nada más; a ella no deja de importarle todo lo otro; las diferencias son casi imperceptibles, esas son las peligrosas, las difíciles de hallar.

Dos imágenes una al lado de la otra, de fondo azulejos similares, con telas y patrones similares, con objetos similares, engañan, se engañan, sin saberlo, sin quererlo, sin notarlo; cada que la electricidad sube la fuerza se siente, el rechazo aparece, chocan, se distancian como niños en un patio en acto cívico, estiran los lazos hasta que a duras penas se tocan; pasa sin que lo noten, pero la presión comienza a palpitar en ambos; hay algo que no encaja; falta una moneda, una hoja, un reflejo en el agua; falta una palabra, un sueño, una razón; se desdibujan, se pierden los colores; las rocas se apilan diferente; faltan algunos vellos, algunas rayas, algunos segundos y faltan otros tiempos; falta el silencio, falta sobre todo convicción para buscarlas, para encontrar las ausencias que cada vez se hacen más evidentes; falta voluntad y reconocimiento; falta un poquito, una pizquita; falta sazón y falta gusto, falta hambre; y así es difícil encontrar, en medio de tantas ausencias, las graves, reales; en medio de tanta ausencia suele haber además muchas voces; la gente se olvida de que no hay una experiencia humana superior o inferior a otra, pero la gente olvida algo tan simple; la gente dicta, la gente habla sin hacerse preguntas, cuestionarse sin considerar siquiera que podrían estar equivocados; humano es errar, pero no temerle a estar equivocado.

Así que se miran como quien mira un periódico con dos imágenes en paralelo y son incapaces de ver aquello que tienen enfrente; al igual que con lo que tienen enfrente, parecen similares, parecen… pero no lo son; y por eso, cuando llega el momento, la fuerza centrífuga de sus palabras los arroja hacia afuera, los expulsa al uno del otro; los separa, los dispersa, y nada pueden hacer para evitarlo.

Ahora, a la distancia, y con los recuerdos en la mano, pueden empezar a notarlo: eran diferentes, no mucho, simplemente lo suficiente para no reconocerse en los dolores del otro; para entender que tenían el mismo libro cuando se vieron, pero leían a ritmos distintos; la misma banda, diferente álbum; el mismo disco, diferente canción; la misma canción, diferente instrumento; nada, nunca lo mismo, no en las cosas que importan… y siempre, siempre esas diferencias se encuentran tarde.

Junky

—Andrés tiene 23 años, estudia Filosofía, quiere ser escritor, pero es mesero, quiere ser escritor, pero hace semanas que no escribe, tiene un bloqueo. Andrés no tiene un bloqueo, Andrés tiene la idea de que la musa debe raptar su consciencia, Andrés no tiene ni idea, de que para escribir no son necesarias las respuestas, sino las preguntas. Así que Andrés -terminó por fin su profesor de hablar-, Andrés tiene tarea, la misma que la humanidad se ha planteado desde siempre: averiguar cuál es el sentido de la vida. ¡Ah! Andrés, una última cosa, es un texto reflexivo desde la observación, no una argumentación desde la investigación.

—Julio es profesor de Andrés, tiene 63 años, es filósofo, ha escrito, pero ya no quiere ser escritor. Escribe y publica, pero ha perdido la forma del concepto, sus textos académicos y ficcionales son solo un hobbie, un entretenimiento, una forma de ser. Julio necesita escribir, pero nadie necesita leerlo.

—Pablo es Chef, no le gusta la palabra, ni los clientes, ni los meseros. No les gusta por su condición, pero le parece que su actitud frente a la comida habla mucho de ellos, de su simplicidad frente a la vida, frente a la gente, la que no ve a los ojos a sus parejas, a sus acompañantes, ni a los meseros, ni a sus amigos, nunca al chef, no miran la comida, no la saborean.

—Andrés fuma, fuma en su descanso y piensa en la pregunta, mira al chef, a los comensales, a su profesor, mira su reflejo, y llega a una conclusión.

—La vida no tiene ningún sentido, —escribió sin titubear, también sin tristeza ni rencor. Era la declaración de un hombre convencido de su palabra. NADA IMPORTA, es lo que realmente deseaba haber escrito; pero no era su estilo, la palabra, si bien carecía de un fin, no lo hacía de forma, y al encontrar esa respuesta, encontró la suya.

Placer, provocar placer, el placer de los estetas, exaltar aquello que es bello, la búsqueda de la exaltación artística. Grotesco en su búsqueda del placer, comprometido con su satisfacción, onanística búsqueda de la última droga, la existencia.

Es el simple existir, el simple placer de satisfacerse la única voluntad deseable. En cuanto piensas en ganarte la vida has perdido, pensó exaltado mientras continuaba hilando las ideas. Todo está perdido repitió, el tiempo ha ganado, somos transitorios, y por ende solo combustible, abono, insignificancia.

El hombre solo puede existir en la memoria colectiva, en el testigo fosilizado de su civilización, como cuadro, como lienzo, como pintura. El hombre sobrevive a través de su obra, sanguijuelas de las civilizaciones, despreciables lazarillos de los bancos. Los hombres poderosos y adinerados no son recordados -se consoló-, sirven solo como mediadores, patrocinadores de las artes, se conservan por medio del sustento que dan a los verdaderos hombres. Y los mediocres, los empobrecidos, los anhelantes de poder social y político son muertos vivientes, carroñeros insensatos, faltos de visión, solo existen para sus seguidores, trajes del emperador hechos carne, solo voluntad y envidia, una construcción social endogámica que genera solo retrasados paridos de su mismo encanto, y cada vez son peores, cada vez entienden menos sobre su naturaleza, convencidos de merecer las posiciones que han ganado, que han recibido. Simplemente recibido, sin esfuerzo alguno.

Junkys, los junkys son la respuesta, la real, la única verdadera, la droga, el placer de drogarse con una obra, pero no los que se inyectan ni la esnifan, no es el placer del subidón. NO. No es el placer vacío del placer, por el contrario, es el placer consciente de la obra; solo quien la mezcla, la siembra, la prepara, arquitectos de su propio viaje, reposteros de ideales, chefs que huelen, prueban, palpan, cortan, asan, funden, gratinan, que acoplan, mutan y cocinan mientras catan, juegan y exaltan sus papilas gustativas, esos que sexualizan su paladar para prostituir las bocas del mundo, esos que diseñan un bocado para sorprender, para encausar, para anhelar.

Los últimos estetas son los cocineros, los únicos estetas, los únicos hombres que saben moverse en la cocina. Hay que entender la humanidad, hay que saborear la existencia, y hay que estar dispuesto a dejarlo pasar, ellos no buscan el resultado, el resultado es la mierda, y no hay ningún sentido en ello. Su obra se digiere, los idiotas lo consumen sin saberlo, la eternidad los ha alcanzado, la han comido, obras maestras irrepetibles lo han llenado y aún sí fracasan, llenos de gloria que transforman en nada más que materia orgánica.

La respuesta es esa, la forma. La respuesta está ellos los gastrónomos, la humanidad es solo un panquecito convertido en bolo alimenticio, el tiempo nos mastica, nos devora, y nos transforma en combustible, y solo ellos, solo los grandes escapan.