Achaques

Los años no llegan solos, por fortuna los años no pasan en vano, se sigue siendo, en esencia, lo mismo que siempre se ha sido, pero, como todo, hay detalles, se tiene derecho a tenerlos; se ha visto mucho de muchas cosas, se han visto pocas de otras, a veces demasiado de ambas, y ambas rayan, pelan, amallagan, cositas que no faltan ni sobran, son cosas que ganan y, como todo lo ganado, se lleva con un aire digno, elegante, aquello que se hizo propio siempre se ve diferente.

Otro cantar sería entender a los 20 que no vale la pena simularse, las máscaras cuestan: oportunidades, momentos, futuros. Eso pensaba ahora que la veía a lo lejos, más vieja, más arrugada, más ella. Ramiro también era más Ramiro ahora de lo que lo fue en esa época, en parte era como era por haber sido menos él antes, por haber perdido, por haberlas perdido, no era solo ella, era tan solo uno de esos cabos sueltos que llevaba en su vida, debió haberla hecho más suya, más a su forma, no medir las distancias ni las apariencias, debió morderla tan fuerte como deseaba, debería haberla asfixiado como quería, nalgeado y someterla de la forma animal como lo deseaba, siempre le gustó el juego de ser un poco animal, nada extremo, nada muy extremo, le bastaba con la forma, aunque en el fondo siempre fue un amante tierno, grotesco pero tierno, pervertido pero tierno… con el tiempo aprendió a darle un poco más de libertad a lo primero y a solo insinuar lo segundo.

Ya no importaba, también había aprendido eso, que no importaba, que nada lo hacía, que el mundo no tenía un plan ni un norte, ni un mañana, tenía un hoy y un ahora, un café, una cerveza, una resaca, pero que perdía lo vivido y que no tenía lo deseado, el instante era lo único sagrado, complacer expectativas ajenas y desear un futuro sin vivir el presente, lo único profano; porque, al final de cuentas, lo único que importaba era si había valido la pena.

Ahora lo sabía y ahora que la veía eso era lo que le molestaba, hubiera valido la pena hacer las cosas diferente con ella, quizá esos habían sido los 5 centavos que les faltaron pal peso, arrebatarle las riendas y desafiar su mandato, quería ser mejor para ella, creía que ella merecía una mejor versión de él e intentándolo había perdido sin siquiera haber sido él mismo, viéndola pasar frente a él el pensamiento simplemente lo había agarrado con la guardia baja, un golpe a los riñones que lo sacudía, no era lo suficiente fuerte para arrojarlo a la lona, pero tampoco podía fingir indiferencia, lo había golpeado, había sentido, madurar es sentir, sentirse, así que no huía ni se movía, madurar no es esquivar, así que esperaba, aguantaba, mientras ella se acercaba caminando…

El ritmo cardíaco no le cambió, el corazón no se aceleraba ni corría, madurar es no perseguir ni ideas ni personas, así que cuando le pasó de lado no volteó a seguirla con la mirada, aunque había sentido el aroma que recordaba, aunque había recordado el sonido de su risa y de sus mimos, no giró, y no se preguntó si no le había visto, ni se fijó en sus nalgas, todo sale siempre de la mejor manera posible, de todas probabilidades nuestra realidad es solo la más probable, así que caminó, erguido, tranquilo y orgulloso.

Ella creyó verlo, ella creyó haber sentido su aroma, y giró un tanto desorientada, recordaba ese hombre que la había tocado con miedo de romperla, con más ternura que deseo, y su deseo, que era más fuerte que tierno, no pudo nunca hacer las paces con ese hombre que le había ofrecido casi todo lo que deseaba, menos la fuerza animal con la que le gustaba entregarse, no era su madre, ella no estaba para cuidar porcelanas, así que lo había dejado ahí en la lista de posibles, de casi, no recordaba del todo su rostro, solo sus ganas contenidas, su deseo incómodo, no volteó a verlo por miedo a reconocerlo, temerosa de voltear y que él no estuviera allí deseando verla, tal y como la había hecho sentir esa única noche.

La edad, pensó él, los años, pensó ella, tienen sus achaques, no aprender de los errores sin duda era uno de ellos y ambos buscaron en su celular, cabizbajos, el número estaba guardado, ambos estaban en línea…

Quereres

Querida, yo quería quererte, quería que quisieras quererme y quería que querernos fuera suficiente. Yo de verdad lo quería, pero no sabía que con solo quererlo no bastaba. Quisiera haberlo sabido desde antes, para evitar esa sensación de vacío que quema, porque qué quilombo quererte tanto y que no alcance para nada, y que uno se sienta entonces malquerido.

Quise antes, quise de otras formas y juro que creí que ahora quería distinto, que quería bien, mejor, más cariño, mejor cariño, pero aún quisquilloso y quejumbroso. Qué curioso que con solo mejorar la forma de querer no baste, que también haya que querer ser otro. No quiero serlo, no quiero dejar de quererme por querer, no quiero querer ser otro para que me quieran. Eso se los dejo a quienes quieren que todo el mundo los quiera. A mí conmigo me basta, contigo hubiera sido quizá perfecto, pero… pero y quizá son buenos amigos, se quieren quizá más de lo que nosotros alcanzamos a querernos, y al final ganaron los peros, los quizá de los que ni siquiera eran quienes al anochecer te decían: te quiero al oído.

Querer… querer, es una ilusión progresiva en la que quienes quieren caen en busca del cariño que quieren tener, pero que, por más que quieran alcanzar, nunca terminan siquiera cerca de donde querían llegar. Uno quiere querer y que lo quieran, y quiere que ese querer crezca, quiere que ese querer quiera, pero si alguno de los dos flaquea, el querer se agrieta, se quiebra, y entonces quema el pecho y la pena.

Todos hemos sido ese cariño que quiso que le quisieran y también ese cariño que quiso querer, porque todos somos ese ser que simplemente quiere acurrucarse en el cariño de quien lo quiere para acostarse a dormir. Yo también quise quererte, yo también quise que me quisieras, quería querer quererte, quería creer que me querías. Al final, los quereres rizomáticos y repetitivos crecen solos, sin querer ver mucho al otro, y entonces el cariño recibido quisiera que tuviera un poco más de ahínco, quisiera que su querer fuera más grande, que tuviera más equilibrio, que cumpliera más requisitos de quienes ven, juzgan e imponen cómo debe lucir el querer de quienes se quieren. Y qué fácil es entonces ver pequeño lo que el querido reunió con tanto esfuerzo, qué tan fácil es quitarle el dulce al niño que, habiéndose armado de valor, quería crecer para dejar de ser el que llora solo porque necesita cariño.

Es que con querer no alcanza, y quien quiere con solo lo que tiene suele creer que el querer todo lo puede. Créeme: se queda corto, créeme: se rompe todo, créeme: querer por querer es querer que el querer lo llene todo. Pero no hay querer en el vacío, no hay querer en el indeciso, no hay forma de que quien quiera pueda hacerlo queriendo por completo si lo hace solo por querer lo que otros ya han querido: la casa, el carro, la beca, el hijo y el cariño del que nunca fue parte, aunque en el fondo siempre lo quiso.

Y entonces quieren olvidar lo querido, quieren quitarse las heridas de lo vivido y quieren quizá no haber perdido, quizá haber aprendido. Y quieren creer que quizá es cosa del azar o del destino, pero quienes apuntan con un poco más de tino saben que el problema está en querer a quien se quiso, en querer como se quiso y en querer a quien te sacaba de quicio. Y quisieras que quizá todo hubiera sido distinto, pero son quereres que querían quererse hasta completar su ciclo. Quizá sea cierto, quizá quererse y querer sin querer que nadie apruebe lo que se quiere sí sea prerrequisito para poder cerrarle la boca a esos que, cuando ven a dos que se quieren sin morderse la lengua, designan que habría que quererse distinto.