Pasa la página

2024; Si fuera un boleto de lotería, pensé, no lo hubiera comprado. No es un número bello, no me despierta nada. No tiene la magia del 87 ni la del 26; le falta la simpleza del 07. Por fortuna, no era un boleto de lotería. Por fortuna, no era una opción. La suerte estaba hecha, los dados lanzados, la ruleta girando. El 2024 iba a suceder a pesar de mi falta de afinidad numerológica con él.

Es curioso hablar del tiempo como algo relativo, cuando es una medida exacta. Las percepciones personales o las creencias no lo afectan y, sin embargo, no dejaba de pensar en lo largo que se había hecho. Había escrito poco, leído poco, dormido poco. El año fue largo, pero qué poco de mí había en él. Costaba encontrar los pasos; la imagen en el retrovisor era difusa.

Había cosas buenas, grandes, pero qué poca constancia. Un año típico, bisiesto para colmo: un día más, pero tan poco. No fue malo, aclaró su pensamiento. Fue un buen año: hubo abrazos, besos, polvos. Pero no estaba acostumbrado a tanta quietud, y menos a una quietud sin calma. No era lógico. El año había sido una puta turbulencia en un cielo tranquilo, una tormenta sin viento en medio del mar. Un año raro. No tenía la magia del 48 —el número que usaba cuando jugaba por la banda derecha— ni la gracia del 19, uno de los mejores años de su vida, ni tampoco la del 15, ese que vivió al sur. Qué raro había sido.

Pensaba eso mientras acomodaba un par de papeles, mientras escribía un par de sueños: qué dejar atrás y a qué provocar. Quería desprenderse del tedio, del cansancio. Escribía prometiéndose que el futuro se distanciara del pasado, como si no creyera que ese era solo una consecuencia del otro. Ahora que estaba viejo frente al papel, se sentía como cuando era joven y mareado frente a los espejos. Se confrontaba escribiendo, ya no bebiendo; su hígado ya no estaba para eso. No en cualquier derrota ni victoria se malgastan las resacas. Ya no son tantas, tampoco, y sonrió al pensarlo: ya no necesitaba tantas. Es cosa del tiempo, dejar de buscar mucho, apreciar lo poco, entender lo poco. Sonrió con ese pensamiento. No era nuevo, no le servía de nada, pero recordó que no era nuevo, que constantemente hacía eso: encontrar causas evidentes a problemas que ya había previsto. Qué inútil se sentía cuando veía venir la caída y no adoptaba la postura correcta para amortiguar. Sonreía porque era un poco lo suyo: dudar tanto de todo que evitaba incluso hacerse caso. Lo sabía, pensaba mientras escribía, lo sabía.

Lo sabré ahora. El 2025 tampoco era un número con el que resonara. No había nada en él que llamara su atención. Quizá tampoco tuviera mucho para él. Y el sentimiento de antes volvió: no hay mérito en la cantidad, no hay éxito en ella. Mucho, poco, no importa. Pienso mientras escribo: el 2024 no lo hubiera jugado, no lo hubiera elegido, no lo hubiera perseguido ni querido. No existe el «hubiera», porque si mi tío tuviera tetas sería mi tía. Es como en el fútbol: ganar da tres puntos por uno o por diez, y la única forma de perder es perderse. Sonrío de nuevo y bebo. Sonrío de nuevo viendo las luces a lo lejos. No me veo siempre, pero hay rastro. No es fácil de seguir, pero se nota por dónde he caminado. No he ido todo de frente, pero aquí estoy: un poco más al frente. No está mal. No todos los que deambulan están perdidos. Sigue tu nariz, pienso, y me río. Nadie le quita a uno lo leído, ni siquiera en los años donde se lee poco. Escribo, entonces, porque tampoco nadie me quita lo «escribido», ni siquiera el derecho a escribirlo mal. Sonrío mientras pienso en «escribido». Resisto el impulso de tacharlo, de corregirlo. Lo sabía, pienso. Hay cosas que simplemente no quiero evitar, ni siquiera cuando son un error.

Simplemente paso la página. Enciendo el fósforo y me pierdo viendo el azul convertirse en naranja con cresta amarilla: el olorcito a quemado, el humo, la ceniza. Simplemente otro año, otro número. Simplemente, pasar la página.

Feliz año

Cuando dieron las 12 pudo ver a su alrededor como todos quemaban su lista de propósitos para el año nuevo, como se atragantaban con uvas o corrían con sus maletas alrededor de la cuadra, los imaginó semanas atrás buscando la ropa interior amarilla más reutilizable que se pudiera, y esa mañana separando las lentejas que tendrían en sus bolsillos, al verlos a todos con sus latas de muñecos para quemar junto a sus propósitos suspiró, cerro los ojos y tomó un trago largo y pausado.

—Y tus propósitos, no tenés agüeros— le preguntó una mujer en la terraza del hotel en la que se encontraban esperando el nuevo año

—No tengo, ni quiero tener—

—Y por qué subiste— preguntó ella con curiosidad genuina

El sonrió mientras señalaba el carrito del minibar con su vaso y agregó: — No me gustan las falsas promesas, nunca he podido leer un libro desde el comienzo, lo confieso, aborrezco los principios, no me gustan ni las promesas ni las mentiras y de eso están plagados siempre los prólogos, las introducciones o las pequeñas reseñas de los autores, puedo probarlo:

Sobre Sándor Márai escriben: nació en 1990 en Kassa, una pequeña ciudad húngara (quieren decirme que tiene un origen humilde, que su trabajo y por ende su obra conoce la vida real) y continúa: que hoy pertenece a Eslovaquia. Pasó un periodo de exilio     voluntario (Quienes se exilian son los perseguidos, es un forajido intelectual, un hombre         peligroso para los órdenes establecidos) … en fin la adjetivación involucrada en los libros está hecha para condicionar mi posición frente a ellos.

Otros ni siquiera esperan a la portada y tienen sobre ella una pequeña cinta con más zalamería de la que se atreverían incluso a pronunciar frente a los autores, por ejemplo en las campanas no doblan por nadie: “La cara b del sueño americano” (acá sobra cualquier cosa que pueda decirse, es tan escueto que será todo lo contrario a lo que la gente piense que es su sueño americano), también dicen “El Bukowski más salvaje” (Una promesa increíblemente difícil de cumplir, porque es muy personal, para mí el Bukowski más salvaje es el que folla con una mujer que folla con animales salvajes, no sé si el que está ahí   dentro si quiera lo iguale) o esta una máxima difícil de siquiera igualar: “a quienes amen a Buk(utiliza además una cercanía y confianza indigna), este libro les va a dejar saciados, ebrios y con una sonrisa en los labios” qué forma de crear expectativas.

Cuentos completos de Nabovok empieza así: Uno de los más extraordinaros escritores del siglo XX. Contundente, directo, casi te grita no estás a la altura de este libro.

La próxima vez que tengas un libro a mano tómalo, y trata de encontrar esa mentira que le ha sido tatuada antes de la obra y por favor; omítela, empieza el libro con la libertad de no saber que te espera, sin sentirse intimidada o condicionada por su autor o temática, naufraga en él, púdrete con él, pero no creas nada de lo que ha sido dicho por otros sobre la obra. Mienten todos esos pequeños hijos de puta mienten. Igual me pasa en general con los trailer de las películas y con los propósitos de año nuevo.

Siendo realistas esa pareja de recién casado espera que el amor dure para siempre, la pareja con sobrepeso espera adelgazar o que no los dejen por el sobrepeso, la soltera dejar de serlo, aprovechar mejor su tiempo… es mentira, todo es mentira

—¿Y yo?, qué quiero yo—

—Las que preguntan son complicadas, desean algo, pero tienen poca confianza en que se cumpla, les encanta sentirse comprendidas, pero también ser impredecibles, confían en ellas, pero desconfían de los demás… no sé que desea, no tengo ni idea, pero capaz podamos descubrirlo con un café o aprovechando el momento con trago, qué se toma?— Dijo sonriendo, con los ojos amables.

Ella, aún jugaba con la última uva en la mano, la subió lentamente hasta sus labios y antes de ponerla en ellos le dijo: Un beso, lo que yo deseo es un beso para comenzar bien el año. —Dejó allí y lo besó empujando la uva a su boca, él mordió la uva y su labio inferior. Feliz año breve antes de continuar con el beso y aprovechó para botar la pepita de la uva.