La mala sangre

Mientras agitaba el pequeño tubo de ensayo podía ver que la sangre que allí se movía no era roja, sino que se acercaba a un color más oscuro, entintada, un rojo profundo que le indicaba que la circulación no había sido la adecuada, quizá, ennegrecida, como estaba siempre pensaba que esas muestras estaban llenas de algo, cargadas de mucho más que glóbulos y plaquetas, es sangre enferma pensaba, y la verdad es que no había ninguna relación y ella lo sabía, pero hay cosas que se saben y no por eso dejan de creerse.

Pensaba mientras la sangre se adhería al vial, que solo así podía imaginarse la circulación de los mezquinos, negra y pegajosa, como el fin del ciclo menstrual, con un olor más cercano a la muerte que a la vida, morados de la historia, hematomas imposibles de olvidar que requerían de una sanguijuela para ser extirpados.

Por eso no podía nunca dejar de ver las muestras de sangre de los criminales a los que estudiaba, trataba de buscar un indicio, algo que los predispusiera en su genética, en su fisionomía, pero nada había que los uniera, la sangre de víctimas y victimarios era igual, ninguno contaba con un rasgo más fuerte o más débil no había rastro de ninguna cadena de genes que explicará porqué uno estaba siempre vulnerable ante el otro. Nada, absolutamente nada.

En los animales, un rasgo distintivo, recordaba explicándose a sí misma, los predadores tienen los ojos en frente, lo que les brinda una mirada telescópica para enfocar a sus presas, mientras que las presas tienen una mirada panorámica, para evadir a los predadores, genéticamente, están diseñados para cazar y huir, pero en nosotros no hay un solo rasgo, un solo hueso, y dado que las formaciones esqueléticas están descartadas, la {única esperanza era la sangre, pero después de dos años, aún no había nada concreto, solo la intuición, que le recordaba que algo no iba bien, que esa sangre no lucía bien, que había algo raro.

Había intentado con la temperatura, por aquello de los asesinatos a sangre fría, pero no había una diferencia ni en medio de la circulación, ni en una muestra la sangre era normal, perfecta y abrumadoramente normal, su viscosidad y su densidad, su contenido en proteínas, incluso su pH entraba en los rangos normales. Cada muestra le confirmaba con terror que en los 250 ml de un recién nacido ni en los 5.5 litros promedio de un ser humano adulto de 70 kg había algo anormal, ni el aproximadamente un litro que se encuentra en los pulmones, ni en los 3 litros en la circulación ni en el restante se repartía entre el corazón, las arterias las arteriolas y los capilares NADA.

El aroma tampoco era diferente, un olor metálico, que francamente no tenía para ella ninguna diferencia, salvo una pequeña excitación que le generaba, pero era solo en la percepción y no en su composición… y eso fue lo único que necesitó para darse cuenta de lo errados que habían estado, dos años 724 días enfrascados y enceguecidos buscando algo genético, gestacional que generara una predisposición disociativa en los seres humanos, habían terminado por concluir lo que ya se sabía, que la composición química, morfológica y genética entre seres humanos no tiene diferencias notables, todo, lo bueno o la malo, viene después su leve excitación le recordó que ella no era normal, entendiendo la normalidad como la convención estadística de respuestas promedio frente a un estímulo, porque cada que olía sangre recordaba la excitación que le producía recordar los besos de su amante cuando este le bajaba comenzando o finalizando el periodo, que ella se humedecía frente a la sangre únicamente por su relación y experiencia personal y que el programa no debía invertir más en la búsqueda científica de diferencias entre cargas de proteína, o estados genéticos, la mala sangre, continuaba siendo solo una forma de actuar de los también llamados hijos de puta, sobre estos últimos se había realizado un estudio también hace unos años un estudio sobre su disposición a ser árbitros de fútbol, guardas de tránsito, policías de las fuerzas de contención social políticos y recepcionistas en puestos de control del gobierno, pero al igual que ahora, se había concluido que era también una simple manera de hablar.

Primera sangre

La primera en pegar siempre es la vida

Recordaba la historia de Marcela, su amiga de infancia que se convirtió en mujer en un bus, en hora pico y sin estar preparada para ello, recordó la sensación descrita por ella y pudo ponerse en el lugar de la chiquilla de 11 años, sintió el olor, el líquido caliente recorriéndole la piel, la vergüenza y la humillación, las ganas de llorar; entendía, por fin entendía qué se sentía perderlo todo, olvidarse del pudor y acariciar la desesperación.

Estaba furioso, recordaba también el dolor que años atrás le había narrado María, la forma en cómo la adrenalina lo mitigaba, cómo el deseo terminaba haciendo que le gustara, también comprendía ahora la sensación de perder el control sobre el cuerpo, sentía al igual que ella sus piernas temblando, su garganta hecha un nudo y un extraño deseo que le impedía parar, una pequeña adicción a aquel sufrimiento.

No era distinto a cuando Jorge su amigo de la universidad le hablaba sobre su trabajo, sobre ese ardor punzante que le ocasionaban los cuchillos en la palma de la mano, en los dedos, esa necesidad de ocultar el líquido antes de que sus jefes de cocina lo descubrieran.

Creía incluso compartir el dolor de Cristo, su impotencia, la misma desesperanza que su amigo le había narrado tras ser asaltado y apuñaleado por la espalda por un ladrón, que sin mediar palabra prefirió ensartar su cuchillo entre dos costillas y que estuvo a milímetros de arruinar su pulmón derecho antes de robarle.

Fue lo mismo que sintió Javier, pensó, cuando su hermano, el médico, se convirtió por primera vez en cirujano, la misma fragilidad cuando estuvo a punto de perder su primer paciente mientras luchaba por detener una hemorragia.

Todos estos recuerdos le venían a la mente con una claridad descomunal, él los enfrentaba con una frialdad aterradora. Entonces recordaba la historia de Gerardo, ese amigo suyo que a los 15 años tatuó el pavimento con su piel, lijándose toda pierna tras caer en patines y el sufrimiento que lo invadió no solo por ocultar su herida si no por la limpieza realizada en el hospital después de que esta fuera descubierta por su madre, estaba seguro que pese a haber perdido la virginidad para ese entonces, era ese el momento en que se había transformado en hombre.

Uno a uno, imagen tras imagen, vivía cada experiencia, era un poco cada uno de ellos en ese momento, su sufrimiento era un poco el de ellos, su dolor, su tragedia, el miedo, la adrenalina que los había recorrido e invadido era la misma que él sentía.

Tin, tin, tin

La campana llegaba para rescatarlo, para darle un momento para entender lo que sucedía.

–Mantén tu mano derecha arriba–

–No descuides tu guardia, ¡maldito egocéntrico!, te dije, te dije mil veces que algún día te iban a tocar, que no siempre podrías noquear en un asalto–

–Arriba, levanta las manos–

Tin, tin tin

La campana sonaba de nuevo, y él tocaba su rostro hinchado camino al centro del cuadrilátero, sus guantes blancos por primera vez se manchaban con su propia sangre y él sonreía, disfrutaba cada segundo previo al inicio del segundo round.