Mira la puerta y espera que suene, intenta presentirle, adelantarse a su llegada, sentir el aroma de su cuerpo acercársele; ha limpiado de manera cuidadosa todas las superficies donde quiere que su humedad se desparrame, sí, se incluye en la limpieza. Su cuerpo se siente despierto, los ojos arden como los de cualquier niño cansado, pero el cuerpo, esa es otra historia, ese arde como el de cualquier adolescente a la espera de una piel familiar; la circulación retumba en su pecho, en sus dedos… Tum Tum Tum fuerte, Tum Tum Tum, sugiere el ritmo, marca, como un metrónomo, la velocidad con la que espera llevar el baile, el ritmo que desea imponer cuando sea el momento.
La espalda lo está matando, pero comprende lo importante del momento; el cuidado tendrá que esperar, la oportunidad hay que tomarla, a ella hay que tomarla, tomarla bien, tomarla fuerte, tomarla hasta el cansancio, hasta que tiemble, hasta que diga que necesita respirar, así que ese espasmo tiene que aguantar, la rodilla tiene que aguantar… ya aguantó mucho, piensa, esperaba este momento, necesito este momento.
Mira la puerta y espera, como un gato o un perro que espera el regreso implícito pactado en cada despedida, en la regularidad que sucede, en el horario que se ha acordado y que, aunque no se ha declarado oficial, se ha pactado por la fuerza de la costumbre y la monotonía que orquesta el mundo. La tensión de los músculos está presente, marcada, fuerte, no suelta, aprieta y retuerce; tira la cabeza un poco hacia atrás, cierra los ojos, siente casi como tiran de su espalda dos cables trenzados, lastima, pero no tanto como para dejar de esperar, nada sería tanto en este momento.
Mientras espera, la imagina llegando, cruzando la puerta casi abducida por su deseo, el beso largo de bienvenida, la mano a la cintura, a las nalgas, apretar las nalgas, sopesar las nalgas, nalguear las nalgas, y traer su boca a la suya, halarle un poco el cabello hacia atrás, morderle los labios, y acariciar su cara hasta apretarle fuerte el cuello; tomarla luego de la mano y pasear, señalándole cada lugar, aquí, luego acercarse a una silla y decirle aquí, llevarla a la cocina y mostrarle allí, y finalmente al cuarto, a la cama y sonreír mientras que señala dos lugares más.
Imagina sus vocalizaciones entrecortadas, aullidos menguantes; la imagina un poco diferente cada vez; los deseos brincan y cambian de parecer frecuentemente; recuerda todas las otras veces que esperó, mirando la puerta, con la misma tristeza que un perro o un gato que, tras un par de minutos de espera, comienza a mirarla ya con un dejo de sospecha, de una ausencia postergada… con el temor de una ausencia confirmada.
Por eso ahora, mientras no duda, mientras aún hay tiempo para soñarla antes de que la proximidad despierte la angustia, y la angustia el miedo, y el miedo anticipe una ausencia, por eso justo ahora él la imagina entrando por la puerta, él la imagina en la mesa, en la silla, en la barra, en el cuarto, viéndolo con ganas, como sonríe y la provoca, también agitada, también sudorosa, su piel nacarada en relieve y enrojecida…
Porque es fácil soñar, porque nadie se lo impide y el tiempo aún no se lo niega; no desespera, aún espera, no pierde la fe; los agnósticos siempre creen en el otro, porque saben de lo que ellos son capaces y, por la misma razón, son también desconfiados.
Pero mientras que el tiempo lo permita, él seguirá viendo la puerta, con la imagen cambiante de una posibilidad, de un quizá, de un puede ser, espera mirando la puerta, espera con premura.