Premura

Mira la puerta y espera que suene, intenta presentirle, adelantarse a su llegada, sentir el aroma de su cuerpo acercársele; ha limpiado de manera cuidadosa todas las superficies donde quiere que su humedad se desparrame, sí, se incluye en la limpieza. Su cuerpo se siente despierto, los ojos arden como los de cualquier niño cansado, pero el cuerpo, esa es otra historia, ese arde como el de cualquier adolescente a la espera de una piel familiar; la circulación retumba en su pecho, en sus dedos… Tum Tum Tum fuerte, Tum Tum Tum, sugiere el ritmo, marca, como un metrónomo, la velocidad con la que espera llevar el baile, el ritmo que desea imponer cuando sea el momento.

La espalda lo está matando, pero comprende lo importante del momento; el cuidado tendrá que esperar, la oportunidad hay que tomarla, a ella hay que tomarla, tomarla bien, tomarla fuerte, tomarla hasta el cansancio, hasta que tiemble, hasta que diga que necesita respirar, así que ese espasmo tiene que aguantar, la rodilla tiene que aguantar… ya aguantó mucho, piensa, esperaba este momento, necesito este momento.

Mira la puerta y espera, como un gato o un perro que espera el regreso implícito pactado en cada despedida, en la regularidad que sucede, en el horario que se ha acordado y que, aunque no se ha declarado oficial, se ha pactado por la fuerza de la costumbre y la monotonía que orquesta el mundo. La tensión de los músculos está presente, marcada, fuerte, no suelta, aprieta y retuerce; tira la cabeza un poco hacia atrás, cierra los ojos, siente casi como tiran de su espalda dos cables trenzados, lastima, pero no tanto como para dejar de esperar, nada sería tanto en este momento.

Mientras espera, la imagina llegando, cruzando la puerta casi abducida por su deseo, el beso largo de bienvenida, la mano a la cintura, a las nalgas, apretar las nalgas, sopesar las nalgas, nalguear las nalgas, y traer su boca a la suya, halarle un poco el cabello hacia atrás, morderle los labios, y acariciar su cara hasta apretarle fuerte el cuello; tomarla luego de la mano y pasear, señalándole cada lugar, aquí, luego acercarse a una silla y decirle aquí, llevarla a la cocina y mostrarle allí, y finalmente al cuarto, a la cama y sonreír mientras que señala dos lugares más.

Imagina sus vocalizaciones entrecortadas, aullidos menguantes; la imagina un poco diferente cada vez; los deseos brincan y cambian de parecer frecuentemente; recuerda todas las otras veces que esperó, mirando la puerta, con la misma tristeza que un perro o un gato que, tras un par de minutos de espera, comienza a mirarla ya con un dejo de sospecha, de una ausencia postergada… con el temor de una ausencia confirmada.

Por eso ahora, mientras no duda, mientras aún hay tiempo para soñarla antes de que la proximidad despierte la angustia, y la angustia el miedo, y el miedo anticipe una ausencia, por eso justo ahora él la imagina entrando por la puerta, él la imagina en la mesa, en la silla, en la barra, en el cuarto, viéndolo con ganas, como sonríe y la provoca, también agitada, también sudorosa, su piel nacarada en relieve y enrojecida…

Porque es fácil soñar, porque nadie se lo impide y el tiempo aún no se lo niega; no desespera, aún espera, no pierde la fe; los agnósticos siempre creen en el otro, porque saben de lo que ellos son capaces y, por la misma razón, son también desconfiados.

Pero mientras que el tiempo lo permita, él seguirá viendo la puerta, con la imagen cambiante de una posibilidad, de un quizá, de un puede ser, espera mirando la puerta, espera con premura.

A fuego lento

—¿Ya sabe qué va a ordenar? —me pregunta ella.
—No levanto la vista, simplemente le digo que aún no.
—Está bien —dice ella con una voz dulce. Escucho sus pisadas alejarse, y entonces la miro, la miro irse…

Vuelvo los ojos a la carta, la miro de arriba abajo y pienso: me tomo mi tiempo. Cuando disfruto de algo —me refiero a cuando de verdad lo disfruto—, me tomo mi tiempo. Juego en mi mente, le doy vueltas al asunto buscando lo posible y lo imposible. Quiero, previo a disfrutarlo, recrearlo, adueñarme en el imaginario de lo probable, contemplarlo y simplemente degustar el momento.

Hago una pausa, me muevo alrededor y me acerco, acecho, sonrío, entrecierro los ojos, me saboreo. Puedo intuir la textura, la temperatura, el sabor. Puedo escuchar la brasa crujir, casi puedo sentir el tejido contrayéndose y reduciéndose al sudar sobre ella. Eso debe pasarle a todos: al delantero que pone el balón en el piso y retrocede tomando impulso, imaginando el balón yendo adentro; al clavadista que observa un muro de agua extenso frente a la punta de los dedos de los pies; al artesano que soba la madera o la piedra, palpando y evocando lo que siente; a la enfermera que hace bíceps y entrena para las jornadas de vacunación en los colegios. Todos se relamen los labios, anticipan, al igual que yo, aquello que desean. No me cabe duda: salivan, por dentro salivan. El instinto nervioso llama desde adentro. Ballenas blancas a estribor, ballenas blancas a babor. Aguardan, silenciosos aguardan. Porque vale la pena se contienen, porque vale la pena sentirlo.

Uno no se apresura ni se abalanza, es una cuestión de tacto. Hay que acercarse con cuidado, como un jugador de billar a la posición adecuada, al centímetro exacto de la banda donde debe golpear para que la bola vaya a donde él quiere, para que haga lo que él quiere. Es una cuestión de método. Hay que tomarse las cosas con ganas y con calma; aunque convengamos que el punto es subjetivo y no más que una convención. Pero a mí me gusta lo que me gusta jugoso, con un sabor que se concentra. Me gusta disfrutar del momento antes de que todo suceda. A veces es incluso más fuerte el recuerdo del deseo que el del consumo; la pulsión y el antojo que lo sigue, la tensión es más alta, el anhelo más intenso. Poseer sin adueñarse, diría Pessoa. Extraer de lo que se quiere la esencia que lo compone, abstraerlo y prenderse no de la forma sino del fondo.

No es casual que los perros den vueltas antes de echarse. Es que en el más animal de los instintos se intuye que hay momentos donde todo se potencia. Una fruta pintona sabe diferente a madura, la textura cambia, la acidez, todo influye, y uno por alguna razón lo sabe. Uno conoce sus ritmos. A los demás pueden parecerles ajenos. El que espera desespera, dicen algunos, pero es porque esperan en ritmos distintos. También porque a veces se comienza la espera cuando el otro ya lleva mucho esperando. La sincronización es clave. La temperatura debe ser correcta: no es lo mismo 4 horas a 180 grados que 2 horas a 360…

Tampoco es lo mismo algo que se toma el tiempo de elegirse que simplemente el de consumirse. A veces todo se pone en movimiento desde antes. No es cuestión ni de signos ni de números, sino de reconocimiento, de verse, de cruzarse los caminos. Sí es de gustos, pero yo prefiero esperar ese llamado para ordenar, no solo para pedir, sino para poner en orden los pensamientos, los antojos, los deseos. Para hacerlo bien, para saber por qué lo hago. Así que tomo la carta y comienzo a mirar y a leer, plato a plato, a imaginarlo, a intentar comprenderlo.

La mesera se acerca, me mira mirar la carta. Es la tercera vez que viene a la mesa.
—¿Encontraste ya algo que te guste? —me pregunta.
—La miro a los ojos, asiento.
—Sí —respondo mirándola y sonriendo de un solo lado—, pero aún nada en la carta —le digo.

La leña está puesta y comenzará a arder a fuego lento, justo como me gusta.

Sin seguro

La única forma de saber si una puerta está cerrada es tocando.
“El flaco”

—¿No vas a echar llave? —le pregunta ella, desnuda en la silla, mientras se recuesta sobre su pecho. Y él piensa, con un pucho en la mano, con la cabeza borracha de orgasmo y un poco de vino…
—Es difícil animarse, juntar valor, hacer de tripas corazón y tocar una puerta. Es difícil, quizá porque aprendimos de niños que la vergüenza está en quedarse en frente. Aprendimos como acto reflejo que, cuando uno toca una puerta en la que no lo esperan, corre, lleno de adrenalina y de miedo, que ser descubierto acababa el juego y desencadenaba en el regaño.

Quizá lo sea porque crecimos acá, porque no es lo mismo crecer viendo cómo una puerta se trancaba con dos o tres seguros de llave y dos pasadores que bloqueaban cualquier intento del afuera, porque el afuera, al parecer, es peligroso. Porque crecimos pensando que en la noche, que en la oscuridad y la calle, deambulan patasolas, madremontes, sombrereros, curas sin cabeza y lloronas. Quizá sea porque, más tarde, entrados en años, aprendimos que había balas perdidas buscando gente inocente, y gente inocente con amigos culpables, y culpables con un hambre alimentada de envidia, envidia de los tenis que no podían tener y les decían que debían tener. Teniendo rabia de las ventanillas que se suben mientras ellos se la rebuscan, de los cambios de acera al cruzarlos caminando, caminando al único destino posible en su falta de visión: violar puertas, violar sueños, violar vidas para hacerse a esos tenis, a esa ropa, a esas cadenas, a esas chimbitas, a los bolsos que les gustan a las chimbitas, a esos hombres que huelen a dinero y no a sudor de pobre como sus hombres, a los que hablan raro pero bonito.

Quizá por eso trancamos las puertas, y también por eso es difícil abrirlas.

Eso pensaba el Flaco, un poco alicorado, en la sala de su casa, mientras pensaba si debía o no cerrar la puerta. Le era extraña la idea, aunque no las razones. Y aun así meditaba, dudaba. Él también era afuera, y no quería negar su calle. En muchas casas trancarían las puertas si me vieran a mí deambulando, aunque no sea patasola, ni madremonte, ni sombrerero, ni cura sin cabeza, ni llorona, ni culpable, ni puta, ni putamierda. Aunque sea solo un poco humo y un poco alcohol. Porque nos enseñaron a temerle al afuera, al otro, a dejarlo fuera…

Soy una casa de puertas abiertas, pensaba el Flaco. No me ocupa afán de dejar por fuera a nadie. Cuesta mucho tocar una puerta como para blindarla. Aquí hay café y muebles dispuestos para atender, libros que pueden ser prestados. No necesito de una puerta para demarcar un límite. En eso soy como un gato que se deja acariciar cuando a él le da la gana. El afuera puede entrar cuando quiera. Es mi gesto íntimo hacia la posibilidad: cuando entras por mi puerta te brindo lo que soy, lo que tengo, pero nada le pertenece, sobre nada tiene derecho. Una casa de puertas abiertas que cierra solo para que no salga el gato. Soy esa casa que no se oculta del afuera, lo celebra y lo reproduce un poco, que lo protege al no salir.

No cierro con llave, no encierro con llave. Valoro las libertades propias y ajenas, mucho más a las que se renuncia por voluntad, pero desprecio a los que imponen ausencias dictatoriales, los que prohíben. Aquí dentro se está a gusto, pero puedes irte cuando quieras, cuando gustes o cuando ya no te guste ni mi café, ni mis libros, cuando sientas que no soy lo que quieres tener dentro ni adentro de tu casa o de ti…

—No, no cierro la puerta. Me gusta ser una casa de puertas abiertas —le dice mientras besa su cuello y su clavícula, mientras le pellizca las tetas—, porque tú también eres libre de irte y yo no tengo derecho alguno a encerrarte.

Tacto e instinto

Se miran, los dos se miran a los ojos, sin darse tregua; se miran los labios, se tocan las manos. Si no hubiera una mesa en medio ni gente alrededor, podría brincar sobre él y pegarme a su pecho, sentir sus manos apretándome, agarrándome las tetas y las nalgas. Podría morderle la boca y, con algo de suerte, entienda el juego y el gusto que tengo por sentir sus labios desgarrándome los míos. Si tengo suerte, puede que sea un buen amante, tal y como lo he imaginado: apasionado, de esos que me hacen perder el control, de esos que saben escuchar, de los que se dejan llevar de las ganas y entonces se gana un amante mitad animal, mitad instinto, con un tacto certero, con una hambre voraz. De esos que te lamen, te chupan, te muerden, te cargan y te besan de forma frenética, y te hacen sentir la mujer más chimba del mundo.

Se sonríen como quienes se invitan y se imitan, un espejo de deseo, de gustos compartidos. Él la escucha reírse, una risa fuerte, armónica, una risa afinada, de esas que solo produce alguien que es feliz. Eso le gusta. Ella le gusta. Sus ojos acaramelados, su piel acaramelada le confirman lo que piensa: ella es un dulcecito, un confitico, un mecatico que alegra la vida. Sus manos, sus labios, la curva de su nariz, sus colores, todo en ella le es apetecible. Sucita en él cierto descontrol. Si no tuvieran una mesa de por medio, se abalanzaría sin duda, sentiría la temperatura de su piel, pondría su mano firmemente en su garganta, sin presionarla demasiado, lo suficiente para robarle el aliento, y comenzaría a besarla, a morderla, a susurrarle al oído que le tiene ganas. La invitaría a jugar un juego: le propondría, entre gemidos y jadeos, que solo va a responder “sí” y “no” a lo que él va a irle diciendo al oído, y que él obedecerá cada respuesta, que luego nunca hablarán de esas respuestas ni de esas preguntas, y que incluirán cosas que ha hecho, cosas que quiere hacer y cosas que él quiere hacerle. Imagina cierta complicidad en ella, desea y anhela que sea de las que juega, no de las que espera. A través de la mesa la mira deseando que la química trascienda la conversación, que sea física, que sea hormonal, que sea altiva, grotesca y descarada…

Comparten un café y juegan mientras hablan, mientras se miran, mientras se sonríen. Ella deseándolo, él anhelándola, invocando en el otro ese deseo propio que une a los buenos amantes. Quieren poseerse, entregarse, quieren quererse y parecen hacerlo, quieren juntarse y parecen unidos. Disfrutan de ese juego, bajan sus cartas y se cuentan cosas, se entregan cosas. Hay algo en ellos que hace que se vean bien juntos.

El mesero los visita, les trae un par de cervezas. Charlan, toman y se miran. Aún juegan, aún se tientan. Todo hay que decirlo: son pacientes, saben esperarse. Es importante que eso ocurra, que manejen los tiempos y no caigan en ese intento de controlarse. Es mejor perderse juntos en el momento que atarse al futuro aún incierto, aún nublado. Es normal, el fuego solo es fuego cerca al origen, la temperatura es fuerte solo cuando se está presente: ahí consume, abrasa. Con un poco más de distancia es cálido y cobija, pero a la distancia es solo humo. Si se mira demasiado lejos, el fuego tiende a proponer una oscuridad asfixiante, nada alentadora, nada que provoque adentrarse. Así que hacen bien en concentrarse solo en lo que tienen en frente. Verlos tan de cerca es casi provocativo, lo hace a uno desear ser ellos, ser aún una promesa, una posibilidad, ser aún presas del tacto y del instinto, tener frente a ellos la posibilidad de conocerse y disfrutarse. No son su pasado, y son lo suficientemente cautos para no caer en la trampa de prenderse de una imagen del futuro difusa. Son y están ahí, no se han hecho daño, no se han dejado a un lado, se nota que aún tienen muchas primeras veces por delante.

Se levantan, se toman de las manos y caminan. Hay cierta ternura en la imagen, y entonces ella baja su mano y le agarra el culo con tacto, él da un pequeño salto por instinto y yo en el café viéndolos partir brindo en silencio por ellos, envidiándolos, recordándo lo rico que se siente cuando a uno le pasa.

Fuera de sí

Era alta, medía con facilidad 1.75, que en Colombia y en Medellín es más que el promedio. Era delgada y tenía una piel pálida. Tendría unos 19 años quizá, o 15 si acaso, y a esa edad un hombre no sabe disimular. A ninguna edad, pero en especial a esa, es torpe hasta para controlar lo que piensa. La miraba con la quijada desencajada, perdido en ese cabello negro cortado en capas. Era un motilado que estaba de moda por un reality, un desbastado progresivo que generaba una visión de niveles de cabello, algo que muchas intentaban llevar, pero que a ella le lucía casi tan bien como a la protagonista del reality que lo había puesto de moda. Tenía, además, los labios rosados y un descaderado de esos que el 2000 imponía. Siendo justos, no era fácil mantener la boca cerrada al verla.

La ve y sabe que ella puede ver su miedo. Le divierte verlo viéndola sin poder controlarse. Lo ve y puede intuir que él no tiene la experiencia necesaria para ella. Aun así, le parece divertido acercarse, caminar directo hacia él. Lo ve y ve una presa fácil. Lo ve y ve que él no tiene oportunidad. El poder le gusta, la idea de poder doblegarlo, usarlo, le parece atractiva. Lo ve y ve que no tiene una sola oportunidad, que es frágil. Lo ve y ve que está solo, que su corazón palpita más rápido de lo que puede pensar, que está paralizado, que su boca temblará con solo responder al saludo, que tendrá que poner las palabras en su boca, que deberá guiarlo, llevarlo de la mano. Tendrá el poder. Esa idea hace que se detenga y apriete fuerte los muslos. Puede sentir las gotas escurriendo y mojando su tanga. La idea hace que lo vea diferente, que piense en él más lascivamente. Respira profundo y retoma su caminata hacia él. Sonríe, porque aunque la mira con ese deseo torpe, lo hace sin entender lo que vendrá, sin comprenderlo. Lo hace de manera instintiva, pero sin ninguna voluntad.

Él ve que se acerca. Piensa en qué decir, en cómo decirlo. Piensa en cómo se verá desnuda. Siempre que ve una mujer, piensa en cómo se verá desnuda. Es normal. En su torpeza y estupidez no tiene otra opción ni otra idea. No ve a la mujer que tiene enfrente, no puede. Ve todo lo que la agranda: ve su seguridad, su cuerpo, su boca entreabierta, sus tetas, su piel blanca, su cabello. Se atraganta, sufre. No ve a una mujer, sino la realización de la mujer. Ve todo lo que le gusta, en las medidas que sueña. Intuye la perfección debajo de la ropa. Su falta de experiencia ayuda, su falta de conocimiento lo gobierna. No sabe cómo dejar de ver, no sabe cómo volver, cómo tenerla enfrente y poder hablar. No sabe cómo disimular su erección en esa sudadera del colegio. No sabe cómo ocultar sus 16 años, su terror, sus hormonas. No es consciente de que no sabe cómo besar, cómo morder, que no tiene idea de qué se siente ni cómo se siente, ni a qué sabe. No sabe nada y ni siquiera es consciente de que ignora tantas cosas.

Ella lo mira y ve una golondrina lastimada, indefensa. Ella lo ve y piensa: por fin, un juguete, un juego. Lo ve y piensa en ella, la primera vez que el que le gustaba la miró y se le encogió el estómago. En la primera vez que sintió los dedos escalando por su abdomen, la mano firme y la presión sobre sus tetas, el movimiento circular sobre sus aureolas y la mano fuerte en su cuello. Piensa en eso y la humedad se intensifica. Lo ve tan perdido y piensa en ese momento en que los espasmos de su entrepierna apretaban la verga que por primera vez la recorría. La textura del látex, la temperatura de un pecho frente a su pecho, el sabor de la espalda que mordía al sentir que ya estaba toda dentro de su cuerpo. Recuerda su propia torpeza, su propio miedo, su propio placer. Lo recuerda y piensa: hoy te toca a ti, hoy vas a sentir que no estás dentro de vos, sino de mí. Y con eso en mente, se sienta a su lado, sonríe, se muerde el labio y, al oído, le susurra:

—No tenés ni idea de lo que te espera…

Derivas

Deambular sin rumbo, sin propósito, casi sin intención, caminar como la reacción encadenada de un paso tras otro, aislado inconsciente, desconectado, cuando pensaba Marco camina así, sin notarlo, había escrito un libro de cuentos y necesitaba en un nombre, uno potente uno certero, marco caminaba sin saberlo buscándolo, caminaba y fumaba buscando rastros en la arquitectura, en los rostros, en los rasgos, caminaba viendo el rostro de los carros, visitando por azar creía él viejos lugares, viejos besos, manoseadas, viejos polvos efímeros, viajas casas, o espacios donde habían vivido sus amantes, ex bares hoy academias de baile, masajes exóticos, ex tiendas, caminaba en la ciudad, se movía en el presente con su cuerpo, pero en su cabeza nunca era hoy, era siempre un momento tras otro, una línea temporal en la que toda su vida volvía a vivirse.

La plazotela cerca a su colegio donde tomaba vino alterado con mentas para potenciar su efecto alcohólico, los parqueaderos donde Azul apurada se había corrido la tanga para que él en un ataque de espasmos y vergüenza pudiera también hacerlo, el poste donde vomitaban, la canalización donde había probado la hierba, luego la calle de los bares donde tantas canción había gritado, donde tantos ojos se había cruzado, pensaba en esas miradas sus miradas, siempre tan distintas a las de azul, tan fría tan poco interesante, ninguna como la de Azul, al caminar visitaba fiestas, con y sin ella, niño y joven, lo de línea se desdibujaba con el recorrido, y se transformaba más en una especia de salto inconsciente y caprichoso.

Él yendo a donde Sandra una veterana cincuentona que a sus 18 le mostro que Azul aún palidecía y que en el canela de su piel madura, de su carne madura, de sus tetas maduras, de su sexo maduro, caliente e insaciable era aún muy débil para colorearle la vida como ella podía, luego la pizza italiana donde otra Sandra, esta más joven y más ingenua lo había llevado alguna vez un poco contra su voluntad a escuchar una tarde de chicas y mercurio retrógrado, aunque siempre quiso a esa Sandra nunca pudo regarle un poco de la vida que ella despreciaba, pero que siempre había estado un poco también dispuesta a probar, tenía miedo, de encontrarse y él de perderse, eran el uno para el otro, por fortuna lograron evitarse, habría sido catastrófico para ambos.

Luego él niño caminando sobre un viaducto en construcción, el jugando con agujas y basura de hospital en un despoblado… esa imagen solía recordarla de manera recurrente, 6 años, tontos e ingenuos, 6 años en medio de bolsas de suero, de soluciones, de mangueras y bolsas, de agujas, agujas sin romper, agujas afiladas, agujas quizá infectadas, agujas que habrían podido matarlo, enfermarlo diezmarlo, más de 20 o 30 posibilidades de haberse evitado el crecer y hacerse mayor, y todas habían fallado, que caprichoso puede ser el azar.

Así caminaba Marco sin rumbo y sin destino cuando pensaba, en cada una de esas caminatas y en esos recuerdos había encontrado siempre la inspiración suficiente; un olor, un color, un calor, un sabor, un dolor, un escozor, un rencor, una flor… siempre algo siempre una miga de pan desde los recuerdos para sus cuentos y hoy caminaba así, en búsqueda de un trozo más grande, del tiempo, del cuerpo, del cuero, hoy buscaba eso que delimitaba y encerraba, eso que contenía, eso que definía qué era lo que quería o tenía, sin saberlo, sin entender que lo que hacía era eso que siempre resultaba, eso que por alguna razón daba siempre un resultado, él quería, necesitaba buscaba crear un nuevo lugar para que todo existiera aunque no era consiente de estar allí, es cierto eso de que a veces lo que buscamos está justo en frente, se daba cuenta siempre al irse, Azul, Sandra, Sandra, Las agujas, siempre tantas cosas que hubieran podido hacerlo feliz, o lo habían hecho feliz, siempre algo tan simple, tan presente en medio de su ausencia, siempre un recuerdo tan próximo de convertirse en cuento, siempre su vida salvando su vida, y el simplemente caminando sin rumbo e inconsciente.

­Hola saluda ella sin lograr hacerlo volver, hola dice asomando su rostro, hola responde él y sigue ahora consiente de que camina, de que camina sin rumbo, de que camina hace mucho rato sin buscar un lugar, que caminaba en su cabeza y se frena, derivas dice, derivas, sonríe y vuelve a casa, derivas, termina de escribir las 8 letras, derivas lee y se dice a sí mismo es cuento y libro.

Culpables

Todos somos culpables hasta que se nos demuestre lo contrario, culpable de intentar, de ser y estar, culpables sin querer queriendo, culpables por egoístas y por humildes, culpables de las ausencias y las saturaciones, culpables de las decisiones y las omisiones, de las tentaciones y de los tentados.

Los amo a todos, a los culpables, a los que no les tienta la mano ni el pulso para declararse culpables, para afrontar consecuencias, los que no huyen de su sombra, ni de su miedo, ni de su tiempo, los que aceptan, los que miran a los ojos sin bajar la vista, los que se sienten, se palpan y se reconocen, nada de héroes, ni de santos, me cansan, para esos cobardes no tengo paladar.

Las personas así son interesantes casi todas, astutas casi todas, buenas amantes casi todas, esclavas de su ego, lo suficiente para querer ser complacientes y al mismo tiempo indiferentes, escucharse bien, verse bien, sentirse bien, la vanidad es un arma de doble filo porque empodera y esclaviza, porque la atención es una droga fuerte para el que la consume, quieren ser siempre jóvenes, siempre cool, no quieren perder, pero no saben estregar, desean ser vistos, notados, anotados, remarcados, pero cada vez les cuesta más sostenerse y entonces ceden a sus propios miedos, sucumben ante la necesidad, quieren mantener el poder, las riendas, el poder está solo en aceptar que delante no hay nada, nada que valga la pena, nada extraordinario, nada permanente, por el contrario, es solo lo absurdo, los profano lo inútil, aquello que se da natural y sin esfuerzo, el primer vuelo, el primer beso, el primer polvo.

Recuerdo muchas y muchos, capaces de abrirse, de destacar un segundo en el tiempo, de hacerse un lugar, de asegurarse un lugar para siempre en el camino de los culpables, los culpables de las malas decisiones, de las resacas, de las risas, las culpables de los orgasmos de los desvelos y los corazones rotos, los culpables de las mentiras, de las cínicos, los manipuladores y los desesperanzados, los vacíos y los rotos, los culpables del daño, del duelo, del pasado, de cada pasado, lo rayones en más de uno, los nombres tatuadas en la espalda, las del miedo a estar solas, las de la ingenuidad falsa, las que se aburren.

Los culpables, las culpables, si saben que son culpables, si aceptan que son culpables, valen la pena, hay que rodearse de gente capaz de reconocer que son un desastre, parte de un problema, porque algunos de ellos, pocos entre ellos y ellas cuentan con un hastío genuino, con un corazón sin fronteras ni fondo, con un pensamiento ajeno a sí mismos, y esos, son los mejores culpables, los que evocan, los que te joden, lo que tocan los huevos, los que dicen sí y qué, qué vas a hacer, porque ante esos, solo se puede despertar, y dar las gracias, porque al final, al final también nosotros somos culpables, tanto más por habernos sentido inocentes.

Menú

No sabía muy bien cuando, ni cómo, no era tonto, no tanto al menos, pero no era tan listo, no había sido una trampa, él quería su iniciativa, su deseo hecho carne, su sexo hecho humedad, estaba cansado de los juegos, Y no iba a esperar ni a dar otra oportunidad y por alguna razón sentir que no tenía nada que perder lo llevaba a ser impulsivo e irracional, por eso cuando en la segunda cerveza ella le pregunto que deseaba él no vaciló se acercó a ella y comenzó a susurrarle—A ti, pero no seducirte, ni embaucarte, no quiero ser yo el que busque, sino el encontrado, te quiero a ti sobre mí, arrodillada frente a mí, debajo de mí, te quiero sudorosa, disfónica, te quiero a vos persiguiéndome, le dijo susurrándole al oído mientras la apretaba del cuello, y al terminar de hacerlo se separó y tomó su cerveza con la fiel convicción de haber perdido, ella lo miraba tenía en sus ojos una pequeña duda, era cierto, acababa de decirle todo eso, y ahora sin inmutarse, incluso parecía que ni siquiera sin interesarse mucho en su respuesta se alejaba a tomar de su cerveza.

No tenía idea de como actuar ahora, ella venía precisamente con la idea de sorprenderlo, de coquetearle, de fingir ser seducida, quería, pero no contaba con esa idea de ser la incitadora y la ejecutora, no había juego, y lo deseaba, sentir sus manos en las tetas, en las nalgas, sus labios en la clavícula, sus dientes en el abdomen, en los muslos, sentir su aliento recorriéndole la piel, el cuello, las tetas, sentir su lengua jugando en sus pezones, esos pequeños lametazos en círculos lentos en su sexo, y esos movimientos ascendentes y decentes, de sentir sus dedos entrando en ella, los dos del medio y lentamente acariciándola contra su vientre, mientras con su lengua continúa su vaivén.

Pensarlo la humedece, lo mira con hambre y con deseo, piensa en todas las veces donde ha sido esa putica incontrolable y se muere de ganas, en los cines con falda, en los baños de los bares donde se ha arrodillado, piensa en esa calentura torpe y pobre de adolescente, en las escaleras de los edificios llegando a casa, en los taxis donde la han manoseado, en los rapiditos en la cocina mientras su papá veía televisión en el cuarto, o la mamá iba a la tienda, piensa en cuantas veces ha querido hacer y deshacer pero ha dejado todo en manos del otro y entonces nada ha sido como ella ha querido, piensa en tener el control, piensa dominar, en mandar y se excita más, piensa en las veces que amaneciendo sola en un hotel o motel no tuvo a quien llamar y piensa, hoy no cariño, hoy no me quedo con las ganas.

—No nene, dice, mientras que con la mano corre un poco su camisa, dejando entrever un bralette morado, con algunas transparencias y encajes, —ves esto le dice mientras lo señala, hace juego le dice, le muestra sus uñas, están recién hechas y las de los pies igual, huele tu mano, sientes el perfume que tengo en el cuello, es el bueno, —luego toma su bolso y lo extiende, mete tu mano, sientes eso, el terciopelo es un antifaz, y la cuerda, la sientes, el otro es un pequeño vibrador, entiendes?

Ahora ella se levantó sonriendo, y le dijo despacito al oído —Tú no estás viendo la carta, tú eres el menú y camino despacio hacia al baño, desde allí le mando una foto de lo mojada que estaba y al volver, le entregó el panti empapado…

Podía sentir el corazón palpitándole con furia, arrítmico mientras que jadeaba, el aire no parecía quedarse el tiempo suficiente, cada bocanada la dejaba sin aliento al igual que la anterior y la siguiente, fura de sí, dos segundos balbuceaba, dos segundos mientras intentaba sentarse, mientras las piernas le temblaban. —Vos, dijo por fin al recuperarse de un orgasmo intenso, vos no me hiciste mujer, pero sí una putica, y cerro los ojos por un momento.

Llega

Cuando tiene ganas de llegar, llega sin avisar, enajenada, con la mirada hecha deseo, con la entrepierna hecha fuego, golpea un poco acelerada, apretando los muslos, queriendo disimular esa descarga de electricidad, ese pequeño impulso la controla, se muerde los labios y aprieta los que no puede toca la puerta de nuevo, una botella de vino en la mano.

Al tocar presiento, siento, como toda presa a su predador, algo en el aire te hace sentir parte de algo más, de una acción, uno no está ya en ese lugar sino donde el otro quiere, uno no está detrás de la puerta sino debajo de su falda, o dentro de ella, sus piernas ya no están en el piso sino alrededor de tu cintura, es como decía Benedetti, la caricia anuncia otra caricia y algo en ese ambiente, en esa pequeña separación de los espacio enuncia que detrás hay una leona que quiere arrancarte a mordidas el sueño, el cansancio, se intuye detrás de ese pedazo de madera que ella sediente, hambrienta, un poco ebria y grotesca quiere sentarse en tu cara, acabar en tu boca, halarte del cabello mientras la besas en medio de las piernas… se siente cerca aunque no sabes qué es todo eso, que es avalancha está a punto de caerte encima.

Detrás de la puerta ella piensa, imagina, desea, anhela, planifica… intenta, al menos intenta porque su deseo de poseer, de adueñarse, de arrebatar cualquier conciencia es más grande que su capacidad de concentrarse, está mojada, empapada, siente las gotas asomarse, siente el ritmo de la descarga eléctrica aumentar, quiere sentir sus manos fuertes en su cuello, halarle el cabello, desea, desea, desea, no piensa, no sueña, se ruboriza, se huele, huele a sexo, sabe que huele a sexo, baila, baila con la piernitas ansiosas, baila con la torpeza involuntaria que un niño hace fila en el baño; toma vino y la puerta se abre.

Suda sobre y jadea, se entrega, se doblega, abre las piernas, y cabalga, de frente y de espaldas, sobre la mesa, en la sala, en el piso, suda, suda y jadea, tiembla… en medio de eso a veces piensa, recuerda que hay otro, que estoy yo, y coquetea, que no solo arrebata sino que entrega, es como decía facundo, el conquistador esclavizado de conquista, ya tuvo su orgasmo y ahora quiere el mío, aumenta el ritmo y el movimiento, la fricción, susurra al oído lo que quiere, como lo quiere y dónde lo quiere, y se mueve para conseguirlo, me mira a los ojos y como diciéndome lo rico que se siente, se muerde el labio para que la vea, se agarra las tetas para que la vea, deja que la vea, porque sabe que quiero verla, que deseo verla, que puedo sentirla, probarla, tocarla, arañarla, morderla, pero quiero ver cómo lo hago, me gusta verme y verla, vernos.

Algo en eso la provoca, hay poder también en la entrega, comienza a sentirlo, a disfrutarlo y entonces el ritmo aumenta, la humedad aumenta, los gemidos aumentan, las uñas, la perspectiva cambia, arriba, abajo, de lado, arrodillada, su espalda, el ritmo se intensifica, el aire falta, los cuerpos suenan, chocan, se marcan el paso y entonces los dientes destruyen el interior de mis labios, sus dientes mi clavícula, sus uñas mis nalgas, no me deja huir, y llego…

Ella se viste, voltea hacia la cama, sonríe y se va.