En venta

Esta es la casa, dijo con un tono jovial la vendedora, y continuó —¡Vamos, vamos, por aquí, es una unidad muy bonita! Hablaba mientras movía sus manos y hacía gestos teatrales, improvisados y sobre todo innecesarios. Hans, el comprador extranjero hablaba perfectamente español, pero no se lo había dicho ya que disfrutaba mucho esa mímica histriónica que se apodera de las personas cuando hablaban con él.

—Esta es una casa acogedora, familiar, ya va a ver Mr. Jams que es hermosa, yo hasta he pensado en dejarla para mí. Hablaba siempre con ese entusiasmo vacío, caminaron por una escalera en un notable deterioro, y con paredes llenas de humedad que Hans miraba, pero no señalaba, era un observador, un naturalista, así que solo iba viéndolo todo, feliz de verlo todo.

Tocaron una puerta de metal ligero, casi una lata vacía que producía un eco desafinado debido al óxido que empezaba a dañar su resonancia. Detrás de la puerta se escuchaba una música ahogada, y tras tocar un par de veces, por fin se abrió una chica alta, con la piel brillante por el sudor, con un top marcado, los pezones parados, con una cara de excitación frustrada, ruborizada y al mismo tiempo furiosa.

La casa tenía esa calentura, ese vaho a calor, a cuerpo, muy lento pero evidentemente su acaloramiento pasó de ira a vergüenza, el incienso no podía sofocar el olor a sexo que había guardado la casa. Se abanicó sugiriendo que tenía calor y ella salió del apartamento, notablemente incómoda y el tour comenzó. —Es un apartamento muy bello Hans, mire, aquí está la sala y ella la tiene muy organizada, es muy creativa, aquí hizo un armario, y mire la pintura. Hans veía que era creativa, las fisuras y grietas las había camuflado con una pintura con un patrón irregular y si no hubiera sido él tan buen observador no las hubiera detectado. Tampoco pasó desapercibido el hecho de que en unos 5 metros de largo había una cocina, zona de ropas y secado, donde no cabían dos adultos al tiempo, fue entonces cuando la vendedora entró y como instructor de pista, de vuelo, hacía señas para indicar cada lugar, y trataba de sobre dimensionarlo. Hans dejó de mirarla, dio la espalda y caminó hacia los cuartos, eran dos espacios, solo la sala era presentable, los pasillos eran pequeños, la casa tenía cámaras, dos cuartos, los niños adormilados arreglaban sus camas, y en la alcoba principal el olor era más fuerte.

¡Pssssss Psssssss! La creatividad llegaba tarde, seguro un desodorante o talco en aerosol por fin disminuía el olor a fluidos, los niños sospecharán, se preguntaba Hans, les importará si quiera, o será esta la normalidad de todos. Había cambio de pisos en cada cuarto, las paredes estaban en mal estado, todo demasiado junto, cosa sobre cosa, pero más que un espacio pequeño es un espacio mal utilizado, no había forma de disfrutar la visita porque todo se achiquitaba en presencia de una persona, más ahora que habían dos recorriéndola.

Solo la dueña sentía vergüenza, el hombre, menor que la dueña se sentía un león en exhibición; huele a mi mujer, decía su sonrisa, huele a sus ganas, huele a esa hembra furiosa y llena de ganas. La vendedora creía que todo lo que era evidente ella podía ocultarlo y entonces hablaba, y se contoneaba tratando de distraer a Hans, y los niños no sabían que pasaba, solo que tenían sueño, era sábado, eran vacaciones, no habían entendido lo importante que era para su madre dar una buena impresión, a falta de un buen polvo, y ella sabía que todo lo había perdido, que no estaba presentable el apartamento, que tampoco lo estaban los cuartos, ni los hijos, que a ella las ganas la habían traicionado y tampoco había podido contener las ganas.

—Gracias, dijo Hans y salió sonriendo. Nadie sabía que él había viajado por primera vez, en sus palabras, a un país donde pasaban cosas. Y como no quería pagar por tours se le ocurrió una forma de conocer los barrios, los alrededores y tener una experiencia personalizada. No quería solo ver los monumentos, sino la intimidad de la ciudad, y ciudadanos, sus habitantes, sus familias, hablar con la gente, ver la gente, experimentarla y conocer los lugares desde adentro, así que después de recorrer la ciudad por google maps y elegir los sitios que quería visitar, agendó citas con agencias inmobiliarias para cada día.

Este era su primer día, este era su primer apartamento y él estaba feliz. —Esta ciudad será grandiosa, dijo en voz alta, y la vendedora sonrió, ¡Oh! Apenas empezamos Hans, ya verá los otros y le van a encantar todavía más.

Caminaron rumbo a las afueras mientras ella hacía un despliegue de movimientos pintorescos y le enseñaba los alrededores aprovechando que debían ir al auto para su segunda cita.

Cotidianos

No ha salido el sol aún, pero los relojes ya cantan, canciones favoritas, alarmas nucleares, gritos de caricaturas o silbidos de pájaros gritan para despertar a la gente, sincronizados, pero no juntos, responden orquestados desde las 4:am hasta las 7:am sin parar, sin interrumpirte, cada 10 minutos suena una tanda de alarmas. Y tras cada una comienza una carrera, las duchas son largas y también cortas, las temperaturas varían, algunos se queman otros se congelan, los desayunos van de lo práctico a lo elegante; se rompen los huevos, se sirve cereal de la manera correcta -el cereal primero- y también de la equivocada, la leche primero; están los que antes de levantarse pueden revolcarse y echarse un mañanero delicioso, aun cuando por comerse se queden sin tiempo de comer.

Después corren, al ascensor, por las escaleras, a la parada de autobús donde todos se encuentran y represan, un río de gente, un mar de gente, que, en pocos minutos, con suerte, estarán reunidos como peces en un barco de pesca, juntos, tan juntos que parecerán íntimos, sentirán el sudor del otro, el aliento del otro, a veces con gusto y en la mayoría de los casos con asco. Afuera, individuos encapsulados viajan solos y se consideran más afortunados que las sardinas enlatadas de los autobuses, los colectivos, los transportes públicos en general; sin embargo su autonomía vale, vale horas en familia, con amigos, vale un seguro, y nafta, gasolina, gas… vale oxígeno, pero no importa, lo vale, no tener una gota de sudor ajeno e indeseable corriendo por la piel, no tener que sentir un pene flácido o tieso en un bus o en un metro, lo vale, no tener que sufrir porque entre tanta gente es imposible evitar el roce de sus penes o sus tetas contra espaldas, cabezas, nucas, culos ajenos, lo vale no tener que angustiarse por ser tildado de depravado cuando tan solo se está enlatado.

Están los otros, los aventureros, forajidos que escapan de los embotellamientos, como serpientes se desplazan por los canales, los espacios, serpentean el tráfico, y se burlan de los hombres pecera en sus carros y de las sardinas en sus transportes públicos, ellos, en su afán avanzan solos hasta que llueve y entonces como pequeños peces asustados se reúnen bajo arrecifes de pavimento, bajo puentes, techos, almacenes, se reúnen y se escampan, se esconden.

Ahí puedes ver a los audaces, mojado un dedo, mojado la nalga. Y caminan, o montan sus bicicletas sin inmutarse, crustáceos y moluscos son, indiferentes a toda vicisitud, continúan su camino como animal sin predador, inmutables, viéndose tan lejos de todo como se sienten, orgullosos de una rebeldía justificada pero insignificante, y aunque intentan ser imitados, lo cierto es que su comportamiento y su credo exige tanto y da tan poco, que, en lugar de compartirse, repele.

Las luces cambian lentamente, y los peatones se atropellan entre ellos, cuando hace sol aún con más fuerza. Hormiguitas angustiadas, corren con el peso de una lupa imaginaria, de una amplificación social sobre sus hombros, sintiendo el peso de lo que demandan de ellos; tengo que ser, tengo que llegar, tengo que estar, tengo que ir. Tienen todo menos opciones o decisiones. Hormiguitas y abejitas que más que obreras se esclavizan, y luego los zánganos, otros que disfrutan más su labor, se llenan de placer en su repetición, en sus embestidas orgásmicas, en su labor reproductiva, creativos monoproductores que se excitan con su día a día polvo tras polvo, adictos, todos adictos, al tabaco, al licor, a la adrenalina, al deber cumplido y los encontrás en todas las ramas, y en todas las profesiones, las horas trascurren, rápido y lento dependiendo de cada uno. Porque solo la percepción altera el paso del tiempo.

Al final retornan, agotados todos, agobiados, desmoralizados, descremados, desindividualizados, sintiéndose un cualquiera, uno más… y antes de dormir, programan sus alarmas.

Enzimáticos

Dicen que los instintos se despiertan, y que están en el cuerpo, la mente, en el ADN esperando el estímulo adecuado. El destino entonces nos es más que una secuencia enzimática porque el valor no vendrá de los actos sino de las entrañas, el liderazgo no surgirá frente a las adversidades como se ha planteado, sino que vendrá desde una enzima que condicionará un sustrato para que libere las moléculas encargadas de accionar la idea, la acción y con ella los músculos para darle movimiento. No será valiente quien tenga la oportunidad de serlo, sino la cantidad de azúcar justa en la sangre.

El destino no está escrito en el futuro, sino en nuestras células, la sagacidad, los nervios, lo buen catre viene de adentro. Así que, si buscan la verdad de sí mismos, más que una carta astral se necesita desarrollar un análisis que permita encontrar los patrones internos, las constelaciones glaseadas de nuestras partículas. Por supuesto que nada de esto le resta ni interés ni importancia a otras cosmologías, pero si aprendimos a leer patrones comportamentales debido a los ciclos astrales, ¿no estaría bien tener una carta enzimática?

Las personas al fin y al cabo nacemos perdidas, algunos piensan que, al poder transmitir conocimiento basado en experiencias de personas diferentes, civilizaciones diferentes y poder establecer o adaptarnos a comportamientos culturales, nos convierte en seres más evolucionados. Pero hay algo claro, nos hemos olvidado de entender más allá de lo práctico, el aprendizaje más allá de lo productivo, no se trata solo de enseñar a hacer zapatos, o a sumar vectores, ni a programar códigos ni mucho menos, y dios nos libre de enseñar solo cosmologías ciegas y sordas que no entienden de hechos ni razones.

Acción y reacción como credo bíblico, pero ¡venga! Semejante desfachatez tiene un límite. La acción es un impulso, un detonante y no me interesa solo registrar el resultado, sino comprender la cadena de factores que condicionan los tiempos. Si vamos a creer en algo que sea en el azúcar y en la armonía porque si hay algo cierto es que el animal vive en todos, que el miedo, el deseo, las ganas, el sexo, el buen sexo, el odio, el tedio y la monotonía nos habita y si no lo entendemos termina por dominarnos, buscando la solución de un problema que no comprendemos en su planteamiento, y ahí todo mal.

Por eso es necesario creer si se quiere creer, sabiendo que tan solo se está creyendo por elección, pero olvídense de las pretensiones que les hace sentirse dueños de la verdad, y peor aún, de que pueden alcanzarla. Porque hay dos tipos de hombres a los que hay que temerles, a los que están seguros de todo lo que tienen y a los que sienten que están cerca de poseerlo todo, porque esos hombres son los únicos ingenuos que suelen apartarse de lo más importante, la experiencia en sí misma, y de nada sirve el sexo sin pasión, incluso si es bueno, de nada sirve la forma sin el contenido.

Y no se trata de ser serios, únicamente serios, ni frívolos y únicamente frívolos. Sino de saber que todo al final es solo un pedacito estimulando un puntico que desencadena otro pedacito de nosotros, y que hay en todos la posibilidad de ser todo y nada, y nunca perder de vista que estamos a un estímulo de serlo.

Cuando terminó de hablar soltó una bocanada grande de humo, de un porro electrónico que pegaba delicioso. Juan la mirada alelado, lo rico que gemía, lo rico que veía, lo rico que la recordaba, y todavía estaba allí después de follar, sudadita, oliendo a un sexo provocativo y hablando de una manera en la que no podía dejar de verla.

—Vos sos una chimba de enzima, le dijo recibiéndole el porro y mordiéndole la boca.

Rastros

Cuando un carro va rápido y frena, la armonía de la velocidad se interrumpe y las llantas dejan de girar para aferrarse al suelo. Milímetro a milímetro se queman, se graban en el pavimento poroso y quedan visibles, humeantes. El ruido que provoca la fricción del derrape rasguña el silencio, y en cualquiera que lo haya escuchado, se graba estruendoso y sorpresivo; si te acercas lo suficiente esas marcas sobre el asfalto tienen también olor, caucho quemado.

La taza que sostienes en las manos tiene una línea gris que recorre de manera anecdótica los pedazos que se separaron de ella antes de volver a pegarlos. Una cicatriz que de manera curiosa la hace un poco más interesante, una pista a seguir, una historia a preguntar, mala, pero aún así una historia.

El sonido de un plato de cerámica, de una copa de cristal o un vaso de vidrio, el sonido de un carro pitando, de un lazo golpeando el piso, el llanto de un niño o de un perro, el maullido de un gato, un halo de luz, una estela de frío, una Estela, un orgasmo de Estela, un gemido de Estela, un grito de Estela, los de Lina, Laura, los ocurridos y los imaginados, las canciones, las madrugadas, los ‘salud’, y los ‘no vuelvo a beber’, los bajones, las elevadas, la salsa regándose en la cara, la risa, el picante del picante, los domingos con vos, y los domingos sin vos. Todos dejan un rastro, las palabras, y si tienes buena memoria cada palabra.

Por eso lo que vos me pedís no es cuestión de voluntad, si no de física, de metafísica, y hasta la patafísica. Esta última porque quizá sugiera que lo más importante para olvidar algo es evitar que ocurra, o inventar un recuerdo alterno que sobreescriba cada estímulo. Es decir que lo mejor para olvidar sea, quizá, en lugar de vivir un hecho traumático, recrear uno mejor. Simplemente imposible es que, TODO marca, nada desaparece, la energía se transforma, nada pasa sin hacer estragos, los daños colaterales son incontenibles, tenemos el cuerpo hecho cicatrices, pecas, lunares, dolores… recuerdos.

Que más somos sino un rostro del rastro que nos contiene, una cicatriz físico emocional que se escarifica sobre sí misma y adquiere forma, formas, de continuar. Las ciudades tienen sus edificios viejos, las calles sus huecos, y cada uno de nosotros su universo dentro, adentrico de sí mismo, y vos venís aquí, me tomas las mano, me miras a los ojos y me pedís que no recuerde los recuerdos, que me olvide de todo lo malo, como si lo malo existiera sin lo bueno, que sea selectivo en la forma en cómo te pienso, como si fuera cuestión de voluntad y no de acción, como si mía fuera la culpa por no omitir el daño, como si el pecado fuera mío en pensamiento palabra y falta de resignación. NO, NO y NO. Es por tu culpa, por tu culpa, por tu gran culpa que estamos en esto, aquí no voy yo a ganarme padrenuestros con acciones ajenas, faltaba más.

Los errores también tienen consecuencias. Aunque posen de santitos junto a sus amiguitos los atenuantes, aunque frente a las excusas quieran ponerse y levantarse las banderas del perdón. Aquí no hay perdón ni olvido, aquí no hay tregua, esto es la guerra.

Mariana miraba con una abrumada expresión. —De qué estás hablando, preguntó al fin.

De tu egoísmo, de tu falta de consciencia, de tu comodidad.

¿Qué? ¡Qué!

Que no has puesto el bizcocho del baño y por tu culpa me fui de culos en la taza.

Día de pago

María recordaba el sabor de la sangre en la boca, el mordisco que había recibido de Alberto no sólo la había inflamado, sino que la había cortado, y fluía como su propia humedad, libre y sin contención. Con él terminaba su venganza, habían sido cinco en total las humillaciones que Mario le había hecho cuando estaban casados, y había prometido cobrárselas, con intereses, por eso uno a uno, Jair, Camilo, Alex, Javier y Alberto pasaron por su cama y por sus piernas, de todos grabó videos y tomó fotografías, a todos los grabó diciendo cosas como ¡Qué imbécil Marito, perderse semejante catre!, ¡Ay mamita querida lo que se perdió Marito!, ¡Jueputa increíble que Marito te haya dejado escapar!, ¡Pobre imbécil y ahora que anda con Estela una frígida que sólo le gusta follar a oscuras y en la cama!

Jadeantes habían caído en su juego, sin saber que eran grabados, risueños habían hablado de su nueva esposa, una secretaria bonita y joven pero fría mentirosa, que se vendía como muy muy pero que no tenía ni idea de cómo usar los dotes que tenía. Así, con cada confesión María sintió su deuda saldada, su orgullo recuperado, Jair y Alex además no follaban nada mal, pero incluso ellos habían dejado su cama agotados y doloridos.

—Decile lo que quieras a todos, tus amigos van a saber que mal cogido no estabas y dos de ellos saben además lo mal cogido que estás.

Ese mismo placer que sentía María al enviarle ese mensaje lo sentía Lucecita cada noche mientras leía sobre dominación, mientras aprendía cómo convertirse en una dominatrix, mientras tomaba las medidas del cuero, y soñaba con los juguetes que iba a utilizar con Armando, su profesor de educación sexual que cada que hablaba de vírgenes la miraba, que cuando quería llamar la atención caminaba hasta su puesto y entonaba los discursos de mojigatería y morronguería apoyándose en su silla.

Y por eso cuando lo contactó a través de una aplicación de citas. Tras calentarlo y contactarlo, tras vestirlo de muñeca, depilarlo y amordazarlo usando su antifaz, tras golpear sus huevos con una fusta y hacerlo llorar como niñita, acercó a sus nalgas peludas un ariete sexual, y paseó frente a él un dildo, el mismo que le habían regalado todos en su curso, el mismo tamaño y el mismo color, pero no lo reconoció, hasta le dijo: ¡sonría para la cámara, mojigato!, y sin una gota de lubricante y máxima velocidad sintió el rencor de Lucecita tocarle dentro.

Lo mismo que cuando Ernesto fue nombrado obispo, y confesor del gobierno. Porque al fin su día llegaba, y tras 15 años de celibato, tras 15 largos años de guardar confesiones y pecados, escribía ahora su libro Un gobierno arrodillado y publicaba develando las confesiones. Transcritas de cada uno de los ministros, senadores y del presidente mismo, sus matanzas, sus adulterios, sus humillaciones, narraba el arrepentimiento inicial y luego la naturalidad gélida con la que contaban todo.

Así supo Jaime que su mujer, actriz, había estado en la alcoba presidencial. Como anestesiólogo se las arregló para ingresar al staff médico del gobierno, logrando simular una peritonitis en el presidente, y tras anestesiarlo falsamente pudo abrir, cortar, raspar y maltratar el cuerpo del presidente sin que este pudiera defenderse ni impedirlo, tuvo que sentir cómo revolvían sus vísceras, tuvo que sentir cómo era aprisionado con odio y sin esperanza alguna.

—Tranquilo presidente, no va a morirse, solo a desearlo, mucho gusto, y muchas saludes le manda Albita, considere nuestra deuda saldada, hoy es día de pago, dijo sonriente al notar que los labios del presidente no podían ya delatarlo.

He pecado

Durante el día, Daniela sentía su cuerpo como ajeno, hipotecado, una especie de desalojo que era impuesto por los deberes: debe lucir, debe decir, debe ser… la monotonía, le cambiaba la ropa, prohibidos los colores vivos, las faldas cortas, la lencería, el maquillaje. De ocho a seis reinaba el tedio y el aburrimiento, la mojigatería, nada de piel, nada de volumen, nada ceñido; la moral era modista y le cubría la desnudez, luego con sevicia le pavimentaba la piel, la piel con bloques de tela, sin encajes ni transparencias, y después de camuflarle los músculos y las grasas, un lazo terminaba por amarrarle cualquier deseo sobreviviente y le domaba el pelo.

Así recorría la ciudad, así hacía su trabajo, los mandados, invisibilizada, sin sentir ningún cuello volviéndose para verla. Y cuando regresaba al internado sentía su esqueleto maltrecho, se imaginaba como una pila de huesos; y al caer la noche ella, con la voluntad hecha ganas, con la rebeldía hecha libertad, trepaba por encima de las imposiciones y huía a la biblioteca.

Allí se ocultaba hasta pasada la hora de dormir y regresaba al lugar donde quería existir. Al ojo, al Elogio a la Madrastra, a María Font, a Justine, a Juliette, a recorrer la Educación Sentimental de la Señorita Sonia y al sonar la última de las doce campanadas de la media noche, con una sonrisa rebelde y oscura perdía su poder hasta la última cadena del pudor, y cada letra leída conjuraba en ella la sed y el hambre del cuerpo. Sentía que cada página necesitaba ser reescrita en su cuerpo y entonces brotaban esas líneas, esos contornos que el día le había negado; de sus huesos nacían los músculos, su mirada reencontraba su carne, su grasa, su cuerito y se sentía al fin llena de vida.

Recordaba la palabra pezones, y de la nada veía hinchársele el pecho sobre sus costillas, más grandes, más ricas, más suaves, más provocativas, casi moldeadas por el deseo. Y entonces, hinchados y puntiagudos, como cereza del pastel, aparecían listas las teticas que más que esculpidas parecían recién chupadas, e imaginaba el sabor que quisiera darles, dulces para que las lenguas no se cansaran nunca de lamerlos, con sabor a café para despertar las ideas, e inflados por el aliento de los gemidos anhelados.

Y al recordar otras, como entrepierna, coño, pubis, o vagina, sentía un vacío frente a la pelvis. Como si el suelo le hubiera sido arrebatado un segundo. Como un salto a gran velocidad, y se transformaba en un yacimiento, en un río de colores, en cascada. Y veía desde allí que las piernas se le formaban y alargaban y al recorrerse de arriba abajo en el reflejo de los ventanales, notaba que sus caderas se ensanchaban y que las nalgas se expandían al fin.

Recordaba también el dolor, la alegría, y cerraba los ojos mientras sentía que perdía cualquier impedimento. Las taras que le tullían la imaginación, recuperaban la movilidad, y cuando menos lo pensaba estaba enfrente de la puerta del cura. Y entonces entraba en su cruzada de rasgarle la mente, desprenderle la sotana, e incrustársele en los huesos, de desprenderlo de sus moralismos y de arrodillarse frente a él para darle el aliento de la vida. Y regalarle los espasmos más intensos, hacerlo convulsionar hasta sentir el espíritu del deseo, y cabalgarlo, montarlo hasta revivir la pasión, y librarse de todo prejuicio, y dejarse caer en cada tentación con el jugo bendito de su vientre, inclemente y lujuriosa, reclamando lo que la mañana de nuevo le desterraría, a sabiendas que el precio de su naturaleza sería de nuevo un calvario al despuntar el sol. Quizá pasarían de nuevo semanas, quizá meses, hasta que no pudiera soportarlo más de nuevo. Imaginaba sus palabras en la mañana, cuando correría aliviada y culposa para torturarlo de nuevo: perdóneme padre, porque he pecado.

Estaciones

¡¡¡Taz!!! El aire acumulado entre la rama y la corteza estalló y Sara salió de su trance, del naranjado del fuego, de ese baile de llamas, sonreía con la inocencia de encontrarse a sí misma distraída, la idea de sorprenderse y de sentirse sorprendida al mismo tiempo le parecía fascinante -yo fuera de mí, viéndome-… pensó

Sandra la escuchó reír y con la complicidad que brinda la sonrisa le preguntó, – ¿Se te arrebolaron las ideas, se incendiaron los pensamientos? – y ya con una coqueta y atrevida sonrisa se acercó para besarla, rosando su nariz en las mejillas.

-Con vos siempre, pero no es eso, no siempre es eso-, le dijo con una morisqueta en la boca. Aunque ahora que lo mencionaba era difícil dejar de imaginar sus senos debajo de esa camisa sin sostén donde sabía que sus pezones sensibles se contoneaban rozando la tela y se endurecían mientras caminaba hacia ella; era difícil no pensar en sus piernas largas, en sus labios gruesos, en esa expresión de angustia y anhelo en que transforma su rostro cuando está a punto de venirse. Era difícil no hacerlo. Y se ruborizó al darse cuenta que estaba perdida ya en su humedad, pero se aclaró la garganta, intentó recuperar el aliento y el pensamiento. -No boba, aunque qué rico vos, pero no, me dio risa estar metida en la candela, concentrada, sin estar aquí, y cuando la rama estalló pues volví y estaba aquí, viendo la candela-.

Sandra asintió, -es lindo estar de paso por uno mismo, verse desde la ventanilla, y dejarse atrás-. Le extendió la hierba empapada de su saliva, sabiendo que a Sara la prendía sentir en sus labios la humedad de su boca; así había fantaseado muchas veces antes de darle el primer beso a Sandra, cuando le recibía una pata empapada, sentía sus labios aún allí pegados y soñaba, se rió al pensarlo, -qué besito tan rico me rotás- le dijo. -Sí, justo de eso me reía, verme aquí tan de paso, tan estaciones, tan verano con vos, tan primavera cuando coqueteamos con otras, con otros con nosotras a la distancia, tan otoño cuando no nos vemos, tan invierno cuando se acabe, y mientras tanto aquí, tan estaciones de paso-.

Sara le dio una calada y la besó con el humo aún en la boca, luego tomó la pata y la puso en sus labios. Sandra la succionó con fuerza, quería arrebatársela de los dedos, que pensara en sus labios haciendo lo mismo entre sus piernas, tiró para atrás su cabeza y le dijo: -Vos sos mucho Sarita, a la mayoría la hierba los calienta, a los que no los duerme o les da un hambre que podrían comerse fácilmente la comida de la semana; pero solo a vos, solo a vos te pone a pensar al mismo tiempo en cosas que enternecen, deprimen, alegran y calientan-. Todo eso lo dijo con una voz que progresivamente iba atenuándose, reduciéndose por el humo retenido en los pulmones. Todo eso lo dijo acercándose, y al terminar, le tiró el humo desde la frente bajando sobre la nariz, la boca, el cuello, los senos, el ombligo y terminó arrodillada frente a sus piernas, -solo vos sos tanto- dijo, y le abrió el botón de los shorts, -solo vos podrías ser tanto-. Mientras que Sara con una sonrisa cómplice, de esas complicidades que el morbo, el amor, el sexo y las trabas alcahuetean levantaba sus nalgas para que Sandra le quitara con facilidad todo, incluyendo las tanguitas que le gustaban. -Próxima estación, orgasmo-, le dijo Sara, en tono de pregunta.

-Esperamos que disfrute su viaje, mantenga las ganas vivas y agárrese fuerte las tetas, estamos próximos a iniciar el recorrido, por favor siéntase libre de pedirme lo que quiera.

Librería

— ¿Otra vez estás aquí? —Preguntó al verla

—Como cada día, le respondió al viejo sin inmutarse.

— No le molestaba su presencia, a él lo divertía, era una chica delgada, no superaba los 25 años y sabía cuidar los libros, pasaba desapercibida para los clientes y había recorrido tanto sus pasillos que incluso a veces lograba ubicar libros y autores que los vendedores no recordaban, en especial aquellos a los que su trabajo no les interesaba mucho.

Se escabullía con tanta ligereza por los pasillos que ante los demás era invisible, sólo él podía seguirle el rastro, su aroma, ácido con tonos de sudor y café se alternaba según la sección que visitara y tarde o temprano  lo guiaban siempre hacia ella.

— Creo que el viejo me persigue, no hay otra explicación, cada día me encuentra de una u otra manera, hace tiempo que dejó de asustarme, pero estoy segura que siempre tiene la certeza de donde doblar, a veces me habla antes de que yo me dé cuenta que viene hacia a mí, anuncia su llegada 3 o 4 estantería atrás, eso me hace pensar que ese día me vio masturbándome en el salón de lectura.

No me molesta, pero es muy inoportuno, en especial cuando leo a Sade o a Bukowski, hay días en los que no me resisto, que no logro llegar al baño para tocarme y mi entrepierna ya está empapada, y cuando lo veo con esa cara, con ese olor a libro viejo, a hoja amarilla y reventada, quisiera que me desvistiera y me tirara contra las estanterías, que me rompiera la ropa, y usara ese viejo tomo de Los Crímenes del Amor que me prestó el primer día y lo destrozara contra mis nalgas, que golpeara los pechos y la cara con él, pero es incapaz, antes de dañar un libro el viejo preferiría morirse, supongo que mi carne no vale tanto para el viejo.

Las miradas, la forma en como sus ojos se transforman en un vacío que quiere tragarse el mundo parece ficción, tienen que ser ficción, pero no dejo de pensar que es cómplice, me mira como Lolita a su Profesor a ese viejo verde de Nabokov seguro se la pondría tiesa con solo verla entrar, con solo olerla… igual que a mí, pero el impulso siempre me llega tarde, cuando estoy a punto de abrir la boca, ella se despide y huye a un nuevo lugar.

— Es Filóloga, tiene cara de devoradora de letras, sabe mucho para no serlo, y por eso tiene tras ella, su imaginación negra y fuerte como el café, me atrae más que ese cuerpo de vidrio, que esa debilidad hecha carne. Cada día que la veo es igual.

Justo le da por llegar ahora, hace 20 años la hubiera hecho pagar por cada una de sus indiscreciones, como ese día en el que podría jurar que estaba tocándose en la sala de lectura, pero mi corazón no anda muy bien y el doctor me tiene prohibido alterarme, cada consulta siempre me repite: 

—No entiendo como un librero puede mantener la presión tan elevada, te va a reventar una vena en cualquier momento Cristóbal

El matasanos, es tan estúpido que sigue creyendo que es por la alimentación y la dieta a la que me tienen sometido es casi tan tortuosa como verla caminar.

— No se imagina, nadie se imagina que desde que ese viejo me indicó donde estaba el Libro del Marqués me he vuelto un espasmo, un orgasmo caminante, las palabras del libro caminan en mi cerebro y estimulan mi cuerpo como nadie lo ha hecho, como nadie nunca lo ha hecho, esta puta virginidad que nadie se atreve a arrancarme me lastima, me quema y todos parecen esconderse tras mis gafas, apartarse de mi vista y mis deseos.

Estaba seguro que en el incidente de la sala de lectura bastaría para hacerle saber de mis intenciones, pero el viejo está acabado, seguro ya no puede mantener una erección o lanzar una mirada lasciva y no curiosa, una lástima sin duda, porque un hombre que ha leído tanto ha de saber algunos trucos.

Quizá sea solo un invento mío, a lo mejor el tipo ni lo notó, quizá es incapaz de imaginarme desnuda o quizá es un maricón que disfruta rompiéndole el culo a niños quinceañeros en lugar de comerse un coño empapado. No sabría decirlo, aun así me gusta, incluso si es un viejo maricón me gustaría que él fuera el que se llevara mi última inocencia.

— La chica me tiene al borde del infarto, me han duplicado las pastillas y reducido las raciones, a la lista de prohibiciones han agregado el viagra, pero como efecto secundario de una de las nuevas pastillas no puedo bajarme la maldita verga nunca, estoy tan caliente que no puedo pararme de mi oficina en todo el día cuando llevo puesto pantalones de paño, así que para no perderla de vista he empezado a usar Jeans.

— Algo ha cambiado, el viejo debe estar entendiendo, aunque se ve ridículo en vaqueros, parece uno de esos hombres que desconoce que su edad no lo estropea ni lo aleja sino que por el contrario lo acerca a la cama de las vírgenes olvidadas, de esas que hasta para cometer una atrocidad con un anciano nos está cogiendo el pudor y la tarde, que hasta para hacer tonterías nos está dejando el tren, así que estoy dispuesta a pasar esa crisis y actitud de idiota.

— Me veo ridículo con los Jeans, cada reflejo camino al trabajo me lo asegura y lo grita a la cara, un viejo de sesenta años con zapatillas y camisa con blazer queriendo parecer un ejecutivo de 30, no puedo más, esto tiene que terminar…

¿Hará caso a mi nota, subirá la pequeña bravucona a mi oficina a sabiendas de lo que pasará cuando transite la puerta, tendrá la astucia de los libros que lee, o tendré que enfrentar sus acusaciones después, maldita sea?, estoy viejo para estos juegos pero ya solo puedo esperar.

— ¿Qué pretenderá este viejo decrépito, me echará de su librería, será tan cobarde para pedirme que no venga más, o tendré yo el valor para aprovechar la oportunidad?, supongo que todo se aclarará al pasar esa maldita puerta…

— Cuando apagaron el cigarrillo los dos estaban agotados, ambos sangraban, Cristóbal estaba seguro que si el polvo que acaba de echarse no lo mataba, lo haría su médico.

— El viejo no puede ser maricón, lo que acaba de pasar no dejaría jadeando a un maricón como ha hecho con el pobre viejo, había faltado la parte del libro, pero no porque pensara que sería incapaz, al contrario al sentir la primera nalgada sintió terror de lo que podría hacerle si tomara un libro para azotarla, el viejo era más de lo que ella había imaginado, más de lo que podía intuir.

— Había algo animal en él, un morbo alimentado por miles de fantasía, por millones de hombres y mujeres. Caminó con las piernas encalambradas en búsqueda de su ropa, todo le dolía, los moretones no podría disimularlos, se sentía machacada como un boxeador, pero la perilla no giraba…

Resonancia

—Una mujer sonríe con picardía en la barra de un bar, lame su dedo y lo aprieta con sus labios gruesos sin quitarle los ojos de encima a un hombre que está cerca de ella.

—¿Vos sos creyente cierto? —Le dice descaradamente al hombre que la miraba de reojo mientras hacía lo del dedo.

—¿Perdón?, no entiendo la pregunta, ¿a qué se debe? —Responde él que ha visto claramente toda la acción que ha hecho ella, que ha sentido como la velocidad de su circulación ha aumentado y se ha extendido por su cuerpo, e incluso le ha provocado una leve erección haciendo que deba cambiar su postura para disimularla, aprovecha para hacerlo y voltea por completo hacia ella, mientras ella con su dedo aún húmedo ponía la yema en el borde de la copa y comienza a recorrerla suavemente; mientras lo hace, provocando un pequeño sonido zumbante.

—Lo digo porque se nota —Dijo ella notando que las pupilas de él se dilataban, y que pese a tenerla en frente, los ojos de la habían visto a los ojos, luego se había concentrado en sus labios, y en su escote, y finalmente en su dedo. —Solo quien cree en algo, además de sí mismo se toma el tiempo de ver las cosas antes de hacerse a una idea.

—Ah es eso, ha visto que la miraba, discúlpeme, no era mi intención incomodarla, —dijo él, sintiéndose un poco atrapado, pensando que quizá no había sido tan cuidadoso, que quizá su erección era evidente pero aún sin entregarse y renunciar había decidido hacerle frente.

—No me molestó, para nada, respondió ella de inmediato, es solo que es lo único que me explicaría su timidez, he tenido que ser yo quien te hable, pese a que no has dejado de mirarme, estoy segura que has visto los lunares de mi pantorrilla en forma de corazón, y la cicatriz en mi tobillo, que has notado el color de la tinta subiendo hacia mis muslos y que no tengo problema en usar vestido con tenis. También que debajo de esta camiseta escotada hay un bralette que combina con el color de mis uñas, y mientras le decía todo esto, él se sonrojó, sintió que la sangre que le inundaba la entrepierna aumentaba su ritmo, y se extendía ahora también a sus orejas que ardían, y a sus mejillas ahora, totalmente enrojecidas, su respiración cambió de ritmo, sus labios se entreabrían sus manos había se aferraban a la cerveza que tenían con fuerza, como aferrándose al mundo antes de caer por completo en la fantasía de levantarla de esa silla y llevarla a otro lugar, tragó saliva lentamente, estaba en apuros y salió como pudo.

—Mucho gusto, José

—Un placer, —Y cuando terminó de decir esto se mordió el labio inferior con una sutiliza tan provocativa que pudo ver como las pupilas de José crecían, e imaginaba que también el bulto entre sus piernas lo harían, añadió y luego le dijo: María

—Es cierto maría, es cierto, me gusta creer, encuentro necesario el tener algo a lo que a ferrarse, en este momento por ejemplo puedo asegurarle que lo único que me sostiene es esta cerveza, que cuando la vi el mundo se movió un poco, pero no es una sacudida, no, le aseguro que está unos 17 o 18 centímetros más abajo, que mis pies ya no lo tocan, que cuando tragué saliva, también tragué un poco de miedo, no mucho, pero sí el suficiente para hablar, también tragué un poco de miedo, no mucho, pero sí el suficiente para hablarle, sí creo, tengo que creer porque es la solución más sencilla a lo inexplicable, la única forma en la que puedo no pensar que quizá está aquí no dispuesta sino herida, y quiero creer que es tu voluntad las que se hace, libre, completamente libre. Creo, quiero creer que incluso puedo decirle más cosas, que sí, que no té cada uno de esos detalles, menos el de la tinta de sus muslos, supongo que el tatuaje es menos visible de lo que crees, y algo más, que su piel es provocativamente blanca, lo cual siempre me ha gustado, porque creo que resalta mucho más el color de los labios de las mujeres, que contrasta muy bien con pelo y el vello.

—Ahora era María la que tragaba saliva, y se animó a decir —Tengo una teoría José, los cuerpos, las almas son como emisoras, hay que tocarlas para sintonizarlas, y cuando funciona, resuenan, como esta copa, al contacto con mi mano.

—José la miro, se acerco a su oído y le dijo, qué curioso, tengo el presentimiento que, si me lamo mi dedo, y repitiera el movimiento que estás haciendo sobre esa copa en tí María, también puedo hacer que vibres como el cristal…