Niñas Mimadas

Las niñas mimadas quieren sentirse un poco malas, demasiado tiempo cumpliendo las normas, demasiada calma, han escuchado a otras divertirse y ellas quieren hacerlo sin contarlo, las niñas mimadas saben hacerlo con la boca cerrada, no alardean, ni se avergüenzan, saben que el hecho de que sea secreto tiene algo de gracia, de juego, quien grita, quien vocifera a cualquier lugar lo que hace no siente placer en lo que hace sino en el cumplido  del que lo escucha, no disfruta su obra sino el reconocimiento de la misma, eso lo saben bien las niñas mimadas, las princesas de mamá y papá, esas a las que nunca les han negado nada, pero de alguna manera comprendieron siempre que no lo merecían todo.

Las niñas mimadas son sensatas, no hablo de las inseguras ni de las ingenuas, sino de aquellas que tienen en el mundo en la mirada, esas que, más que saben gobernarse y no ser gobernadas, saben distanciarse de todos, caminar en las sombras y reírse a oscuras y carcajadas.

A las niñas mimadas les gusta sentir el mundo romperse, poner el rostro contra la pared, separarlas piernas y escuchar las noticias que ve su padre en el cuarto, mientras que su novio desabrocha su correa, la niña mimada sabe gemir en un suspiro, abre la boca al ser penetrada e inclinarse un poco mientras que para las nalgas para entregarse al miedo de ser atrapada, a las niñas mimadas les gustan las escaleras, los autos, y las piscinas de noche, las fantasías no son de latex ni spandex, sino de puentes y calles.

Ellas se masturban boca abajo, con los ojos cerrados, con juguetes discretos, con historias y con recuerdos, las niñas mimadas les gusta ser nalgueadas, un poco asfixiadas y haladas del cabello cuando están en 4 arqueando hacia abajo la espalda, las niñas mimadas, saben vestirse de mujer, y salirse del papel de niña consentida, de formalidad adaptada.

Las niñas mimadas no son niñas para nada, tienen lencería de colores y las uñas pintadas, los labios rojos y la boca afilada, muerden clavículas arañan pechos y dan bofetadas, con la fuerza justa para incendiarte de ganas, tienen gracia, al caminar, al dormir, el hablar, tienen algo que te dan como una señal de que su lado salvaje está solo en pausa, tienen esas pequeñas acciones que denotan una sensualidad y sexualidad peligrosa, esa mirada animal, ese sigilo predador que te hace sentir presa, esa niña mimada del fondo, la médica con su 1.68, esa mulata de cara aniñada, de gesto amable, de tranquilidad aparente, es un remolino que puedo halarte de las piernas y llevarte a naufragar en su humedad en tu boca.

Julián lo sabe, y por eso traga saliva muy despacio cuando la ve preparándose para la sesión de fotos que apenas comienza, el corazón se le acelera un poco, las piernas le tiemblan, siente ese pequeño vacío en la boca del estómago al ver su piel brillando al contacto con el «spray» lubricante, el mundo se le congela, de todas las modelos que han pasado, solo ella es la niñas mimada, las demás actuaron, fáciles de descubrir, impostadas, en ella es natural, se siente natural, el deseo que evoca, no es el mismo que las demás, cuando ellas trataban de verse consentidas de mil maneras, a ella solo le bastaba decir hola para extender su trampa ante la lente, una niña mimada, que sabe cuando dejar de serlo.