Eclécticos modernos

Mi novia es bruja —dice Ricardo mientras conduce por un puente oscuro—, bruja blanca, no se asuste, dice. No sabe que Antonio no se ha asustado, pero sí ha despertado; ha salido del ensimismamiento, de la trivialidad de su pregunta, de la cotidiana normalidad con la que se hacen. La respuesta lo agarra fuera de base; le gusta, le gusta salirse de sí mismo, de su cabeza; le gusta además cuando es por algo que parece sacudirlo…

La conocí en un jueguito —le dice—; era novia de otro amigo, pero él no la trataba como la trato yo, dice orgulloso. Está contento. La fe es eso: creer en lo que te hace feliz, lo deja en paz y no le dice nada, aunque piensa: qué loco está el mundo; él, un punkero anarquista al servicio de la publicidad digital en la era de la inteligencia artificial; él, un bucanero moderno enamorado de una bruja blanca; el steampunk resultó más conceptual que artístico, una pena… Su viaje ahora es ensoñación: duda de la realidad que se le presenta, de sí mismo en ella, pero está sobrio, lleva meses sobrio, espera solucionarlo pronto; albatros, ala triste, va de regreso al nido.

Un sombrero de ala ancha, de medio lado, lo recibe, lo saluda, lo hace pasar; silba, pero no hay respuesta. La kakatúa violenta no ha llegado; no tarda en llegar, en asomar el pico colorido, en alegrar el cuarto. Es siempre así: bohemio, colorido, jazz, humo, güisqui. Cuando entra se saludan, se abrazan, se reconfortan; menos mal está este en el mundo, piensa; menos mal no han dejado de agitar las alas los que tienen fuerza para volar, piensa. Ofrece una pola, promete un libro y se apoyan en las historias como un par de muletas, y se cuentan la vida, los desamores, los desaciertos; se juega con la palabra, con el tiempo, con la noche, qué noche. Quiere contarle de su viaje extraño en un corsario embrujado; no encuentra el momento. Beben, se abrazan, se enchilan, se saludan, juegan: el mundo es mejor por un rato.

“¿Hace cuánto no lloras?”, parece la pregunta, porque no deja de hablar de cómo lloró hace poco en un concierto. “¿Hace cuánto no coges?”, pregunta, porque cuenta la historia de cómo perder dos amantes con un cuento. Las respuestas no responden a preguntas; nunca se realizaron, pero las risas que generan agradecen la apertura a contarlas.

En este nido, belleza y gallardía no falta: entran, revolotean, saludan; son tan únicos en su forma de ser. Por eso la gente observa aves, piensa, pero no se los dice; piensa que sus ojos brillantes deben bastar, deben servir para decir: nunca dejen de batir las alas. Hablan de música y músicos, de películas, de teatro, de obras, de llantos; qué lindo trinan los que hablan con el corazón.

De repente, una sombra en la puerta aparece. La kakatúa sonríe:

—No es por picármelas —dice una voz aguardientosa, algo torpe y alicorada—, hermoso, te amo, tan bello, ¿oíste, pere, pues? No es por picármelas, pero yo he sido de las riquitas de este barrio; en mi casa hay camas Luis XV…

La mira y piensa: ¿qué le pasará hoy al tiempo y la ficción?, ¿por qué me da tanto hoy?, ¿por qué me sobreestimula de esta manera, cuando tiene tan poco que ofrecerles a cambio? Asimov haría algo hermoso con esto; Cortázar encontraría la forma de hacer un cuento que no te diera oportunidad en el ring, pero me lo tiran a mí enfrente. Creo que Rivas o Betancur podrían hacer algo con más calle, pero tampoco están ellos allí: está él; le va a tocar ensuciarse las manos.

—¡Una pola! —grita, tratando de contonear la cintura imaginaria que posee.

—Es ecléctica —dice.

Él asiente; piensa: hay gente poseída por la estética de las casas que habitan; en un barrio como estos eso es oro puro, creadas en la bonanza con una estética caprichosa, más parecida de lo que quisieran aceptar sus dueños a las colchas de retazos que alguna vez cubrieron sus cuerpos, o los de sus padres. Corrieron para alejarse de una pobreza económica y saltaron para zambullirse en un mar de ideas difusas; la marea los marea, y a todos quienes las navegan parece pasarles lo mismo: un vaivén de historias que casi comienzan y casi acaban; una persecución en Japón, la lavada de un baño en Malasia, la alegría de una visa casi obtenida y mancillada por un porro esotérico; el regreso sumiso y sometido; las enaguas de mamá aún abiertas ofreciendo cobijo para quienes las necesiten; y una pelea aún por aceptarse, perdida en la grandeza que una vez pareció prometerle el lugar que habitaba.

Es hora de huir, de escapar de su mirada confundida, dice Kakatúa, justo después de comprobar que en su negación de la realidad cualquier imaginación es posible: ha dicho que él es su padre; él no lo ha negado, ha entendido la sutileza de la prueba, y ella no ha dudado un solo segundo. Ante sus ojos, las alas se le acortan, la cresta se le alza, el pico se retrae, y como otra Kakatúa aparece ante sus ojos.

Cualquier realidad es mejor que la habita; hay que partir transformados. Nos montamos en un carro y recorremos un mundo ajeno del que alguna vez fuimos parte. Los perros duros no bailan, los tipos duros no cantan; por fortuna ni lo uno ni lo otro los condiciona. La noche está joven, está un poco loca; hay que brindar por los eclécticos modernos: ellos, en lo suyo, como cómplices y compinches, ellos también son parte.