Parece poco.

Es poco, no importa cómo se mire, es poco, para las posibilidades, para las esperanzas, para lo que queda, cuando algo se anhela nunca llega a tiempo y siempre se va pronto, cuando uno quiere quedarse, el reloj nunca se estira lo suficiente, el hombre quiere el paraíso y la manzana… las quimeras le son esquivas, pero siempre coquetas.

Por eso intenta vivir como puede y como quiere, no importa cuánto dinero tenga, las obsesiones atacan a todos, los límites son los que se estiran o extienden, somos lo que somos, impulso, pasión, instinto, ansiedad, nervios y furia, pensamiento… ah, eso lo jode todo, pero no para todos, hay algunos libres, no de pecado, pero sí de culpa, como me caga la felicidad de los insensatos, no me parece siquiera envidiable porque su falta de entendimiento es parte vital de ella, son felices porque no saben que lo son, creen que sufren, pero desconocen los dolores, creen que creen pero ignoran todo aquello que desafía su creencia… Así no tiene gracia, es una felicidad animal, un tránsito irreflexivo que resulta desdeñable. Pero para quienes son conscientes de su existencia, saben que solo se existe a través de la experiencia, y siempre viene bien una más.

Una noche más bajo las estrellas, una noche más desnudos y abrazados en el mueble de la sala, una tarde más, una mañana más, un anhelo más, como puede y como quiere, la vida tiene sus formas, y aunque uno intente deformarlas, forzarlas, nada las evade por completo. No es poco, pero lo parece. Después de todo, una caricia más es el saldo que tienen pendientes todos los amantes.
Adictos, a la adrenalina unos, a los libros otros, a las tardes de sol y las noches de arrunches, a los ronroneos de un gato que se frota contra la mano que lo acaricia, a los amaneceres y los atardeceres arrebolados, a los árboles florecidos y el aroma del café invasivo que va lentamente, cuarto a cuarto apoderándose de cada rincón, nada nos basta, nunca es suficiente, siempre podría ser un poco más, siempre tendría que ser un poco más, como quien decora una casa, un poco más al centro, un poco más arriba, un poco más a la derecha… siempre un poco más.

Por eso pensarlo jode, porque cuando uno lo piensa siempre quiere más, desde lo poco hasta lo imposible, quiero más que tocar su mano, más que su abrazo, más que rozar sus labios, quiero jugar, quiero ser bueno jugando, quiero que me paguen por jugar, quiero que me paguen bien por jugar, quiero el salto, el susto, el gusto, quiero ver el mar, vivir frente al mar, vivir frente al mar en una casa grande, en una casa grande con yate… la mente es tramposa, a la mente nada la alcanza y todo le parece poco.

Por eso uno cree y piensa que ha sido poco, hasta que camina con los ojos puestos en todo lo que lo rodea, y ve que todo ha cambiado, que los barrios y sus calles, que las tiendas y sus dueños, que la esquina y sus acérrimos, que la música ha cambiado, que los rostros de los carros han cambiado, que los niños que corrían con la cara sucia, el uniforme sucio y lleno de tierra, ahora corren de traje, por llegar a tiempo al bus, que están en esa edad en la que uno comenzó a pensar que a veces parece poco lo cotidiano, y entonces se da cuenta de que poco es todo.

Que cada tinto cuenta, que cada risa suma, que cada amante, cada lunes, cada salsa y cada cuento cuenta, que cada partido ganado o perdido ha valido la pena, que se volvería a hacer todo con una sonrisa, porque uno sabe que siempre todo parece poco, pero que no significa que lo sea, que el café molido en una mañana de lluvia, que la conversación que libera, que el abrazo que arropa, el arroz con huevo o la sopa de sobre hermanan, porque compartir lo poco agranda lo compartido y nada ha sido poco.

Mil palabras

La imagen es poderosa, dicen, que vale más que mil palabras repiten, repiten sin pensar cómo se dicen tantas cosas, la imagen significa, simboliza, representa, pero solo cuando está presa de una mirada activa, solo cuando que quien mira, busca, porque el que busca encuentra, los gestos ofician casi como susurros y permiten intuir contextos, identificar emociones, el lenguaje del cuerpo sujeto a la eternidad.

Sí, una buena imagen es poderosa si se tiene la perspectiva adecuada, la paciencia suficiente y el instinto del momento justo, alguien puede ver una foto y no notar lo que realmente importa, una mirada perdida, una espalda encorvada… hay espacios que no pueden llenarse en los ojos incorrectos, pasa lo mismo con los libros, un gran hombre me dijo un día, un libro puede solamente responder las preguntas que nos hemos hecho, aunque contenga mil respuestas más, si la duda no nos ha visitado, la respuesta no podrá encontrarnos, debe ser por eso que dicen que las respuestas que buscamos suelen estar dentro de nosotros, la dificultad para hallarlas es solo falta tino al cuestionarnos.

Las imágenes son iguales, no solo iguales a lo que retratan, sino iguales a los libros, en esa caso las palabras y las imágenes parecerían ser equivalentes, y aún así la reputación de unas supera a la otras, no hay comparación para la mayoría y quizá se deba a que la imagen simplifica, visibiliza las metáforas aunque engendre otras en su composición, Fibonacci, por ejemplo, establece una perfección estética imposible de aplicar a la escritura, en la imagen podría deducirse entonces que es más intuitiva, un magnetismo que puede volcarte en la imagen más fácil que en la lectura.
Puede ser también que se deba al hecho en que la imagen no se descompone ni se recrea, solo se intuye, pero en el texto la imagen se recrea, cada palabra debe ser precisa para evocarla, un hombre como descriptor carece de fuerza y de sentido único, mientras que la imagen de un hombre es clara para todos, entonces no basta con decir un hombre, hay que decir que es un en un gesto aniñado, sentado en una tarima de madera donde le cuelgan los pies, con la mirada gacha, con los hombros distendidos y con arrugas llenándole el rostro que sugieren que sonríe, aunque la imagen se potencia, aún es pobre, la sonrisa, como bien sabe Leonardo, es poderosa aunque sea sutil, es cómplice y complaciente, es sarcástica y evocativa, puede ser punzante, malvada, puede ser tan diferente una sonrisa de otra que habría que pensar mejor cómo describirla para hacerla clara en la mente, saber qué tanto achina los ojos quién sonríe, qué mira el hombre que sonríe, y qué relación puede tener el objeto con el hombre con el contexto.

Lo baña una luz azulada, su camisa es negra, su postura es ligera aunque él es a todas luces un hombre pesado, extenso y algo parece sostener entre sus manos, será eso que sostiene aquello puede hacerlo aniñarse tanto, al lado hay una copa de vino pero aún así la imagen de ese hombre no disminuido, no achicado sino enniñecido es poderosa, tiene esa fuerza devastadora que a veces tiene el silencio, esa basta intensidad que a veces tiene una idea, ese hombre en esa posición con esa copa de vino, que juega con algo entre sus manos, con su cabello recogido, con sus lentes gruesos ligeramente inclinados, con sus ojos abiertos aunque esquivos, grande y atentos, esa imagen es su idea, o quizá la mía que lo observa, se intuye algo fuerte en ese hombre, algo le pasa, algo lo atraviesa, y es difícil saber porqué pero no puedo dejar de ver la fotografía, de pensar en el hombre de la fotografía, de entender al hombre en la fotografía, soy yo ese hombre me pregunto, no soy yo acaso todos los hombres? Me respondo con otra pregunta, no somos todos un autorretrato del sufrimiento, del llanto, del dolor, de la felicidad, del orgasmo, no somos un tanto todos el mismo hombre, la misma mujer, el mismo niño, al menos en algún momento de nuestras vidas, no somos acaso tan solo un recipiente de una mirada llena que complemente nuestra existencia vacía al llenarla de sí? ¿Aumenta, crece, es poderosa la imagen y poderosa la pregunta, me alejo, un poco, solo un poco, busco otra luz, otro ángulo, busco otro hombre en ese hombre, a otro que no sea yo, se sentiría así el axolotl de Cortázar al verse en el espejo hecho hombre, o al haber visto tantos ojos negros posarse sobre él, seré yo ese axolotl hecho hombre?

Las miradas pesan, siento el peso que despierta mi interés la imagen que me interesa, puedo sentir la intriga de los intrigados por mi intriga despierta, qué mira piensan, por qué lo mira tanto, de tantas maneras, ahora ellos son también un poco yo, y eso me hermana más con el hombre que está sentado en esa tarima un poco sonriente con los ojos esquivos pero atentos al menos a eso que tiene entre sus manos.

Sería difícil retratarlo con palabras pienso, describirlo con palabras, encontrar las palabras adecuadas, las correctas, pero no dejo de pensar en ellas, en él, en mí, en los que ahora son también un poco yo viéndolo a él, algo de especial tiene la imagen que no para de llevarme a su juego a su tiempo que no parece tan lejano.

Intento irme, pero hay algo me llama de nuevo, una sensación de haber dejado algo en esa foto, pero no, no nada se queda, por el contrario, siento que quizá es que yo llevo algo conmigo que antes no tenía, el alma, le estaré robando el alma a ese hombre de la foto, a la foto, estaba acaso mi alma atrapada en la fotografía de un hombre aniñado en una tarima que mira sonriente algo que sostiene entre las manos, busco el nombre de la obra, mil palabras dice.

Cosas en común

Jose, se llamaba Jose y eso le molestaba, en primer lugar porque era agnóstico, en segundo porque para él la ortografía importaba, y llamarse Jose, sabiendo que en verdad debería haberse llamado José, le parecía una doble ofensa, uno de esos secretos que uno lleva consigo y que le pesa y lo jode, como los calvos que desprecian ser calvos, o como casi todos que odiamos el hecho de que nunca alcance para lo que queremos que alcance. Así el nombre lo jodía a él: tener uno de los nombres más comunes del mundo por culpa de un carpintero cornudo al que le trabajó la mujer una paloma, y dos, porque además debía ser José. ¿Cómo era posible que hubiera tantos notarios sin respeto por las letras en el mundo, que se llamaran notarios además y que no notaran la ausencia de una tilde? Cuando ese pensamiento aparecía, se volvía un poco loco.

Caminaba la calle un poco víctima de esa neurosis, intentando evidenciar que era diferente a los 29.946.426 Joses que estaban registrados sobre la faz de la Tierra. Una guerra desgastante y silenciosa, como casi todas las que se libran por convicciones personales de un solo hombre. Valoraba demasiado lo individual como para sentirse parte de un colectivo, y esto al final pasaba factura a la cordura.

Pero así como hallaba razones para impacientarse en cosas absurdas, encontraba también paz en ellas. Le gustaban esas pequeñas rebeldías naturales que le permitían hacer las paces consigo mismo. Ser de clase media ayudaba. Los barrios de clase media tienen un gustito a caos que es difícil de perder y de olvidar; en esos barrios aún hay suficientes niños como para que las calles no estén silenciosas, y suficientes árboles para que las aves tengan ganas de cantar. Hay también otros cantos: gatos callejeros, perros callejeros, borrachos callejeros, y una sinfonía de ollas a presión que, siempre desincronizadas, ablandan carnes, guisos, huesos, granos, y perfuman con un infaltable e indudable toque de comino la mesa de todos. Había razones para disfrutar lo cotidiano; en el barrio de clase media el presente se disfruta… sobre todo porque se está a una mala racha de perdérselo. Todo similar y diferente.

La naturaleza también le brindaba esa idea de asimetría voluntaria: los árboles filados y plantados con intención quirúrgica que crecían extendiendo las ramas buscando rayitos de sol que evadían la autoritaria intención de crecer iguales e igualados; los vuelos de bandadas de pájaros como las golondrinas, más parecidos a enjambres de zancudos o de abejas; y el gusto humano que hacía de las fachadas un popurrí de colores, materiales, revoques, de las ganas de parecer más, de ser más, de alejarse de lo poco que fueron o simplemente de seguir la corriente de lo que los une. Un espectáculo visual que le permitía pensar: así como esos, él; así como él, ellos. Ellas dando una batalla sin enemigo visible, un enfrentamiento al espejo, a veces inconsciente pero gratificante. El único lugar donde todos son felices e iguales son los aquelarres en los que se transforman las visitas de viejas chismosas que fanfarronean con relaciones perfectas inexistentes, y las iglesias donde las santurronas hipócritas alardean de familias perfectas y unidas por voluntad y por fe, aunque no sepan nada de los dolores de sus hijos ni de los miedos de sus maridos.

Toda abundancia es una carencia, por eso ser parte de la mayoría, aunque fuera de manera involuntaria, era algo que lo azuzaba de manera constante hacia los bordes de lo cotidiano y de lo absurdo. A toda costa, alejarse del centro. Por eso fumaba, pero encendía sus cigarrillos con fósforos; dudaba de todo, incluso constantemente de sí mismo. Ante cualquier comodidad aparecía la sospecha. Era necesario para evadir las trampas de la resignación, porque hay movimientos que implican vivirse más que capitalizarse. Uno no puede vivir de escribir, pero puede vivir escribiendo, incluso si escribe mal, pensaba. Ese era su único credo, y por eso su presencia a ella le resultaba tan incómoda. Por eso, cuando encontró su carta sobre la mesa con una frase le bastó:

Ya lo único que tenemos en común es que nos disgusta incluso tu nombre.

Aprender

Luzco como mi padre. Bueno, lucía como mi padre. De niño, al parecer, siempre fui un poco su fotocopia: los ojos muy grandes, las orejas también —por fortuna, al crecer han logrado disimularse y casi pasar por orejas comunes—, la nariz aporriada como la punta de un zapato trompón, y las manos fuertes y rápidas.

Camino como él, dicen muchos, ahora que nos hemos distanciado en rasgos. Pero fumo y bebo, cosas que a él nunca se le dieron bien. Quizá un poco para guardar las distancias. No es fácil vivir a la sombra, mucho menos ser la sombra de alguien. Pero nunca hice nada de manera consciente para alejarme: me gustaban otras cosas, y cuando coincidimos en gustos nos distanciamos en las aproximaciones.

A él el boxeo le gustaba dentro del ring; a mí, un poco más afuera. Su jab era infalible, mi gancho demoledor. A él le gustaba ablandar pómulos; a mí, costillas. En el fútbol le iba a los recuerdos de su infancia; yo, al presente de la mía. Pero los dos al paladar negro: él a los recuerdos del ballet, y yo a la maña y saña de los puros criollos. A él “Samba pa ti”, de Carlos Santana; a mí, “La Balsa”, de Los Gatos. Me alejé lo suficiente para no ser su sombra, pero me quedé cerca, lo suficiente para ser como esa otra sombra difusa que proyectan las botellas cuando están llenas de agua.

Tengo el cabello de mi madre, un poco ondulado y blanco como el suyo debajo de las tinturas. Un poco también su voluntad y corazón. Pero soy consciente de que eso suelen usarlo para sacar ventaja. Cuando pasa, pasa que me muerdo la boca, me reviento la boca, me sangra la boca. Ya lo dijo El Padrino: “nunca dejes que un hombre sepa lo que estás pensando”. Así que se lo impido. Le niego la alegría de verme perderme. La mirada se me torna vacía, animal de presa, presa de la ira.

De un par de amigos tengo los vicios, las letras, los juegos de palabras, la sed extraña e inagotable de alcohol y la risa casi muda y un poco atragantada. Las cortinas de humo que me salen de la boca, los abrazos sinceros, los juegos y las ganas de jugar, el gusto por matar el tiempo, por el sol en la cara y el pasto en la espalda… como estudiante el día de la primavera.

A mentir aprendí el día que me dijeron —siendo muy chico— que alguien había muerto, y, sumido en la total impotencia de sentir algo —porque desconocía quién era—, golpeé con rabia una puerta haciendo que todos aquellos que estaban allí creyeran que me importaba. La verdad era que estaba fúrico por no sentir nada parecido a su tristeza, por no poder llorar en comunión. Y como ya había aprendido que lo extraño se desprecia, y que lo extraño es no hacer lo que otros hacen, no quería que mi familia me diera la espalda. No a esa edad, por lo menos. No por no entender las acciones ni sus consecuencias.

Se vale perder, pero si uno va a perder, tiene que hacerlo en la suya: consciente y diligentemente. Perder dándose la oportunidad de ganarlo todo. Cualquier otra forma de derrota es tan amarga como hacerse rico por una herencia. Quizá es porque aprendí de mi abuelo que el trabajo es en sí mismo un triunfo, que la vida es un cruce de caminos y que ahí, andando, se arreglan las cargas.

Del Flaco aprendí a reírme de mí, a desfigurarme; del papel, a escucharme; del silencio, a gritarme. El camino sigue y sigue, y se enreda y se tuerce y se endereza. El camino se camina y se levanta la cabeza, para mirar hacia atrás y agradecer por todo lo aprendido, por los maestros que uno se cruza en el camino.

Otra ronda

Un hombre muere muchas veces, pero si lo hace por las razones correctas, el espíritu siempre renace.
El Flaco.

Pasa cada tanto, comienzo a intuirme, a encontrarme, a presentirme, a sentirme preso de una anticipación, la de que voy a sorprenderme justo a la vuelta de la esquina, que voy a encontrarme de nuevo en la tienda del Mocho extinguiendo cervezas y cigarrillos, en la isla más larga escuchando una salsa, un bolero y dejando caer la ceniza dentro de la botella; en esos días miro de reojo los charcos de la calle, el reflejo en los vidrios de los edificios y en los espejos dentro de cualquier baño y cualquier bar… con algo de suerte puedo ver qué parte de mí vuelve… qué parte perdida regresa para abrazarme, para hacer las paces conmigo, a decirme al oído: qué onda guacho, ¿cómo va?

Creo que un hombre puede dejar de creer en sí mismo o al menos en algunas versiones de sí; a veces he dejado atrás al de las revoluciones personales, a ese que no se deja domar y rehuye en silencio del confort y el poder, pero siempre vuelve. He dejado atrás varias veces al loco que piensa que vale la pena ser una causa perdida, pero de alguna manera siempre encuentra su camino y me toca un poco las pelotas: al incómodo, al perdido, al inquieto. Pero comienzo a creer que no toman más que vacaciones de mí, que se hastían —como yo de ellos— y se ausentan para volver después con nuevos cuentos.

El hombre es en sí mismo su propio templo, incluso para mí, que dejo constantemente de creer en mí. Así como mi madre necesita de las mismas misas que se repiten de forma cíclica cada ocho días, yo regreso a los libros, a los juegos, al humo, al silencio, a las ideas y los amigos. Los borrachos vuelven a los bares, los locos a las calles, los insensatos al estadio. Se necesita creer en algo, y cuando se hacen bien las cosas a uno mismo —aunque ninguno de los que vuelve, vuelva intacto—.

Se vuelve a la tierra, al barro, a la cancha, al cuadro, se vuelve siempre a donde la vida cobra otro matiz y otro sentido, donde se nota más el pulso. Se despierta de esos largos comas donde puede meterte la idea de haber crecido, de haber madurado, de haber cambiado. Se vuelve y se recupera ese tufito alcoholizado, ese aroma de profesor de filosofía, esa fiebre constante al perseguir un par de piernas, a las ganas, a la Plaza Cortázar, a pedir shots de Bukowski, a colgarse como un espantapájaros de Girondo y a elevar la mirada buscando las que vuelan.

El corazón se acelera cuando pasa, la fuerza se recupera. Se siente bien volver a lo que fue la casa, a la que permitió construirse en un hogar. Se vuelve a crear y a creer en viejos ideales, que por alguna razón envejecen con gracia, no de esos que envejecen con espumas y colores ocres. No, es más como que estás a punto de levantarte de una silla, algo cruje, algo de pintura del alma se rompe y allí hay un corroído exquisito de falsas expectativas, de futuros inconclusos. Y para otros, que podrían no racionalizarlo mucho, pasan desapercibidos y se asustan al verse de frente, frente a cosas que se creían superadas. Pero yo los escucho quebrarse, los veo recuperar un poco el control de las articulaciones, de las papilas gustativas, de las emociones, del dolor de espalda, de la paz en medio de la nada: el hastío como colonia, el tedio como religión…

Y canta como cantaba Mercedes:

Uno se despide insensiblemente de pequeñas cosas,
Lo mismo que un árbol que en tiempo de otoño se queda sin hojas,
Al fin la tristeza es la muerte lenta de las simples cosas,
Esas cosas simples que quedan doliendo en el corazón.

Pero el dolor pasa y se sonríe, nostálgico, recordando poemas escritos hace 10 o 20 años, propuestas indecentes y sueños apáticos. Y entonces uno sigue cantando:

Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida,
Y entonces comprende cómo están de ausentes las cosas queridas,
Por eso, muchacho, no partas ahora soñando el regreso,
Que el amor es simple y a las cosas simples las devora el tiempo…

Y uno camina con la cabeza baja en signo de respeto, recorre sus templos, sus juegos, sus tiempos, toma su lugar y su cuerpo, se sirve un poco de disculpas, escarcha de fracasos un vaso y agrega un poco de rabias, otro poco de tristezas, y extiende su brazo mientras brinda. Porque para los necios, siempre hay dos tazas, dos botellas, dos puchos… otra ronda lista de lamentos.


Pasa la página

2024; Si fuera un boleto de lotería, pensé, no lo hubiera comprado. No es un número bello, no me despierta nada. No tiene la magia del 87 ni la del 26; le falta la simpleza del 07. Por fortuna, no era un boleto de lotería. Por fortuna, no era una opción. La suerte estaba hecha, los dados lanzados, la ruleta girando. El 2024 iba a suceder a pesar de mi falta de afinidad numerológica con él.

Es curioso hablar del tiempo como algo relativo, cuando es una medida exacta. Las percepciones personales o las creencias no lo afectan y, sin embargo, no dejaba de pensar en lo largo que se había hecho. Había escrito poco, leído poco, dormido poco. El año fue largo, pero qué poco de mí había en él. Costaba encontrar los pasos; la imagen en el retrovisor era difusa.

Había cosas buenas, grandes, pero qué poca constancia. Un año típico, bisiesto para colmo: un día más, pero tan poco. No fue malo, aclaró su pensamiento. Fue un buen año: hubo abrazos, besos, polvos. Pero no estaba acostumbrado a tanta quietud, y menos a una quietud sin calma. No era lógico. El año había sido una puta turbulencia en un cielo tranquilo, una tormenta sin viento en medio del mar. Un año raro. No tenía la magia del 48 —el número que usaba cuando jugaba por la banda derecha— ni la gracia del 19, uno de los mejores años de su vida, ni tampoco la del 15, ese que vivió al sur. Qué raro había sido.

Pensaba eso mientras acomodaba un par de papeles, mientras escribía un par de sueños: qué dejar atrás y a qué provocar. Quería desprenderse del tedio, del cansancio. Escribía prometiéndose que el futuro se distanciara del pasado, como si no creyera que ese era solo una consecuencia del otro. Ahora que estaba viejo frente al papel, se sentía como cuando era joven y mareado frente a los espejos. Se confrontaba escribiendo, ya no bebiendo; su hígado ya no estaba para eso. No en cualquier derrota ni victoria se malgastan las resacas. Ya no son tantas, tampoco, y sonrió al pensarlo: ya no necesitaba tantas. Es cosa del tiempo, dejar de buscar mucho, apreciar lo poco, entender lo poco. Sonrió con ese pensamiento. No era nuevo, no le servía de nada, pero recordó que no era nuevo, que constantemente hacía eso: encontrar causas evidentes a problemas que ya había previsto. Qué inútil se sentía cuando veía venir la caída y no adoptaba la postura correcta para amortiguar. Sonreía porque era un poco lo suyo: dudar tanto de todo que evitaba incluso hacerse caso. Lo sabía, pensaba mientras escribía, lo sabía.

Lo sabré ahora. El 2025 tampoco era un número con el que resonara. No había nada en él que llamara su atención. Quizá tampoco tuviera mucho para él. Y el sentimiento de antes volvió: no hay mérito en la cantidad, no hay éxito en ella. Mucho, poco, no importa. Pienso mientras escribo: el 2024 no lo hubiera jugado, no lo hubiera elegido, no lo hubiera perseguido ni querido. No existe el «hubiera», porque si mi tío tuviera tetas sería mi tía. Es como en el fútbol: ganar da tres puntos por uno o por diez, y la única forma de perder es perderse. Sonrío de nuevo y bebo. Sonrío de nuevo viendo las luces a lo lejos. No me veo siempre, pero hay rastro. No es fácil de seguir, pero se nota por dónde he caminado. No he ido todo de frente, pero aquí estoy: un poco más al frente. No está mal. No todos los que deambulan están perdidos. Sigue tu nariz, pienso, y me río. Nadie le quita a uno lo leído, ni siquiera en los años donde se lee poco. Escribo, entonces, porque tampoco nadie me quita lo «escribido», ni siquiera el derecho a escribirlo mal. Sonrío mientras pienso en «escribido». Resisto el impulso de tacharlo, de corregirlo. Lo sabía, pienso. Hay cosas que simplemente no quiero evitar, ni siquiera cuando son un error.

Simplemente paso la página. Enciendo el fósforo y me pierdo viendo el azul convertirse en naranja con cresta amarilla: el olorcito a quemado, el humo, la ceniza. Simplemente otro año, otro número. Simplemente, pasar la página.

Una casualidad persistente

La vi a lo lejos y no pude evitarlo, sentí esa gravedad que me llevaba hacia ella, camine despacio tomando un poco de Jack, y cuando estuve frete a ella simplemente comencé a hablarle: Hay algunas cosas en la vida que parecen gravitar a nuestro alrededor, comportamientos, tipos de personas, vicios que atraen, llaman, tienen una afinidad que no puede negarse, sino fuera como soy diría que estamos destinados a toparlos, pero no creo en el destino, y ese es precisamente el problema, me obsesiona el funcionamiento de las cosas, no puedo dejarlo pasar, necesito saber cómo funciona algo, qué lo detona, vivo constantemente en búsqueda de patrones y opciones, y no es voluntario, no puedo, simplemente no puedo pasar por alto algunas cosas, no es natural, y cuando esa fuerza me atrae hacia algo, simplemente no puedo parar. Necesito la explicación.

No puedo negar ni demostrar el porqué, porque no es tan aleatorio como debería… no hay explicación social, filosófica o física, los argumentos flaquean y eso me rompe, me cuesta, me pesa, no puedo dejarlo pasar, no puedo, no quiero; es un poco esa ausencia de sentido que no puedo justificar; sí existen las coincidencias, pero una ausencia de sentido casual, sobre estoy hay algo más, algo que parece intencionado, causal… no es solo una casualidad, son muchas, una casualidad persistente, a eso precisamente a eso se le llama un patrón y no, no es suficiente con encontrar el resultado, no me gusta ser ligero, no puedo serlo, quiero más que estar consciente del suceso es entenderlo, la diferencia podría llegar a ser nula para los pragmáticos, pero entender algo y saber que ocurre son dos cosas muy diferentes.

Tampoco se corresponden por completo entre sí, los físicos y los economistas son la prueba de ella, gente que dice entender algunas leyes universales, planteamientos lógicos de movimientos bursátiles, teorías sobre la oferta y la demanda sobre el valor y la utilidad, gente que conoce pero que no entiende las implicaciones de nada, tienen el instinto dormido o el ego muy despierto, algo hace que pese a que conozcan la información y los datos obvien la humanidad detrás de los comportamientos, demasiadas certezas y pocas dudas, a ellos les basta la simpleza de una complejidad teórica para hacer las paces con el mundo, ciencias exactas, saben que tienen razón porque un libro les dice que tiene razón. Operativos, algorítmicos, eficientes… robóticos, a ellos les basta con decir una anomalía, una casualidad; los envidio profundamente.

Los prefiero sin embargo a los esotéricos y a los hippies hedonistas, tan desprendidos de sí mismos, tan extranjeros en el presente, tan enajenados que no pueden ver siquiera su propia sombra, van por el mundo persiguiendo experiencias que dicen hacerlos sentir vivos, pero han perdido a tal punto la noción de realidad que más que hablar de experiencias, recitan los consensos, hablan de una espiritualidad que nunca han experimentado, de una paz que nunca ven pero que siempre buscan, su propósito no es diferente al de un perro que ladra a las llantas de los carros junto a la avenida. Tienen miedo a estar solos frente al espejo, miedo de las preguntas que los mantienen despiertos en las noches, miedo a su forma y a la realidad que los soporta, intentan huir soltarse, quieren aparentar que levitan, pero la realidad es que no tienen el suelo bajo los pies.

Pero ellos tienen algo que a los pesados, que a mí me falta, la paz de la certeza, la seguridad de la ignorancia, los primeros por omisión, los segundos por temor, para lo otros, para nosotros, para mí, el mundo es más complejo por que aparte de lidiar con el mundo debo lidiar con su falta de interés por él, es como vivir en una pecera, hay quienes no notan que su universo está contenido por un cristal, lo peor de todo es que por eso son felices, hay otros que saben a qué horas llega la comida, a qué horas cambia la temperatura y nada bien con la corriente, y son felices, y están los imbéciles, como yo, los limpiavidrios que no pueden desprenderse del cristal, que saben que existe algo ahí, que sienten y lo atrapan aunque desconozcan bien de qué se trata, pero no dejan de sentir que hay algo que los atrapa, que los contiene.

Al terminar su discurso, levantó su mirada y encontró la de ella, yo sé que ahí dentro del vidrio la felicidad es posible, pero que también sé que fuera está la respuesta, que es mucho más que una coincidencia recurrente encontrarte tan cerquita y de frente.

Ella sonríe me mira a los ojos y dice: Me gusta tanto que encontrés la forma de ser romántico, me besa y susurra, feliz aniversario, yo también tengo un guion para ti, pero ese es encasa y sonríe con esa mirada pícara de quien ha encontrado en menos palabras un regalo perfecto.

Salir del túnel.

Desde pequeño, me han gustado los túneles. Eran puntos de referencia desde la ciudad; estábamos a solo un túnel de visitar a mis abuelos, a dos túneles de los primos y del campo, las vacas, los lagos de pesca, a dos túneles de amigos, frutas, olores y colores diferentes, agua de otros colores, colores de otros colores, más pálidos, más curtidos por el polvo…

Con el tiempo, aprendí a distinguirlos: estaban los que recordaba con cariño, los físicos que atraviesan montañas, y los que como raíces se esconden en las ciudades. También los temporales, los metafóricos y los espaciales; los focales, aquellos que hacen que la vida desaparezca a su alrededor, que el tiempo vuele; esos que a veces parecen eternos, perfectos, en los que más que perderte, pareces encontrarte.

Con el tango, el vino y el tinto, con el pucho, la birra y el corazón roto, entendí que hay unos demasiado oscuros, demasiado profundos; unos que atraviesan las convicciones y socavan las promesas; uno que toma lo que se pensó eterno y lo deja atrás, las amistades eternas, las ideas y los ideales. Y cuando vuelves, cuando atraviesas ese túnel y ves ese pasado, el día se va un poco a la mierda, te deja un saborcito en la boca como el que deja una tortilla quemada, solo lo malo de algo que pudo ser bueno. Exagero un poco, siempre me pasa eso cuando el túnel me lleva a esos momentos que duelen, a esas ciudades a las que sé que nunca podré volver, a esos días más felices, a esos polvos más chimbas, a esas ganas, a esas bocas, a esas otras alegrías que hoy ya ni me alegran ni me mueven, pero que me recuerdan quién fui, y también qué tan lejos estoy de donde alguna vez quise estar…

Y aun así, los túneles me siguen gustando. Incluso aquellos que duelen. Hay otros que abruman, unos que no se visitan de manera personal sino contextual, unos en los que el mundo te monta sin desearte buena suerte, uno en el que te vas sin despedirte, uno en el que te quedas solo porque alguien no llegó a la cita pactada, uno en el que sientes que te empujan a un viaje donde no quieres estar. Esos hacen daño, no solo duelen; esos rompen, no solo aprietan, y parecen eternos.

Al igual que los túneles físicos, hay señales de cuándo alguno se acerca: el tráfico se reduce, la señal de radio se pierde, la brisa se corta y se suben las ventanillas. La oscuridad te rodea y el bullicio natural se reemplaza por un zumbido constante. Afuera, el smog, la vida, los colores; adentro, una sombra, el ronroneo de un motor acondicionado, la vida misma en pausa. Atrás, un pasado pesado; adelante, un futuro incierto. Pero ahí solo estás tú, los que están contigo en ese momento, pero nada puede penetrarlo. Un accidente allí dentro es más grave. Aún así, hay quienes lo transitan en bicicleta, en moto; esa gente sonríe en las tristezas, esa gente está hecha de otra cosa. Uno no, uno va ahí como una maleta en una bodega, con el corazón embalado; a veces, el mismo túnel puede sentirse corto o infinito.

Pero al final del túnel, siempre estás tú. Al final de todo, uno siempre sonríe al verse de nuevo, colorido, al reconocerse. Y no es el ruido o el aire menos denso, no es la música ni la algarabía de la vida, ni siquiera la velocidad que vuelve a ser una opción, ni la brisa que te vuelve a despeinar al abrir las ventanas. No es la luz al final lo que hace que pase, es simplemente saber que de nuevo está todo ahí, todo presente, incluso uno mismo. Al final de cada túnel está su reflejo.

Duelo

Estoy en duelo, he perdido, he tenido que perder, tuve que irme, no poque no pudiera quedarme, sino porque ya no tenía hacia donde moverme, ese duelo duele, duele porque al irme mi presente le dice a mi pasado que su futuro no será lo que soñaba, incluso que hizo sacrificios en vano, para mí, en mi presente, son valiosos, enseñaron otras cosas, mostraron otros caminos, pero para él, es decir para mí, para mi pasado, espejismos, visiones borrosas, mi presente es su futuro fracaso.

Temo, temo profundamente que mi futuro yo deba escribir algo similar, aunque eso supongo que es algo que tienen en común, el futuro siempre hará que el pasado tenga ganas de arrepentirse, pero ya na puede hacer, otro hubiera, otro futuro abortado, otra vida no vivida, los seguros deberían asegurar sueños, pero siendo el negocio de los seguros está precisamente en asegurar a lo seguro, donde el que pierda sea el asegurado.

Lo digo con rabia, lo escribo con tristeza, lo repito en mi cabeza en la calle con una actitud triste, perdí, al final perdí, y todo lo que diga ahora para negarlo no cambia la idea con la que mi yo del pasado tomó las decisiones a su tiempo, en su presente, el objetivo era otro, perdí, aunque ahora pueda decir que mucho se ha ganado, aunque ahora el ahora responda a otras necesidades, a otros condicionales, el pasado ha perdido y un futuro ha muerto, no queda mucho de lo que pudo haber sido, incluso algunas cosas que creí eternas se han perdido en un momento…

El pasado siempre pierde, dicho de otra manera, el tiempo siempre gana, no hay planes que importen, que le importen, no hay nada tan relevante, no hay nada, no quedó nada, es lo que el tiempo tiene siempre para dar, lo que entrega siempre como un regalo, una ausencia, tenía razón Chinanski, siempre tuvo razón estarás a solas con los dioses, y ese será el regalo.

A tras se mira siempre con nostalgia, con los ojos présbicos, sin los dolores, solo con los recuerdos, el tiempo sana y anestesia, por eso al mirar atrás no nos parece tan malo, por eso se ve con cariño el dolor, se rescata lo aprendido, es fácil hacerlo cuando ya no duele, cuando se recuerdan más las risas que la soledad, cuando se piensa en los abrazos y no en la rabias, somos afortunados de poder olvidar, cuánto compadezco al pobre Funes, cuando temo a su maldición, tiene lógica que un pueblo no la tenga, es un mecanismo de defensa el olvido.

Estoy en duelo, me he perdido un poco, mi presente decepcionó al pasado y hoy aquí temo que el futuro piense lo mismo de mí, y va a pasar, es lógico que pase, pero el futuro nunca es lógico, solo cuando se mira desde el presente hay lógica en cómo se llegó a algún lado, desde aquí, desde el plan, desde el hoy, sin dar el primer paso, al menos no conscientemente, al menos no en esa dirección, desde aquí es difuso, una luz al final de una niebla que esconde caídas, giros, valles, me bato en duelo conmigo, con mis miedos, mis decepciones, y mientras lo hago comienzo a escribir.

A quien corresponda.

Agradezco la oportunidad, cada tecla duele, cada palabra duele, que la oficina esté sola duele y entonces me levanto, lloro y salgo por una puerta que crucé muchas veces y el duelo comienza, duele, duele mucho irse de los lugares donde uno ya no puede quedarse, duele el duelo de dejarse a uno, a unos sueños, a unas versiones, duele y por eso hay que irse, aunque el pasado quiera quedarse, el presente tenga pánico y haya que ir tras ese espejismo de un mejor futuro.

Antes de salir

La imagen es recurrente, la cama está hecha, sin muchas arrugas, podría decirse que está incluso bien hecha, todavía hay sol aunque ya no amarillo como lo es al nacer si no más naranja, casi rojo, así se pone él después de un día largo de trabajo, parece que se cansara de estar allí eructando ráfagas solares, no hace calor, no calienta, no hace sudar a nadie, pero no lo necesita, ahí está presente. Igual está la maleta, sobre la cama casi bien hecha, dentro de ella también hay orden, el suficiente, y queda espacio, siempre queda espacio, yo estoy parado a unos tres pasos de la cama, no puedo ver todo lo que hay dentro, pero sí que hay lugar, no parece que haya algo esperando a ser empacado y frente a esa imagen experimento un vacío tremendo, no hay angustia, pero el estómago está inquieta, las piernas cosquillean… es miedo, pero no angustia, si hay miedo está bien, si da nervios de los que hacer reír está bien, me digo en medio de la imagen tratando de convencerme, está todo bien me digo, lo malo de ser agnóstico es que muy rápido aprende uno a dudar de uno mismo, no sé si creerme.

Paseo los ojos de arriba abajo, de un lado al otro, el armario está abierto, 3 cajones ordenados y uno para el desorden como debe de ser, como el lugar donde se secan los platos, como la canasta donde se apila la ropa sucia, es muy nuestro eso de tener un lugar permitido para el desorden, una calle roja, una zona de tolerancia para las medias nonas, las pantalonetas, una que otra toalla pequeña, de esas que se usan para las manos, está en todo lado, todo casi ordenado, siempre tan cerquita del peso, siempre tan ausentes los cinco centavos, siempre la maleta vacía sobre la cama casi bien hecha, siempre el cajón del armario donde el orden no es ley.

Algo me falta, o va a faltarme, es la sensación traducida, el recado de la intuición, es casi ese: algo muy malo va a pasar en este pueblo de mamá grande al desayuno, no sé si malo, no sé si grave, pero es esa certeza anticipada, eso que ha dado nacimiento a pitonisas y brujos, esa sensibilidad casual y a veces afortunada que se interpreta como predictiva, como don de clarividencia… suerte solo suerte me repito, mala suerte la de creer que tiene uno el poder de ver con cierta precisión el futuro, que aburrida sería la vida, si algo va a matarnos que sea la duda, no la certeza, pienso, o mejor piensa ese yo que no soy yo sino mi representación en ese espacio, en ese sueño, estúpido sueño que me hace consciente de estar soñando, la cuarta pared onírica hecha trizas y la maleta intacta, casi lista sobre la cama casi bien hecha.

No viajo pronto, pero estoy tomando decisiones, no viajo pronto pero sí me muevo, me voy, y habrá despedidas, estúpida forma de decirme a mí mismo todo lo que ya me digo despierto, qué tan pesado tengo que ser para no dejarme dormir repitiéndome las mismas cosas con las que me atormento despierto, de verdad que cuando me lo propongo soy simplemente un pesado.

 También hay tristeza, la boca me sabe a tristeza, es un sueño y la tristeza tiene un sabor súper reconocible, a cáscara de fruta, la melancolía de la fruta pienso y afirmo, tenían razón los abuelos, apago el foco, después de todo soy el último en salir, y ahí queda la maleta, esperando al próximo viajero.