Cauchito

Los mejores apodos tienen historias, esta es la mía pero para entenderla habría que contar un poco más, algo así:

Ese día mientras que almuerzo frente a mí se encuentran dos personas, las conozco, somos compañeros de trabajo y amigos, hablamos de algo, un almuerzo cotidiano, sin tensiones, y de repente sus ojos se abren, las caras cambian, los rasgos se tensan y sus cuerpo se mueven un poco hacia adelante, no sabría bien expresar lo que me dicen sus gestos, es obvio que pasa algo, hay angustia, su rostro no dice, GRITA que algo ocurre, el momento pasa rápido, y por eso las palabras no se articulan, de repente el suelo sobre el que estamos se estremece, hay sonidos de platos y vasos golpeando el suelo, platos finos y pesados, vasos robustos… nada se quiebra, son golpes secos y sonoros.

Me cubro la cabeza, tengo miedo, aunque el sonido es distante, pero al instinto, la razón le habla en otro idioma. Imagino que lo que ellos ven es parecido a lo que yo veo pero diferente, mis ojos nerviosos entrecerrándose, mis manos que intentan convertirse en un escudo se cierran sobre mi cabeza, la boca torcida, patética, una imagen patética si se tiene en cuenta que mido 1.90 y peso 110 kilos no debería temer a los golpes, incluso si son inesperados.

A mi espalda dos meseros han tropezado, sus piernas han olvidado la sincronía y el espacio cerrado los ha puesto en una situación impensable; generalmente los restaurantes delimitan zonas, territorios, y como todo territorio el conflicto suele darse en las fronteras, en esos espacios donde la silla de la mesa 8 está muy cerca de la mesa 9, los meseros son recelosos con sus espacios, un solo tropezón puede costarles todas sus propinas, y arruinar su noche y dependiendo de lo que lleve en sus manos o su bandeja quizá todo su mes…

Por alguna razón la idea de cuanto dice un rostro, de que tanto narra… pienso en las veces que la cara me ha arruinado la mentira, los momentos donde el cerebro de alguien que me mira a los ojos dice: no es cierto, no se cree, no le caigo bien, sí me rompiste el corazón…

Los gestos, la gestualidad marca, un buen orgasmo, una buena noche, una decepción… todo se graba por medio de ellos.

Pasan las horas y la idea me abandona, estamos en una reunión, estoy inquieto, no tenemos todo lo que el cliente espera ver, estamos tratando de solucionarlo en caliente, como si fuéramos una puta cocina y no un estudio de arquitectos, cuando eso ocurre pierdo la capacidad de estar tranquilo, el cuerpo se mueve solo, y en medio de esa ansiedad voraz meto la mano al jean, siento las gomas de los frenos y pienso que mientras que los demás terminan esta horrible presentación debo ponérmelos antes de que terminen, engancho el canino izquierdo inferior con el incisivo superior izquierdo, uno más y todo está listo, lo tomo lo engancho en el canino derecho inferior y cuando lo estiro se suelta y sale volando, veo el rostro de todos, se descomponen, el caucho vuela, los rostros tienen una mirada de compasión premonitoria, una vergüenza entretejiéndose, una burla lastimera que me acompañará toda la vida, el caucho sigue volando y golpea al cliente justo en el ojo, su rostro desconcertado y asqueado congela el tiempo.

-Ojalá se haya cepillado cauchito, dice… el sobrenombre nunca va a olvidarse, todos contarán una historia divertida al llegar casa y yo, una humillante.

Cuentas pendientes

Mientras que espera fuma, Cristofer, siempre ha fumado, pero nunca con tanta intensidad, da una calada, luego otra, y otra, la ceniza se acumula sin romperse, es frenético, pero delicado, mira el celular, mira de nuevo, solo silencio.

Eso de esperar nunca ha sido lo suyo, apaga la colilla, y se levanta nervioso de la mesa, camina de un lado a otro, no puede quedarse quieto, se rasca la palama de la mano, la cabeza, solo cuando fuma tiene algo de control, el humo lo calma, como a las abejas.

La espera se alarga, pide una cerveza la mira como quien busca respuestas, la toma como quien encuentra una gota esperanza, fuma y toma, sus cuerdas vocales se calientan y se enfrían, eso parece ponerlo en un trance, similar a poner un tiburón panza arriba. Olvida, olvida que espera y su semblante cambia.

Ahora observa, ve a la gente pasar apurada, el sol como un reflector sobre ellos, tienen prisa, y caminan sin notar que hace un buen día, el primer día soleado en semanas pero ellos están corriendo, hacia algún lugar, no lo disfrutan ni lo aprecian, en su rostro incluso se ve el desagrado, no los culpa caminar con el sol encima es molesto, por suerte el tiene su cerveza, pide otra, saca otro cigarro, comienza a perderse en la cotidianidad ajena, a pasear a sus perros con ellos, a imaginar sus conversaciones, a adivinar sus emociones.

Se ve Jovial, ya nada lo inquieta, la mala memoria es felicidad, continúa tomando y fumando, de a pocos hace chistes, brinda con otras mesas, se entrega al momento, y olvida, olvida para que es la plata que tiene en los bolsillos, olvida a quienes espera, y el peligro que representan, olvida que la plata debe estar completa, que no hay más oportunidades, que ya no va a haber más plazos. Él brinda, brinda por la vida, porque a pesar de todo, ha sido buena con él, por sus amigos, aunque está solo, por su familia, aunque se ha alejado de ella, brinda porque cada brindis lo ata a su estado de paz, a su presente eterno, y lo aleja de ese otro presente incierto y eso lo lleva al miedo.

El alcohol no le de valor, pero le quita el miedo, y eso basta, toma, brinda, fuma, ha pasado una hora y ya no le queda un solo pensamiento sobre sus acreedores, ni sobre el pago que debe realizar, ahora le importa es que tiene los bolsillos llenos y la botella vacía, pide y el licor llega. Se levanta y va al baño esquiva el espejo, cuando bebe el espejo le habla, le recrimina, no quiere eso, nada que lo altere, sale sin lavarse las manos, enciende otro cigarro y cuando está por llegar se da cuenta; su mesa no está sola, lo esperan.

—Muchachos, concédanme un último deseo, tómense alguito —Les dice conciliador y coherente, la sobriedad le llegó de golpe, como un shot de tertulia. Se sienta, y comienza a hablar —Seamos razonables, y sensatos, ya sé que voy a morirme, no tienen nadie a quien cobrarle después de a mí, y aún tengo casi la suma que les debo, pero igual van a matarme, así que bebamos hasta alcanzar la mitad, y luego hagan lo que tengan que hacer, piénselo bien, ustedes van a cumplir con su trabajo, a recuperar parte del dinero, y además podrían mientras tanto escapar de ese sol horrible, acá en la sombra, con un par de cervezas, no les parece que una buena idea, véanlo como un último deseo de un condenado a muerte, no van a negarle su último desee a un desahuciado, eso no sería muy cristiano de su parte.

Brindemos, por mi hasta hoy buena salud, por ustedes, no, no es broma, no me mire feo, salud por ustedes, los sensatos, los, el dolor en la quijada le impide seguir hablando, el puñetazo lo deja inconsciente.

Se despierta en un sitio oscuro, amarrado y con cinta en la boca.

—Lo que me debés no es tan poco como pa que lo pagués tan barato, matarte no me da nada, con vos es como con los carros, toca desguazarte.

Mira a su alrededor y ve los recipientes llenos de hielo. Debí pedir Whiskey piensa.

La dictadura de las sábanas

Era una mujer jovial, de una risa continua y estridente, alborotada como su cabello y a todas luces encantadora, le gustaba decir que era una sorpresa constante, y en verdad lo era, incluso para ella, cada día encontraba su propio camino y a cada hora un nuevo viento para ir hacia algún lugar o hacia otro, la vida era una posibilidad irresistible, un antojo, un deseo… un arrebato, como su peinado.

De repente llega un mensaje, hace cosquillitas en la entrepierna, de la nada otro no quiero que vengás hoy a dormir, boté tu libro, se me olvidó subir el mercado, salimos de viaje a las 6… así súbitos, sin pistas, inminentes, toda su vida diurna transcurre en un movimiento imposible de predecir o seguir. Ella baila sola, la compañía le viene bien para una o dos canciones, pero después cambia el ritmo, la cadencia, los pasos, solo quiere moverse, desbordarse y entonces no hay pareja que le sirva.

Él era astuto había aprendido con el tiempo que el agua tiene un flujo que no puede controlarse, que los caudales encausados suelen matar la vida, que canalizarla sería lo mismo que perderla porque ya no habría arrollo, ni rápidos, ni cambios, nada de torbellinos ni de piscinas naturales, nada de ella, así que no procuraba cambiarla, y se sentaba a lo lejos cuando ella cambiaba el paso, ya volverá pensaba él si ha devolver se decía a si mismo. A él le gustaba pensarse como un gato, cariñoso cuando se le antojaba, pero cauteloso, cariñoso en la seguridad de la intimidad pero apenas perceptible delante de los demás, así que su relación iba bien sobretodo cuando nadie los veía.

Eran casi exiliados voluntarios, haciéndose compañía en los lugares adecuados, abrazándose, besándose, y curándose las heridas más profundas, con la fuerza justa, con el ritmo justo hasta que llegaba la noche, ahí ambos perdían la guerra contra sí mismos, ella queriendo desconectarse del mundo, apagar pantallas, aislar sonidos, él extendiendo el día, golpeando teclas, jugando y corriendo como un gato a la media noche de un lugar para otro, queriendo leer, cocinar, escuchar música o ver televisión, deseando robarle al día un poco de su vida como lo había hecho la oficina con él y entonces en ese ying y yang que en el día encontraba el equilibrio, en la noche se transformaba en la guerra, y como toda guerra tenía daños colaterales.

Platos, ollas, cenas, botellas de vino sin empezar o sin terminar volaban, cada noche peor, cada noche más oscura, más larga… al final ambos sucumbían al cansancio, y dormían, eso y el aceite de CBD que él usaba para cocinar, eso y el vino que ella tomaba siempre con la cena, eso sumado a las pastillas que ambos tomaban ya en su habitación.

Al despertar, era extraño, el sol a ella le dibujaba una sonrisa, el café a él le despertaba las ganas, follaban cada mañana hasta sacarse la rabia, se mordían, se escupían, se castigaban por su comportamiento del día anterior y al mismo tiempo se complacían a un nivel que siempre los dejaba extrañándose, su intimidad cómplice, su pacto secreto lo sellaban cada mañana viniéndose el uno sobre el otro.

Dictadores de las sábanas, se miraban, se reían, veían la cama desajustada, lejos de donde había empezado la faena, la estamos torturando, pensaban deberíamos pasarla a mejor vida… bromeaban, y cansados se alejaban el uno del otro.

Renacimiento

Cuando despertó lucía confundido, la verdad es que le pasa a todos… —Nos pasa a todos querrás decir —No, les pasa a todos, yo soy una futura presente, es decir, nací aquí concebida por futuros pasados, —Esa era la forma en cómo se referían a los hijos de quienes habían viajado en el tiempo y se reproducían allí, eran, como los mismo viajeros irregularidades, anormalidades espacio temporales, los presentistas, hombres y mujeres de la época se habían visto en la necesidad de nombrarlos y de ocuparlos en algo porque con el descubrimiento del viaje en el tiempo y su desafortunado resultado habían tenido que tomar cartas en el asunto.

25 años atrás en el 2987, Adrián, una joven promesa de las ciencias había hecho la primera abducción espacio temporal, el viaje era solo posible hacia el futuro y su tripulantes debían ser personas que habían roto su cadena espacio temporal, en otras palabras suicidas, personas que habían decidido acabar con su vida antes de tiempo, sus intenciones eran buenas y egoístas como casi todas las buenas intenciones, Adrián había quedado huérfano y él se vio obligado a crecer añorando el amor de una familia que había preferido dejar de existir, en el presente futuro, es decir en nuestro futuro y en el presente de Adrián ya no hay religiones monoteístas que condenen el suicidio, los estados tampoco se angustian por eso, la muerte se compra a cuotas, el procedimiento es costoso y muchas personas pasan 20 años trabajando reuniendo el dinero suficiente para poder costearlo.

Cada cuerpo está modificado, en el presente futuro, los cuerpo cuentan con un kit de primeros auxilios, las muertes accidentales han desaparecido, la última real registrada data de 2530, el resto se comprobó que habían sido suicidios, el caso es que con la NanoUCIS es muy difícil morirse, y los resultados de intentarlo son las deformidades, la pérdida de conciencia, y el perdón de los pecados en este nuevo tiempo, ser considerado improductivo. Cuando mis padres escaparon, apenas empezaba la década de las pandemias, el planeta alcanzaba el punto de no retorno y la economía estaba enferma, decidieron suicidarse juntos, quizá por eso sus padres habían sido salvados. El punto es que la NanoUCIS está programada para evitar más suicidas, tenemos miedo de lo que pueda hacer la máquina de Adrián en el futuro.

Pese a que muchos de los problemas que agobiaban a los suicidas en el pasado han sido erradicados en el futuro, sigue allí su miedo irracional y latente, después de 1 siglo sin ellas parece que hemos importado a través del espacio a una enfermedad, por eso existe este departamento, el departamento de dilemas.

—Di-le-más respondió el nuevo recién nacido, el nombre los tomaba por sorpresa a todos, el diálogo de Diana, no estaba ni implantado ni trabajado, sino moldeado. Después de todo ella entendía que la vida iba a un lugar mejor, que no había perdido nada, que sí, que claro, que sin dudarlo ella era hija del futuro, pero no hacía parte de él, pero eso no le impedía disfrutarlo ni tampoco se negaba al placer de la melancolía de no pertenecer, entendía ambas partes, era un sistema limpio, funcional, incluso justo, con tiempo para todos y para todo, sí, claro ella entendía, no era la primera vez en la historia que creía entender al final era el futuro el que decidía qué verdades queremos contarnos. El pasado es un fantasma poderoso, un dolor inacabable…

Bienvenido al futuro, el dilema está en que puede vivirlo o viajar de nuevo.

Tomarle gusto

Dicen que hay sabores naturales y gustos adquiridos, dicen, los que saben, los críticos, los molestos, los quisquillosos que hay cosas que aprendemos a querer a pesar de que el primer, el segundo incluso el tercer contacto no sea el mejor. Sucede con los quesos y los embutidos, con los licores, dicen los que saben dicen que el paladar simplemente no codifica bien sus matices, se abruma y la lengua colapsa, que no resiste la presión y no le queda de otra más que cerrar el apetito…

Yo he aprendido con el tiempo que a ellos pueden gustarle sus quesos putrefactos, sus jamones salados y esos licores que se sirven como bofetadas, se han acostumbrado y ahora según lo que ellos mismos dicen tienen el paladar para disfrutar de sabores que yo no sabría ni siquiera comprender.

No mienten quienes dicen eso que dicen, no puedo apreciar un queso nauseabundo, ni me interesa con qué alimentan al cerdo durante un año para probarlo, no tengo el paladar para encontrar los tonos a mora, tabaco, ni los aromas de lavanda o de zarzamora… no distingo uno del otro, pero he desarrollado otro gusto… a mí me gusta un sabor más fuerte, más abrumador, no solo te cierra el apetito, te cierra la vida si te descuidas. Me gusta ser pobre, Alex pensaba en eso mientras fumaba en su descanso detrás del restaurante donde trabajaba como mesero, había escuchado a muchos someliers hablando de vinos, había visto a muchos chef gritar como desquiciados cuando una carne no estaba del color que le gustaba, también había visto a cientos de niños y niñas lindas dejar su plato servido después de fotografiarlo, todas esas cosas lo enfermaban, Alex vivía con una gastritis punzante, que se agravaba cada vez que un episodio de esos se presentaba, el vino era vino, que importaba a la que oliera, el pollo, el cerdo, el pescado, la res, los cortes raros los desechos, los escupidos y devueltos, la comida en la basura, y su recuerdo de las noches con hambre, de sus vecinos con hambre, de su madre con hambre, la fotos preciosas, con los platos llenos que ni siquiera disfrutaban, le gustaba ser pobre pensaba mientras fumaba.

Jamás  un frívolo engreído, jamás un tonto alienado, prefería acostarse con hambre a convertirse en uno de esos tipos que botaba la comida habiendo gente que se acostaba con hambre, pensaba en su madre fingiendo que no quería cuando solo había una salchicha o un huevo y de inmediato se curaba de los sueños vacíos, de esa estupidez de querer llenarse la barriga con un vino que costaba su año de salario a sabiendas que sus vecinos se acostarían con hambre, Alex le había tomado gusto a conocer el valor de las cosas, a saber de las necesidades y conocerlas, su paladar sabía encontrar un sabor que para ellos, refinados sin entendimiento ni causa era imposible, el sabor del último plato compartido, los años que se había añejado el deseo de compartir con los suyos, el color de un guiso, aunque no tuviera más que cebolla.

Ellos no lo sabrán nunca, y no extrañarán como él los tamales de la abuela, ni los cafés con su tío, jamás sabrán el sabor que tiene un sánguche con mortadela compartido, esos bastardos no tienen el paladar, una sola prueba de mi realidad los dejaría con la guardia baja, con la boca abrumada, con las tripas hechas corazón, él lo sabía, lo había formado, tenía las vísceras para ver a la pobreza a la cara y decirle: Me gustas.

Fecha Límite

No es difícil escribir, pensó el redactor viendo el segundero correr en el reloj de pared, se siente un impostor, es uno de esos días, malos días, sabe que puede decir lo que le plazca, pero no quiere decir nada, no por voluntad propia, mira la hoja en blanco e imagina comienzos, buenos comienzos, de esos que le gustan, los personajes nacen casi desesperados, es como si ellos mismos estuvieran angustiados, quieren correr a estrellarse en cada martilleo de la máquina contra el papel, quieren estar en la explosión de la tinta, embarrarse, cumplirse, ellos quieren existir más allá de la posibilidad, pasar a ser un recuerdo, al menos una anécdota.

Pero él lee, arranca la hoja y la arruga, no siento lo que debería sentir, es basura piensa, aunque sabe que no es cierto, no del todo, sabe que hay potencial, pero odia esa palabra, esa promesa que a veces no se cumple, odia la esperanza que genera, le recuerda a él mismo, le recuerda sus buenos escritos, piensa que está lejos de su mejor versión, piensa, piensa y el tiempo sigue corriendo.

El olor a cigarrillo inunda la sala de redacción, los ceniceros llenos, de colillas, le recordaban que ya la hora normal había pasado, ahora todo era crítico, solo estaba el editor de emergencia, y la guarda, aún así él aún no terminaba.

—Ey, 20 minutos para la imprenta chico, muévete o tu columna irá vacía…

Vacía —pensó el redactor entusiasmado, vacía como mi casa mientras que yo estoy acá, vacía como mi billetera mientras pago la casa que permanece vacía mientras yo lucho contra relojes, vacía como el silencio de la imprenta mientras configuran la impresión, vacía como esta hoja enfrente mía, vacía como mi cabeza de ideas, todo está en blanco y con este pensamiento saltó de lleno a la máquina, aporreaba las teclas y los fierros entintados corrían a estamparse contra el papel.

La historia era simple, un publicista con un ataca de síndrome de traidor se sentaba frente a una pantalla como un televisor, mientras fumaba un cigarrillo electrónico, año 2022 sí 50 años en el futuro era suficiente, era el último en su despacho, las ideas no llegaban, el cliente esperaba, sus compañeros esperaban, el departamento de arte esperaba, sus gatos en casa esperaban, su cita en una mesa con una silla vacía esperaba y el esperaba una idea, una idea para escribir, para cumplir su trabajo y llenar ese televisor de pequeñas letras que pudieran vender cualquier cosa de su futuro estrambótico.

De repente tiene una idea, y escribe, escribe pantalla tras pantalla, sin perder el timo, sin perder el tino, escribe y sonríe, siente que está ganando, siente que el tiempo ha dejado de estar en su contra, escribe corriendo y seguro, escribe alegre.

De repente sucede, la entrega se realiza, sus jefes escuchan el cliente escucha, y él es el único que sonríe. —El trabajo es horrible, lo nota muy tarde, lo ve en las frentes ceñidas de sus jefes, en la desesperación de sus clientes, en el grito ahogado y cargado de quien lo escucha.

El no se detiene a esperar, sabe que la fecha ha llegado, que el dead line se ha cumplido, que no hay ahora escapatoria alguna, que para él no queda otra posibilidad, y camina derrotado hacia su casa vacía, hacia su cama vacía, hacia su vida vacía.

Se imprime justo a tiempo, la columna recibe cartas, hablan del futuro, tienen preguntas. Él sonríe.

Libros viejos

—Hablan distinto, huelen a otra cosa, incluso al tacto parecería que su papel desempeñara un mejor papel. Cuando dijo eso no puedo evitar reírse. Alirio era viejo como su nombre, viejo como sus libros y viejo como su humor, le encantaban los juegos de palabras y creía genuinamente que solo necesitaba un poco de suerte para encontrar una sonrisa, un comprador, un amigo, a sus 63 años ni siquiera descartaba el amor de su vida. Era inevitablemente optimista como todos los libreros.

La mujer a la que hablaba tenía clase, esa clase que no da el dinero, que de hecho es imposible ligar con él. Una elegancia incorruptible, demasiado sobria, bien llevada, una gracia natural de esas que no puede fingirse, se ríe del chiste, aunque es malo; sabe acercarse incluso a aquellos a quienes su don les ha sido negado.

Alirio es un hombre decente y amable, pero escupe en el piso, es rústico. Puedes sacar a un hombre del campo, pero difícilmente al campo del hombre, y Alirio es así, agreste, aunque bello, tiene esa magia rural, esa simpatía por lo desconocido, no sabe mucho de modales, pero es respetuoso. Y no sabe mucho de moda, pero sí de libros.

—Ese libro señorita, el que lleva ahí se vendió muy bien en los 70, una joya de la literatura erótica. Estuve preso cuatro veces por vender copias del mismo. No recordaba que estaba ahí, dijo señalando la pasta rosada. La sonrisa vertical se leía, La educación sentimental de la señorita Sonia.

Recordó al general Campanella, su bigote espeso, su ira golpista. Atenta contra la moral, decía el joven de 25 al golpear a Alirio de 50. —Es una vergüenza para dios su comunidad y el país, repetía mientras su uniforme se manchaba con la sangre de Alirio, ¡No tiene usted vergüenza! Es acaso usted un animal incapaz de contenerse, le preguntaba mientras llevaba perros entrenados y en celo para montar y violar homosexuales.

—Una época peligrosa para leer, dijo riendo con amargura. Había visto demasiado, incluso para alguien como él que había leído demasiado. Aproveche ahora señorita, ahora no le causará ningún problema, dijo y cerró los ojos recordando su cabello ensortijado, su quijada puntiaguda, aproveche ahora dijo dulcemente sintiendo la libertad que lo rodeaba.

—Es para una amiga, dijo ella sin inmutarse. Yo soy más de libros menos grotescos, no me escandalizan, solo me aburren, prefiero esa escena de María Font seduciendo a Arturo Belano, me gusta más Talita que la Maga, y soy más Sabrina, la adultera inocente que desconoce el real engaño que la sabelotodo que lo planea. Creo que me gusta el erotismo casual, el accidente pornográfico, pero no la película ni la obra. En estos libros todos parecen siempre saber muy bien donde va qué, yo la verdad disfruto más de la sorpresa. Dijo segura de sí misma, jovial, para nada avergonzada o molesta.

Alirio la miraba curioso. —Es un buen libro, no es tan básico, dijo. Pero yo he venido por otra cosa, dijo enseñándole un libro de cuentos infantiles rusos. Alirio se sonrojó, creyó que era madre y por alguna razón creyó que si lo fuera merecía más respeto que antes solo por ser mujer. Incluso sintió vergüenza, ¿cuántos años tiene la criatura a quien lo lleva? Preguntó avergonzado. —35, respondió de inmediato, un ñoño come libros. No se angustie, no esté tenso, nada de lo que ha dicho me ha molestado, es para mi novio, mi amante, para el inocente Arturo Belano, para complacerlo, le gustan los libros, es solo un regalo.

Alirio asintió. —Tiene buen gusto dijo mirándola a ella, los libros viejos huelen a otra cosa, incluso al tacto parecería que su papel desempeñara un mejor papel, son exquisitos, porque ya han vivido en otras manos, han sido manejados con cariño y con fuerza, saben resistir, dar y recibir, los libros viejos tienen alma. Dijo mientras los empacaba como regalo.

—Me gustan los libros viejos, capaz también y los libreros viejos, sonrió ella.

Al límite

Son las 8 de la noche y siento ganas, quiero sentirte aquí, cerquita, como un vicio te necesito, sé que es mentira, pero te quiero cerca, hago equilibrio y camino por tus deseos y los míos, sabes, no somos tan distintos, los opuestos se tocan en los bordes, y por eso vos y yo caminamos sobre la misma línea, al menos en una o dos cosas importantes.

Si lo entendieras sabrías donde conectar, pero insistes en irte al otro polo, en repelerme, no te das cuenta, pero estamos al límite, en ese borde, pero está bien, a veces pareciera que no solo caminamos en bordes diferente sino también en sentido contrario, pareciera que solo así me vieras, como esas personas que solo se ven cuando es inevitable, como el carro que solo ve una dirección e invade un carril en un giro prohibido para encontrarse de frente el karma, el destino, el castigo e impacta a un motociclista que avanza sin cometer infracciones, como esa gente que va tan pegada al celular que choca de frente con alguien que camina tranquilo conversando y tras recibir el golpe, ambos perplejos miran desconcertados a los causantes ausentes.

Al límite como los escritores que terminan sus noticias viendo en el reloj la cuenta regresiva de la imprenta consumirse, vos no lo sabés, ellos no lo saben, yo tampoco, no tengo ni idea de que estamos tan distantes porque en proximidad nos vemos frente a frente, pero los caminos tienen rumbos distintos… es como ese boxeador que va ganando por puntos, pero está a punto de perder por nocaut, vamos así sin saberlo corriendo con el sombrero en la mano para deslizarnos por debajo de la puerta, el balón en el aire rumbo al aro con el reloj en cero.

No hay otra forma de vivir pienso, no vale la pena de otra manera, pero lo cierto es que no lo creo, es tonto ser terco cuando los límites se marcan, cuando las distancias se establecen, vos y yo vamos a lugares diferentes, así que al carro le hará falta acelerar un poco más para crear la ventana de tiempo adecuada para que la moto pase sin problemas y la estrella, el reloj de la imprenta lanzará la alarma y el escritor acelerado verá partir su oportunidad de sacar primero la nota, porque una llamada para confirmar la información no llegó a tiempo, tras tres jabs consecutivos el boxeador bajará la guardia y un uper cut de derecha lo dejará inconsciente en el suelo, el balón golpeará el tablero, el aro, bailará sobre él y al final cuando todos creen que sí, la fuerza será demasiada y saldrá por el lado derecho del tablero, e Indiana Jhones no lo logra, no es la escena final, sino cualquier ensayo, uno malo, tropezaremos, o quizá no podremos agarrar el sombrero al deslizarnos, nadie dice corte, no se imprime y la escena se repite.

Al límite del entendimiento, pero aún así despiertos, enfrentamos la duda, la enfrento yo, tú no sabes qué estoy pensando, no conoces este límite, esta idea, nunca pude contártela, somo una casa tomada, ruidos y presencias nos expulsan el uno del otro, nos alejamos sintiendo la presión, es un movimiento similar a una prensa hidráulica, algo nos desplaza, algo externo creemos, pero no somos nosotros, que no nos vemos al borde, en el último extremo, al límite de nuestras decisiones, y continuamos entonces yéndonos sin saber lo que hacemos, sin entender que desde antes de empezar a notarlo fuimos siempre solo una línea paralela acercándose hasta casi tocarse.

Pero para los límites, casi no vale, tenemos límites que nos fijan a un espacio en el tiempo, y desde cerca nos vemos partir. Son las 8:15 ya no pienso en verte, ni en tenerte cerca, el gato vomita debajo de la cama.

Valores Perdidos

Por definición Francisco era un hombre sin moral. —Las leyes de otros, decía, no pueden gobernarme, mucho menos aquellas que han sido pactadas bajo una dinámica social cambiante. La moral ha permitido cosas intolerables, la moral ha permitido el racismo, el sexismo, el acoso y la opresión de los empleados, la violencia intrafamiliar y doméstica, incluso la violencia física y callejera, la moral es una ley bastarda que no defiende como piensan las señoras católicas las buenas costumbres, solo aboga por el status quo y apela a un concepto estúpido para su definición del bien; son normas dictadas por gente más temerosa de dios, pero también lo fueron dictadas y modificadas por cada hombre y mujer con miedo a perder el poco poder que tienen.

Ese era su pensamiento y por eso escupía literal y continuamente. Escupo en su moral de moda, pensaba, escupo en su moda, en sus actos benévolos, que no eran más que costumbres, en sus alegrías impuestas, en sus deberes castrantes, escupo en su silencio cómplice y en sus risas burlonas, en su principio de incertidumbre y en su miedo auto propagado como pandémica enfermedad de la que solo puede curarnos la moral.

Además, era un hombre sin moral, porque era un ladrón. No de los simpáticos y graciosos, no era filósofo ni escritor, era un ladrón recio, de vieja usanza, un hombre que robaba según su propia idea bajo la única ley posible, al que tiene mucho hay que desocuparle las manos para que pueda rascarse la nariz, un equilibrado social, uno de esos hombres que en tiempos de nómadas más que cazador sería carroñero, un hombre al que le bastan las sobras, pero solo de aquellos que tenían para sobrar.

Un ladrón ético pensaba, no un Robin Hood porque robaba solo para él, solo lo justo y necesario, y si tenía suerte, dejaba de robar por días, que el trabajo más allá de lo necesario lo consideraba también una fuente de corrupción para el hombre, y él solo tenía su credo, después de eso, era solo carne y harapos. En ninguno de sus robos había arrebatado una vida, no usaba armas, le bastaba su fuerza tosca para reducir e incapacitar a los elegidos, nunca a mujeres ni a hombres que no pudieran defenderse, nunca a ancianos ni a niños, un ladrón con honor y dignidad, pensaba.

Por eso cuando un trabajo incompleto lo llevó a prisión se indignó a rabiar. Él era un ladrón honorable y entregado a su trabajo, un hombre que, aunque detenido muchas veces jamás había sido condenado a un solo día de cárcel, sus hurtos jamás habían superado los montos punibles, él jamás había causado lesiones de gravedad ni traumas, era un fenómeno extraño, un hombre carismático y tras ser atrapado era generalmente perdonado por las personas y siempre quedaba en libertad.

Pero tuvo mala suerte, esta vez el hombre al que había asaltado había presentado cargos, un instructor de gimnasio, culturista humillado presa de la vergüenza y de sus músculos atrofiados. Lo acusó de haberlo drogado para poder vencerlo, por eso lo había sorprendido, y al agarrarlo con la guardia baja después de un día de fuerte entrenamiento, ya no le quedaban fuerzas para defenderse de un asalto a traición… el problema estuvo en que, al escuchar las razones, Francisco perdió los estribos, lo había llamado mentiroso, se había soltado de los guardias, y propinado una golpiza tan grande que tuvieron que detenerlo por lesiones por personales.

Era la primera vez que pisaba un patio de cárcel, y por lo simple de su incidente lo había llevado al patio de los estafadores y eso era lo peor que podía pasarle, durante muchas noches Francisco escuchó a estos hombres engatusar a los necesitados, a los hambrientos:

 «Sí, así es, felicitaciones, el trabajo es suyo, consigné tanta plata en tal cuenta porque es necesario pagar el curso de alturas y mañana mismo puede empezar.»

«Ha sido elegida para acompañarnos en los procesos de duelo generados por la pérdida de pacientes en el quirófano. Son solo 4 horas al día, y necesitamos que vaya a esta dirección para que le hagan sus exámenes médicos y lleve tanta plata que se los reembolsamos en la quincena.»

Francisco se paseó por los patios memorizando los rostros, las cuentas, conociéndolos. Porque era inmoral pero no era estúpido. En los patios estaba en su territorio y no podía hacer nada, pero él sabía que saldría y arreglaría las cuentas, no podía dejar que hombres tan torpes y faltos de escrúpulos se hicieran llamar ladrones, ¡Faltaba más! Durante una semana se paseó cerca de los celulares clandestinos, oyéndolos estafar y robar personas, luego, finalmente, las puertas se abrían para él.

Por tedio de continuar la demanda, el culturista había faltado a la sesión de imputación de cargos, y ahora quedaba en libertad, y tenía algo por hacer, tomó su lista negra y rastreó a los encargados de recibir el dinero. Por primera vez había usado más fuerza de la necesaria, reventado narices y bocas, por primera vez era violento, y tras cada asalto escribía una carta sin nombre a los estafadores, un reclamo airado donde les advertía que se retiraran o habría consecuencias.

En solo tres meses había dejado fuera de operación a todos los de su lista. Y él había creado cooperativa contra estafas, con la plata que les había quitado a los secuaces, y a cualquiera que podía probar que había sido asaltado en su buena fe, él le devolvía el dinero.

—Que se pierda todo, menos los valores, decía. Y cerraba las puertas de su pequeña oficina para ir a asaltar a alguien y conseguir lo suyo, porque la plata de los estafadores era solo para los estafados. Ladrón sí y a mucho honor, pensaba, pero nunca una rata estafadora.

Inoportunos

Eran las cuatro de la tarde, la ciudad estaba recalentada por el sol del día y había terminado por generar un desespero generalizado, el ambiente era molesto, el sudor inevitable y te hacía sentir sucio, además hacía mucho más desagradable de lo normal estar rodeado de personas en el transporte público y para colmo el tránsito en época de fiestas terminaba por generar un embotellamiento infernal.

Era el caldo de cultivo ideal para tener a todos al borde de un día de furia al igual que Michael Douglas o Dave Grohl en su parodia. Y después de transitar ese infierno nada bueno puede venir, así, con la esperanza vencida o acalorada entró Carlos a su casa, y al ver la luz en la contestadora palpitando supo que las malas experiencias no terminaban.

Carlos era un hombre supersticioso, su estado de ánimo nunca le pertenecía, estaba condicionado por el clima, por el tráfico, él tenía todo claro: nada es súbito, todo está encadenado aquello que nos sorprende solo demuestra la poca atención que hemos prestado a los detalles, lo egoístas que hemos sido, o lo ingenuos, quizá y a lo sumo como verdadera excusa, lo ignorantes que éramos ante la realidad, nada pasa de la noche a la mañana, TODO se está siempre desencadenando, en movimiento, y por ende en un día así, era normal que ese mensaje fueran más malas noticias.

Pensó en todo lo que podría ser, su abuelo en el hospital, la discusión con su jefe, su relación que tras una serie de malos meses se sentía fría, distante, y pese a que intentaba, no lograba sentirse de nuevo bien, la decisión de los jurados sobre su ensayo, y claro el incidente en esas breves semanas de separación en las que había despertado en medio de un hotel cerca a una zona de veraneo después de una noche en la que no recordaba nada… todo lo martirizaba hoy.

Caminó lleno de tedio y desazón hacia la pequeña luz verde que palpitaba sobre el botón reproducir y tomó aire, durante largos segundos pensó en los desenlaces, y finalmente lo presionó.

Una voz fría, impersonal y muy coherente con su día comenzó a hablar: —Buenas tardes Carlos nos estamos comunicando desde el laboratorio clínico Hematológico por favor devuelva esta llamada urgentemente.

El mensaje había terminado y el seguía allí, de pie, frío, aterrado, había olvidado que hace unos días se había hecho los chequeos de rutina, las discusiones con su novia habían empezado porque él sospechaba que lo engañaban y se había hecho exámenes de control para asegurarse que estuviera bien, había esperado con ansiedad esta llamada, pero que fuera justo hoy cuando la realizaban… palideció, no iba a ser la muerte de abuelo, ni el despido de su trabajo, tampoco iba a dejarlo ella, mucho peor, ella iba a matarlo, SIDA, Sífilis, Gonorrea pensó angustiado y lleno de ira, buscó el teléfono en el identificador de llamadas y llamó tan rápido como pudo, cada tono de espera para que contestaran le carcomía: ¡tuuuuu! ¿SIDA, Sífilis, Gonorrea?, ¡tuuuuuu! ¿Herpes, Clamidia?, podían estos identificarse por un exámen de sangre, no lo sabía, no le importaba, pero con cada repicada de ese horrible ¡tuuuuu! Carlos se moría de algo distinto ZORRA, ZORRA, ZORRA gritaba dentro de su cabeza hasta que finalmente le atendieron.

—Laboratorío Clínico Hematológico buenas tardes, en qué puedo ayudarlo.

—Hola, —dijo con la voz entrecortada, —Soy Carlos y he recibido un mensaje de ustedes pidiéndome que comunicara urgentemente.

—Déjeme buscar… Ah sí Don Carlos, buenas tardes, —Dijo una voz tan jovial que le pareció irrespetuoso, a quién se le ocurre comunicarle a un enfermo su enfermedad con una sonrisa, pero solo dijo —sí cuénteme

—Don Carlos usted está en nuestra lista de donantes frecuentes de sangre y en este momento las reservas de sangre de la ciudad están bastante bajas, y aprovechando que sus exámenes salieron muy bien, queríamos preguntarle si puede pasar a donarnos sangre antes de este viernes

—La noticia si bien era positiva, no le cayó nada bien —Le parece que bajo alguna circunstancia era necesario dejar semejante mensaje, sabe señorita lo que piensa un hombre que se ha hecho exámenes de sangre cuando recibe una voz grave, fría e impersonal con un llámenos urgentemente… es una sociópata, una cruel y malintencionada y además, tiene usted el don de los inoportunos, ah, muchas gracias.