Desde pequeño, me han gustado los túneles. Eran puntos de referencia desde la ciudad; estábamos a solo un túnel de visitar a mis abuelos, a dos túneles de los primos y del campo, las vacas, los lagos de pesca, a dos túneles de amigos, frutas, olores y colores diferentes, agua de otros colores, colores de otros colores, más pálidos, más curtidos por el polvo…
Con el tiempo, aprendí a distinguirlos: estaban los que recordaba con cariño, los físicos que atraviesan montañas, y los que como raíces se esconden en las ciudades. También los temporales, los metafóricos y los espaciales; los focales, aquellos que hacen que la vida desaparezca a su alrededor, que el tiempo vuele; esos que a veces parecen eternos, perfectos, en los que más que perderte, pareces encontrarte.
Con el tango, el vino y el tinto, con el pucho, la birra y el corazón roto, entendí que hay unos demasiado oscuros, demasiado profundos; unos que atraviesan las convicciones y socavan las promesas; uno que toma lo que se pensó eterno y lo deja atrás, las amistades eternas, las ideas y los ideales. Y cuando vuelves, cuando atraviesas ese túnel y ves ese pasado, el día se va un poco a la mierda, te deja un saborcito en la boca como el que deja una tortilla quemada, solo lo malo de algo que pudo ser bueno. Exagero un poco, siempre me pasa eso cuando el túnel me lleva a esos momentos que duelen, a esas ciudades a las que sé que nunca podré volver, a esos días más felices, a esos polvos más chimbas, a esas ganas, a esas bocas, a esas otras alegrías que hoy ya ni me alegran ni me mueven, pero que me recuerdan quién fui, y también qué tan lejos estoy de donde alguna vez quise estar…
Y aun así, los túneles me siguen gustando. Incluso aquellos que duelen. Hay otros que abruman, unos que no se visitan de manera personal sino contextual, unos en los que el mundo te monta sin desearte buena suerte, uno en el que te vas sin despedirte, uno en el que te quedas solo porque alguien no llegó a la cita pactada, uno en el que sientes que te empujan a un viaje donde no quieres estar. Esos hacen daño, no solo duelen; esos rompen, no solo aprietan, y parecen eternos.
Al igual que los túneles físicos, hay señales de cuándo alguno se acerca: el tráfico se reduce, la señal de radio se pierde, la brisa se corta y se suben las ventanillas. La oscuridad te rodea y el bullicio natural se reemplaza por un zumbido constante. Afuera, el smog, la vida, los colores; adentro, una sombra, el ronroneo de un motor acondicionado, la vida misma en pausa. Atrás, un pasado pesado; adelante, un futuro incierto. Pero ahí solo estás tú, los que están contigo en ese momento, pero nada puede penetrarlo. Un accidente allí dentro es más grave. Aún así, hay quienes lo transitan en bicicleta, en moto; esa gente sonríe en las tristezas, esa gente está hecha de otra cosa. Uno no, uno va ahí como una maleta en una bodega, con el corazón embalado; a veces, el mismo túnel puede sentirse corto o infinito.
Pero al final del túnel, siempre estás tú. Al final de todo, uno siempre sonríe al verse de nuevo, colorido, al reconocerse. Y no es el ruido o el aire menos denso, no es la música ni la algarabía de la vida, ni siquiera la velocidad que vuelve a ser una opción, ni la brisa que te vuelve a despeinar al abrir las ventanas. No es la luz al final lo que hace que pase, es simplemente saber que de nuevo está todo ahí, todo presente, incluso uno mismo. Al final de cada túnel está su reflejo.