Tacto e instinto

Se miran, los dos se miran a los ojos, sin darse tregua; se miran los labios, se tocan las manos. Si no hubiera una mesa en medio ni gente alrededor, podría brincar sobre él y pegarme a su pecho, sentir sus manos apretándome, agarrándome las tetas y las nalgas. Podría morderle la boca y, con algo de suerte, entienda el juego y el gusto que tengo por sentir sus labios desgarrándome los míos. Si tengo suerte, puede que sea un buen amante, tal y como lo he imaginado: apasionado, de esos que me hacen perder el control, de esos que saben escuchar, de los que se dejan llevar de las ganas y entonces se gana un amante mitad animal, mitad instinto, con un tacto certero, con una hambre voraz. De esos que te lamen, te chupan, te muerden, te cargan y te besan de forma frenética, y te hacen sentir la mujer más chimba del mundo.

Se sonríen como quienes se invitan y se imitan, un espejo de deseo, de gustos compartidos. Él la escucha reírse, una risa fuerte, armónica, una risa afinada, de esas que solo produce alguien que es feliz. Eso le gusta. Ella le gusta. Sus ojos acaramelados, su piel acaramelada le confirman lo que piensa: ella es un dulcecito, un confitico, un mecatico que alegra la vida. Sus manos, sus labios, la curva de su nariz, sus colores, todo en ella le es apetecible. Sucita en él cierto descontrol. Si no tuvieran una mesa de por medio, se abalanzaría sin duda, sentiría la temperatura de su piel, pondría su mano firmemente en su garganta, sin presionarla demasiado, lo suficiente para robarle el aliento, y comenzaría a besarla, a morderla, a susurrarle al oído que le tiene ganas. La invitaría a jugar un juego: le propondría, entre gemidos y jadeos, que solo va a responder “sí” y “no” a lo que él va a irle diciendo al oído, y que él obedecerá cada respuesta, que luego nunca hablarán de esas respuestas ni de esas preguntas, y que incluirán cosas que ha hecho, cosas que quiere hacer y cosas que él quiere hacerle. Imagina cierta complicidad en ella, desea y anhela que sea de las que juega, no de las que espera. A través de la mesa la mira deseando que la química trascienda la conversación, que sea física, que sea hormonal, que sea altiva, grotesca y descarada…

Comparten un café y juegan mientras hablan, mientras se miran, mientras se sonríen. Ella deseándolo, él anhelándola, invocando en el otro ese deseo propio que une a los buenos amantes. Quieren poseerse, entregarse, quieren quererse y parecen hacerlo, quieren juntarse y parecen unidos. Disfrutan de ese juego, bajan sus cartas y se cuentan cosas, se entregan cosas. Hay algo en ellos que hace que se vean bien juntos.

El mesero los visita, les trae un par de cervezas. Charlan, toman y se miran. Aún juegan, aún se tientan. Todo hay que decirlo: son pacientes, saben esperarse. Es importante que eso ocurra, que manejen los tiempos y no caigan en ese intento de controlarse. Es mejor perderse juntos en el momento que atarse al futuro aún incierto, aún nublado. Es normal, el fuego solo es fuego cerca al origen, la temperatura es fuerte solo cuando se está presente: ahí consume, abrasa. Con un poco más de distancia es cálido y cobija, pero a la distancia es solo humo. Si se mira demasiado lejos, el fuego tiende a proponer una oscuridad asfixiante, nada alentadora, nada que provoque adentrarse. Así que hacen bien en concentrarse solo en lo que tienen en frente. Verlos tan de cerca es casi provocativo, lo hace a uno desear ser ellos, ser aún una promesa, una posibilidad, ser aún presas del tacto y del instinto, tener frente a ellos la posibilidad de conocerse y disfrutarse. No son su pasado, y son lo suficientemente cautos para no caer en la trampa de prenderse de una imagen del futuro difusa. Son y están ahí, no se han hecho daño, no se han dejado a un lado, se nota que aún tienen muchas primeras veces por delante.

Se levantan, se toman de las manos y caminan. Hay cierta ternura en la imagen, y entonces ella baja su mano y le agarra el culo con tacto, él da un pequeño salto por instinto y yo en el café viéndolos partir brindo en silencio por ellos, envidiándolos, recordándo lo rico que se siente cuando a uno le pasa.

Fisgón

Un agujero, es todo lo que se necesita.

La diferencia de edades era un límite invisible, el deseo había borrado cualquier frontera que saltara a la vista, temblaba con su mirada, al tacto podía sentir esa atracción animal, ese deseo infalible. En esas ocasiones en que estaba encendido, empezaba a imaginarse sus labios besándole su verga dura y caliente, al abrazarla sentía su cuerpo y solo deseaba verla bañada en sudor, quería morderla ahí sin esperar un solo momento.

Poco le importaba si era o no compartido el deseo, en su imaginación ella estaba desprotegida, le daba sonidos a sus gemidos, olor a su aliento, temblor a sus orgasmos, bañaba de semen sus senos, su boca, su culo, halaba su cabello y jadeaba justo en su oreja.

El calor lo recorría, ella podía seguir estando tan fría como cualquier otra mujer ante su presencia, frígida ante su falta de tacto, ¡ah!, pero en su imaginación, ella lamía golosa y con desesperación, las últimas gotas leche que colgaban de su miembro.

Esa mueca de seriedad, y la falta de emoción que la caracterizaban la perdía en un instante, cuando la imaginaba abriendo la boca jadeante, y se aferraba de su espalda rasguñando cada centímetro de piel en ella. Esa parca mirada, esa indiferencia con la que lo trataba, cambiaba por euforia y flaqueaba ante su tacto de una manera única, en su mente no podía sostenerse en pie cuando intentaba ir al baño tras terminar de coger con él.

Esa elegancia que la hacía lucir inalcanzable, era la primera máscara que caía en su mente cuando él la tocaba, su ropa de marca rasgada por sus propias manos, y entonces era todo pasión, la lencería, la rígida postura cambiaba por un contoneo sensual, y ese vacío de sus ojos desaparecía, se llenaban de deseos, ella traía consigo las esposas, las prendas comestibles, los tragos, en su mente ella estaba sedienta, él era una fuente inagotable.

Su estatus social, su imponente figura se reducía ante él, se arrodillaba con una paciencia adecuada para que él disfrutara de su sometimiento, de su pérdida, y se acercaba tan, tan inquieta, con su boca abierta, invitándolo a tomarla, sumisa, sometida, caliente.

Su piel nunca olía, pero en su imaginación era embriagante, todo su cuerpo olía a su sexo empapado, todo en ella era sexual, su voz era un solo gemido, su cuerpo un solo objeto, qué le importaba que ella no conociera su nombre, en su mente lo gritaba día y noche, qué importaba que ella desconociera su existencia, en su mente ella lo llenaba de vida y orgasmos.

Por eso siempre la miraba con compasión en la realidad, solo él sabía que tan desdichada era ella por no vivir en un mundo donde cada uno de sus deseos era satisfecho, cada una de sus tangas había sido arrancada de su cuerpo, sólo él sabía cómo hacerla llorar, temblar y sonreír en un orgasmo continuo, solo él conocía la forma en como deseaba tenerlo dentro de ella, como reclamaba su presencia en los momentos de soledad y angustia.

Poco le importaba todo, el mundo, la hora, él sabía que de nuevo a las 8 pm cuando todo acabara, ella correría al baño de maestros, a la ducha de siempre y se masturbaría una y otra vez, mientras que él en secreto, silencioso como siempre la miraba a través de las rendijas de la ventilación, deseando como cada día tener el valor de interrumpirla.