Caballos Negros

Los congresos deportivos suelen reunir especialistas en muchas disciplinas. Fisioterapeutas, kinesiólogos, entrenadores personales, sicólogos deportivos, profesionales en deportes, técnicos, administradores, dueños, representantes, personalidades; además son un lugar ideal para encontrar viejas glorias vendiendo libros, a gurús prometiendo revolucionar los equipos, al deporte con nuevas técnicas de entrenamiento, nuevos suplementos, dietas, pabellones y pabellones de personas buscando ventajas para consolidarse. Y en ese lugar algo llamaba la atención, el Zorro Pérez dictaba una charla sobre veedores: Caballos Negros, donde prometía tips para elegir a las revelaciones del deporte.

Al Zorro hace algunos años le habían empezado a decir también el Topo Pérez, porque pese a su fama había hecho una pésima jugada. Después de mucho ahorrar había gastado todos sus ahorros en comprar al próximo Grande, y con la pérdida de su inversión, también se había llevado su credibilidad, pero tenía que escucharlo, después de todo había descubierto boxeadores como Orejas Martines, nadadores como el Renacuajo Valenzuela, Golfistas como el vigilante García. Era alguien que había encontrado un representante digno en cada área donde había trabajado, merecía ser escuchado.

Cuando encontré el pabellón pude ver su libro en la entrada: «Apuéstele al perdedor», un título provocativo, pero no muy inteligente y cuando encontré mi asiento el Topo, empezó:

Es una de esas cosas que solo se notan cuando es poca. La diferencia debe ser casi imperceptible, de lo contrario los implicados no se lo tomarán en serio, la competencia requiere casi iguales, si no lo son, si la brecha es demasiado grande, el que esté atrás será consciente de sus posibilidades, y el que va al frente no se esforzará nunca por dar lo mejor, porque no lo necesita.

Esto aplica para la academia y para el deporte, para el cortejo, para el sexo, para la vida profesional, para la ropa, no basta que exista la posibilidad. Necesitan la ilusión, eso que los impulsa al casino, la ignorancia de su parte, la de no saber quién tiene más probabilidades de perder.

Quien lleva la ventaja tiene miedo de perder frente a alguien que le pisa los talones, y muchas veces su miedo vendrá no solo de sentirse reemplazado, sino envejecido, porque a esto podemos agregarle una variable más, los años. Está bien ser joven y ser imbécil, irresponsable con uno mismo, está bien ser laxo. La verdad es que no lo está, pero la gente cree que lo está. Sienten además que si se esfuerzan un poco más pueden compensar, lograrlo, cumplir. A esa gente le aterra la idea de perder su excusa, su vida, su irresponsabilidad, su incapacidad de asumirse, el hecho de que ya no van a tener tiempo para aplazarse. Si pierden, pierden contra sí mismos, contra sus decisiones. Pierden contra todo pronóstico porque habrán desperdiciado todo y cada una de esas cosas hará que su derrota sea más grande y más humillante.

Quien lleva las de perder en cambio, suele tener algo más, algo que los demás pierden, la necesidad de probarse a sí mismos que merecen más. De nuevo, su desventaja tiene que ser poca, porque hay brechas que no podés cerrar, y no significa que todos puedan cruzarlas. Necesitas ver que el otro está cerca, no para perseguirlo sino para estudiarlo, sus puntos fuertes, los débiles también, pero especialmente los fuertes, porque para ellos, para los que vienen de atrás no es tanto el derrotar al otro, sino el de trabajar su victoria, mejorar, pulir, una vez al menos, una sola vez piensan.

Así que escójanlos bien. Críenlos con respeto y disciplina. Entiendan que el talento pertenece solo al mejor; a los demás los hace el carácter y la disposición. No hay dos distintos, ni dos iguales, el mejor está solo arriba, los demás están juntos abajo.

La desventaja, muchas veces – presten atención-, puede ser física, faltar un diente, una uña, un lunar, tener los pies pequeños, la boca grande. Busquen a esos que se van a repetir, que no los escogieron como jugador porque no eran bonitos, a los garetos, busquen a los que tengan algún complejo, cabezones, orejones, bajitos, que tengan técnica. Busquen a los introvertidos, a los que no dicen mucho de ellos, pero que cuando tocan el balín, cuando agarran la raqueta, o se montan a la bicicleta, se juegan la vida por ese momento. Busquen a los que tengan la desventaja, pero solo escojan a los que tengan la rebeldía de callarla.

Topo

Zorro.

Le corrigió él de inmediato a alguien que le hacía una pregunta.

—Y si esto es infalible, explique lo del Feo Ricaurte.

Buena pregunta. Un último consejo, nunca den un adelanto. Porque cuando los que vienen de atrás pierden su desventaja, no tienen ni idea de lo que es ganar algo para ellos mismos. El Bonito Ricaurte se operó todo lo que lo traumaba, y con eso se le olvidó hasta amarrarse los guantes.

Estaciones

¡¡¡Taz!!! El aire acumulado entre la rama y la corteza estalló y Sara salió de su trance, del naranjado del fuego, de ese baile de llamas, sonreía con la inocencia de encontrarse a sí misma distraída, la idea de sorprenderse y de sentirse sorprendida al mismo tiempo le parecía fascinante -yo fuera de mí, viéndome-… pensó

Sandra la escuchó reír y con la complicidad que brinda la sonrisa le preguntó, – ¿Se te arrebolaron las ideas, se incendiaron los pensamientos? – y ya con una coqueta y atrevida sonrisa se acercó para besarla, rosando su nariz en las mejillas.

-Con vos siempre, pero no es eso, no siempre es eso-, le dijo con una morisqueta en la boca. Aunque ahora que lo mencionaba era difícil dejar de imaginar sus senos debajo de esa camisa sin sostén donde sabía que sus pezones sensibles se contoneaban rozando la tela y se endurecían mientras caminaba hacia ella; era difícil no pensar en sus piernas largas, en sus labios gruesos, en esa expresión de angustia y anhelo en que transforma su rostro cuando está a punto de venirse. Era difícil no hacerlo. Y se ruborizó al darse cuenta que estaba perdida ya en su humedad, pero se aclaró la garganta, intentó recuperar el aliento y el pensamiento. -No boba, aunque qué rico vos, pero no, me dio risa estar metida en la candela, concentrada, sin estar aquí, y cuando la rama estalló pues volví y estaba aquí, viendo la candela-.

Sandra asintió, -es lindo estar de paso por uno mismo, verse desde la ventanilla, y dejarse atrás-. Le extendió la hierba empapada de su saliva, sabiendo que a Sara la prendía sentir en sus labios la humedad de su boca; así había fantaseado muchas veces antes de darle el primer beso a Sandra, cuando le recibía una pata empapada, sentía sus labios aún allí pegados y soñaba, se rió al pensarlo, -qué besito tan rico me rotás- le dijo. -Sí, justo de eso me reía, verme aquí tan de paso, tan estaciones, tan verano con vos, tan primavera cuando coqueteamos con otras, con otros con nosotras a la distancia, tan otoño cuando no nos vemos, tan invierno cuando se acabe, y mientras tanto aquí, tan estaciones de paso-.

Sara le dio una calada y la besó con el humo aún en la boca, luego tomó la pata y la puso en sus labios. Sandra la succionó con fuerza, quería arrebatársela de los dedos, que pensara en sus labios haciendo lo mismo entre sus piernas, tiró para atrás su cabeza y le dijo: -Vos sos mucho Sarita, a la mayoría la hierba los calienta, a los que no los duerme o les da un hambre que podrían comerse fácilmente la comida de la semana; pero solo a vos, solo a vos te pone a pensar al mismo tiempo en cosas que enternecen, deprimen, alegran y calientan-. Todo eso lo dijo con una voz que progresivamente iba atenuándose, reduciéndose por el humo retenido en los pulmones. Todo eso lo dijo acercándose, y al terminar, le tiró el humo desde la frente bajando sobre la nariz, la boca, el cuello, los senos, el ombligo y terminó arrodillada frente a sus piernas, -solo vos sos tanto- dijo, y le abrió el botón de los shorts, -solo vos podrías ser tanto-. Mientras que Sara con una sonrisa cómplice, de esas complicidades que el morbo, el amor, el sexo y las trabas alcahuetean levantaba sus nalgas para que Sandra le quitara con facilidad todo, incluyendo las tanguitas que le gustaban. -Próxima estación, orgasmo-, le dijo Sara, en tono de pregunta.

-Esperamos que disfrute su viaje, mantenga las ganas vivas y agárrese fuerte las tetas, estamos próximos a iniciar el recorrido, por favor siéntase libre de pedirme lo que quiera.

Taxonomía sentimental

Uno cae como en un coma, el cuerpo le pesa, aunque se esfuerce por moverse pareciera que cualquier actividad le es ajena. Los párpados se estiran y se tocan y ahí, justo ahí como si de una emergencia se tratara, el cuerpo se eyecta con un chorro de adrenalina que pretende infartarnos, dejándonos en ese lugar incómodo, en el que el sueño asustadizo huye y la energía perezosa, se niega a llegar.

Y mira uno el techo y comienza a jugar con esos pequeños destellos adormilados, con el firmamento propio y a recordar o a imaginarlo todo. Si el techo es de madera tendrá un gran privilegio, pues cuando los ojos se acostumbren a la oscuridad, volverán a ver esas pequeñas sombras, torbellinos lacados con formas y figuras que embelesan y distraen, si es por el contrario blanco y de cemento, será un letargo turbulento, acompañado de recuerdos, de promesas rotas, de ideas inconclusas.

Sentirá, si está en la peor de las suertes el corazón muy oprimido, llenándose de vacío, aunque el oxímoron incomode, sentirá también la tristeza al cobijar cada pensamiento y concentrarse en el dolor de lo perdido. El juguete favorito, la nota de matemática, el teléfono de Andrea, la boquita de lulú, el orgasmo de Gabriela, en cada edad un dolor distinto pero familiar. Quizá es algo aplicable a todas las tristezas, quizá van juntas y por eso cuando una parece, la otra no está muy lejos. Como un buen DJ enlaza una canción con otra, las tristezas parecen conocer el ritmo y la cadencia para amangualarse, se siguen mutuamente. Pareciera que es verdad que las tristezas son tangueras.

En medio de la noche entonces, abrumadora y sobrecogida la voluntad se aniña. En lo profundo de la noche habitan monstruos, o por lo menos recuerdos monstruosos, y aún estás ahí incapaz de parar, de pararte, pegas las rodillas contra el pecho, el mentón a las rodillas y nada cambia pero se siente mejor; es una defensa natural resguardarse en uno mismo, vienen como pequeñas alegrías algunos buenos momentos, como caricias, como nos acariciaría la frente mamá cuando un cólico no nos dejaba dormir, o la pareja cuando un error hacía que nos tiráramos el parcial, con un leve suspiro, cómplice, como quien insinúa: nada pudo hacer por ti, pero estoy aquí. Esa caricia honesta -si existe el alma-, esa es la que debe sentir cuando se la recuerda, un cosquilleo que está diciéndote todo está bien, te susurra, estoy con vos, aunque todo esté mal.

Solo la tristeza y el anhelo, que puede también llamarse ilusión o enamoramiento tienen el poder de hacernos perder el sueño. Nótese que la ira de golpe solo pospone; por eso no vale la pena quedarse al lado de quien solo busca su furia, de los pirómanos es mejor huir porque solo desgastan, sin embargo, quien va más allá del dolor, quien aviva más allá de la curiosidad podrá llevarlos a recorrer el mundo en una noche.

De repente el sueño cambia, la montaña de palabras que se escala se derrumba, el mar encrespado se agita, y las bocas llenas de besos muerden la piel como colmillos y la desesperación aparece, sentís que caes una y otra vez en tu propio cuerpo. Sobre el cuerpo, sobre el cuerpo, como quien atraviesa un techo al lanzarse al abismo. Y te despertás agitado, sudoroso, frío, sin recordar nada, aletargado, buscando un punto al cual anclarte, pensando, me gustaría poder diseccionar eso que estás sintiendo.


El color del deseo

Si el mundo no te dio justicia, espero que la imaginación lo permita.

Cuando George tenía 4 años tuvo un triciclo rojo retro. Sí, retro, eso era lo que él recordaba, nunca las burlas por su viejo triciclo, ni que el rojo estaba ya casi rosado por el sol, ni que en su época no se decía retro, sino viejo, y que de niño lo odiaba.

Cuando cumplió 17 años, estudiaba diseño, y mientras ojeaba un álbum de fotos, se encontró consigo mismo, con su reflejo temporal en el triciclo arrebolado, con los colores de su ropa -retro también para la época-. Esto le dio una idea: siempre había amado lo clásico. No pensó que quizá lo había heredado, como tantos otros juguetes y regalos. No se preocupó por ello tampoco, la idea le gustaba, tener estilo y gusto, podría ser algo innato. Y ante la idea del talento, nadie se niega.

Con el tiempo él comprobaría que gusto, estilo y ojo, tenía. Podía ver lo valioso en todo, y podía pensar con facilidad cómo fusionar algunos elementos para obtenerlo; diseñaba con elegancia, con simplicidad; diseñaba pensando en cómo sería si lo hubieran inventado años antes, y si hubiera evolucionado con el uso y la tendencia. Diseñaba con amor por lo clásico.

Pasaron más años y tuvo bicicletas, ropa, look y motos que parecían transportadas en el tiempo. Había aprendido no solo a retocar, sino a restaurar, lijaba él mismo las piezas, combinaba los colores, y llenaba de vida y de nostalgia lo que revivía. Todo era más que diseño o restauración, había dominado la magia del aliento divino.

Lo que hacía feliz a George seducía y encantaba, y con eso alimentaba un sueño: revivir un auto, un BMW CS, rojo, como el rojo que él creía recordar de su triciclo, un rojo vivo, un rojo furia, un rojo latido e impulso. Ese sueño lo alimentó durante años, imaginaba las fotos que quería tomarle, la forma en cómo merecía ser retratado y lucido. En otras manos el carro sería una herencia, un capricho, pero en sus manos sería una demostración de nostalgia, una prueba de fidelidad a sí mismo.

Cerca a su casa había uno, color mandarina, tenía algunas claras demostraciones que el auto no tenía a George en su vida, sino a un cualquiera, a un Alberto, a un Gustavo, una Daniela, un Amador quizá, con ninguna sensibilidad frente a las latas, sin ningún interés por su motor o su transmisión; aun así -sentía- estaba bien tenido, era funcional, y cuando lo veía él pensaba: -uno como ese, para que se convierta en el único mío-. Si pudiera, George hubiera dado un pulmón por conseguir su auto, o un riñón, cualquier órgano del que hubiera dos y pudiera sobrevivir con uno. Lo suyo por lo retro era sagrado.

Piensen en ese George que soñó 30 años con tener lo que finalmente pudo tener. Piensen en el amor, en su dedicación, y podrán entender por qué George, al regresar en la madrugada y ver al demandante arrodillado frente a su auto con una botella rota dibujando sobre la pintura roja -roja viva como la que él recordaba, roja furia, roja latido e impulso-, no pudo contenerse, por qué se aferró al palo de la cerca, por qué lo arrancó y caminó hasta él en silencio, sin advertirlo y defendió con furia aquello que había soñado toda la vida.

En aquel momento no tuvo que pensar en nada, era un punkero estrato 6 de 16 años a quien tan sólo le costó 5 minutos dibujarle una A de anarquía al carro sobre la pintura, acuchillar sus neumáticos y partir los retrovisores. Y sí, tiene los tobillos y las muñecas rotas, sí, perdió un par de dientes; pero está vivo, y el auto ya no lo está.

Las fotos fueron expuestas, el carro era un rojo profundo, ennegrecido, coagulado, frío. Después de ver la evidencia, George volvió a llorar. Inocente, dijo el jurado.

La Musa del Tedio

Solía hacer algo en lo días así, alargados y aburridos. Días en los que ni el aire alteraba las hojas de los árboles, días con una actitud mezquina, claro, si es que los días tuvieran actitud alguna; en todas sus acepciones, poco generosos, insuficientes, días en los que el tedio en lugar de sentirse se respira. —Si algún día enloquezco, será en un día como estos, se decía mientras caminaba.

—Es el día perfecto para hacerlo, tiene tan poco para ofrecer que estoy seguro de que cada uno está a solas con sus remordimientos, con sus pendientes, sus libros por leer, sus películas por ver, recordando todas esas veces que pudieron ser un beso, un revolcón, una gran fiesta; pero todo se escapó de las manos. Los días así de vacíos tienen un efecto absorbente, atraen como la oscuridad del agua profunda, como la oscuridad en el fondo del bosque, los días así son precipicios a los que la cordura se asoma con ganas de saltar.

Camina por el fijo de reojo, intenta pensar en lo demás, en lo que va bien, en lo que está bien. Pero siente un deseo de brincar a lo profundo de esa desesperación, de dar un paso al frente, de caer, y sentir que el mundo cae con él, el vértigo, la angustia oprimiendo el pecho.

Y para no ceder, ni caer, caminaba, con el cigarro en la boca, con los audífonos en los oídos, pensando cómo la cordura de todos está siempre en una cuerda floja. Y los imaginaba por grupos, los nerviosos caminan por pasillos de cordura de los cuales igualmente dudas como si se tratara de una línea angosta, de una tira, de un hilo. Los seguros, en cambio, caminan por un hilo que imaginan puente colgante, que vibra, se mueve, nunca cae; siempre están bien, sobre todo cuando van cayendo, aunque no lo parezca esos que están seguros de todo son los únicos peligrosos, porque nunca saben que están cayendo.

Luego está él y los que se le parecen, los payasos alegres, los payasos deprimidos, esos que con cierta ironía miran el vacío, sienten el deseo, pero no se resisten a su caída. Por último, casi, los trapecistas, brincan, saltan, vuelan, hasta que caen, y aun así lo hacen con gracia, son osados pero ingenuos, brincan confiados en que todo saldrá bien, en que nada va a fallar, brincan uno tras otro, y cuando caen, ¡ah! cuando caen creen que así estaba escrito. Después, finalmente, están los de verdad transgresores, nihilistas astutos, caminan como esas viejas caricaturas, con gracia y energía, sin mirar abajo, saben bien lo que hay, pero ellos no caen, cuando se cansan, cuando nada los entretienen ellos se dejan caer.

En los días así la cara le cambiaba por completo. Se amarraba la cordura al tobillo y caminaba por el borde, rodeaba el lienzo e intentaba dibujar ese inhóspito lugar, de sombras, de profundidades, hombres junto al ombligo de las guitarras, mujeres en telas convertidas en estalactitas.

En los días así, pinta. En los días en los que todo está perdido… esto escribió para la gaceta Arte, el editor, anunciando la próxima muestra.

—Qué piensa sobre su editorial, maestro, le preguntó finalmente un estudiante que había estado leyendo en el micrófono la reseña del diario.

—Es muy creativo. Se nota que en los días así escribe, dijo él finalmente, y continuó el coloquio.

Lealtades

La primera vez que juré en vano, dijo el testigo, tenía 5 años. Juro por mi madre, dije, y nadie dudó que ese billete fuera mío. No lo era, pero mi madre no sufrió ninguna maldición y mi conciencia tampoco, en el fondo supongo que estaba siendo fiel a mí mismo, a mi deseo, quería el billete y obtuve el billete, no encontré fallas en la lógica. Aprendía que una mentira es funcional, cuando es una verdad personal. Ahora usted me ofrece una biblia, me pide que jure sobre ella, por ella, por un dios inexistente o diferente porque usted no puede saber si yo soy católico, musulmán, judío. Piénselo bien, mentí por dinero, y bueno, usted como abogado, bueno, debe conocer de estereotipos; el caso para no irnos por las ramas es que ni el señor juez, ni el abogado conocen mi credo, así que preguntarme si juro por dios que lo que voy a decir es cierto, sólo hace el efecto sagrado que busca su pregunta pasa a ser solo retórico.

Conteste la pregunta, dijo el juez, y repitió: Jura decir la verdad y nada más que la verdad por dios y la patria.

Sí, pero quiero dejar constancia que me considero agnóstico y apátrida.

El abogado lo miró de arriba abajo. —Le dije que es irrelevante su postura, que es un convencionalismo, limítese a responder lo que pregunto.

Pero usted preguntó.

—¡Cállese! Gritó frustrado el abogado

Quiero dejar constancia de que el abogado me está faltando al respeto.

El juez lo miró con un profundo desconcierto, entre la vergüenza y la risa, entra la ira y la desesperación.

Desea continuar interrogando al testigo, preguntó con más curiosidad que convencimiento.

No deseo, pero debo, confesó el abogado. —Por fin un abogado honesto, soltó el testigo y el juez sonrió

—¿Conoce a ese hombre? Preguntó

—No creo que el abogado entienda la dimensión de su pregunta. Conocer, no, todo lo contrario, no tengo idea de la música que oye, ni de su libro favorito, nunca he hablado con el de arte o de política, desconozco cómo reaccionaría a casi todas las situaciones, y no entiendo ninguna de sus motivaciones personales, no sé en qué cree, ni mucho menos en lo que no cree.

—¿Lo reconoce?

—Ah sí, es el hombre acusado de colocar la bomba.

—¿Dónde lo vio?

—Ahí, en el escritorio.

—¿Por primera vez?

—Ah, hace dos días frente al teatro

—¿Y puede decir qué hacía el acusado?

—No tengo la más mínima idea de lo que pasaba por su cabeza, no, no podría decirlo con certeza.

—¿Le parecía sospechoso?

—No más que usted en este momento.

El juez giraba sus ojos y evitaba a toda costa la mirada del abogado, sabía que él escuchaba sus risas escaparse ante cada desaire, sabía que además su risa era contagiosa y que el jurado también reía.

—No más que yo, ¿por qué le parezco sospechoso?

—Porque tiene dobles intenciones, sus preguntas no significan lo que usted cree que significan, es un mentiroso habilidoso, intenta crear una verdad recreando parte de la verdad, pero solo dice lo que es conveniente para usted. En su caso no se trata solo de la reinterpretación, sino de una construcción de realidad posible, no le interesa la verdad, tan solo le interesan las probabilidades, eso quiere decir sin duda que está usted dispuesto a inculpar a ese hombre solo porque lo considera conveniente, no justo.

—Ah, ¿cree usted entonces en la justicia?

—No, porque la imparten personas como usted.

—¿Y en la lealtad?

—Cualquier lealtad ajena a uno mismo es una mentira.

—¿Alguna vez lo han traicionado? Las traiciones implican una elaboración maquiavélica, pocos hombres somos dignos de algo tan grande, solo se puede traicionar una causa, una idea, los hombres solo somos muy ingenuos, las señales están ahí, la gente es egoísta, pide sin dar, y omitimos, perdonamos, nos acostumbramos y cuando nos cansamos, nos sentimos traicionados.

—Ese hombre alega que su país lo traicionó.

—En ese caso, su acusado no es un criminal sino un imbécil.

Elecciones

Cualquier otro día elegir un café hubiera sido algo fácil, se hubiera limitado a lo que le parecía un precio conveniente, una simple transacción de cuánto creía que debía valer un café. Sin embargo, hoy no era cualquier otro día, realmente no era una semana normal; pero la pregunta de la promotora, ¿cómo le gusta?, le recordó lo que le había dicho su ex mientras lo abandonaba: no sabes nada de la vida, ni siquiera sabés lo que te gusta. No puedo ni quiero estar con alguien que ha vivido la vida sin encontrarle gusto.

La promotora no entendía porque una persona podía sentirse tan afectada por eso. No tiene nada de malo no saber cómo te gusta el café, yo te puedo ayudar, dijo con una confianza mentirosa, repetitiva, recitando el guion que algún creativo publicitario había redactado sin pensar mucho en las consecuencias de sus líneas carismáticas, en sus juegos de palabras, en su pesadez y nostalgia.

Ella no entendía que nada tenía que ver con el café, que esa persona no estaba así porque había descubierto que no sabía nada de las notas ácidas o frutales que podía tener un café, ni de la diferencia en sus variedades a causa de la altura o el terreno. Era irrelevante. Lo importante es que esa persona estaba confirmando algo que desde afuera se sospechaba, no tenía gusto, pese a su dinero, y a su estatus, era una persona que no sabía cómo disfrutar de sí misma.

Prefiere el pan dulce o salado. Como no obtenía respuesta dijo no importa y continuó. Lo toma con azúcar o lo endulza, depende respondió, y a cada pregunta sentía una punzada entre pecho y espalda. Prefiero… pero nunca podía terminar, así que respondía por vergüenza, no sé, quizá, depende, pero nunca nada concreto, ni la forma de hacer los huevos, ni la hora, ni si asolas o en compañía.

Al final, sonriente, la promotora estiró su brazo y le entregó una tarjetica en la que le sugerían tres nombres. Principiante decía la postal. Se acercó a la góndola y en su carrito agregó cada café que le llamó la atención, cada tipo de pan, de lo que iba a comprar llevó uno de cada uno que notó.

Y condujo, condujo pensando en todo, en su vida, en los sabores, en los colores. Pensando si sabía realmente cuál era su favorito, en las comidas, en los vinos, incluso en los polvos, los trabajos, y no sabía elegir, no podía recordar cuál era su favorito.

Al llegar a casa lo puso todo sobre la mesa; los miró y no sabía si de allí podría encontrar algo que pudiera considerar como preferido. Y en cada sorbo, cada mordisco, cada prueba había emoción; ser consciente de intentar descifrar los sabores, y si valía la pena, el tiempo, el dinero y al terminar comprendió algo.

Saber, saber valía la pena, aunque no supiera si el anterior o el próximo sería el favorito, o el mejor; pero entendió, le quedó claro porque no la habían elegido.

Platos rotos.

La doctora entró taconeando a la oficina, con el ceño fruncido, las manos en la espalda; está desesperada y se despeina, sabe que está despeinada, y porque lo sabe se irrita. Cuando está así de molesta como hoy toma más café del habitual, el café en exceso le inflama el estómago; pero no puede dejarlo de beber cuando está así, siempre lo recuerda tarde, y por el vestido ceñida su abdomen irritado e inflamado asoma, la tela aprieta y la cordura está a punto de saltar por la ventana.

Todos corren a dejar en los lugares adecuados desinflamatorios, analgésicos y remedios para la gastritis, y comienzan a cancelar sus citas, es mejor que no vea a nadie cuando está de ese genio, es una caldera, abrasaría lo que se le ponga por delante, los radios se silencian, las aromáticas comienzan a circular. Está grave, es evidente, suda y comienza a sentir temblores.

Suena el teléfono de la recepción. La recepcionista tiene miedo. Ella escucha su voz temblorosa y pierde la compostura, la recepcionista llora, ella está fúrica, inepta, piensa inepta, llorona; y la recepcionista piensa, frígida mal cogida, yo qué puta culpa tengo. Pero solo dice entre sollozos sí señora, no señora, perdón, sí señora. Acto seguido los analgésicos, los antiinflamatorios, y los remedios contra la gastritis, van hacia su oficina.

Los toma todos. Ella comienza a llamar a sus clientes, no ha venido ninguno a verla, con solo escucharla todos saben lo que ocurre, NO, NO, niegan, fue algo de último momento, no pude hacer nada, la conocen, nadie quiere discutir con ella, ni hablar con ella cuando estás así.

A la tercera llamada desiste. Nadie va a ir, alguien la vio, con alguien se cruzó, no se imagina que es su propio bufete el que la saca del mercado cuando está así, es malo para el negocio, en el fondo ella lo sabe. Lo que le molesta es que alguien haga algo por ella, no lo necesita, puede manejarlo piensa.

Se sienta y nota una presión en las encías, la lengua repasa la superficie irregular de sus dientes, de las encías, succiona, el sonido le aterra. Se siente corriente y vulgar, chupando muela como su tía la gorda, esa badulaque que succiona los huesos de las gallinas, que juega con su dedo gordo y peludo con las chanclas cuando está haciéndole visita, esa torpe mujer que no combina un outfit, y al hacerlo la molesta; sobre todo porque da resultado, porque siente que la presión en su boca disminuye. De nuevo hurga con su lengua junta a junta entre cada diente y entonces la encuentra, algo, una parte, una molesta parte de comida enterrada entre los dientes, corre a su baño privado, sigue con la lengua extasiada removiendo como puede la comida, pero no es suficiente. Toma la seda, la enrolla en sus dedos con exceso de presión hasta que sus yemas quedan blancas y comienza a enterrarlas entre los dientes; se corta, el sabor a sangre en la boca no miente, metalizado, intenso, lo cubre todo; finalmente llega al lugar, aprisiona las sobras mortecinas contra la encía, le duele, lo disfruta, con un leve movimiento la rodea con la seda y entonces tira hacia abajo. La presión desaparece, el dolor cesa, y un leve alivio comienza a esparcirse por todo el cuerpo, succiona la saliva entre sus dientes, la siente pasar libre entre sus juntas, la libertad vale la pena, cueste la sangre que cueste, piensa y sonríe.

Sabe que nadie a tenido la culpa de su mal día, pero alguien debe pagar los platos rotos. Así que levanta el teléfono y marca…

Exilio

A doce pasos se pactó el duelo. Los dos se dan la espalda, los talones se tocan, las espaldas, la cabeza de uno, el bajito llega solo al cuello del otro y comienzan a contar.

-Uno- dice quien oficia de juez y ambos dan un pequeño paso al frente, milimétricamente calculado, poniendo el talón derecho frente a la punta del pie izquierdo. El bajito piensa que su estatura le juega en contra, y por eso en cada paso prolonga y estira los dedos para que el pie gane más distancia; el otro solo da sus pasos.

-Dos- dice de nuevo quien imparte la norma, el acto se repite. Al llegar a doce giran, se miran, calculan la distancia que deberán dar sus pasos ahora al acercarse y dice el alto: Pico, queriendo decir realmente, no tenés oportunidad y el bajito responde Monto, no vas a ver una hoy, Pico son unos enanos inútiles, Monto ya sabemos a qué juegan. Cada número, cada Pico, cada Monto, tiene desprecio, se odian. Y caminan diciéndoselo con las miradas, va a haber pata, van a calentar el partido, piensan que en medio hay 20, 10 y 10 de la misma escuela, que van a terminar juntos, titulares y suplentes.

El profe está enfermo, el juez es un cualquiera sin autoridad. Va a haber sangre, el potrero y la pelota están riesgo, la quieren manchar de entrada. Pico, se acercan Monto, se presienten, Pico no hay vuelta atrás, lo que siguen son los despojos, sin preguntar, sin poder elegir, irán llamando uno a uno a tomar bando y partido, la guerra es entre dos, pero van a lucharla 20 que no se odian, porque los dos que gritan además son los arqueros, titular y suplente y cada uno quiere ver al otro humillado.

Tienen las de ganar, si los tocan es falta, es penal, es gol. Mientras tanto los demás van a sacarse chispas, a raparse, a golpearse, aprenderán a sentir el odio como propio, tendrán nuevas rivalidades. Al odio de los dos se sumarán apellidos, se sumará sangre. De estos enfrentamientos habrá rodillas que no volverán a ser las mismas, ni tobillos que volverán a estabilizarse, y los únicos culpables observarán a la distancia los gritos, y los dolores.

Huele a carnicería, a aguasangre, casi puede verse la costra de la arena pegándose a los raspones en las rodillas, los codos y las manos, a dedo siguen llamando, enlistando, dando un papel para cumplir sin nada en qué creer. Cada uno cree que así están bien todo, ese es el papel que le tocó jugar, va un mes en el que los entrenos terminan así, hay 4 lesionados graves, y nadie se pregunta nada, todos vamos a nuestros puestos; anochece, no se ve nada al lado del potrero, una noche hambrienta se lo traga todo… y en esa misma noche nace la solución: la nada.

El balón rueda, llega a las piernas de el niño, el niño la pisa, levanta la cabeza, corren, se abren buscando las puntas, él mira todo, lo tiene claro, la pica, y de un solo golpe, la manda al exilio. No hay pelota para continuar, ni una gota de sangre se derrama, era suya la pelota, pero por botarla, le duele menos que las patadas que iban a darle.

Librería

— ¿Otra vez estás aquí? —Preguntó al verla

—Como cada día, le respondió al viejo sin inmutarse.

— No le molestaba su presencia, a él lo divertía, era una chica delgada, no superaba los 25 años y sabía cuidar los libros, pasaba desapercibida para los clientes y había recorrido tanto sus pasillos que incluso a veces lograba ubicar libros y autores que los vendedores no recordaban, en especial aquellos a los que su trabajo no les interesaba mucho.

Se escabullía con tanta ligereza por los pasillos que ante los demás era invisible, sólo él podía seguirle el rastro, su aroma, ácido con tonos de sudor y café se alternaba según la sección que visitara y tarde o temprano  lo guiaban siempre hacia ella.

— Creo que el viejo me persigue, no hay otra explicación, cada día me encuentra de una u otra manera, hace tiempo que dejó de asustarme, pero estoy segura que siempre tiene la certeza de donde doblar, a veces me habla antes de que yo me dé cuenta que viene hacia a mí, anuncia su llegada 3 o 4 estantería atrás, eso me hace pensar que ese día me vio masturbándome en el salón de lectura.

No me molesta, pero es muy inoportuno, en especial cuando leo a Sade o a Bukowski, hay días en los que no me resisto, que no logro llegar al baño para tocarme y mi entrepierna ya está empapada, y cuando lo veo con esa cara, con ese olor a libro viejo, a hoja amarilla y reventada, quisiera que me desvistiera y me tirara contra las estanterías, que me rompiera la ropa, y usara ese viejo tomo de Los Crímenes del Amor que me prestó el primer día y lo destrozara contra mis nalgas, que golpeara los pechos y la cara con él, pero es incapaz, antes de dañar un libro el viejo preferiría morirse, supongo que mi carne no vale tanto para el viejo.

Las miradas, la forma en como sus ojos se transforman en un vacío que quiere tragarse el mundo parece ficción, tienen que ser ficción, pero no dejo de pensar que es cómplice, me mira como Lolita a su Profesor a ese viejo verde de Nabokov seguro se la pondría tiesa con solo verla entrar, con solo olerla… igual que a mí, pero el impulso siempre me llega tarde, cuando estoy a punto de abrir la boca, ella se despide y huye a un nuevo lugar.

— Es Filóloga, tiene cara de devoradora de letras, sabe mucho para no serlo, y por eso tiene tras ella, su imaginación negra y fuerte como el café, me atrae más que ese cuerpo de vidrio, que esa debilidad hecha carne. Cada día que la veo es igual.

Justo le da por llegar ahora, hace 20 años la hubiera hecho pagar por cada una de sus indiscreciones, como ese día en el que podría jurar que estaba tocándose en la sala de lectura, pero mi corazón no anda muy bien y el doctor me tiene prohibido alterarme, cada consulta siempre me repite: 

—No entiendo como un librero puede mantener la presión tan elevada, te va a reventar una vena en cualquier momento Cristóbal

El matasanos, es tan estúpido que sigue creyendo que es por la alimentación y la dieta a la que me tienen sometido es casi tan tortuosa como verla caminar.

— No se imagina, nadie se imagina que desde que ese viejo me indicó donde estaba el Libro del Marqués me he vuelto un espasmo, un orgasmo caminante, las palabras del libro caminan en mi cerebro y estimulan mi cuerpo como nadie lo ha hecho, como nadie nunca lo ha hecho, esta puta virginidad que nadie se atreve a arrancarme me lastima, me quema y todos parecen esconderse tras mis gafas, apartarse de mi vista y mis deseos.

Estaba seguro que en el incidente de la sala de lectura bastaría para hacerle saber de mis intenciones, pero el viejo está acabado, seguro ya no puede mantener una erección o lanzar una mirada lasciva y no curiosa, una lástima sin duda, porque un hombre que ha leído tanto ha de saber algunos trucos.

Quizá sea solo un invento mío, a lo mejor el tipo ni lo notó, quizá es incapaz de imaginarme desnuda o quizá es un maricón que disfruta rompiéndole el culo a niños quinceañeros en lugar de comerse un coño empapado. No sabría decirlo, aun así me gusta, incluso si es un viejo maricón me gustaría que él fuera el que se llevara mi última inocencia.

— La chica me tiene al borde del infarto, me han duplicado las pastillas y reducido las raciones, a la lista de prohibiciones han agregado el viagra, pero como efecto secundario de una de las nuevas pastillas no puedo bajarme la maldita verga nunca, estoy tan caliente que no puedo pararme de mi oficina en todo el día cuando llevo puesto pantalones de paño, así que para no perderla de vista he empezado a usar Jeans.

— Algo ha cambiado, el viejo debe estar entendiendo, aunque se ve ridículo en vaqueros, parece uno de esos hombres que desconoce que su edad no lo estropea ni lo aleja sino que por el contrario lo acerca a la cama de las vírgenes olvidadas, de esas que hasta para cometer una atrocidad con un anciano nos está cogiendo el pudor y la tarde, que hasta para hacer tonterías nos está dejando el tren, así que estoy dispuesta a pasar esa crisis y actitud de idiota.

— Me veo ridículo con los Jeans, cada reflejo camino al trabajo me lo asegura y lo grita a la cara, un viejo de sesenta años con zapatillas y camisa con blazer queriendo parecer un ejecutivo de 30, no puedo más, esto tiene que terminar…

¿Hará caso a mi nota, subirá la pequeña bravucona a mi oficina a sabiendas de lo que pasará cuando transite la puerta, tendrá la astucia de los libros que lee, o tendré que enfrentar sus acusaciones después, maldita sea?, estoy viejo para estos juegos pero ya solo puedo esperar.

— ¿Qué pretenderá este viejo decrépito, me echará de su librería, será tan cobarde para pedirme que no venga más, o tendré yo el valor para aprovechar la oportunidad?, supongo que todo se aclarará al pasar esa maldita puerta…

— Cuando apagaron el cigarrillo los dos estaban agotados, ambos sangraban, Cristóbal estaba seguro que si el polvo que acaba de echarse no lo mataba, lo haría su médico.

— El viejo no puede ser maricón, lo que acaba de pasar no dejaría jadeando a un maricón como ha hecho con el pobre viejo, había faltado la parte del libro, pero no porque pensara que sería incapaz, al contrario al sentir la primera nalgada sintió terror de lo que podría hacerle si tomara un libro para azotarla, el viejo era más de lo que ella había imaginado, más de lo que podía intuir.

— Había algo animal en él, un morbo alimentado por miles de fantasía, por millones de hombres y mujeres. Caminó con las piernas encalambradas en búsqueda de su ropa, todo le dolía, los moretones no podría disimularlos, se sentía machacada como un boxeador, pero la perilla no giraba…