Fuera de la foto

Beto toma fotos, lo hace buscando una belleza única y particular en cada una; es consciente de que lo que tiene delante son cientos de posibilidades, así que afina el ojo e intenta encontrar y contener la escena. Con los años Beto ha aprendido a hacerlo bien, sabe que una buena foto requiere olfato y tacto, que quizá lo que menos importa es tener buen ojo. Los que piden buen ojo no quieren la verdad, sino algo que se le parezca, algo igual de posible pero velado.

Ha tomado muchas fotos, disparado muchas veces, ha visto alegatos convertirse en sonrisas, ha visto odio transformarse en amor en un segundo, ha logrado que el miedo parezca calma, sobre todo en eventos sociales, en matrimonios y bautizos, en bodas de plata y de oro, fotos que no valen ni plata ni oro.

Duele convertirse en un maquillador forense detrás de una cámara, pero ha aprendido a hacerlo. Sabe que en días así, se necesita un ojo inquisidor, dictatorial, que recorte trozos de la realidad frente a él. Apunta a los ojos cobardes de quienes retrata, se congelan, ponen todo en pausa, posan y sonríen. A través de su pequeña mira enfoca, y aquello que les resulta incómodo de confrontar se convierte en un registro protocolario e ilusorio de una felicidad inexistente pero cómplice, con solo mover los dedos y variar la telescópica percepción crean algo para mostrarle a esos que opinan y aplauden. Enfoca y desenfoca antes de obturar: la cámara no retrata la cámara modifica y edita. A veces es difícil de recordar, a veces se nubla la vista y creemos que lo que está enfrente fue todo lo que había enfrente. No lo fue. Muchas veces nunca estuvo ahí.

Algunas cosas no pueden considerarse casualidades. No es intencional que aquellos ojos cobardes supliquen al verlo pasar con su cámara al cuello. Quisiera no verlos, quisiera evitarlos, quisiera que esos ojos idiotas e incapaces de verse en una foto siendo como son, como realmente son nunca lo vieran, pero falla, siempre logra sentirlos clavados en su cámara, listos para fingir. Un duelo digno de pistoleros, un duelo fatal, letal: su falsedad se desenvaina más rápido que su dedo. Y al ver la foto, esos ojos cobardes no ven aquello que no se les señala, aquello que, con un poco de calma, de intención, es evidente. El ojo no ve porque el ojo no mira, no indaga ni cuestiona: se escudan detrás de un abrazo tenso, de una quijada trabada. La foto ha porcionado la medida exacta de mentira, maquillado lo suficiente aquellos cuerpos como para que parezcan vivos al verse, al tocarse, al besarse… parece que lo hacen, él sabe que no es cierto.

No, no es nunca la verdad lo que vemos: es solo la idea de la verdad de un ojo, porque incluso el otro se cierra para no ser cómplice de la falta de tino. Es curioso: hay más enfrente y más personas en frente, hay testigo de cómo actúan antes de que la cámara se pose sobre ellos, pero todos comulgan ante la prueba que valida el recuerdo: se ven felices juntos, se ven bien juntos, están felices, chochos, el futuro es una promesa posible. Beto sabe que no. Por eso odia los eventos sociales, porque ensucian lo que ama: la verdad, la belleza que hay en quien sonríe ante un recuerdo y no ante un diafragma ni un obturador.

Beto ha aprendido a ser un fotógrafo furtivo, a la caza de los momentos. Pero plata es plata, y las bodas de plata pagan bien, las de oro también; los rollos no se revelan solos. Necesita la plata y se convierte en cómplice de sus cobardías.

De cada fiesta una o dos fotos valen la pena. La gente miente, y miente más alrededor de la gente que miente para condicionar a los que no lo hacen. La gente juzga, la gente es miserable. Nunca escucharon a Néstor decir que ninguna experiencia humana es inferior a otra experiencia humana, y en su miedo de ser juzgados por esos ojos que bien conocen, porque constantemente afilan, homologaron una mentira, un deber ser, y desde allí opinan y arruinan las verdades divinas. No hay un solo camino, y nunca lo hubo, y no se trató nunca de encontrarlo. Pero mienten, se mienten y gobiernan mintiendo.

Todo eso está fuera de la foto, cuando la novia mira a su novio y no encuentra a su amor, pero siente las sonrisas de sus invitados aprobando la desdicha. Ahí Beto cierra ambos ojos y se deja a sí mismo fuera de la foto.

Premura

Mira la puerta y espera que suene, intenta presentirle, adelantarse a su llegada, sentir el aroma de su cuerpo acercársele; ha limpiado de manera cuidadosa todas las superficies donde quiere que su humedad se desparrame, sí, se incluye en la limpieza. Su cuerpo se siente despierto, los ojos arden como los de cualquier niño cansado, pero el cuerpo, esa es otra historia, ese arde como el de cualquier adolescente a la espera de una piel familiar; la circulación retumba en su pecho, en sus dedos… Tum Tum Tum fuerte, Tum Tum Tum, sugiere el ritmo, marca, como un metrónomo, la velocidad con la que espera llevar el baile, el ritmo que desea imponer cuando sea el momento.

La espalda lo está matando, pero comprende lo importante del momento; el cuidado tendrá que esperar, la oportunidad hay que tomarla, a ella hay que tomarla, tomarla bien, tomarla fuerte, tomarla hasta el cansancio, hasta que tiemble, hasta que diga que necesita respirar, así que ese espasmo tiene que aguantar, la rodilla tiene que aguantar… ya aguantó mucho, piensa, esperaba este momento, necesito este momento.

Mira la puerta y espera, como un gato o un perro que espera el regreso implícito pactado en cada despedida, en la regularidad que sucede, en el horario que se ha acordado y que, aunque no se ha declarado oficial, se ha pactado por la fuerza de la costumbre y la monotonía que orquesta el mundo. La tensión de los músculos está presente, marcada, fuerte, no suelta, aprieta y retuerce; tira la cabeza un poco hacia atrás, cierra los ojos, siente casi como tiran de su espalda dos cables trenzados, lastima, pero no tanto como para dejar de esperar, nada sería tanto en este momento.

Mientras espera, la imagina llegando, cruzando la puerta casi abducida por su deseo, el beso largo de bienvenida, la mano a la cintura, a las nalgas, apretar las nalgas, sopesar las nalgas, nalguear las nalgas, y traer su boca a la suya, halarle un poco el cabello hacia atrás, morderle los labios, y acariciar su cara hasta apretarle fuerte el cuello; tomarla luego de la mano y pasear, señalándole cada lugar, aquí, luego acercarse a una silla y decirle aquí, llevarla a la cocina y mostrarle allí, y finalmente al cuarto, a la cama y sonreír mientras que señala dos lugares más.

Imagina sus vocalizaciones entrecortadas, aullidos menguantes; la imagina un poco diferente cada vez; los deseos brincan y cambian de parecer frecuentemente; recuerda todas las otras veces que esperó, mirando la puerta, con la misma tristeza que un perro o un gato que, tras un par de minutos de espera, comienza a mirarla ya con un dejo de sospecha, de una ausencia postergada… con el temor de una ausencia confirmada.

Por eso ahora, mientras no duda, mientras aún hay tiempo para soñarla antes de que la proximidad despierte la angustia, y la angustia el miedo, y el miedo anticipe una ausencia, por eso justo ahora él la imagina entrando por la puerta, él la imagina en la mesa, en la silla, en la barra, en el cuarto, viéndolo con ganas, como sonríe y la provoca, también agitada, también sudorosa, su piel nacarada en relieve y enrojecida…

Porque es fácil soñar, porque nadie se lo impide y el tiempo aún no se lo niega; no desespera, aún espera, no pierde la fe; los agnósticos siempre creen en el otro, porque saben de lo que ellos son capaces y, por la misma razón, son también desconfiados.

Pero mientras que el tiempo lo permita, él seguirá viendo la puerta, con la imagen cambiante de una posibilidad, de un quizá, de un puede ser, espera mirando la puerta, espera con premura.

Viento a favor

A los cuarenta, el cuerpo parece más plástico de burbuja que carne y huesos: donde se toca algo cruje, algo suena; el exterior se sacrifica para proteger lo que hay dentro, pero no queda intacto en su heroica labor, se siente y resiente. Las semanas duras, el estrés lo tensa al máximo y, con cualquier presión extra, revienta: la bolsa de aire cede y el cuerpo canta su dolor y da testimonio de su esfuerzo.

Esta ha sido extenuante: la rodilla cruje, el trapecio está contraído y rígido, el cuello parece estar al límite; inclina la cabeza un poco hacia atrás y lo comprueba. La sobredosis de cortisol y adrenalina que lo tuvo alerta todo el día ahora entumece el cuerpo; necesita algo que lo aligere: una cerveza, un pucho, un polvo, algo que lo desconecte y le reinicie la vida, al menos por un rato; dejar atrás todo, al menos por un rato.

Levanta la vista y busca, busca un poco de entretenimiento gratuito y de calidad: pasear la vista y la imaginación en búsqueda de colores, de gestos, de expresiones faciales… cualquier cosa que le permita ausentarse de su cabeza, de sus dolores, de su día y su semana; pero no hay nada donde posar los ojos, salvo un par de mallas y transparencias, aunque ninguna logra atraparlo lo suficiente.

De repente, ve hojas moverse en su dirección y extiende las manos como un gallinazo al sol. La corriente es ligera pero efectiva; se cuela por entre los botones y dentro de la camisa, acaricia los vellos del cuerpo y refresca la tela, la piel… se erizan los poros: es una especie de caricia que recibe con los ojos cerrados, que se agradece porque desentumece el cuerpo y resquebraja la tensión muscular acumulada. La semana ha sido larga, pesada y mezquina; la brisa, por alguna razón, hace que todo pase, que se olvide de la tensión que parecía secuestrarle el cuerpo.

Ya era hora, piensa; a los cuarenta no puede tardar tanto la tregua: a ese ritmo no hay quien pueda aguantar lo que viene ni lo que vendrá. El presente y el futuro no deben amangualarse tanto; sin una fuente de escape, el mundo explota… o implosiona, y cada uno es difícil. Es difícil llevar el mundo a cuestas; uno ya no está para jugar a ser Atlas, piensa; por algo las labores titánicas se diseñaron para ellos y no para nosotros. Uno no tiene por qué andar empujando cuesta arriba piedras todo el día; zapatero a tus zapatos y Sísifo lo que es de Sísifo.

De nuevo parece que está a punto de empezar a ventear; parece que el viento trae lluvia. Un doble alivio se acerca: la brisa que refresca y el agua que ahuyenta gente. Sonríe y levanta la cabeza; siente las gotitas chocando: no son grandes ni fuertes, su cadencia es muy espaciada; la lluvia no llegará como esperaba, pero aun así espera que sea suficiente para asustar a las que se preocupan por el frizz y a los que vienen con ellas.

En los días así, lo innecesario debería quedarse en casa. De todas formas, sonríe: la brisa y el frío merman la calentura; las gotas, aunque fugaces, también ayudan. A los cuarenta uno ya no puede ir alterándose por todo, piensa; es necesario que mengüe, es menester que se sea flexible y se estiren los límites, que se acepten los parecidos y no los originales, porque hay que maximizar lo bueno para no naufragar en el cuerpo hecho pedazos. Por eso es una buena noche, aunque haya sido una semana tormentosa: porque hay brisa, porque hay viento y sopla a favor.

No hay barranco que lo ataje

Uno está condenado a repetirse, al fuera de lugar y el destiempo. Uno no tiene otra posibilidad que la de llegar tarde a su propia vida. Bueno, no llegar, sino hacer bien las cosas, es más una cuestión de suerte que de voluntad. Uno acierta por intuición y falla por lo mismo. No hay un conocimiento previo para los momentos importantes, para elegir las palabras correctas… Acertar es una lotería que ganamos sin darnos cuenta siquiera. Astutos nos sentimos, pero no suertudos ni agradecidos, a pesar de que hayamos encontrado la respuesta perfecta a una pregunta imposible. No somos conscientes ni consecuentes con el azar. Somos afortunados de que a él no le sorprendan las probabilidades, que, aunque pequeñas, sabe que siempre juegan.

De los triunfos somos responsables; de los fracasos, en cambio, lo son todos: el caos, la ausencia de conocimiento, de consejos, aunque nunca falte quien dé consejos, aunque nunca esté ausente quien desde la distancia y con mucha condescendencia puede ver la estupidez que estamos a punto de hacer, sin importar cuál sea… Es curioso: nuestra propia historia lo vive, otro indicio quizá de que todos los hombres somos el mismo hombre, el mismo idiota que juega a esconderse del amor, a temer al miedo, a rechazar el rechazo, a callar frente al silencio, y al mismo tiempo —en otro tiempo, en otro momento— a salirle al ruedo a un animal bravísimo que de amor no quiere ni escuchar, a ignorar las señales y mirar a los ojos, justo en medio, y sonreírle de manera descarada y grotesca al final de los tiempos, a abrazar el tedio y el repudio y gritarle cuántos pares son tres moscas a los que escuchan sin inmutarse.

Timing is the answer to success, canta Kevin Johansen después de haberse comido la mierda que todos nos hemos comido.

Así que seguimos temiendo a destiempo, callando a destiempo… La idea se entiende, ¿no? Tarde y en fuera de lugar, quedándonos con cosas por decir, con minutos por correr, con llaves en el bolsillo por entregar, recados por decir, abrazos por dar. Una mezcla de timing y de avaricia, porque hay momentos donde hemos sido todo para todos, para alguien, para quien queríamos serlo, hasta que alguien pensó que quizá lo quería diferente: el beso menos mojado, el mordisco menos duro, el amor más empalagoso y menos libre… Ahí todo se rompe y nada alcanza, y como mudanza de apartamento quedan expuestas y abiertas todas las heridas y los remiendos.

Si vinieran de a una las desgracias y las desgraciadas, si se filaran, si tuvieran orden… Nos gusta pensar que tendríamos oportunidad. Pero la verdad es que cuando la primera aparece, el impacto es devastador: se rompe el piloto del gas, se rompe la ilusión de la suerte, el pago se retrasa, el envío no aparece, los fríjoles se secan, la garganta se seca, las lágrimas se secan, las ganas… El corazón se acurruca en posición fetal e intenta abrazarse sin éxito alguno, sin poder consolarse, sin encontrar una pizca de tranquilidad. Pero no es cierto: cuando hay cagada tras cagada, no hay pañito que no raspe.

También es probable. El azar no se ensaña, no nos determina, ni nos mira a los ojos con una sonrisita burlesca como lo hacemos nosotros cuando nos llamamos astutos por ganarle una mano. No encuentra alegría alguna en la victoria, porque, al igual que en la derrota, era una probabilidad. Y una tras otra, tras otra, tras otra, en fila india e incluso haciendo distancia, parecen filarse para romperme la geta, y entonces uno recuerda que sabios eran los viejos cuando decían:

—Mijo, pise firme, porque cuando uno va de culo, no hay barranco que lo ataje.

Presente

No vivo en el presente, me es esquivo. Aprendí de chico que la realidad es una posibilidad pero no una camisa de fuerza, que Dios es una costumbre y que nada tenía mucho, que nadie estaba obligado a ser quien decía ser, ni los buenos eran buenos y, en el fondo, los malos no lo eran tanto. Todos simplemente estaban demasiado presentes en sí mismos, en sus talentos, en sus problemas, en sus carencias, en sus dolores, en sus tiempos… y en realidad ni eran sus talentos, ni sus problemas, ni sus carencias: todas ajenas, todas prestadas, todas dictaminadas y recetadas por terceros.

Yo, en cambio, me ausentaba con regularidad, y dejaba ser al niño tímido que era, al niño débil que era, al niño callado que era, al niño tranquilo que era, al niño asustado. Cuando llegaba alguno de esos niños que era siendo niño, simplemente empacaba maletas y corría a una hoja en blanco, trazaba un par de líneas, un par de frases, cantaba un par de canciones inventadas y todo con la mirada al frente, ausente de mí mismo, pero con un as bajo la manga: una memoria muscular precisa para levantar la mano al escuchar mi nombre.

Ausente, siempre ausente. Si se concentrara más, si escuchara más, si prestara más atención… Aprendí que cuando algo cansa, agota, hastía, siempre se le adjudica a una carencia. Pero entendí que en realidad es porque se le da demasiado espacio en el presente a algo, por lo general al anhelo ajeno. Nunca dejaron de ser más que opiniones ajenas sus mandatos. No los incluí en mis miedos: de esos conservo solo los originales, a las alturas y a los ruidos. Por eso me alejo de quienes no escuchan más que su voz y de los que han perdido la posibilidad de verse los pies.

Demasiado ajenos, demasiado enajenados, es mucho un tercer «demasiado». No tengo más que decirles a ellos. El truco está en saber volver, en tener una línea a tierra. No siempre se puede estar ausente: hay que tomar buses, cruzar calles, “te amos” que decir, que sentir, partidas a las que hay que asistir. Hay que atender ciertos momentos, pero nunca quedarse. No siempre, no todo el tiempo. La vida es imposible si se vive de esa manera: solo es tolerable por islas de lucidez, por travesías de olvido.

Un poco como turnarse la conciencia entre todas las posibilidades, pero nunca aceptar solo una, jamás ser solo una cosa. Y menos cuando es la que te han dicho que deberías ser. Yo no estoy para eso. Me niego a ser solo lo que otros esperan que sea. Yo quiero irme de mí y volver a otro yo. Quiero verme llegar y abrazarme porque aún me extraño, y celebrarme las partidas: las de jetas, las de corazón y las de madre, porque ahí se encuentran cosas a las cuales se desea partir.

Ese es otro secreto: estar presente, hoy, aquí, siempre es en el fondo un acto cobarde de quien teme a dónde pueda llegar. Perfecto para esas personas que piden siempre lo mismo en el mismo lugar. De todo puedo ausentarme, de todo puedo perderme, menos de esas ganas de estar en todo lado, de ir, de llegar, de probar y de volver.

“El presente es un regalo”, dice una tortuga con un bastón, jugando con un panda en un lago. Solo uno de ellos. Porque el pasado y el mañana también lo fueron a su debido momento. La cosa es de timing. Uno puede huir a su pasado, escaparse a su futuro y disfrutar de estar presente frente a la alucinación. Por eso nadie está obligado a ser eso que dice ser. No siempre, no todo el tiempo. Hay que escapar, al menos a ratos, de uno mismo y de ese que todos quieren que seas. Ya vendrá otro presente donde ser otro ausente que presencia mi partida.

A fuego lento

—¿Ya sabe qué va a ordenar? —me pregunta ella.
—No levanto la vista, simplemente le digo que aún no.
—Está bien —dice ella con una voz dulce. Escucho sus pisadas alejarse, y entonces la miro, la miro irse…

Vuelvo los ojos a la carta, la miro de arriba abajo y pienso: me tomo mi tiempo. Cuando disfruto de algo —me refiero a cuando de verdad lo disfruto—, me tomo mi tiempo. Juego en mi mente, le doy vueltas al asunto buscando lo posible y lo imposible. Quiero, previo a disfrutarlo, recrearlo, adueñarme en el imaginario de lo probable, contemplarlo y simplemente degustar el momento.

Hago una pausa, me muevo alrededor y me acerco, acecho, sonrío, entrecierro los ojos, me saboreo. Puedo intuir la textura, la temperatura, el sabor. Puedo escuchar la brasa crujir, casi puedo sentir el tejido contrayéndose y reduciéndose al sudar sobre ella. Eso debe pasarle a todos: al delantero que pone el balón en el piso y retrocede tomando impulso, imaginando el balón yendo adentro; al clavadista que observa un muro de agua extenso frente a la punta de los dedos de los pies; al artesano que soba la madera o la piedra, palpando y evocando lo que siente; a la enfermera que hace bíceps y entrena para las jornadas de vacunación en los colegios. Todos se relamen los labios, anticipan, al igual que yo, aquello que desean. No me cabe duda: salivan, por dentro salivan. El instinto nervioso llama desde adentro. Ballenas blancas a estribor, ballenas blancas a babor. Aguardan, silenciosos aguardan. Porque vale la pena se contienen, porque vale la pena sentirlo.

Uno no se apresura ni se abalanza, es una cuestión de tacto. Hay que acercarse con cuidado, como un jugador de billar a la posición adecuada, al centímetro exacto de la banda donde debe golpear para que la bola vaya a donde él quiere, para que haga lo que él quiere. Es una cuestión de método. Hay que tomarse las cosas con ganas y con calma; aunque convengamos que el punto es subjetivo y no más que una convención. Pero a mí me gusta lo que me gusta jugoso, con un sabor que se concentra. Me gusta disfrutar del momento antes de que todo suceda. A veces es incluso más fuerte el recuerdo del deseo que el del consumo; la pulsión y el antojo que lo sigue, la tensión es más alta, el anhelo más intenso. Poseer sin adueñarse, diría Pessoa. Extraer de lo que se quiere la esencia que lo compone, abstraerlo y prenderse no de la forma sino del fondo.

No es casual que los perros den vueltas antes de echarse. Es que en el más animal de los instintos se intuye que hay momentos donde todo se potencia. Una fruta pintona sabe diferente a madura, la textura cambia, la acidez, todo influye, y uno por alguna razón lo sabe. Uno conoce sus ritmos. A los demás pueden parecerles ajenos. El que espera desespera, dicen algunos, pero es porque esperan en ritmos distintos. También porque a veces se comienza la espera cuando el otro ya lleva mucho esperando. La sincronización es clave. La temperatura debe ser correcta: no es lo mismo 4 horas a 180 grados que 2 horas a 360…

Tampoco es lo mismo algo que se toma el tiempo de elegirse que simplemente el de consumirse. A veces todo se pone en movimiento desde antes. No es cuestión ni de signos ni de números, sino de reconocimiento, de verse, de cruzarse los caminos. Sí es de gustos, pero yo prefiero esperar ese llamado para ordenar, no solo para pedir, sino para poner en orden los pensamientos, los antojos, los deseos. Para hacerlo bien, para saber por qué lo hago. Así que tomo la carta y comienzo a mirar y a leer, plato a plato, a imaginarlo, a intentar comprenderlo.

La mesera se acerca, me mira mirar la carta. Es la tercera vez que viene a la mesa.
—¿Encontraste ya algo que te guste? —me pregunta.
—La miro a los ojos, asiento.
—Sí —respondo mirándola y sonriendo de un solo lado—, pero aún nada en la carta —le digo.

La leña está puesta y comenzará a arder a fuego lento, justo como me gusta.

Mil palabras

La imagen es poderosa, dicen, que vale más que mil palabras repiten, repiten sin pensar cómo se dicen tantas cosas, la imagen significa, simboliza, representa, pero solo cuando está presa de una mirada activa, solo cuando que quien mira, busca, porque el que busca encuentra, los gestos ofician casi como susurros y permiten intuir contextos, identificar emociones, el lenguaje del cuerpo sujeto a la eternidad.

Sí, una buena imagen es poderosa si se tiene la perspectiva adecuada, la paciencia suficiente y el instinto del momento justo, alguien puede ver una foto y no notar lo que realmente importa, una mirada perdida, una espalda encorvada… hay espacios que no pueden llenarse en los ojos incorrectos, pasa lo mismo con los libros, un gran hombre me dijo un día, un libro puede solamente responder las preguntas que nos hemos hecho, aunque contenga mil respuestas más, si la duda no nos ha visitado, la respuesta no podrá encontrarnos, debe ser por eso que dicen que las respuestas que buscamos suelen estar dentro de nosotros, la dificultad para hallarlas es solo falta tino al cuestionarnos.

Las imágenes son iguales, no solo iguales a lo que retratan, sino iguales a los libros, en esa caso las palabras y las imágenes parecerían ser equivalentes, y aún así la reputación de unas supera a la otras, no hay comparación para la mayoría y quizá se deba a que la imagen simplifica, visibiliza las metáforas aunque engendre otras en su composición, Fibonacci, por ejemplo, establece una perfección estética imposible de aplicar a la escritura, en la imagen podría deducirse entonces que es más intuitiva, un magnetismo que puede volcarte en la imagen más fácil que en la lectura.
Puede ser también que se deba al hecho en que la imagen no se descompone ni se recrea, solo se intuye, pero en el texto la imagen se recrea, cada palabra debe ser precisa para evocarla, un hombre como descriptor carece de fuerza y de sentido único, mientras que la imagen de un hombre es clara para todos, entonces no basta con decir un hombre, hay que decir que es un en un gesto aniñado, sentado en una tarima de madera donde le cuelgan los pies, con la mirada gacha, con los hombros distendidos y con arrugas llenándole el rostro que sugieren que sonríe, aunque la imagen se potencia, aún es pobre, la sonrisa, como bien sabe Leonardo, es poderosa aunque sea sutil, es cómplice y complaciente, es sarcástica y evocativa, puede ser punzante, malvada, puede ser tan diferente una sonrisa de otra que habría que pensar mejor cómo describirla para hacerla clara en la mente, saber qué tanto achina los ojos quién sonríe, qué mira el hombre que sonríe, y qué relación puede tener el objeto con el hombre con el contexto.

Lo baña una luz azulada, su camisa es negra, su postura es ligera aunque él es a todas luces un hombre pesado, extenso y algo parece sostener entre sus manos, será eso que sostiene aquello puede hacerlo aniñarse tanto, al lado hay una copa de vino pero aún así la imagen de ese hombre no disminuido, no achicado sino enniñecido es poderosa, tiene esa fuerza devastadora que a veces tiene el silencio, esa basta intensidad que a veces tiene una idea, ese hombre en esa posición con esa copa de vino, que juega con algo entre sus manos, con su cabello recogido, con sus lentes gruesos ligeramente inclinados, con sus ojos abiertos aunque esquivos, grande y atentos, esa imagen es su idea, o quizá la mía que lo observa, se intuye algo fuerte en ese hombre, algo le pasa, algo lo atraviesa, y es difícil saber porqué pero no puedo dejar de ver la fotografía, de pensar en el hombre de la fotografía, de entender al hombre en la fotografía, soy yo ese hombre me pregunto, no soy yo acaso todos los hombres? Me respondo con otra pregunta, no somos todos un autorretrato del sufrimiento, del llanto, del dolor, de la felicidad, del orgasmo, no somos un tanto todos el mismo hombre, la misma mujer, el mismo niño, al menos en algún momento de nuestras vidas, no somos acaso tan solo un recipiente de una mirada llena que complemente nuestra existencia vacía al llenarla de sí? ¿Aumenta, crece, es poderosa la imagen y poderosa la pregunta, me alejo, un poco, solo un poco, busco otra luz, otro ángulo, busco otro hombre en ese hombre, a otro que no sea yo, se sentiría así el axolotl de Cortázar al verse en el espejo hecho hombre, o al haber visto tantos ojos negros posarse sobre él, seré yo ese axolotl hecho hombre?

Las miradas pesan, siento el peso que despierta mi interés la imagen que me interesa, puedo sentir la intriga de los intrigados por mi intriga despierta, qué mira piensan, por qué lo mira tanto, de tantas maneras, ahora ellos son también un poco yo, y eso me hermana más con el hombre que está sentado en esa tarima un poco sonriente con los ojos esquivos pero atentos al menos a eso que tiene entre sus manos.

Sería difícil retratarlo con palabras pienso, describirlo con palabras, encontrar las palabras adecuadas, las correctas, pero no dejo de pensar en ellas, en él, en mí, en los que ahora son también un poco yo viéndolo a él, algo de especial tiene la imagen que no para de llevarme a su juego a su tiempo que no parece tan lejano.

Intento irme, pero hay algo me llama de nuevo, una sensación de haber dejado algo en esa foto, pero no, no nada se queda, por el contrario, siento que quizá es que yo llevo algo conmigo que antes no tenía, el alma, le estaré robando el alma a ese hombre de la foto, a la foto, estaba acaso mi alma atrapada en la fotografía de un hombre aniñado en una tarima que mira sonriente algo que sostiene entre las manos, busco el nombre de la obra, mil palabras dice.

Qué mala suerte

Es domingo y parece procesión de ramos. Los yerbateros no se dan abasto. Por primera vez en años escasea la ruda en este paisaje montañoso. Hace mucho no se solicitaba en tanta cantidad, incluso quizá nunca se había usado en tal cantidad. Ni siquiera las legiones de culebreros que un día recorrieron esta selva enmarañada de trochas, caseríos y pueblos tozudos, fascinados con la idea de coronar montañas y alejarse de las riberas de los ríos, pudieron nunca antes convencer a tanta gente junta de que una mata prendida del anhelo, la fe y la ropa podía cambiarles la suerte.

Por eso las filas durante la semana han llevado a la aparición de letreros que salen de esos negocios que cuelgan ramos y ramilletes de hierbas místicas: de sauco, matarratón, verbena, jazmín, pachira, Pilea peperomioides, bugambilia y crásula. Entre un saumerio se leen, en sus ventanas o puertas de latón: “No hay ruda”, “Agotada la ruda”… Otros problemas menores, como ligues de amor para recuperar al hombre o la mujer amada, cuentan con ingredientes de sobra para sus bebedizos. Nadie los busca por estos días en que la mesa en Navidad y las apps de citas —cada vez más parecidas a firmas reclutadoras— parecen cubrir esa parte del negocio: amor garantizado o le devolvemos su dinero, y sin necesidad de la foto, la prenda íntima de ropa, ni la muestra de cabello. Uñas que se pusieron de moda después de que la desconfianza llevara a nadie a recibir jugo de mora donde la suegra ni a tomar bebedizos calientes con la mano izquierda al hacer visita.

Ahora el negocio son las energías, las vibras. Lo que está de moda ya no es la machaca ni el mal de ojo. La protección y la fortuna ya no se usan para traer plata ni para pedirla. Lo de hoy es convencer a la gente de que si le está yendo mal en algo no es culpa: que es la envidia de los que lo rodean, son las energías negativas de los que están junto a él quienes lo condicionan, lo apagan. Todo se justifica en un Mercurio retrógrado, que altera al individuo retrógrado en una sociedad retrógrada que prefiere enterrar cucharas y tenedores en el invierno para menguar las catástrofes que no se producirían de no haber talado y sobrepoblado zonas donde los árboles retenían antes la montaña.

Pero no son ellos los únicos que sucumben ante el boom de la ruda. Ahora buscan ruda para hacerse un bañito los otros yerbateros que no creyeron y no alcanzaron a abastecerse. Están alerta también los revendedores, que de cualquier aglomeración sacan partido, y los falsificadores, que a falta de ruda ofrecen otras matas, otros bebedizos… con otras hierbas: la verbena y la albahaca. Pero no hay como la original, dicen, y le hacen el quite los que tienen su ruda asegurada, a pesar de que a la hora de comprar medicamentos, ropa o a la hora del amor, a nadie parece importarle mucho si lo que recibe es genérico, si cumple su función.

Los rojos compran ruda, los cardenales buscan, pero ya no queda nada que comprar, los yerbateros compran y revenden ruda. Y la gente en las calles viste, agita, se rocía la ruda mientras caminan con la ilusión de haber hecho todo lo sobrehumanamente posible para que eso que desean se cumpla. La confianza está en el punto más alto. Las promesas se enuncian: visitas a Buga, renuncias a vicios, transformaciones al juicio. El mundo será un lugar mejor si ganan. Y parece ser que la tierra resuena con su deseo. Hay alegría. Creen tener eso que llaman “suerte del campeón”. Lo creen porque la compraron, porque se juntaron y se aseguraron de la manera más ritual de danzar en medio de las hojas, de bañarse, perfumarse y adornarse como balcón de solterona y solterón, con matas y maticas, y avanzan confiados, seguros de que está sentenciado, de que es suyo el resultado porque el universo ha escuchado, sentido y vibrado con su hambre…

Los jugadores en el campo lo sienten, se conectan y se reconocen como gestores de. Se tranquilizan, se equilibran, pierden el miedo y la ansiedad, se relajan ante el calor que los cobija y olvidan que es rezando y con el mazo dando. Y a tres minutos de la final, un hombre de casi 40 años, con una pierna exhausta pero con una voluntad aún consciente de que puede hacer algo, cojea, avanza y, sin haber tocado ni una hojita de ruda, obra, habilita, acompaña y define. Porque la única ruda en la que cree es en la actitud con la que deben buscarse las cosas.

Mala suerte para los rojos que habiendo matado el león, se asustaron con el cuero; mala suerte para la ruda y los yerbateros, de esta no se levantan fácil.

Sin seguro

La única forma de saber si una puerta está cerrada es tocando.
“El flaco”

—¿No vas a echar llave? —le pregunta ella, desnuda en la silla, mientras se recuesta sobre su pecho. Y él piensa, con un pucho en la mano, con la cabeza borracha de orgasmo y un poco de vino…
—Es difícil animarse, juntar valor, hacer de tripas corazón y tocar una puerta. Es difícil, quizá porque aprendimos de niños que la vergüenza está en quedarse en frente. Aprendimos como acto reflejo que, cuando uno toca una puerta en la que no lo esperan, corre, lleno de adrenalina y de miedo, que ser descubierto acababa el juego y desencadenaba en el regaño.

Quizá lo sea porque crecimos acá, porque no es lo mismo crecer viendo cómo una puerta se trancaba con dos o tres seguros de llave y dos pasadores que bloqueaban cualquier intento del afuera, porque el afuera, al parecer, es peligroso. Porque crecimos pensando que en la noche, que en la oscuridad y la calle, deambulan patasolas, madremontes, sombrereros, curas sin cabeza y lloronas. Quizá sea porque, más tarde, entrados en años, aprendimos que había balas perdidas buscando gente inocente, y gente inocente con amigos culpables, y culpables con un hambre alimentada de envidia, envidia de los tenis que no podían tener y les decían que debían tener. Teniendo rabia de las ventanillas que se suben mientras ellos se la rebuscan, de los cambios de acera al cruzarlos caminando, caminando al único destino posible en su falta de visión: violar puertas, violar sueños, violar vidas para hacerse a esos tenis, a esa ropa, a esas cadenas, a esas chimbitas, a los bolsos que les gustan a las chimbitas, a esos hombres que huelen a dinero y no a sudor de pobre como sus hombres, a los que hablan raro pero bonito.

Quizá por eso trancamos las puertas, y también por eso es difícil abrirlas.

Eso pensaba el Flaco, un poco alicorado, en la sala de su casa, mientras pensaba si debía o no cerrar la puerta. Le era extraña la idea, aunque no las razones. Y aun así meditaba, dudaba. Él también era afuera, y no quería negar su calle. En muchas casas trancarían las puertas si me vieran a mí deambulando, aunque no sea patasola, ni madremonte, ni sombrerero, ni cura sin cabeza, ni llorona, ni culpable, ni puta, ni putamierda. Aunque sea solo un poco humo y un poco alcohol. Porque nos enseñaron a temerle al afuera, al otro, a dejarlo fuera…

Soy una casa de puertas abiertas, pensaba el Flaco. No me ocupa afán de dejar por fuera a nadie. Cuesta mucho tocar una puerta como para blindarla. Aquí hay café y muebles dispuestos para atender, libros que pueden ser prestados. No necesito de una puerta para demarcar un límite. En eso soy como un gato que se deja acariciar cuando a él le da la gana. El afuera puede entrar cuando quiera. Es mi gesto íntimo hacia la posibilidad: cuando entras por mi puerta te brindo lo que soy, lo que tengo, pero nada le pertenece, sobre nada tiene derecho. Una casa de puertas abiertas que cierra solo para que no salga el gato. Soy esa casa que no se oculta del afuera, lo celebra y lo reproduce un poco, que lo protege al no salir.

No cierro con llave, no encierro con llave. Valoro las libertades propias y ajenas, mucho más a las que se renuncia por voluntad, pero desprecio a los que imponen ausencias dictatoriales, los que prohíben. Aquí dentro se está a gusto, pero puedes irte cuando quieras, cuando gustes o cuando ya no te guste ni mi café, ni mis libros, cuando sientas que no soy lo que quieres tener dentro ni adentro de tu casa o de ti…

—No, no cierro la puerta. Me gusta ser una casa de puertas abiertas —le dice mientras besa su cuello y su clavícula, mientras le pellizca las tetas—, porque tú también eres libre de irte y yo no tengo derecho alguno a encerrarte.

Papelitos

Facu rasga papelitos con la mano, se corta los dedos en el proceso y los mancha con sangre, sin quererlo, sin intentar evitarlo tampoco. Solo sucede. Trabaja en el taller de su padre, con los ojos cansados, las manos torpes, agotado físicamente pero incendiado por la idea que lo mantiene despierto, casi susurrándole que recorte papelitos; con hambre por haber comido solo lo que a los demás les sobraba o le donaban, con rabia por haber tenido que comer sobras, con la meta clara: una idea para probar que vale la pena comer tanta mierda rompiendo papelitos…

Es un hombre aparentemente en calma, ensimismado si se quiere. Camina con la espalda recta, la frente en alto, orgulloso de sí mismo sin llegar a ser pedante ni arrogante. Habla de su vida y de esta vida que estamos eligiendo, habla de la pasión y de la entrega con un tono de familiaridad en la voz. Sabe de lo que habla, no es un discurso vacío ni obligatorio. Él cree en lo que dice; pasarán años antes de entender lo importante que es eso, la gran diferencia que hace en un ser humano tener convicción. Por ahora escuchamos con interés y sentimos esa calidez que brinda la buena fe, de compartir una experiencia sin ánimo de aleccionar, de dar un consejo… Uno solo puede compartir lo que sabe, pero nunca pretender que se está en lo correcto o que deba seguirse lo que se sugiere. Él lo sabe, algunos de nosotros lo intuimos. Por eso Pessoa decía que solo la gente muy ingenua da consejos, porque hay que ser un enfermo mental para creer que se sabe qué puede hacer otro en una situación.

Facu habla con su padre los fines de semana, y como si intuyera que esos momentos son memorables, se graban charlando, con la excusa de algún trabajo universitario pero con la certeza de intentar repasarlas y encontrar esas cosas que dicen los padres y que los adolescentes solemos pasar de largo con la idea de que nuestro presente y nuestras angustias sobrepasan el entendimiento arcaico de nuestros padres… La ingenuidad, como ya dije, es una afección mental, pero la pedantería y la arrogancia juvenil es igual o peor. Quizá la locura es solo una faceta de la edad. Se necesita la soberbia y la rebeldía juvenil para desafiar y transformar el presente heredado, la confianza de los ingenuos, el egoísmo e individualismo de los ambiciosos. Quizá todo sea necesario. El problema es cuando una enfermedad se encuentra con otra. Facu lo sospecha, pero no tiene idea de cómo saberlo. Así, simplemente las graba para su universidad, pero las volverá a ver toda la vida.

Mientras tanto, recorta papelitos, y juega como científico loco a darle vida a una idea llena de papelitos, de hambres, de sangre, de desvelos. Una idea, su idea. Papelitos llenos de pasión, la misma pasión con la que se lanzan en cada cancha, con la que cada marco alegra y da vida al cuadro de su corazón. Sabe que es fuerte, que es potente, sabe que tiene el poder de mover a las masas, así como las masas los avientan porque confían en que tienen el poder de inspirar a esos que alguna vez estuvieron también en las gradas, siendo parte de algo más grande que ellos. Con esa intuición persigue su idea, crea su idea y corta papelitos mientras se corta los dedos porque sabe que al final vale la pena, aunque al final ni le guste tanto el fútbol, ni le guste tanto la industria en la que trabaja. Pero las ideas hay que respetarlas. Su padre le enseñó eso, su padre que habla con él mientras talla maderas y da formas a figuras en barro, y suelda, y pinta. Su padre, que conoce bien la obsesión que es para quien crea el crear. Y por eso lo hace. Por eso intuye que es suficiente.

En medio de la conversación que nos muestra, alguien comienza a verlo diferente:

—¿Vos hiciste papelitos?

La pregunta atropella la charla y el video de la charla que nos muestra.

—¿No te anotaron en la idea?

Él se ríe, con esa risa con la que se enfrentan los déjà vu, no es la primera vez que le pasa y se nota.

—Sí, pero no importa. Uno crea porque puede, para satisfacer un deseo personal, chicos —nos dice, y sus palabras tienen esa misma calidez de antes—. Lo cree. Y continúa—: Yo soy el de papelitos, pero más importante que eso es que era cierto. Los papelitos eran un reflejo de una pasión que podía despertar inspiración para muchos. Y el placer de la idea está en descubrirla, aunque para algunos el mérito de llegar a la luna sea de Armstrong y no del hombre que hizo la idea. La fama es del que pisa y pone la bandera, pero la alegría de crear algo, la paz de estar en paz con la idea soñada, vale más. Al final, vale más —dice tranquilo, inmutable, dice en calma como el mar abierto—, porque al crear, chicos, se conoce la profundidad que los habita… Vayan ahora ustedes y creen, eso es lo único que importa, no lo que dicen los papeles, sino la alegría de los papelitos.