Frío

Toma café sin darse cuenta de lo que toma, lo toma a sorbos largos, sin saborearlo, nada de juegos ni de delites, no empuja el líquido entre sus dientes, no lo usa para mecer la lengua y sus papilas gustativas, no es justo entonces decir que toma café, no sabe hacerlo, no disfruta de su aroma, no lo siente, lo toma casi que sin necesitarlo, no sabe lo que es tomar, lo que significa, no le hace justicia a la posición, al arrebato, a las ganas, no entiende de nada, la sed no paree treparle por la garganta, lo párpados no parecen reclamárselo, no sabe morder, no sabe luchar por lo que quiere, no, es mucho más triste que eso, nisiqueira sabe lo que quiere, cree saberlo, pero duda, en cada sorbo está la duda.

Toma distancia de la taza, la ver un poco agitada y piensa en todo lo que duda, el vacío se torna más grande, vale la pena se pregunta sin encontrar respuesta, sabe que en el fondo lo sabe, pero hay que escarbar mucho, abrir cicatrices e ir más hondo, herirse, nunca le ha gustado ese dolor que no es físico, ese que no se manifiesta, del que no brota sangre, que no se ve, ese que es invisible y que parece eterno, ese dolor da miedo piensa, es más de lo que puede manejar, es inevitable, omnipresente y todo poderoso, si existe dios se parece más por descripción a un recuerdo doloroso que a un ser benévolo, no es cuando estás a punto de morir que ves tu vida pasar delante de tus ojos  es cuando dudas; ahora lo sabe, ahora las decisiones que está por tomar hacen que piense y piense, que tiemble y tiemble, lo hace como si tuviera mucho que perder, como si no supiera que en el fondo la idea de ganar ya perdió toda su fuerza.

La mirada vacía fija en el vacío da la falsa idea de haber hallado algo, pero por dentro la realidad es angustiante y abrumadora, no hay una luz en el fondo del túnel, el ruido a su alrededor se desvanece, es de esos malos chistes que tiene el universo, le gusta dejarte a solas con los miedos, encerrarte con los temores, no hay duda, si existe un dios, es el miedo.

No quiere comenzar a cavar, no tiene sentido, cierra los ojos para buscar ese pequeña memoria muscular que hace que una especie de color rojo y verde se dibuje dentro de los párpados, esa pequeña huella de esperanza que indica que aún en la oscuridad hay luz, mala suerte, al pensarlo aunque ve, ya no reconfortante, anhela, desea quiere que todo acabe, que pase la oportunidad, que se vaya sin que la decisión se tome, que el azar haga su trabajo, que el maldito azar juegue a su favor, pero nada ocurre, el tiempo se detiene para que cada segundo se sienta más y más y más lento.

No sabe cuanto tiempo ha pasado, no está consciente, sabe que es lo que pasa cuando piensa, sabe que nadie más es consciente de todo lo que pesa o lo que le pesa, o cuánto le pesa, ve caras, rostros, recuerda palabras y sonidos, ha estado ahí tantas veces, un prisión mental donde toda duda se graba, los miedos tienen cuadros del tamaño de las meninas, las ventanas solo llevan a otros momentos de duda, no hay una ayuda, un salva vidas, no hay un rayo, un temblor, una mierda de pájaro, no hay un encuentro inoportuno, una llamada de claro de hacer alguna oferta, tampoco alguna esta piramidal que le pregunte si quiere tener tiempo libre y trabajar desde donde quiera sin cumplir horarios, otra señal de que dios es dolor, y además un sádico.

Estira su brazo, toma el café, aunque no sabe lo que es tomarlo, aunque no entiende cómo tomarlo, lo toma, sorbo tras sorbo, lo toma aunque está frío y aunque no conoce el placer de desear el café caliente, de saborear el café caliente, de querer, de satisfacer la necesidad del café caliente, sabe lo básico, lo mínimo, lo horrible que sabe el café que se enfría.

Derivas

Deambular sin rumbo, sin propósito, casi sin intención, caminar como la reacción encadenada de un paso tras otro, aislado inconsciente, desconectado, cuando pensaba Marco camina así, sin notarlo, había escrito un libro de cuentos y necesitaba en un nombre, uno potente uno certero, marco caminaba sin saberlo buscándolo, caminaba y fumaba buscando rastros en la arquitectura, en los rostros, en los rasgos, caminaba viendo el rostro de los carros, visitando por azar creía él viejos lugares, viejos besos, manoseadas, viejos polvos efímeros, viajas casas, o espacios donde habían vivido sus amantes, ex bares hoy academias de baile, masajes exóticos, ex tiendas, caminaba en la ciudad, se movía en el presente con su cuerpo, pero en su cabeza nunca era hoy, era siempre un momento tras otro, una línea temporal en la que toda su vida volvía a vivirse.

La plazotela cerca a su colegio donde tomaba vino alterado con mentas para potenciar su efecto alcohólico, los parqueaderos donde Azul apurada se había corrido la tanga para que él en un ataque de espasmos y vergüenza pudiera también hacerlo, el poste donde vomitaban, la canalización donde había probado la hierba, luego la calle de los bares donde tantas canción había gritado, donde tantos ojos se había cruzado, pensaba en esas miradas sus miradas, siempre tan distintas a las de azul, tan fría tan poco interesante, ninguna como la de Azul, al caminar visitaba fiestas, con y sin ella, niño y joven, lo de línea se desdibujaba con el recorrido, y se transformaba más en una especia de salto inconsciente y caprichoso.

Él yendo a donde Sandra una veterana cincuentona que a sus 18 le mostro que Azul aún palidecía y que en el canela de su piel madura, de su carne madura, de sus tetas maduras, de su sexo maduro, caliente e insaciable era aún muy débil para colorearle la vida como ella podía, luego la pizza italiana donde otra Sandra, esta más joven y más ingenua lo había llevado alguna vez un poco contra su voluntad a escuchar una tarde de chicas y mercurio retrógrado, aunque siempre quiso a esa Sandra nunca pudo regarle un poco de la vida que ella despreciaba, pero que siempre había estado un poco también dispuesta a probar, tenía miedo, de encontrarse y él de perderse, eran el uno para el otro, por fortuna lograron evitarse, habría sido catastrófico para ambos.

Luego él niño caminando sobre un viaducto en construcción, el jugando con agujas y basura de hospital en un despoblado… esa imagen solía recordarla de manera recurrente, 6 años, tontos e ingenuos, 6 años en medio de bolsas de suero, de soluciones, de mangueras y bolsas, de agujas, agujas sin romper, agujas afiladas, agujas quizá infectadas, agujas que habrían podido matarlo, enfermarlo diezmarlo, más de 20 o 30 posibilidades de haberse evitado el crecer y hacerse mayor, y todas habían fallado, que caprichoso puede ser el azar.

Así caminaba Marco sin rumbo y sin destino cuando pensaba, en cada una de esas caminatas y en esos recuerdos había encontrado siempre la inspiración suficiente; un olor, un color, un calor, un sabor, un dolor, un escozor, un rencor, una flor… siempre algo siempre una miga de pan desde los recuerdos para sus cuentos y hoy caminaba así, en búsqueda de un trozo más grande, del tiempo, del cuerpo, del cuero, hoy buscaba eso que delimitaba y encerraba, eso que contenía, eso que definía qué era lo que quería o tenía, sin saberlo, sin entender que lo que hacía era eso que siempre resultaba, eso que por alguna razón daba siempre un resultado, él quería, necesitaba buscaba crear un nuevo lugar para que todo existiera aunque no era consiente de estar allí, es cierto eso de que a veces lo que buscamos está justo en frente, se daba cuenta siempre al irse, Azul, Sandra, Sandra, Las agujas, siempre tantas cosas que hubieran podido hacerlo feliz, o lo habían hecho feliz, siempre algo tan simple, tan presente en medio de su ausencia, siempre un recuerdo tan próximo de convertirse en cuento, siempre su vida salvando su vida, y el simplemente caminando sin rumbo e inconsciente.

­Hola saluda ella sin lograr hacerlo volver, hola dice asomando su rostro, hola responde él y sigue ahora consiente de que camina, de que camina sin rumbo, de que camina hace mucho rato sin buscar un lugar, que caminaba en su cabeza y se frena, derivas dice, derivas, sonríe y vuelve a casa, derivas, termina de escribir las 8 letras, derivas lee y se dice a sí mismo es cuento y libro.

Sal al gusto.

Te tiene que gustar mucho la mierda para disfrutar lo que haces, me reclamó de frente y mirándome a los ojos, me lo dijo con la cara roja, con las lágrimas corriéndole por las mejillas, me lo dijo como un grito ahogado de la libertad derrotada, como lo que era, un reclamo tardío, la impotencia hecha palabra, palabras vacía además porque llegaba tarde y cuando algo llega tarde pierde fuerza.

Su ira no era real, era la memoria de una ira guardada, una ira envejecida, mal cosechada, su ira era una rabieta caprichosa, sin sentido vacía y banal, todo lo que llega tarde es así, las ganas que se quitan tardes son más rencor que ganas, las alegrías tardías menguan, tarde, nada vale, ni la palabra indicada es del todo certera, cuando algo llega tarde aunque sea fuerte no puede nunca borrar su demora, la razón de su tardanza, las excusas, las despedidas, si algo llega tarde llega maltrecho.

Y aunque estuviera mala en el fondo, tenía razón, me gustaba mucho, había algo en el trabajo que me gustaba, que siempre me había gustado, hay algo en esos trabajos simples que me cautiva, el hombre avaluado por el músculo, el hombre con fecha de caducidad, la utilidad funcional en venta, el hombre comprado por peso y talla, por cuanto puede cargar y por cuánto tiempo puede cargarlo, sí era fácil y sencillo, sin caprichos, sin mediadores, sin cerebritos ni antojos, en la vida real reina el pragmatismo, el burdo, rústico, directo y esencial. Sí tiene que gustarte y eso es lo que más me gustan.

Sin pleitesías, sin condescendencias clasistas ni morales, todos en el fondo saben que son iguales, que se tienen a ellos, no hay un dios, ni un creo que los soporte, para los pobres diablos como ellos no hay capitalismo, ni socialismo, no hay futuro, pasado, no hay jubilación ni desempleo, solo un eterno trabajo, el retiro es una chaza, una tienda, pero no gloria en el futuro, te tiene que gustar tanto como morirte de hambre escribiendo, pienso pero no se lo digo, me tiene que gustar tanto como le tiene que gustar a un cantante de ópera cantar en bautizos y matrimonios, tanto como al pintor que hace murales comerciales para una alguna marca en alguna publicidad, tanto como a los chef lavar platos, pero cada uno tiene una droga diferente, es esclavo de un gusto distinto, ella no lo entiende, nació después de la pandemia, no sabe lo que es perderlo, cree que gusto es vestir chic y descubrir que hace 20 años lo coquette estuvo de moda.

Me gusta asiento, no lo digo pero asiento, sin presiones, sin medios ni mediadores, sin nada y sin nadie, sí me gusta, solo frente al espejo, solo en medio de las cuerdas, solo como en los viejos tiempos, solo contra la página en blanco, solo con el miedo en frente, solo con el presente, sin reconocer ningún pasado, desconociendo cualquier futuro, sí me tiene que gustar y mucho, pero no puedo explicárselo, algunas cosas se enseñan pienso, otras se aprenden, no es la primera vez que lo pienso, lo pensé antes, lo pensé y lo dije antes, para ella lo que me queda es poco, aunque desconoce lo mucho que vale, me gusta tano que no puedo dejarlo, ella me mira, sabe que estoy pensando porque guardo silencio, lo sabe porque mientras crecía muchas veces me vio hacer lo mismo para luego contestarle algo que la dejaba pensativa, perdida, sí eso le gustaba pero ahora lo odia, me reclama y me odia un poco porque ella apenas empieza a odiarlo y yo no pude nunca aprender a hacerlo, porque las pasiones son así, enfermedades terminales, entonces la miro, la abrazo y le digo, yo siempre te dije que la sal es cuestión de gustos, ella no entiende que jamás fue un gusto por lo que más dijeran, no entiende el gusto que no alaban los que tienen buen gusto, le falta sal para mi gusto. Pienso, pero no se lo digo, hay cosas que se enseñan y otras que se aprenden.

Duelo

Estoy en duelo, he perdido, he tenido que perder, tuve que irme, no poque no pudiera quedarme, sino porque ya no tenía hacia donde moverme, ese duelo duele, duele porque al irme mi presente le dice a mi pasado que su futuro no será lo que soñaba, incluso que hizo sacrificios en vano, para mí, en mi presente, son valiosos, enseñaron otras cosas, mostraron otros caminos, pero para él, es decir para mí, para mi pasado, espejismos, visiones borrosas, mi presente es su futuro fracaso.

Temo, temo profundamente que mi futuro yo deba escribir algo similar, aunque eso supongo que es algo que tienen en común, el futuro siempre hará que el pasado tenga ganas de arrepentirse, pero ya na puede hacer, otro hubiera, otro futuro abortado, otra vida no vivida, los seguros deberían asegurar sueños, pero siendo el negocio de los seguros está precisamente en asegurar a lo seguro, donde el que pierda sea el asegurado.

Lo digo con rabia, lo escribo con tristeza, lo repito en mi cabeza en la calle con una actitud triste, perdí, al final perdí, y todo lo que diga ahora para negarlo no cambia la idea con la que mi yo del pasado tomó las decisiones a su tiempo, en su presente, el objetivo era otro, perdí, aunque ahora pueda decir que mucho se ha ganado, aunque ahora el ahora responda a otras necesidades, a otros condicionales, el pasado ha perdido y un futuro ha muerto, no queda mucho de lo que pudo haber sido, incluso algunas cosas que creí eternas se han perdido en un momento…

El pasado siempre pierde, dicho de otra manera, el tiempo siempre gana, no hay planes que importen, que le importen, no hay nada tan relevante, no hay nada, no quedó nada, es lo que el tiempo tiene siempre para dar, lo que entrega siempre como un regalo, una ausencia, tenía razón Chinanski, siempre tuvo razón estarás a solas con los dioses, y ese será el regalo.

A tras se mira siempre con nostalgia, con los ojos présbicos, sin los dolores, solo con los recuerdos, el tiempo sana y anestesia, por eso al mirar atrás no nos parece tan malo, por eso se ve con cariño el dolor, se rescata lo aprendido, es fácil hacerlo cuando ya no duele, cuando se recuerdan más las risas que la soledad, cuando se piensa en los abrazos y no en la rabias, somos afortunados de poder olvidar, cuánto compadezco al pobre Funes, cuando temo a su maldición, tiene lógica que un pueblo no la tenga, es un mecanismo de defensa el olvido.

Estoy en duelo, me he perdido un poco, mi presente decepcionó al pasado y hoy aquí temo que el futuro piense lo mismo de mí, y va a pasar, es lógico que pase, pero el futuro nunca es lógico, solo cuando se mira desde el presente hay lógica en cómo se llegó a algún lado, desde aquí, desde el plan, desde el hoy, sin dar el primer paso, al menos no conscientemente, al menos no en esa dirección, desde aquí es difuso, una luz al final de una niebla que esconde caídas, giros, valles, me bato en duelo conmigo, con mis miedos, mis decepciones, y mientras lo hago comienzo a escribir.

A quien corresponda.

Agradezco la oportunidad, cada tecla duele, cada palabra duele, que la oficina esté sola duele y entonces me levanto, lloro y salgo por una puerta que crucé muchas veces y el duelo comienza, duele, duele mucho irse de los lugares donde uno ya no puede quedarse, duele el duelo de dejarse a uno, a unos sueños, a unas versiones, duele y por eso hay que irse, aunque el pasado quiera quedarse, el presente tenga pánico y haya que ir tras ese espejismo de un mejor futuro.

Un ducha fría

Afuera hay ruido, uno fuerte y ensordecedor, afuera hay gritos salvajes y airados, pero dentro del camerino es solo un murmullo, dentro del camerino el ruido no está afuera sino adentro de cada uno, allí es cada uno con su propio mundo gritando, dentro está cada uno repasando las palabras de los del frente, las peleas con las novias, o con los papás, los más asustados se escuchan a sí mismos, siempre es igual, necesitan algo fuerte, algo que los haga volver, que los saque del calor del juego, del fuego del juego, por suerte les tengo una sorpresa.

Vengan, los reúno, vengan acá les digo y los miro a la cara, a los ojos, la culpa es de ustedes digo y todos callan, esperaban algo más seguro, pero no hay mentiras dentro del camerino les digo, es por eso que, aunque el estadio es un murmullo sus cabezas están llenas de reclamos peores que los que les gritan de las gradas, sí, no están dando el 100% y no lo están haciendo porque han perdido el norte.

Entre más silencio se hace más dolor se siente, más miedo, más ausencia, más distancia, ellos callan, no entienden, esperaban otras palabras, pero no hay más palabras, saben que dentro del camerino no se miente, son pocas reglas, porque son reglas simples, solo 3, la primera regla del camerino es no se habla de lo que se habla en el camerino, lo sé un cliché, pero ellos no han visto el club de la pelea y estoy seguro que tampoco lo han leído, así que venía bien, la segunda regla es dentro del camerino no se miente, y la tercera es dentro del camerino el hubiera no existe… no están concentrado les digo después de pensar, no están conectados ni presentes, están fuera del camerino, están fuera de ustedes, se quedaron en sus casas, con sus novias, novios, se quedaron con sus problemas, con sus ausencias, se quedaron solos, se quedaron sin capitán y el capitán sin equipo, los digo recorriendo con la mirada cada par de ojos atentos, no es una regla pero es sentido común, al que habla se le mira a los ojos, todos me sostienen la mirada, saben que no miento, lo saben porque dentro del camerino no se miente, y saben que es verdad, que se han estado mintiendo, algunos ojos se empiezan a llenar de lágrimas, duele, pero eso es bueno, la verdad duele y dentro del camerino no se miente.

Quedan 15 minutos, no todo está perdido les digo, y muchos creen que miento, pero dudan porque saben que yo sé que dentro del camerino no se miente, no todo está perdido repito, vamos a bajo por 30 puntos, en un cuarto de tiempo parece imposible y por eso algunos creen que miento, pero dentro del camerino no existen los hubiera así que creo en lo que digo, y no miento al decirlo, aún hay algo por hacer, aún hay algo por sacar digo, hay que sacar la basura, su basura, esta basura, les falta convicción y creer en ustedes les digo mirándolos ojos, podría decirlo distinto, más suave, más amable, pero no existen hubieras dentro del camerino y había que decirlo, creo en eso, creo en ustedes les digo mirándolos a los ojos, viendo lágrimas en sus ojos, y de repente dentro de esos ojos irritados y llorosos dentro de esas pupilas, se ve algo diferente, algo de esperanza, hago la seña y cortan el agua el caliente, a las duchas, grito, a las duchas, quedan 15 minutos, vocifero y todos corren a las duchas…

El discurso les ha hecho bien, pero no es suficiente, creo que no es suficiente, necesitan algo que los saque del fuego, y entonces gritan todos en un vibrato espantoso. Me gusta ser redundante, y el agua fría.

Antes de salir

La imagen es recurrente, la cama está hecha, sin muchas arrugas, podría decirse que está incluso bien hecha, todavía hay sol aunque ya no amarillo como lo es al nacer si no más naranja, casi rojo, así se pone él después de un día largo de trabajo, parece que se cansara de estar allí eructando ráfagas solares, no hace calor, no calienta, no hace sudar a nadie, pero no lo necesita, ahí está presente. Igual está la maleta, sobre la cama casi bien hecha, dentro de ella también hay orden, el suficiente, y queda espacio, siempre queda espacio, yo estoy parado a unos tres pasos de la cama, no puedo ver todo lo que hay dentro, pero sí que hay lugar, no parece que haya algo esperando a ser empacado y frente a esa imagen experimento un vacío tremendo, no hay angustia, pero el estómago está inquieta, las piernas cosquillean… es miedo, pero no angustia, si hay miedo está bien, si da nervios de los que hacer reír está bien, me digo en medio de la imagen tratando de convencerme, está todo bien me digo, lo malo de ser agnóstico es que muy rápido aprende uno a dudar de uno mismo, no sé si creerme.

Paseo los ojos de arriba abajo, de un lado al otro, el armario está abierto, 3 cajones ordenados y uno para el desorden como debe de ser, como el lugar donde se secan los platos, como la canasta donde se apila la ropa sucia, es muy nuestro eso de tener un lugar permitido para el desorden, una calle roja, una zona de tolerancia para las medias nonas, las pantalonetas, una que otra toalla pequeña, de esas que se usan para las manos, está en todo lado, todo casi ordenado, siempre tan cerquita del peso, siempre tan ausentes los cinco centavos, siempre la maleta vacía sobre la cama casi bien hecha, siempre el cajón del armario donde el orden no es ley.

Algo me falta, o va a faltarme, es la sensación traducida, el recado de la intuición, es casi ese: algo muy malo va a pasar en este pueblo de mamá grande al desayuno, no sé si malo, no sé si grave, pero es esa certeza anticipada, eso que ha dado nacimiento a pitonisas y brujos, esa sensibilidad casual y a veces afortunada que se interpreta como predictiva, como don de clarividencia… suerte solo suerte me repito, mala suerte la de creer que tiene uno el poder de ver con cierta precisión el futuro, que aburrida sería la vida, si algo va a matarnos que sea la duda, no la certeza, pienso, o mejor piensa ese yo que no soy yo sino mi representación en ese espacio, en ese sueño, estúpido sueño que me hace consciente de estar soñando, la cuarta pared onírica hecha trizas y la maleta intacta, casi lista sobre la cama casi bien hecha.

No viajo pronto, pero estoy tomando decisiones, no viajo pronto pero sí me muevo, me voy, y habrá despedidas, estúpida forma de decirme a mí mismo todo lo que ya me digo despierto, qué tan pesado tengo que ser para no dejarme dormir repitiéndome las mismas cosas con las que me atormento despierto, de verdad que cuando me lo propongo soy simplemente un pesado.

 También hay tristeza, la boca me sabe a tristeza, es un sueño y la tristeza tiene un sabor súper reconocible, a cáscara de fruta, la melancolía de la fruta pienso y afirmo, tenían razón los abuelos, apago el foco, después de todo soy el último en salir, y ahí queda la maleta, esperando al próximo viajero.

De mi puño y letra

Cuando leyó el título sabía que había al menos una esperanza, era poco, pero en su posición no podía darse el lujo de rechazarla, como editor no había peor lugar que el que ahora tenía, ser editor de ex famosos es similar a hacerle la tarea al bully del salón, así que 30 años después de su secundaría se veía en el mismo lugar donde ya había estado.

Los manuscritos eran usualmente una mierda, otro famoso al que su agente le dijo es momento de escribir un libro, generalmente memorias vacías, con relatos insignificantes y nada profundos, una mirada simple que demostraba que ni siquiera ahora que su actividad principal estaba en el ocaso comprendían por qué estaban en el lugar que estaban, la ceguera del privilegio es degenerativa, y los que llegan a viejos sin entenderlo, sin sospecharlo, ya nunca lo harán.

La mayoría de los futbolistas, las súper modelos, las reinas, lo galanes de telenovelas o películas, el 100% de los herederos, incluso esos que ya no poseen la gloria de los logros de sus padres, sino solo el dinero de sus abuelos, los secuestrados, y los expresidentes con delirios de caudillos, esos que abundan en mi país porque además de cada apellido hicieron un movimiento sin ninguna base ni fondo, dándole a cada uno un nicho de mercado suficientemente atractivo como para que algunos se crean poetas, cantantes, compositores, comentadores históricos, pero en el fondo son simplemente estúpidos ciegos, imbéciles que van desnudos caminando con su traje de emperador diseñado por sus managers, publicistas y propagandistas, aplaudidos por otro montón de imbéciles que van en masa no por ellos sino porque hay otros a los que quieren ganarles, porque aunque no tenga ningún sentido el nacionalismo se ha vuelto deportivo, culinario, político pero no geográfico, religioso y moral, tantas banderas y con tan poco en común más que una necesidad de validación, pero ese pegamento es fuerte y parece unificar la diferencias, pero es solo una imagen, pero no es cierto, tan solo las ignora, la ceguera se les contagia a los seguidores y no ven lo que no les conviene.

Por eso cuando Roger leyó, de mi puño y letra, no pudo evitar sonreír, era una frase, pero tenía chispa, fuerza, un jab directo a la quijada, un guiño tierno a Cortázar, aunque no fuera un cuento y no fuera un final, aunque fuera el nombre, pero el nombre ganaba por knock out, un bello puente entre él y Hemingway, entre él y Bukowski, entre él y Salcedo Ramos, entre él y otros tanto, que sienten que la hoja en blanco pega tan duro como la pobreza con la que se forjan los boxeadores, entre esos que se igualan con alegría frente hombres osados aunque como él jamás entrado a un ring, ni a un cuadrilátero, ni a una arena, se creen exploradores por leer y escribir, peleadores por golpear con ideas contundentes y letales por haber lanzado frases afiladas, pero todos ellos no tenían lo que él tenía, la verdadera experiencia de haberse ganado la vida boxeando, 10 años de recibir golpes, de costillas rotas, nudillos fisurados, hematomas, inflamaciones, el sabor de la sangre, del sudor y la sangre, el miedo, la frustración, la rabia, la injusticia, las dislocaciones, el agua helada, los baños en tinas de hielo, los gritos, las luces, era una esperanza que un hombre que había asistido a eso tanto tiempo tuviera la lucidez de escribir de su puño y letra el título de mi puño y letra.

Era un bálsamo, un linimento para el alma, para el día, qué tendría para contar ese hombre al que la vida le había ofrecido una vida real, todo lo que tuviera para decir era digno, aunque fuera malo y por eso sin revisar una sola letra más aprobó, recomendó y envió a la imprenta, porque a este quería enfrentarlo en el cuadrilátero real, a ver si como otros, lograba tumbarlo, aunque fuera por puntos.

Culpables

Todos somos culpables hasta que se nos demuestre lo contrario, culpable de intentar, de ser y estar, culpables sin querer queriendo, culpables por egoístas y por humildes, culpables de las ausencias y las saturaciones, culpables de las decisiones y las omisiones, de las tentaciones y de los tentados.

Los amo a todos, a los culpables, a los que no les tienta la mano ni el pulso para declararse culpables, para afrontar consecuencias, los que no huyen de su sombra, ni de su miedo, ni de su tiempo, los que aceptan, los que miran a los ojos sin bajar la vista, los que se sienten, se palpan y se reconocen, nada de héroes, ni de santos, me cansan, para esos cobardes no tengo paladar.

Las personas así son interesantes casi todas, astutas casi todas, buenas amantes casi todas, esclavas de su ego, lo suficiente para querer ser complacientes y al mismo tiempo indiferentes, escucharse bien, verse bien, sentirse bien, la vanidad es un arma de doble filo porque empodera y esclaviza, porque la atención es una droga fuerte para el que la consume, quieren ser siempre jóvenes, siempre cool, no quieren perder, pero no saben estregar, desean ser vistos, notados, anotados, remarcados, pero cada vez les cuesta más sostenerse y entonces ceden a sus propios miedos, sucumben ante la necesidad, quieren mantener el poder, las riendas, el poder está solo en aceptar que delante no hay nada, nada que valga la pena, nada extraordinario, nada permanente, por el contrario, es solo lo absurdo, los profano lo inútil, aquello que se da natural y sin esfuerzo, el primer vuelo, el primer beso, el primer polvo.

Recuerdo muchas y muchos, capaces de abrirse, de destacar un segundo en el tiempo, de hacerse un lugar, de asegurarse un lugar para siempre en el camino de los culpables, los culpables de las malas decisiones, de las resacas, de las risas, las culpables de los orgasmos de los desvelos y los corazones rotos, los culpables de las mentiras, de las cínicos, los manipuladores y los desesperanzados, los vacíos y los rotos, los culpables del daño, del duelo, del pasado, de cada pasado, lo rayones en más de uno, los nombres tatuadas en la espalda, las del miedo a estar solas, las de la ingenuidad falsa, las que se aburren.

Los culpables, las culpables, si saben que son culpables, si aceptan que son culpables, valen la pena, hay que rodearse de gente capaz de reconocer que son un desastre, parte de un problema, porque algunos de ellos, pocos entre ellos y ellas cuentan con un hastío genuino, con un corazón sin fronteras ni fondo, con un pensamiento ajeno a sí mismos, y esos, son los mejores culpables, los que evocan, los que te joden, lo que tocan los huevos, los que dicen sí y qué, qué vas a hacer, porque ante esos, solo se puede despertar, y dar las gracias, porque al final, al final también nosotros somos culpables, tanto más por habernos sentido inocentes.

Sueños de segunda

Desde que tenía memoria o mejor consciencia de ella, había querido escribir, creía como cree todo el mundo en la infancia que hacer lo que le gustaba depararía felicidad, era un pensamiento ingenuo, estaba en la edad de serlo y para colmo tenía la mala fortuna de crecer en medio de otros niños, ningún alma vieja que pudiera sacudirles un poco el mundo, lo más cercano era Pablito el triste, lo habían disfrazado de payaso triste hace un año y jamás había podido librarse del apodo, le venía bien, sobre todo desde que se enteró que sus padres se separaban y que además su mamá esperaba otro bebé, ya no era el hijo único, ya no tenía una familia, Pablito no se había autoinfligido dolor por medio del razonamiento, la vida se lo había hecho todo muy rápido como para asimilarlo, así que ahora solo era el triste, el niño que no sonreía, el que lloraba o tenía siempre ojeras de llorar a escondidas; y como no era suficiente la tristeza no podían despertar ante la realidad, no había nadie que les advirtiera, ninguno leía, ninguno tenía la suficiente vida para saber que después de los 20 la vida son más recuerdos que anhelos, y que estar seguro de algo era un privilegio guardado solo para los imbéciles.

Ahora tenía 22, trabajaba en una litografía a 20 cuadras del parque donde se emborrachaba con vino barato y donde fumaba sus puchos sin filtro, en donde la adolescencia rebelde le había dicho que el arte no se vendía, que más valía morir de hambre que en venta, que hacer lo que uno soñaba y quería era felicidad, así fuera en la miseria.

Creciendo había aprendido que nada que se ame te hace feliz, la escritura le dolía, su trabajo era agotador, la vida se había muerto un poco después de los 20, recordaba los sueños de todos y todos le parecían ahora ridículos, futbolista, cantante, reina de belleza, bomberos, astronautas, algunos tenía al menos el refugio cotidiano de pensar que si la vida les hubiera permitido alcanzar su sueño, sería diferente, serían diferentes, más exitosos, más felices, pero para mucho Wilde tenía razón, saber lo que quieres ser te lleva a la irremediable situación de convertirte en ello, destruyendo consigo todo, el pasado con los recuerdos sobre anhelos soñados, el presente porque nada más es posible y sobre el futuro, ni hablar, ninguno fuera de sí mismo. Escribiente, mal escribiente, jamás cazador de gorilas ni domador de serpientes, nunca filósofo ni cuentero de reyes, fuera de toda posibilidad galán de telenovela o actor de clown en los semáforos, nada, ninguna posibilidad es posible, ninguna alternativa una variable.

Solo él ahí frente a un computador, con una fila de señoras y señores viejos, diciendo que quieren decirle a sus hijos, sus sobrinos, sus nietos, sus ahijados, y él allí dispuesto a malgastar su escritura en una tarjeta, un recuerdo, una celebración, siempre a familias ajenas, siempre en victorias tan pequeñas como respirar o graduarse desde el preescolar hasta la universidad, tanta mediocridad celebrada por él, tanta cotidianidad exaltada, tanta realidad y ningún sueño propio por cumplir.
Ningún sueño de segunda al cual volver los ojos y las memorias.

Los inocentes

Hacen lo que tienen que hacer, dicen lo que les digan que deben decir, en términos prácticos son absolutistas, en términos humanos sin embargo no hay nada que les pertenezca, ni nada que los haga mover, siempre he pensado que la ingenuidad es algo bello en la infancia, algo torpe en la adolescencia, pero en la adultez es sin duda un estorbo, a los inocentes los detesto.

Mientras piensa en ellos Cristina camina lento frente a cada uno, son su responsabilidad cada uno de ellos, pero son tan poco, todos tan obedientes, tan dóciles, sus errores son suyos, ninguno piensa, solo asienten y ejecutan, nadie refuta, ahorren tela, corten tela, usen esa fileteadora y no la otra, becerritos, redondeen los bordes, pulan, remuevan las hebras,

Cristina camina, lento, siempre con gracia, siendo diseñadora siempre odio que le dijeran que no daba puntada sin dedal, siendo pianista le parecía más que lógico que debiera cuidarse los dedos, con el tiempo había entendido que un buen toque, preciso, certero, en la cadencia adecuada, el ritmo necesario no venía de cualquier mano, pero al verlos tan muertos se recordaba porque debía ser siempre así, porque con ellos no podía contarse, ninguno era viable y solo ella imprescindible.

Los inocentes, volvía de nuevo los ojos a su diseño, caminaba y jugaba con el jabón en la mano, figurín por figurín dibujando líneas y contornos, tarareando el scherzo número 3, le recuerda que está viva, la pequeña pastilla se desliza en sus dedos, caos y claridad, ideas y calma, fuego e ideación, sexo y orgasmo, actividad y descanso, el scherzo siempre saca lo mejor de ella.

La ira mengua, camina hacia su oficina, al papel, al diseño, al juego, al piano, quiere tocarlo, tocarse, callarlo todo, silenciarse en un espasmo fuerte e intenso, el sexo es solo sexo, pero también es tan aclarador, tan certero para dejarlo todo a un lado, también el piano, cierra los ojos, siente las teclas en sus dedos, y  también sus dedos, recuerda y recrea sus dedos, y de repente imagina los de él, en su teclado, martillando las pequeñas teclas de contacto, débiles ante su machaqueo, tan diferente a sus teclas, tan fuertes, tan sensibles a la presión, ella y sus teclas, él y sus dedos, él tocando justo donde ella quiere, con la fuerza justa… él tan culpable de desconcentrarla, de estar ausente, de permanecer distante, él culpable y sonriente, él culpable, y sonríe, caos y juego, fuego y tiempo, sexo y orgasmo.

Tantos inocentes cercas y dispuestos, tantos fáciles de gobernar, tranquilos y obedientes, tantos mansos y sumisos y él, el culpable tan fresco y tan lejos, sus manos comienzan a tocar el piano, y ella no deja de imaginar sus manos ya no sobre las teclas, sino sobre ella, un roce, un apretón, un movimiento, ahora dentro de ella, lento y constante, sus manos fuertes, sus dedos largos y gruesos, se humedece solo de pensarlo, sus manos en su cuello, sus manos en su cuerpo… sonríe. Toca su piano, en silencio, y lo anhela y en su ausencia no le queda más que despreciar a todos los que teniéndola cerca, no se atreven a tocarla.