Inoportunos

Eran las cuatro de la tarde, la ciudad estaba recalentada por el sol del día y había terminado por generar un desespero generalizado, el ambiente era molesto, el sudor inevitable y te hacía sentir sucio, además hacía mucho más desagradable de lo normal estar rodeado de personas en el transporte público y para colmo el tránsito en época de fiestas terminaba por generar un embotellamiento infernal.

Era el caldo de cultivo ideal para tener a todos al borde de un día de furia al igual que Michael Douglas o Dave Grohl en su parodia. Y después de transitar ese infierno nada bueno puede venir, así, con la esperanza vencida o acalorada entró Carlos a su casa, y al ver la luz en la contestadora palpitando supo que las malas experiencias no terminaban.

Carlos era un hombre supersticioso, su estado de ánimo nunca le pertenecía, estaba condicionado por el clima, por el tráfico, él tenía todo claro: nada es súbito, todo está encadenado aquello que nos sorprende solo demuestra la poca atención que hemos prestado a los detalles, lo egoístas que hemos sido, o lo ingenuos, quizá y a lo sumo como verdadera excusa, lo ignorantes que éramos ante la realidad, nada pasa de la noche a la mañana, TODO se está siempre desencadenando, en movimiento, y por ende en un día así, era normal que ese mensaje fueran más malas noticias.

Pensó en todo lo que podría ser, su abuelo en el hospital, la discusión con su jefe, su relación que tras una serie de malos meses se sentía fría, distante, y pese a que intentaba, no lograba sentirse de nuevo bien, la decisión de los jurados sobre su ensayo, y claro el incidente en esas breves semanas de separación en las que había despertado en medio de un hotel cerca a una zona de veraneo después de una noche en la que no recordaba nada… todo lo martirizaba hoy.

Caminó lleno de tedio y desazón hacia la pequeña luz verde que palpitaba sobre el botón reproducir y tomó aire, durante largos segundos pensó en los desenlaces, y finalmente lo presionó.

Una voz fría, impersonal y muy coherente con su día comenzó a hablar: —Buenas tardes Carlos nos estamos comunicando desde el laboratorio clínico Hematológico por favor devuelva esta llamada urgentemente.

El mensaje había terminado y el seguía allí, de pie, frío, aterrado, había olvidado que hace unos días se había hecho los chequeos de rutina, las discusiones con su novia habían empezado porque él sospechaba que lo engañaban y se había hecho exámenes de control para asegurarse que estuviera bien, había esperado con ansiedad esta llamada, pero que fuera justo hoy cuando la realizaban… palideció, no iba a ser la muerte de abuelo, ni el despido de su trabajo, tampoco iba a dejarlo ella, mucho peor, ella iba a matarlo, SIDA, Sífilis, Gonorrea pensó angustiado y lleno de ira, buscó el teléfono en el identificador de llamadas y llamó tan rápido como pudo, cada tono de espera para que contestaran le carcomía: ¡tuuuuu! ¿SIDA, Sífilis, Gonorrea?, ¡tuuuuuu! ¿Herpes, Clamidia?, podían estos identificarse por un exámen de sangre, no lo sabía, no le importaba, pero con cada repicada de ese horrible ¡tuuuuu! Carlos se moría de algo distinto ZORRA, ZORRA, ZORRA gritaba dentro de su cabeza hasta que finalmente le atendieron.

—Laboratorío Clínico Hematológico buenas tardes, en qué puedo ayudarlo.

—Hola, —dijo con la voz entrecortada, —Soy Carlos y he recibido un mensaje de ustedes pidiéndome que comunicara urgentemente.

—Déjeme buscar… Ah sí Don Carlos, buenas tardes, —Dijo una voz tan jovial que le pareció irrespetuoso, a quién se le ocurre comunicarle a un enfermo su enfermedad con una sonrisa, pero solo dijo —sí cuénteme

—Don Carlos usted está en nuestra lista de donantes frecuentes de sangre y en este momento las reservas de sangre de la ciudad están bastante bajas, y aprovechando que sus exámenes salieron muy bien, queríamos preguntarle si puede pasar a donarnos sangre antes de este viernes

—La noticia si bien era positiva, no le cayó nada bien —Le parece que bajo alguna circunstancia era necesario dejar semejante mensaje, sabe señorita lo que piensa un hombre que se ha hecho exámenes de sangre cuando recibe una voz grave, fría e impersonal con un llámenos urgentemente… es una sociópata, una cruel y malintencionada y además, tiene usted el don de los inoportunos, ah, muchas gracias.

Al final del túnel

Con solo 5 años, Gustavo escuchó: —Al final del túnel se ve una luz y después de la luz, la muerte. Hablaban dos amigas de su mamá con una naturalidad desobligante frente a su ingenuidad. Un niño cree en los reyes o en papá Noel, incluso hay algunos que creen en un palo que caga regalos; y ni hablar de los mitos, leyendas o de la facilidad con la que aceptan otras mentiras menos coloridas, como la de que ver la televisión de cerca, deja los ojos cuadrados, o que practicar la meditación y autocontemplación conlleva a que las palmas de las manos se cubran de vellos. Y sabiendo, pero sin ser conscientes de que esa ingenuidad crédula las escuchaba, continuaron hablando e inventando a ritmo de chisme, que en ese túnel se veía toda la vida frente a los ojos, que Jaime, el guapo del pueblo, había dicho mientras se moría en las manos de Rosita, la muchacha de moral distraída, que había visto todo, pero no solo su vida sino todo mientras se moría.

Y cada que una terminaba la otra decía sí sí. —Yo supe también por Carlota, la sobrina del cura, que él cuando va a darle los santos óleos a los moribundos, siempre hablan del túnel, de la oscuridad que los rodea, de cómo todo se queda en silencio y se quedan asolas con sus pensamientos, y empiezan a recordar sus momentos felices, su vida de niños, los regalos, los abrazos, lo cuentan todo todito, se arrepienten, lloran.

Gustavo escuchaba con los ojos bien abiertos. Porque los niños impresionables no escuchan solo con las orejas sino con los ojos, los abren, tan grandes como pueden porque en cada palabra escuchada imaginan, construyen una realidad donde existe de manera diferente eso a lo que se ha expuesto; diferente, porque no entienden las metáforas ni las ironías, porque detectan las mentiras no la exageración. Él no comprende que esas dos viejas están inventando y mezclando todas las historias que han escuchado, no se imaginan que nada de lo que han dicho no es más que una anécdota, él escucha y crea un universo donde todo existe tal y como lo comprende.

La madre no lo sabe. Gloria no se ha enterado de que Estela y Jimena hablaron frente a Gustavo del fin de la vida, del túnel y de la luz, no ha tenido tiempo para desmentirlas y explicarle, ella no se imagina que Gustavo a sus 5 años piensa ya en la muerte, y no como algo que sucede como una consecuencia final ante un evento traumático, una enfermedad o el paso del tiempo. Gustavo no tiene la suficiente consciencia para entender que la muerte no llega de repente, sino que se anuncia, se enuncia, que tiene síntomas, que la muerte es un casino donde todos pierden, que no es cuestión de suerte, sino de probabilidades, y que a sus 5 años ni siquiera la muerte lo tiene muy en cuenta, no desde que casi erradicaron el polio, y desde que se inventaron las vacunas, que la tasa de mortalidad infantil en niños de 5 años es insignificante. Ella no lo sabe, por eso va feliz a decirle a Gustavo que haga sus maletas, que viajan al medio día, que van a conocer el mar.

El mar, la palabra retumba en su cabeza. Lo ha visto en películas, en fotos, los colores azul y verde se extienden, Gustavo sonríe, está emocionado, corre, empaca todo, y no puede creer en su suerte. El mar. Escucha las olas en su cabeza como las ha escuchado en el televisor, y corre de la mano de su madre a la calle del pueblo por donde pasará el bus, se montan emocionados, entregan sus tiquetes, y sonríe, la madre va mostrándole todo.

Mira el cerro, la sierra, mira las vacas, el río, mira la moto el carro, y con cada señalamiento ríe, juega, se alegra. —Mira, vine el túnel…

Cotidianos

No ha salido el sol aún, pero los relojes ya cantan, canciones favoritas, alarmas nucleares, gritos de caricaturas o silbidos de pájaros gritan para despertar a la gente, sincronizados, pero no juntos, responden orquestados desde las 4:am hasta las 7:am sin parar, sin interrumpirte, cada 10 minutos suena una tanda de alarmas. Y tras cada una comienza una carrera, las duchas son largas y también cortas, las temperaturas varían, algunos se queman otros se congelan, los desayunos van de lo práctico a lo elegante; se rompen los huevos, se sirve cereal de la manera correcta -el cereal primero- y también de la equivocada, la leche primero; están los que antes de levantarse pueden revolcarse y echarse un mañanero delicioso, aun cuando por comerse se queden sin tiempo de comer.

Después corren, al ascensor, por las escaleras, a la parada de autobús donde todos se encuentran y represan, un río de gente, un mar de gente, que, en pocos minutos, con suerte, estarán reunidos como peces en un barco de pesca, juntos, tan juntos que parecerán íntimos, sentirán el sudor del otro, el aliento del otro, a veces con gusto y en la mayoría de los casos con asco. Afuera, individuos encapsulados viajan solos y se consideran más afortunados que las sardinas enlatadas de los autobuses, los colectivos, los transportes públicos en general; sin embargo su autonomía vale, vale horas en familia, con amigos, vale un seguro, y nafta, gasolina, gas… vale oxígeno, pero no importa, lo vale, no tener una gota de sudor ajeno e indeseable corriendo por la piel, no tener que sentir un pene flácido o tieso en un bus o en un metro, lo vale, no tener que sufrir porque entre tanta gente es imposible evitar el roce de sus penes o sus tetas contra espaldas, cabezas, nucas, culos ajenos, lo vale no tener que angustiarse por ser tildado de depravado cuando tan solo se está enlatado.

Están los otros, los aventureros, forajidos que escapan de los embotellamientos, como serpientes se desplazan por los canales, los espacios, serpentean el tráfico, y se burlan de los hombres pecera en sus carros y de las sardinas en sus transportes públicos, ellos, en su afán avanzan solos hasta que llueve y entonces como pequeños peces asustados se reúnen bajo arrecifes de pavimento, bajo puentes, techos, almacenes, se reúnen y se escampan, se esconden.

Ahí puedes ver a los audaces, mojado un dedo, mojado la nalga. Y caminan, o montan sus bicicletas sin inmutarse, crustáceos y moluscos son, indiferentes a toda vicisitud, continúan su camino como animal sin predador, inmutables, viéndose tan lejos de todo como se sienten, orgullosos de una rebeldía justificada pero insignificante, y aunque intentan ser imitados, lo cierto es que su comportamiento y su credo exige tanto y da tan poco, que, en lugar de compartirse, repele.

Las luces cambian lentamente, y los peatones se atropellan entre ellos, cuando hace sol aún con más fuerza. Hormiguitas angustiadas, corren con el peso de una lupa imaginaria, de una amplificación social sobre sus hombros, sintiendo el peso de lo que demandan de ellos; tengo que ser, tengo que llegar, tengo que estar, tengo que ir. Tienen todo menos opciones o decisiones. Hormiguitas y abejitas que más que obreras se esclavizan, y luego los zánganos, otros que disfrutan más su labor, se llenan de placer en su repetición, en sus embestidas orgásmicas, en su labor reproductiva, creativos monoproductores que se excitan con su día a día polvo tras polvo, adictos, todos adictos, al tabaco, al licor, a la adrenalina, al deber cumplido y los encontrás en todas las ramas, y en todas las profesiones, las horas trascurren, rápido y lento dependiendo de cada uno. Porque solo la percepción altera el paso del tiempo.

Al final retornan, agotados todos, agobiados, desmoralizados, descremados, desindividualizados, sintiéndose un cualquiera, uno más… y antes de dormir, programan sus alarmas.

Sazón

Prólogo de cocina.

El que sabe, sabe que todo sabe. Es una cuestión de tacto, intuición. No hay caldo, ni guiso ni arroz en el mundo que pueda repetirse o copiarse. Es, en cada uno, en cambio, una reversión, una reinterpretación del sabor que se busca, de la receta en la que las variables son, si bien no infinitas, sí incontrolables, por eso la cocina empieza en el caso de los más metódicos en la siembra, y de los más pragmáticos en el mercado.

No es lo mismo un tomate viajado, que fresco, ni en conservas que orgánicos. No es lo mismo uno grande a uno chiquito, mucho menos pueden igualarse verdes, rojos y pintones. No es lo mismo madurarse en el árbol que en papel periódico, se pierde algo vaya a saber si en la esencia o en la voluntad al madurarse biche. Incluso vaya uno a saber si lo bueno o lo malo viene de allí; lo cierto es que el cocinero debe intuirlo, debe notar las bondades de cada producto que trae, probarlo y olerlo, él más que nadie debe conocerlo porque está a punto de transformarlo, de darle otra voluntad. Pero las cosas cuando se sobreponen pesan y dañan. Quien cocina sabe, y sabe que todo debe integrare con sutileza, no solo añadirse, no es una suma, es más místico, es una alquimia donde se transmutan los ingredientes, donde se cambian y se alteran para darle un nuevo valor, un nuevo sabor, una nueva jerarquía a su composición.

Los comensales, si saben, saben que en la cocina hay mucho más que un procedimiento, que hay una idea sobre su plato, que hay una intención que varía entre cada estación de cocina, que muta en cada reinterpretación del menú. Por eso cuando se come, se hace mucho más que masticar.

Eso que el comensal disfruta y eso que el cocinero intenta, los une o los separa. Y es lo mismo que todos buscan en lugares diferentes, en un spa, en una noche de rumba, en un concierto, en un museo, en una noche de folle intenso, en un porro, en una cerveza, en un retiro espiritual, en una misa dominical, la confirmación, la esperanza de que todo ha valido la pena, los sacrificios, los esfuerzos.

Eso, ese no sé qué, que tienen las personas que nos gustan o no, ese me da buena espina, esa intuición que te recorre y te hace confiar, esa elegancia natural que hace que una persona muestre clase y no solo plata, eso que se llama porte, aura, karma. Eso es sazón, la capacidad de darle alma a un ingrediente, el poder de darle sentido a algo que de lo contrario sería un orden mecánico, caprichoso y a veces aleatorio en la preparación de la comida.

Es necesario y el que sabe, entiende, que no solo es por su juicio sino por una lógica mayor, un orden ancestral y astral, un postulado físico espaciotemporal inviolable. Todos tenemos sazón, criterio alimenticio, y este puede variar, pero aquellos que saben concuerdan en las reglas básicas, en los patrones, en los deberes. Porque cuando todo es percepción la realidad se desdibuja, por eso es necesario comprender que la ley de los números grandes no busca acercarse a la realidad sino alejarse del error, pero para que sea funcional las sutilezas son contundentes; al final siempre lo son, como el emplatado, como la pizca de sal, de gusto, de sabor y de buen tino, sin esa sazón, nada es posible, ni tiene sentido, sin esa base TODO se pierde.

El que sabe, sabe que tengo razón. El que sabe, sabe que el cereal va primero y la leche después, que la sal al gusto no contempla la hipertensión, que el azúcar nunca debe endulzar la comida sino desamargarla, que el romero y el tomillo acompañan para aromatizar, pero no para esconder ni mermar, que el toque, es solo un toque, que todo lo que es mucho no marida, sino que satura.

La sazón es gusto, pero no al gusto.

Enzimáticos

Dicen que los instintos se despiertan, y que están en el cuerpo, la mente, en el ADN esperando el estímulo adecuado. El destino entonces nos es más que una secuencia enzimática porque el valor no vendrá de los actos sino de las entrañas, el liderazgo no surgirá frente a las adversidades como se ha planteado, sino que vendrá desde una enzima que condicionará un sustrato para que libere las moléculas encargadas de accionar la idea, la acción y con ella los músculos para darle movimiento. No será valiente quien tenga la oportunidad de serlo, sino la cantidad de azúcar justa en la sangre.

El destino no está escrito en el futuro, sino en nuestras células, la sagacidad, los nervios, lo buen catre viene de adentro. Así que, si buscan la verdad de sí mismos, más que una carta astral se necesita desarrollar un análisis que permita encontrar los patrones internos, las constelaciones glaseadas de nuestras partículas. Por supuesto que nada de esto le resta ni interés ni importancia a otras cosmologías, pero si aprendimos a leer patrones comportamentales debido a los ciclos astrales, ¿no estaría bien tener una carta enzimática?

Las personas al fin y al cabo nacemos perdidas, algunos piensan que, al poder transmitir conocimiento basado en experiencias de personas diferentes, civilizaciones diferentes y poder establecer o adaptarnos a comportamientos culturales, nos convierte en seres más evolucionados. Pero hay algo claro, nos hemos olvidado de entender más allá de lo práctico, el aprendizaje más allá de lo productivo, no se trata solo de enseñar a hacer zapatos, o a sumar vectores, ni a programar códigos ni mucho menos, y dios nos libre de enseñar solo cosmologías ciegas y sordas que no entienden de hechos ni razones.

Acción y reacción como credo bíblico, pero ¡venga! Semejante desfachatez tiene un límite. La acción es un impulso, un detonante y no me interesa solo registrar el resultado, sino comprender la cadena de factores que condicionan los tiempos. Si vamos a creer en algo que sea en el azúcar y en la armonía porque si hay algo cierto es que el animal vive en todos, que el miedo, el deseo, las ganas, el sexo, el buen sexo, el odio, el tedio y la monotonía nos habita y si no lo entendemos termina por dominarnos, buscando la solución de un problema que no comprendemos en su planteamiento, y ahí todo mal.

Por eso es necesario creer si se quiere creer, sabiendo que tan solo se está creyendo por elección, pero olvídense de las pretensiones que les hace sentirse dueños de la verdad, y peor aún, de que pueden alcanzarla. Porque hay dos tipos de hombres a los que hay que temerles, a los que están seguros de todo lo que tienen y a los que sienten que están cerca de poseerlo todo, porque esos hombres son los únicos ingenuos que suelen apartarse de lo más importante, la experiencia en sí misma, y de nada sirve el sexo sin pasión, incluso si es bueno, de nada sirve la forma sin el contenido.

Y no se trata de ser serios, únicamente serios, ni frívolos y únicamente frívolos. Sino de saber que todo al final es solo un pedacito estimulando un puntico que desencadena otro pedacito de nosotros, y que hay en todos la posibilidad de ser todo y nada, y nunca perder de vista que estamos a un estímulo de serlo.

Cuando terminó de hablar soltó una bocanada grande de humo, de un porro electrónico que pegaba delicioso. Juan la mirada alelado, lo rico que gemía, lo rico que veía, lo rico que la recordaba, y todavía estaba allí después de follar, sudadita, oliendo a un sexo provocativo y hablando de una manera en la que no podía dejar de verla.

—Vos sos una chimba de enzima, le dijo recibiéndole el porro y mordiéndole la boca.

Rastros

Cuando un carro va rápido y frena, la armonía de la velocidad se interrumpe y las llantas dejan de girar para aferrarse al suelo. Milímetro a milímetro se queman, se graban en el pavimento poroso y quedan visibles, humeantes. El ruido que provoca la fricción del derrape rasguña el silencio, y en cualquiera que lo haya escuchado, se graba estruendoso y sorpresivo; si te acercas lo suficiente esas marcas sobre el asfalto tienen también olor, caucho quemado.

La taza que sostienes en las manos tiene una línea gris que recorre de manera anecdótica los pedazos que se separaron de ella antes de volver a pegarlos. Una cicatriz que de manera curiosa la hace un poco más interesante, una pista a seguir, una historia a preguntar, mala, pero aún así una historia.

El sonido de un plato de cerámica, de una copa de cristal o un vaso de vidrio, el sonido de un carro pitando, de un lazo golpeando el piso, el llanto de un niño o de un perro, el maullido de un gato, un halo de luz, una estela de frío, una Estela, un orgasmo de Estela, un gemido de Estela, un grito de Estela, los de Lina, Laura, los ocurridos y los imaginados, las canciones, las madrugadas, los ‘salud’, y los ‘no vuelvo a beber’, los bajones, las elevadas, la salsa regándose en la cara, la risa, el picante del picante, los domingos con vos, y los domingos sin vos. Todos dejan un rastro, las palabras, y si tienes buena memoria cada palabra.

Por eso lo que vos me pedís no es cuestión de voluntad, si no de física, de metafísica, y hasta la patafísica. Esta última porque quizá sugiera que lo más importante para olvidar algo es evitar que ocurra, o inventar un recuerdo alterno que sobreescriba cada estímulo. Es decir que lo mejor para olvidar sea, quizá, en lugar de vivir un hecho traumático, recrear uno mejor. Simplemente imposible es que, TODO marca, nada desaparece, la energía se transforma, nada pasa sin hacer estragos, los daños colaterales son incontenibles, tenemos el cuerpo hecho cicatrices, pecas, lunares, dolores… recuerdos.

Que más somos sino un rostro del rastro que nos contiene, una cicatriz físico emocional que se escarifica sobre sí misma y adquiere forma, formas, de continuar. Las ciudades tienen sus edificios viejos, las calles sus huecos, y cada uno de nosotros su universo dentro, adentrico de sí mismo, y vos venís aquí, me tomas las mano, me miras a los ojos y me pedís que no recuerde los recuerdos, que me olvide de todo lo malo, como si lo malo existiera sin lo bueno, que sea selectivo en la forma en cómo te pienso, como si fuera cuestión de voluntad y no de acción, como si mía fuera la culpa por no omitir el daño, como si el pecado fuera mío en pensamiento palabra y falta de resignación. NO, NO y NO. Es por tu culpa, por tu culpa, por tu gran culpa que estamos en esto, aquí no voy yo a ganarme padrenuestros con acciones ajenas, faltaba más.

Los errores también tienen consecuencias. Aunque posen de santitos junto a sus amiguitos los atenuantes, aunque frente a las excusas quieran ponerse y levantarse las banderas del perdón. Aquí no hay perdón ni olvido, aquí no hay tregua, esto es la guerra.

Mariana miraba con una abrumada expresión. —De qué estás hablando, preguntó al fin.

De tu egoísmo, de tu falta de consciencia, de tu comodidad.

¿Qué? ¡Qué!

Que no has puesto el bizcocho del baño y por tu culpa me fui de culos en la taza.

Ilusiones modernas

Cano era relojero, pasaba sus días dando cuerda y reemplazando piñones diminutos de hombres elegantes y damas refinadas con una sonrisa sarcástica en el rostro. Era además un viejo enojado, experto en relojes, le daba lo mismo un Rolex, un Cartier, un Casio o un reloj de muñequitos. Todo se podía resolver, el tiempo solo se marca, el tiempo solo corre, no se domestica ni puede enmarcarse, aunque esté prisionero en un cristal. El tiempo es un concepto curioso, infinito si se piensa de manera colectiva, pero, de manera individual se está agotando. Cada día no solo cuenta, resta, es fútil intentar conservarlo, es imposible seguirle el rastro, es temperamental y selectivo, muy selectivo.

Todo eso, claro, desde la percepción, porque el tiempo no tiene conciencia de sí mismo, no es moral ni inmoral, es un fenómeno y no necesita ni testigos, transcurre, así. Por eso las marcas, las corbatas, y los sentimientos son solo ideas que se tejen sobre él a su alrededor con la intención de abordarlo, de domesticarlo, pensaba. Mientras tanto mantenía la lupa apretada y el entrecejo fruncido intentando recuperar el mecanismo de un Patek Philippe, regalo de un abuelo que seguramente lo había conseguido en la guerra, y por «conseguido» realmente pensaba y entendía que pudo ser robado, sí seguro fue así, por que por más dinero que tuvieran, un Patek Philippe de 1929 con calendario perpetuo es una joya, un objeto de colección, el imbécil que lo tiene no sabe la perfección que carga.

Pensativo Cano rumiaba la idea de cómo el tiempo aumenta el precio de las cosas, pero disminuye su valor. —Este reloj, por ejemplo, ya nadie valora lo que significa, ni lo que logró en su momento, es un reloj caro, pero ya no es un invento revolucionario, y ahora para colmo se desconoce su historia; la gente los conserva sin entenderlos, como aves enjauladas, con alas coloridas y bellas, pero sin uso alguno. Antigüedades, recuerdos, herencias, tienen si acaso un valor emocional, quizá alguien les dijo: qué buen reloj y solo por eso lo usan, pero ven la hora en su celular, es solo una prenda más, decoración, centro de mesa, una distracción. Nadie debería usar algo que sea más interesante que el mismo, pensó y asintió, siempre asentía cuando pensaba una de esas frases que se decía que eran frases para libro, incendiarias cargadas de sentido, palabras llenas, y reía, reía en silencio y cómplicemente, una risa de relojero, de Gioconda, una risa de cirujano, de neurocirujano.

Mientras tanto continuaba, levantaba piezas, soplaba partes, encajaba engranajes y estiraba resortes, el tiempo se enreda en las partes, se graba en ellas las desgasta, las envejece, el tiempo es eso, un cincel que crea los surcos por donde fluye, y marca, marca y desgasta. El dueño del reloj nunca lo ha pensado, jamás ha reflexionado sobre eso, no entiende la pieza que lleva, no sabe que al usarlo se transforma en algo como usar el marco de las meninas para sostener un trapo de estadio.

Ilusiones modernas, poder, tiempo, dinero, ¡bah! Solo los imbéciles creen que pueden de verdad poseer algo, que la moda, la ropa, la posición vale más que la libertad, la libertad de hacer lo que quieran de verdad, de morirse de hambre arreglando relojes por ejemplo, y al pensarlo sonrió de nuevo, sonrió con esa risa de relojero.

Deberes

Era temprano, muy temprano, ni siquiera el sol había terminado de despuntar, así aprendió Laura que el naranja era un color feo, porque aruñaba el azul y el rosa que le gustaban más, también porque ese color tenía algo en él que hacía que recordara todo, cuando por el rabillo del ojo se colaba esa calidez aún tenue, revivía con claridad todo lo que había olvidado el día anterior, Laura no podía olvidar nada, nunca y era por ese color, ese color que al aparecer le susurraba: no has hecho los deberes, olvidaste la cartelera, para hoy es el proyecto de ciencias.

Y al comienzo, cuando sucedió las primeras veces lo consideró un súper poder, porque era fácil, un mapa de Colombia que podía fácilmente hacerse con un croquis durante el desayuno, pero con el tiempo era cada vez peor, un retrato del libertador, una investigación sobre semiconductores, la propuesta para el señor Jhonson…

Aunque eso no importa, no ahora, aún es de noche, y ella aún no recuerda que el naranja está por asomarse, aún no debe enfrentarse a esa penumbra agonizante que la hará sufrir, a ese momento en el que literalmente de la noche a la mañana volverán enfurecidos los recuerdos, unidos como fotogramas, secuenciados, por temporalidad y revivirá uno a uno cada momento.

Su primer recuerdo del croquis, el segundo del retrato, el tercero del proyecto de ciencias, y repasara su primaria, y volverá a ver las carteleras, las caras, los problemas de matemáticas, al hombre del turbante y su factorización, más tarde se verá así misma pegando apurada páginas en carteleras, y sentirá vergüenza de la mediocridad que la esculpe, la forma y la representa.

Con el tiempo empeora, recuerda las frases que duelen, recuerda los momentos donde han fallado y donde le han fallado, Laura se expondrá en solo 30 segundos a cada milisegundo que la ha atormentado, recordará sus palabras, cambiamos, recordará las mentiras, recordará las razones, y se descubrirá diciendo las palabras que no le gustó oír, cambiaste, ya no somos los que pudimos ser, y mucho menos nos convertimos en lo que nos hubiera gustado, yo no me imagino viviendo con vos, y sentiría nuevamente con cada una de estas derrotas la frustración y la tristeza.

Y se vería así misma cambiar, convertirse en ella.

Laura, Laura, bebé, decía su madre risueña cada mañana despierta linda, y se preguntaba si estaba ella bien, mientras que Laura navegaba en esos primeros errores, mientras que ella decía olvidé mis deberes.

Esa era la clave, solo aquello que debía hacer lo olvidaba, solo aquello que había olvidado volvía para atormentarla, y recordar eso la ayudaba a entender, sus pasiones no necesitaban alarma, solo tiempo.

Buenos días Laura, dijo Juan.

Debemos cortar dijo Laura, y los recuerdos se interrumpieron.

Estación Colegiales

Los trenes, los buses, los tranvías, son una postal a la humanidad. Una heterotopía de ideas. Piensa en cuántos libros han sido leídos en ellos, cuántos concebidos dentro de ellos. Ahí se han enamorado, de personajes, de tramas, ahí muchos han descubierto en qué creen, se han preparado discursos de ventas, pedidas de mano, y también han visto con el pecho vacío la verdad irrefutable de que el amor está muerto, en cada silla, en cada vagón un alma descorazonada o envalentonada ha encontrado la forma de prometerse a sí misma que hay una esperanza, o se ha convencido de que no queda alguna. La idea es simple, pero poderosa.

Era la línea H, una vieja línea habilitada hace poco. Justo en ésta se había vuelto a poner en circulación algunos vagones restaurados que en un país del primer mundo quizá serían museos, o departamentos de planeación en una agencia de publicidad; quizá serían restaurantes temáticos o decoración estrafalaria de algún aficionado a los trenes, pero aquí estaban en movimiento, en acción. Él descendía todos los días hasta la línea H y montaba en sus trenes y pensaba en Casares, en Luis, en Roberto, en Julio -montando en esos trenes, aunque no en la misma línea- enamorándose y descubriendo sus musas, los niños traviesos, los jóvenes viejos, mirando por la ventana persiguiendo la idea de un hombre obsesionado, de una mujer mágica, o de una llena de sazón.

Él, en su mente, no viajaba precisamente en el tiempo, tampoco lo hacía únicamente en el espacio. Viajaba en él mismo, junto a sí mismo, hablaba e intentaba desenredar esas ideas que a veces le llegaban. Imaginaba a estos hombres, en sus trajes finos y no tan finos, con los ojos aún encendidos, en búsqueda aún de sus palabras. No era como otros que se imaginaban a sí mismos imponentes y siendo recordados; su ejercicio consistía en remover de los altares a los endiosados y manosearlos hasta volverlos menos que humanos, en anonimarlos. Pensaba en sus nombres y no en sus seudónimos, en imaginarlos jóvenes, descuidados, y soñadores, en recordarse que ellos habían sido sombras al igual que él, no solo carne y huesos, NO, sombras, bocetos de sí mismos como él lo era, y que en sus mentes corrían quizá las mismas dudas, las mismas preguntas. No quería igualarse con ellos en lo grande y lo magnánimos, no era su fama ni su triunfo lo que quería vivir, era su humanidad descarnada, su sentir agónico, sus zapatos viejos los que quería ocupar. Para entender al hombre y no la obra, para eso están los críticos, pensaba, para eso están los demás.

En esos viajes donde veía aquello invisible, quizá también aquello sagrado, su intimidad anónima, su cotidianidad vívida. Pensaba en las rutas de sus cafés, en los maquillajes y los vestidos de la época, en el olor a pucho que con seguridad llenaría el vagón, en el olor de las calles, en el hedor de las gentes, en el paisaje de cojos y rengos por polio, en la tristeza de los rostros que crecían perdiendo hermanos, hijos y conocidos en diarreas y vómitos, en la vida fuera de ellos y en cómo los esculpía esa incertidumbre mágica de la ignorancia, en su letargo y en su imaginación potente, vigorizada además por la duda, por la imposibilidad del conocimiento, por la inexistencia del medio.

Alguno habrá imaginado tal vez que alguien los imaginaría corrientes, humanos. Pensó por fin al escuchar próxima estación, Colegiales.

Disecciones

Hay una expresión, rara por demás, «no tengo pelos en la lengua». La dicen las personas que hablan sin mediar consecuencias. Esta expresión además de falsa es imprecisa, la lengua tiene pelos, todas, sin importar qué tan ácidas sean las palabras que se pronuncian, cilios se llaman, vellosidades microscópicas encargadas de capturar la esencia de los sabores y clasificarlos en cinco grupos:  dulce, salado, ácido, amargo y umami.

—Por eso es falsa, ahora, imprecisa, porque el hecho de que la gente hable sin analizar sus palabras no tiene nada que ver con el gusto, aunque resulte de mal gusto.

El médico forense explicaba esto con una solemnidad infrecuente. Lo dijo con ese tono abrumador con el que hablan las personas cuando dicen algo diferente a lo que expresan, lo decía mientras tomaba las pinzas y pellizcaba la lengua fría y con brusquedad para sacarla y exponerla.

—El problema está aquí, dijo golpeando tres veces en medio de la frente la zona orbitonasal. Justo encima de la nariz, justo en medio de los ojos, aquí dentro está el problema… en la capacidad de razonamiento e imaginación, en su pereza neuronal que impide plantearse diferentes escenarios en su cabeza, que les impide asumir otras perspectivas. Hablan con una propiedad ajena, algo que definitivamente no deberían tener, que no merecen ni se han ganado.

Mientras que decía eso tomó el escalpelo y lo agarró sin elegancia alguna, irrespetando su estilo del corte preciso y ligero que siempre lo había caracterizado. Ahora lo empuñaba, se aferraba a él con una intención diferente, no buscaba delinear un músculo o desenterrar una vena para exhibirla sin daño alguno, lo agarraba como un neandertal, se aferraba a un palo, como un adicto a su adicción. Lo apretó hasta sentirlo clavándosele en la piel y levantó la mano recordando las palabras del director del hospital esa mañana:

—Alberto,  la gente habla, usted siempre lo ha sabido. Es normal que hablen sobre su trabajo, los estudiantes, aunque envalentonados, sabe que siempre entran con miedo a su día en la morgue, una noche en el infierno. Pero hoy lo he llamado porque las cosas han cambiado, esta vez creo que debe saberlo, su ayudante ha esparcido un rumor, dice que usted es necrófilo.

—Entiendo, dijo. El amor por los cuerpos, la pasión con la que hablo de ellos, hablaré con él, le dijo y salió a buscarlo.

Recorrió la universidad viendo cómo todos los veían al paso, cómo las miradas se centraban en su recorrido, cómo cuchilleaban al verlo pasar. Hablaban, hablaban, era evidente que hablaban de él, que lo imaginaban levantando las sábanas y revolcándose con esos cuerpos fríos, con los cuerpos helados y los músculos engarrotados. La rabia comenzó a crecer en él; y con esa rabia con esa fuerza, se agarró del escalpelo, con esa furia desbordada, pasó de verlo como un pincel con el que delineaba órganos con perfección y empezó a transformarlo ante la sorpresa de los escuchas, en un puñal. Los estudiantes de primer año gritaron de horror al ver el cuerpo abrir los ojos, al sentir su sacudida angustiada, su gemido de ayuda durante un segundo, justo antes de que, en un movimiento violento, y un impacto contundente su hueso frontal fuera penetrado por el forense.

—La gente, dijo él sonriente, a veces no aprende de otra manera.