Elecciones

Cualquier otro día elegir un café hubiera sido algo fácil, se hubiera limitado a lo que le parecía un precio conveniente, una simple transacción de cuánto creía que debía valer un café. Sin embargo, hoy no era cualquier otro día, realmente no era una semana normal; pero la pregunta de la promotora, ¿cómo le gusta?, le recordó lo que le había dicho su ex mientras lo abandonaba: no sabes nada de la vida, ni siquiera sabés lo que te gusta. No puedo ni quiero estar con alguien que ha vivido la vida sin encontrarle gusto.

La promotora no entendía porque una persona podía sentirse tan afectada por eso. No tiene nada de malo no saber cómo te gusta el café, yo te puedo ayudar, dijo con una confianza mentirosa, repetitiva, recitando el guion que algún creativo publicitario había redactado sin pensar mucho en las consecuencias de sus líneas carismáticas, en sus juegos de palabras, en su pesadez y nostalgia.

Ella no entendía que nada tenía que ver con el café, que esa persona no estaba así porque había descubierto que no sabía nada de las notas ácidas o frutales que podía tener un café, ni de la diferencia en sus variedades a causa de la altura o el terreno. Era irrelevante. Lo importante es que esa persona estaba confirmando algo que desde afuera se sospechaba, no tenía gusto, pese a su dinero, y a su estatus, era una persona que no sabía cómo disfrutar de sí misma.

Prefiere el pan dulce o salado. Como no obtenía respuesta dijo no importa y continuó. Lo toma con azúcar o lo endulza, depende respondió, y a cada pregunta sentía una punzada entre pecho y espalda. Prefiero… pero nunca podía terminar, así que respondía por vergüenza, no sé, quizá, depende, pero nunca nada concreto, ni la forma de hacer los huevos, ni la hora, ni si asolas o en compañía.

Al final, sonriente, la promotora estiró su brazo y le entregó una tarjetica en la que le sugerían tres nombres. Principiante decía la postal. Se acercó a la góndola y en su carrito agregó cada café que le llamó la atención, cada tipo de pan, de lo que iba a comprar llevó uno de cada uno que notó.

Y condujo, condujo pensando en todo, en su vida, en los sabores, en los colores. Pensando si sabía realmente cuál era su favorito, en las comidas, en los vinos, incluso en los polvos, los trabajos, y no sabía elegir, no podía recordar cuál era su favorito.

Al llegar a casa lo puso todo sobre la mesa; los miró y no sabía si de allí podría encontrar algo que pudiera considerar como preferido. Y en cada sorbo, cada mordisco, cada prueba había emoción; ser consciente de intentar descifrar los sabores, y si valía la pena, el tiempo, el dinero y al terminar comprendió algo.

Saber, saber valía la pena, aunque no supiera si el anterior o el próximo sería el favorito, o el mejor; pero entendió, le quedó claro porque no la habían elegido.

Platos rotos.

La doctora entró taconeando a la oficina, con el ceño fruncido, las manos en la espalda; está desesperada y se despeina, sabe que está despeinada, y porque lo sabe se irrita. Cuando está así de molesta como hoy toma más café del habitual, el café en exceso le inflama el estómago; pero no puede dejarlo de beber cuando está así, siempre lo recuerda tarde, y por el vestido ceñida su abdomen irritado e inflamado asoma, la tela aprieta y la cordura está a punto de saltar por la ventana.

Todos corren a dejar en los lugares adecuados desinflamatorios, analgésicos y remedios para la gastritis, y comienzan a cancelar sus citas, es mejor que no vea a nadie cuando está de ese genio, es una caldera, abrasaría lo que se le ponga por delante, los radios se silencian, las aromáticas comienzan a circular. Está grave, es evidente, suda y comienza a sentir temblores.

Suena el teléfono de la recepción. La recepcionista tiene miedo. Ella escucha su voz temblorosa y pierde la compostura, la recepcionista llora, ella está fúrica, inepta, piensa inepta, llorona; y la recepcionista piensa, frígida mal cogida, yo qué puta culpa tengo. Pero solo dice entre sollozos sí señora, no señora, perdón, sí señora. Acto seguido los analgésicos, los antiinflamatorios, y los remedios contra la gastritis, van hacia su oficina.

Los toma todos. Ella comienza a llamar a sus clientes, no ha venido ninguno a verla, con solo escucharla todos saben lo que ocurre, NO, NO, niegan, fue algo de último momento, no pude hacer nada, la conocen, nadie quiere discutir con ella, ni hablar con ella cuando estás así.

A la tercera llamada desiste. Nadie va a ir, alguien la vio, con alguien se cruzó, no se imagina que es su propio bufete el que la saca del mercado cuando está así, es malo para el negocio, en el fondo ella lo sabe. Lo que le molesta es que alguien haga algo por ella, no lo necesita, puede manejarlo piensa.

Se sienta y nota una presión en las encías, la lengua repasa la superficie irregular de sus dientes, de las encías, succiona, el sonido le aterra. Se siente corriente y vulgar, chupando muela como su tía la gorda, esa badulaque que succiona los huesos de las gallinas, que juega con su dedo gordo y peludo con las chanclas cuando está haciéndole visita, esa torpe mujer que no combina un outfit, y al hacerlo la molesta; sobre todo porque da resultado, porque siente que la presión en su boca disminuye. De nuevo hurga con su lengua junta a junta entre cada diente y entonces la encuentra, algo, una parte, una molesta parte de comida enterrada entre los dientes, corre a su baño privado, sigue con la lengua extasiada removiendo como puede la comida, pero no es suficiente. Toma la seda, la enrolla en sus dedos con exceso de presión hasta que sus yemas quedan blancas y comienza a enterrarlas entre los dientes; se corta, el sabor a sangre en la boca no miente, metalizado, intenso, lo cubre todo; finalmente llega al lugar, aprisiona las sobras mortecinas contra la encía, le duele, lo disfruta, con un leve movimiento la rodea con la seda y entonces tira hacia abajo. La presión desaparece, el dolor cesa, y un leve alivio comienza a esparcirse por todo el cuerpo, succiona la saliva entre sus dientes, la siente pasar libre entre sus juntas, la libertad vale la pena, cueste la sangre que cueste, piensa y sonríe.

Sabe que nadie a tenido la culpa de su mal día, pero alguien debe pagar los platos rotos. Así que levanta el teléfono y marca…

Exilio

A doce pasos se pactó el duelo. Los dos se dan la espalda, los talones se tocan, las espaldas, la cabeza de uno, el bajito llega solo al cuello del otro y comienzan a contar.

-Uno- dice quien oficia de juez y ambos dan un pequeño paso al frente, milimétricamente calculado, poniendo el talón derecho frente a la punta del pie izquierdo. El bajito piensa que su estatura le juega en contra, y por eso en cada paso prolonga y estira los dedos para que el pie gane más distancia; el otro solo da sus pasos.

-Dos- dice de nuevo quien imparte la norma, el acto se repite. Al llegar a doce giran, se miran, calculan la distancia que deberán dar sus pasos ahora al acercarse y dice el alto: Pico, queriendo decir realmente, no tenés oportunidad y el bajito responde Monto, no vas a ver una hoy, Pico son unos enanos inútiles, Monto ya sabemos a qué juegan. Cada número, cada Pico, cada Monto, tiene desprecio, se odian. Y caminan diciéndoselo con las miradas, va a haber pata, van a calentar el partido, piensan que en medio hay 20, 10 y 10 de la misma escuela, que van a terminar juntos, titulares y suplentes.

El profe está enfermo, el juez es un cualquiera sin autoridad. Va a haber sangre, el potrero y la pelota están riesgo, la quieren manchar de entrada. Pico, se acercan Monto, se presienten, Pico no hay vuelta atrás, lo que siguen son los despojos, sin preguntar, sin poder elegir, irán llamando uno a uno a tomar bando y partido, la guerra es entre dos, pero van a lucharla 20 que no se odian, porque los dos que gritan además son los arqueros, titular y suplente y cada uno quiere ver al otro humillado.

Tienen las de ganar, si los tocan es falta, es penal, es gol. Mientras tanto los demás van a sacarse chispas, a raparse, a golpearse, aprenderán a sentir el odio como propio, tendrán nuevas rivalidades. Al odio de los dos se sumarán apellidos, se sumará sangre. De estos enfrentamientos habrá rodillas que no volverán a ser las mismas, ni tobillos que volverán a estabilizarse, y los únicos culpables observarán a la distancia los gritos, y los dolores.

Huele a carnicería, a aguasangre, casi puede verse la costra de la arena pegándose a los raspones en las rodillas, los codos y las manos, a dedo siguen llamando, enlistando, dando un papel para cumplir sin nada en qué creer. Cada uno cree que así están bien todo, ese es el papel que le tocó jugar, va un mes en el que los entrenos terminan así, hay 4 lesionados graves, y nadie se pregunta nada, todos vamos a nuestros puestos; anochece, no se ve nada al lado del potrero, una noche hambrienta se lo traga todo… y en esa misma noche nace la solución: la nada.

El balón rueda, llega a las piernas de el niño, el niño la pisa, levanta la cabeza, corren, se abren buscando las puntas, él mira todo, lo tiene claro, la pica, y de un solo golpe, la manda al exilio. No hay pelota para continuar, ni una gota de sangre se derrama, era suya la pelota, pero por botarla, le duele menos que las patadas que iban a darle.

Librería

— ¿Otra vez estás aquí? —Preguntó al verla

—Como cada día, le respondió al viejo sin inmutarse.

— No le molestaba su presencia, a él lo divertía, era una chica delgada, no superaba los 25 años y sabía cuidar los libros, pasaba desapercibida para los clientes y había recorrido tanto sus pasillos que incluso a veces lograba ubicar libros y autores que los vendedores no recordaban, en especial aquellos a los que su trabajo no les interesaba mucho.

Se escabullía con tanta ligereza por los pasillos que ante los demás era invisible, sólo él podía seguirle el rastro, su aroma, ácido con tonos de sudor y café se alternaba según la sección que visitara y tarde o temprano  lo guiaban siempre hacia ella.

— Creo que el viejo me persigue, no hay otra explicación, cada día me encuentra de una u otra manera, hace tiempo que dejó de asustarme, pero estoy segura que siempre tiene la certeza de donde doblar, a veces me habla antes de que yo me dé cuenta que viene hacia a mí, anuncia su llegada 3 o 4 estantería atrás, eso me hace pensar que ese día me vio masturbándome en el salón de lectura.

No me molesta, pero es muy inoportuno, en especial cuando leo a Sade o a Bukowski, hay días en los que no me resisto, que no logro llegar al baño para tocarme y mi entrepierna ya está empapada, y cuando lo veo con esa cara, con ese olor a libro viejo, a hoja amarilla y reventada, quisiera que me desvistiera y me tirara contra las estanterías, que me rompiera la ropa, y usara ese viejo tomo de Los Crímenes del Amor que me prestó el primer día y lo destrozara contra mis nalgas, que golpeara los pechos y la cara con él, pero es incapaz, antes de dañar un libro el viejo preferiría morirse, supongo que mi carne no vale tanto para el viejo.

Las miradas, la forma en como sus ojos se transforman en un vacío que quiere tragarse el mundo parece ficción, tienen que ser ficción, pero no dejo de pensar que es cómplice, me mira como Lolita a su Profesor a ese viejo verde de Nabokov seguro se la pondría tiesa con solo verla entrar, con solo olerla… igual que a mí, pero el impulso siempre me llega tarde, cuando estoy a punto de abrir la boca, ella se despide y huye a un nuevo lugar.

— Es Filóloga, tiene cara de devoradora de letras, sabe mucho para no serlo, y por eso tiene tras ella, su imaginación negra y fuerte como el café, me atrae más que ese cuerpo de vidrio, que esa debilidad hecha carne. Cada día que la veo es igual.

Justo le da por llegar ahora, hace 20 años la hubiera hecho pagar por cada una de sus indiscreciones, como ese día en el que podría jurar que estaba tocándose en la sala de lectura, pero mi corazón no anda muy bien y el doctor me tiene prohibido alterarme, cada consulta siempre me repite: 

—No entiendo como un librero puede mantener la presión tan elevada, te va a reventar una vena en cualquier momento Cristóbal

El matasanos, es tan estúpido que sigue creyendo que es por la alimentación y la dieta a la que me tienen sometido es casi tan tortuosa como verla caminar.

— No se imagina, nadie se imagina que desde que ese viejo me indicó donde estaba el Libro del Marqués me he vuelto un espasmo, un orgasmo caminante, las palabras del libro caminan en mi cerebro y estimulan mi cuerpo como nadie lo ha hecho, como nadie nunca lo ha hecho, esta puta virginidad que nadie se atreve a arrancarme me lastima, me quema y todos parecen esconderse tras mis gafas, apartarse de mi vista y mis deseos.

Estaba seguro que en el incidente de la sala de lectura bastaría para hacerle saber de mis intenciones, pero el viejo está acabado, seguro ya no puede mantener una erección o lanzar una mirada lasciva y no curiosa, una lástima sin duda, porque un hombre que ha leído tanto ha de saber algunos trucos.

Quizá sea solo un invento mío, a lo mejor el tipo ni lo notó, quizá es incapaz de imaginarme desnuda o quizá es un maricón que disfruta rompiéndole el culo a niños quinceañeros en lugar de comerse un coño empapado. No sabría decirlo, aun así me gusta, incluso si es un viejo maricón me gustaría que él fuera el que se llevara mi última inocencia.

— La chica me tiene al borde del infarto, me han duplicado las pastillas y reducido las raciones, a la lista de prohibiciones han agregado el viagra, pero como efecto secundario de una de las nuevas pastillas no puedo bajarme la maldita verga nunca, estoy tan caliente que no puedo pararme de mi oficina en todo el día cuando llevo puesto pantalones de paño, así que para no perderla de vista he empezado a usar Jeans.

— Algo ha cambiado, el viejo debe estar entendiendo, aunque se ve ridículo en vaqueros, parece uno de esos hombres que desconoce que su edad no lo estropea ni lo aleja sino que por el contrario lo acerca a la cama de las vírgenes olvidadas, de esas que hasta para cometer una atrocidad con un anciano nos está cogiendo el pudor y la tarde, que hasta para hacer tonterías nos está dejando el tren, así que estoy dispuesta a pasar esa crisis y actitud de idiota.

— Me veo ridículo con los Jeans, cada reflejo camino al trabajo me lo asegura y lo grita a la cara, un viejo de sesenta años con zapatillas y camisa con blazer queriendo parecer un ejecutivo de 30, no puedo más, esto tiene que terminar…

¿Hará caso a mi nota, subirá la pequeña bravucona a mi oficina a sabiendas de lo que pasará cuando transite la puerta, tendrá la astucia de los libros que lee, o tendré que enfrentar sus acusaciones después, maldita sea?, estoy viejo para estos juegos pero ya solo puedo esperar.

— ¿Qué pretenderá este viejo decrépito, me echará de su librería, será tan cobarde para pedirme que no venga más, o tendré yo el valor para aprovechar la oportunidad?, supongo que todo se aclarará al pasar esa maldita puerta…

— Cuando apagaron el cigarrillo los dos estaban agotados, ambos sangraban, Cristóbal estaba seguro que si el polvo que acaba de echarse no lo mataba, lo haría su médico.

— El viejo no puede ser maricón, lo que acaba de pasar no dejaría jadeando a un maricón como ha hecho con el pobre viejo, había faltado la parte del libro, pero no porque pensara que sería incapaz, al contrario al sentir la primera nalgada sintió terror de lo que podría hacerle si tomara un libro para azotarla, el viejo era más de lo que ella había imaginado, más de lo que podía intuir.

— Había algo animal en él, un morbo alimentado por miles de fantasía, por millones de hombres y mujeres. Caminó con las piernas encalambradas en búsqueda de su ropa, todo le dolía, los moretones no podría disimularlos, se sentía machacada como un boxeador, pero la perilla no giraba…

Palabras al viento

—Las noches no han cesado, amanece pero cada día es más oscuro. Cuesta entender, escuchar, sentir. Para qué escribir, la pregunta no deja de retumbarme, la pregunta, resuena pese a que me la hicieron hace cuatro días, a que del fuego ya solo queda el olor y los pisos pintados con tizones, a que la calentura se transformó en cuerpos helados, para qué hijueputas escribir, como anécdota, para no olvidar, para no repetirlo… basura, volverá a pasar, y la respuesta no es diferente en esta ocasión.

Por necesidad, y no, no la de los ideales que salieron a defenderse, ni la de la de las vidas que fueron y no volvieron, esas son dignas, se defienden solas y no necesitan de nadie, muchos menos de las palabras, mucho menos de las mías. Escribo por mi necesidad, la de contar, decir, la de contarme y decirme que todo ocurrió por algo.

—Mientras que hablaba Andrés sostenía la hoja frente al grupo. El país se había desangrado en tres semanas de protestas, el pueblo había salido a la calle para eliminar el congreso ante la petición de una cuarta reforma tributaria, una cada año desde que el hijo del expresidente había asumido la presidencia, después de que se declarara el estado en exaltación hace ya unos años.

Cuando las protestas se anunciaron el mensaje había sido claro, tiraremos a matar. Esta vez no había ni siquiera la intención de disimular, el gobierno estaba cansado de justificarse. Y sus acciones eran injustificables, y su transmisión televisiva parecía confirmarlo.

Todo esto era historia antigua para la clase, lo sabían bien, era la generación que había presenciado los ríos de sangre, el cambio de color de la bandera y el silencio cómplice y estridente de los medios.

—Ocurrió para sentar un precedente, si un gobierno estaba dispuesto a matarnos, era un gobierno que solo tenía poder mientras tuviéramos miedo a morir, un miedo que como sabemos se ha perdido. La gente se tomó de gancho, la gente avanzó arrastrando los muertos, la gente continuó avanzando sobre los cadáveres, la gente avanzó hasta que las armas dejaron de disparar, hasta que el miedo a no estar de su lado carcomió la consciencia de los soldados, de los policías, los únicos disparos que se oían es de aquello que se vieron perdidos, a quema ropa en sus propias cabezas, un último disparo para no pagar nunca lo que se habían robado.

No podrían hacerlo tampoco, no entendieron que lo que la gente quería era la dignidad que les habían arrebatado, eran las voces que habían silenciado, era la memoria que querían borrar, abandonar ese sentimiento de impotencia. Y por eso avanzaron, muertos en vida, sin miedo a dejar de vivir, por eso cayeron tapizando las calles, abandonado el silencio, una manifestación suicida, de frente a las balas.

Mis padres, tus hermanos, sus primos, los tíos —Dijo estas palabras mirando a los ojos a sus compañeros, recitándolas de memoria, recordando que sus padres se las habían dicho hace cuatro noches. Hoy salimos para que tú no tengas que hacerlo, hoy intentaremos devolverte el legado con el que fuimos criados, que nuestros hijos no tengan que vivir lo que nosotros vivimos.

—Por eso vale la pena escribir, por eso escribí esto, aunque las palabras se las lleve el viento, a veces crecen en los oídos que las escuchan.

—Contra todo pronóstico Andrés pudo terminar de leer su carta, y pasó a la historia como el primer estudiante de un colegio militar en ser fusilado.

Sinónimos

—Dos palabras que se escriben diferente y sirven para identificar o significar un mismo elemento, sin embargo al utilizarlas en otro contexto pueden , se adaptan, sinónimos, son sinónimos, siguen siendo ellas, aunque sirvan para connotar una misma cosa, la posibilidad de ser algo no las limita de ser algo más, entendés una palabra puede ser muchas cosas, igual pasa con la química, con el agua, la física piensa lo mismo, que la energía se transforma, que somos el universo, que lo llevamos al menos en forma de átomos, que yo no soy yo sino todos, Whitman también lo creía.

—Mientras que decía todo esto, estaba desnuda, sostenía la sábana contra sus senos y parloteaba con cara de sorpresa y miedo, aún sudaba y el olor a sexo permanecía en la habitación, ella no entendía que hacía yo ahí de pie y mucho menos que hacía hablando de gramática mientras que era evidente que en esa habitación a su mujer la habían estado sometiendo a todas las ideas que él no se atrevía a imaginar, y ella quería echárselo en cara, decirle que era su culpa por tenerla descuidada, por no ser un buen amante, entregado, por su egoísmo, su monotonía, su falta de ganas, pero no daba pie ni siquiera a la conversación.

—Creo que no lo estás comprendiendo, —alcanzó a decir ella en una voz pausada, nerviosa y triste, muy triste.

—No, sos vos la que no ha entendido lo que intento explicarte, a lo que me refiero es que la palabra físicamente es diferente, pero significa lo mismo, es como una tela, la pones sobre algo y ella adopta la forma y el objeto cubierto adopta el color y dejan de ser ambos algo para ser junto algo diferente por un momento, mientras que dura este momento nadie podría negar que la mesa y la tela se convierten por ejemplo en un rectángulo negro, aunque sea en realidad una mesa con una tela negra encima. Asiente si estás de acuerdo.

—Ella asintió completamente ausente, cómo era posible que aquel hombre al que consideraba suyo, pudiera hablar de sinónimos en semejante situación, que invirtiera su tiempo en crear semejante discurso, a razón de qué, qué podía pretender o ganar en una situación así, porqué no podía reaccionar como un hombre normal, por qué no podía hacer nada como un hombre normal, porqué tenía que tener siempre esa forma fría y distante de ser.

—Estamos de acuerdo repitió el pausadamente y continuó, siendo esa la situación podemos continuar, no hace mucho que salimos, 2 años aún es poco si se compara con 10 o 20 años, es una fracción, en el trabajo por ejemplo uno trabaja un año para tener 15 días de descanso, o asciende y desciende y incluso cambia de organización, los cambios son inherentes, aunque siga desarrollando el mismo rol en otra organización, haces lo mismo para alguien más y eso te hace un buen profesional, a veces mejor pagado, a veces peor pagado.

—No me altero ni me sorprendo al verte en la cama en caso de que te lo estés preguntando, porque sabía que ibas a hacerlo, no fue coincidencia que las instrucciones finales te hubieran dado la orden de esperar desnuda sobre la cama, después de masturbarte, ni que conservaras la humedad sobre las sábanas, tampoco que las usaras durante tu mañana en la caminadora, lo sé todo, lo sé porque yo también pensaba en hacerlo, también estaba cansado de que nada pasara, de la monotonía y entonces crea un perfil, un usuario, un personaje distinto, Corrida, pensé en ello porque es una palabra que servía para disfrazarme, pero seguir siendo yo… Ricardo. Y empecé a escribir relatos eróticos de lo que me gustaría que pasara y fue cuando no té que Galena comentaba mis relatos, y como siempre has sido mala para los sobrenombres y pésima para hablar del sexo siendo tú, y porque conozco tus tatuajes y tus encajes, fue fácil darme cuenta en tu perfil que aquí Angelita, aquí se te caía el aura, y la médica, la doctora, se convertía en una doctora de putería. Encontré tu blog, y leí que estabas insatisfecha… como yo, y se me ocurrió algo simple, que para hacer follar como los dos queremos era necesario que fuéramos otros.

—Ángela estaba muda y nerviosa, porque cuando Ricardo dijo eso, se puso la máscara que le había pedido ella que llevara. Y muy nerviosa, sacó su antifaz del tocador.

Antes de ponérsela, la máscara, volvió a decirle, —sinónimos, aunque no seamos exactamente los mismos. Lo dijo mientras que la recorría con una fusta por las nalgas.

Resonancia

—Una mujer sonríe con picardía en la barra de un bar, lame su dedo y lo aprieta con sus labios gruesos sin quitarle los ojos de encima a un hombre que está cerca de ella.

—¿Vos sos creyente cierto? —Le dice descaradamente al hombre que la miraba de reojo mientras hacía lo del dedo.

—¿Perdón?, no entiendo la pregunta, ¿a qué se debe? —Responde él que ha visto claramente toda la acción que ha hecho ella, que ha sentido como la velocidad de su circulación ha aumentado y se ha extendido por su cuerpo, e incluso le ha provocado una leve erección haciendo que deba cambiar su postura para disimularla, aprovecha para hacerlo y voltea por completo hacia ella, mientras ella con su dedo aún húmedo ponía la yema en el borde de la copa y comienza a recorrerla suavemente; mientras lo hace, provocando un pequeño sonido zumbante.

—Lo digo porque se nota —Dijo ella notando que las pupilas de él se dilataban, y que pese a tenerla en frente, los ojos de la habían visto a los ojos, luego se había concentrado en sus labios, y en su escote, y finalmente en su dedo. —Solo quien cree en algo, además de sí mismo se toma el tiempo de ver las cosas antes de hacerse a una idea.

—Ah es eso, ha visto que la miraba, discúlpeme, no era mi intención incomodarla, —dijo él, sintiéndose un poco atrapado, pensando que quizá no había sido tan cuidadoso, que quizá su erección era evidente pero aún sin entregarse y renunciar había decidido hacerle frente.

—No me molestó, para nada, respondió ella de inmediato, es solo que es lo único que me explicaría su timidez, he tenido que ser yo quien te hable, pese a que no has dejado de mirarme, estoy segura que has visto los lunares de mi pantorrilla en forma de corazón, y la cicatriz en mi tobillo, que has notado el color de la tinta subiendo hacia mis muslos y que no tengo problema en usar vestido con tenis. También que debajo de esta camiseta escotada hay un bralette que combina con el color de mis uñas, y mientras le decía todo esto, él se sonrojó, sintió que la sangre que le inundaba la entrepierna aumentaba su ritmo, y se extendía ahora también a sus orejas que ardían, y a sus mejillas ahora, totalmente enrojecidas, su respiración cambió de ritmo, sus labios se entreabrían sus manos había se aferraban a la cerveza que tenían con fuerza, como aferrándose al mundo antes de caer por completo en la fantasía de levantarla de esa silla y llevarla a otro lugar, tragó saliva lentamente, estaba en apuros y salió como pudo.

—Mucho gusto, José

—Un placer, —Y cuando terminó de decir esto se mordió el labio inferior con una sutiliza tan provocativa que pudo ver como las pupilas de José crecían, e imaginaba que también el bulto entre sus piernas lo harían, añadió y luego le dijo: María

—Es cierto maría, es cierto, me gusta creer, encuentro necesario el tener algo a lo que a ferrarse, en este momento por ejemplo puedo asegurarle que lo único que me sostiene es esta cerveza, que cuando la vi el mundo se movió un poco, pero no es una sacudida, no, le aseguro que está unos 17 o 18 centímetros más abajo, que mis pies ya no lo tocan, que cuando tragué saliva, también tragué un poco de miedo, no mucho, pero sí el suficiente para hablar, también tragué un poco de miedo, no mucho, pero sí el suficiente para hablarle, sí creo, tengo que creer porque es la solución más sencilla a lo inexplicable, la única forma en la que puedo no pensar que quizá está aquí no dispuesta sino herida, y quiero creer que es tu voluntad las que se hace, libre, completamente libre. Creo, quiero creer que incluso puedo decirle más cosas, que sí, que no té cada uno de esos detalles, menos el de la tinta de sus muslos, supongo que el tatuaje es menos visible de lo que crees, y algo más, que su piel es provocativamente blanca, lo cual siempre me ha gustado, porque creo que resalta mucho más el color de los labios de las mujeres, que contrasta muy bien con pelo y el vello.

—Ahora era María la que tragaba saliva, y se animó a decir —Tengo una teoría José, los cuerpos, las almas son como emisoras, hay que tocarlas para sintonizarlas, y cuando funciona, resuenan, como esta copa, al contacto con mi mano.

—José la miro, se acerco a su oído y le dijo, qué curioso, tengo el presentimiento que, si me lamo mi dedo, y repitiera el movimiento que estás haciendo sobre esa copa en tí María, también puedo hacer que vibres como el cristal…