Resonancia

—Una mujer sonríe con picardía en la barra de un bar, lame su dedo y lo aprieta con sus labios gruesos sin quitarle los ojos de encima a un hombre que está cerca de ella.

—¿Vos sos creyente cierto? —Le dice descaradamente al hombre que la miraba de reojo mientras hacía lo del dedo.

—¿Perdón?, no entiendo la pregunta, ¿a qué se debe? —Responde él que ha visto claramente toda la acción que ha hecho ella, que ha sentido como la velocidad de su circulación ha aumentado y se ha extendido por su cuerpo, e incluso le ha provocado una leve erección haciendo que deba cambiar su postura para disimularla, aprovecha para hacerlo y voltea por completo hacia ella, mientras ella con su dedo aún húmedo ponía la yema en el borde de la copa y comienza a recorrerla suavemente; mientras lo hace, provocando un pequeño sonido zumbante.

—Lo digo porque se nota —Dijo ella notando que las pupilas de él se dilataban, y que pese a tenerla en frente, los ojos de la habían visto a los ojos, luego se había concentrado en sus labios, y en su escote, y finalmente en su dedo. —Solo quien cree en algo, además de sí mismo se toma el tiempo de ver las cosas antes de hacerse a una idea.

—Ah es eso, ha visto que la miraba, discúlpeme, no era mi intención incomodarla, —dijo él, sintiéndose un poco atrapado, pensando que quizá no había sido tan cuidadoso, que quizá su erección era evidente pero aún sin entregarse y renunciar había decidido hacerle frente.

—No me molestó, para nada, respondió ella de inmediato, es solo que es lo único que me explicaría su timidez, he tenido que ser yo quien te hable, pese a que no has dejado de mirarme, estoy segura que has visto los lunares de mi pantorrilla en forma de corazón, y la cicatriz en mi tobillo, que has notado el color de la tinta subiendo hacia mis muslos y que no tengo problema en usar vestido con tenis. También que debajo de esta camiseta escotada hay un bralette que combina con el color de mis uñas, y mientras le decía todo esto, él se sonrojó, sintió que la sangre que le inundaba la entrepierna aumentaba su ritmo, y se extendía ahora también a sus orejas que ardían, y a sus mejillas ahora, totalmente enrojecidas, su respiración cambió de ritmo, sus labios se entreabrían sus manos había se aferraban a la cerveza que tenían con fuerza, como aferrándose al mundo antes de caer por completo en la fantasía de levantarla de esa silla y llevarla a otro lugar, tragó saliva lentamente, estaba en apuros y salió como pudo.

—Mucho gusto, José

—Un placer, —Y cuando terminó de decir esto se mordió el labio inferior con una sutiliza tan provocativa que pudo ver como las pupilas de José crecían, e imaginaba que también el bulto entre sus piernas lo harían, añadió y luego le dijo: María

—Es cierto maría, es cierto, me gusta creer, encuentro necesario el tener algo a lo que a ferrarse, en este momento por ejemplo puedo asegurarle que lo único que me sostiene es esta cerveza, que cuando la vi el mundo se movió un poco, pero no es una sacudida, no, le aseguro que está unos 17 o 18 centímetros más abajo, que mis pies ya no lo tocan, que cuando tragué saliva, también tragué un poco de miedo, no mucho, pero sí el suficiente para hablar, también tragué un poco de miedo, no mucho, pero sí el suficiente para hablarle, sí creo, tengo que creer porque es la solución más sencilla a lo inexplicable, la única forma en la que puedo no pensar que quizá está aquí no dispuesta sino herida, y quiero creer que es tu voluntad las que se hace, libre, completamente libre. Creo, quiero creer que incluso puedo decirle más cosas, que sí, que no té cada uno de esos detalles, menos el de la tinta de sus muslos, supongo que el tatuaje es menos visible de lo que crees, y algo más, que su piel es provocativamente blanca, lo cual siempre me ha gustado, porque creo que resalta mucho más el color de los labios de las mujeres, que contrasta muy bien con pelo y el vello.

—Ahora era María la que tragaba saliva, y se animó a decir —Tengo una teoría José, los cuerpos, las almas son como emisoras, hay que tocarlas para sintonizarlas, y cuando funciona, resuenan, como esta copa, al contacto con mi mano.

—José la miro, se acerco a su oído y le dijo, qué curioso, tengo el presentimiento que, si me lamo mi dedo, y la repitiera el movimiento que estás haciendo sobre esa copa en tí María, también puedo hacer que vibres como el cristal…

Oportunidades

Mientras marcaba los números Hernán repasa mentalmente sus palabras, su discurso, el orden, debe ser concreto, —pensaba, —no debo dejar nada al azar, no debo exponerme, —se repetía, era consciente de que llamada era inevitable, la decisión no era repentina, aunque lo pareciera, y lentamente recordaba todo lo que lo llevaba a hacerlo.

Lo había considerado todo, y simplemente, no alcanzaba, lo que le ofrecían no alcanzaba, nunca había sido un tema de dinero, sino de pasión, y con los cambios recientes era imposible continuar, no podía trabajar con alguien que se negaba a reconocer sus errores, no podía, no había suficiente dinero para pasarlo por alto, y en el fondo no era un tema de dinero, sino de principios, a la mierda el dinero, a su edad ya no lo preocupaba tener para aparentar, y contaba con la soltería y la falta de paternidad de su parte, nada lo obligaba a estar donde no quería, su credo era la pasión, y se la estaban matando.

Pensar en eso le daba coraje, y necesitaba coraje, porque libertad significa poder elegir, y nunca iba a elegir estar a disposición de una persona tan frívola capaz de pasar por encima de las personas, de atacar su obra y pisotearla hasta convertirla en una herramienta práctica, NO, si esa era su visión, no la compartía y si nadie iba a ponerlo en su lugar, a decirle que hiciera bien su trabajo, pues por lo menos iba a asegurarse de que él no pudiera decirle nunca más nada sobre él.

Nunca más, se repetía como un cuervo, nunca más, mientras recordaba a su primer jefe un comerciante gordo y maltrecho, enfermo, un tipo angustiado e imponente que hablaba pausado, pero sin filtro ni tono. Un muerto, su actitud numérica y la idea de que solo la venta importaba, le recordaba al nuevo, podía imaginar su mal aliento, su hedor, la incomodidad visual de tenerlo en frente, le recordaba las palabras que ya una vez le habían dicho: Yo no entiendo qué es lo que usted hace, ni porqué le pago, no sé de que habla ni mi importa, pero sé que yo le pago, y por eso tiene que hacer lo que yo le diga. —Viejo Malparido —pensó, y recordó también a Fernando, otro jefe que tuvo en la capital que llegó a insinuarle: renuncie a su indemnización, al fin y al cabo no es tanta plata y yo podría cerrarle muchas puertas. —Jefe hijo de puta —Dijo en voz alta justo en el momento que su jefe contestaba.

Después de ese incidente no pudo exponer su caso, ofreció disculpas, quiso explicarle lo que sucedía, de su lucha contra los mediocres en puestos de poder, pero que no era con él, que a él lo respetaba, pero que no podía trabajar más ahí, donde tenían ese imbécil, pero nada de lo que decía era coherente, las ideas se le atropellaban unas a otras y era imposible, darle sentido al discurso. Estaba nervioso, y eso lo hacía torpe, no ayudó el hecho de que en la mañana habían discutido, que se había opuesto a una decisión y había terminado la conversación con un seco: Bueno usted es el jefe, como mande.

Su lucha por la dignidad y la pasión ahora se veía opacada, nada de lo que había pasado ese día tenía que ver con la decisión, aún así ya no había nada qué hacer, su renuncia que debía haber sido una protesta contra las personas en puesto de poder, había terminado por convertirse en una rabieta. No hubo despedida, ni palabras entre ellos, eran amigos antes, y si alguien le hubiera dicho que iban a terminar mal, no lo hubiera creído, pero así son las oportunidades, aparecen y se toman, él necesitaba que no le pidieran que se quedara porque tenía miedo de aceptar y el jefe no necesitaba a alguien que no estuviera dando su 100%.

Última Hora

El cuarto estaba en silencio, ambos ausentes y era perfecto, cada uno había entrado en esos “tiempos perdidos” en los que el mundo puede terminarse y uno ser feliz con el final, esos que se sienten al estirarse cuando estamos despertando, o los breves segundos que le siguen al primer beso del encuentro, al primer mordisco, la reacción a una comida deliciosa, al buen sexo, a una buena noche de sueño, al deber cumplido, al finalizar un proyecto; y por eso parecía que todo iba bien.

Él ya no recordaba al atorrante que lo mortificaba en el trabajo y frente al que nadie haría nada porque estaba mejor conectado que el resto, ella no tenía que lidiar con la mirada de sus compañeros de trabajo, ni colegas, siempre condescendientes y burlonas, y por eso estaban felices, por el olvido, no tenía nada que ver con el sexo, ni olor a sexo, tampoco con el licor, ni la piscina fuera de su cabaña, no tenía ni siquiera que ver con estar ahí, era precisamente el no estar lo que los hacía felices.

Habían olvidado también que era momentáneo y eran lo suficientemente maduros para no arruinar el momento indagando sobre su causa, ni sobre como perpetuarlo, eran inteligentes y el trato era simple, no preguntar nunca nada, ese era el truco perfecto, verse como quien ve una película, entenderse como un instante, después de todo, nada es más eterno que eso.

Así que en silencio y aún con la sangre palpitándoles en los oídos continuaban acostados, desnudos, agotados, ella acompañaba su silencio con una respiración profunda, con hacerle cosquillas rosando la yema de sus dedos alrededor de sus senos, y recorriéndola por el vientre hasta lo alto del pubis, donde los vellos cortos resistían al contacto, con firmeza y cedían con delicadeza ante cualquier presión.

La última hora era esta, la más íntima y la mejor, no importaban las otras cinco que pasaban arrancándose la ropa, ni rasgándose la piel, no se comparaban a ese momento, ninguno era tan íntimo como esos donde ambos se ausentaban en compañía del otro a disfrutar de sí mismos, y no lo sabían, pero no necesitaban saberlo para disfrutarlo, la ignorancia es felicidad y es intrascendente, además porque ser consciente de un olvido, lo transforma en recuerdo y culpa.

Por eso seguían ahí explayados, con las cosquillas bajo la piel, con el leve mareo que inundaba sus mentes, en ese vaivén de endorfinas, el futuro fuera de misterioso era ignorado, el pasado irrelevante, solo una gran ola de presente, sobre la que los dos flotaban.

El sonido del teléfono siempre inoportuno, los despertó

Sí, no, entiendo, sí, está bien, muchas gracias.

¿Qué querían?

Deseaban saber si íbamos a postergar la estadía, de lo contrario debemos realizar el check out en la próxima hora.

¿Crees que lo saben?

¿Qué cosa?

Que esa llamada lo arruina todo… que lo que cuenta no es el comienzo, ni el final, ni el viaje, sino esos momentos donde no hay nada más.

No, si lo supieran comenzarían a cobrar mucho más por la última hora.

Factores Comunes

La clave, como siempre, será la de la detección de los puntos de encuentro, todo en la vida tiene puntos en común, los hombres exitosos y los fracasados, los buenos equipos, los grandes descubrimientos, patrones de comportamiento y procedimiento, y sobre todas las cosas algo muy relevante, consciencia sobre cada uno de esos factores, no existe nada por fuera del método.

El factor común nos permite identificar las problemáticas, sus causantes, estudiar las condiciones que los propician, y cómo responden al condicionamiento el resultado de esos estudios suele encontrar las particularidades que hacen a un individuo uno prometedor y otro descartable.

Piensen en esas pequeñas vocecitas que les hablan a ustedes cuando toman una prueba de falso y verdadero, y empiezan a pensar: noooooo tres falsas seguidas, eso no puede ser; igual pasa con todo, hemos identificado en el mundo por medio de factores comunes que algunas cosas no son posibles, que son impensables e inimaginables, Pavlov lo utilizó en el relacionamiento conductual y en el entrenamiento con animales, sus padres lo intentan con ustedes cuando les dicen: que la consola, la bicicleta, el celular, la tablet sí, pero a fin de año después de aprobar los cursos.

Eso es el factor común, lo entienden, no solo un método de factorización, aprendan el concepto, no solo su aplicación teórica sino su abstracción conceptual, los gobiernos lo usan determinar las velocidades de las carreteras, los programas de cultura y deporte, el factor común puede ser también una herramienta de control, de condicionamiento. Analizado desde su concepto claro está.

La policía lo usa como insumo de sus perfilaciones criminales, saber que tipo de ropa usan, si llevan una camiseta de un equipo de fútbol, con un estilo particular, pueden tener más opciones de ser seleccionados “aleatoriamente” para un control policial. Las empresas los van a ver y sin saberlo están viendo elementos relacionados con personas previas, nadie los ve como dolo un individuo, ninguno de ustedes está fuera de esta ecuación, incluso sus singularidades tienen patrones pensamiento y formación.

Hasta para los deportistas, sabían por ejemplo que un técnico de fútbol logró deducir que hay solo 10 formas de jugar al fútbol, un deporte que se estableció y configuro hace más de 150 años, 158 años para hacer exactos, y después de analizar sus factores comunes ha deducido que solo existen 10 formas, y pequeñas variantes, es fácil entenderlo no, que un lateral izquierdo como Ruiz sienta en décimo de bachillerato que su vida será correr detrás de una pelota sin tener en cuenta que lo que lo hace el mejor del colegio, es una suma de factores que pueden tener unos 30 jóvenes más y que si un ojeador lo ve tendrá en cuenta no solo su habilidad, que es un factor, sino también, su disciplina, su vida, su estatura, cómo se comporta, qué tan respetuoso fue con sus profesores… qué cree contestaríamos Ruiz… no importan no lo piense tanto, no se obsesione, hay muchos otros factores que considerar.

Su vida chicos, su vida va a estar controlada por esos factores, al listillo que le gusta la velocidad y decide acelerar en una curva porque “sabe” dijo mientras hacía las comillas en el aire, cómo funciona su carro, sus ruedas, el control de tracción, como si controlara también al mecánico de su última revisión, como si tuviera control también sobre las reacciones ajenas… no tener control sobre los factores comunes, no poder reconocerlos hará su vida social, personal y laboral estén en riesgo, y usted me pregunta con esa cara de campeón de la champions. Para qué me sirve a mí saber qué es un factor común si yo voy a ser jugador fútbol…

Todo eso le vino a la mente un día después, en la noche, mientras se duchaba, porque claro, es un factor común que las mejores respuestas en medio de una discusión, llegan cuando la discusión se ha terminado.

Agentes del caos

La física tiene leyes que a diferencia de la moral no están en vilo ni en duda, la ciencia tiene de su lado que no requiere de atenuantes ni de agravantes, son o no son, se conservan o se pierden, Noether se encargó de definirlo, ley de conservación, ley máxima del orden, nada está por fuera de él.

Ley de la conservación de la energía y de la simetría, todo tiene unas condiciones específicas para funcionar, pero solo funciona porque para cada parte de ese suceso, para cada una de ellas, lo demás no importa, está diseñado para que funcione.

—Mientras que Andrea le decía esto a Julián, le tomaba la mano, y la llevaba directamente a su sexo, y el atónito solo escuchaba su corazón redoblar la marcha

Lo que te estoy diciendo es que tenés que dejar de pensar y aprender, la cadencia —Y mientras que le decía esto puso en contacto la yema de sus dedos con sus labios ya un poco húmedos —Sentís la diferencia entre esto y esto —Dijo mientras lo llevaba a explorar un poco más arriba —notas cómo cambian los pliegues, sentís esto, esta pequeña bolita —Le dijo mientras que Julián temblaba de nervios, aunque notó que la bolita estaba más dura, que su tacto estaba más húmedo —Ahí, pero no solo ahí, le dijo ella mientras lo miraba a los ojos, así, pero no solo así, le dijo ella mientras con sus dedos variaba de un: arriba abajo y de izquierda a derecha, y a veces también en círculos, —hace esto, siempre hace esto, por que si vas a hacerlo, tenés que hacerlo bien.

Julián ya no pensaba, solo reaccionaba,  a ella, a su cuerpo, y eso en el fondo no era lo que quería, pero puso atención, y cuando ella decía despacio, ahí, él escuchaba, había aprendido a sentirla, había incluso aprendido a sorprenderla, el ejercicio inicial propuesto, mimético y cíclico que ella le había propuesto, no bastaba para él, Julián, había escuchado lo suficiente, para descifrarla, la física que se quede con sus reglas, pensaba, y quería la sorpresa más que la orden, deseaba el caos.

Así aprendió y trasladó por ley física la condición de movimiento y presión a su lengua, y recorrió los mismos puntos, de la misma forma, e innovó con la temperatura y la intensidad, y añadió la succión y las lamidas, el sonido y liberó sus manos para buscar otros puntos, y los instrucciones se fueron perdiendo, ahora se convertían en lo que él anhelaba —ay jueputa sí, ay no sé que estás haciendo pero seguí, qué rico, diooooooooooos los espasmos se intensificaban, y ahora con sus dedos acompañaba en un ritmo frenético mientras que su lengua se escurría sobre, junto, alrededor, mientras succionaba, chupaba, lamía, apretaba y ella respondía cuando podía con respiración agitada, con su cuerpo convulso, con su voz casi grito.

Y lo que pasa cuando se violan las leyes del orden, es que el caos reina más allá de cualquier previsión, intenso y dramático, como había sido el cambio, había desencadenado una serie de factores inexplicables, de la satisfacción al gusto, de lo esperado a la sorpresa y la línea que habían cruzado demandaba entonces más de ambos, y más para ambos, el cuerpo electrizado de Andrea no había soportado más y en un impulso había estirado las piernas tanto como había podido, y Julián sonriente y sintiéndose victorioso, se había aferrado con todas sus fuerzas a su cadera, ella no sabía que pasaba en su cuerpo y él no tenía ni idea que podía ocurrir, hasta que sintió la humedad desbordarlo, bañarlo, y ella la explosión intensa y continua, la presión alterada y un jadeo, gemido felino írsele de la garganta.

Se levantó temblando, lo miró a los ojos y le dijo, es hora de devolverte el favor, y su cabeza se perdió entre sus piernas, ahora las leyes no importaban, ambos eran ahora agentes del caos.

La condena

Oscar Wilde decía que cualquier hombre puede ser feliz con una mujer que no ame, dijo la profesora de literatura mientras depositaba su argolla de matrimonio sobre el escritorio de su abogada, —lo dijo como una provocación, con la intención de herir, de ver sangrar, era un corte limpio al orgullo, al amor propio, porque ella había sido su compañera, porque marido y mujer, próximamente ex esposo y ex esposa, habían estudiado juntos una maestría en literatura, porque con ese comentario, él la había abordado un sábado en la tarde, y luego le había propuesto —te querés ir a tomar algo y luego ir a ser felices… —lo recordaba, era su recuerdo favorito y ahora que él había claudicado, ahora que ella iba a firmar, lo hacía con dolo y sobre su recuerdo.

—Bueno, ya que esto es un juzgado diré la verdad, lo decía Lord Henry, que era un personaje creado por él, y saben que, tenía razón. —En la sala se hizo silencio, la voz se había quebrado, y nadie había podido alzarla de nuevo. Así que ella, metódica y frívola, la recogió. —Les dije que, de usarlo, este sería el mejor regalo de bodas.

—Los abogados eran sus amigos, sus padrinos, por una broma, cruel y sobre todo justa, habían jurado que si se separaban la madrina defendería los interesas de la novia, y el padrino los del novio, era cruel porque ambos se conocían, porque eran además sus cuñados, porque en un momento en que ninguno de los dos tenía empleo, habían decidido regalarles unos bonos notariados, contratos, a la ley contratos juramentados y firmados de que en caso de separación ellos serían los abogados bajo grave multa económica; y ante el dolor había decidido usarlo.

—Lord Henry, retomó ella, era un hombre astuto, inteligente, siempre quise encontrar uno como él, supongo que sigo en su búsqueda, todo lo decía en una posición difícil de soportar, medio borracha, con la pluma en la mano, inclinándose como si estuviera a punto de liberarlos a todos, y volviendo a erguirse sin haber terminado de firmar, es más, sin haber comenzado a hacerlo.

Mientras insinuaba su firma, ella habló mal de todo lo que se le ocurrió y apretó el corazón de él en sus manos cuanto pudo, no hubo terreno sagrado, ni íntimo, no hubo honor, ni respeto, a sus padres, a sus hermanos, sus amigos, a su trabajo, a sus sacrificios, a todos los ninguneó con una facilidad que entristecía, pero él, a pesar de su dolor, de su duelo, se veía aliviado, y eso la enloquecía, en el fondo ella empezó a notar que su berrinche, aunque preparado y bien ejecutado, no era efectivo y entonces firmó.

Cuando fue su turno, se tomó su tiempo, apoyó bien las manos en los brazos de la silla, y se impulsó, digno, con una dignidad pocas veces vista, sus amigos estaban impresionados, y el juez, el juez no dejaba de mirarlo con una cara que a todas luces estaba desencajada, estoico ese hombre caminaba sin dolor, sin pena, por el contrario, caminaba orgulloso, frente en alto, había visto a otros humillados rendirse a los insultos, reconocía además que él había soportado menos dignamente su vida laboral y marital y ese hombre lleno de vida y de alegría se acercó al papel, tomó su lapicero, la miró a los ojos, a ella, a ese ser despreciable y alcoholizado que había frente a él y sonrió.

—La libertad es algo difícil de definir, y más aún de entender, la libertad, después de un tiempo a tu lado, he entendido por fin que es un deber; sé que parece que no tiene nada que ver, pero lo tiene todo que ver, la libertad, es una decisión, una opción constante y latente, la libertad solo existe por medio del sacrificio, y me costó mucho entenderlo, aplica en el trabajo, en el amor, en la amistad, se es libre cuando se decide, y se asumen las consecuencias entendiéndolas, yo ya estaba preparado para esto, para tu berrinche, para tus golpes bajos, y quizá pensabas que revoloteabas como una mariposa y picabas como una avispa, pero has sido torpe, te has tambaleado como un borracho gordo, cada palabra con la que has intentado herirme ha sido un vidrio sobre el que te has parado, lo tomás como una falta de lealtad, el que te haya dejado, sin darte cuenta que la decisión no es apresurada ni nueva, lo hablamos, en más de una ocasión, pero nunca entendiste que no era solo metafórico, yo no estoy abandonando nada, por el contrario, me voy porque tu ausencia se ha vuelto evidente. Vos ya no habitas tu propia vida.

Y sí, Cada que lo pienso, cada que la idea viene a mí, siento que Wilde, bueno Henry, porque lo dijo todo, lo hizo bien al decirlo todo, y nada más puede decirse, tenía razón. La felicidad no es amor, pero yo no me voy porque quiera encontrar la felicidad, sino porque estoy harto de la seguridad con la que asumís que la vida es, y no con la que puede ser, desde hace años comenzaste a ceder frente a lo que el mundo quiere, sin hacerle frente, resignada al qué dirán, y yo, jummm me importa un bledo, sí, soy el mal escritor y eso te jode, y me voy porque ya no me duele quedarme, porque vos perdiste de vista algo, tu realidad no me gobierna.

La sabana: Casino

Se requiere cierta actitud especial, cierta habilidad para ser un buen dealer, hay que saber apreciarlo, porque de lo contrario es un trabajo soso y fácil, pero si se hace bien, si se cuenta con la disposición correcta, es el paraíso.

No se necesita como muchos piensan habilidad con las cartas o los dedos, el trabajo no tiene truco, no requiere de engaños, por el contrario, necesita de intuición, de sangre fría, solo algo comparte con la magia, la observación, hay que saber mirar, dónde mirar.

Los dedos tiemblan, pero solo en los primerizos, a los que la suerte les viene con adrenalina, si ves a uno que tiembla, puedes reírte un poco, es como ver un video de un panda torpe en youtube, no sabe cómo apostar ni cuando retirarse, no entiende el juego, pero lo juega, como los pandas bebes que hay en internet y que caminan torpemente o trepan sobre algún obstáculo, solo para caer, son ingenuos, y eso te hará sonreír, pero, al igual que con los pandas, no hay mucho más para ver, una vez se caen, se levantan nerviosos, un poco asustados y se van.

Luego están los intrépidos, suertudos, similares a los roedores y marsupiales que hay en internet: ardillas, hámsters, nutrias, ratas, nunca apuestan de más, y tienen una agilidad destacable, aunque parezca imposible, a final de mes no han ganado ni perdido un peso más allá de lo normal, como extraviar 10 dólares o encontrarlos en un viejo bolsillo del pantalón, no lo saben, pero tienen un don, el del equilibrio, caminan por la cuerda floja sin percatarse del peligro, sobre cables de alta tensión sin sentir una pizca de vértigo, te llena de adrenalina verlos, sufres con ellos, y quieres que lo logren pero al final caen, y se levantan, la clave con ellos es que debes verlos de manera frecuente, así que son mucho más divertidos de observar.

Luego están los carroñeros, cazadores furtivos, letales si quieren, y no juegan bajo las reglas, persiguen, olfatean a los heridos, a los moribundos, los tientan y luego los llevan a algún lugar clandestino a desplumarlos, son dealers de casinos clandestinos, muchos de ellos pagaran con sus vidas la adicción que los corroe, cuando llegan a ese estado, la verdad es que ninguno tiene ya mucho que perder, pero aún así ellos vienen a llevarse lo que queda.

Y luego están los que hacen que todo sea interesante, los cazadores, ellos nos buscan a nosotros, sin saberlo, y no a todos nosotros obvio, tienen también ese deseo de fingir, mentir, de asustarse y de acorralarnos, bueno no a nosotros, nosotros no apostamos nada, es el casino el que pierde, pero sientes cuando estás en frente de ellos que juega contra ti, que te acorrala, a los demás los ves sudar, sufrir, ves las argollas guardadas de los que intentan esconder la traición a sus promesas maritales, ves a los desesperados, que acuden acá en búsqueda de una señal divina, ternuritas, aquí la señal solo viene de abajo, ellos vienen queriendo duplicar sus soluciones y lo único que logran es una escalera real problemas.

Pero los cazadores, ah, gloria bendita, vienen te miran a los ojos, se ríen y entonces lo sabes, quien suda eres tú, no sabés él que está jugando, no sabes nada de su vida, no sabes si quiera si es su dinero, parece que no lo fuera, apuestan con fuerza, y sientes que te desgastan, pescadores, sí, te atrapan y te llevan de un lugar a otro, menguan tus fuerza, quebrantan tu espíritu y de repente estás nervioso, ya no sabes que preguntas hacer, ya no les animas a doblar sus apuestas, o a plantarse, olvidas tu libreto y sin saber cómo cierras con números en rojo, hay que aprender a reconocerlos si quieres durar en un lugar así, si te pillan tres veces seguidas, en un mismo mes, estás liquidado.

Una pista más, no los verás nunca en la ruleta, ni en los dados, a las tragamonedas ni si quiera se acercan, su vida y la nuestra está en las cartas.

Silla de Bus

La mirada del chico estaba perdida en la irrealidad del embotellamiento en que se encontraba, ya no había esperanza, la reunión a la que se dirigía ya había empezado y la radio anunciaba que la malla vial había colapsado, tardaría al menos 2 horas más en su trayecto y no llevaba consigo nada que lo rescatara del tedio, ni un libro, ni una sola hoja para distraerse…

Lo único que podía hacer era pensar, ignorarse así mismo no estaba siendo de ayuda, ya no tenía sentido bajarse a recorrer esas calles inundadas de motores, de humo, y se resignaba a estar allí en esa pequeña prisión de metal y vidrio.

Estaba completamente sumido en sus pensamientos y de repente un sonido lo llamó de nuevo a la realidad. Una chica leía en voz alta, no pretendía ser escuchada pero para él era imposible omitir ese tono de voz, no había ni una palabra que al salir de su boca no le causara gracia, carecía de acento, pero lo dominaba, era un susurro que lo esclavizaba y ya no quería hacer nada que no fuera escucharla.

El bus estaba casi vacío y acercarse sin motivo parecía tonto, seguro la asustaría, pero de pronto su cuerpo empezó a moverse, iba rumbo a ella y en su embelesamiento no lo notaba.

—Te puedo ayudar en algo

Estaba impactado, no era tan chica, tan joven, era una mujer madura, unos 35 años, pero parecía que el tiempo también se hubiera fijado en ella, en su voz, y la había congelado, impermeabilizado a su paso.

—Me trajo tu voz —contestó

Ella sonrió. —Deben decírselo a menudo, pero no puedo pensar en fingir, ni siquiera fui yo el que me moví, te puedo asegurar que estaba inconsciente del movimiento hasta que me hablaste

— Tengo mala memoria, vení, sentate, ya no quiero seguir leyendo y me vendría bien tu compañía
No había opción, su cuerpo se sentaba junto a ella, parecía verse desde lejos, escuchaba las palabras pero él solo podía escuchar notas musicales, ante sus ojos ella era una caja musical, y cada palabra, cada nota erizaba su piel, era un saxofón, un violín, un piano, un clarinete, viento y cuerdas que nublaban por completo su atención. No le importaban sus labios, el tamaño de sus pechos, ni el color o la forma de sus ojos, no había podido repararla, no podía sentir ni percibir algo diferente al estímulo de su voz, era como estar bajo una piscina, nada podía penetrar la barrera entre él su voz. Ella le pedía que hablara, él sonreía, cautivo, completamente cautivo de su voz, era incapaz, cada sonido que él emitiera significaba un momento de silencio de ella y era un precio demasiado alto a pagar, no el no hablaría, mientras la tuviera frente a frente, y en su ausencia solo buscaría símiles de aquel sonido, no valía la pena escuchar nada más.

—Sos presa del silencio, o sos el silencio, —dijo la mujer y retomó, — con vos es muy difícil saberlo, muchos son un eco, repiten hasta que se quedan sin fuerzas las ideas escuchadas, palabras que a lo lejos les resuenan en los tímpanos, pero vos, te fascina el sonido y creo que omitís completamente el contenido, has de ser músico, mi vos tiene ese efecto en los afinadores de piano, pero nunca había conocido uno tan joven.

—No quiero hablar, porque para mí sos un cuento, yo un lector, no quiero ser este sujeto, porque vos, sos y para no darle muchos rodeos, sos la mujer a secas y en mi cuento no paras de hablar, de suponer, de increpar y algunas veces, pese a la melodía de tus palabras, a la gracia con las que las elegís, eres hiriente, en esos
momentos podés darle sabor a las palabras, y todo depende del desprecio con el que las digas, entendés tu poder, no solo las escucho, cuando se te da la gana tus palabras tenías saben a una cucharada de café molido rancio y para colmo les das olor, olor, un olor a pañal podrido, pero yo sigo aquí, enmudecido.

—Las personas suben y bajan del bus, el tráfico reanuda su lenta marcha y a él nada le importa, sigue meneándose en esa voz, como el tono de una nota regordeta escalando en un solo coral.

—Yo como lector y personaje debo prevenirlo, debo convertirme en griego, pedirle que no escuche a la sirena, que no las siga, que lo llevará a la muerte, pero tengo curiosidad e igual si lo dicho, yo no me hubiera escuchado, y que cuando me pidas bajar yo baje, te siga hasta tu casa sin dudar un solo paso, y que cuando me pidas embalsamarse y meter mi corazón en una botella, sincronizándolo en un latido fijo, me rinda sin dar pelea.

El silencio reinaba, y ella sonreía, —con tu imaginación y mi voz, los vecinos morirán de la envidia, me bajo en la próxima parada, si querés, nos bajamos juntos. El bus chirrió tan agudo como en cada parada, la compresión del aire haló hacia adentro la puerta, había llegado a su próxima parada.

La mala sangre

Mientras agitaba el pequeño tubo de ensayo podía ver que la sangre que allí se movía no era roja, sino que se acercaba a un color más oscuro, entintada, un rojo profundo que le indicaba que la circulación no había sido la adecuada, quizá, ennegrecida, como estaba siempre pensaba que esas muestras estaban llenas de algo, cargadas de mucho más que glóbulos y plaquetas, es sangre enferma pensaba, y la verdad es que no había ninguna relación y ella lo sabía, pero hay cosas que se saben y no por eso dejan de creerse.

Pensaba mientras la sangre se adhería al vial, que solo así podía imaginarse la circulación de los mezquinos, negra y pegajosa, como el fin del ciclo menstrual, con un olor más cercano a la muerte que a la vida, morados de la historia, hematomas imposibles de olvidar que requerían de una sanguijuela para ser extirpados.

Por eso no podía nunca dejar de ver las muestras de sangre de los criminales a los que estudiaba, trataba de buscar un indicio, algo que los predispusiera en su genética, en su fisionomía, pero nada había que los uniera, la sangre de víctimas y victimarios era igual, ninguno contaba con un rasgo más fuerte o más débil no había rastro de ninguna cadena de genes que explicará porqué uno estaba siempre vulnerable ante el otro. Nada, absolutamente nada.

En los animales, un rasgo distintivo, recordaba explicándose a sí misma, los predadores tienen los ojos en frente, lo que les brinda una mirada telescópica para enfocar a sus presas, mientras que las presas tienen una mirada panorámica, para evadir a los predadores, genéticamente, están diseñados para cazar y huir, pero en nosotros no hay un solo rasgo, un solo hueso, y dado que las formaciones esqueléticas están descartadas, la {única esperanza era la sangre, pero después de dos años, aún no había nada concreto, solo la intuición, que le recordaba que algo no iba bien, que esa sangre no lucía bien, que había algo raro.

Había intentado con la temperatura, por aquello de los asesinatos a sangre fría, pero no había una diferencia ni en medio de la circulación, ni en una muestra la sangre era normal, perfecta y abrumadoramente normal, su viscosidad y su densidad, su contenido en proteínas, incluso su pH entraba en los rangos normales. Cada muestra le confirmaba con terror que en los 250 ml de un recién nacido ni en los 5.5 litros promedio de un ser humano adulto de 70 kg había algo anormal, ni el aproximadamente un litro que se encuentra en los pulmones, ni en los 3 litros en la circulación ni en el restante se repartía entre el corazón, las arterias las arteriolas y los capilares NADA.

El aroma tampoco era diferente, un olor metálico, que francamente no tenía para ella ninguna diferencia, salvo una pequeña excitación que le generaba, pero era solo en la percepción y no en su composición… y eso fue lo único que necesitó para darse cuenta de lo errados que habían estado, dos años 724 días enfrascados y enceguecidos buscando algo genético, gestacional que generara una predisposición disociativa en los seres humanos, habían terminado por concluir lo que ya se sabía, que la composición química, morfológica y genética entre seres humanos no tiene diferencias notables, todo, lo bueno o la malo, viene después su leve excitación le recordó que ella no era normal, entendiendo la normalidad como la convención estadística de respuestas promedio frente a un estímulo, porque cada que olía sangre recordaba la excitación que le producía recordar los besos de su amante cuando este le bajaba comenzando o finalizando el periodo, que ella se humedecía frente a la sangre únicamente por su relación y experiencia personal y que el programa no debía invertir más en la búsqueda científica de diferencias entre cargas de proteína, o estados genéticos, la mala sangre, continuaba siendo solo una forma de actuar de los también llamados hijos de puta, sobre estos últimos se había realizado un estudio también hace unos años un estudio sobre su disposición a ser árbitros de fútbol, guardas de tránsito, policías de las fuerzas de contención social políticos y recepcionistas en puestos de control del gobierno, pero al igual que ahora, se había concluido que era también una simple manera de hablar.

El gusto

De los sentidos sin duda el más provocativo es el gusto, quizá tenga que ver el hecho de tener un par de kilos de más, sería lógico que lo relacionen con el peso, decía con una pequeña risa dibujada el escritor mientras comenzaba su discurso, lo hacía, saboreándose, con las manos en la espalda, con el placer en el rostro, y la mirada hecha fuego.

Mariana estaba leyendo nerviosa su texto, como toda estudiante de colegio perdía esa impertinencia juvenil cuando perdía el poder el anonimato, cuando sentía que como en todo banco o grupo, si era perseguida las demás la dejaban sola. Así que continuó, con esa fría y falsa postura de nada me importa, también tan propia de su edad.

Por sí solo puede sorprendernos y cuando se combina… ahhhh el paraíso queridos, el paraíso, porque nada puede vencer la fusión del gusto con cualquier otro sentido, el gusto y el tacto por ejemplo, las texturas invadiendo las papilas gustativas, los labios húmedos empapados, la firmeza de un arándano que juega en la punta de la lengua, la temperatura llenando la boca… e igual sucede con todos.

No es casual que El Buen Gusto sea considerado como lo es, un atributo admirable, y olvídense de las posturas acartonadas, o las distinciones sociales, el buen gusto no es como se piensa una postura elitista, la yema de huevo desparramándose sobre el arroz, es de buen gusto, siempre y cuando el huevo no esté con la clara cruda ni quemada, porque no es solo cuestión de estética, sino de naturalidad y de sincronización, de contrastes, de colores, de cortes, moldes y hormas, de encajar.

El gusto con el aroma, la mitad de la comida y de los orgasmos serían insípidos sin esta fusión no podrían mantener dura ni el miembro de un adolescente, el aroma es necesario, para darle al sexo su firma, su impronta, para irse con nosotros impreso en el pelo, en la barba, en el cuerpo, sin el olor el sexo es limpio y el sexo limpio es frívolo y triste.

Cuando terminó de leer esa frase, Mariana estaba sonrojada, podía sentir la lubricación escurriéndosele entre en los pequeños vellos de su pubis, y el calor sonrojándole las mejillas, la sangre acelerada, las palpitaciones recordando el aliento del escritor en su cuello, imaginaba de nuevo las manos recorriéndole las piernas, el temblor y el sudor de sus rodillas mientras daba vueltas en su cama, Mariana estaba excitada, como lo estaba al haber escuchado por vez primera las palabras en voz del escritor y recordaba perfectamente que eso la había hecho salir tras él, sujetarle la mano preguntarle por sus cuentos, pedirle que si podía entrevistarlo para una tarea.

Recordaba montarse en su auto, nerviosa, sentir que su humedad, tal y como ahora era abundante, y pensar que sin ropa interior el líquido que escapaba de sus pelitos y se impregnaba en la silla del pasajero, recordaba verlo suspirando, como si supiera, como si oliera su excitación y eso la hacía mojarse aún más.

Y en el trance que se encontraba continuó hablando, el gusto con el oído también combina por que el golpeteo de una lengua contra unos labios hinchados, contra un clítoris endurecido, dirigido como una sinfónica por los gemidos, se hace imprescindible, magnánimo y encantador, un crescendo, un coro exaltado digno de un aplauso.

Y calor que Mariana sentía ahora se trasladaba a sus compañeras, el mismo profesor estaba sonrojado y tenía la respiración entrecortada, su lengua, no la del escritor calentaba a 30 adolescentes que al igual que ella sentían en sus tetas la ausencia de una mano, de un agarre firme, de una lengua hábil, sus nalgas extrañaban la sensación de una pelvis rozando contra ellas y toda intentaban cruzar las piernas para estimular y controlar al mismo tiempo la excitación que se apoderaba de ellas.

El gusto, el gusto lo vale todo, así que por eso escribimos, esa era la respuesta, escribimos por deseo, por el vil y humano placer de escribir, por sentir las letras golpeando contra nuestro paladar al leerlo en voz alta, por sentir la respiración agitada, el miedo, la rabia y el dolor que imaginamos, escribimos porque podemos, aunque tú no nos leas.