Cotidiano y divino

Si uno tiene el tiempo, y los ojos lo suficientemente despiertos cada día tiene algo cotidiano y divino, pero no es una película, no pasa en cámara lenta ni está perfectamente construido para verlo, no tendrás primeros planos, ni música emotiva o épica, no tendrás nada más que a ti mismo y una pequeña sonrisa.

Cuando era pequeño lo sentía cada vez que el polvo volaba entre los rayos de luz, cuando esas pequeñas partículas parecían cobrar vida y danzar, con el paso del tiempo y como es natural me llamó la atención el fuego, las burbujas de aire que estallan al separarse la corteza de las ramas, las copas de los árboles meciéndose a la distancia…

Los instantes cambian a medida que cambia la forma en como vemos las cosas, me gustaría preguntarle eso a la gente, donde encuentro la divinidad en lo cotidiano, pero me da miedo parecerme a uno de esos que pregunta que signo es la persona para tratar de definirlo, yo quiero saber cómo es alguien, me da la mismo, poco o nada, lo que quiero es pistas, afinar los sentidos y seguir buscando esos destellos de suerte, pero prefiero no hacerlo, el riesgo es demasiado alto, podría pasar horas tratando de decirle a las personas que el esoterismo fuera de lo estético es tan solo otra rama de la superstición, que la divinidad de las cosas no está en la explicación compleja de su origen, sino en la admiración sencilla. Sé que nada me obliga a encerrarme en dicha discusión más que la convicción de que el ser humano es racional y que por ende vale la pena darles la oportunidad a todos, aunque la decepción al hacerlo sea frecuente.

Hoy en día lo que más me llama la atención no es solo lo bello, la estética se ha expandido así misma, ha encontrado territorio común con lo lascivo y lo grotesco, la moral ha rehuido de la humanidad y de mi visión sobre ella, la naturaleza de las cosas, de los seres es bella, y algunas naturalezas son violentas, despiadadas, fuertes, otras emocionantes, tranquilas, es por eso que los viejos caminan admirando la belleza de los árboles, lo creo sinceramente que al ver como nuestro cuerpo envejece, se debilita y parece rendirse la paso de los años, se comienza admirar esos troncos fuertes que estaban aquí antes de que nosotros llegáramos y que si todo va bien, estarán aquí muchos años después que nosotros nos hayamos ido.

En todo eso pienso mientras camino tomando el sol, cuando la figura que tengo en frente llama mi atención, un hombre de unos 66 años con sobrepeso y sin camisa está sentado en la vereda, las piernas flexionadas hacia afuera juntando planta con planta de los pies, las manos sobre sus rodilla una barriga prominente, es casi una declaración de buena vida, es prácticamente un manifiesto, esa barriga dice primero el disfrute luego bienestar, que para que la vida valga la pena hay que vivirla, sobre ella unas tetas regordetas y una barba de billete viejo, sobre la que una calva impoluta y brillante refleja el sol, la escena está fuera de toda normalidad, no hay cerca una piscina, ni parece el lugar más fresco para descansar, el suelo embaldosado debe quemarle las piernas, pero él no se inmuta.

Lo veo, sonrío y pienso, ahí está Siddartha Paisa, el Buda en Belén, aprovechando el sol con una sonrisa en el rostro que parece decirme, todo lo que a usted le angustia joven, a mí me es intrascendente, un Diógenes con Carriel, que me grita igual que mis gatos, su éxito es el cansancio y el mío el descanso, vaya usted trabaje y aléjese de mi sol que lo oculta, todo eso me dice él o me lo digo yo a través de él, y sonrío al caminar y alejarme de él.

Divino, cotidiano.

Madrugadas

No sé cómo hacés, decía y repetía Marcela con la cara horrorizada, yo necesito dormir, lo decía a las 10 am, lo decía con la seguridad de quién se piensa especial, de quién valida la vida solo a través de su experiencia personal, con una miopía social y un astigmatismo racional, que resultaba, además de curioso molesto.

Marcela creía, firmemente creía que merecía más, les pasa a muchos, han olvidado, no, corrijo, me corrijo mientras pienso y escucho, no ha conocido nunca una verdad simple y sencilla, nadie es especial, no se da cuenta de que su opinión es solo el resultado de su experiencia, no sabe formularla, solo sentirla y desde allí crea el mundo… somos lo que conocemos es cierto, pero la ley tiene algo que la física ya sabía, si no conocés la gravedad igual te caes; aunque no lo sepas la transferencia de calor por fricción te quema. No lo sabés pienso, pero el día comienza de manera paralela y continua, dispersa y asincrónica según la taxonomía y el estrato socioeconómico del individuo, o incluso de su lugar en la cadena alimenticia, el día, el concepto de día es artificial, sí sale el sol, pero algunos animales son nocturnos la evolución los ha condicionado y a nosotros, aprendimos a caminar en dos patas, a construir para protegernos, pero no para cuidarnos, es por eso querida que es selectiva y diferente; para la mayoría en este gamonal el día está por fuera se horario natural, aquí las personas se despiertan antes que el sol, y madrugan a ver las lunas llenas más grandes que alguna vez se han visto, no porque haya un predador que los aseche, sino porque la comida vale plata, el arriendo, la comida de los gatos, los perros, todo al final cuesta y el único instinto definitivo es el de supervivencia.

Despertar con el sol es privilegio de unos cuantos, aquí en esta tierra, la vida hay que currarla, trabajarla, nadie tiene nada y nadie puede tener nada, pero no seamos ingenuos ni en exceso románticos, la vida tiene un precio, lo pagan todos los seres que viven, pero un privilegio nos hace pensar que vivir tiene privilegios, es el ocio, lo mucho que se disfruta de no hacer nada, o de hacer nada útil, y también hay tiempo para eso querida, pienso pero aún no le contesto, la dejo hablar, dejo que se alargue, ella piensa que la capacidad de trabajar y de hacer sacrificios es algo genético, una predisposición química en el cuerpo que a ella le falta, es la fe, la excusa mística la irresponsabilidad humana, ese resguardo emocional donde tratamos de enterrarnos para evitar asumir la verdad, que no hay nada afuera, que somos nosotros, contra los demás, que todo lo que nos afecta lo permitimos por falta de convicción, por temor a la discusión, por miedo a la represión, lo que nos condiciona y nos jode, es lo que nos gobierna, y nos gobierna solo aquello a lo que nos entregamos, visto de esa manera el más sabio era ese que decía que la única forma de felicidad posible, es la de entregarse a los instintos y desprendernos de las estructuras de poder que difieren de otro forma más allá de la natural.

La miro a los ojos y la escucho hablar, sabiendo que no sabe, pensando que sabe, ignorando incluso que aquello que conoce, no es ni nuevo ni original y que hay quienes lo han expresado de la manera correcta, la humanidad es tonta, y ha renunciado a su propia esencia, la gente tiene miedo de ser excluida, segregada y otros de ser señalados, y aún así esta ella, y ellos, y los que son como ella, los más peligrosos, los que tienen miedo de aceptar que han labrado su propio destino, incapaces de asumir que son tan ordinarios e innecesarios como todos, y sobretodo incapaces también de vivir, quieren la vida para no hacer nada, desean la vida para no vivirla, tan alienados como esos otros que no ven la luz fuera del trabajo, y que no entienden ni siquiera la diferencia entre desconocer y asumir.

Abro y la boca tomo aire y vuelvo a cerrarla, no vale la pena pienso, son las 8 pm y tengo sueño, después de todo toda la semana me despierto antes que el sol.

Yo tampoco respondo, debe ser que le tengo pavor a no poder ver los amaneceres.

Juguetes

Los hombres son así, dice Leonor indignada y molesta, no son del todo hombres, no como los de antes mientras recuerda a Roberto, hace 20 años no lo ve, curiosamente en esa época eran niños, él tendría 17 o 18 años, pero era un hombre, grande fuerte, estéticamente rústico, era viril, eso es lo que quería decir Leonor, que en esa época tenía 22 un corazón arrugado por el despecho y un sexo caliente solitario, él estaba primer semestre, ella en 8, era monitora y cada que él aparecía a buscar alguna tutoría, los labios se le humedecían, con solo verlo sentía una corriente eléctrica que la hacía contraer las nalgas, morderse los labios.  

Recuerda la ropa que usaba, simplemente eso, para él no era decoración, era un hombre, no necesitaba que lo validaran, su valor estaba en su trabajo, en lo que hacía y en hacerlo bien, se notaba que en eso creía, en las cosas prácticas y pragmáticas, tantas veces lo imaginó apretándola, acercándosele, susurrándole al oído las cosas que quería oír, pero nunca le pasó, Roberto era tímido y ella aunque caliente como sol de verano no dejaba de ser una mujer de su época, mayor que el hombre que le gustaba, había que guardar alguna y decidió guardarse las ganas, esas que la consumían, esas que cada que se topaba con un nuevo amante o un nuevo novio la consumían.

Es que la calle está dura mija dice lucía y se ríe, Leonor toma su té, lo huele, piensa: la calle está dura y se ríe, cada vez ellos son menos Roberto piensa, no tiene honor ni palabra, comen mejor, se visten mejor, hablan mejor, pero en el fondo, en el fondo les falta, no tienen raíces, crecen frondosos pero no son firmes, no tienen la madera adecuada para hacer un buen catre, buscan los espejos, no porque quieran verle la cara mientras que le dicen lo rica que está, o mientras la aprietan o juegan no porque quieran calentarla y avivarle la pasión, hacerla sentir sexy o fuerte, o sumisa y subyugada, no, buscan el espejo porque quieren verse a sí mismos, no saben ver nada que no sea así mismos.

 Tenés razón dice ella al terminar su trago de té, no están a la altura, no tienen para dar mucho, cada vez menos, ya no se hacen hombres como antes, me entendés, antes se hacían, al crecer se hacían, la vida los formaba y los forjaba, les quitaba los pantalones cortos y les vestía de traje, les quitaba las pavas y les daba sombrero, ya no tienen clase, ya no son esa clase de hombres que uno veía y sabía que iban a temblarle las piernas, ahora vienen desarmados, con piezas intercambiables.

Lucía ríe, piensa en Andrés, su marido, hoy no ha querido salir de casa y por eso escucha a Leonor, mientras que su marido espera en casa, cocina y arregla un poco el desorden, espera hoy un paquete, uno que pagó desde hace 4 meses cuando se anunció, unas cartas, cuando se lo contó estaba emocionado, le brillaban los ojos, sonreía como lo hacía cada 3 o 4 meses, esos días son especiales para él, revive algo que no está ahí todos los días, como Leonor cuando habla de hombres, como ella cuando va al cine, o cuando compra zapatos, como su mamá cuando compraba bailarinas de porcelana, como su papá cuando pegaba estampillas y coleccionaba monedas, abre los labios y devastadora como siempre dice y como siempre aunque son palabras a Leonor se le revuelca estómago, somos niños leoncita, todos y todos tenemos un juguete favorito, pero algunos creen que el suyo es el mejor de todos y entonces se olvidar de jugar y les basta con tener, no se trata de los juguetes querida, se trata del juego, de saber jugar, entonces calla, y sonríe, porque sabe que al llegar a casa Andrés se sentirá tan feliz que cambiara de juguete, guardará su cartas y jugará con ella hasta hacerle temblar las piernas.

Leonor calla, odia que haga eso, pero sabe que a ella le gusta jugar con las palabras, aún así algo le resuena, saber jugar el juego, se relame los labios, ya está grande, ya es otra epóca, 4 o 5 años no se deben notar tanto, quizá ahora pueda sentirse una muñequita de juguete en las manos de Roberto, y mientras lo piensa comienza a escribir su nombre en el buscador de facebook.

Laberintos

Miro detenidamente el mapa, la líneas de colores se sobreponen, el bullicio de la gente afuera dificulta aún más mi entendimiento, Wilson y Fernanda creen haberme dado una dirección exacta, los conozco y dudo, hay muchas posibilidades para equivocarse, demasiadas conjeturas, estoy perdido, incomunicado y la esperanza es esquiva para un latino en barajas, ya sé que no para todos, ya sé que algunos españoles son amables, no es algo exclusivo de los españoles, es geopolítico, algo ha hecho que algunos pasaportes digan turista y otros migrantes, si bien todos los somos al viajar, a algunos les han dado un no sé qué, que inspira en las personas de aduanas y migración confianza y a otros nos han marcado como reses con una I en la frente.

Intento escribirles al whats app, no responden, están fuera, camino a esperarme, me hago al lado de la cabina de información e intento escuchar explicaciones a otros viajantes, no quiero preguntar, no quiero darles la oportunidad de menospreciarme, me rehúso por un par de minutos y al final cedo.

Me indican con una mirada de falsa cortesía, lo sé porque también yo he puesto esa sonrisa falsa al saludar a parientes indeseados un domingo a la mañana cuando llegaban las visitas sorpresas a casa, debo dirigirme a la salida, voltear a la derecha e ir al segundo piso, allí hay un tren, dice no es el mismo que decían Wilson y Fernanda, no me sorprende, pero tampoco me fío.

Camino hacia la estación, busco otro par de turistas con cara de latinos, si algo puede unir a nuestros pueblos es la cordialidad que nace del desprecio, claro está solo en el extranjero y mientras que uno de los dos no sea local, ambos debemos ser sudacas para ser resistencia, si alguno es local o ciudadano de clase media entonces el enemigo es cualquiera que sea otro por debajo de su estatus; no encuentro ninguno a la vista.

Ahora tengo en frente otro mapa, tres líneas azules, para ser justos es una azul, una azul pálido o cian y una azul oscuro casi morado, la estúpida costumbre de mis compatriotas de utilizar diminutivos los ha llevado a decir azulito, la parca formalidad del agente lo ha llevado a decir azul, estúpidas costumbres ajenas, estúpidos convencionalismos nacionalistas, ¿acaso no era más fácil utilizar otra paleta de color?, los encargados de la señalética, son a veces agentes del caos.

Tomo una decisión, compro la tarjeta y sigo la línea azul, pensando en que a Fernanda le ha ganado el costumbrismo de aplicar el diminutivo a azul, y que con su azulito no intenta decirme que un azul más clarito; me subo y miro el mapa que tengo en mis manos, dos líneas hacen parada en la estación a la que me dirijo, en la que voy es una de ellas, pero son paralelas, tengo buenas y malas posibilidades, 50% para ser exacto, en mi rostro ya se hace palpable la duda, soy un objeto perdido más en barajas y mi destino ya no me pertenece, la suerte se echó hace mucho y yo solo ruedo a estrellarme con una pared y dar un número aleatorio; odio sentirme así, tan ajeno a mis decisiones, veo el mapa y falta tiempo, no es la primera vez que estoy perdido, no será la última, pero sí es la primera que pienso en que a los urbanistas y los arquitectos habría que quitarles su carnet profesional, recomendarles la siquiatría o el sicoanálisis, la jardinería para que encuentre y disfrute esas raíces complicadas y enredadas.

Veo el mapa, la ventanilla y suspiro, estoy en un puto laberinto.

Eternos

«Solo lo que no pasó es eterno, lo hecho es pasado y por ende tarde que temprano olvido».

El Flaco

La mesera le trajo su cerveza, hacía sol, era una vereda en cemento o quizá una acera colorida, editar al flaco siempre daba problemas de los que odian los editores, sus textos se iban por las ramas y sus personajes ganaban o perdían una fuerza descomunal en solo unas líneas, ese estilo que si bien era algo de lo que se le admiraba, ese caos azaroso que la crítica solía buscar en sus novelas era realmente algo que no tenían ni los editores ni él por sí solos, pero que cuando se encontraban y después de padecerse el uno al otro por fin nacía.

El cuento que tenía que editar hoy Isabela haría parte de Otra Ronda, una serie de relatos que comenzaba siempre con alguien bebiendo en un bar, generalmente el flaco aunque tuviera otros nombres, sus personajes, sus amores, sus odios, seguían allí, sus miedos también, se turnaban pero eran recurrente para el ojo atento, para ese lector que cuando es individuo y ciudadano encuentra belleza e las fachadas grises, las baldosas rotas, los semáforos y los carros, algunas cartas decían, aún no olvida a la Tana, otras decían que de Lisboa nunca había regresado, es el precio de abandonarse a uno mismo, que el destino nunca es el punto de partida.

Era la tercera vez que lo leía y no podía entender bien en qué pensaba el flaco cuando comenzó a escribirlo, era ella, aunque en el cuento fuera cocinera y no editora era ella de quien hablaba, de su carita de niña, de su insaciable lujuria siempre insinuada, de esa sensualidad torpe… le coqueteaba, por qué había elegido hablar de su fantasía, de eso que alguna vez casi pasa, la enojaba como en su momento la enojaba leer sobre esas otras mujeres de las que él escribía, con las que ella se comparaba, de esas que nunca fueron ella y sentía que jamás sería, por qué ahora.

En el cuento, la mesera, es estudiante de cocina y después de conocerlo lo invitaba a casa, él llegaba temprano, y ella no alcanzaba a vestirse para la ocasión, el bralette que había elegido quedaba sobre la coma, junto al vestido que le gustaba, la camisa… y le habría en ropa cómoda y holgada, ella bañada en sudor de sus carreras, él con un olor a tabaco, a cerveza con whisky, tan despreocupado por las formas, desconectado de la realidad presente se acercaba y con ese sabor amaderado y aroma ahumado de su pipa la besaba aprovechando el shock del momento, y sin mediar palabra la pegaba contra la pared la apretaba las tetas y el cuello; ella se calentaba rápido, se entregaba despacio, tal y como ella le había dicho que lo haría, tal y como ella había imaginado que la tocaría, y él tierno, rudo, apasionado tal y como ella lo había imaginado, la hacía gemir y sollozar mientras una olla a presión pitaba descontrolada…

El cuento la hacía ruborizar, humedecer, extrañar y desear, esa parte del cuento era perfecta, aunque la sentía un poco gratuita, necesitaba saber él que quería decir, encontrar lo que le faltaba para componerlo, para decorarlo y puntuarlo de manera correcta, por eso odiaban trabajar con él, porque el flaco podía hacerte sentir cosas, sabía donde tocarte, cómo provocarte, pero darle sentido no era tan fácil.

Sin más opción tuvo que escribirle ­-Flaco, hola, estoy leyendo tu cuento, sazón de otra ronda

  • Te gustó, preguntó sin saludar si quiera
  • Tiene lo tuyo, ese caos que no se termina de entender
  • Como la vida misma Isabela, como la vida misma
  • La literatura y la vida son distintas Flaco, vos tendrías que saberlo
  • Lo sé, la vida tiene más reglas y menos posibilidades, pero la literatura tiene imitarla tanto como se pueda
  • Flaco no es filosofía ni física, vos escribís cuentos, debe haber orden

El flaco sonrió al leer su respuesta  -Los cuentos no son solo cuentos querida, son promesas rotas, la realidad es concreta porque a su paso destruye el pasado y en cada presente labra su futuro, los cuentos, vos, ellas, las otras que tanto te preocupaban a veces en el papel a veces son la misma y a veces no son ninguna.

-Eso no tiene sentido, dijo sintiendo un nudo en la boca del estómago, sí era sobre ella, o casi sobre ella, si podía haber sido ella, si hubiera querido ser ella

-Isabela, te hizo sentir algo no?, es eso lo que no te termina de encajar, el por qué te hace sentir algo… el cuento va de eso de como el anhelo es eterno pero el recuerdo efímero, que la posibilidad y la esperanza son a veces iguales y como la realidad está en cambio destinada al olvido.

Él la conoce en un bar, porque quería escribir un cuento sin mentiras, la ve en pijama, porque no quería ahondar en su cortejo y se la folla con tantas ganas y desenfreno en una situación tan cruda e improvisada como cualquier marido a su amada si hay deseo, porque no deja de ver en ella lo que le gusta y ella se deja porque ve en él lo mismo que el día del bar, es un cuento que alguien lee y piensa que pudo ser y que alguien más leerá y deseará ser, a nadie realmente le importa que haya un viejo tomando aguardiente en un parque de Madrid que se siente tan Baires, ni que haya montañas en medio de esa arrebolada ciudad inexistente, que no haya acentos, solo le importará la escena de él poniendo su cara contra la mesa del comedor mientras le quita esa tanga que ya tiene el resorte estirado, y como la penetra mientras el vapor de la olla a presión no deja de escaparse en un pitido intenso, lo que importa es solo eso.

Ella asiente sin que él lo sepa, ella está de acuerdo aunque no se lo reconozca -Sos un desastre lo sabés

-Sí y vos y yo, eternos.

Corriendo con tijeras

Jorge abre los ojos a las 5, sus gatos le dan la bienvenida al mundo de los vivos, le pesa haberlo hecho, nada parece diferente, la sensación que le oprime el pecho llega a toda prisa al hacerse consciente de sí mismo, los gatos lo intuyen, lo lamen, quieren levantarle un poco el ánimo, él lo intuye y se siente mal de poder responder a ese deseo.

Hoy cumple 38 años, fue casi su número de la suerte, mucho tiempo lo veía como algo casi sagrado, hoy no, hoy le pesa, hoy le jode, la aprieta en la garganta, le hala el corazón hacia abajo… nada de eso pasa realmente, pero así se siente; el sol se asoma por la ventana y él aún está tratando de reunir fuerzas para salir de la cama… no parecen llegar, era más fácil antes, ser niño es no ser responsable de uno mismo, esa idea lo atrapa, no había que hacerse responsable de uno mismo, no tenía que pensar en lo que sucedía, solo hacer caso, solo entregarse a un caos de posibilidades, correr con los cordones sueltos, con la ropa sucia, sorber mocos y limpiarse la tierra de las rodillas, el 38 a la espalda en una camiseta vieja y llena de sudor y de partidos, soñar con tenerlo ahí para siempre, aunque nunca suceda.

Sale de la cama arrastrando los pies, la pena y la vida, sus gatos se restriegan entre sus piernas, toma el molino de café como cada mañana y mientras muele piensa, recuerda, revive esos momentos donde el peligro era evidente, donde para acabar el miedo bastaba con encender una luz, cuando lo malo estaba afuera y no adentro, esos tiempos donde un helado lo arreglaba todo, incluso solo la promesa de uno. Ahora es diferente, el miedo está adentro, se siente perdido, 38 piensa, muele, recuerda, sufre.

Saca dos cucharadas y las pone en la cafetera, agrega una taza de agua y camina hacia al baño, toma la toalla acaricia los gatos y sigue pensando, entra a la ducha por inercia, abre la llave con una costumbre pesada, el agua helada cae sobre él y recuerda, revive los días en que todo era más simple, los 38 lo tienen contra la pared y no dejan de lanzar golpes, cuando pensaba le gustaba pensarse como un boxeador, recibiendo golpes, ya no puede evadirlo, ya mamá no puede decirle que se amarre los cordones, que se cambie la ropa, nadie le avisa de los peligros a los que corre, Andrea, su mamá siempre tuvo miedo de verlo correr con tijeras, los niños que corren con tijeras se sacan los ojos, le decía su madre, los niños corren con tijeras se las entierran en el cuello y se desangran, era normal ser educado bajo el miedo, aprenden a respetar el peligro… de grande las tijeras cambian, son personas manipuladoras que se afilan en cada paso, son las personas que mienten, que no sienten ni intentar sentir algo de empatía, los dueños de la verdad los egocéntricos y egoístas.

No se ven peligrosos, pero cuando te caes, sientes el filo de sus acciones enterrándose despacio en pecho, lo piensa mientras sale de la ducha, mientras está desnudo frente al armario viendo el espacio donde antes ella tenía su ropa, nunca aprendí a correr sin tijeras las manos, piensa mientras que ya vestido camina a la cafetera, mientras toma su café, mientras lee el mensaje. Feliz cumpleaños.

Última alarma

“En un mundo donde vivir es obligación, la muerte es un lujo”

El Flaco

De todos sus cuentos, al flaco le gustaba hablar siempre de este que no había podido nunca terminar de escribir, comenzaba con un chico porteño de una familia venida a menos en Madrid, le gustaba siempre resaltar esos pequeños detalles, primero porque eran un espejismo, el había vivido en Buenos Aires, lo habían tratado como a uno más, sabía por experiencia propia que el porteño no es frío, sino que es melanco, necesitan profundidad para conectar, son como un buzo, la superficie simplemente no es lo suyo, sabía además también que todas las familias del mundo estaban venidas a menos, porque la inflación siempre crecía y los sueldos llevaban ya congelados 10 años en casi todo el continente, finalmente que un latino con esas características se sentiría menos en España, un hombre así como Cristo, Cristobal, no se sentía menos ante nadie, porque estaba incómodo donde estuviera, su problema no era geográfico ni económico, sino simplemente humano, era humano y por desgracia, frente al espejo se reconocía y se dolía.

Cristo tiene 28 años, su padrastro es evanista su madre. exmonja, se conocieron en el convento donde ella estaba internada, una chica española en su misión al tercer mundo, Pepe, padre cristo era muy bueno con la madera, y yendo a organizar algunas cosas al convento cuando supo que el cura iba a echar a la novicia porque no quería tomarse un bebedizo que era medicina para sus problemas, al notarlo confrontó a Ángel, el sacerdote y terminó por hacer echar a Mar del recinto, ambas familias les habían dado la espalda ante el suceso, pero con la responsabilidad del impertinente decidió que tenía que hacerse responsable y se devolvió con ella al antiguo continente.

Cristo conocía la historia y la detestaba, se hijo de un “Angel” con un padrastro evanista lo hacía blanco de chistes fáciles, pero a sus 29 ya a nadie le importaba mucho, el flaco mencionaba siempre estos elementos del cuento con el único propósito de establecer lo común que puede ser una circunstancia extraña, la falacia del cumpleaños la llamaba, basada en una teoría que habla sobre cuántas personas pueden cumplir años el mismo día, el caso es que en esta Madrid donde ocurre el cuento, a los 30 las personas tienen que tomar una decisión: el día de su muerte, en un gran calendario debe marcar día y hora en el que los basureros han de pasar a recogerte para convertirte abono. La situación llegó a ese punto, decía siempre el flaco porque al sobrepasar 5 de los 9 límites para salvar al planeta no había más solución, tenías hasta los 30 para ahorrar, luego comprabas un par de años, o establecías un contrato a cuotas pensando en los años que quisieras vivir y luego el contrato simplemente se ejecutaba.

Jude, un amigo inglés de Cristo había quedado mal en algunas cuotas y él le había prestado poco más de una década, mucho tiempo si se tiene en cuenta que Cristo quería vivir hasta los 50 años, lamentablemente a Jude lo había atropellado un carro antes de que le pagara y como las deudas entre personas naturales no se aseguraban nadie había respondido por su tiempo, con lo ahorrado Cristo tenía suficiente para 10 años o 3 si realizaba el viaje que había deseado, y recordando una frase que solía decir su mamá optó por el viaje, nadie me quita lo bailado, dijo, y firmó el documento, tres años, tres años le quedaban a Cristo al cumplir sus 30, nadie sabía solo él era dueño de su tiempo.

Se rehusó a hacer la fiesta que se acostumbraba donde las personas solían dar como un regalo esa información a los demás, he decidido pagar 50 años más a su lado, quiero verlos crecer, cuidarlos, quiero darles lo que ustedes me han dado a mí… papanatas, odiaba el hecho de que la vida se pagara a cuotas, de que la gente estuviera orgullosa de hacerlo, se creían especiales, presumían su longevidad, atrás habían quedado el tiempo de las casas y los carros, Cristo tenía claro que no quería eso, había en cambio siempre soñado con vivir hasta los 50, le gustaba el número, era suficiente y digno, le molestaba demasiado la idea de envejecer, la gente que tenía para pagar 100 años tenía que tener para el suero, los cuidados, los enfermeros, sus seguros no eran tampoco baratos, y sobretodo eran inoficioso, para qué vivir hasta los 100 años, ¿solo por presumir su poder?, ¿Su dinero? tanto tiempo reclamándole a los escritores por clichés para pasársela viviéndolos, así que no hubo fiesta, ni comunicado, Cristo vivía pero su contador estaba en marcha.

Magda su casi algo favorito, le preparó una celebración especial, la malas lenguas decían que de especial no tenía nada porque a todos sus hombres al llegar a los 30 les daba lo mismo, una faena imperdible que los acercaba a la muerte en medio de su renacimiento, pero a Cristo no le importaba, y más si era con Magda, la insaciable, Magda encima, abajo, de lado, gimiendo, gritando, arañando, mordiéndolo en la clavícula, en el cuello, rasguñándole la espalda, en lencería y con juguetes, Magda desatada… si algo hacía bien Magda era vivir, porque la faena que daba te mataba un poquito y si hubiera podido escoger un solo regalo, seguro hubiera sido a Magda.

El flaco contaba esto sonriendo, de verdad lo pensaba, vivir es un lujo muy caro y cada vez más, algún día él también iba a escuchar la alarma, la última alarma y a sentir que estaba pagando la vida a cuotas. No era un mal cuento, tampoco era el mejor, pero a él si le daban oportunidad de hablar de un cuento, siempre le gustaba hablar de ese, siempre pendiente, aún en el tintero y lejos del papel.

Colgar los guantes

Cuando uno es algo, más allá de si lo hace, si lo ejerce o no, nunca deja de serlo, no se puede ser un ex de algo que se lleva en la sangre, uno se retira pero no deja de ser, uno se hace a un lado porque entiende que el sueño ya es inalcanzable, entiéndame, uno no ha dejado de soñar, pero uno entiende, las rodillas pesan, las costillas ya no aguantan igual, la campana suena bajo y distante, sí quedan buenas peleas todavía, porque ya entiende uno mucho más cuando lanzar un jab, cuando golpear el cuerpo y cuando buscar una quijada o un pómulo expuesto, las posturas se leen mejor, y se les sacan más provecho, pero uno sabe, el cuerpo presiente su hora, se vuelve lento y se rompe con más facilidad, se cansa, y cuando recibe un golpe, duele más, se desgarra a mayor profundidad, los buenos no son viejos, por los que la gente apuesta no son viejos.

No es que sean malo los viejos, es que ya no son baratos, la comida hay que cuidarla, tenerlos a punto para cada pelea es más costoso, necesitan dormir más, descansar más, más tiempo de recuperación, no pueden soportar una buena tunda tras otra, la primera vez que pasa, el primer aviso es el más duro, la perspectiva es diferente, intentas enfocar, recuerdas la vista de alguno de esos viejos leones a los que enfrentaste, piensas en ellos, en la admiración que les tenías, en el fondo estando del otro lado sabes que están venidos a menos, no fue fácil, te dolieron los golpes, pero no te sentiste acorralado, no perdiste de vista el plan, esquivaste, aguantaste y ahora está en la lona, así fue muchas veces, pero ahora eres tú, y no entiendes, cuesta entender, las luces de las cámaras exaltadas disparándose una y otra vez, el conteo, 6, 7 te levantas, comienzas a enfocar y piensas que ha sido una coincidencia, estás aturdido, muy cansado, falta mucho para la campana, son dos minutos, pero sientes que el tiempo ha dejado de ser constante, cuando él ataca es lento, se estira, te cuesta ver los golpes, evitas los peores, pero recibes muchos y cuando tú atacas, se acelera, no vez cómo puede esquivarte, por eso cuando en la esquina te gritan  dos minutos te parece una broma de mal gusto. Vuelves al centro, chocas los guantes, ves una mirada diferente, no es que el respeto desaparezca, existe, pero sabes lo que indica, sabes que te han visto a los ojos, te han medido las distancias y te han encontrado inofensivo, el resto de la pelea es un mero trámite…

Suena la campana, te golpean, pierdes un par de peleas, culpas alguna vieja lesión, te concentras en algún entrenamiento diferente, pero el enemigo ya no está en la otra esquina, para esta altura de la situación, el enemigo está adentro, lo vez asomado en cada arruga, en la intolerancia a leche entera, en la grasa después de las 9 p.m., en la resaca, en la espalda pesada y el lomo endurecido, en las visitas cada vez más frecuentes al médicos, en las peleas cada vez menos interesantes, sirven para mantener alguna racha, todavía no eres un sparring pero te acercas, la ira trae el segundo aire, te vuelves preciso, afinas golpe y puntería, K.O, K.O, K.O.

Si tienes suerte eso sucede, te conviertes en un francotirador, te dan una segunda oportunidad bajo la luz y las cámaras te preparas para la última función, para el show de despedida, estás nostálgico, no ha sonado la campana, está asolas en el camerino y lo sientes, el vacío en el pecho, el aire que se escapa en los pulmones, todo parece decir: adiós viejo amigo, pero te rehúsas a escucharlo, piensas que desaparecerá cuando él caiga por primera vez a la lona, cuando le pruebes, cuando te pruebes que aún eres de cuidado, te das ánimo, aunque al avanzar por el pasillo intuyes lo que va a pasar, la emoción es abrumadora… los ojos se humedecen, respiras profundo y sales camino a la lona, chocas guantes, y comienza la carnicería, la revancha no llega, solo hay dolor, no hay juego de piernas, te cansas, te golpean y entonces si tienes alguien que se preocupe por ti, si, de verdad hay alguien en tu esquina, la toalla vuela, y los golpes se detienen, K.O al ego,  uno no deja de ser, uno jamás se rindió pero sí es uno el que cuelga los guantes. Si no hay nadie en tu esquina, si estás tan solo como a veces sueles sentirte, los golpes borrarán los buenos recuerdos, y volverás a esos gimnasios donde no hay espectáculo ni pasión, a ser una sombra que recibirá golpes toda su vida.

Máximos y mínimos

A Alex le gustaban los video juegos, lo suyo no era un hobby, era como decían ahora una adicción, él no los jugaba, bueno, no solamente los jugaba, los habitaba, era diferente, huía de su realidad sumergido en una pantalla, no es tan diferente de los que lo hacen metiéndose en los libros o en los trabajos, o en la constante complacencia de una persona, todos son adictos, pero los demás no importan, ignoren ese recuerdo que los ha llevado a pensar en amigos, amantes, hermanos, padres, olviden a sus hermanas, a sus compañeros de trabajo y a sus madres, quedémonos con Alex, con su adicción…

No siempre fue así no siempre necesitó los video juegos y ellos tampoco siempre fueron una solución para él, creció siendo el menor, ser el menor es ya algo traumático, creció en medio de una relación dispar de poderes, y fue criado a la sombra, los adultos siempre están ocupados, los pequeños siempre son molestos, no importa a que edad leas esto, es casi un postulado. Creció, sí, pero es solo un decir, Alex se siento poco, pequeño, todo abuso lo justifica, está en deuda, se siente en deuda, y por eso al llegar a su casa, cada noche, apaga los audífonos, cierra la puerta, acaricia su gato, Quijote y enciende su consola, no es solo un botón, el mundo desaparece, ahora hay normas reales, plazos reales, el juego es más fácil de llevar, la música comienza y el olvida, olvida de apoco lo poco que se siente, su irrelevancia, no se trata de evadir el mundo y sus retos, se trata solamente de evadir sus mentiras, de personajes mezquinos de esbirros de las normas y los sistemas, ama profundamente ese caeos digital, ese algoritmo porque en el fondo es más humano, es más justo.

Alex ataca, y olvida que le han incumplido de nuevo, que el ascenso no llega, y que además lo acepta en silencio, piensa en quijote, en su tarjeta de crédito, tiene que aceptar, pero está cansado, sonríe, porque sabe que la semana siguiente habrá algún problema y él lo solucionará, sabe que es el mejor programador del área, así que el trabajo llegará, la responsabilidad se le exige, pero no se le paga, está acostumbrado a vivir así, en la sombra, no reclamará mucho… la cadena que lo oprime no está atada a nada salvo al recuerdo, tantas veces le han dicho que no, que ya hasta preguntarlo lo agota, en el video juego no, allí sabe que lo van a atacar tres veces desde la derecha, que si salta debe agacharse, que si el enemigo camina, lo hará para tomar impulso y el debe correr hacia él, hacer un ataque en carrera para conectar un crítico, el juego sabe jugar bajo las reglas, se respeta y por ende lo respeta, cuando las promesas se cumplen, solo cuando las promesas se cumplen las palabras tienen sentido. Y el juego cumple.

Por eso Alex llega a casal, saluda a su gato y prende su consola, por eso evita a su esposa, porque ella miente al decir que lo entiende, no puede hacerlo fue hija única, es incapaz de entenderlo, de verlo, realmente verlo, por eso empaca su ropa mientras Alex juega y olvida, olvida que escucha los ruidos de Lorena que azota la maleta, mientras que arranca los ganchos de la ropa, mientras taconea con un redoble de galera, mientras olvida sus risas juntos, sus sueños juntos, otro enemigo, otra mecánica, otro reto controlable, otra regla simple. Sentarse, pararse, rodar, atacar, sin engaños, sin trampas, sin egoísmos, un juego claro y justo.

Lorena se para en la puerta, él la ve reflejada en la pantalla y finge no verla, aunque ella ve cuando desvía la mirada, la rutina la conoce, tres pasos hacia atrás, derecho a la cocina a la caja de los fusibles, lo hizo llorar tantas veces así, arrancándole lo poco que le quedaba, la paz tan esquiva, Alex cierra los ojos, ella no baja la palanca, desaparece, vemos que ella se fue hace años, que es solo un recuerdo, Alex se pone de pie y se asoma a la ventana.

Las luces se apagan, y por corte vemos a Alex sentado en su sillón, apagar por primera vez la consola. Entra logo Poly Station 6 y el slogan supera todos los monstruos.  

—No será mucho, pregunta un cliente al escuchar el aproach

—Es lo que necesitamos, es real, potente, necesitamos mostrar la consola como una solución, afuera está el problema, ese mensaje debe quedar claro.

El cliente lo sabe, no se llama Alex, pero conoce su dolor, se siente expuesto y no quiere aceptar, pero en la mesa hay peces más gordos, Alguno sugiere que Alex no es un nombre muy local, debería ser Ramiro dice mientras mira Ramiro.

Ramiro se levanta, humillado, se puede ver porque tiene la cabeza agachada, herida, llega a su puesto y escribe.

Hasta luego dice, es lo máximo que va a decir le pregunta alguien él agacha la cabeza y responde bajito es lo mínimo que puedo darle.

Mitades

Ximena era una mujer curiosa, tenía la piel del color de una bolsa de empanas, y al mismo tiempo unos pómulos pecosos que servía solo para confirmar lo evidente, Ximena era mestiza, una combinación exquisita, aroma, cuerpo, textura, tenía esa facilidad para generar imágenes, sabores… era un mecatico a la vista.

De pocas palabras y de ojos gritones, tal vez era callada porque no necesitaba decir mucho, las pupilas se le abrían en un rango amplio de palabras, el ceño se le fruncía en un doloroso valle de insultos, la nariz pequeña y redondeada barría con facilidad una larga lista de disgustos, ella podía decirlo todo sin abrir la boca.

Edi en cambio, era uno de esos tan comunes, como moneda pegada al suelo del bus, como un candado al lado de otro candado en una reja llena de candados, lleno de significado vacío, de una habladuría esparcida, pero sin nada extraordinario, de esos que saben que carecen y por eso niegan a callarse, no pierde la oportunidad para hacerse notar, necesita que lo vean, y aunque habla, aunque grita, parece que no dijera nada, su rostro apaciguado, inmóvil, tieso, es incapaz de expresar algo, habla porque necesita decir, porque necesita contar y el resto de su cuerpo no sabe transmitir otra cosa que silencio, era en el mejor de los casos la noche de copas de una despechada, la venganza de una amante olvidada.

Ella era el vaso medio lleno, él un vaso roto y vacío, la una con ganas de desaparecer, de no destacar, molesta, siempre molesta por la frivolidad con la que la vida parecía tratarla, bajo una falsa idea de facilidad, no era fácil estar siempre en medio de la luz, nunca ser perdida de vista, no ser nunca anónima, ella tenía ese algo natural que atrae, que te hace girar e inclinarte, parecía tener control sobre las quijadas y todas giraban al verla pasar. Ella lo odiaba. Y no era solo su imagen, su voz era igual, diferente, llamativa. Estaba condenada a la atención pensaba. Lo había pensado tanto que se repetía a la tensión y se reía, quizá sea la única que lo haya notado, que la tensión viva dentro de la atención siendo ignorado.

Justo en eso pensaba y mientras lo hacía maldecía, se maldecía, a su reflejo sobre los charcos de agua en la acera, a los que miraba para evitar las miradas en la calle, y poder ignorar con éxito los mamacita, los venga le quito ese malgenio, la simple y vulgar existencia de los otros, y hubiera seguido así cabizbaja huyendo del reflejo de su imagen en ojos ajenos, pero él la cruzó en el camino, la algarabía en la que andaba era imposible de disimular, y aunque el ruido era real, él no, la gente escuchaba la bullaranga pero no recordaba a quién la hacía, y al verlo no puedo evitar plegar sus mejilla, retraer su nariz y abrir los ojos como quien sin saberlo confunde el pimentón con el rocoto.

Él no dejo pasar el gesto desapercibido, y hablador como siempre la abordó sonriente, acostumbrado al no, al olvido, disfrutó un segundo su atención, y al verlo pasar así frente a ella pensó, pobre, es insignificante, y de nuevo agachó la cabeza y sonrió a su reflejo en los charcos, y sonrió bajito, que suerte tengo de no ser ese renacuajo.