Renacimiento

Cuando despertó lucía confundido, la verdad es que le pasa a todos… —Nos pasa a todos querrás decir —No, les pasa a todos, yo soy una futura presente, es decir, nací aquí concebida por futuros pasados, —Esa era la forma en cómo se referían a los hijos de quienes habían viajado en el tiempo y se reproducían allí, eran, como los mismo viajeros irregularidades, anormalidades espacio temporales, los presentistas, hombres y mujeres de la época se habían visto en la necesidad de nombrarlos y de ocuparlos en algo porque con el descubrimiento del viaje en el tiempo y su desafortunado resultado habían tenido que tomar cartas en el asunto.

25 años atrás en el 2987, Adrián, una joven promesa de las ciencias había hecho la primera abducción espacio temporal, el viaje era solo posible hacia el futuro y su tripulantes debían ser personas que habían roto su cadena espacio temporal, en otras palabras suicidas, personas que habían decidido acabar con su vida antes de tiempo, sus intenciones eran buenas y egoístas como casi todas las buenas intenciones, Adrián había quedado huérfano y él se vio obligado a crecer añorando el amor de una familia que había preferido dejar de existir, en el presente futuro, es decir en nuestro futuro y en el presente de Adrián ya no hay religiones monoteístas que condenen el suicidio, los estados tampoco se angustian por eso, la muerte se compra a cuotas, el procedimiento es costoso y muchas personas pasan 20 años trabajando reuniendo el dinero suficiente para poder costearlo.

Cada cuerpo está modificado, en el presente futuro, los cuerpo cuentan con un kit de primeros auxilios, las muertes accidentales han desaparecido, la última real registrada data de 2530, el resto se comprobó que habían sido suicidios, el caso es que con la NanoUCIS es muy difícil morirse, y los resultados de intentarlo son las deformidades, la pérdida de conciencia, y el perdón de los pecados en este nuevo tiempo, ser considerado improductivo. Cuando mis padres escaparon, apenas empezaba la década de las pandemias, el planeta alcanzaba el punto de no retorno y la economía estaba enferma, decidieron suicidarse juntos, quizá por eso sus padres habían sido salvados. El punto es que la NanoUCIS está programada para evitar más suicidas, tenemos miedo de lo que pueda hacer la máquina de Adrián en el futuro.

Pese a que muchos de los problemas que agobiaban a los suicidas en el pasado han sido erradicados en el futuro, sigue allí su miedo irracional y latente, después de 1 siglo sin ellas parece que hemos importado a través del espacio a una enfermedad, por eso existe este departamento, el departamento de dilemas.

—Di-le-más respondió el nuevo recién nacido, el nombre los tomaba por sorpresa a todos, el diálogo de Diana, no estaba ni implantado ni trabajado, sino moldeado. Después de todo ella entendía que la vida iba a un lugar mejor, que no había perdido nada, que sí, que claro, que sin dudarlo ella era hija del futuro, pero no hacía parte de él, pero eso no le impedía disfrutarlo ni tampoco se negaba al placer de la melancolía de no pertenecer, entendía ambas partes, era un sistema limpio, funcional, incluso justo, con tiempo para todos y para todo, sí, claro ella entendía, no era la primera vez en la historia que creía entender al final era el futuro el que decidía qué verdades queremos contarnos. El pasado es un fantasma poderoso, un dolor inacabable…

Bienvenido al futuro, el dilema está en que puede vivirlo o viajar de nuevo.

Goteras

Toda gotera es discreta hasta que ya nada puede detenerla. El agua sabe ser paciente, no tiene prisa, se acumula, suma fuerzas, y entonces, emerge, primero imperceptible, luego molesta y finalmente caótica.

Es metódica, constante, una gota de talento puede hacer la diferencia, basta una gota de algo, lo que sea para cambiar radicalmente todo, una gota de suerte, una gota de hambre, una gota, que cae continuamente duele en los lugares correctos, fractura, destruye, solo necesita tiempo…

Las primeras gotas después de un beso, se acumulan y no tardan en convertirse en un caudal de ganas que no deja nada seco a su paso, nada tieso a su paso, nada en orden… es igual en la comida, gota a gota los jugos de un limón, de aceite, de sangre invaden el resto y lo dominan.

Una gota de esmegma o de semen atraviesa un pequeño orificio en un condón y es suficiente para que dos vidas cambian y una más nazca, una gota de sudor corriendo por un brazo ajeno en un sistema de transporte público se acerca a tu mano y el asco se convierte en desesperación, te mueves, intentas huir pero es imposible, el sudor te toca y sientes las náuseas apoderarse de ti.

Un gota de licor toca la lengua de un atormentado y de inmediato se abre un océano de culpa, un deseo intenso de ahogarse en él, una gota, una sola maldita gota puede acabar con el hombre, con la humanidad, con todo, una gota de locura en el hombre que aprieta el botón, que gira la llave y bastaría para que el tiempo deje de correr.

‑¿Lo entiende?

‑Sí, lo entiendo, ya le dije que lo entiendo, como fontanero lo tengo claro, tiene una gotera y eso le molesta, pero no tiene que decirme todo esto, solo donde tiene la gotera, la puta gotera para que vea lo que es una fuerza caótica, solo señale donde tengo que golpear y romper, para canchar, impermeabilizar y sellar esa gotera que lo tiene en un estado tan lamentable.

‑­El hombre mira al fontanero, lo hace como quien ve a una especie de dios, a uno capaz de librarlo de la ira de sus vecinos, de la culpa de su torpeza, de su falta de interés, lo mira como quien encuentra la paz a su sosiego.

-Allá señala al fin

‑El fontanero toma su martillo y lo estrella contra el piso, una y otra y otra vez, consistente, paciente, como una gotera.  

Llegar a la Meta

Sara se venda los pies con la técnica de alguien que lo ha hecho muchas veces, sabe manera la presión, no mucha como para estancar la sangre, sí lo suficiente para darle la estabilidad que su tobillo necesita, Jaime, su novio la mira enfadado continuar con el ritual, agregar una y otra y otra vuelta alrededor de su talón, luego debajo de la planta del pie, estirando muy poco para generar esa tensión que busca.

Él piensa que no es necesario correr en ese estado, que no vale la pena arriesgarse a dañarse el pie, que vendrán otras carreras, que habrá otro momento, otra oportunidad, que puede hacerlo después, que… piensa sobre todo que tiene razón, y olvida que ella no corre solo por ella, que es como un impulso, que esta carrera no comienza hoy, que empezó hace dos años, que ella lleva entrenando un año y medio para enfrentarla, que no empezó sola, que iba a hacerlo con su amiga, que su amiga ya no está, que hace cuatro meses una enfermedad la postró en una cama, que ha desaparecido casi por completo su masa corporal, que ella que le enseñó a correr ahora no puede ni moverse pro sí sola, que quizá fue culpa que ella esté postrada, fue ella la que la convenció de correr el iron man aunque no tenían suficiente preparación, ella la que corría delante de ella y se lanzó el agua encima, ella quien la hizo correr cuando su amiga le había dicho que no podía más…

Pero el accidente cerebro bascular que tuvo Juliana nada tiene que ver con ese vaso de agua lanzado en el rostro, ni con la presión de Sara, el coágulo estaba suelto en su cuerpo, era cuestión de tiempo, la carrera no ha simplemente sido un mal tiempo, pero Sara se culpa, Sara sufre y asume una responsabilidad que no es suya, por eso hoy Sara lastimada, se venda, se venda estirando con precisión, se mide el zapato con la venda, funciona, camina un poco, no duele, está bien piensa y acelera un poco el paso.

Jaime se enfada, desde que empezó a correr Sara parece correr de todo, piensa él sin entender muy bien que no es cierto, pero la vida ha cambiado, el mercado ha cambiado, sus fines de semana han cambiado, él quiere dormir hasta tarde con ella y levantarla con un beso con un desayuno en la cama, con ganas y hacerle el amor con furia, pero desde que Sara empezó a correr, Jaime nunca puede despertarla, y él ni siquiera entiende porqué se enfada cada sábado cuando despierta y ella ya no está a su lado, se siente abandonado, siente que ha corrido demasiado lejos, que ya no puede verla a la distancia, y refunfuña irritado.

Juliana si pudiera le diría a Sara que no corra, que no vale la pena, que puede estar arriesgando su siguiente carrera, incluso podría estar perdiendo la oportunidad de volver a correr, que es como tener novio, que se está perdiendo a todos los demás por uno solo, que dedique a hacer media carrera, que llegar a la meta no siempre es la meta, que vale la pena retirarse a tiempo.

Sara duda, pero la culpa es grande, no lo hago por mí piensa mientras comienza un pequeño trote, se siente más confiada al notar que la venda funciona, se siente mejor y aumenta el paso, Jaime se enfada, Juliana si pudiera le diría que siempre la sorprende, como siempre le decía, le diría que está hecha de hierro, que su cuerpo es un privilegiado, que ella no podría, pero no puede, está conectada a un respirador con el cuerpo entumido.

Sara llega a la línea de salida, aguarda, respira y corre, corre pensando en llegar a la meta, arranca y la cruza al primer paso y entonces todo termina, pisa mal su tobillo no resiste, bastó un paso y está fuera, llora, llora desconsolada, la logística se acerca a ella, no estuvo tan mal le dice el paramédico que la atiende, si lo mira desde esta perspectiva llegaste a la meta.

Amaneceres

El sol sale siempre sin muchas variaciones, puede hacerlo un poco antes o un poco después dependiendo de la latitud, más intenso dependiendo de la estación, pero nunca realmente sorprende, y no me malinterpretes, sigue siendo hermoso y fascinante, pero cotidiano, y sin embargo, a veces, con una taza de chocolate de mesa, no café instantáneo, sino ese que sabe a al que preparaba mamá, esos que ella espumaba haciendo bailar el molinillo de madera, ya sé que yo no lo preparo así, la tecnología se ha encargado de que pueda hacerlo hundiendo solo un botón con una chocolatera… y aunque no es lo mismo, es lo mismo.

-Carlos le habla desde la cama, ella lo escucha sonriente, sabe que los días donde se toma el tiempo para hablar antes de salir de la cama es porque está despierto, presente, sabe que está ahí con ella, atento y eso le gusta, no le dice nada pero sabe que cuando piensa en algo tanto queda en un estado en el que lo ve todo.

Ella sabiéndolo comienza su ritual de cada día, pero sabiendo que aunque nada ha cambiado hoy todo es distinto, elige su ropa interior sabiendo que mientras sigue hablando de chocolate la mira, que mientras le cuenta del queso derretido dentro de la taza no le saca mirada de encima y por eso escoge un bralette que le hace juego, y sonríe, sonríe con malicia, con ganas, sabe que el aún en cama la mira y se muerde la boca, aunque ella no lo está viendo lo sabe, sabe que debajo de las cobijas los músculos se tensan y toma la crema y se acaricia las piernas mientras que el habla de arreboles en el balcón, del chocolate espumoso y del valor de los momentos, los pequeños, los simples, del registro que deja el aroma en el tiempo, en él.

Y Ella entonces camina, dando saltitos pequeños, abre su repisa y comienza a mirar a los colores, los cristales, a destaparlos y olerlos, ummm piensa Fantasía floral para generar ese ambiente con el que lo deja en un estado tierno y apacible, o quizá esa madera sexy, esa que cuando el trata de describir lo que siente, habla de la sumisión a la que se siente llamado, a cómo le cambia su visión de ella, a como su 1.60 cm se transforman en una figura imponente, capaz de domarlo, de su deseo de obedecerla y complacerla para que esté contenta, también está ese otro con el que se siente provocativa y dulce, caprichosa y divertida y de repente nota el silencio, huele dulce, no es ella, no ha tenido tiempo de usar ningún perfume, él se ha levantado de la cama, ha cocinado, huele a chocolate, a pan caliente, a mantequilla de perejil, a fruta fresca…

Ella elige dispara en las clavículas y detrás de las orejas, nunca en las muñecas, solo un poco detrás de las rodillas, suspira, poderosa, sexy, dominante, se viste para la ocasión y sonríe porque cuando él cocina ella sabe que él es consciente de que ella no es suya, cuando habla del sol, del chocolate, de los arreboles, de la vida, recuerda que está vivo y se entrega a los pequeños momentos, si todo sale bien, esta noche amanecerá en medio de orgasmos, que lindos son los amaneceres distintos piensa y se sienta a la mesa sonriendo.

Tomarle gusto

Dicen que hay sabores naturales y gustos adquiridos, dicen, los que saben, los críticos, los molestos, los quisquillosos que hay cosas que aprendemos a querer a pesar de que el primer, el segundo incluso el tercer contacto no sea el mejor. Sucede con los quesos y los embutidos, con los licores, dicen los que saben dicen que el paladar simplemente no codifica bien sus matices, se abruma y la lengua colapsa, que no resiste la presión y no le queda de otra más que cerrar el apetito…

Yo he aprendido con el tiempo que a ellos pueden gustarle sus quesos putrefactos, sus jamones salados y esos licores que se sirven como bofetadas, se han acostumbrado y ahora según lo que ellos mismos dicen tienen el paladar para disfrutar de sabores que yo no sabría ni siquiera comprender.

No mienten quienes dicen eso que dicen, no puedo apreciar un queso nauseabundo, ni me interesa con qué alimentan al cerdo durante un año para probarlo, no tengo el paladar para encontrar los tonos a mora, tabaco, ni los aromas de lavanda o de zarzamora… no distingo uno del otro, pero he desarrollado otro gusto… a mí me gusta un sabor más fuerte, más abrumador, no solo te cierra el apetito, te cierra la vida si te descuidas. Me gusta ser pobre, Alex pensaba en eso mientras fumaba en su descanso detrás del restaurante donde trabajaba como mesero, había escuchado a muchos someliers hablando de vinos, había visto a muchos chef gritar como desquiciados cuando una carne no estaba del color que le gustaba, también había visto a cientos de niños y niñas lindas dejar su plato servido después de fotografiarlo, todas esas cosas lo enfermaban, Alex vivía con una gastritis punzante, que se agravaba cada vez que un episodio de esos se presentaba, el vino era vino, que importaba a la que oliera, el pollo, el cerdo, el pescado, la res, los cortes raros los desechos, los escupidos y devueltos, la comida en la basura, y su recuerdo de las noches con hambre, de sus vecinos con hambre, de su madre con hambre, la fotos preciosas, con los platos llenos que ni siquiera disfrutaban, le gustaba ser pobre pensaba mientras fumaba.

Jamás  un frívolo engreído, jamás un tonto alienado, prefería acostarse con hambre a convertirse en uno de esos tipos que botaba la comida habiendo gente que se acostaba con hambre, pensaba en su madre fingiendo que no quería cuando solo había una salchicha o un huevo y de inmediato se curaba de los sueños vacíos, de esa estupidez de querer llenarse la barriga con un vino que costaba su año de salario a sabiendas que sus vecinos se acostarían con hambre, Alex le había tomado gusto a conocer el valor de las cosas, a saber de las necesidades y conocerlas, su paladar sabía encontrar un sabor que para ellos, refinados sin entendimiento ni causa era imposible, el sabor del último plato compartido, los años que se había añejado el deseo de compartir con los suyos, el color de un guiso, aunque no tuviera más que cebolla.

Ellos no lo sabrán nunca, y no extrañarán como él los tamales de la abuela, ni los cafés con su tío, jamás sabrán el sabor que tiene un sánguche con mortadela compartido, esos bastardos no tienen el paladar, una sola prueba de mi realidad los dejaría con la guardia baja, con la boca abrumada, con las tripas hechas corazón, él lo sabía, lo había formado, tenía las vísceras para ver a la pobreza a la cara y decirle: Me gustas.

Fecha Límite

No es difícil escribir, pensó el redactor viendo el segundero correr en el reloj de pared, se siente un impostor, es uno de esos días, malos días, sabe que puede decir lo que le plazca, pero no quiere decir nada, no por voluntad propia, mira la hoja en blanco e imagina comienzos, buenos comienzos, de esos que le gustan, los personajes nacen casi desesperados, es como si ellos mismos estuvieran angustiados, quieren correr a estrellarse en cada martilleo de la máquina contra el papel, quieren estar en la explosión de la tinta, embarrarse, cumplirse, ellos quieren existir más allá de la posibilidad, pasar a ser un recuerdo, al menos una anécdota.

Pero él lee, arranca la hoja y la arruga, no siento lo que debería sentir, es basura piensa, aunque sabe que no es cierto, no del todo, sabe que hay potencial, pero odia esa palabra, esa promesa que a veces no se cumple, odia la esperanza que genera, le recuerda a él mismo, le recuerda sus buenos escritos, piensa que está lejos de su mejor versión, piensa, piensa y el tiempo sigue corriendo.

El olor a cigarrillo inunda la sala de redacción, los ceniceros llenos, de colillas, le recordaban que ya la hora normal había pasado, ahora todo era crítico, solo estaba el editor de emergencia, y la guarda, aún así él aún no terminaba.

—Ey, 20 minutos para la imprenta chico, muévete o tu columna irá vacía…

Vacía —pensó el redactor entusiasmado, vacía como mi casa mientras que yo estoy acá, vacía como mi billetera mientras pago la casa que permanece vacía mientras yo lucho contra relojes, vacía como el silencio de la imprenta mientras configuran la impresión, vacía como esta hoja enfrente mía, vacía como mi cabeza de ideas, todo está en blanco y con este pensamiento saltó de lleno a la máquina, aporreaba las teclas y los fierros entintados corrían a estamparse contra el papel.

La historia era simple, un publicista con un ataca de síndrome de traidor se sentaba frente a una pantalla como un televisor, mientras fumaba un cigarrillo electrónico, año 2022 sí 50 años en el futuro era suficiente, era el último en su despacho, las ideas no llegaban, el cliente esperaba, sus compañeros esperaban, el departamento de arte esperaba, sus gatos en casa esperaban, su cita en una mesa con una silla vacía esperaba y el esperaba una idea, una idea para escribir, para cumplir su trabajo y llenar ese televisor de pequeñas letras que pudieran vender cualquier cosa de su futuro estrambótico.

De repente tiene una idea, y escribe, escribe pantalla tras pantalla, sin perder el timo, sin perder el tino, escribe y sonríe, siente que está ganando, siente que el tiempo ha dejado de estar en su contra, escribe corriendo y seguro, escribe alegre.

De repente sucede, la entrega se realiza, sus jefes escuchan el cliente escucha, y él es el único que sonríe. —El trabajo es horrible, lo nota muy tarde, lo ve en las frentes ceñidas de sus jefes, en la desesperación de sus clientes, en el grito ahogado y cargado de quien lo escucha.

El no se detiene a esperar, sabe que la fecha ha llegado, que el dead line se ha cumplido, que no hay ahora escapatoria alguna, que para él no queda otra posibilidad, y camina derrotado hacia su casa vacía, hacia su cama vacía, hacia su vida vacía.

Se imprime justo a tiempo, la columna recibe cartas, hablan del futuro, tienen preguntas. Él sonríe.

Sazón

— La vida tiene sabor, el tiempo aroma, y ustedes, quizá algunos, gusto. Toda su vida de ahora en adelante dependerá de eso. Dijo con una pasión extraña e impropia. El cocinero del batallón 6 era un hombre demasiado viejo para ser enérgico, pero cuando hablaba de la cocina, se aseguraba de que el sonido tuviera los ingredientes necesarios, y hablaba claro y fuerte, era inconfundible, como el sabor del jengibre.

Los reclutas que llegan a la cocina son malos luchadores, pero si vienen aquí creyendo que su trabajo consiste en pelar papas, platos y sirviendo puré, lamento decirles, bultos de estiércol, que están equivocados. La cocina es la peor de las compañías, así que, si sus padres creen que les hicieron un favor al mover sus influencias y enviarlos a este lugar a cumplir con su servicio, quiero que sepan que se equivocan.

Un soldado de infantería debe cargar con su equipo 21.8 kilogramos, ustedes deberán cargar 30 kilogramos de ingredientes para cada cena. Un marino puede aguantar la respiración 24 minutos en apnea estática, ustedes necesitarán pelar 10 kilos de cebolla. El récord en esta cocina es mucho mayor, así que para poder pasar sus días en esta aquí, deberán ser mejores que esos hijos de puta. Además, tienen todo un pelotón dispuesto a patear sus traseros si la comida no les gusta.

Nunca sabrán donde está su enemigo, el crítico idiota que ha olvidado que está en el ejército y que no hay ingredientes frescos, ni sus salsas favoritas. Sólo por eso los odiarán, aunque los extrañarán después de su primer tour y su comida empacada. Procuren sobrevivir estos tres meses. Si lo hacen, y además logran hacerlo bien, esos hombres volverán a sus casas y cuando estén borrachos y traumados reconocerán que ha sido su comida lo que los ha mantenido en pie.

Deben luchar su batalla aquí. Este es su campo de guerra, una tienda de campaña bajo este sol de mierda, sus palabras tienen sustancia, clavan en los cocineros, aquí frente a esta estación de ollas y sartenes pasarán 12 horas pelando, revolviendo, hirviendo, el calor se triplica. Aquí van a sudar más que esos hijos de perra en un tanque, así que si creen que han escapado del calor de la guerra también en eso se equivocan.

Aquí se gana la guerra. De su habilidad depende que esos bastardos malagradecidos tengan la energía suficiente para seguir corriendo cuando las balas rocen sus cabezas, es aquí donde está el verdadero reto, es aquí donde está la prueba real. El soldado mejor alimentado gana, y cuando terminen sus tours y vuelvan a casa, y vean una cocina, sentirán una mezcla extraña entre miedo y deseo, entre alegría y tristeza; una amargura dulce que los acompañará por siempre. Y Dios no lo permita, pero sentirán siempre ese deseo de alimentar a los demás, de darles algo a sus vidas, sazón chicos, sazón, ese será su legado.

Luego daba media vuelta y el vigor del discurso terminaba, envejecido como un champiñón, en el refrigerador comenzaba su retirada.

Libros viejos

—Hablan distinto, huelen a otra cosa, incluso al tacto parecería que su papel desempeñara un mejor papel. Cuando dijo eso no puedo evitar reírse. Alirio era viejo como su nombre, viejo como sus libros y viejo como su humor, le encantaban los juegos de palabras y creía genuinamente que solo necesitaba un poco de suerte para encontrar una sonrisa, un comprador, un amigo, a sus 63 años ni siquiera descartaba el amor de su vida. Era inevitablemente optimista como todos los libreros.

La mujer a la que hablaba tenía clase, esa clase que no da el dinero, que de hecho es imposible ligar con él. Una elegancia incorruptible, demasiado sobria, bien llevada, una gracia natural de esas que no puede fingirse, se ríe del chiste, aunque es malo; sabe acercarse incluso a aquellos a quienes su don les ha sido negado.

Alirio es un hombre decente y amable, pero escupe en el piso, es rústico. Puedes sacar a un hombre del campo, pero difícilmente al campo del hombre, y Alirio es así, agreste, aunque bello, tiene esa magia rural, esa simpatía por lo desconocido, no sabe mucho de modales, pero es respetuoso. Y no sabe mucho de moda, pero sí de libros.

—Ese libro señorita, el que lleva ahí se vendió muy bien en los 70, una joya de la literatura erótica. Estuve preso cuatro veces por vender copias del mismo. No recordaba que estaba ahí, dijo señalando la pasta rosada. La sonrisa vertical se leía, La educación sentimental de la señorita Sonia.

Recordó al general Campanella, su bigote espeso, su ira golpista. Atenta contra la moral, decía el joven de 25 al golpear a Alirio de 50. —Es una vergüenza para dios su comunidad y el país, repetía mientras su uniforme se manchaba con la sangre de Alirio, ¡No tiene usted vergüenza! Es acaso usted un animal incapaz de contenerse, le preguntaba mientras llevaba perros entrenados y en celo para montar y violar homosexuales.

—Una época peligrosa para leer, dijo riendo con amargura. Había visto demasiado, incluso para alguien como él que había leído demasiado. Aproveche ahora señorita, ahora no le causará ningún problema, dijo y cerró los ojos recordando su cabello ensortijado, su quijada puntiaguda, aproveche ahora dijo dulcemente sintiendo la libertad que lo rodeaba.

—Es para una amiga, dijo ella sin inmutarse. Yo soy más de libros menos grotescos, no me escandalizan, solo me aburren, prefiero esa escena de María Font seduciendo a Arturo Belano, me gusta más Talita que la Maga, y soy más Sabrina, la adultera inocente que desconoce el real engaño que la sabelotodo que lo planea. Creo que me gusta el erotismo casual, el accidente pornográfico, pero no la película ni la obra. En estos libros todos parecen siempre saber muy bien donde va qué, yo la verdad disfruto más de la sorpresa. Dijo segura de sí misma, jovial, para nada avergonzada o molesta.

Alirio la miraba curioso. —Es un buen libro, no es tan básico, dijo. Pero yo he venido por otra cosa, dijo enseñándole un libro de cuentos infantiles rusos. Alirio se sonrojó, creyó que era madre y por alguna razón creyó que si lo fuera merecía más respeto que antes solo por ser mujer. Incluso sintió vergüenza, ¿cuántos años tiene la criatura a quien lo lleva? Preguntó avergonzado. —35, respondió de inmediato, un ñoño come libros. No se angustie, no esté tenso, nada de lo que ha dicho me ha molestado, es para mi novio, mi amante, para el inocente Arturo Belano, para complacerlo, le gustan los libros, es solo un regalo.

Alirio asintió. —Tiene buen gusto dijo mirándola a ella, los libros viejos huelen a otra cosa, incluso al tacto parecería que su papel desempeñara un mejor papel, son exquisitos, porque ya han vivido en otras manos, han sido manejados con cariño y con fuerza, saben resistir, dar y recibir, los libros viejos tienen alma. Dijo mientras los empacaba como regalo.

—Me gustan los libros viejos, capaz también y los libreros viejos, sonrió ella.

Al límite

Son las 8 de la noche y siento ganas, quiero sentirte aquí, cerquita, como un vicio te necesito, sé que es mentira, pero te quiero cerca, hago equilibrio y camino por tus deseos y los míos, sabes, no somos tan distintos, los opuestos se tocan en los bordes, y por eso vos y yo caminamos sobre la misma línea, al menos en una o dos cosas importantes.

Si lo entendieras sabrías donde conectar, pero insistes en irte al otro polo, en repelerme, no te das cuenta, pero estamos al límite, en ese borde, pero está bien, a veces pareciera que no solo caminamos en bordes diferente sino también en sentido contrario, pareciera que solo así me vieras, como esas personas que solo se ven cuando es inevitable, como el carro que solo ve una dirección e invade un carril en un giro prohibido para encontrarse de frente el karma, el destino, el castigo e impacta a un motociclista que avanza sin cometer infracciones, como esa gente que va tan pegada al celular que choca de frente con alguien que camina tranquilo conversando y tras recibir el golpe, ambos perplejos miran desconcertados a los causantes ausentes.

Al límite como los escritores que terminan sus noticias viendo en el reloj la cuenta regresiva de la imprenta consumirse, vos no lo sabés, ellos no lo saben, yo tampoco, no tengo ni idea de que estamos tan distantes porque en proximidad nos vemos frente a frente, pero los caminos tienen rumbos distintos… es como ese boxeador que va ganando por puntos, pero está a punto de perder por nocaut, vamos así sin saberlo corriendo con el sombrero en la mano para deslizarnos por debajo de la puerta, el balón en el aire rumbo al aro con el reloj en cero.

No hay otra forma de vivir pienso, no vale la pena de otra manera, pero lo cierto es que no lo creo, es tonto ser terco cuando los límites se marcan, cuando las distancias se establecen, vos y yo vamos a lugares diferentes, así que al carro le hará falta acelerar un poco más para crear la ventana de tiempo adecuada para que la moto pase sin problemas y la estrella, el reloj de la imprenta lanzará la alarma y el escritor acelerado verá partir su oportunidad de sacar primero la nota, porque una llamada para confirmar la información no llegó a tiempo, tras tres jabs consecutivos el boxeador bajará la guardia y un uper cut de derecha lo dejará inconsciente en el suelo, el balón golpeará el tablero, el aro, bailará sobre él y al final cuando todos creen que sí, la fuerza será demasiada y saldrá por el lado derecho del tablero, e Indiana Jhones no lo logra, no es la escena final, sino cualquier ensayo, uno malo, tropezaremos, o quizá no podremos agarrar el sombrero al deslizarnos, nadie dice corte, no se imprime y la escena se repite.

Al límite del entendimiento, pero aún así despiertos, enfrentamos la duda, la enfrento yo, tú no sabes qué estoy pensando, no conoces este límite, esta idea, nunca pude contártela, somo una casa tomada, ruidos y presencias nos expulsan el uno del otro, nos alejamos sintiendo la presión, es un movimiento similar a una prensa hidráulica, algo nos desplaza, algo externo creemos, pero no somos nosotros, que no nos vemos al borde, en el último extremo, al límite de nuestras decisiones, y continuamos entonces yéndonos sin saber lo que hacemos, sin entender que desde antes de empezar a notarlo fuimos siempre solo una línea paralela acercándose hasta casi tocarse.

Pero para los límites, casi no vale, tenemos límites que nos fijan a un espacio en el tiempo, y desde cerca nos vemos partir. Son las 8:15 ya no pienso en verte, ni en tenerte cerca, el gato vomita debajo de la cama.