Gustos y colores

Hay formas, hay normas, hay demasiadas… muchas de ellas deformadas. Hay también muchas miradas, pero pocas interpretaciones. Las perspectivas, aunque múltiples, suelen fusionarse. Nadie quiere incomodar ni levantar la voz para expresarse, no realmente: suelen hacerlo más para esconderse, detrás de otros gritos. Dar un paso al frente es ser visible; ser visible es ponerse una diana en la espalda. Quieren llamar la atención, pero no retenerla ni manejarla, solo rozarla desde el anonimato. Se quieren parecer, pero dudan sobre ser; saben que tiene un precio, y no saben si les alcanza ni si quieren pagarlo. Les asusta perder la opción de ser algo más… a la mayoría les da miedo, por eso siguen las normas, las formas, sin importar cuántas hayan.

Se visten bien, se portan bien, hablan bien, de frente, de espalda; se desvisten también. No se portan ya tan bien ni hablan como se esperaría. Los desconocerían sus pares si alguno pudiera verlos cuando se esconden. Por fortuna conocen el juego: las sombras se proyectan, pero son imposibles de atrapar. Se ven con desconfianza, se presienten; no es para culparlos, saben que dentro de ellos habitan las mismas ganas que tratan de ocultar. Se tientan constantemente a perderse, se rodean, se miran, se huelen, se rozan, sonríen y, aun así, la obra continúa y nadie cede. No sin oscuridad, no sin licor, no sin estar seguros de que sea lejos de casa, lejos de todo lo que los contiene, de todo aquello que pueda nombrarlos. Pero mientras la luz los toque, son un postrecito que se mira pero no se toca, que se toca pero no se come, que se come pero no se unta…

Siempre cerca, siempre posibles, presas y presos de sí mismos. “Quiero, pero no puedo”… todos están presos de algo: de una idea, de un sabor, de un gusto, de un juego, de todo, de nada, de lo que se acerca y se aleja, de estar y de ser, de parecerse a los demás. Costó llegar a donde están —si no a ellos, sí a sus padres—. Esta parte es importante: solo aquel que tiene algo que perder intenta disimular aquello que cree que le ayuda a conservarlo.

Colores de la suerte, medias de la suerte, camisas de la suerte, día de suerte, meses de suerte. De animales y ascendentes. Se buscan en cualquier señal, se amparan bajo cualquier amnistía cósmica o ideológica, cualquier cobijo que justifique los brotes innegables que se asoman de sus superficies, las rupturas que se profundizan y parecen partir ese yeso que congela, recubre e imposta, pero nada los exhibe; solo permite asomarse hacia el vacío de sus propios cuerpos.

Se contienen porque siguen las formas, las normas, sin importar cuántas hayan. No cuestionan ni dudan. Se debe ser, se debe parecer, se debe… tanto se debe. Para ellos es imposible estar a paz y salvo con sus deseos. Se prestan momentos de libertad, se prestan y se niegan a sí mismos el placer de disfrutarse. Solo a ratos un rato, por momentos un momento. Aplicados, serenos, sedientos, famélicos, quieren cambiar las reglas del juego, quieren adueñarse de un espacio-tiempo y hacerlo presente, constante. Quieren sentir que han logrado engañar al sistema huyendo dentro de ellos mismos y llevando con ellos a quienes los han visto en medio de la oscuridad, del pequeño y profundo abismo de sus deseos.

Quieren a uno que haya entendido que el cuerpo y la carne son una herida supurante. Pero poseer arruina el juego; poseer achica el gusto, el culposo gusto de haberse transgredido a sí mismos en búsqueda de lo deseado. Entonces se pierde el gusto, cambia el sabor, se destiñen los colores y la vida crea otra prisión, otra capa que retiene lo que un día se fue gustoso. Y como los presos después de la hora conyugal, del patio o del buen comportamiento, regresan mirando el rayito de sol o de oscuridad que los detiene.

Para los gustos, los colores; y para los que están presos de sí mismos, lo que les gusta es color de la libertad.

Diferencias

Se parecen, pero no son iguales, coinciden en colores, en formas, en patrones… pero no son lo mismo; tienen pequeñas sombras, tienen lugares que se esconden entre las similitudes, pero si se miraran con atención se darían cuenta de que no son lo que esperan; les gusta el mismo libro, pero personajes diferentes, contrapuestos; lo sutil los sobrepasa, no tienen el ojo afinado y eso cuesta caro; no ven, no se ven, no como realmente son; la ilusión que cada uno representa para el otro parece ser eso que buscan; parecen parecerse lo suficiente como para dejar de mirar, lo suficiente como para no notar la importancia que tienen en las cosas que difieren.

No es lo mismo un lateral que las cierra todas a uno que sale arriesgándolo todo; no es lo mismo hacer las cosas por pasión a hacerlas porque toca; aunque hablen el mismo lenguaje, no hablan el mismo idioma; su jerga, sus contextos, sus culturas, sus ideas son otras, pero son como electroimanes y tienen la mala suerte de no haberse encendido aún juntos, porque sus polos van a mandarse al carajo en cuanto lo hagan.

Hay señales, sí; hay indicios, sí; hay pistas que parecen aparecer, pero él se pierde en su escote y ella en su voz; él se pierde en esos minutos donde el mundo guarda silencio y ella en la esperanza de que todo lo que le parece poco aumente; ambos se engañan; a él no le importa nada más; a ella no deja de importarle todo lo otro; las diferencias son casi imperceptibles, esas son las peligrosas, las difíciles de hallar.

Dos imágenes una al lado de la otra, de fondo azulejos similares, con telas y patrones similares, con objetos similares, engañan, se engañan, sin saberlo, sin quererlo, sin notarlo; cada que la electricidad sube la fuerza se siente, el rechazo aparece, chocan, se distancian como niños en un patio en acto cívico, estiran los lazos hasta que a duras penas se tocan; pasa sin que lo noten, pero la presión comienza a palpitar en ambos; hay algo que no encaja; falta una moneda, una hoja, un reflejo en el agua; falta una palabra, un sueño, una razón; se desdibujan, se pierden los colores; las rocas se apilan diferente; faltan algunos vellos, algunas rayas, algunos segundos y faltan otros tiempos; falta el silencio, falta sobre todo convicción para buscarlas, para encontrar las ausencias que cada vez se hacen más evidentes; falta voluntad y reconocimiento; falta un poquito, una pizquita; falta sazón y falta gusto, falta hambre; y así es difícil encontrar, en medio de tantas ausencias, las graves, reales; en medio de tanta ausencia suele haber además muchas voces; la gente se olvida de que no hay una experiencia humana superior o inferior a otra, pero la gente olvida algo tan simple; la gente dicta, la gente habla sin hacerse preguntas, cuestionarse sin considerar siquiera que podrían estar equivocados; humano es errar, pero no temerle a estar equivocado.

Así que se miran como quien mira un periódico con dos imágenes en paralelo y son incapaces de ver aquello que tienen enfrente; al igual que con lo que tienen enfrente, parecen similares, parecen… pero no lo son; y por eso, cuando llega el momento, la fuerza centrífuga de sus palabras los arroja hacia afuera, los expulsa al uno del otro; los separa, los dispersa, y nada pueden hacer para evitarlo.

Ahora, a la distancia, y con los recuerdos en la mano, pueden empezar a notarlo: eran diferentes, no mucho, simplemente lo suficiente para no reconocerse en los dolores del otro; para entender que tenían el mismo libro cuando se vieron, pero leían a ritmos distintos; la misma banda, diferente álbum; el mismo disco, diferente canción; la misma canción, diferente instrumento; nada, nunca lo mismo, no en las cosas que importan… y siempre, siempre esas diferencias se encuentran tarde.

En venta

Los carteles me gustan, tienen algo que siempre ha logrado cautivarme, dicen todo lo que quieren, bueno, si son buenos, dicen exactamente lo que tienen, lo que prometen, no hay una segunda intención ni nada debajo de las letras, no disfrazan, no ocultan, no mienten, un buen cartel simplemente dice.

Todo en un cartel comunica, quien se engaña es quien observa, quien se miente es quien lee, quien omite es el que recibe, pero todo está dicho en un buen cartel: la fuente, el color, el gusto gusta, el gusto dice, el gusto no puede perderse, sabrá decirte cuando es solo un negocio, un buen negocio, un mal negocio, incluso solo un negocio, si te fijas, si bien te fijas, sabrás lo obvio; si hay pasión detrás de lo que se anuncia, si hay alma detrás de lo que se dice; todo está ahí para decirte quién vende, por qué vende y para qué se vende, si para compartir una visión, un mercado, si para sobrevivir o si para simplemente matar el tiempo…

Los malos carteles no saben cómo decir lo que quieren decir, y entonces engañan, distraen, les falta convencimiento o estómago, porque no entienden que no son para todo el mundo, los carteles mediocres quieren surtir efecto sobre todos, pero llamar la atención de todos no es nada que nadie debería buscar, lo masivo es anecdótico y efímero, nadie lo comprende del todo y, aunque hable de eso, ninguno sabe bien de lo que habla, pasa con el fútbol, con la política y la religión, pasa con las creencias y con los moralismos, alguien dijo lo que estaba bien y lo que no y alguien decidió seguirlo al pie de la letra.

Uno va por la vida viendo banderitas naranjas que dicen se cogen ruedo o se cojen ruedos y, aunque uno lo escriba mal, por pura práctica seguro lo hace bien, quizá con una máquina más vieja, más fea, quizá sin un corte prolijo, pero igual de efectivo, uno va por ahí viendo cómo se venden casas y se cargan camiones de recuerdos y de basura, que se venden sueños y cremas y que se rompen leyes ortográficas y comerciales, que se personalizan camisetas, camisas, con diseños y logos, con eslóganes y fotos, que se vende todo aquello de lo que no se es dueño, que se imita, se copia casi al punto de ser lo que la gente desea y al precio que la gente lo desea…

La vida está en venta, compramos, ofrecemos, nos vendemos… al final todos lo hacemos, todos vamos por ahí dejando claro por qué estamos dispuestos a cambiar nuestro tiempo, somos un cartel que cuenta lo que tenemos, lo que queremos, de lo que carecemos, lo que buscamos, al menos los que saben van por ahí siendo, los que no, van por ahí supliendo ausencias, tomando de otros carteles los colores, las fuentes, las ideas, midiéndose los anhelos ajenos, deseando lo que no entienden y forzando las realizaciones de otros a sí mismos.

Me gustan los carteles, los buenos carteles, los explícitos, los directos, los que no se guardan nada, los que no juegan a preguntar si se es feliz, si se tiene el futuro resuelto como si se tratara de una lista de cuadernos, los que entendieron que no se trata de tener lo que otros tienen o desean tener, sino de ponerse encima lo que quieran, la vida, a fin de cuentas, es una sola, el precio es personal, se puede pagar a cuotas o de lleno, se puede vivir incluso endeudado de ideas y de sueños, se puede porque notarlo requiere pensarlo y no todos están dispuestos a pagar el precio de hacerlo, es fácil parecerse a otros, creer que se quiere lo que no se tiene… después de todo, si la vida está en venta, lo único que podemos elegir es el precio al que nos vendemos y ahí —sabiduría popular— lo barato sale caro.

Después de la esperanza

—Escúcheme, cuando el flaco comenzó a escribir sabía que era un mal escritor, pero tenía al tiempo de su lado; la juventud siempre cree hacerlo, para ellos el futuro siempre ha sido alcahueta y benévolo. Parece aplazar las verdades, las pruebas, parece alargar los buenos ratos y acelerar en los malos; los llena tan pronto con algo tan nuevo que sienten como si nunca hubiera pasado o como si no tuviera importancia.

Iba por allí rayando hojas con soberbia e ideas comunes, con alguna frase que lo incendiaba y le hacía pensar que mejoraba, que su ritmo, su visión, su filosofía mejoraba; no eran del todo malas, es cierto, pero hay una gran diferencia entre no ser malo y ser bueno; los que son malos de verdad nunca aprenden a verla, eso lo aprendería con los años, releyéndose.

La suerte, al igual que los jóvenes, tampoco diferencia bien; con un poco de ella, todo puede irse al carajo muy rápido. Escribía poemas; le convenía el estilo, podía así esconder un poco su falta de consistencia y eludir los puntos de quiebre con metáforas estrafalarias e impertinentes, golpes secos que se confundían con contundentes por el ruido generado, lo cegaban; solo los poetas y los malos poetas se contentan con la reacción enardecida de un público, los buenos saben que el ruido de un poema despierta es por dentro.

Aun así, le bastó para ser elegido, para ser llamado: debían enviar 20 poemas, su nombre, una pequeña biografía junto a su foto. Era joven y crédulo; a los jóvenes eso también se les da bien: esperan que el mundo sea como ellos lo han planeado, que salga todo bien sin haber hecho nada para eso; sueñan con facilidad y duermen poco, así que corrió a elegir, a buscar, a seleccionar, corrió a escribir sobre sí mismo como si hubiera mucho que contar y tuviera que resumirse, corrió a decirle a un par de amigos, a compartir el mensaje que lo certificaba como un poeta joven como una pequeña brasa de Prometeo…

Y corrió, corrió a la inauguración del festival, corrió a la mesa de libros del evento, preguntó por la antología de jóvenes, tomó una copia y comenzó a buscarse, a leerse, esperando leerse, y los ojos grandes y brillantes, y los nervios torpes y curiosos comenzaron a perderse, a diluirse en una mueca cínica; tres veces intentó, tres veces el índice lo negó. Desconcertado, buscaba explicaciones; aprendería después que no las hay y que, cuando existen, nunca son suficientes, así como el amor que se acaba, así la eternidad prometida puede llegar a ser solo momentánea; así también entendió que no hay nada escrito en piedra y que al futuro fácil se le olvidan las promesas.

Cerró el libro con calma y concentró su amargura con delicadeza. Por fortuna, el vino de caja es dulce, porque el sabor a mierda que tenía era fuerte; a los 16, ese fue un golpe de realidad que casi lo noquea…

El Flaco le contaba la historia sin gesticular mucho; ahora sabía que el ruido de las palabras potentes se hace por dentro, que no requería de una escena para todos sino de un drama para ellos. Habló de su dolor, de su esperanza, de su decepción, y volvió en silencio a la estantería vacía donde hizo espacio para un libro más y se quedó contemplándolo.

—La empleada lo persiguió tratando de ofrecerle de nuevo disculpas, pero, al verlo viendo ese espacio donde estaría su libro, no pudo más que callar e irse; dolía ver a un hombre imponente con la figura desecha frente a un espacio en blanco… Por estar pegada al celular, había empacado mal sus libros y los había enviado a un autor a quien, por sus pocas ventas, habían sacado a última hora de la programación; temiendo eso, le había tardado casi 20 años en confiar en otro concurso… ¿cómo se iba a olvidar de que al que no quiere caldo, se le dan dos tazas! y que después de la esperanza solo queda un sabor amargo que ni el vino dulce

Homenaje

Hay hombres que caminan sobre la tierra contagiando al mundo de amor, de tranquilidad y de cuidado; esos hombres cambian la vida de quienes los rodean y viven para siempre en ellos. Luis Carlos Arenas vive en su esposa, en sus hijos y en su nieto; en los amigos que lo rodearon. Hoy no hay un accidente literario, hoy hay un homenaje para él.

Texto de Alejandro Arenas:

Hoy era el gran día del paseo: volver al hotel que él tanto amaba en Santa Marta. Él estaba listo desde un día antes. Ya había empacado lo poco que iba a llevar.

Él no entendía por qué su esposa, sus dos hijos y su nuera se demoraban tanto. «¿Qué será todo lo que empacan?», pensaba. «Lo importante no es lo que hay que llevar, es quiénes vamos».

Salió de casa, un poco nostálgico porque era su casa, pero con la mentalidad de volver al mar. A un lugar que lo hacía feliz siempre. No veía la hora de recordar tantas experiencias de familia en el lugar en que veraneaba desde hacía 30 años.

De camino al aeropuerto, él iba muy juicioso en la silla de atrás, escuchando cómo hablaban de las ocurrencias de los últimos meses. Él las sabía todas, así que dejó que la conversación fluyera mientras observaba el hermoso paisaje de Medellín, ciudad que lo acogió como su hijo, pero que no tenía mar como Santa Marta.

Ya en el aeropuerto, por primera vez, él tuvo problemas para pasar seguridad. «Está muy denso», dijo la señora agente. Él no entendía nada: «¿Cómo puede estar denso si eso era él?». Después de verificar unos documentos, lo dejaron pasar. Nada podía entrometerse en su paseo.

En el avión iban todos en la zona de primera clase. «Qué elegancia, cielo, pero para eso trabajamos tanto», pensaba él en decirle a su esposa justo antes de arrancar. Pero es que su familia siempre fue lo primero. ¿Y qué son unos pesos de más para garantizar que no iban todos como sardinas en un tubo metálico, donde el servicio empeora cada día más?

Llegaron a Santa Marta y los recogió el bus del hotel, como lo había hecho los últimos 30 años. «¡Qué buen servicio!», pensó él. «Ojalá sea así siempre, incluso cuando yo no vaya». Les entregaron el cuarto, el mismo de siempre, el 1104. Eran menos que siempre; era todo menos feliz que antes, pero era el cuarto de la familia. «Cada vez más cerca del mar», pensaba él sin entender las lágrimas de los demás.

Pasó la noche. Él la durmió plácidamente; los demás hicieron lo que pudieron. Una vez despiertos, fueron al bufé del desayuno, donde él siempre pedía lo mismo: croissant, huevos con jamón, quesos y un poco de piña. Esta vez no le dejaron entrar, pero no importaba: «Sigue mi momento de brillar», pensaba él para sus adentros.

Terminó el desayuno y era el momento, por fin, de ir al mar. Todos se juntaron a su alrededor, porque todo siempre fue a su alrededor, por su capacidad de unir a la gente. Dijeron hermosas palabras de agradecimiento, abrieron la bolsa donde estaban sus cenizas y lo dejaron volar libre para que su destino fuese uno con la brisa de su lugar preferido.

Buen vuelo, papá.

Parece poco.

Es poco, no importa cómo se mire, es poco, para las posibilidades, para las esperanzas, para lo que queda, cuando algo se anhela nunca llega a tiempo y siempre se va pronto, cuando uno quiere quedarse, el reloj nunca se estira lo suficiente, el hombre quiere el paraíso y la manzana… las quimeras le son esquivas, pero siempre coquetas.

Por eso intenta vivir como puede y como quiere, no importa cuánto dinero tenga, las obsesiones atacan a todos, los límites son los que se estiran o extienden, somos lo que somos, impulso, pasión, instinto, ansiedad, nervios y furia, pensamiento… ah, eso lo jode todo, pero no para todos, hay algunos libres, no de pecado, pero sí de culpa, como me caga la felicidad de los insensatos, no me parece siquiera envidiable porque su falta de entendimiento es parte vital de ella, son felices porque no saben que lo son, creen que sufren, pero desconocen los dolores, creen que creen pero ignoran todo aquello que desafía su creencia… Así no tiene gracia, es una felicidad animal, un tránsito irreflexivo que resulta desdeñable. Pero para quienes son conscientes de su existencia, saben que solo se existe a través de la experiencia, y siempre viene bien una más.

Una noche más bajo las estrellas, una noche más desnudos y abrazados en el mueble de la sala, una tarde más, una mañana más, un anhelo más, como puede y como quiere, la vida tiene sus formas, y aunque uno intente deformarlas, forzarlas, nada las evade por completo. No es poco, pero lo parece. Después de todo, una caricia más es el saldo que tienen pendientes todos los amantes.
Adictos, a la adrenalina unos, a los libros otros, a las tardes de sol y las noches de arrunches, a los ronroneos de un gato que se frota contra la mano que lo acaricia, a los amaneceres y los atardeceres arrebolados, a los árboles florecidos y el aroma del café invasivo que va lentamente, cuarto a cuarto apoderándose de cada rincón, nada nos basta, nunca es suficiente, siempre podría ser un poco más, siempre tendría que ser un poco más, como quien decora una casa, un poco más al centro, un poco más arriba, un poco más a la derecha… siempre un poco más.

Por eso pensarlo jode, porque cuando uno lo piensa siempre quiere más, desde lo poco hasta lo imposible, quiero más que tocar su mano, más que su abrazo, más que rozar sus labios, quiero jugar, quiero ser bueno jugando, quiero que me paguen por jugar, quiero que me paguen bien por jugar, quiero el salto, el susto, el gusto, quiero ver el mar, vivir frente al mar, vivir frente al mar en una casa grande, en una casa grande con yate… la mente es tramposa, a la mente nada la alcanza y todo le parece poco.

Por eso uno cree y piensa que ha sido poco, hasta que camina con los ojos puestos en todo lo que lo rodea, y ve que todo ha cambiado, que los barrios y sus calles, que las tiendas y sus dueños, que la esquina y sus acérrimos, que la música ha cambiado, que los rostros de los carros han cambiado, que los niños que corrían con la cara sucia, el uniforme sucio y lleno de tierra, ahora corren de traje, por llegar a tiempo al bus, que están en esa edad en la que uno comenzó a pensar que a veces parece poco lo cotidiano, y entonces se da cuenta de que poco es todo.

Que cada tinto cuenta, que cada risa suma, que cada amante, cada lunes, cada salsa y cada cuento cuenta, que cada partido ganado o perdido ha valido la pena, que se volvería a hacer todo con una sonrisa, porque uno sabe que siempre todo parece poco, pero que no significa que lo sea, que el café molido en una mañana de lluvia, que la conversación que libera, que el abrazo que arropa, el arroz con huevo o la sopa de sobre hermanan, porque compartir lo poco agranda lo compartido y nada ha sido poco.

Quedarse corto

La vida entera ha sido eso, cerca, pero nunca ahí, los cinco centavos pa’l peso siempre presentes, no hay felicidad completa; le dicen a uno que ni siquiera le ha alcanzado para una tristeza digna, que le ha tocado toda la vida sorber mocos porque no le alcanza ni pa’ los pañuelitos, uno que ha caminado por no pasar la vergüenza de pedir, o por miedo, la vergüenza de que le digan que no, uno que aprendió que al champú se le echa agua casi a fin de mes, que el rollo del papel higiénico a veces sirve de papel higiénico, a uno que lo han querido solo como amigo, a uno que le han dicho tantas veces “con lo que sos no me alcanza”, a uno que escuchó de chico “cómetelo tú, yo comí algo en el trabajo y vengo llena”, a uno que conoce la sopa de letras, a uno le quieren decir que la calle está dura… como si fuera algo de ahora, como si fuera solo la calle, como si no fueran los corazones, las bocas, las billeteras de los que tienen las que se endurecen.

No es la moral la que se ha perdido, es la sensatez y la razón. La gente habla de la calle como si la conociera, como si recorrerla fuera lo mismo que saberla caminar; la gente piensa que uno le daba vueltas a los centros comerciales por gusto, como si uno hubiera aprendido a compartir por justo, como si no hubiera tenido que sonreír en cada almacén después de decir “yo doy una vuelta y vengo”, sabiendo que no se iba a volver, porque ni con el 50 % alcanzaba; como si no hubiera desgastado zapatos haciendo domicilios en una unidad cerrada dejando la juventud a un lado para ver cómo la plata se la daban a otros; como si no hubiera recogido botellas para canjear en las tiendas los depósitos; como si no hubiera montado uno en una bicicleta rosada, porque a lo regalado y lo heredado no se le mira el diente; como si no hubiera escuchado eso de “igual el pie le crece” mientras le aplastaban la punta a los zapatos. A uno lo miran a los ojos y le dicen: “No hay modo, ahorita no, mono”.

La calle no está dura, la calle no entra en un estado específico, la calle es dura y el blandito es uno, y más cuando a uno le gusta el arte, más cuando uno vive de grafitear muros y de hacer malabares, de cuando intenta pintarle una sonrisa a la puta ciudad y lo único que recibe es una mirada de mierda de gente condescendiente y segura de sí misma. Dante no llegó ni cerca: debe haber un décimo círculo reservado para esos que creen que el dinero les da la razón, para los que no cuestionan, para los que subestiman, subvaloran, para esos hijos de puta que suben la ventanilla cuando camino hacia ellos con una sonrisa…

El corazón se parte, resquebrajado como pintura en pared al sol y al agua. Uno aguanta tanta mierda intentándolos hacer reír; duele tanto como la ausencia de la mamacita que una noche te miró a los ojos y, mintiéndote, te dijo que no le importaba a lo que te dedicabas, que ella iba a estar ahí, que era la libertad la que la enamoraba. Todo bien, que entre mentirosos no nos reconocemos, pero la carne es débil y más con una boquita de esas en frente, y uno le dice que sí sabiendo que va a pasarse una buena parte de la vida queriendo haberle dicho que no.

La calle es así, la vida es así, no está, es dura, difícil y cuesta arriba, y más si uno nace en esta parte del globo donde en los 90 nos dijeron que éramos países en vía de desarrollo, donde hay riqueza por explotar, vidas por explotar, hambres por explotar. Porque uno con hambre camella el doble, porque uno sabe que es mejor la goterita que el chorro, que hay que hacer de tripas corazón y que en un país de estos siempre hay algo pa’ hacer, pa’ ser, que se puede vivir… no, no vivir: sobrevivir. Porque para vivir la mayoría nos quedamos cortos.

Fuera de la foto

Beto toma fotos, lo hace buscando una belleza única y particular en cada una; es consciente de que lo que tiene delante son cientos de posibilidades, así que afina el ojo e intenta encontrar y contener la escena. Con los años Beto ha aprendido a hacerlo bien, sabe que una buena foto requiere olfato y tacto, que quizá lo que menos importa es tener buen ojo. Los que piden buen ojo no quieren la verdad, sino algo que se le parezca, algo igual de posible pero velado.

Ha tomado muchas fotos, disparado muchas veces, ha visto alegatos convertirse en sonrisas, ha visto odio transformarse en amor en un segundo, ha logrado que el miedo parezca calma, sobre todo en eventos sociales, en matrimonios y bautizos, en bodas de plata y de oro, fotos que no valen ni plata ni oro.

Duele convertirse en un maquillador forense detrás de una cámara, pero ha aprendido a hacerlo. Sabe que en días así, se necesita un ojo inquisidor, dictatorial, que recorte trozos de la realidad frente a él. Apunta a los ojos cobardes de quienes retrata, se congelan, ponen todo en pausa, posan y sonríen. A través de su pequeña mira enfoca, y aquello que les resulta incómodo de confrontar se convierte en un registro protocolario e ilusorio de una felicidad inexistente pero cómplice, con solo mover los dedos y variar la telescópica percepción crean algo para mostrarle a esos que opinan y aplauden. Enfoca y desenfoca antes de obturar: la cámara no retrata la cámara modifica y edita. A veces es difícil de recordar, a veces se nubla la vista y creemos que lo que está enfrente fue todo lo que había enfrente. No lo fue. Muchas veces nunca estuvo ahí.

Algunas cosas no pueden considerarse casualidades. No es intencional que aquellos ojos cobardes supliquen al verlo pasar con su cámara al cuello. Quisiera no verlos, quisiera evitarlos, quisiera que esos ojos idiotas e incapaces de verse en una foto siendo como son, como realmente son nunca lo vieran, pero falla, siempre logra sentirlos clavados en su cámara, listos para fingir. Un duelo digno de pistoleros, un duelo fatal, letal: su falsedad se desenvaina más rápido que su dedo. Y al ver la foto, esos ojos cobardes no ven aquello que no se les señala, aquello que, con un poco de calma, de intención, es evidente. El ojo no ve porque el ojo no mira, no indaga ni cuestiona: se escudan detrás de un abrazo tenso, de una quijada trabada. La foto ha porcionado la medida exacta de mentira, maquillado lo suficiente aquellos cuerpos como para que parezcan vivos al verse, al tocarse, al besarse… parece que lo hacen, él sabe que no es cierto.

No, no es nunca la verdad lo que vemos: es solo la idea de la verdad de un ojo, porque incluso el otro se cierra para no ser cómplice de la falta de tino. Es curioso: hay más enfrente y más personas en frente, hay testigo de cómo actúan antes de que la cámara se pose sobre ellos, pero todos comulgan ante la prueba que valida el recuerdo: se ven felices juntos, se ven bien juntos, están felices, chochos, el futuro es una promesa posible. Beto sabe que no. Por eso odia los eventos sociales, porque ensucian lo que ama: la verdad, la belleza que hay en quien sonríe ante un recuerdo y no ante un diafragma ni un obturador.

Beto ha aprendido a ser un fotógrafo furtivo, a la caza de los momentos. Pero plata es plata, y las bodas de plata pagan bien, las de oro también; los rollos no se revelan solos. Necesita la plata y se convierte en cómplice de sus cobardías.

De cada fiesta una o dos fotos valen la pena. La gente miente, y miente más alrededor de la gente que miente para condicionar a los que no lo hacen. La gente juzga, la gente es miserable. Nunca escucharon a Néstor decir que ninguna experiencia humana es inferior a otra experiencia humana, y en su miedo de ser juzgados por esos ojos que bien conocen, porque constantemente afilan, homologaron una mentira, un deber ser, y desde allí opinan y arruinan las verdades divinas. No hay un solo camino, y nunca lo hubo, y no se trató nunca de encontrarlo. Pero mienten, se mienten y gobiernan mintiendo.

Todo eso está fuera de la foto, cuando la novia mira a su novio y no encuentra a su amor, pero siente las sonrisas de sus invitados aprobando la desdicha. Ahí Beto cierra ambos ojos y se deja a sí mismo fuera de la foto.

Premura

Mira la puerta y espera que suene, intenta presentirle, adelantarse a su llegada, sentir el aroma de su cuerpo acercársele; ha limpiado de manera cuidadosa todas las superficies donde quiere que su humedad se desparrame, sí, se incluye en la limpieza. Su cuerpo se siente despierto, los ojos arden como los de cualquier niño cansado, pero el cuerpo, esa es otra historia, ese arde como el de cualquier adolescente a la espera de una piel familiar; la circulación retumba en su pecho, en sus dedos… Tum Tum Tum fuerte, Tum Tum Tum, sugiere el ritmo, marca, como un metrónomo, la velocidad con la que espera llevar el baile, el ritmo que desea imponer cuando sea el momento.

La espalda lo está matando, pero comprende lo importante del momento; el cuidado tendrá que esperar, la oportunidad hay que tomarla, a ella hay que tomarla, tomarla bien, tomarla fuerte, tomarla hasta el cansancio, hasta que tiemble, hasta que diga que necesita respirar, así que ese espasmo tiene que aguantar, la rodilla tiene que aguantar… ya aguantó mucho, piensa, esperaba este momento, necesito este momento.

Mira la puerta y espera, como un gato o un perro que espera el regreso implícito pactado en cada despedida, en la regularidad que sucede, en el horario que se ha acordado y que, aunque no se ha declarado oficial, se ha pactado por la fuerza de la costumbre y la monotonía que orquesta el mundo. La tensión de los músculos está presente, marcada, fuerte, no suelta, aprieta y retuerce; tira la cabeza un poco hacia atrás, cierra los ojos, siente casi como tiran de su espalda dos cables trenzados, lastima, pero no tanto como para dejar de esperar, nada sería tanto en este momento.

Mientras espera, la imagina llegando, cruzando la puerta casi abducida por su deseo, el beso largo de bienvenida, la mano a la cintura, a las nalgas, apretar las nalgas, sopesar las nalgas, nalguear las nalgas, y traer su boca a la suya, halarle un poco el cabello hacia atrás, morderle los labios, y acariciar su cara hasta apretarle fuerte el cuello; tomarla luego de la mano y pasear, señalándole cada lugar, aquí, luego acercarse a una silla y decirle aquí, llevarla a la cocina y mostrarle allí, y finalmente al cuarto, a la cama y sonreír mientras que señala dos lugares más.

Imagina sus vocalizaciones entrecortadas, aullidos menguantes; la imagina un poco diferente cada vez; los deseos brincan y cambian de parecer frecuentemente; recuerda todas las otras veces que esperó, mirando la puerta, con la misma tristeza que un perro o un gato que, tras un par de minutos de espera, comienza a mirarla ya con un dejo de sospecha, de una ausencia postergada… con el temor de una ausencia confirmada.

Por eso ahora, mientras no duda, mientras aún hay tiempo para soñarla antes de que la proximidad despierte la angustia, y la angustia el miedo, y el miedo anticipe una ausencia, por eso justo ahora él la imagina entrando por la puerta, él la imagina en la mesa, en la silla, en la barra, en el cuarto, viéndolo con ganas, como sonríe y la provoca, también agitada, también sudorosa, su piel nacarada en relieve y enrojecida…

Porque es fácil soñar, porque nadie se lo impide y el tiempo aún no se lo niega; no desespera, aún espera, no pierde la fe; los agnósticos siempre creen en el otro, porque saben de lo que ellos son capaces y, por la misma razón, son también desconfiados.

Pero mientras que el tiempo lo permita, él seguirá viendo la puerta, con la imagen cambiante de una posibilidad, de un quizá, de un puede ser, espera mirando la puerta, espera con premura.

Viento a favor

A los cuarenta, el cuerpo parece más plástico de burbuja que carne y huesos: donde se toca algo cruje, algo suena; el exterior se sacrifica para proteger lo que hay dentro, pero no queda intacto en su heroica labor, se siente y resiente. Las semanas duras, el estrés lo tensa al máximo y, con cualquier presión extra, revienta: la bolsa de aire cede y el cuerpo canta su dolor y da testimonio de su esfuerzo.

Esta ha sido extenuante: la rodilla cruje, el trapecio está contraído y rígido, el cuello parece estar al límite; inclina la cabeza un poco hacia atrás y lo comprueba. La sobredosis de cortisol y adrenalina que lo tuvo alerta todo el día ahora entumece el cuerpo; necesita algo que lo aligere: una cerveza, un pucho, un polvo, algo que lo desconecte y le reinicie la vida, al menos por un rato; dejar atrás todo, al menos por un rato.

Levanta la vista y busca, busca un poco de entretenimiento gratuito y de calidad: pasear la vista y la imaginación en búsqueda de colores, de gestos, de expresiones faciales… cualquier cosa que le permita ausentarse de su cabeza, de sus dolores, de su día y su semana; pero no hay nada donde posar los ojos, salvo un par de mallas y transparencias, aunque ninguna logra atraparlo lo suficiente.

De repente, ve hojas moverse en su dirección y extiende las manos como un gallinazo al sol. La corriente es ligera pero efectiva; se cuela por entre los botones y dentro de la camisa, acaricia los vellos del cuerpo y refresca la tela, la piel… se erizan los poros: es una especie de caricia que recibe con los ojos cerrados, que se agradece porque desentumece el cuerpo y resquebraja la tensión muscular acumulada. La semana ha sido larga, pesada y mezquina; la brisa, por alguna razón, hace que todo pase, que se olvide de la tensión que parecía secuestrarle el cuerpo.

Ya era hora, piensa; a los cuarenta no puede tardar tanto la tregua: a ese ritmo no hay quien pueda aguantar lo que viene ni lo que vendrá. El presente y el futuro no deben amangualarse tanto; sin una fuente de escape, el mundo explota… o implosiona, y cada uno es difícil. Es difícil llevar el mundo a cuestas; uno ya no está para jugar a ser Atlas, piensa; por algo las labores titánicas se diseñaron para ellos y no para nosotros. Uno no tiene por qué andar empujando cuesta arriba piedras todo el día; zapatero a tus zapatos y Sísifo lo que es de Sísifo.

De nuevo parece que está a punto de empezar a ventear; parece que el viento trae lluvia. Un doble alivio se acerca: la brisa que refresca y el agua que ahuyenta gente. Sonríe y levanta la cabeza; siente las gotitas chocando: no son grandes ni fuertes, su cadencia es muy espaciada; la lluvia no llegará como esperaba, pero aun así espera que sea suficiente para asustar a las que se preocupan por el frizz y a los que vienen con ellas.

En los días así, lo innecesario debería quedarse en casa. De todas formas, sonríe: la brisa y el frío merman la calentura; las gotas, aunque fugaces, también ayudan. A los cuarenta uno ya no puede ir alterándose por todo, piensa; es necesario que mengüe, es menester que se sea flexible y se estiren los límites, que se acepten los parecidos y no los originales, porque hay que maximizar lo bueno para no naufragar en el cuerpo hecho pedazos. Por eso es una buena noche, aunque haya sido una semana tormentosa: porque hay brisa, porque hay viento y sopla a favor.