Delicadezas

—Detesto los miércoles, son días de terapia, el nuevo sicólogo es un snob pretensioso, un don nadie con ínfulas de poderoso, es política de la firma y no tengo palabra sobre la decisión, debo ir, debe ser real, no solo sonar real, ellos tienen accesos a toda mi historia, así que saben bien que botones apretar, tampoco tengo forma de evadirlo si quisiera.

Estoy dolorido, cansado, tengo miedo, el síndrome del impostor, nada especial, pero además temo estar envejeciendo y cada vez es más evidente, no es una crisis ridícula, no me estoy vistiendo diferente, ni más a la moda, no quiero un deportivo rojo ni una escapada a Europa, pero la confianza ha disminuido, no tengo claro si aún está vigente mi visión del mundo.

Todo iba a bien hasta hace un par de semanas, tuve un ataque de pánico y por primera vez no llegué a una reunión, un cliente importante, una condena importante, sabía que no debía salir y salí, perdí el foco, el paso del tiempo, la audiencia…

Y eso me tiene frente a este cretino, hablándole de cosas de las que, para ser sincero, aún no tengo claras. No lo digo todo, solo lo suficiente, tengo miedo, ataques de pánico, no quiero dejar de ser yo.

Su discurso comienza —Cualquiera lo sabe, si de verdad se quiere comprender la dimensión de algo, el bocado debe ser pequeño, un trozo basta, mucho, abrumaría las papilas gustativas, desbordarían la atención, por eso es necesario el control, no morder más de que lo se puede tragar.

Lo que no te dicen es que es así para todo, que excede a la cocina, y que de la misma manera en que de niño te llenaban la boca de papillas y purés, la vida lo hace de mierda, de decepciones y golpes bajos… en la cocina aprendes por elección, tienes que interiorizar esos sabores para buscar nuevas oportunidades, para comprender sus matices; en la vida no te da más opción, no hay menú a diseñar, ni otro plato para degustar, la vida simplemente te lo sirve y a veces tiene el olor y la textura que te ofrece, otras lo dosifica como brujería homeopática y te llena de pequeños momentos de mierda, pequeños pero poderosos que terminan por arruinarte el gusto.

Por eso lo más importante en la vida es saber catar, primero un bocado lento, saber ir despacio, analizar las cosas, ya deberías de saberlo, y también tener presente que no se trata de ti, nada hay de especial en ti querido, —Dice eso con un acento argentino que me molesta, un dejo memorizado y no aprendido, sé que vivió en Argentina, pero no lo suficiente para que haya sido algo que se quedara, no es involuntario, por el contrario, es su propio deseo de conservarlo.

Detesto su condescendencia, su falsa empatía, su amor por el dinero, siempre he odiado eso, la gente que habla con tanta seguridad de todo me genera aversión, maquinitas programas sin miedos, autómatas lógicos, incapaces de pensar en posibilidades fuera de las acordadas, cuando están oprimidos me dan pena, pero cuando en puesto de poder los aborrezco, personas llenas de oportunidades pero incapaces de cuestionar, de cuestionarse, tan planos y racionales, tan muertos por dentro.

Nota que me he distraído, ha leído el expediente, revisa sus notas, refuerza su postura, me mira a los ojos y busca afirmación, asiente, intenta inducir el movimiento en mí, quiere de nuevo el control, sabe que no lo tiene —Debo pensarlo, le digo porque quiero que sepa que lo escucho, pero también que lo rechazo, no es fácil, agrego, ya sé que el universo no conspira ni a favor ni en contra de nadie, que no sabe de mí, mi problema no es que me crea especial, ya se lo he dicho, tampoco que sea malo o que me sienta obsoleto, es solo que algo cambió, el mundo no es ya el mismo, los ingredientes son ligeramente distintos si quiere llevarlo a la cocina, ya no hay normal, solo marina rosada del himalaya, no me va a superar tampoco, solo tengo probar y entender cuanto es una pizca con ella.

Asiente pero tiene rabia, —Eso, dice y dejar de beber agrega, también tomarse estas pastillas y 1 sesión más cada semana por 3 meses.

Asiento, pero estoy agobiado, ahora serán dos días los que odie a la semana, y él y yo estaremos frente a frente en juego de ajedrez plago de delicadezas.

¿Vale la pena?

Al final solo hay una pregunta que importa.

            —Cuatro hombres entraron a la sala con una postura de amos y señores; la espalda erguida, la frente en alto, una sonrisa orgullosa, nada que ver con intachables, por el contrario, los cuatro tenían cara de ser seres perversos, de saberse perversos y de estar orgullosos de serlos. Nada que esconder a nadie, nadie ante quien justificarse, ningún dios a quien temer, era impactante, desagradable y al mismo tiempo, envidiable… Los hombre así, son libres incluso encerrados.

Cuando iban pasando por la mesa una fotografía llamó su atención, y todo comenzó.

            —Mirá lo que es, qué delicia, tiene los labios gruesos apretadita, rosada, unas teticas que te vuelven loco, y una lengua, no sabés lo que es la lengua…

            —Te lo digo en serio, pará.

            —Pero por qué pará, no dijiste vos toda la vida que había que ser directo, que no nos podíamos guardar nada, bueno esa es la verdad.

            —Sí se lo dijiste toda la vida, decías que solo un cretino guardaría su opinión por respeto o educación, que los modales eran para los cobardes, así como las moralidades.

            —¿No lo decías vos? Lo decías, a todos, nos rompías los huevos con tu discurso del llamado de la Humanidad Animal, fundaste un movimiento, lo registraste, tenés el acta notarial enmarcada en tu casa. En la sala, cada que alguien llega nuevo contás la historia, sacás la carpeta de ceremonias, te ponés el corbatín con tirantes con que saliste a proclamarlo documento legítimo en el atrio de la catedral… no podés pedirle ahora que vaya hacia atrás.

            —Es cierto no puede.

            —¿Pero son imbéciles todos?, ¿qué les pasa?

            —No pasa nada, no a nosotros, a vos te pasa algo.

            —En serio no pueden ser tan idiotas.

            —Es nuestro deber como miembros de la Humanidad Animal.

            —No sé qué les pasa, y no entiendo por qué insisten en hablar de eso, y mucho más para defenderlo, es un imbécil.

            —Imbécil es solo aquel que no se escucha a sí mismo para contentar a los demás, son las palabras de cierre de tu discurso no.

            —Esto no tiene nada que ver con la Humanidad Animal, ni con nada parecido.

            —Tú tozudez no tiene límites.

            —Lo que no tiene límites es tu estupidez.

            —Entonces con qué tiene que ver, ah decilo, dejá de esconderte, aclaralo, te escuchamos.

            —No es el momento

            —Claro que es el momento, siempre es el momento, de hecho, dijo el hombre adoptando una postura solemne para recitarlo: No existe el momento oportuno para una verdad, sin importar el día, la hora, el lugar, la verdad habrá de incomodar.

            —Pero no pueden ser tan tontos, no ahora, no aquí.

            —Aquí y ahora.

            —Pero que son tarados enserio.

            —La discusión continuaba, 4 hombres discutían airadamente ante los ojos de toda la corte, era un caso débil, sin pruebas, y nadie hubiera pensado que podrían darle fin a 8 años de búsqueda de una manera tan tonta. Habían ido a juicio solo por no perder la oportunidad de llevarlos ante un tribunal, y antes de hacer la primera pregunta, de algún modo, por alguna extraña y estúpida razón, el grupo de forenses habían terminado por lanzarles al menos cinco buenas preguntas y el fiscal no iba a desaprovecharlo, mientras el testigo empezó a martillar sobre el estrado el fiscal inició:

—Así que el cadáver #7 le parece atractivo  Dijo en voz alta y mirando al jurado.

La pregunta no lo incomodó, ni siquiera parecía abrumado, pero comprendió que el único lugar donde un hombre nunca debía ser honesto, era la corte. Los murmullos llenaban toda la sala, y él antes de responder ya era culpable. Y aunque era culpable no iba a permitir que eso lo detuviera.

  • ¿La estética deja de juzgarnos cuando morimos?, ¿si un gordo se muere deja de ser gordo?, ¿le compraría un féretro tamaño normal a un enano?, no tinterillo, no me importa lo impresionable que sea su moral, yo llevo viendo muertos durante los últimos 30 años de vida y puedo jurarle en este estrato, los feos siguen siendo feos, los deformes siguen siendo deformes, de hecho una de las cosas que más nos gusta de la morgue a mis compañeros y a mí, es que nadie se ofende con comentarios sin importancia, ninguno se inmuta, se quedan fríos por decirlo de alguna manera, ante cualquier palabra.
  • ¿Le parece que es gracioso?
  • Sé que es gracioso, lo que pasa es que usted está muy ocupado jugando al hombre admirable, necesita que el jurado piense, ese hombre se ha indignado y con la buena pinta que tiene, es un ejemplo a seguir, si él está en contra de ellos, también yo debo estarlo, para luego poder mirar con una sonrisa a nuestros rostros y leer el veredicto esperando haberlo hecho sentir orgulloso.
  • Objeción, el acusado intenta influir sobre el jurado.
  • Objeción, el abogado intenta influir sobre el jurado.
  • Objeción, el acusado es feo, gritaron los otros.

—El juez pidió que todos se acercaran al estrado, los 4 acusados levitaron hasta allí y el abogado evidentemente molesto arrastró los pies hasta el mismo lugar, luego el juez habló:

            —Se los advierto, no voy a permitir que conviertan esta audiencia en un circo.

            —Le hablan a usted payaso, espetó  ante el abogado uno de los acusados.

            —Hablo en serio, replicó el juez.

            —Ya se comportará mejor, dijo otro de los acusados al juez mientras miraba al abogado.

—Mientras todos volvían a sus puestos seguían con la misma apariencia que cuando entraron y de alguna manera el abogado empezó a darse cuenta de algo, eran inmutables, no había nada que pudiera decirles que los sacara de juego, tenían por así decirlo algo de muertos a su alrededor, no sentían culpa alguna, así que no podrían encontrarlos culpables, no sentían rabia o enojo, no tenían ninguna emoción, acusarlos, quebrarlos, iba a tomarle meses de duro trabajo, enojos, provocaciones para nada recomendables para alguien con sus úlceras, y posiblemente la pena que recibirían tampoco sería grave, porque no había pruebas, solo indicios, sospechas y rumores de pasillo, no vale la pena, pensó y sin más hizo una última pregunta.

—¿Hay algo que desee confesar?

—NO.