Desorden

Se levanta de la cama y parece que nunca hubiera estado allí durmiendo. Se mueve poco de noche y el edredón pierde sus arrugas con solo pasarle la mano por encima; queda todo tan perfecto que no parece que se estuviera despertando sino tendiendo la cama. Pone sus pies sobre las chanclas, que están justo donde ella las dejó, una al lado de la otra, esperando sus pies para comenzar a caminar el día. Por donde camina le basta un pequeño movimiento para que todo esté, luzca y se sienta perfecto.

No hay polvo sobre las mesas, no hay loza en el fregadero esperándola, no hay medias atravesadas ni cacerolas con quemones. La luz que entra a través de las ventanas ilumina todo sin revelar ninguna línea de suciedad. No puede evitar sonreír orgullosa: la calma reina, el silencio reina…

Y ella camina y se apodera de todo, la Reina, reina sobre su reino y lleva a cabo su reinado sin despeinarse, con su cetro brillante, con su trono siempre bien dispuesto, bien cuidado y con la corona sobre su coronilla siempre lustrosa y elegante.

Hay espejos para mirarse, para validarse, para desearse, para entenderse, para ocultarse… Tiene espejos en cada cuarto, en cada bolso, en cada baldosa brillante. Se siente vista, eso le gusta; no sabe bien por qué, pero es como si ella misma se viera a la distancia. Se da gusto viéndose, eso es lo que quería, eso es lo que buscaba. Una lista interminable de reflejos con listas en mano inventarían las expectativas sobre sí misma: tengo, hecho, listo. El poder tiene eso de su lado: una lista tachada de viejas venganzas a todo lo que no se pudo ser en algún momento.

Viejos yo, viejos fui, viejos debería y antojos a los que se les negaron las puertas, y ahora, como un ariete, vive para derribarlas, para probarse y demostrarse que eso que quiso sí estaba destinado a ser suyo. La paz cuando ella diga, como ella diga, donde ella diga. Ha confundido el poder con empoderamiento y no hay peor tirano que aquel que fue oprimido, así que ahora demanda y espera ser complacida. No tiene tiempo para construir, quiere que todo se le entregue con obra blanca, enchapada y amoblada. Lo merece, se dice a sí misma que lo merece, todo a su altura.

Esos cientos de ella reflejados y demandantes la esclavizan. El tiempo la apremia, porque las demandas crecen. Tiene deudas con su yo desde los nueve. Quiere que la mimen sin que la reprendan, no quiere negociar nada, no quiere, no puede realmente evitarlo. Han sido años de cargar con ella misma a cuestas. Ahora quiero, ahora cosecho, ahora siego, ahora es el momento de reservarme en barricas, de roble, de agregarme valor y tiempo; ahora solo quiero sumarme: cuerpo, textura, sabor, un paladar que esté a mi altura para probarme. Eso le grita su cabeza cada mañana, cada vista al espejo, cada momento, y ella escucha, y ella asiente, y ella obedece a sí misma, doblegada, sumisa de sus pendientes.

Su inconsciente procesa; ella ni lo nota. Ella solo sonríe cuando ve que se queda viéndose en sus reflejos, en su casa impoluta, en su edredón firme y sin nada que la incomode. Un, dos, tres, sonríe y saluda; un, dos, tres, tomarse el vestido con las manos y hacer un pequeño gesto de gracia; un, dos, tres, levantar el brazo y doblar el antebrazo y girar de un lado a otro la muñeca mientras rota del interior al exterior su extremidad de izquierda a derecha. Reina en su reinado pintoresco, frágil e ilusorio, pero justo y necesario, para ella, para con ella. Que nadie se atreva a incomodar la zona de confort en la que vive, porque no sabe cuánta mierda tuvo que tragar para construir su castillo de cristal. No es consciente de sí misma, no del todo, pero lo intuye: algo real le falta. Se sienta sobre la cama, arruga el edredón y estalla.

«¡Qué puta falta me hace tu desorden!», piensa.

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