Darse cuenta

Fernando mira el reloj de la pared fijamente, sin perder tic ni tac, de manera compulsiva y desesperada, segundo a segundo lleva la cuenta, le pesan los párpados pero no flaquea, está convencido que si quita sus ojos de él el tiempo va a desaparecerse como siempre, que en un abrir y cerrar de ojos lo que le queda se le escurrirá de las manos, no quiere que eso pase, le aterra pensarlo, las 3 menos cuarto, falta poco.

Es jueves piensa, los jueves suele tener buen humor, es como si algo en el mundo fuera diferente esos días, algo cambia, desde que comienza el día es diferente, no entiende bien el porqué ni el cómo pero se siente diferente, le da nauseas, suda y siente escalofríos en todo el cuerpo, hace meses que la comida dejo de tener su sabor y en su lugar hay un residual de pastilla, casi un polvillo seco cerrándole la garganta, pero los jueves hay tocino y aún recuerda el sabor del tocino, sabe, bueno no, no está seguro pero podría jurar que no es que lo saboree sino que recuerda su sabor, la textura, el olor siguen intactos en su memoria, eso cree que ayuda, porque el resto no logra recordarlo ni imaginarlo y al probarlo siente que algo falta que eso no es el sabor que debería tener, no recordarlo lo hace dudar, quizá siempre ha sido así piensa, pero la duda no lo convence de que ese sea el caso.

Nada parece diferente, no mucho, no lo suficiente, siente que es distinto, pero no puede asegurarlo… el día transcurre maso menos igual pero la sensación no lo abandona, no es meteorológico, hay jueves en los que llueve, otros en los que llueve mucho y algunos pocos donde el sol parece salir con el deseo de ponerse al día con los grados que no generó los días que faltó al trabajo, hay día en los que se siente que todo va a salir bien y otros en los que ha abandonado toda esperanza, tampoco es astrológico ni energético, pero siente entre su estómago y debajo del Baso un pequeño espacio que lo obliga a sentirse incómodo, como si algo estuviera pasando por alto, un pálpito diría su tía Margarita, una premonición, diría la artesana de ojos primaverales, pero él simplemente no sabe que es y el día se le acaba y el tiempo se le acaba, no es igual los viernes, ni la duda aparece, ni la falta de respuesta lo agobia, es casi como si la intuyera, como si fuera el borde del vacío.

Por eso no le quita la mirada al reloj y aunque ha dormido 6 de las 14 horas que lleva el día, sabe, algo dentro de él sabe que han pasado cincuenta y tres mil cien segundos desde que su cuerpo ha empezado a apuntar a la locura, sabe que no está loco, sabe que eso no es volverse loco, pero tiene la certeza que hacia allá apunta la aguja, y por eso mira el reloj, por eso no puede quitarle la mirada de encima al reloj.

Suma tic, tacs, suma cada uno de ellos y casi no nota que lo miran, sabe que lo miran, está pálido y flaco desde hace meses, parece un sobrado de sí mismo, antes lo agobiaba ya no tienen tiempo para ocuparse de eso, y es de las pocas cosas que sucede todos los días y no solo los jueves, ya perdió el interés en esas miradas, en los dueños de esas miradas, en lo fáciles de leer, en la estúpida compasión con la que lo miran. Le preocupan más las miradas ausentes, lo que ya no ve que lo ven, los que ya no van a verlo, pero no lo suficiente para preguntar por ellos ni por ellas.

 El cansancio parece vencerlo, siente que está por empezar a cabecear, y entonces todo se convierte en flashbacks, en caídas en túneles de tiempo, se siente así sobretodo cuando se salta su siesta, cuando la angustia lo abruma, brinca de cuarto en cuarto de hora, no siente la aguja al entrar en su brazo, los párpados lo vencen, despierta casi sobre las 5, Dora le soba el cabello, dora le cae bien, tiene ese humor que le gusta, oscuro como ella, como el café que ahora no lo dejan tomar, levántese niño le dice, que esto no es hotel y está en hora pico, le ríe con una picardía honesta, no es mentira, el turno de Dora los jueves es largo y entonces la idea le cruza la cabeza, los jueves, qué pérdida de tiempo esa de tratar de no perder el tiempo.

Desenmascararse

Naty se unta los dedos de una sustancia verde y viscosa, elástica… casi le disgusta al tacto, pero casi no vale; cada vez le recuerda la primera vez que le evocó náuseas y arcadas, pero es un recuerdo lejano que no termina de evocarse, se queda en esa línea delgada y no pasa a mayores; esa primera vez el asco comenzó desde antes de tocarla, de imaginar tocarla, leyendo en una revista la instrucción de cómo cortar el aloe vera y licuarlo con el pepino, la miel, el aguacate, el jugo de limón y el yogur natural; tenía 14 años y no sabía que cuando un limón se amarga poco se resiste a su amargura, ignoraba también las fechas de caducidad y no prestó mucha atención a la del yogur y, como resultado, además de visualmente desagradable, el olor casi la vence, pero la juventud es terca y tierna, así que, armada de valor, se embadurnó la cara de la mezcla y la resistencia inicial demostrada se disipó como esta ante los gases pimienta y los chorros de agua, y corrió a enjugarse para evitar el vómito.

Sus hermanas mayores se rieron con dulzura y crueldad, como solo un pariente cercano puede hacerlo; su madre la miró con esa mirada que parecía contabilizar cada torpeza, con una ternura burlona y acumulativa, una mirada que sería una constante en su vida, una punzada permanente que la conmovía y la avergonzaba.

Eso generaba esa sensación al tacto que casi la asqueaba, pero la ritualidad cotidiana había terminado por consumirla, las otras preocupaciones le comían ahora la cabeza, y mientras se la aplicaba con un gesto ritual inconsciente, elegante, armonioso y místico, pensaba, ahora que se cubría la cara, en lo mucho que odiaba las formas como la gente se oculta; ella era torpe pero valiente, o quizá ante su torpeza al esconderse se había envalentonado para ni siquiera intentarlo, pero sabía quién era y, sobre todo, qué no quería ser: una más, una bien puesta, una linda y apuesta, na, eso no era lo que quería para ella.

Y al verse el rostro verde pálido, como el cliché de una bruja de Halloween, piensa en lo estúpido que es disfrazar todo: las ganas, el tedio, el cansancio, la rabia, el miedo; el mundo es una mascarada, un bailecito de modales, poco se dice lo que se piensa, y no saben que se nota, que basta un susto, una sorpresa, un milisegundo con la guardia baja para que el rostro los delate; Delsarte tenía razón: en el gesto escapa la fealdad de toda alma, la mezquindad, la esencia que se retiene; también devela a quien se ha refugiado detrás de silencios y ceños fruncidos, de distancias.

Los perros tienen la cola, para menearla, para moverla, para lucirla, la cola no miente, no engaña, si se mueve hay emoción, no se puede fingir ni esconder, igual pasa con los gestos, con los ojos abiertos, asqueados y rancios, con las jetas deformadas y diluidas, con los ojos orbitantes y ridiculizadores, esos micromomentos en que domarnos es imposible, somos lo que ocultamos o, mejor dicho, también somos lo que no podemos domesticar, nuestro salvajismo natural, intentar impostarlo es tonto, piensa mientras mira la mezcla seca, agrietada, sobre su rostro, mientras cada expresión facial, armónica con sus pensamientos, altera su postura y rompe con esa base verdosa, y se ríe al verla explotar poco a poco, al sentirla romperse sobre su piel; el pensamiento rompe el gesto, de nuevo Delsarte era un chico listo, la palabra devela mente, pensar desenmascara, reflexionar rompe las falacias y, cuando la carcajada por fin brota, nada de su mascarilla resiste, y en el silencio de su casa resuena incontrolable mientras las harinas y las migajas caen de su rostro, la voz devela las sensaciones, Delsarte era un chico listo, repite, por eso hay que estar atento al otro y no solo a lo que dice, por eso hay que leerlo y no solo escucharlo, después de todo hay que saber leer entre líneas, dice mientras extiende la mano al espejo con el anular, el índice y el corazón erguidos.

Ni la sombra

Camina mirando su sombra, como si sintiera los dedos dentro de su zapato conectarse con ella. Se mueve para verla contonearse, casi con la misma atención que le gusta ver su imagen deformada en el agua y la difracción de la luz convirtiéndole el cuerpo en ola. Sonríe mientras lo hace; le gusta no ser ni la sombra de sí misma y, al mismo tiempo, ser contenida por ella. Le gusta que trae consigo su pasado, loquita pero buena muchacha, y proyecta con ella su futuro, fuerte como un rugido o un trino en el bosque, retumbando adonde llega, agigantada y abrumadora, poderosa y casi sin límites, a menos que se acerque mucho al sol. Ese es el error, piensa sin decírselo a nadie: acercarse demasiado a la luz quema, enceguece y apacigua; hay que dejar que la luz te dé, pero no que te absorba. Es peligroso: te reduce a un puntito debajo de tus pies.

Cuando camina de esa manera, viendo su sombra, sonríe como solo la soledad sabe hacerlo: con un dejo de confianza, con una autenticidad única. Uno no puede huir de ella, debe contemplarla. Quien la ve sonreír así, sin saberlo, ha presenciado un momento de libertad y pasión, un murmullo de su canto, y no sospecharía nunca lo difícil que es para ella hacerlo de manera consciente. Le teme un poco a esa calidez que la provoca, le teme a la presencia de otro que captura la imagen y trata de anclarla a ella. La felicidad, dice, es algo íntimo y no se le comparte a cualquiera, y a la libertad de ser libre no se le renuncia nunca ni se le posa; es una fracción de ella y, si alguien colecciona demasiadas, podría juntar todas las partes y tenerla. La idea la enternece y la aterra: qué miedo quedarse sin lugar para estirar las alas.

Por eso le gusta la sombra: se escurre fácil, rápido, y desaparece de repente si se le acosa o se le persigue con demasiado ahínco. La luz debe filtrarse entre hojitas, entre los dedos; debe dibujarte y moverse con vos, piensa viéndose hecha sombra, viéndose moverse y deformarse, levantarse y jugar con todo lo que la rodea, rodear todo lo que la rodea, recorrer todo lo que intenta obstaculizarla. Me gusta ser sombra, piensa, dice: me gusta ser sombra. Sonríe, pero no puede ver su sonrisa; lo sabe no porque los pómulos se le retraigan y un par de hoyuelos nazcan en ellos, no: lo sabe por cómo se mueve. Todo su cuerpo parece vibrar como la cola de un gato; todo le recuerda que no cabe en su cuerpo, que necesita expandirse, que quiere estirarse hasta sentir que se sale por sus poritos; un porrito sería la forma usual, pero está high de alegría y funciona igual, brota de sí misma y, como una enredadera bien agarrada, se trepa por su felicidad y se desborda, un ojito de poeta que crece y lo cubre todo; hoy se siente así, y camina así, y brinca entre cada paso para ver su sombra encontrarse con sus pies.

Piensa en estar descalza, desnuda, en la sensación de sus patitas con el piso caliente, con la sombra fría, con ser su propio refugio, con enfría donde quiere pisar, en ser y hacer su puente adonde vaya. La idea la emociona y, aunque el sol le golpea la espalda con fuerza, ella no mengua en su alegría ni en su idea de disfrutarse; para eso está el protector solar, piensa, y no se inmuta.

De fuera parece infantil y torpe; de lejos se ve un poco ridícula mientras juega con una colita de su cabello y brinca, baila, se estira y se enreda en su propia sombra. Está loca o drogada: seguramente muchos simplifican lo que ven y, en su acostumbrado papel de custodios de la normalidad, dictaminan que su rareza es desfachatez, sin intuir que su alocada felicidad es, por el contrario, una celebración, reflexiona, de un buen día en medio de unas semanas de mierda. Es un oasis en medio de una tormenta constante, de un dolor punzante y de una sensibilidad estimulada. No le conocen ni la sombra y no le reconocen ni siquiera el intento, pero a ella no le importa; sabe lidiar con la idea de salirse de sus formas, es feliz, como Peter Pan cuando cose la sombra bajo sus pies, porque puede volar de nuevo a un espacio donde el pasado, el presente y el futuro se funden bajo sus pies y le dan profundidad a su sombra.

A mares

El problema del amor, le dice Bianca a Helena, es que se agota rápido: no te quedan tantas primeras veces en él después de la primera. Las citas se te acaban, las buenas, me refiero; las divertidas, las que te hacen sentir algo; y cada vez son menos. Ya no quedan tantas buenas ideas ni tantos lugares por descubrir. Se acaban los apodos tiernos, las canciones, se agota todo lo que lo rodea y la posibilidad de que se viva.

Pará un poco, Bianca, y sí, te va a dar fiaca escuchar unas canciones y algunos lugares ya no son más solo tuyos, pero no implica que no podás disfrutarlos. Tenés que ser más pragmática, boluda: debería bastarte con que ahora sepás poner en su lugar a los desubicados que opinan desde un moralismo virginal sobre cómo y con quién deberías estar. Bancate tus años, tus miedos, tus malos ratos.

Ya sé que no tenemos 20, pero no podés creer que después del primer beso o el primer garche ya todos los demás son menos, o menores. Si las canciones se acaban, sobre todo las de Serrat, las de Sabina y las de Spinetta, ya no te hará ilusión que te digan muchacha ojos de papel, ni podrás sentir alegría cuando te digan que van a celebrar un mesiversario. Te entiendo, pelotuda, creéme que te entiendo, pero no está tan mal: el hombre de tu vida es el que se queda en tu vida. No sos una pendeja como para andarte quejando tanto por tan poco.

Marcela escucha, sonríe. Ellas hablan de lo que él siente, también siente; lo que se gritan antes del recital le retumba dentro, lo que lo ha llevado a ese segundo piso, tan lejos de casa, tan sumido en su propia cabeza, intentando hacer esas cosas que poco lo ayudan pero que le liberan la presión para que no estalle, para que no le gane la presión. Adolorido, reseco, se hidrata para evitarlo; se deshidrata mientras lo hace.

Las escucha y sonríe, porque el corazón lo tiene hecho un nudo, porque el peso en sus hombros le tiene contracturado el cuerpo, porque él también tuvo una muchacha ojos de papel y ya nunca pudo decirle a ninguna que los tenía, porque también ha sentido miedo de que vuelvan a dedicarle everlong o a que lo llamen de chelongo. Hay cosas que a uno le dicen, que a uno le regalan y que, al mismo tiempo, se las arrebatan; a nadie más van a sonarle bien, en ninguna otra boca. Ambas tienen razón: sabe como sabe la rubia que grita a la morocha que no es el fin del mundo que eso pase, pero sabe, al igual que la morocha que se queja con la rubia, que esas cosas duelen.

Ellas gritan, se gritan, se reclaman; el resto del lugar canta y corea algunas canciones que espera que suenen, que esperan que se canten, que los han traído y convocado. Canciones para olvidar, para olvidarse, para salirse de todo lo que los ha saturado. Ellas también están ahí para eso, él también está ahí para eso: para cantarse a esos viejos amores, a esos antiguos dolores que aún no se ausentan del todo, que siguen viviendo en sus cabezas, que siguen presentes con su ausencia; que se fueron, pero olvidaron llevarse todo con ellos, de los trabajos prometidos, de los ascensos no cumplidos… Las razones cambian, pero todos están allí para irse, para dejarse atrás, para dejar de sentirse tan mal un rato. Él también, él lo sabe, así que sirve más ron con coca y escucha en su cabeza las letras que él también espera cantar.

Bianca y Helena, lejos de casa, se han encontrado y ya dejan de discutir y de pelear sobre si el amor sigue siendo amor cuando el amor se acaba. Saben que no, saben que es diferente; que el amor es amor siempre y que el amor se navega, se naufraga, se surfea en la cresta de la ola, o se explora y se bucea; que el amor se desborda y que una vez se ama uno se zambulle y hace que sea imposible el pensarse fuera o por fuera. Las islas de las primeras veces desaparecen; la gente brinca, la gente grita, la gente canta, y entonces todos entienden lo inevitable: que nadie tiene el control para controlarse y que todos tienen algo de lo que olvidarse, incluso de ellos mismos, y que el amo aunque se acabe es siempre inagotable.

Fuera de las manos.

Victoria desliza el dedo en su pantalla: izquierda, izquierda, izquierda, izquierda. Cuando ve algo que le gusta, duda; tapea, ingresa, desliza. Puede ser el tamaño de la nariz, de las manos, una palabra o una frase, unos ojos, el pelo cano o la barba larga pero pulida; varía, pero siempre hace caso a la intuición: no entra todo por los ojos, hay algo que la impulsa, un eco que resuena en su cuerpo; si se activa, su dedo cambia y se desliza a la derecha.

Piensa en presentarse, pero le gusta más estar presente. La cansa la idea de narrarse, de definirse y transmitirse. “Yo soy”, piensa, carne y no palabra; yo en todo momento, a toda hora y de todas mis formas: soy una experiencia. Diferente a un libro, una película o una canción; no tengo ni prólogo ni sinopsis ni tráiler. Lo que ves, lo que vivas, soy; lo que provoques, seré para ti. Así que, aunque ve que su perfil no dice mucho, dice lo suficiente. ¿Descubrirlo con un café basta? Se pregunta por un momento. Lo mira, asiente y sonríe: sí, basta; tendrá que bastarles. Nada más me interesa escribir.

Ordena un scotch, con una “c” que parece más una “k” que una “c”, y espera a que aquel ser que le ha interesado llegue. Es un bar como le gusta, con negros y rojos profundos; esos colores le gustan, le combinan bien con su forma de ser, una pasión oscura, piensa, y recuerda que sus encajes también combinan esos colores: vestida para la ocasión, piensa, y bebe. El trago le pica un poco la garganta; elige bien el origen, pero el presupuesto la limita en los años que su trago pudo descansar en las barricas. No le molesta, aunque le importa; le gustaría tomarse uno un poco más suave, más amaderado. Ya vendrá el momento; aún no, es solo un “aún no”.

Mientras piensa en eso, ve entrar por la puerta del bar a quien espera. Siente un cosquilleo en la punta de los dedos y un vacío emocionante en el vientre, junto con un pequeño corrientazo. Le gusta lo que ve, pero no se mueve: deja que él se acerque adonde ella está, al fondo, hasta la barra. Solo se gira un poco para verse mejor; sabe que ese ángulo le favorece, lo sabe, y se escurre un poco hacia el espaldar de la silla. Se ha visto así en el espejo y sabe perfectamente cómo se ve: se encanta de esa manera.

Él la ve. Al contrario de ella, no se fijó en nada al comienzo: sabe cómo funciona el algoritmo, así que creó uno propio que solo desliza a la derecha con perfiles que tengan probabilidad de hacer lo mismo; así aumenta la deseabilidad de su perfil y logra que lo muestre cada vez a mejores prospectas. Así que llega sin saber dónde mirar; su método es efectivo, pero cuestionable. Es frío y desprovisto de interés: hace que la interacción no parta de una idea ni de una apuesta; evita el rechazo, pero evita también todo lo humano de un encuentro: el interés, la pregunta, la posibilidad…

Ella lo nota: distraído, perdido; no mira a los lugares correctos, no parece verla aunque la observa, pero lo hace como quien ve algo por primera vez: despistado, torpe, carente de ritmo o de intención. Ella ya ha tomado su decisión al verlo. Él no lo sabe: piensa que ha sido otro éxito de su algoritmo, mientras que ella piensa en otro fracaso, otro de esos que deslizan todo a la derecha; otro de esos que no escogen ni apuestan; de esos que se enredan viendo un menú, o que dudan qué ver o qué leer; de esos que no parecen tener ideas propias; de esos que están demasiado seguros de sí mismos; de los que no dudan, no preguntan, no imaginan; de los que no bailan ni intentan bailar; de los que follan sin creatividad de por medio, sin idea ni juegos; de los que tantos ya ha conocido; de los que no le interesan ni la emocionan.

Él se acerca y saluda. Ella se disculpa y se marcha: son las 8. Si se apresura, llegará a tiempo antes de que cierren la tienda y podrá comprar las pilas que su vibrador necesita. Las citas podrán estar fuera de sus manos, pero no sus ganas ni su placer.

Castillo de espejos

«A donde quiera que miro me espejo,
me encuentro con una mirada fría mirándome directo a los ojos.
» El Flaco.

Milena y Gabriela son amigas, tienen el título, me refiero, pero se comportan de una manera rara: no saben estar sin competir, no saben alegrarse la una por la otra, necesitan de alguna manera compararse y ganarse; tienen esa amistad linda de los 80, esa emoción pasivo-agresiva que ha convertido el trauma en humor y que intenta doblegar al otro haciéndole un daño controlado; hablan de nada mientras se quejan de todo, y se echan en cara todo lo que pueden… Milena sabe que Gabriela quiere un espejo nuevo, uno donde alcance a verse porque el estúpido del Flaco con el que anda está puesto a 1.85 centímetros del piso y, como lo sabe, la jode y la provoca.

—No entiendo cómo podés vivir en la casa de un hombre que no es capaz ni siquiera de darte un lugar para verte; si a una no le ponen al menos un espejo en el cuarto o en el baño, una es una arrimada más, una visita con llaves, con derechos, pero sin ninguna propiedad ocupacional —le dice, queriendo herirla, porque Milena sabe qué fibras son sensibles, sabe cómo hacerle daño y no duda en hacerlo.

—Gabriela no es tonta, sabe lo que su amiga le hace, pero sonríe provocadora y dolida; responde sin gracia y sin elegancia: lo bueno de ser linda es que uno no necesita tanto maquillaje, querida, y además, si quisiera, es fácil hacerlo. Al Flaco ya me lo conozco de memoria y eso me viene bien de vez en cuando; sé que hay unos momentos en los que él no se reconoce ni se gobierna, que se escapa de su propio poder y pensamiento. Por eso lo obsesiona esa novela… esa del tiempo perdido, del francés ese. Nunca pude leerla; no superé esa sensación de leer 200 páginas sobre el momento donde alguien se despierta, como si no tuviera mejores cosas en qué malgastar mi tiempo.

Lo dice sabiendo que a él, los reflejos le molestan; que su Flaco entiende a los vampiros que se niegan a verse a sí mismos en una superficie; que odia a Nietzsche y a su eterno retorno porque le han negado la posibilidad de ser y lo han condenado a simplemente repetirse, una vuelta más en esa progresión de Fibonacci, una caída al vacío en esa espiral infinita; y, sin embargo, está dispuesta a torturarlo por demostrarle a esa que no sabe lo que dice, aunque al hacerlo ella fracture y maltrate lo que tiene.

Para hacerlo aceptar solo necesita dos botellas de vino, la lencería de encaje negra o roja que tiene… un hilito que se le hunda entre las nalgas y un gemido al oído mientras lo cabalga en medio de un espasmo intenso y bullicioso, al Flaco le encanta ese momento donde el cuerpo se tensiona tanto que parece entumirse y los ojos, completamente perdidos en la nada… completamente abstraído, sabe que le gusta hallarse en otros cuerpos, viéndose de frente, recordándose que somos tan poca cosa.

Sí, puede hacerlo: puede agarrarlo con la guardia baja, con el cuerpo rendido; basta eso para decirle que quiere un nuevo espejo, uno en el cuarto donde puedan verse mientras se revuelcan la vida, mientras sudan las rabias; un espejo para temblar juntos, para morirse un poco debajo y sobre el otro… pensarlo la hace humedecer, le recuerda que lo que siente por él es parecido al amor, que quizá no debería, pero la idea de verse directo a los ojos antes de un orgasmo la enciende.—No va a ser uno —dice—, en cada cuarto va a haber uno, en cada pared… haré un castillo de espejo —le dice a Milena con una sonrisa en el rostro y el flaco aceptará gustoso.

Infiernos y paraísos

Luis lee a Borges; lo hace por gusto y por disciplina. Le cuesta leerlo, pero le gusta cuando lo entiende. Tiene ese toquecito que lo hace sentir inteligente al entenderlo; siente, al hacerlo, que más que leer está continuando ese cuento donde Borges se encuentra con Borges, pero sin él ser alguno de los Borges: solo quizá una paloma que los oye conversar en la banca del parque donde se encuentran, maravillada y atenta.

Luis sabe que Borges decía que siempre imaginó el paraíso como una especie de biblioteca. Para él tiene sentido: siempre se describió a sí mismo como un gran lector más que como un escritor, y el paraíso, si algo ha de tener, es una dosis de placer que parezca incluso pecaminosa, piensa él y sonríe, e intenta imaginar cuál será la expresión de una paloma sonriendo con un dejo de arrogancia, de sentirse astuta. La idea le gusta y se deja envolver por ella: el paraíso debe ser una gula de culpa sin sentir un ápice de ella.

De la idea lo sacan sus gatos restregándose contra sus pies. Los ve y siente un poco su pregunta, su angustia; los ve y le oprime el pecho. Le gusta el silencio; en su paraíso hay calma, tanta que los pensamientos deben tener eco, piensa, y de nuevo se imagina como paloma astuta, pero el silencio que hoy se le presenta no es complaciente: por el contrario, le duele y les duele. Lo entiende al verlos: ellos no saben por qué su paraíso les hace vivir un infierno. Es como si la biblioteca de Borges estuviera llena de libros malos, o de los libros que él considerara malos. Este silencio viral y endémico, esta ausencia de voces, no es la calma que desearía ni esperaba.

Sus gatos le recuerdan que hace días no puede hablarles. Su expresión es un interrogante, un grito que siente: un “¿qué te hicimos?”. Un reclamo: “¿Por qué el silencio?”. Saben que no ha dormido bien, que su temperatura no ha sido normal; saben, cree que saben, que algo no está bien, pero piensa que no saben por qué el silencio, y eso también lo tortura. Quisiera decirles que todo está bien, pero la voz se le rasga, la garganta se le cierra, el aire le falta, e imagina a Borges tomando página tras página de tramas simplificadas, de figuras retóricas pálidas y delgadas.

La gente a veces olvida, piensa abstraído de sí mismo, que el paraíso y el infierno son opuestos, pero la verdad es que son muy similares, casi idénticos: el uno es solo la perversión del otro. Bien dicen los viejos que el diablo está en los detalles; los pequeños detalles que dentro de todo paraíso consumen el placer de habitarlo: el conocimiento inútil, la gracia torpe del presente perpetuo, de la búsqueda del sentido y no del propósito, la deuda eterna de la promesa no consagrada, la ilusión de la importancia personal y del reconocimiento como pago, seré cuando me digan que sea… Se trataba más de ser a pesar de la incomodidad de ser.

Pero él piensa que los gatos no lo saben y él piensa en lo incómodo de su silencio para ellos, de su ausencia presente, de su indiferencia casi gatuna frente a ellos. No quiero herirlos, piensa; no quisiera incomodarlos con este silencio al que no le pertenezco desde la entrega sino desde la imposición; quisiera que la supieran, piensa Luis, agobiado y abrumado por la idea del sentimiento de exclusión de sus gatos.

Mientras tanto Borges le señala a Borges la expresión que hace esa paloma que parece mirarlos: una expresión extraña de angustia y desesperación. Es casi como si sufriera de algo, como si algo le preocupara, como si su único problema en la vida no fuera simplemente picotear el campo.

Encandilados

El Flaco usa siempre lentes de sol. Cuando le preguntan por qué, dice que sufre del síndrome del mosquito: que la luz lo atrae, que la luz lo abstrae, que le genera un impulso, un movimiento que escapa de su razonamiento; que es mejor cuidarse de eso que lo hala a uno sin entender muy bien el por qué. Instinto, lo llama. Uno tiene que parar bolas, dice.

Lo dice en medio de una resaca monumental, pero lo dice serio, sin rastro alguno de mentira en su voz. Hay convicción en sus palabras e intención en su acción. En otras palabras: el Flaco dice la verdad, el Flaco no miente. Es innecesario mentir, lo repite constantemente; pero puede evadirse una verdad con otra sin mentir. Está bien no responder todo lo que se pregunta. La gente debería ser como los libros: debería recibir solo las respuestas para las preguntas que sepan realizar…

No es la resaca: el Flaco está así por algo más. Tiene la sonrisa envainada; los ojos detrás de las gafas sonríen, el cuerpo le sonríe, el tono de la voz le sonríe, pero la boca está tensa. Está eligiendo las palabras con cuidado, está rumiando su idea, está indeciso. El Flaco sabe que eso es peligroso: una idea que no se digiere cae pesado; la pesadez le da indigestión, y la indigestión de una idea le arruina el día. Le es imposible contener los pensamientos cuando está en ese estado: le brotan a una velocidad que es imposible filtrarlos, se desboca; se suceden con un intervalo tan corto que no puede atraparlos. Y entonces habla, y cuando el Flaco habla uno cree que va a tragarse la lengua: lo hace de corrido hasta quedarse sin aire, hasta que se le atropellan las ideas; y entonces enciende un pucho o una pipa y camina lento y en círculos.

Eso lo calma, al menos un rato. Eso lo apacigua: dar vueltas sobre la idea con la boca ocupada, con el humo jugueteándole en la lengua. Así vuelve a su rumbo, y se sienta de nuevo. De repente me mira; sabe que no he dejado de verlo. Intuyo que sabe que nunca dejo de verlo, que es una especie de pacto entre nosotros, de respeto y cariño.

—Lo tengo claro ya —me dice, y continúa—. Me jode creerme la trama del cuento olvidando que ya lo he leído; me jode terminar caminando con una botella a las 3 de la madrugada por una calle infinita y vacía, que se siente menos sola que yo después de una guevonada de estas…

No lo interrumpo, lo conozco: aún no termina de hablar. Algo más tiene en la garganta, o quizá no quiere escucharse diciéndolo. Si es lo segundo, creo que intuyo lo que es. Puedo decirlo por él, y mientras él duda me animo:

—Todos queremos creer; la única iglesia que tiene la fe de todos es la de ese amor que no se necesita sino que se elige; de esos templos que se palpan, se lamen, se besan y se follan y se usan, esos templos que se veneran no en vano, que se profanan por pura devoción a la carne. A esa iglesia le apostaríamos todos. Que no te joda, Flaco —le digo—. En esa todos somos hermanos; todos pecamos por pensamiento, palabra y omisión —le digo. Me río y se ríe; llevo la mano al corazón y le digo—: por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Él repite conmigo después del primer gesto.

Ahora está liviano, ahora sonríe, con esa mueca suya medio embólica que le estira la cara de un solo lado; sabe que de verdad no está solo, que también he recorrido yo ese camino.

—No todo lo que brilla es oro; han dicho siempre los que persiguen el oro, y aun así uno no les cree —le digo—, con demasiada frecuencia: obnubilados por el deseo nos hacemos los maricas y olvidamos ver más allá de las ganas, de la sonrisa, de la elocuencia, de la esperanza, de las téticas… No hay nada puro, Flaco; no hay ya nada sagrado y uno lo olvida. Entre cielo y tierra nada está oculto, Flaco: han pasado 3200 años y siguen habiendo Helenas por las que vos y yo entregaríamos Troya.

El Flaco me mira y no afirma, pero se ríe.

—Siempre hay un par de imbéciles que creen que con un poco de plumas y brea pueden alcanzar el sol —lo dice mientras se quita las gafas y mira directo a él.

Leña al fuego

—Andá a terapia —le dice—. Yo ya hice mi parte; yo ya fui y hablé mis males. Curate vos de los tuyos: vení aquí perfecto, vení aquí listo.

Eso no se lo dice. No textualmente, pero sus ojos se lo gritan, se lo reclaman, se lo demandan. Está convencida de que su dolor es causa de sus grietas; que él tiene la responsabilidad por ser como es y por no ser de otra manera, por no ser quien ella sueña, que ella quiere, quien ella espera; aunque tiene el potencial de serlo, aunque tiene mucho de eso y porque, aunque le falta poco, nunca quiso serlo.

Él la escucha. Está ensanchando la nariz por respirar rápido y fuerte, como siempre que se enoja. Usa las manos con fuerza y con una elegancia orquestal: parece dirigir los hilos de Mahler, parece renacer sus esperanzas. A él le gusta incluso cuando ella está así, destruyéndolo; a él le gusta verla así cuando habla de las cosas que le gustan, pero lo destruyen cuando dirige hacia él esa fuerza: marca las detonaciones en su cuerpo, baja y abre los ojos y es un golpe a las costillas, un golpe seco y mudo. Uno tras otro. Siente el cuerpo contraerse, siente los músculos tensos y un nudo en la garganta que no deja de apretarse.

Está cansada y él está cansado de no poder descansar, de mantener la guardia arriba, de ceder, de callar, de aguantar. Quiero tregua, piensa. Quiero silencio. Extraño el silencio. Quiero la paz de la ausencia. Quiero la tranquilidad que tenía, la que ella le quitó, la que ella juró cuidar pero que hoy también la provoca.

Vuelva a la carga y le reclama:

—Yo hice terapia, yo hice constelaciones familiares, yo hice regresiones y arquetipos sanguíneos; yo he trabajado en mí y vos no has hecho nada por nosotros. Vos, con tu estúpida terquedad de hombre, no has hecho nada por mejorarte, por cuidarte, por ser mejor para…

Mientras le marca las palabras y las acentúa con los dedos largos; con la mirada punzante; con la boca haciendo esa mueca que ama ver cuando habla de todo menos de él, pero que lo mata cuando se la dirige. Está cansado de eso. No baja nunca la mirada: sus ojos están fijos en ella, en cada cosa que hace, en cada gesto que duele. Siente cada golpe.

No quiere defenderse. Quiere renunciar a su defensa no porque su argumento haya sido devastador —aunque lo haya sentido de una manera fatídica—, no porque ella tenga razón, sino precisamente para no dársela. Se calla, aunque podría decir algo que lo resarciera y lo dejara irse victorioso y orgulloso.

Él podría parar la masacre que recibe; él podría devolver los golpes, sabría cómo hacerlo. Entiende cómo defenderse y, por ende, es importante que se contenga, porque es fácil jugar su juego: adoptar sus tiempos, olvidarse de las reglas y golpear bajo; enfrascarse en los lugares simples, recorrer los momentos frágiles y apretarlos entre los dedos. Es demasiado fácil olvidarse del otro, y él no es de esos. No cede ante eso. Guarda silencio y cada que piensa una respuesta ingeniosa se muerde los labios; cada que haya un flanco descubierto, se muerde los labios; cada que ve la defensa baja se muerde los labios y entonces sangra. Y la sangre en su boca lo alerta: ha aguantado todo lo que puede. Es momento de replegarse, de recuperar las filas.

Se levanta en silencio y aturdido, con los ojos fríos. Su cuerpo está presente, pero nada más de él queda, —Yo ya hice la mía, yo he aguantado —dice él por fin, en un tono frío, distante—; he aguantado todo lo que he podido. Bien podría yo haberte devuelto tu poca cortesía; podría haber convertido todo en carbón y brasa como lo has hecho tú, con tu terapia y tus constelaciones y con todo lo que has hecho. De cada lugar al que vas traes una lista de pendientes, de deudas emocionales a mi nombre, todo lo malo que te pasa es porque yo soy como soy dices; de cada experto, de cada ritual, de cada círculo un nuevo defecto mío… igual a las hipócritas de las iglesias que pregonan el amor por dios pero desprecian al prójimo. Es buen marketing, como el de las iglesias quien viene será salvado, quién no está del lado del enemigo, es el enemigo, lleno de maldad y capaz de corromperlo todo. Uno va a terapia a hacer las paces con uno, no la guerra con el mundo.

Yo aguanté, hasta hoy, sin avivar el fuego. Yo esperé que entendieras que, a pesar de tu miedo a la opinión de los demás… yo estaba aquí, pero no voy a quedarme a que me consumas. No soy madera para tu hoguera, ni vas a convertirme en leña para tu fuego.

Jaque mate

Laura toca la ficha con la punta de los dedos; más que tocarla, la roza, pero es suficiente para que ella se bambolee. La pequeña cruz que lleva sobre ella se ha enganchado en su piel y, después de ese toque, baila en su ausencia. Ella abre los ojos un poco más de lo que hubiera querido; intenta normalizarlos, pero la pupila no es tan obediente como ella quisiera, y esa pequeña sorpresa la ha dilatado y no puede ocultarla: no se repliega con la velocidad deseada. Él la nota. Ella un poco parece que se paraliza, recupera la compostura y, en un movimiento casi fluido, se dirige a otra ficha.

—No, no, no. Es una regla básica: ficha tocada, ficha movida —le dice con la confianza de haber visto sus miedos, con la certeza de tener la sartén por el mango. En el pequeño baile ha visto las jugadas posibles: sabe lo que ella puede hacer si se mueve desde donde está, sabe sus movimientos, sus jugadas. Desde esa posición no solo se retrasa, sino que se expone; ha quedado vulnerable. Y sabe que tendrá que hacer tres o cuatro movimientos para sacarse la presión de encima; que su caballo, su alfil y su torre están en posición de incomodar, de asediar, de llevarla hasta su base, replegándose en su castillo. Puede jugar con su mente, presionarla, ponerla en aprietos, y no va a dejarlo pasar.

Ella agacha la mirada, un poco frustrada: es una regla tonta, estúpida, pero no vale la pena pelearle por ella. Es lo que es: un golpe bajo, un lastre, una pendejada, pero así sos vos, pegado de los detalles. Lo dice sin un tono de reclamo o de ira; lo dice con un tono frío, sereno. Lo dice sin perder la compostura; lo dice sin preocuparse. Lo dice de una manera tan calmada que es casi ajena su reacción: no parece la misma que hace unos pocos segundos dilataba las pupilas ante la idea de haber sido descubierta; ahora afila su lengua y su mano mientras ronda la corona del rey con su dedo.

Él lo nota y duda; se aleja. La perspectiva requiere de distancia. Algo no está viendo, o ella está viendo algo más. Parece una trampa; parece que ha caído en una trampa. Ahora él abre los ojos e intenta mirar las jugadas: algo se le escapa, lo intuye, algo, pero no sabe bien qué. Repasa jugadas en su cabeza, intenta encontrar en su flanco, en su apertura una falla; no la encuentra, pero parece que ella sí. Parece que para ella es claro y, mientras la mira mover su rey, queda atónito. No ha hecho algo que no hubiera imaginado y, por lo mismo, se enfurece: está pensando justo como ella quiere que pensara. Lo tiene en la punta de sus dedos; lo ha convertido en una pieza más del tablero. Baila, baila como el rey bailó hace solo un par de segundos; baila a su ritmo. Siente su mano en la cadera, siente su paso guiándolo a los cuadros que ella desea. Maldita sea, no puede verlo, pero siente cómo lo llevan de un lado a otro, cómo lo cruzan y lo estiran; siente que pierde el control.

Ella lo nota. Lo disfruta. Está perdido: no sabe lo que ocurre en el tablero y no puede ver lo que viene. Está confundido y eso lo enoja; eso es bueno. Cuando se enoja pierde el foco, se tropieza con facilidad; cuando está en ese estado es vulnerable. Lo piensa y se lame los labios: lo tiene justo donde quería. El hombre espera y desespera; el hombre intenta mostrarse calmado, pero no hay chanche. Ella huele la sangre y él está sangrando.

—Linda treta la de rozar el rey —le dice con un sabor agridulce, con un tono herido. Le gusta la treta, pero odia haber caído en ella. Le gusta que el juego sea parejo, que en el tablero se ensucie las manos; le gusta la necedad que la hace reír pícaramente, pero odia perder y sentirse perdido.

—No te enojes —dice ella, adelantando su torre hasta el fondo y acorralándolo contra el caballo—: hoy me toca a mí encima.