Andar entre la miel

Fernando trabaja con el ceño fruncido, la acidez en la garganta lo ayuda a apretar el entrecejo, el estrés lo ayuda a no levantar cabeza, el ruido a su alrededor hace que se encorve e intente ensimismarse; parece concentrado, la verdad es que está más constipado que otra cosa, y eso también lo lleva a recogerse más sobre sí mismo. Tiene retorcijones, tiene, podría decirse, razones para estarlo; más que razones, excusas, pero bien reza el dicho popular… untado un dedo, untada la mano.

Recuerda la sensación de la noche anterior: el frío en la sien, la sudoración fría, la idea rondándole la cabeza… ¿será esto un infarto, un derrame? El cuerpo débil, llenándose de náuseas; las manos, llenándose de frío; su cuerpo en el piso, evitando desvanecerse… ¿Qué mierda le pasa al cuerpo? ¿Serán los años llegando con rabia? ¿Será la muerte manoseándole el futuro?…

Siente el tiempo en su contra, siente la saña y venganza, siente al tiempo rencoroso volver de todas esas tardes donde no hizo más que matar el tiempo, que despreciarlo, y no solo lo dejó consumirse, sino que pareció avivarlo con la mayor displicencia posible, viendo pasar el día sin siquiera intentar hacer algo. Parece que el tiempo tiene buena memoria, parece que piensa en esos días, en esos segundos que fueron desperdiciados y omitidos; son todos esos “mañana lo hago”, ese “pa’ qué estresarse hoy”… Las cuentas son largas; si viene a cobrar, el precio es alto, piensa mientras bebe agua tratando de apagar el ardor de su garganta, en la boca del estómago, en la conciencia y todo.

Una viscosidad invisible parece unir una desgracia con otra. —Las desgracias siempre llegan juntas —decía su madre. Lo recuerda y recuerda que la recuerda solo cuando algo que ella decía describe a la perfección lo que siente. Las cuchas tenían razón, piensa, siempre tienen una forma de volver a decirle a uno “¿vio? Yo le dije”, incluso después de que se han ido. El recuerdo interrumpe el mal rato y parece casi romperlo, deja de apretar de más las manos y la tensión libera la circulación.

Respira profundo y, revoloteando provocativo, un aroma dulzón termina por romper el ambiente donde estaba inmerso; un poco ácido, un poco cremoso, un poco húmedo. No puede describirlo por completo, y tampoco liberarse de él. Lo obliga a levantar la mirada y dejar de mirarse las manos. Ya no hay tanta gente alrededor, ni tanto ruido; solo unas teclas martillean al fondo, solo un tac, tac, tac delicado y seco. El teclado no sufre, se acciona; tiene justo esa precisión de medir su fuerza. Y la ve con las pestañas largas, casi haciéndose cosquillas en los párpados, con la boca proyectada hacia el frente como un pez dorado y con los crespos cayéndole como una escalera en caracol desde las orejas hasta los hombros. Puede ser el sueño, no sabe hace cuánto está allí, no sabe cuántas veces ha estado allí, no sabe cuántas veces se la ha perdido por estar mirándose las manos tecleando, por estar en esa espiral hipnótica que lo lleva a descender y con ella a donde ella vaya sin notarla a ella. La duda lo inquieta, pero no tanto como desencadenarla, y sigue disfrutando de verla, de olerla. Es ella la que huele como olían esos otros cuerpos que lo han engatusado, ese aroma irresistible, esa huella recurrente en su cabeza. Huele a ella, a ellas, a otras, a sus otras; huele a musa, a dulce tentación, a ganas, a deseo, a su deseo. Y por eso la mira jugar con su cabello, por eso la mira ignorarlo, tomar café; la mira trabajar, jugar con su cabello, como él quisiera jugar con su cabello, sus dedos de uñas cortas, su belleza casi rústica y simple, su piel amoblada para retozar sobre ella, para cargar y para sostener, para disfrutar, para jugar, para recorrer, lamer y probar. El pensamiento se ancla y la cara le cambia, las miradas se cruzan y, aunque el ceño de ella acompaña la proyección y el puchero de sus labios, él sonríe. Se da cuenta de que ya no le sabe todo tanto a mierda, lo piensa y se ríe: el que anda entre la miel, algo se le pega.

Tres deseos

Los genios viven en lámparas, soñaba de niño el niño; los genios cumplen deseos, pensaba él mientras dibujaba una lámpara en su cuaderno. Ese ademán le quedaría toda la vida: anillos y dijes con decoración de lámparas para frotar y desear. Creía que cuando una lámpara cumplía el genio estaba libre desde que a ese dibujo le pidió que Yuliana lo mirara en clase y ella, con esos ojitos girasolados, lo había mirado; luego había deseado que le hablara y ella, al verlo a los ojos, le dijo que qué le miraba y terminó por creer cuando ella le había besado la mejilla en respuesta a su respuesta. La magia habían sido las palabras y la propia infancia, porque cuando él le dijo que los ojos más lindos del mundo, pensándolo de verdad, ella, sin poder hacer más que creerle, no pudo más que besarlo de agradecimiento… A su favor tenía que él de verdad creía lo que decía, y en la magia que le había ayudado a decirlo. De esa no se recuperó.

Al día siguiente intentó pedirle a la misma lámpara las respuestas del examen de matemáticas y de su división de dos cifras, pero no hubo resultado. Su veredicto estaba claro: ninguna lámpara podía cumplir más de tres deseos. La borró y buscó otra. Portadas de cuaderno, cerámicas de su mamá: lo hacía con algo de desconfianza; llevaban toda la vida allí. Es fácil hablar de absolutos, de eternidades, cuando la existencia ha durado solo nueve años. El caso es que creía que eran viejas; al no cumplirse sus deseos, confirmaba que ya habían sido utilizadas, y seguía en la pesquisa. Aprendió que viejo y limpio era señal de uso, pero viejo y roído, de abandono, y en el abandono había la posibilidad de que al menos quedara un deseo…

Muchos se habían ido igual que los tres primeros: por una mirada, por un beso, por un final feliz… Nunca para frivolidades, ni plata ni negocios, ni fama. La magia pertenece a los ojos girasolados, a las pieles de caramelo y los labios endulzados de deseo, jamás para nada más. La magia se desea, se hace desear, debe ser digna antes que útil, debe ser anhelo antes que fruto, está condicionada por la posibilidad inimaginable de ser, y aunque termine, aunque se acabe, aunque no haya mañana para el deseo, no es vano que se consume ni que se consuma, porque si se vive se celebra y si se extingue, libera.

Se es preso del recuerdo consumado, y allí se siente cómodo: entre sus labios, entre sus manos, entre las palabras dichas entre los labios lamidos, entre las piernas recorridas y los susurros entrecortados. En él viven sus deseos, en eso piensa, en eso divagaba hasta que ella lo regresa a la tierra.

—¿Hola? Tierra a Raúl, te pregunté por qué te gustaban tanto las lámparas.

Él sonríe, la mira, se pierde de nuevo en su cabello rizado, en sus labios gruesos, en los ojos brillantes y acaricia, de manera casi instintiva, el anillo en el que tiene aún tres deseos. Calla, pero la mira; sonríe mientras la mira, mientras recorre las comisuras de sus labios, mientras acaricia su mano y se adentra en su mirada…

Sabe que la magia es un secreto, que no se devela porque podría no cumplirse. Esa idea lo atemoriza, mucho más teniéndola enfrente, así que contesta sin contestar: son bellas, tienen algo que me atrae… en eso se parecen a vos. Ella sonríe y se ruboriza; él borra un deseo. Él aprovecha y estira la mano para tocarle el rostro. Al tacto se sienten cálidas y reconfortan, también como vos, dice él mientras que se acerca a su rostro y sus labios. La besa lento, húmedo, tierno… y borra otro deseo. Ella, al separarse, se muerde los labios. Él entiende que la magia ha sucedido y la hala hacia él mientras que consuma su tercer deseo.

De tripas corazón

Mira afuera atravesando la pantalla del computador que se le atraviesa, está soleado, el verde de los árboles está encendido, vivo, juguetón, los rayitos además le dicen que es uno de esos días que generalmente se reconocen como buenos días, el cielo no tiene nubes y el azul clarito se expande; no le gusta, de eso tan bueno no dan tanto, piensa, el calor ha estado insoportable y venimos de una temporada de lluvias… eso hace que la tierra tiemble, dicen, pero no les cree porque las personas que dicen eso también solían decir que si uno se tiraba a un charco en Semana Santa se convertía en pescado, las mismas dicen amar al prójimo siempre que sea de derecha y vaya a misa, que no sea gay, ni esté divorciado, que no sea negro, ni indio, ni mulato, esas gentes que dicen hacer todo lo que su dios les dijo menos amar al prójimo, de esos aporofóbicos que dan al pobre solo para recordar que tienen el poder de ayudar olvidando que tienen es el deber de hacerlo.

Necesita un café oscurito, del color de sus ideas y pensamientos, amarguito como la realidad en la que piensa, algo para sacarse el mal sabor de boca que le producen los inoportunos y los insensatos, tan poquito humanos y, por desgracia, tantos humanos así hacen que cualquier día no sea un buen día; mientras el café se muele piensa en cómo carajos se dice que se vive tan bien en un lugar donde todo parece estar mal, las prioridades, la gente… el aroma del café molido lo saca de su mal rato, por lo menos hay buen café, piensa, eso es importante, piensa mientras su gato le juega entre las piernas, de a poco la cabeza se le desenreda, no es la música la que calma a las bestias, son los ronroneos, piensa mientras mide el café, mientras lo prensa y lo asegura a la máquina, mientras sirve el agua y la deja caer en un hilito transparente, mientras gira hacia él la palanca… dependemos tanto de las cosas cotidianas para sobrevivir a las cosas cotidianas, piensa finalmente con una apatía tan felina como la de su gato frente a sus problemas, mientras lo ve dar vuelcos sobre su cabeza y ofrecerle panza para ser acariciado; no puede resistirse a una invitación tan directa y se sienta a su lado para acariciarlo mientras espera que el agua caliente recorra con cierta presión el café molido y salga cargada de vida en su taza, tiene poco y eso hoy es mucho.

Mientras haya café, piensa, mientras la comida sepa bien, mientras haya agallas y orgullo, mientras haya hambre, piensa, mientras uno sienta que el pecho se le comprima, mientras haya rabia e indignación, mientras haya algo que haga que las manos no dejen de escarbar, mientras que no las paren las llagas, mientras haya dolores ajenos que duelan como propios o que por lo menos pueda uno imaginarse, mientras que las lágrimas sean de frustración y de rabia, mientras que duela y porque duele este pueblo sabe cómo salir adelante a pesar de sí mismo, es así siempre, tercos desde chiquitos, metiendo la cabeza sin pensar mucho en nada, por donde pasa la cabeza pasa el cuerpo, nos decían mientras llorábamos asustados al sentir barras de hierro aprisionándonos el cuello o un túnel apretarnos un poco los hombros… fue cierto siempre, salimos al otro lado, un poco tallados y maltratados, pero siempre salimos al otro lado, a pesar de ellos, a pesar de nosotros y de los otros, cierra los ojos un momento, recibe un rayito de sol que se cuela por una ventana igual que su gato, disfruta su calidez, su suerte, a pesar de todo y todos hay buen café, por lo menos hoy.

La cafetera deja de gotear, sirve y deja reposar un momento, piensa en todas las veces que ha tenido que ser fuerte, en la soledad que lo acompaña, en las veces que le dijeron que no, que no había con qué, que no alcanzaba, que en la casa había sopa, que no se podía, piensa en las noches de angustia mientras que los tiros silenciaban las calles, en los pueblos tomados, derrumbados, en el barro, en la sangre, en las bombas, piensa en todas las veces que se ha caído este pueblo, bebe el café… se pone las botas, aún hay escombros por recoger, aún hay mascotas por encontrar, aún hay gente que ayudar, hoy hay que seguir haciendo de tripas corazón.

Lagartija

Fabio tiene la cara un poco golpeada por el día; le pasa cada día y él simplemente camina de nuevo hacia cada comienzo, como Alfonsina camina al mar. No hay día que no sienta que es un sparring desparejo, un hambriento y debilucho; aun así, trepa con confianza al ring, aunque sabe que no será diferente. Su vida es poner la otra mejilla, sentir el golpe y el descarte. Él se lo banca como puede, sin orgullo ni mérito, sin nobleza enaltecida; lo hace porque es lo único que puede hacer. No tiene la piel tostada por el sol, no tiene callos en las manos ni los pulmones comidos por el hollín. La ha tenido fácil, piensan muchos al verlo, aunque la cara a veces logra persuadirlos. Parece que algo le pasa siempre, que nunca está en paz; parece cansado, desgastado… aunque su único trabajo real es leer libros y escribir libros; aun así, la vida trapea el piso con él siempre que puede.

—¿Estás bien? La pregunta es cotidiana y simple, pero él nunca la evade.

—No, nadie puede estarlo, pero, por todo lo demás, no me quejo.

La respuesta parece hilarante a algunos, angustiante a otros, dramática a la mayoría, pero Fabio no miente. Así siente que se siente sentir tanto. Es una confesión más que una corazonada; es simplemente lo que tiene para decir y lo dice.

—Siempre optimista —le recriminan, con burla y algo de cariño, los más cercanos, esos que parecen sus sombras.

—Siempre —contesta él, con una sonrisa que parece ignorar la burla y afirmar como postulado su contenido.

Y, cuando nota esa mirada un tanto desorientada e incrédula, se explica, aunque no es necesario, aunque resulte inoportuno:

—Sabés que soy agnóstico, que desconfío de teístas y de ateos por igual, que no me desgasto en controvertir creencias y que no busco demostrar que alguien tiene la razón, aunque no pueda resistirme a señalar uno que otro error; pero no para demostrar que yo no lo esté. Es algo más de estandarizar la posibilidad del reconocimiento de los conceptos. Un mundo en el que la gente esté abierta a sus errores sería un mundo mejor. Pero el caso, amigo, es que puedo contemplar la idea y eso me hace un optimista, porque no es optimista el que cree que todo va bien pese a la evidencia, sino aquel que puede imaginar un presente mejorable y un futuro mejorado.

Puede ver en los rostros de sus interlocutores que la respuesta los deja con mal sabor de boca. Sonríe para sí mismo: es un poco el sabor que él tiene cada día. Ha sido una pequeña cucharada involuntaria de su propia sensibilidad. Cada día la vida le sabe así. No pretendía hacerlo y, para él, no es del todo un mal sabor; es un poco un gusto adquirido. Leer libros, escribir libros… Los abuelos tenían razón: no lea tanto, que se enloquece; no piense tanto, que eso hace daño. Para él, el daño ya estaba hecho, pero siempre le ha gustado hacer daños. Daña ideas. Dañar implica descubrir qué hay dentro de. Para él funciona, pero sabe que es un acto violento el de romper la frágil felicidad para ver qué la compone. Se disculpa:

—Perdoná, no era la intención. Vos sabés que soy así: una lagartija con la piel delgadita, que todo se me cuela, que de cualquier lado me pego, que por todo lado me arrastro, que el mundo lo llevo de cabeza, que tengo la sangre fría y que me escurro por todo lado. No puedo evitarlo —dice mientras saca la lengua por un costado, pintando el cuadro de una forma ridícula y banal.

Se ríen y él respira aliviado. El dolor no es suyo para que lo carguen y no es necesario para ellos; sin embargo, él lo acepta gustoso. Le duele porque está vivo y atento; le duele y, mientras todo le duela, podrá seguir creando; mientras todo lo incomode, tendrá que seguir creando. La vida le duele y, entonces, mientras le duela, sabrá con seguridad que la vida vale la pena. Y sigue su camino con la cara un poco cansada, pero con una sonrisa en el rostro.

—Pobre marica —dice quien se lo cruza—. Tiene la cabeza hecha un costal de anzuelos.

Y no se equivoca, pero a Fabio eso no lo jode: resistir es el precio de estar vivo.

No llegan solos

Cada que suena una canción que le gusta, se levanta como un resorte de la silla, se quita las gafas y comienza a saltar. A su alrededor se paran, lo imitan, brincan y rebotan. Él marca el ritmo, siempre marca el ritmo: ágil, rápido. Parece acostumbrado a hacerlo, pero no lo está; lo mueve más el miedo que el impulso. Lo supo al sentarse y ver, a lo lejos, figuras parecidas, pero con ropas distintas a las que él lleva: vestimentas aburridas, caras largas… Terror le despierta la imagen.

Por eso brinca de su silla como un acto identitario. No quiere ser como los que se quedan sentados, necesita poner distancia. En un par de ocasiones ve que lo miran; presiente que con envidia. Pero no son los únicos que lo miran. No lo nota, pero los demás se extrañan: lleva años sin ser ese que hoy no quiere parar.

Brinda y no se mide, parece un recuerdo de sí mismo. Sigue estando loco, piensan, y disfrutan del espectáculo. Se contagian de su ritmo, pero no pueden seguirle el paso. Él no lo nota, no sabe que no son siempre los mismos; imagina que es natural que todos hagan lo que siempre hicieron: estar a su lado sin dudar ni cuestionar. Cierra los ojos y marca el ritmo de la canción mientras ondea su cabello de atrás hacia adelante. Piensa en los noventa, cuando lo hacía siempre; piensa que los noventa fueron hace diez años, sin recordar que fueron hace casi treinta.

Hoy es ese que fue. Hoy no es de esos que, a lo lejos, se comportan como tíos de fiesta, sentados y cansados. Hoy es todo lo que ellos no son, hoy es divertido y fiestero. Hoy toma sin preocuparse por el reflujo ni por la lumbalgia, ni por los documentos que lo esperan en casa, ni por sus pendientes. Hoy es ese que siempre encontró tiempo para perder el tiempo.

La música parece moverlo. Grita y canta, celebra, se celebra, sin pensar, sin ocuparse de sí mismo; le basta sentirse diferente de los que están lejos, de los que se alejan de su propia imagen. Baila, baila y no parece cansarse… La noche lo acepta y lo recibe con cariño.

Cuando despierta, abre los ojos con cierta cautela. Sabe que aún la cama da vueltas, tiene reseca la garganta y respira en un tiempo artificial para contrarrestar las náuseas. Aunque no sabe bien a qué horas se ha dormido, sabe que ha dormido poco y sabe que lo que viene no puede evadirlo con un chiste ni con una morisqueta. No todo es cuestión de actitud y, por lo que su cabeza parece decirle, está a punto de vivirlo.

En su euforia ha olvidado los rituales: el suero no está en la nevera, los analgésicos no los tomó antes de dormir, no hubo masaje en los músculos con cremas frías ni calientes. Está a merced de su naturaleza desgastada. Los músculos están tensos y golpeados; el cuello, la espalda, las rodillas, cada músculo hace fila para reclamarle la audacia, la osadía de no recordar sus límites, de obviar el protocolo y de omitir su limitada realidad. Sabe que, en cuanto se doble sobre sí mismo para levantarse de la cama, sentirá esa tensión liberada presionándole las vértebras y coyunturas, sentirá el músculo expandiéndose y sentirá, sobre todas las cosas, el no poder engañarse ni evadirse, el no poder distanciarse de esa imagen que lo llevó a extralimitarse, a nadar contra la corriente, a fluir fuera de todo su cauce.

Reúne sus fuerzas y tira de sí mismo hacia el frente. La espalda se expande, el lumbago se contrae, el dolor se apodera de él. No quiere decírselo a sí mismo, aunque lo ha pensado ya varias veces y ya no puede evitarlo. Las palabras salen de una manera tan natural que no tiene más que aceptarlo:

—Soy un puto viejo y los años no llegan solos.

Reloj de pared

De izquierda a derecha sacude la cola a un ritmo placentero y, con su movimiento, marca el avance del tiempo; parece casi contento, diría uno, incluso, que feliz, sin razón, sin motivo y, sobre todo, sin necesitarlo, soberbio como un loro que se ríe justo cuando alguien se cae, él tranquilo mirando una lagartija inoportuna que se niega a moverse esperando que él se canse… si yo tuviera su paciencia, pienso y sonrío… mauuuuuuuuuu, le digo; mauuuuuu, me responde; no nos decimos nada, pero es mi forma de decirle gracias, no nos decimos nada, pero es su forma de decirme que no le pare bolas a eso.

Quisiera, yo quisiera, pero no puedo, no sin traicionarme, no a sabiendas de que si dejara de importarme lo que me importa, si viviera como otros viven, si aceptara de manera tan sumisa, me sería impropio, la pelea hay que darla, tiene que poderse, necesito que se pueda, y si no, por lo menos intentarlo, se puede perder, se vale perder si se pierde con la frente en alto, aunque no sirva de nada, como él gritándole a esa lagartija, como su deseo de saborearla, como su intención de arrancarle las patas y saborearla… quiere, quiero, pero la vida no nos da nada, solo una boca para maullar la rabia y la impotencia de no poder morder, de no alcanzar, de no llegar.

No se mueve y no se altera, en eso me gana, tiene ese instinto de cazador juguetón que a mí me cansa, tiene esa fuerza y ese ímpetu que le permite esperar, sabe que vendrá, sabe que bajará en algún momento, por alguna razón, sabe que es cuestión de tiempo… no es cierto, miento, no lo sabe, pero aun sin saberlo no pierde la calma, le basta excitarse imaginando su sabor, yo no puedo, no me basta, no es suficiente, quiero su boca en mi boca, agarrarla despacito, disfrutarla de a poquitos… pero me cansa esperar, me cansa la conversación tan vacía, tan lejana.

Él parece esperar indiferente, sé que no lo está, deseo que no lo esté, no puede estarlo, no si realmente le gusta, no se puede fingir indiferencia, aunque sí se puede renunciar al deseo, pero no tiene cara de estar cansado, no tiene cara de notar la hora y no ha tenido un día largo que lo atormente, no tiene por qué dar el brazo a torcer, no es como si le hubiera dejado de escribir, no es como si hubieran hablado de algo alguna vez, ella es una lagartija y hace lo que sabe, caminar por los techos, qué culpa tiene ella de que a él eso le guste, nunca lo hizo para él, ni le pidió que la mirara hacerlo, aunque le gusta su atención, le hace palpitar fuerte el corazón y le calienta la sangre fría que le congela el corazón, glu glu glu, le grita en ese juego de escondérsele, porque quiere que la mire, con sus ojos fríos, hambrientos, sedientos, y él acude, con ganas, con la boca hecha saliva… mezquina y manipuladora, casi humana, casi cínica, no tiene mucho adónde ir, hace lo que sabe, es su naturaleza, pero él tampoco tiene cómo resistirse, así es la suya.

Ese cortejo fúnebre, casi triste, es interesante de ver, lo suficiente para no perderlo de vista sin perderla de vista, quiero ver qué pasa, incluso si no pasa nada, no tengo su disposición juguetona hacia la ausencia y la distancia, odio esas frivolidades, pero es mi naturaleza ver, mirar y tratar de entender, esa es la peor parte, cuando después de un rato no hay nada que no pueda justificarse, porque se nota que los sobrepasa, que no es su intención, que nadie intenta dañar a nadie, casi nunca, muy de vez en cuando, que los buenos sí somos más, que los daños son colaterales, que la culpa no es más que un remordimiento frente a un capricho tozudo que no tenía nunca ni futuro ni fundamento, jode verlo, jode darse cuenta viendo un gato ver una lagartija que parece ocultársele mientras hace ruidos para que la vea, para que la encuentre, y en medio de ese caos, cucú, cucú, cucú, cucú, hasta llegar a las 12, y entonces él voltea con su cola como un péndulo tranquila marcando los segundos, viendo la pequeña artesanía de madera aparecer y desaparecer… olvidando que desde el techo lo observan, río de nuevo, no tengo su desinterés natural y maldito mientras le quito las pilas al puto reloj.

Retazos

Javier le golpea el brazo a Santiago y le señala con la boca hacia dónde mirar. Javier tiene los ojos y la boca abiertos y la mira con asombro. Santiago sigue la instrucción y, cuando la mira, la mira con escepticismo.

—Es perfecta —dice Javier.

—Parece bella —responde Santiago—, pero luce intacta.

Aunque sabe poco, intuye algo cierto y continúa:

—Nada bello lo está, lo bello viene del daño, del dolor, lo bello es una herida supurante y latente, es una rabia, una angustia, es el miedo agigantado y poderoso que acorrala a un niño hasta hacerlo orinar dándole vida a una silla con ropa en la oscuridad, petrificándolo; lo bello es violento, muerde y araña, lo bello es blasfemo y arrogante, lo bello es arte y ella no tiene eso, ella parece réplica de lo que le han dicho que es, pero nada la atraviesa y tiene la mirada vacía sin intención alguna, barro más que arcilla y silencio más que partitura.

Javier niega con la cabeza y traga saliva porque la mirada de ella se dirige hacia donde están los dos sentados, al otro lado de la plazoleta de la U, pero ella no los mira, los ve, pero no los mira. Santiago lo nota.

—Ella ve dos bultos, Javi, nos atraviesa como todo lo que no cumple el canon estético que la rige, nos desplaza con ausencia como todo lo que le parece insuficiente, para ella el otro le es extraño, no conoce nada fuera de sus colores, no cuestiona, no increpa, descarta con una facilidad casi propia, aunque sea prestada y no sepa siquiera quién se la prestó, ella no sabe de qué está hecha, no ha tomado una decisión propia en su vida, no se ha montado en un bus, ni completado un pasaje, no se ha montado nunca por la de atrás ni le han faltado dos monedas… ella guarda silencio ante sí misma y desconoce su propia voz, parece indiferente, pero no puede serlo, la indiferencia es una decisión, ella no toma decisiones, güevón, no nos mira porque no sabe vernos, estamos en otra dimensión por fuera de las suyas, detecta nuestro volumen, ancho y largo, pero ella no puede ver la pobreza, piensa que vos y yo somos pobres porque queremos y que nos bañamos con jabón de olor a mandarina porque nos gusta el olor…

Javi no quiere creerlo, pero sabe que Santiago sabe de lo que habla. Él lo sabe con solo verla.

—Es casi real —le dice—, casi, y ese casi es quizá lo único vulnerable, quizá ella lo sabe, quizá lo nota, cuando se mira en el reflejo de un espejo puede que vea que ella no está ahí del todo, no realmente, que hay un objeto frente al espejo, pero que nada llena la imagen que proyecta la refracción, que no sabe de qué está hecha, pero tampoco puede construir la idea, solo tiene la sensación del vacío, intentará orar como le han dicho que debe hacerlo porque siente que su deidad puede colmar esa ausencia… aunque no pueda, aunque no exista, la idea de que lo haga la reconforta, la idea de que su voluntad y gracia puedan llenarla, su soplo avivarla, la reconforta, de la misma forma en que lo hacía el Ratón Pérez, los Reyes Magos y el Niño Dios, que siempre fue mejor que Papá Noel con los regalos… bueno, para nosotros; para ella puede que siempre haya sido Santa Claus, aunque al preferirlo no actúe acorde con lo que dice creer.

Egoísta es, cínica es, aunque no se reconoce como tal, lo que la hace humana le molesta, aunque acepta citas en las que no está interesada solo por recibir comida y atención sin tomar en consideración el esfuerzo de quien la pretende ni la idea de conectar con quien la escucha… eso que la llenaría de vida al llenarla de una naturaleza violenta y ventajosa, eso lo desconoce, actúa, sonríe, asimétrica en su entrega como una receta de arroz: una migaja por dos de agua brinda a quien la rodea, quien le parece aceptable, pero por quien no se preocupa realmente.

—Tenés que tener cuidado, güevón —le explica Santi a Javi—. Ella se considera hecha y derecha, obvio, de derecha, de las buenas costumbres, de la fe y la razón… En eso, ateos y teístas suelen ser muy similares: en dejar que su creencia los defina, en atacar a la contraparte un poco como peces betta o hinchas de fútbol, el del frente, aunque es idéntico, no lo reconocen como tal y entonces lo atacan, se atacan, a costa de su propia vida… si ella llegara a verte un día peinado y perfumado, bien vestido y lavado, quizá te repararía, pero así, con esta pinta y olor a profesor de filosofía o a punkero enguayabado, nunca; ella no busca quien la haga dudar de ser quien es, quien la haga sentir individuo al separarla de su comunidad.

—Se va a ir —le dice Javi con una voz agónica.

Y la ve levantarse y avanzar y cuando se levanta es como si no llevara nada a cuestas, ni el polvo se le pega, y Javier, enamoradizo como siempre, se muerde la boca y se rasca el dedo gordo de la mano con la uña del dedo índice y ansioso la ve partir sin tener nada que la haga recordarlo, mientras que Santi la ve hacer lo mismo sin nada que lo haga recordarla, ni una sola seña ni una sola huella; recordará, sin embargo, la sensación de haber visto otra obra terminada de una línea de producción perfecta y aceitada. La recordará como un síntoma de esos que encuentra en cada esquina, mientras que Javi la recordará por siempre como una enfermedad terminal, de esas que crecen y ocupan cada vez más espacio.

—Ella no tiene nada de sus abuelos —le dice a Javi—, es de esas que ha olvidado u omitido todo sacrificio de sus padres y desconoce la historia de las calles que recorre, tiene cicatrices de heridas que ya no recuerda, ella es como una marca de vacuna contra la tuberculosis: permanente y arrugada pero olvidada, vive como un pez en el mar, en medio de un colectivo que la valida aunque no sepa reconocerse como una suma de reacciones, ella se cree única, sabiendo que, al igual que vos y yo, es una colchita de retazos… despertá, güevón, vos solo la querés por antojao, porque te han dicho que la dicha viene de la mano de chulitos en los tenis, de diamantes en las orejas, de comidas fuera de cocas plásticas… y cuando por fin ella se va, ellos se quedan recogiendo los pedacitos.

Contar cuenta

—Pico —dice un niño, y lleva su pierna derecha hasta acomodar el talón justo frente a la punta del pie izquierdo.

—Monto —responde otro, llevando su pierna izquierda hacia el frente para acomodar el talón izquierdo frente a la punta del zapato derecho.

Jairo los mira desde lejos. A su alrededor hay 23 o 24 niños más: unos altos, otros bajos, unos gordos; bueno, gorditos, a esa edad los niños gordos son pocos, a menos que se pongan cortos y guayos. Ellos, esos que atestiguan, están nerviosos. A esa edad, entre los 8 y los 12, nadie quiere quedarse fuera, pero solo 22 juegan. A alguno le tocará de árbitro, y los pequeños dictadores que eligen los jugadores tienen la misión de equilibrar el partido. El primero que escoge siempre elige al mejor o al mejor amigo; el segundo hace lo mismo. La calidad y la amistad. Tardarán años en darse cuenta de que eso será ley siempre: a uno lo escogen por bueno o por buena onda. Hay que ser muy bueno en lo que sea para que lo escojan siendo mala gente… aunque, como cantaba Bersuit, es solo una figurita el que está de presidente; no importa cuántos te escojan, las cosas no cambian.

—Pico —dice uno.

—Monto —responde el otro.

Y se acercan, y los que flaquean en habilidad sacan pecho o buscan hacerse cerca de los que son más malos que ellos para ser una elección segura, o más cerca del que mejor les cae para ser un buen premio de consolación. Los otros se acercan al centro con las manos atrás, sin decidir, sin moverse, simplemente por eliminación, sin saber hacia dónde irán. A sus ojos, los que escogen tampoco son tan buenos; no temen estar de un lado o del otro, les parece lo mismo, así que aguardan. Los que no son tan malos como los otros malos saben que los elegirán, pero los malos malos saben que deben hacerse elegir, porque de lo contrario confirmarán lo que todos saben: que son malos. Prometen gaseosas y papitas, prometen tapar y no quejarse, prometen traer otro balón. A toda costa, incluso a la de sí mismos, necesitan ser elegidos, no pueden quedarse sin eso.

Hay cosas que nunca cambian, piensa Jairo, cansado, al borde de la acera, con los pies recogidos, con el pucho entre los labios, con la pola vacía al lado izquierdo. Hay males que siempre están presentes, piensa, que son humanos, más que humanos, sociales. No pueden juntarse tres porque hay dos, siempre, queriendo dejar a uno por fuera. Siempre hay uno que piensa que lo que hay para repartir, sin importar si es mucho o poco, es más si se reparte entre menos…

—Pico —grita uno.

—Monto —le grita con rabia el otro, mientras le pisa los dedos.

El poder hace eso en la gente, incluso en los que se ven inocentes. El pisoteado camina cojo y quejándose; ya no quiere escoger al mejor ni al mejor amigo, sino al que más pata dé. Al que ganó ya no le importa el resultado; pase lo que vaya a pasar, él ya ha ganado la derrota de su contrincante… Mezquinos, enanos mezquinos.

Mientras fuma y toma, lo entiende: a uno le han contado y lo han contado. Contar cuenta. Quedarse por fuera también cuenta, aunque margina, aunque relega. Pensando, se da uno cuenta de que al final uno no cuenta tanto; sin embargo, hay momentos donde que no cuenten con uno cuenta mucho para uno. Sobre todo hay edades donde eso es importante, profesiones, espacios, momentos… Pero, por fortuna, después de los 30, por ejemplo, a uno ya no le importa. Uno ya no quiere que cuenten con uno, sabe que para eso siempre hay otros, que para algo siempre hay uno… que no necesariamente es uno. Qué importa que no cuenten con uno. Al final solo el que cuenta cree que es importante contar, y los contados van por ahí pensando que han sido parte del triunfo simplemente por haber estado del lado que para ellos cuenta…

Azares

El principio de incertidumbre dice que todo es posible mientras no se decida nada, que cada momento previo a una develación es convertido en un sorteo infinito donde el universo se fragmenta miles de veces y se completa hasta que la cortina se corre y solo una se materializa y queda frente a nosotros materializado el presente, destruyendo, en consecuencia, cualquier otro futuro.

Cada padre pudo tener un mejor o peor hijo y, aun así, sin saber lo que viene, sin entender lo que perdieron, cada uno te recibe con miedo y te aprieta contra su pecho, te levanta un poco y te mira con la piel blandita y un olor a sangre, sudor y jabón, pensando que se ha ganado la lotería, con miedo de verte sufrir, con miedo de hacerte sufrir, sufriendo de miedo, lleno de dudas, paralizado por la incertidumbre y la felicidad; no sabe cómo, pero sabe que tendrá que hacer que todo salga bien, no sabe cómo ni tiene idea de lo que vendrá, de la primera fiebre, de la primera hambre, de la primera caída, raspadura, hipo, dolor de estómago; no sabe, pero su cuerpo parece advertirlo, la sensación lo abruma y lo hace valiente al mismo tiempo… no sabe cómo, pero algo tendrá que hacer.

De lado quedan sus otros posibles futuros, el trabajo ahora es necesario pero no importante, tendrá que hacer nuevos amigos con quienes se encuentre en bautizos, piñatas y escuelas de padres, de fútbol, de dibujo, de baile, de artes marciales… Que sus viernes en las noches ya no serán los viernes en la noche… Nada de eso le importa realmente, pero sabe que pasará, no piensa en ello, no lo inquieta la facilidad con la que renunció siquiera a hacerlo; confirma algo que en el fondo sabía: no era tan importante, solo los nervios lo consumen, solo la ansiedad lo ocupa.

¿Qué faltó por hacer?, ¿qué le faltó por aprender?, ¿cómo podrá ser para él lo que siempre quiso para sí mismo?, ¿qué no repetir?, ¿qué no omitir? Se imagina en la sala de partos, se imagina en el primer día de clase, se imagina enseñándole algo que le cueste comprender, se imagina sus preguntas incómodas, su imprudencia acompañada de sus prejuicios y los momentos de tensión que vivirá por culpa de ellos…

Piensa también en el primer día que lo lleve a estudiar, en el día en que deje de cargarlo para darle su tetero, piensa, sin haberlo aún conocido, cómo será despedirse de él y le duele el pecho, piensa en los momentos donde se transformará de héroe a villano, donde ya no coincidirán, donde su ética le parecerá anticuada y moralista, y no individual y reflexionada, en esos momentos donde dejará de ser sabio y certero, empezará a ser errático y viejo; sabe que es inevitable que el mundo va a separarlos y recuerda que su tiempo será limitado, piensa en cuando lo encuentre llorando, borracho, con olor a cigarrillo o alguna droga, cuando lo vea callado y perdido, si sabrá estar ahí para verlo a la distancia y si sabrá acercarse para recortarla, piensa todo de una manera continua: infancia, adolescencia, adultez; vive su vida sin haber vivido los momentos y no puede parar, es una ráfaga de emociones, de contracciones, él mismo convertido en un principio de incertidumbre, pensándose como padre mientras se recuerda como hijo, mientras teme y sufre y se emociona, ilusionado con darle limón por primera vez, con llevarlo a la cancha, enseñarle a montar bicicleta y luego moto, en pasar una tarde juntos, en verlo maravillarse con animales, con paisajes, con experiencias que él también recuerda haber valorado, quiere llorar y gritar, quiere correr y quedarse quieto todo al mismo tiempo…

Vuelve a bajar la mirada y en la pantalla sigue el mensaje.

—No me ha llegado, Santi…

Y el mensaje de «escribiendo» en la pantalla, que le indica que algo más viene… pero a él no le importa, ya nada le importa.

La otra cara

—Conozco esa mirada —le dice Ernesto a Gloria.

Ella baja la cabeza, le esquiva los ojos.

—No estamos en el mismo mood, pero no vale la pena hablar de eso —le dice con la voz cansada, cansada de él, de sus tiempos, de sus prioridades, de su falta de interés y de energía, de su ausencia presente y constante, de su silencio incómodo, de sus palabras bien elegidas y cadentes, de su poca espontaneidad y de su diferencia indiferente hacia ella.

Él la escucha y se muerde los labios, siente el pecho contraído, conoce esas palabras, la forma, el fondo e intuye el trasfondo también, lo ha recorrido antes, lo ha saboreado antes, lo conoce y lo recuerda, la ha visto antes, esa mezcla de nostalgia y decepción, la tenían sus papás en los ojos cuando se dieron cuenta de que lo habían echado de la universidad, y era la respuesta a casi cualquier decisión que tomara, la había visto en sus profesores de manera reiterada cuando era incapaz de responder, y en los ojos de una niña preciosa quien había estado enamorada de él toda su infancia, que soñó con encontrarlo de grande y llenarlo de alegría y de hijos, y él no recordaba siquiera su nombre… Sabía lo que venía, sabía qué iba a pasar.

—No ha sido una semana fácil —dijo, y quería seguir, quería decirle que así no funciona, querida, que tenía que entenderlo, no es solo lo que vos ves, entendés, no se trata solo de lo que vos querés, no soy solo lo que vos pensás que soy, mirá… las cosas son como son, aunque a veces las veamos de manera diferente, aunque no tengamos el panorama completo, que no veamos el otro lado de una moneda no significa que no lo tenga o que sea igual por el otro lado, se sabe de manera implícita, se conoce por norma general, es lógica pura, pero nos cuesta completar la imagen, es más fácil no hacerlo, nos gusta estar cómodos y dejamos de buscar lo que evidentemente falta, está claro que sabemos que algo se esconde, que no está presente y, aun así, evitamos verlo, evadimos nuestra responsabilidad al omitirlo.

La tierra fue plana por culpa de ese tipo de pensamientos, hay incluso una frase, amiga date cuenta, las cosas no son solo lo que creemos, son lo que son, eso es lo que ya deberías saber, estás grande, sabés que el mundo no es color de rosa, es imposible vivir así prestándole tan poca atención a todo, pretendiendo que lo tuyo es lo único que importa, no sos solo vos y tus deseos, ni tu intuición, no es solo tu espacio, tu tiempo y tu vida…

Quería decirle que se podía hablar, que todo viene funcionando bien, que seguro habrá otros malos momentos, pero se detiene, podría decirlo, pero recuerda que ella ha dicho no vale la pena, que ella no le contó, solo respondió, que no hay un deseo genuino de hablar ni de arreglar nada, que está ante una decisión tomada, que Gloria no lo conoce tanto como debería entonces, que no es justo ni necesario, que él cree en construir y no en encontrar, que hay cosas que él también quiere que pasen, pero la voluntad no es igual a la energía, que los tangos tienen razón cuando hablan de que el amor y las ganas se quedan cortas, que el mundo gira y gira, y que por una cabeza, por unos ojos bruscos… todas las locuras ha hecho y ha perdido, sabe que vale la pena perder, pero solo cuando los dos tienen ganas de romperse, de saltar sin usar el paracaídas, pero no así, no con miedo, no pensando en el golpe, no esperando a que llegue.

—No pretendía que te sintieras hecha a un lado.

Sabe que al decir eso confirmará la decisión que ella ya tiene tomada, y que eso puede ser lo mejor para ambos, así que se despide sin mostrarle la otra cara.