Tres deseos

Los genios viven en lámparas, soñaba de niño el niño; los genios cumplen deseos, pensaba él mientras dibujaba una lámpara en su cuaderno. Ese ademán le quedaría toda la vida: anillos y dijes con decoración de lámparas para frotar y desear. Creía que cuando una lámpara cumplía el genio estaba libre desde que a ese dibujo le pidió que Yuliana lo mirara en clase y ella, con esos ojitos girasolados, lo había mirado; luego había deseado que le hablara y ella, al verlo a los ojos, le dijo que qué le miraba y terminó por creer cuando ella le había besado la mejilla en respuesta a su respuesta. La magia habían sido las palabras y la propia infancia, porque cuando él le dijo que los ojos más lindos del mundo, pensándolo de verdad, ella, sin poder hacer más que creerle, no pudo más que besarlo de agradecimiento… A su favor tenía que él de verdad creía lo que decía, y en la magia que le había ayudado a decirlo. De esa no se recuperó.

Al día siguiente intentó pedirle a la misma lámpara las respuestas del examen de matemáticas y de su división de dos cifras, pero no hubo resultado. Su veredicto estaba claro: ninguna lámpara podía cumplir más de tres deseos. La borró y buscó otra. Portadas de cuaderno, cerámicas de su mamá: lo hacía con algo de desconfianza; llevaban toda la vida allí. Es fácil hablar de absolutos, de eternidades, cuando la existencia ha durado solo nueve años. El caso es que creía que eran viejas; al no cumplirse sus deseos, confirmaba que ya habían sido utilizadas, y seguía en la pesquisa. Aprendió que viejo y limpio era señal de uso, pero viejo y roído, de abandono, y en el abandono había la posibilidad de que al menos quedara un deseo…

Muchos se habían ido igual que los tres primeros: por una mirada, por un beso, por un final feliz… Nunca para frivolidades, ni plata ni negocios, ni fama. La magia pertenece a los ojos girasolados, a las pieles de caramelo y los labios endulzados de deseo, jamás para nada más. La magia se desea, se hace desear, debe ser digna antes que útil, debe ser anhelo antes que fruto, está condicionada por la posibilidad inimaginable de ser, y aunque termine, aunque se acabe, aunque no haya mañana para el deseo, no es vano que se consume ni que se consuma, porque si se vive se celebra y si se extingue, libera.

Se es preso del recuerdo consumado, y allí se siente cómodo: entre sus labios, entre sus manos, entre las palabras dichas entre los labios lamidos, entre las piernas recorridas y los susurros entrecortados. En él viven sus deseos, en eso piensa, en eso divagaba hasta que ella lo regresa a la tierra.

—¿Hola? Tierra a Raúl, te pregunté por qué te gustaban tanto las lámparas.

Él sonríe, la mira, se pierde de nuevo en su cabello rizado, en sus labios gruesos, en los ojos brillantes y acaricia, de manera casi instintiva, el anillo en el que tiene aún tres deseos. Calla, pero la mira; sonríe mientras la mira, mientras recorre las comisuras de sus labios, mientras acaricia su mano y se adentra en su mirada…

Sabe que la magia es un secreto, que no se devela porque podría no cumplirse. Esa idea lo atemoriza, mucho más teniéndola enfrente, así que contesta sin contestar: son bellas, tienen algo que me atrae… en eso se parecen a vos. Ella sonríe y se ruboriza; él borra un deseo. Él aprovecha y estira la mano para tocarle el rostro. Al tacto se sienten cálidas y reconfortan, también como vos, dice él mientras que se acerca a su rostro y sus labios. La besa lento, húmedo, tierno… y borra otro deseo. Ella, al separarse, se muerde los labios. Él entiende que la magia ha sucedido y la hala hacia él mientras que consuma su tercer deseo.

De tripas corazón

Mira afuera atravesando la pantalla del computador que se le atraviesa, está soleado, el verde de los árboles está encendido, vivo, juguetón, los rayitos además le dicen que es uno de esos días que generalmente se reconocen como buenos días, el cielo no tiene nubes y el azul clarito se expande; no le gusta, de eso tan bueno no dan tanto, piensa, el calor ha estado insoportable y venimos de una temporada de lluvias… eso hace que la tierra tiemble, dicen, pero no les cree porque las personas que dicen eso también solían decir que si uno se tiraba a un charco en Semana Santa se convertía en pescado, las mismas dicen amar al prójimo siempre que sea de derecha y vaya a misa, que no sea gay, ni esté divorciado, que no sea negro, ni indio, ni mulato, esas gentes que dicen hacer todo lo que su dios les dijo menos amar al prójimo, de esos aporofóbicos que dan al pobre solo para recordar que tienen el poder de ayudar olvidando que tienen es el deber de hacerlo.

Necesita un café oscurito, del color de sus ideas y pensamientos, amarguito como la realidad en la que piensa, algo para sacarse el mal sabor de boca que le producen los inoportunos y los insensatos, tan poquito humanos y, por desgracia, tantos humanos así hacen que cualquier día no sea un buen día; mientras el café se muele piensa en cómo carajos se dice que se vive tan bien en un lugar donde todo parece estar mal, las prioridades, la gente… el aroma del café molido lo saca de su mal rato, por lo menos hay buen café, piensa, eso es importante, piensa mientras su gato le juega entre las piernas, de a poco la cabeza se le desenreda, no es la música la que calma a las bestias, son los ronroneos, piensa mientras mide el café, mientras lo prensa y lo asegura a la máquina, mientras sirve el agua y la deja caer en un hilito transparente, mientras gira hacia él la palanca… dependemos tanto de las cosas cotidianas para sobrevivir a las cosas cotidianas, piensa finalmente con una apatía tan felina como la de su gato frente a sus problemas, mientras lo ve dar vuelcos sobre su cabeza y ofrecerle panza para ser acariciado; no puede resistirse a una invitación tan directa y se sienta a su lado para acariciarlo mientras espera que el agua caliente recorra con cierta presión el café molido y salga cargada de vida en su taza, tiene poco y eso hoy es mucho.

Mientras haya café, piensa, mientras la comida sepa bien, mientras haya agallas y orgullo, mientras haya hambre, piensa, mientras uno sienta que el pecho se le comprima, mientras haya rabia e indignación, mientras haya algo que haga que las manos no dejen de escarbar, mientras que no las paren las llagas, mientras haya dolores ajenos que duelan como propios o que por lo menos pueda uno imaginarse, mientras que las lágrimas sean de frustración y de rabia, mientras que duela y porque duele este pueblo sabe cómo salir adelante a pesar de sí mismo, es así siempre, tercos desde chiquitos, metiendo la cabeza sin pensar mucho en nada, por donde pasa la cabeza pasa el cuerpo, nos decían mientras llorábamos asustados al sentir barras de hierro aprisionándonos el cuello o un túnel apretarnos un poco los hombros… fue cierto siempre, salimos al otro lado, un poco tallados y maltratados, pero siempre salimos al otro lado, a pesar de ellos, a pesar de nosotros y de los otros, cierra los ojos un momento, recibe un rayito de sol que se cuela por una ventana igual que su gato, disfruta su calidez, su suerte, a pesar de todo y todos hay buen café, por lo menos hoy.

La cafetera deja de gotear, sirve y deja reposar un momento, piensa en todas las veces que ha tenido que ser fuerte, en la soledad que lo acompaña, en las veces que le dijeron que no, que no había con qué, que no alcanzaba, que en la casa había sopa, que no se podía, piensa en las noches de angustia mientras que los tiros silenciaban las calles, en los pueblos tomados, derrumbados, en el barro, en la sangre, en las bombas, piensa en todas las veces que se ha caído este pueblo, bebe el café… se pone las botas, aún hay escombros por recoger, aún hay mascotas por encontrar, aún hay gente que ayudar, hoy hay que seguir haciendo de tripas corazón.

Malestares

A lo lejos lo ve, un cuerpo encorvado recordando lo que es el beso del sol, se estira como una ramita de frijol buscándolo, necesitándolo, deseando que esté a su alcance, cierra los ojos y deja que el rayo le cruce los párpados pintándole de rojo las pupilas, lo sabe porque él le ha contado que le gusta esa forma en que el sol te deslumbra incluso con los ojos cerrados y te deja esa luz grabada durante unos instantes en la retina… No tiene mal aspecto, no más de lo usual, por lo menos, es un viejo, los viejos tienen sus achaques, su figura triste y su paso torpe; curiosamente, tantos males le brindan una gracia peculiar y casi admirable, para no generar polémicas, a la distancia es notable, igual que un gordo, un flaco, alguien muy alto o muy bajito, con la gente es como agua y aceite, imposible de juntar y encontrando la forma de salir a flote.

Su presencia es como un síntoma, hace que el cuerpo reaccione, como una especie de dolor y alivio parecido al que se siente cuando uno estira después de estar mucho en la misma posición, casi como un recordatorio de humanidad, casi como la fiebre que se apodera del cuerpo y embota la cabeza frente a un virus, como la picazón de un zancudo, una pequeña señal que confirma la presencia de algo ajeno, un signo de que la comodidad es algo pasajero, un símbolo de que la vida sigue siendo algo que busca la forma de escurrirse y reclamar lo que tiene.

Me acerco y parece que él se acerca, aunque no se mueve, pero tiene esa extraña postura que parece inclinarse hacia ti, de ocupar tu espacio personal y de recordarte que nada es tuyo, no importa cuán cercano lo sientas, él puede hacerte sentir que lo pierdes, que te ausentas y que te arrebata un poco ese lugar donde estás, los cuerpos viejos no hacen nada con mayor intensidad que un cuerpo joven, pero lo saben hacer mejor.

—¿Cómo va todo, agonía? —lo saludo con un chiste interno y un remordimiento externo, quien lo ve sufre imaginando que sufre, aunque él no lo hace, como la chica que gime en el departamento del lado y se avergüenza un poco al otro día sin ruborizarse por completo.

—Todo va —responde siempre, con una cautela impropia, como quien cree que tiene aún mucho tiempo, aunque sabe uno con verlo que está a dos gripas fuertes del cementerio… Exagero, pero aparenta, es parte de él esa figura deteriorada, un caballero de triste figura, como su amado manco esbozó hace tanto tiempo, que si no fuera por su falta de intención estética juraría uno que se ha caricaturizado hasta parecerlo.

—¿Vos? —pregunta, con esa voz de estornudo y de tos con flema, con esa intención real de saber cómo estás, con ese interés genuino que ahora resulta extraño.

Lo miro a los ojos incapaz de mentirle, y él lo entiende, todo saldrá de la mejor forma posible me dice y esas palabras se sienten como un aliento atrapado en un tapabocas, en un vaho denso que irrita los ojos y hace imposible contener y esconder las lágrimas, al final eso es lo que lo hace peligroso, su capacidad para hacer que quien se lo cruza no pueda mentirse, no encuentre cómo, y sienta, como yo siento, que el cuerpo le tiembla, que las articulaciones se resquebrajan, que el dolor brinca de coyuntura en coyuntura y que el escalofrío lo recorra de arriba abajo, mientras que un calor constante le indispone el cuerpo.

—Sin duda alguna, ibuprofeno —le digo en broma mientras huyo del malestar que me provoca.

Lagartija

Fabio tiene la cara un poco golpeada por el día; le pasa cada día y él simplemente camina de nuevo hacia cada comienzo, como Alfonsina camina al mar. No hay día que no sienta que es un sparring desparejo, un hambriento y debilucho; aun así, trepa con confianza al ring, aunque sabe que no será diferente. Su vida es poner la otra mejilla, sentir el golpe y el descarte. Él se lo banca como puede, sin orgullo ni mérito, sin nobleza enaltecida; lo hace porque es lo único que puede hacer. No tiene la piel tostada por el sol, no tiene callos en las manos ni los pulmones comidos por el hollín. La ha tenido fácil, piensan muchos al verlo, aunque la cara a veces logra persuadirlos. Parece que algo le pasa siempre, que nunca está en paz; parece cansado, desgastado… aunque su único trabajo real es leer libros y escribir libros; aun así, la vida trapea el piso con él siempre que puede.

—¿Estás bien? La pregunta es cotidiana y simple, pero él nunca la evade.

—No, nadie puede estarlo, pero, por todo lo demás, no me quejo.

La respuesta parece hilarante a algunos, angustiante a otros, dramática a la mayoría, pero Fabio no miente. Así siente que se siente sentir tanto. Es una confesión más que una corazonada; es simplemente lo que tiene para decir y lo dice.

—Siempre optimista —le recriminan, con burla y algo de cariño, los más cercanos, esos que parecen sus sombras.

—Siempre —contesta él, con una sonrisa que parece ignorar la burla y afirmar como postulado su contenido.

Y, cuando nota esa mirada un tanto desorientada e incrédula, se explica, aunque no es necesario, aunque resulte inoportuno:

—Sabés que soy agnóstico, que desconfío de teístas y de ateos por igual, que no me desgasto en controvertir creencias y que no busco demostrar que alguien tiene la razón, aunque no pueda resistirme a señalar uno que otro error; pero no para demostrar que yo no lo esté. Es algo más de estandarizar la posibilidad del reconocimiento de los conceptos. Un mundo en el que la gente esté abierta a sus errores sería un mundo mejor. Pero el caso, amigo, es que puedo contemplar la idea y eso me hace un optimista, porque no es optimista el que cree que todo va bien pese a la evidencia, sino aquel que puede imaginar un presente mejorable y un futuro mejorado.

Puede ver en los rostros de sus interlocutores que la respuesta los deja con mal sabor de boca. Sonríe para sí mismo: es un poco el sabor que él tiene cada día. Ha sido una pequeña cucharada involuntaria de su propia sensibilidad. Cada día la vida le sabe así. No pretendía hacerlo y, para él, no es del todo un mal sabor; es un poco un gusto adquirido. Leer libros, escribir libros… Los abuelos tenían razón: no lea tanto, que se enloquece; no piense tanto, que eso hace daño. Para él, el daño ya estaba hecho, pero siempre le ha gustado hacer daños. Daña ideas. Dañar implica descubrir qué hay dentro de. Para él funciona, pero sabe que es un acto violento el de romper la frágil felicidad para ver qué la compone. Se disculpa:

—Perdoná, no era la intención. Vos sabés que soy así: una lagartija con la piel delgadita, que todo se me cuela, que de cualquier lado me pego, que por todo lado me arrastro, que el mundo lo llevo de cabeza, que tengo la sangre fría y que me escurro por todo lado. No puedo evitarlo —dice mientras saca la lengua por un costado, pintando el cuadro de una forma ridícula y banal.

Se ríen y él respira aliviado. El dolor no es suyo para que lo carguen y no es necesario para ellos; sin embargo, él lo acepta gustoso. Le duele porque está vivo y atento; le duele y, mientras todo le duela, podrá seguir creando; mientras todo lo incomode, tendrá que seguir creando. La vida le duele y, entonces, mientras le duela, sabrá con seguridad que la vida vale la pena. Y sigue su camino con la cara un poco cansada, pero con una sonrisa en el rostro.

—Pobre marica —dice quien se lo cruza—. Tiene la cabeza hecha un costal de anzuelos.

Y no se equivoca, pero a Fabio eso no lo jode: resistir es el precio de estar vivo.

Señales

Cuando Simón despierta, el sol aún no lo ha hecho. Se estira sabiendo que sus gatos, al igual que él, tienen la costumbre de hacer parecer que al sol le cuesta levantarse; se estira mientras sus pupilas se acostumbran a la noche esclarecida y comienza su rutina: sale de la cama a medio tender y la contempla. Se ve más grande desde esa perspectiva y mucho más porque, al salir de ella, sus gatos abandonan la mitad aún hecha y corren a su comedero, esperándolo… Camina hacia ellos, les soba las caras, choca narices con ellos e intenta besarles la frente.

Se mueve despacio y en silencio; sus vecinos pueden dormir tranquilos: no hay batidos en esa casa, no hay tacones en esa casa, no hay secadores en esa casa. Toma un poco de café recién molido y espera a que gotee, a que chorree… Aún el sol no sale del todo, pero la noche se consume en sus últimas oscuridades y comienza a llenarse de luz todo mientras el café termina de llenar su taza. Cuando comienza a tomarlo, las nubes arreboladas se sonrojan y le recuerdan sus ganas, porque el color le hace pensar en su piel blanca, sonrosada al apretarla, al nalguearla; en sus mejillas jadeantes.

Sabe que es un buen café, pero no le queda duda de que es el deseo de sus piernas apretándole la cabeza lo que lo despierta. La recuerda bien, su cuerpo la recuerda bien, pero no había tiempo para seguirle los juegos, para fingir sonrisas ni forzar tiempos, piensa mientras ve la aspiradora despertarse y empezar a recorrer la casa. Suena una alarma y le recuerda que quedan cinco minutos para que termine el espacio del desayuno. Despierta del ensueño y alista maleta; salta un poco y se activa lo poco que falta. Camina hacia la ducha fría, recordándola a ella caminando en tanguitas por el mismo pasillo, las paredes contra las que presionó su cara, donde apoyó su cuerpo y tocó con ganas. Se ríe al ver el espejo donde saltaba para verse. Siempre creyó que un espejo era solo algo que reflejaba lo que se le pusiera enfrente; para ella era un símbolo claro, una alerta constante: una casa que no estaba adaptada a su medida la hacía sentir como una extraña.

Simón, pragmático y funcional, siempre se reía. El espejo fue un regalo, se puso donde cabía y, siendo como era, jamás pensó en necesitar otro u otros espejos, ni espacios. En su casa, la vanidad tiene cámara subjetiva; la belleza está enfrente, en lo que se comparte y lo que se disfruta. No hay espacios personalizados ni reservados; no se necesitan ni se buscan. Los espacios son cambiantes y le basta con que sean funcionales. Nada puede validarle un espejo, o un armario, o una olla; lo que importa está presente: una taza extra de café, comida que le gusta en la nevera y el aromatizante que le gustaba por toda la casa.

Se mete a la ducha con ese pensamiento y la recuerda ahí metida con él, hincada y empinada, mientras el agua fría le empapa la espalda… ahora solo la cara, fría como antes y, por fortuna, para que la temperatura borre de su cuerpo la reacción física provocada por el cielo arrebolado, por su cuerpo sonrosado, por el recuerdo vivido y presente. El agua calma, el agua apaga, el agua limpia, el agua borra. Mucha agua ha pasado debajo del río y sigue pasando, dejando atrás esos amaneceres rojos y sonrosados. El juego cansa, desgasta; el juego, además, es innecesario. Esa señal la tiene presente, nunca la olvida: todo lo que se entrega es siempre voluntario, no premio, porque aquel que se premia es aquel que se prueba para hacerse merecedor de algo… y eso no puede permitirse. En una casa, nadie nunca debería probar que es valioso para quien la habita; su mera existencia es la única señal necesaria.

Cierra la llave, se seca el cabello, mira el reloj… mierda, de nuevo llegará tarde a todos lados.

Reloj de pared

De izquierda a derecha sacude la cola a un ritmo placentero y, con su movimiento, marca el avance del tiempo; parece casi contento, diría uno, incluso, que feliz, sin razón, sin motivo y, sobre todo, sin necesitarlo, soberbio como un loro que se ríe justo cuando alguien se cae, él tranquilo mirando una lagartija inoportuna que se niega a moverse esperando que él se canse… si yo tuviera su paciencia, pienso y sonrío… mauuuuuuuuuu, le digo; mauuuuuu, me responde; no nos decimos nada, pero es mi forma de decirle gracias, no nos decimos nada, pero es su forma de decirme que no le pare bolas a eso.

Quisiera, yo quisiera, pero no puedo, no sin traicionarme, no a sabiendas de que si dejara de importarme lo que me importa, si viviera como otros viven, si aceptara de manera tan sumisa, me sería impropio, la pelea hay que darla, tiene que poderse, necesito que se pueda, y si no, por lo menos intentarlo, se puede perder, se vale perder si se pierde con la frente en alto, aunque no sirva de nada, como él gritándole a esa lagartija, como su deseo de saborearla, como su intención de arrancarle las patas y saborearla… quiere, quiero, pero la vida no nos da nada, solo una boca para maullar la rabia y la impotencia de no poder morder, de no alcanzar, de no llegar.

No se mueve y no se altera, en eso me gana, tiene ese instinto de cazador juguetón que a mí me cansa, tiene esa fuerza y ese ímpetu que le permite esperar, sabe que vendrá, sabe que bajará en algún momento, por alguna razón, sabe que es cuestión de tiempo… no es cierto, miento, no lo sabe, pero aun sin saberlo no pierde la calma, le basta excitarse imaginando su sabor, yo no puedo, no me basta, no es suficiente, quiero su boca en mi boca, agarrarla despacito, disfrutarla de a poquitos… pero me cansa esperar, me cansa la conversación tan vacía, tan lejana.

Él parece esperar indiferente, sé que no lo está, deseo que no lo esté, no puede estarlo, no si realmente le gusta, no se puede fingir indiferencia, aunque sí se puede renunciar al deseo, pero no tiene cara de estar cansado, no tiene cara de notar la hora y no ha tenido un día largo que lo atormente, no tiene por qué dar el brazo a torcer, no es como si le hubiera dejado de escribir, no es como si hubieran hablado de algo alguna vez, ella es una lagartija y hace lo que sabe, caminar por los techos, qué culpa tiene ella de que a él eso le guste, nunca lo hizo para él, ni le pidió que la mirara hacerlo, aunque le gusta su atención, le hace palpitar fuerte el corazón y le calienta la sangre fría que le congela el corazón, glu glu glu, le grita en ese juego de escondérsele, porque quiere que la mire, con sus ojos fríos, hambrientos, sedientos, y él acude, con ganas, con la boca hecha saliva… mezquina y manipuladora, casi humana, casi cínica, no tiene mucho adónde ir, hace lo que sabe, es su naturaleza, pero él tampoco tiene cómo resistirse, así es la suya.

Ese cortejo fúnebre, casi triste, es interesante de ver, lo suficiente para no perderlo de vista sin perderla de vista, quiero ver qué pasa, incluso si no pasa nada, no tengo su disposición juguetona hacia la ausencia y la distancia, odio esas frivolidades, pero es mi naturaleza ver, mirar y tratar de entender, esa es la peor parte, cuando después de un rato no hay nada que no pueda justificarse, porque se nota que los sobrepasa, que no es su intención, que nadie intenta dañar a nadie, casi nunca, muy de vez en cuando, que los buenos sí somos más, que los daños son colaterales, que la culpa no es más que un remordimiento frente a un capricho tozudo que no tenía nunca ni futuro ni fundamento, jode verlo, jode darse cuenta viendo un gato ver una lagartija que parece ocultársele mientras hace ruidos para que la vea, para que la encuentre, y en medio de ese caos, cucú, cucú, cucú, cucú, hasta llegar a las 12, y entonces él voltea con su cola como un péndulo tranquila marcando los segundos, viendo la pequeña artesanía de madera aparecer y desaparecer… olvidando que desde el techo lo observan, río de nuevo, no tengo su desinterés natural y maldito mientras le quito las pilas al puto reloj.

Contar cuenta

—Pico —dice un niño, y lleva su pierna derecha hasta acomodar el talón justo frente a la punta del pie izquierdo.

—Monto —responde otro, llevando su pierna izquierda hacia el frente para acomodar el talón izquierdo frente a la punta del zapato derecho.

Jairo los mira desde lejos. A su alrededor hay 23 o 24 niños más: unos altos, otros bajos, unos gordos; bueno, gorditos, a esa edad los niños gordos son pocos, a menos que se pongan cortos y guayos. Ellos, esos que atestiguan, están nerviosos. A esa edad, entre los 8 y los 12, nadie quiere quedarse fuera, pero solo 22 juegan. A alguno le tocará de árbitro, y los pequeños dictadores que eligen los jugadores tienen la misión de equilibrar el partido. El primero que escoge siempre elige al mejor o al mejor amigo; el segundo hace lo mismo. La calidad y la amistad. Tardarán años en darse cuenta de que eso será ley siempre: a uno lo escogen por bueno o por buena onda. Hay que ser muy bueno en lo que sea para que lo escojan siendo mala gente… aunque, como cantaba Bersuit, es solo una figurita el que está de presidente; no importa cuántos te escojan, las cosas no cambian.

—Pico —dice uno.

—Monto —responde el otro.

Y se acercan, y los que flaquean en habilidad sacan pecho o buscan hacerse cerca de los que son más malos que ellos para ser una elección segura, o más cerca del que mejor les cae para ser un buen premio de consolación. Los otros se acercan al centro con las manos atrás, sin decidir, sin moverse, simplemente por eliminación, sin saber hacia dónde irán. A sus ojos, los que escogen tampoco son tan buenos; no temen estar de un lado o del otro, les parece lo mismo, así que aguardan. Los que no son tan malos como los otros malos saben que los elegirán, pero los malos malos saben que deben hacerse elegir, porque de lo contrario confirmarán lo que todos saben: que son malos. Prometen gaseosas y papitas, prometen tapar y no quejarse, prometen traer otro balón. A toda costa, incluso a la de sí mismos, necesitan ser elegidos, no pueden quedarse sin eso.

Hay cosas que nunca cambian, piensa Jairo, cansado, al borde de la acera, con los pies recogidos, con el pucho entre los labios, con la pola vacía al lado izquierdo. Hay males que siempre están presentes, piensa, que son humanos, más que humanos, sociales. No pueden juntarse tres porque hay dos, siempre, queriendo dejar a uno por fuera. Siempre hay uno que piensa que lo que hay para repartir, sin importar si es mucho o poco, es más si se reparte entre menos…

—Pico —grita uno.

—Monto —le grita con rabia el otro, mientras le pisa los dedos.

El poder hace eso en la gente, incluso en los que se ven inocentes. El pisoteado camina cojo y quejándose; ya no quiere escoger al mejor ni al mejor amigo, sino al que más pata dé. Al que ganó ya no le importa el resultado; pase lo que vaya a pasar, él ya ha ganado la derrota de su contrincante… Mezquinos, enanos mezquinos.

Mientras fuma y toma, lo entiende: a uno le han contado y lo han contado. Contar cuenta. Quedarse por fuera también cuenta, aunque margina, aunque relega. Pensando, se da uno cuenta de que al final uno no cuenta tanto; sin embargo, hay momentos donde que no cuenten con uno cuenta mucho para uno. Sobre todo hay edades donde eso es importante, profesiones, espacios, momentos… Pero, por fortuna, después de los 30, por ejemplo, a uno ya no le importa. Uno ya no quiere que cuenten con uno, sabe que para eso siempre hay otros, que para algo siempre hay uno… que no necesariamente es uno. Qué importa que no cuenten con uno. Al final solo el que cuenta cree que es importante contar, y los contados van por ahí pensando que han sido parte del triunfo simplemente por haber estado del lado que para ellos cuenta…

La otra cara

—Conozco esa mirada —le dice Ernesto a Gloria.

Ella baja la cabeza, le esquiva los ojos.

—No estamos en el mismo mood, pero no vale la pena hablar de eso —le dice con la voz cansada, cansada de él, de sus tiempos, de sus prioridades, de su falta de interés y de energía, de su ausencia presente y constante, de su silencio incómodo, de sus palabras bien elegidas y cadentes, de su poca espontaneidad y de su diferencia indiferente hacia ella.

Él la escucha y se muerde los labios, siente el pecho contraído, conoce esas palabras, la forma, el fondo e intuye el trasfondo también, lo ha recorrido antes, lo ha saboreado antes, lo conoce y lo recuerda, la ha visto antes, esa mezcla de nostalgia y decepción, la tenían sus papás en los ojos cuando se dieron cuenta de que lo habían echado de la universidad, y era la respuesta a casi cualquier decisión que tomara, la había visto en sus profesores de manera reiterada cuando era incapaz de responder, y en los ojos de una niña preciosa quien había estado enamorada de él toda su infancia, que soñó con encontrarlo de grande y llenarlo de alegría y de hijos, y él no recordaba siquiera su nombre… Sabía lo que venía, sabía qué iba a pasar.

—No ha sido una semana fácil —dijo, y quería seguir, quería decirle que así no funciona, querida, que tenía que entenderlo, no es solo lo que vos ves, entendés, no se trata solo de lo que vos querés, no soy solo lo que vos pensás que soy, mirá… las cosas son como son, aunque a veces las veamos de manera diferente, aunque no tengamos el panorama completo, que no veamos el otro lado de una moneda no significa que no lo tenga o que sea igual por el otro lado, se sabe de manera implícita, se conoce por norma general, es lógica pura, pero nos cuesta completar la imagen, es más fácil no hacerlo, nos gusta estar cómodos y dejamos de buscar lo que evidentemente falta, está claro que sabemos que algo se esconde, que no está presente y, aun así, evitamos verlo, evadimos nuestra responsabilidad al omitirlo.

La tierra fue plana por culpa de ese tipo de pensamientos, hay incluso una frase, amiga date cuenta, las cosas no son solo lo que creemos, son lo que son, eso es lo que ya deberías saber, estás grande, sabés que el mundo no es color de rosa, es imposible vivir así prestándole tan poca atención a todo, pretendiendo que lo tuyo es lo único que importa, no sos solo vos y tus deseos, ni tu intuición, no es solo tu espacio, tu tiempo y tu vida…

Quería decirle que se podía hablar, que todo viene funcionando bien, que seguro habrá otros malos momentos, pero se detiene, podría decirlo, pero recuerda que ella ha dicho no vale la pena, que ella no le contó, solo respondió, que no hay un deseo genuino de hablar ni de arreglar nada, que está ante una decisión tomada, que Gloria no lo conoce tanto como debería entonces, que no es justo ni necesario, que él cree en construir y no en encontrar, que hay cosas que él también quiere que pasen, pero la voluntad no es igual a la energía, que los tangos tienen razón cuando hablan de que el amor y las ganas se quedan cortas, que el mundo gira y gira, y que por una cabeza, por unos ojos bruscos… todas las locuras ha hecho y ha perdido, sabe que vale la pena perder, pero solo cuando los dos tienen ganas de romperse, de saltar sin usar el paracaídas, pero no así, no con miedo, no pensando en el golpe, no esperando a que llegue.

—No pretendía que te sintieras hecha a un lado.

Sabe que al decir eso confirmará la decisión que ella ya tiene tomada, y que eso puede ser lo mejor para ambos, así que se despide sin mostrarle la otra cara.

Notable

Por donde camina arrastra miradas como una maldita red de mar arrasando con el juicio, como la red con todo a su paso: las atrapa, las gobierna, las oprime y las asfixia. No es guapa, no canónicamente; no es rubia, sino castaña; no es esbelta, sino troza; no camina con gracia, sino de manera torpe y tosca, extraño para todos menos para ella. Serlo o hacerlo también la tiene sin cuidado. No camina sobre tacones, sino sobre tenis de correr. No tiene una Barbie que la represente y tampoco le hace falta; nada ni nadie lo hace.

Uno diría que tiene cierto encanto, pero no es precisamente encantadora. Hay algo que atrae sobre ella, podría llamarse curiosidad: una apuesta estética grotesca que no puede dejar de verse. Nada está muy fuera de lugar, pero uno no deja de ver que nada encaja. El sudor que expele es agrio y casi podría decirse que arenoso, si los aromas tuvieran texturas. Incomoda, pero no incómoda. Ella no parece consciente de su propia imagen; se ríe con cierta elegancia frágil y agrietada, a punto de romperse, como un cristal astillado, sostenido no más que por una voluntad caprichosa.

No lo nota, no se nota, no toma nota de nada de lo que pasa ni la rodea. Quizá lo más molesto es su forma de ausentarse de la realidad presente, del momento; quizá lo notable es lo invisible que es para ella misma el mundo que la rodea, lo distraída y abstraída que se ve su mirada, su presencia casi intermitente, tan poco, tan simple, tan evitable. La nada estaría bien en su lugar, pero ella la desacomoda, la expande de manera innecesaria, ocupa un lugar en el espacio destinado al espacio y lo ocupa sin ganas, sin intención, sin propósito alguno.

Todo en ella es tan involuntario que parecería incluso que no es su culpa ser así. Por alguna razón, cuando Federico la mira piensa: si se quejó como todos los adolescentes de que ella no pidió nacer, ella tendría razón; ella y solo ella. Aunque nadie haya pedido nacer, para ella aplica, para ella es cierto. Su existencia arrebatada a la ausencia es notoriamente evidente; no hubo nunca la más mínima intención siquiera de intentarlo. Existe como una roca, como una manifestación involuntaria e inconsciente de su propia vida.

Federico se alarma. Hubo entre treinta y nueve millones novecientos noventa y nueve mil y doscientos noventa y nueve millones novecientos noventa y nueve mil espermatozoides más lentos, más sosos, más ausentes. Si Darwin tiene razón, la sabiduría popular también: la naturaleza es sabia, pero la sociedad actúa como muletas para los seres incompetentes del presente. Tan vacía está ella de sí misma que es imposible que hubiera llegado hasta el día de hoy de no ser por los demás.

De repente, Federico lo nota: ella lo mira mirarla, verla, escrutarla y juzgarla, y aun así parece no importarle. Aun así parece inmune al pensamiento y la intención. Aun así ella simplemente parece absorber, como un prisma, el pensamiento y la crítica; no le resbala, la absorbe y la ahoga, la destruye, asfixia todo lo que se le acerca. Él piensa, él sobrepiensa, él no deja de repararla aunque sea irreparable, y ella se le acerca sin despertar ninguna sospecha, sin llamar la atención de nadie. Aunque acorta la distancia, no se siente que llegue con ninguna presencia.

Alza su rostro, lo mira con sus ojos vacíos y abre sus labios sin despertar sospecha alguna de Federico sobre lo que viene, sobre lo que llega. Espeta, con una voz apagada y serena: —No te equivocas del todo, pero no soy yo lo que te incomoda, es, como a todos, el hecho de que les recuerde que ante los ojos de alguien están siendo vistos como ella a los ojos de todos. Yo soy el consenso, pero vos no sos la excepción a la regla…

Federico se queda quieto. La mirada se le apaga. Poco a poco, sus palabras se van haciendo notables.

Darse cuenta

Fernando mira el reloj de la pared fijamente, sin perder tic ni tac, de manera compulsiva y desesperada, segundo a segundo lleva la cuenta, le pesan los párpados pero no flaquea, está convencido que si quita sus ojos de él el tiempo va a desaparecerse como siempre, que en un abrir y cerrar de ojos lo que le queda se le escurrirá de las manos, no quiere que eso pase, le aterra pensarlo, las 3 menos cuarto, falta poco.

Es jueves piensa, los jueves suele tener buen humor, es como si algo en el mundo fuera diferente esos días, algo cambia, desde que comienza el día es diferente, no entiende bien el porqué ni el cómo pero se siente diferente, le da nauseas, suda y siente escalofríos en todo el cuerpo, hace meses que la comida dejo de tener su sabor y en su lugar hay un residual de pastilla, casi un polvillo seco cerrándole la garganta, pero los jueves hay tocino y aún recuerda el sabor del tocino, sabe, bueno no, no está seguro pero podría jurar que no es que lo saboree sino que recuerda su sabor, la textura, el olor siguen intactos en su memoria, eso cree que ayuda, porque el resto no logra recordarlo ni imaginarlo y al probarlo siente que algo falta que eso no es el sabor que debería tener, no recordarlo lo hace dudar, quizá siempre ha sido así piensa, pero la duda no lo convence de que ese sea el caso.

Nada parece diferente, no mucho, no lo suficiente, siente que es distinto, pero no puede asegurarlo… el día transcurre maso menos igual pero la sensación no lo abandona, no es meteorológico, hay jueves en los que llueve, otros en los que llueve mucho y algunos pocos donde el sol parece salir con el deseo de ponerse al día con los grados que no generó los días que faltó al trabajo, hay día en los que se siente que todo va a salir bien y otros en los que ha abandonado toda esperanza, tampoco es astrológico ni energético, pero siente entre su estómago y debajo del Baso un pequeño espacio que lo obliga a sentirse incómodo, como si algo estuviera pasando por alto, un pálpito diría su tía Margarita, una premonición, diría la artesana de ojos primaverales, pero él simplemente no sabe que es y el día se le acaba y el tiempo se le acaba, no es igual los viernes, ni la duda aparece, ni la falta de respuesta lo agobia, es casi como si la intuyera, como si fuera el borde del vacío.

Por eso no le quita la mirada al reloj y aunque ha dormido 6 de las 14 horas que lleva el día, sabe, algo dentro de él sabe que han pasado cincuenta y tres mil cien segundos desde que su cuerpo ha empezado a apuntar a la locura, sabe que no está loco, sabe que eso no es volverse loco, pero tiene la certeza que hacia allá apunta la aguja, y por eso mira el reloj, por eso no puede quitarle la mirada de encima al reloj.

Suma tic, tacs, suma cada uno de ellos y casi no nota que lo miran, sabe que lo miran, está pálido y flaco desde hace meses, parece un sobrado de sí mismo, antes lo agobiaba ya no tienen tiempo para ocuparse de eso, y es de las pocas cosas que sucede todos los días y no solo los jueves, ya perdió el interés en esas miradas, en los dueños de esas miradas, en lo fáciles de leer, en la estúpida compasión con la que lo miran. Le preocupan más las miradas ausentes, lo que ya no ve que lo ven, los que ya no van a verlo, pero no lo suficiente para preguntar por ellos ni por ellas.

 El cansancio parece vencerlo, siente que está por empezar a cabecear, y entonces todo se convierte en flashbacks, en caídas en túneles de tiempo, se siente así sobretodo cuando se salta su siesta, cuando la angustia lo abruma, brinca de cuarto en cuarto de hora, no siente la aguja al entrar en su brazo, los párpados lo vencen, despierta casi sobre las 5, Dora le soba el cabello, dora le cae bien, tiene ese humor que le gusta, oscuro como ella, como el café que ahora no lo dejan tomar, levántese niño le dice, que esto no es hotel y está en hora pico, le ríe con una picardía honesta, no es mentira, el turno de Dora los jueves es largo y entonces la idea le cruza la cabeza, los jueves, qué pérdida de tiempo esa de tratar de no perder el tiempo.