Darse cuenta

Fernando mira el reloj de la pared fijamente, sin perder tic ni tac, de manera compulsiva y desesperada, segundo a segundo lleva la cuenta, le pesan los párpados pero no flaquea, está convencido que si quita sus ojos de él el tiempo va a desaparecerse como siempre, que en un abrir y cerrar de ojos lo que le queda se le escurrirá de las manos, no quiere que eso pase, le aterra pensarlo, las 3 menos cuarto, falta poco.

Es jueves piensa, los jueves suele tener buen humor, es como si algo en el mundo fuera diferente esos días, algo cambia, desde que comienza el día es diferente, no entiende bien el porqué ni el cómo pero se siente diferente, le da nauseas, suda y siente escalofríos en todo el cuerpo, hace meses que la comida dejo de tener su sabor y en su lugar hay un residual de pastilla, casi un polvillo seco cerrándole la garganta, pero los jueves hay tocino y aún recuerda el sabor del tocino, sabe, bueno no, no está seguro pero podría jurar que no es que lo saboree sino que recuerda su sabor, la textura, el olor siguen intactos en su memoria, eso cree que ayuda, porque el resto no logra recordarlo ni imaginarlo y al probarlo siente que algo falta que eso no es el sabor que debería tener, no recordarlo lo hace dudar, quizá siempre ha sido así piensa, pero la duda no lo convence de que ese sea el caso.

Nada parece diferente, no mucho, no lo suficiente, siente que es distinto, pero no puede asegurarlo… el día transcurre maso menos igual pero la sensación no lo abandona, no es meteorológico, hay jueves en los que llueve, otros en los que llueve mucho y algunos pocos donde el sol parece salir con el deseo de ponerse al día con los grados que no generó los días que faltó al trabajo, hay día en los que se siente que todo va a salir bien y otros en los que ha abandonado toda esperanza, tampoco es astrológico ni energético, pero siente entre su estómago y debajo del Baso un pequeño espacio que lo obliga a sentirse incómodo, como si algo estuviera pasando por alto, un pálpito diría su tía Margarita, una premonición, diría la artesana de ojos primaverales, pero él simplemente no sabe que es y el día se le acaba y el tiempo se le acaba, no es igual los viernes, ni la duda aparece, ni la falta de respuesta lo agobia, es casi como si la intuyera, como si fuera el borde del vacío.

Por eso no le quita la mirada al reloj y aunque ha dormido 6 de las 14 horas que lleva el día, sabe, algo dentro de él sabe que han pasado cincuenta y tres mil cien segundos desde que su cuerpo ha empezado a apuntar a la locura, sabe que no está loco, sabe que eso no es volverse loco, pero tiene la certeza que hacia allá apunta la aguja, y por eso mira el reloj, por eso no puede quitarle la mirada de encima al reloj.

Suma tic, tacs, suma cada uno de ellos y casi no nota que lo miran, sabe que lo miran, está pálido y flaco desde hace meses, parece un sobrado de sí mismo, antes lo agobiaba ya no tienen tiempo para ocuparse de eso, y es de las pocas cosas que sucede todos los días y no solo los jueves, ya perdió el interés en esas miradas, en los dueños de esas miradas, en lo fáciles de leer, en la estúpida compasión con la que lo miran. Le preocupan más las miradas ausentes, lo que ya no ve que lo ven, los que ya no van a verlo, pero no lo suficiente para preguntar por ellos ni por ellas.

 El cansancio parece vencerlo, siente que está por empezar a cabecear, y entonces todo se convierte en flashbacks, en caídas en túneles de tiempo, se siente así sobretodo cuando se salta su siesta, cuando la angustia lo abruma, brinca de cuarto en cuarto de hora, no siente la aguja al entrar en su brazo, los párpados lo vencen, despierta casi sobre las 5, Dora le soba el cabello, dora le cae bien, tiene ese humor que le gusta, oscuro como ella, como el café que ahora no lo dejan tomar, levántese niño le dice, que esto no es hotel y está en hora pico, le ríe con una picardía honesta, no es mentira, el turno de Dora los jueves es largo y entonces la idea le cruza la cabeza, los jueves, qué pérdida de tiempo esa de tratar de no perder el tiempo.

Jaque mate

Laura toca la ficha con la punta de los dedos; más que tocarla, la roza, pero es suficiente para que ella se bambolee. La pequeña cruz que lleva sobre ella se ha enganchado en su piel y, después de ese toque, baila en su ausencia. Ella abre los ojos un poco más de lo que hubiera querido; intenta normalizarlos, pero la pupila no es tan obediente como ella quisiera, y esa pequeña sorpresa la ha dilatado y no puede ocultarla: no se repliega con la velocidad deseada. Él la nota. Ella un poco parece que se paraliza, recupera la compostura y, en un movimiento casi fluido, se dirige a otra ficha.

—No, no, no. Es una regla básica: ficha tocada, ficha movida —le dice con la confianza de haber visto sus miedos, con la certeza de tener la sartén por el mango. En el pequeño baile ha visto las jugadas posibles: sabe lo que ella puede hacer si se mueve desde donde está, sabe sus movimientos, sus jugadas. Desde esa posición no solo se retrasa, sino que se expone; ha quedado vulnerable. Y sabe que tendrá que hacer tres o cuatro movimientos para sacarse la presión de encima; que su caballo, su alfil y su torre están en posición de incomodar, de asediar, de llevarla hasta su base, replegándose en su castillo. Puede jugar con su mente, presionarla, ponerla en aprietos, y no va a dejarlo pasar.

Ella agacha la mirada, un poco frustrada: es una regla tonta, estúpida, pero no vale la pena pelearle por ella. Es lo que es: un golpe bajo, un lastre, una pendejada, pero así sos vos, pegado de los detalles. Lo dice sin un tono de reclamo o de ira; lo dice con un tono frío, sereno. Lo dice sin perder la compostura; lo dice sin preocuparse. Lo dice de una manera tan calmada que es casi ajena su reacción: no parece la misma que hace unos pocos segundos dilataba las pupilas ante la idea de haber sido descubierta; ahora afila su lengua y su mano mientras ronda la corona del rey con su dedo.

Él lo nota y duda; se aleja. La perspectiva requiere de distancia. Algo no está viendo, o ella está viendo algo más. Parece una trampa; parece que ha caído en una trampa. Ahora él abre los ojos e intenta mirar las jugadas: algo se le escapa, lo intuye, algo, pero no sabe bien qué. Repasa jugadas en su cabeza, intenta encontrar en su flanco, en su apertura una falla; no la encuentra, pero parece que ella sí. Parece que para ella es claro y, mientras la mira mover su rey, queda atónito. No ha hecho algo que no hubiera imaginado y, por lo mismo, se enfurece: está pensando justo como ella quiere que pensara. Lo tiene en la punta de sus dedos; lo ha convertido en una pieza más del tablero. Baila, baila como el rey bailó hace solo un par de segundos; baila a su ritmo. Siente su mano en la cadera, siente su paso guiándolo a los cuadros que ella desea. Maldita sea, no puede verlo, pero siente cómo lo llevan de un lado a otro, cómo lo cruzan y lo estiran; siente que pierde el control.

Ella lo nota. Lo disfruta. Está perdido: no sabe lo que ocurre en el tablero y no puede ver lo que viene. Está confundido y eso lo enoja; eso es bueno. Cuando se enoja pierde el foco, se tropieza con facilidad; cuando está en ese estado es vulnerable. Lo piensa y se lame los labios: lo tiene justo donde quería. El hombre espera y desespera; el hombre intenta mostrarse calmado, pero no hay chanche. Ella huele la sangre y él está sangrando.

—Linda treta la de rozar el rey —le dice con un sabor agridulce, con un tono herido. Le gusta la treta, pero odia haber caído en ella. Le gusta que el juego sea parejo, que en el tablero se ensucie las manos; le gusta la necedad que la hace reír pícaramente, pero odia perder y sentirse perdido.

—No te enojes —dice ella, adelantando su torre hasta el fondo y acorralándolo contra el caballo—: hoy me toca a mí encima.