Notable

Por donde camina arrastra miradas como una maldita red de mar arrasando con el juicio, como la red con todo a su paso: las atrapa, las gobierna, las oprime y las asfixia. No es guapa, no canónicamente; no es rubia, sino castaña; no es esbelta, sino troza; no camina con gracia, sino de manera torpe y tosca, extraño para todos menos para ella. Serlo o hacerlo también la tiene sin cuidado. No camina sobre tacones, sino sobre tenis de correr. No tiene una Barbie que la represente y tampoco le hace falta; nada ni nadie lo hace.

Uno diría que tiene cierto encanto, pero no es precisamente encantadora. Hay algo que atrae sobre ella, podría llamarse curiosidad: una apuesta estética grotesca que no puede dejar de verse. Nada está muy fuera de lugar, pero uno no deja de ver que nada encaja. El sudor que expele es agrio y casi podría decirse que arenoso, si los aromas tuvieran texturas. Incomoda, pero no incómoda. Ella no parece consciente de su propia imagen; se ríe con cierta elegancia frágil y agrietada, a punto de romperse, como un cristal astillado, sostenido no más que por una voluntad caprichosa.

No lo nota, no se nota, no toma nota de nada de lo que pasa ni la rodea. Quizá lo más molesto es su forma de ausentarse de la realidad presente, del momento; quizá lo notable es lo invisible que es para ella misma el mundo que la rodea, lo distraída y abstraída que se ve su mirada, su presencia casi intermitente, tan poco, tan simple, tan evitable. La nada estaría bien en su lugar, pero ella la desacomoda, la expande de manera innecesaria, ocupa un lugar en el espacio destinado al espacio y lo ocupa sin ganas, sin intención, sin propósito alguno.

Todo en ella es tan involuntario que parecería incluso que no es su culpa ser así. Por alguna razón, cuando Federico la mira piensa: si se quejó como todos los adolescentes de que ella no pidió nacer, ella tendría razón; ella y solo ella. Aunque nadie haya pedido nacer, para ella aplica, para ella es cierto. Su existencia arrebatada a la ausencia es notoriamente evidente; no hubo nunca la más mínima intención siquiera de intentarlo. Existe como una roca, como una manifestación involuntaria e inconsciente de su propia vida.

Federico se alarma. Hubo entre treinta y nueve millones novecientos noventa y nueve mil y doscientos noventa y nueve millones novecientos noventa y nueve mil espermatozoides más lentos, más sosos, más ausentes. Si Darwin tiene razón, la sabiduría popular también: la naturaleza es sabia, pero la sociedad actúa como muletas para los seres incompetentes del presente. Tan vacía está ella de sí misma que es imposible que hubiera llegado hasta el día de hoy de no ser por los demás.

De repente, Federico lo nota: ella lo mira mirarla, verla, escrutarla y juzgarla, y aun así parece no importarle. Aun así parece inmune al pensamiento y la intención. Aun así ella simplemente parece absorber, como un prisma, el pensamiento y la crítica; no le resbala, la absorbe y la ahoga, la destruye, asfixia todo lo que se le acerca. Él piensa, él sobrepiensa, él no deja de repararla aunque sea irreparable, y ella se le acerca sin despertar ninguna sospecha, sin llamar la atención de nadie. Aunque acorta la distancia, no se siente que llegue con ninguna presencia.

Alza su rostro, lo mira con sus ojos vacíos y abre sus labios sin despertar sospecha alguna de Federico sobre lo que viene, sobre lo que llega. Espeta, con una voz apagada y serena: —No te equivocas del todo, pero no soy yo lo que te incomoda, es, como a todos, el hecho de que les recuerde que ante los ojos de alguien están siendo vistos como ella a los ojos de todos. Yo soy el consenso, pero vos no sos la excepción a la regla…

Federico se queda quieto. La mirada se le apaga. Poco a poco, sus palabras se van haciendo notables.

Confiar

Álvaro es un hombre desconfiado, carga sombrilla los días soleados, cuando entra en una sala nunca se va de primero y, al escuchar cómo se comportan los demás en ausencia del ausente, decide si puede ausentarse o no; se aleja de los espejos caminando de lado, como los cangrejos, para que no lo sorprenda nunca una mirada por la espalda; jamás asegura nada, porque sabe que la seguridad es transitoria y, por lo general, solo un síntoma de la falta de información.

Álvaro es paranoico, se escucha con frecuencia de quienes lo conocen; Álvaro está loco, dicen de él con frecuencia. Álvaro lo sabe y desconfía porque nadie se lo dice de frente, la gente simplifica los conceptos, evade los sacrificios y las responsabilidades; parece que creyeran que no tienen por qué estar de acuerdo con lo que dice ni piensa.

Álvaro está cansado, siente el peso de sus pensamientos sobre sus hombros, siente el silencio fúnebre de su esperanza asomarse y mirarlo con melancolía, intuyendo el momento en que la pierda, en que deje de tenerla; desconfía del presente y del futuro, desconfía de quién es y quién ha deseado ser, de sus propios deseos… de todo debe desconfiarse, piensa, pero desconfía del postulado en cuanto termina de formularlo; toda idea es causal, todo movimiento es ajeno, toda comunidad, una herida al individuo.

Álvaro sabe, entiende e intuye que su pensamiento está condicionado, que su sombra lo persigue, que siempre es ahora y que nombrarlo lo convierte en pasado, que no hay escape alguno ni nada de qué escapar; que es la falta de consciencia la que hace que el inconsciente no sea consciente de su ausencia presente.

Álvaro camina saltando entre las líneas de la acera, Álvaro no se descuida en ninguna esquina y evita pasar por debajo de las escaleras, pero no es por agüero, es porque desconfía de la persona que la ha puesto fija y de qué tan fija está realmente; Álvaro siente una angustia frecuente, certera, casi inequívoca, de que confiar es malo y que nada puede darse por sentado, ni siquiera de sí mismo. Cuando le cuenta a alguien cómo es y cómo se siente, un poco sabe que no habla para ellos; pocos lo espejan, pocos lo despejan, pocos lo entienden y menos lo comprenden. Cuando habla se habla, se escucha, lo hace más por prestarse atención a cómo suena en voz alta, porque quiere asegurarse de que su discurso no se haya dormido, que él no se haya dormido, que aún haya cierta chispa, cierta duda, cierta inconformidad con adoptar un discurso, que no hay nada entregado ni ganado desde el otro, que aún se posee a sí mismo, que nada debe detener su obsesiva necesidad de dudar, de desconfiar, de intervenirse e interpelarse, pero, como no tiene con quién hacerlo, escucharse se lo permite.

Ellos, ellas, piensan erróneamente que él confía en ellos y ellas, que son diferentes, que merecen escucharlo, que tienen parte de su alma, de su dolor y de sus dudas; no entienden, confían demasiado pronto en su juicio, en su pobre y flaco juicio, en su limpio, moral y debilucho juicio, pero no son sparring para el suyo. No se escuchan en voz alta, no saben a qué asienten cuando asienten, no pueden comparar sus intuiciones ni sus suposiciones, no encuentran ni encontrarán palabras, y menos sus palabras: las que faltan, las que permiten que exista esa dicotomía paranoica y expansiva que avanza comiéndolo todo. Duda, desconfía, pero no es inseguro; sabe que ese sentimiento de ausencia es cierto, que siempre es ahora, incluso ahora que ya no es ahora, incluso hoy, donde se siente en calma con él, sabe que no puede confiar.

Desorden

Se levanta de la cama y parece que nunca hubiera estado allí durmiendo. Se mueve poco de noche y el edredón pierde sus arrugas con solo pasarle la mano por encima; queda todo tan perfecto que no parece que se estuviera despertando sino tendiendo la cama. Pone sus pies sobre las chanclas, que están justo donde ella las dejó, una al lado de la otra, esperando sus pies para comenzar a caminar el día. Por donde camina le basta un pequeño movimiento para que todo esté, luzca y se sienta perfecto.

No hay polvo sobre las mesas, no hay loza en el fregadero esperándola, no hay medias atravesadas ni cacerolas con quemones. La luz que entra a través de las ventanas ilumina todo sin revelar ninguna línea de suciedad. No puede evitar sonreír orgullosa: la calma reina, el silencio reina…

Y ella camina y se apodera de todo, la Reina, reina sobre su reino y lleva a cabo su reinado sin despeinarse, con su cetro brillante, con su trono siempre bien dispuesto, bien cuidado y con la corona sobre su coronilla siempre lustrosa y elegante.

Hay espejos para mirarse, para validarse, para desearse, para entenderse, para ocultarse… Tiene espejos en cada cuarto, en cada bolso, en cada baldosa brillante. Se siente vista, eso le gusta; no sabe bien por qué, pero es como si ella misma se viera a la distancia. Se da gusto viéndose, eso es lo que quería, eso es lo que buscaba. Una lista interminable de reflejos con listas en mano inventarían las expectativas sobre sí misma: tengo, hecho, listo. El poder tiene eso de su lado: una lista tachada de viejas venganzas a todo lo que no se pudo ser en algún momento.

Viejos yo, viejos fui, viejos debería y antojos a los que se les negaron las puertas, y ahora, como un ariete, vive para derribarlas, para probarse y demostrarse que eso que quiso sí estaba destinado a ser suyo. La paz cuando ella diga, como ella diga, donde ella diga. Ha confundido el poder con empoderamiento y no hay peor tirano que aquel que fue oprimido, así que ahora demanda y espera ser complacida. No tiene tiempo para construir, quiere que todo se le entregue con obra blanca, enchapada y amoblada. Lo merece, se dice a sí misma que lo merece, todo a su altura.

Esos cientos de ella reflejados y demandantes la esclavizan. El tiempo la apremia, porque las demandas crecen. Tiene deudas con su yo desde los nueve. Quiere que la mimen sin que la reprendan, no quiere negociar nada, no quiere, no puede realmente evitarlo. Han sido años de cargar con ella misma a cuestas. Ahora quiero, ahora cosecho, ahora siego, ahora es el momento de reservarme en barricas, de roble, de agregarme valor y tiempo; ahora solo quiero sumarme: cuerpo, textura, sabor, un paladar que esté a mi altura para probarme. Eso le grita su cabeza cada mañana, cada vista al espejo, cada momento, y ella escucha, y ella asiente, y ella obedece a sí misma, doblegada, sumisa de sus pendientes.

Su inconsciente procesa; ella ni lo nota. Ella solo sonríe cuando ve que se queda viéndose en sus reflejos, en su casa impoluta, en su edredón firme y sin nada que la incomode. Un, dos, tres, sonríe y saluda; un, dos, tres, tomarse el vestido con las manos y hacer un pequeño gesto de gracia; un, dos, tres, levantar el brazo y doblar el antebrazo y girar de un lado a otro la muñeca mientras rota del interior al exterior su extremidad de izquierda a derecha. Reina en su reinado pintoresco, frágil e ilusorio, pero justo y necesario, para ella, para con ella. Que nadie se atreva a incomodar la zona de confort en la que vive, porque no sabe cuánta mierda tuvo que tragar para construir su castillo de cristal. No es consciente de sí misma, no del todo, pero lo intuye: algo real le falta. Se sienta sobre la cama, arruga el edredón y estalla.

«¡Qué puta falta me hace tu desorden!», piensa.

Darse cuenta

Fernando mira el reloj de la pared fijamente, sin perder tic ni tac, de manera compulsiva y desesperada, segundo a segundo lleva la cuenta, le pesan los párpados pero no flaquea, está convencido que si quita sus ojos de él el tiempo va a desaparecerse como siempre, que en un abrir y cerrar de ojos lo que le queda se le escurrirá de las manos, no quiere que eso pase, le aterra pensarlo, las 3 menos cuarto, falta poco.

Es jueves piensa, los jueves suele tener buen humor, es como si algo en el mundo fuera diferente esos días, algo cambia, desde que comienza el día es diferente, no entiende bien el porqué ni el cómo pero se siente diferente, le da nauseas, suda y siente escalofríos en todo el cuerpo, hace meses que la comida dejo de tener su sabor y en su lugar hay un residual de pastilla, casi un polvillo seco cerrándole la garganta, pero los jueves hay tocino y aún recuerda el sabor del tocino, sabe, bueno no, no está seguro pero podría jurar que no es que lo saboree sino que recuerda su sabor, la textura, el olor siguen intactos en su memoria, eso cree que ayuda, porque el resto no logra recordarlo ni imaginarlo y al probarlo siente que algo falta que eso no es el sabor que debería tener, no recordarlo lo hace dudar, quizá siempre ha sido así piensa, pero la duda no lo convence de que ese sea el caso.

Nada parece diferente, no mucho, no lo suficiente, siente que es distinto, pero no puede asegurarlo… el día transcurre maso menos igual pero la sensación no lo abandona, no es meteorológico, hay jueves en los que llueve, otros en los que llueve mucho y algunos pocos donde el sol parece salir con el deseo de ponerse al día con los grados que no generó los días que faltó al trabajo, hay día en los que se siente que todo va a salir bien y otros en los que ha abandonado toda esperanza, tampoco es astrológico ni energético, pero siente entre su estómago y debajo del Baso un pequeño espacio que lo obliga a sentirse incómodo, como si algo estuviera pasando por alto, un pálpito diría su tía Margarita, una premonición, diría la artesana de ojos primaverales, pero él simplemente no sabe que es y el día se le acaba y el tiempo se le acaba, no es igual los viernes, ni la duda aparece, ni la falta de respuesta lo agobia, es casi como si la intuyera, como si fuera el borde del vacío.

Por eso no le quita la mirada al reloj y aunque ha dormido 6 de las 14 horas que lleva el día, sabe, algo dentro de él sabe que han pasado cincuenta y tres mil cien segundos desde que su cuerpo ha empezado a apuntar a la locura, sabe que no está loco, sabe que eso no es volverse loco, pero tiene la certeza que hacia allá apunta la aguja, y por eso mira el reloj, por eso no puede quitarle la mirada de encima al reloj.

Suma tic, tacs, suma cada uno de ellos y casi no nota que lo miran, sabe que lo miran, está pálido y flaco desde hace meses, parece un sobrado de sí mismo, antes lo agobiaba ya no tienen tiempo para ocuparse de eso, y es de las pocas cosas que sucede todos los días y no solo los jueves, ya perdió el interés en esas miradas, en los dueños de esas miradas, en lo fáciles de leer, en la estúpida compasión con la que lo miran. Le preocupan más las miradas ausentes, lo que ya no ve que lo ven, los que ya no van a verlo, pero no lo suficiente para preguntar por ellos ni por ellas.

 El cansancio parece vencerlo, siente que está por empezar a cabecear, y entonces todo se convierte en flashbacks, en caídas en túneles de tiempo, se siente así sobretodo cuando se salta su siesta, cuando la angustia lo abruma, brinca de cuarto en cuarto de hora, no siente la aguja al entrar en su brazo, los párpados lo vencen, despierta casi sobre las 5, Dora le soba el cabello, dora le cae bien, tiene ese humor que le gusta, oscuro como ella, como el café que ahora no lo dejan tomar, levántese niño le dice, que esto no es hotel y está en hora pico, le ríe con una picardía honesta, no es mentira, el turno de Dora los jueves es largo y entonces la idea le cruza la cabeza, los jueves, qué pérdida de tiempo esa de tratar de no perder el tiempo.

Jaque mate

Laura toca la ficha con la punta de los dedos; más que tocarla, la roza, pero es suficiente para que ella se bambolee. La pequeña cruz que lleva sobre ella se ha enganchado en su piel y, después de ese toque, baila en su ausencia. Ella abre los ojos un poco más de lo que hubiera querido; intenta normalizarlos, pero la pupila no es tan obediente como ella quisiera, y esa pequeña sorpresa la ha dilatado y no puede ocultarla: no se repliega con la velocidad deseada. Él la nota. Ella un poco parece que se paraliza, recupera la compostura y, en un movimiento casi fluido, se dirige a otra ficha.

—No, no, no. Es una regla básica: ficha tocada, ficha movida —le dice con la confianza de haber visto sus miedos, con la certeza de tener la sartén por el mango. En el pequeño baile ha visto las jugadas posibles: sabe lo que ella puede hacer si se mueve desde donde está, sabe sus movimientos, sus jugadas. Desde esa posición no solo se retrasa, sino que se expone; ha quedado vulnerable. Y sabe que tendrá que hacer tres o cuatro movimientos para sacarse la presión de encima; que su caballo, su alfil y su torre están en posición de incomodar, de asediar, de llevarla hasta su base, replegándose en su castillo. Puede jugar con su mente, presionarla, ponerla en aprietos, y no va a dejarlo pasar.

Ella agacha la mirada, un poco frustrada: es una regla tonta, estúpida, pero no vale la pena pelearle por ella. Es lo que es: un golpe bajo, un lastre, una pendejada, pero así sos vos, pegado de los detalles. Lo dice sin un tono de reclamo o de ira; lo dice con un tono frío, sereno. Lo dice sin perder la compostura; lo dice sin preocuparse. Lo dice de una manera tan calmada que es casi ajena su reacción: no parece la misma que hace unos pocos segundos dilataba las pupilas ante la idea de haber sido descubierta; ahora afila su lengua y su mano mientras ronda la corona del rey con su dedo.

Él lo nota y duda; se aleja. La perspectiva requiere de distancia. Algo no está viendo, o ella está viendo algo más. Parece una trampa; parece que ha caído en una trampa. Ahora él abre los ojos e intenta mirar las jugadas: algo se le escapa, lo intuye, algo, pero no sabe bien qué. Repasa jugadas en su cabeza, intenta encontrar en su flanco, en su apertura una falla; no la encuentra, pero parece que ella sí. Parece que para ella es claro y, mientras la mira mover su rey, queda atónito. No ha hecho algo que no hubiera imaginado y, por lo mismo, se enfurece: está pensando justo como ella quiere que pensara. Lo tiene en la punta de sus dedos; lo ha convertido en una pieza más del tablero. Baila, baila como el rey bailó hace solo un par de segundos; baila a su ritmo. Siente su mano en la cadera, siente su paso guiándolo a los cuadros que ella desea. Maldita sea, no puede verlo, pero siente cómo lo llevan de un lado a otro, cómo lo cruzan y lo estiran; siente que pierde el control.

Ella lo nota. Lo disfruta. Está perdido: no sabe lo que ocurre en el tablero y no puede ver lo que viene. Está confundido y eso lo enoja; eso es bueno. Cuando se enoja pierde el foco, se tropieza con facilidad; cuando está en ese estado es vulnerable. Lo piensa y se lame los labios: lo tiene justo donde quería. El hombre espera y desespera; el hombre intenta mostrarse calmado, pero no hay chanche. Ella huele la sangre y él está sangrando.

—Linda treta la de rozar el rey —le dice con un sabor agridulce, con un tono herido. Le gusta la treta, pero odia haber caído en ella. Le gusta que el juego sea parejo, que en el tablero se ensucie las manos; le gusta la necedad que la hace reír pícaramente, pero odia perder y sentirse perdido.

—No te enojes —dice ella, adelantando su torre hasta el fondo y acorralándolo contra el caballo—: hoy me toca a mí encima.