Terapia

José Daniel llega a tiempo, saluda:

—Buenas noches, ¿Jairo? —pregunta mientras extiende el casco del servicio solicitado—. ¿Me da el código, por favor?

—6969 —le dice Jairo mientras da la última calada a su cigarrillo.

Le encantan los números que le ha asignado la aplicación y se le nota.

—Le tocó buen código —le dice José Daniel con esa forma en que se repiten las cosas que se aceptan socialmente, con ese tono con el que las ancianas cantan las canciones de Semana Santa, con ese rencor con el que se canta el desamor en la música de carrilera y con esa indiferencia con la que se dice «no sos vos, soy yo», sin ganas, pero con aceptación.

—¿A rumbiar? —pregunta Daniel con la voz un poco medida.

—No, al lanzamiento de un libro —le dice con tranquilidad.

—¿Lee? —le pregunta José Daniel como si fuera algo raro en su vida o en alguien como Jairo.

Quizá le sea difícil entender que alguien que dice 6969 con tanto orgullo haya leído algo, pero Jairo no lo toma a mal, quizá ni siquiera lo nota; solo se engancha con la pregunta.

—Sí, me gusta leer —le dice.

Tiene el cabello blanco y largo; esas cosas hacen que la gente parezca sabia o malvada. Se nota que para José Daniel solo es posible la primera.

—Discúlpeme, usted que lee y que se ve como un hombre maduro, ¿le puedo hacer una pregunta? —dice con una vergüenza impropia de alguien que parece buscar respuestas.

—Claro —dice Jairo—, pregunte —dice como si supiera que sabe la respuesta.

—¿Qué libro o qué autor hay que leer para uno dejar de ser tan güevón con las mujeres? —dice José Daniel con la voz rasgada de ira—. Es que a mí me han hecho de todo. Yo tengo 40 años y estoy solo —dice con un tono de voz que deja claro que para él es horrible tener 40 y estar solo—. Y la última —dice, y lo dice como si de verdad pensara que fuera la última— es que mi mujer me dejó por una mujer.

Lo dice como si pensara que eso fuera grave.

—Yo quiero escribir un libro —dice— que se llama Cómo superar el ego traicionado de haber sido abandonado por una mujer que quería a otra mujer.

«Es un mal título», piensa Jairo, pero no le dice nada. Hay gente que no necesita escuchar nada, solo sentir que es escuchada… Jairo lo intuye y lo deja hablar. Ha visto que eso funciona: uno simplemente hace las veces de un poste de luz al lado del camino, señala hacia dónde deben seguir y ellos simplemente siguen, siguen hablando, siguen llevándose a donde quiera que vayan.

José Daniel, por ejemplo, habla de que viene de un pueblo huyendo de la violencia, habla de haber sido amigo de pillos, de haber visto la muerte de cerca muchas veces, de haberse salvado de milagro de pepazos, latazos y de un par de canazos. Habla con más miedo de los últimos que de los primeros…

—Suena como si el canazo fuera peor —le dice.

—Lo es —le responde—. Uno tiene que ser muy malo para sentirse tranquilo en la cana. Un pepazo al menos a uno lo mata y muerto no hay miedo. Pero aprendí de eso y cambié, entendí algo: el hombre está solo por ego. El primero que sucumbió al ego fue Damián, cuando era un ángel que creía que podía hacer las cosas mejor que Dios —le dice.

Jairo no le responde, pero le parece curioso: acaban de convertir la creación en celos laborales. Es divina la idea de un ángel que piensa lo que todos los empleados del mundo: «Mi jefe es un idiota y yo podría hacerlo mejor». Qué demonio tan humano, qué celos tan pendejos. Pero no lo interrumpe y lo deja hablar. En este punto tiene curiosidad por lo que puede decir José Daniel.

Dice además que un tercio de los ángeles fueron arrastrados con él al infierno solo por oírlo. «Me gusta que en su relato el diablo es un sindicalista y sus compañeros sindicalizados son expulsados junto a él». Es poético si se piensa: un hombre cree que el paraíso fue destruido por celos laborales y, además, que para recuperar la pureza necesitaba salir de todos los que no entendieran el buen trabajo del jefe… «Con esto les da la razón a los costeños», piensa Jairo, «trabajar siempre ha sido un martirio».

José sigue hablando de las decisiones, Jairo trata de interrumpirlo de cuando en cuando con algún chiste pero José Daniel está enganchado a su lógica, los ignora y habla, solo habla, va en rueda libre y solo quiere hablar. «Tiene tantas ganas de hablar», piensa, «que quizá sí escriba el libro. Ojalá le cambie el nombre».

Dice que a todo el mundo le hace la misma pregunta, en especial a los viejos. Dice que los viejos contestan siempre casi de la misma manera: «Uno deja de sufrir por mujeres cuando se le deja de parar». Jairo se pregunta si a semejantes lumbreras también les habrá preguntado si leían.

Las calles quedan atrás y llegan al lugar de destino.

—Gracias —le dice Jairo mientras le devuelve el casco.

—Espero que no le moleste que sea tan hablador. Me hace bien hablar con gente madura como usted —dice José Daniel mientras le recibe el casco, agradecido.

Jairo se da la vuelta y entra a su teatro. «Es una olla a presión el pobre tipo; el día que no hable, estalla», piensa mientras toma un vino de la barra. El lanzamiento aún no empieza y él huele el trago, saborea el trago y bebe hasta saciarse.

—Cada quien hace terapia como puede —le dice a Clara mientras le pide que le sirva otra copa.

Tradiciones familiares

Es domingo y un padre sonríe mientras cocina la comida favorita de su hijo, lo hace con cierta culpa: en el pasado no pudo preparársela tanto como le hubiera gustado, demasiado tiempo solo, pero la vida para él no ha dado tregua, hizo lo mejor que pudo con lo que tuvo, pero no lo sabe, no está seguro, cree que lo intentó, pero piensa que pudo haber dado un poco más, todos siempre podemos…

La cacerola es la misma desde que él estaba pequeño, le falta una oreja de acero que él quebró mientras lavaba el mismo día que la estrenaban en casa, ahora está mucho más hundida y tiene algunos quemones negros, pero el aceite hace su gorgojeo casi con el mismo regocijo con que él le amasa los buñuelos que le encantan, y cuando termine, meterá dos empanadas chiquiticas que adquirirán un poco el mismo sabor dulzón y que hacían sonreír a su muchacho cuando aún era su muchacho.

Amasa y da forma a esas pequeñas bolas con una delicadeza ajena a sus manos calludas y toscas, llenas de cicatrices y de bultos, pequeñas formaciones carnosas que custodian la herida ocasionada por alguna astilla o por cortes, manos muy duras, sus hijos las recuerdan bien toscas y firmes, eran correctores de postura, hábiles y creativas para ayudarles a hacer tareas y firmes y recias para evitar desvíos y malas costumbres; como todo padre, ha olvidado el uso que les daba, caricias en todo caso comparado a cómo él conoció la disciplina, con un zurriago que mantenía remojado papito Luis y, curiosamente, siempre a la mano; él no ve nada en sus manos, los hombres simples como él no reconocen sus obras como obras, no le importa lo que queda de él, solo lo que es, aunque no sepa definirlo.

Una olla pitadora resopla en la cocina y aún el sol no se asoma, la carne dura ya ha dejado de estarlo y es el momento perfecto para desmecharla y juntarla con ese guiso que le encantaba a su muchacho cuando aún era su muchacho: tomate, cebolla, ajito, un poco de picante dulce y, como ya no es su muchacho, un poco de picante picante; es uno de esos momentos que le dicen a un padre que se está quedando sin niños, cuando puede compartir con él las cosas que le ponen sabor a la vida: pique, un pucho, una pola, cuando lo ve viendo mujeres como él ve mujeres.

No piensa mucho en eso ni en esa época, pero fueron esos momentos donde su muchacho empezó a ser otro de los muchachos, por eso no le gusta pensarlo. ¡¡¡Gabriel!!! Grita para despertar al nuevo muchacho que podrá disfrutar del desayuno como lo hacía Edwin cuando era su muchacho, cada domingo lo hace y es uno de los momentos de la semana que más le gustan; Edwin le cuenta que antes no era siempre cada domingo, cuando le escribe y le dice que era de mes en cuando, cuando había para huevos y harina y azúcar y queso, se podían hacer los buñuelos, que antes en casa todo era más pequeño, el papá tomaba y se pega grandes fiestas y pegaba fuerte, que los domingos eran de guayabos; Gabriel y Edwin, cuando hablan de Fernando, parece que hablaran de hombres distintos, de casas distintas.

Pero ahora los domingos los hermanan, también lo hacen Fernando y la sangre, aunque no se conocen, le gusta saber que ahora es hermano mayor, que Gabriel ve Pokémon y no juega fútbol como él, entre más lejos de la cancha hay posibilidades de llegar más lejos del barrio, piensa, pero no se lo cuenta ni se lo escribe; Fernando lee sus cartas antes de guardarlas, le duele el pecho a veces cuando le cuenta cosas que ni él recuerda, pero ahora es otra historia, ahora tienen los domingos y sale contento con Gabriel de la mano a tomar el bus que los llevará al centro a tomar otro bus que los va a atravesar toda la ciudad hasta llegar a donde tomarán otro bus que los subirá al occidente, donde Gabriel correrá a la tienda por una gaseosa fría y que echarán en una bolsa transparente, porque Edwin puede tomar gaseosa sin gas, pero nunca caliente.

Y mientras que la sirve, Gabriel se mueve y riega un poco y la memoria muscular de Fernando es más rápida que su autocontrol y le siembra un coscorrón que lo deja con los ojos achocolatados, y a él pensando en que cada familia tiene sus tradiciones, como desayunar lo mismo los domingos cada domingo.

Antojos y Mecaticos

Dani se lame los dedos, aprieta la yema del pulgar contra los dientes, sonríe. Ella camina sin notarlo, no lo ve. Él puede hacer eso: desaparecer fácil en medio de la gente. Su presencia simplemente se ausenta aunque está ahí; es como los miedos o los remordimientos, es como las culpas, siempre silenciosas, siempre cercanas. Así que, al igual que ellas, acecha, aguarda, observa.

Ella camina, pasa a su lado pero no lo ve. Se sienta justo en diagonal a él sin notarlo, saca de su bolso un libro, un paquete de puchos; se extiende olvidándose de todo, de las formas, las posturas, los modales, y deja que su cuerpo capture la silla. Se olvida de no morderse los labios, de no lamerlos, de no jugar con los puchos. Cuando se sienta a leer, el mundo se repliega. No es consciente, pero se extiende con una gracia animal, como una gata al sol, en una postura imposible pero aparentemente cómoda, con un desparpajo envidiable y notable. Al hacerlo, al menos durante un segundo, todos la miran, Dani más que nadie.

Entre su trance de libro, pucho y mantra, entre la ausencia presente de él, el tiempo avanza perezoso. Ella lee sobre un tipo como él. Le gusta, se antoja: un tipo sin presencia, invisible, que puede espiarla sin alterarla; unos ojos hambrientos pero con pupilas gentiles. Lo que mira no lo incomoda, no lo asusta ni lo altera. Ella piensa que quiere uno de esos para ella, uno capaz de mirar en silencio, sin demandar ser visto, sin reclamar atención, sin molestarse por no recibirla. Un adulto, maldita sea, con problemas y agobios. Un ser normal, piensa…

Él la mira… se muerde los labios, siente el cosquilleo en sus mejillas, saliva. La mira como un niño gordo ve un muffin en una vitrina mientras su madre, de la mano, lo arrastra por el centro comercial. La mira como un borracho con resaca mira una cerveza fría, como ella mira su libro, mirando a un tipo como mirar el mundo. La mira fumar, la mira cambiar de postura, encorvar la espalda, alterar la comisura de sus labios entre sonrisas cada tantos párrafos. Más que mirarla, parece dibujarla; más que sentada, ella parece postrada, cómplice de su mirada vacía. Así veía Sandro a su Venus, así ella posaba para él, sin rehuirle, sin incomodarse, sin sentir realmente la mirada punzante recorrerle el cuerpo, abstraerle el cuerpo, acariciarle el cuerpo.

Ella lee, desdibujada. Ella lee inmersa en una sensación placentera, en un mundo ajeno al suyo, donde no hay hombres que la miran en silencio, sino silencios que obligan a mirar a los hombres: hombres mudos, sin posturas ni discursos, una humanidad cansada, sin tiempo ni propósito, un despilfarro de vida, un letargo absoluto que no parece alterable. Ella lee y escapa a un mundo donde hay convicciones personales, pasiones absolutas, ingenios presentes; ella lee y huye de ella misma, menguada por una tristeza paralizante que, al igual que ella, huye de ella cuando lee.

Él la mira y rompe su ausencia. Alza la mano y llama a la mesera, pide un café y saca del bolso dos bolsas de golosinas, de gomitas de colores. Destapa una, lleva una a su boca y comienza a masticarla mientras piensa: ¿qué pensará ella?, ¿qué temperatura tendrá su piel?, ¿qué textura su boca?, ¿qué olor su cabello? No está tan cerca como para intuirlo, para descubrirlo. No sabe. Mastica gomitas y rumia pensamientos. ¿Besará lento? ¿Besará fuerte? ¿Se agitará cuando besa? ¿Le temblarán las piernas cuando el gusto le abrume los sentidos? ¿Se le escapará algún gemido o un jadeo camuflado de suspiro? La mira, muerde y rumia. La mira y suspira.

—Su café —dice la mesera, extendiéndole un cold brew.
—Gracias —dice él—. Hágame un favor: llévele a ella un café irlandés y acompáñelo de esta bolsa de gomitas. Dígale que es de mi parte.
La mesera llega, interrumpe, la despierta. El mundo recobra sonido, luz, espacio. Ella se altera y frunce el ceño; nunca ha sido buena idea despertar a una mujer, ni del sueño ni del ensueño. Bufa, con la misma elegancia gatuna que se echa al sol. La mira mientras ella le extiende un café y un paquete de gomitas.
—No he ordenado nada.
—Se los envía el hombre de la esquina; me pidió que le dijera que los antojos y los mecaticos van juntos.
Ella alza la vista enfadada hasta que se encuentra con sus encendidos y su mirada perdida, ausente en su imagen, y entonces sonríe.

Gustos y colores

Hay formas, hay normas, hay demasiadas… muchas de ellas deformadas. Hay también muchas miradas, pero pocas interpretaciones. Las perspectivas, aunque múltiples, suelen fusionarse. Nadie quiere incomodar ni levantar la voz para expresarse, no realmente: suelen hacerlo más para esconderse, detrás de otros gritos. Dar un paso al frente es ser visible; ser visible es ponerse una diana en la espalda. Quieren llamar la atención, pero no retenerla ni manejarla, solo rozarla desde el anonimato. Se quieren parecer, pero dudan sobre ser; saben que tiene un precio, y no saben si les alcanza ni si quieren pagarlo. Les asusta perder la opción de ser algo más… a la mayoría les da miedo, por eso siguen las normas, las formas, sin importar cuántas hayan.

Se visten bien, se portan bien, hablan bien, de frente, de espalda; se desvisten también. No se portan ya tan bien ni hablan como se esperaría. Los desconocerían sus pares si alguno pudiera verlos cuando se esconden. Por fortuna conocen el juego: las sombras se proyectan, pero son imposibles de atrapar. Se ven con desconfianza, se presienten; no es para culparlos, saben que dentro de ellos habitan las mismas ganas que tratan de ocultar. Se tientan constantemente a perderse, se rodean, se miran, se huelen, se rozan, sonríen y, aun así, la obra continúa y nadie cede. No sin oscuridad, no sin licor, no sin estar seguros de que sea lejos de casa, lejos de todo lo que los contiene, de todo aquello que pueda nombrarlos. Pero mientras la luz los toque, son un postrecito que se mira pero no se toca, que se toca pero no se come, que se come pero no se unta…

Siempre cerca, siempre posibles, presas y presos de sí mismos. “Quiero, pero no puedo”… todos están presos de algo: de una idea, de un sabor, de un gusto, de un juego, de todo, de nada, de lo que se acerca y se aleja, de estar y de ser, de parecerse a los demás. Costó llegar a donde están —si no a ellos, sí a sus padres—. Esta parte es importante: solo aquel que tiene algo que perder intenta disimular aquello que cree que le ayuda a conservarlo.

Colores de la suerte, medias de la suerte, camisas de la suerte, día de suerte, meses de suerte. De animales y ascendentes. Se buscan en cualquier señal, se amparan bajo cualquier amnistía cósmica o ideológica, cualquier cobijo que justifique los brotes innegables que se asoman de sus superficies, las rupturas que se profundizan y parecen partir ese yeso que congela, recubre e imposta, pero nada los exhibe; solo permite asomarse hacia el vacío de sus propios cuerpos.

Se contienen porque siguen las formas, las normas, sin importar cuántas hayan. No cuestionan ni dudan. Se debe ser, se debe parecer, se debe… tanto se debe. Para ellos es imposible estar a paz y salvo con sus deseos. Se prestan momentos de libertad, se prestan y se niegan a sí mismos el placer de disfrutarse. Solo a ratos un rato, por momentos un momento. Aplicados, serenos, sedientos, famélicos, quieren cambiar las reglas del juego, quieren adueñarse de un espacio-tiempo y hacerlo presente, constante. Quieren sentir que han logrado engañar al sistema huyendo dentro de ellos mismos y llevando con ellos a quienes los han visto en medio de la oscuridad, del pequeño y profundo abismo de sus deseos.

Quieren a uno que haya entendido que el cuerpo y la carne son una herida supurante. Pero poseer arruina el juego; poseer achica el gusto, el culposo gusto de haberse transgredido a sí mismos en búsqueda de lo deseado. Entonces se pierde el gusto, cambia el sabor, se destiñen los colores y la vida crea otra prisión, otra capa que retiene lo que un día se fue gustoso. Y como los presos después de la hora conyugal, del patio o del buen comportamiento, regresan mirando el rayito de sol o de oscuridad que los detiene.

Para los gustos, los colores; y para los que están presos de sí mismos, lo que les gusta es color de la libertad.

Diferencias

Se parecen, pero no son iguales, coinciden en colores, en formas, en patrones… pero no son lo mismo; tienen pequeñas sombras, tienen lugares que se esconden entre las similitudes, pero si se miraran con atención se darían cuenta de que no son lo que esperan; les gusta el mismo libro, pero personajes diferentes, contrapuestos; lo sutil los sobrepasa, no tienen el ojo afinado y eso cuesta caro; no ven, no se ven, no como realmente son; la ilusión que cada uno representa para el otro parece ser eso que buscan; parecen parecerse lo suficiente como para dejar de mirar, lo suficiente como para no notar la importancia que tienen en las cosas que difieren.

No es lo mismo un lateral que las cierra todas a uno que sale arriesgándolo todo; no es lo mismo hacer las cosas por pasión a hacerlas porque toca; aunque hablen el mismo lenguaje, no hablan el mismo idioma; su jerga, sus contextos, sus culturas, sus ideas son otras, pero son como electroimanes y tienen la mala suerte de no haberse encendido aún juntos, porque sus polos van a mandarse al carajo en cuanto lo hagan.

Hay señales, sí; hay indicios, sí; hay pistas que parecen aparecer, pero él se pierde en su escote y ella en su voz; él se pierde en esos minutos donde el mundo guarda silencio y ella en la esperanza de que todo lo que le parece poco aumente; ambos se engañan; a él no le importa nada más; a ella no deja de importarle todo lo otro; las diferencias son casi imperceptibles, esas son las peligrosas, las difíciles de hallar.

Dos imágenes una al lado de la otra, de fondo azulejos similares, con telas y patrones similares, con objetos similares, engañan, se engañan, sin saberlo, sin quererlo, sin notarlo; cada que la electricidad sube la fuerza se siente, el rechazo aparece, chocan, se distancian como niños en un patio en acto cívico, estiran los lazos hasta que a duras penas se tocan; pasa sin que lo noten, pero la presión comienza a palpitar en ambos; hay algo que no encaja; falta una moneda, una hoja, un reflejo en el agua; falta una palabra, un sueño, una razón; se desdibujan, se pierden los colores; las rocas se apilan diferente; faltan algunos vellos, algunas rayas, algunos segundos y faltan otros tiempos; falta el silencio, falta sobre todo convicción para buscarlas, para encontrar las ausencias que cada vez se hacen más evidentes; falta voluntad y reconocimiento; falta un poquito, una pizquita; falta sazón y falta gusto, falta hambre; y así es difícil encontrar, en medio de tantas ausencias, las graves, reales; en medio de tanta ausencia suele haber además muchas voces; la gente se olvida de que no hay una experiencia humana superior o inferior a otra, pero la gente olvida algo tan simple; la gente dicta, la gente habla sin hacerse preguntas, cuestionarse sin considerar siquiera que podrían estar equivocados; humano es errar, pero no temerle a estar equivocado.

Así que se miran como quien mira un periódico con dos imágenes en paralelo y son incapaces de ver aquello que tienen enfrente; al igual que con lo que tienen enfrente, parecen similares, parecen… pero no lo son; y por eso, cuando llega el momento, la fuerza centrífuga de sus palabras los arroja hacia afuera, los expulsa al uno del otro; los separa, los dispersa, y nada pueden hacer para evitarlo.

Ahora, a la distancia, y con los recuerdos en la mano, pueden empezar a notarlo: eran diferentes, no mucho, simplemente lo suficiente para no reconocerse en los dolores del otro; para entender que tenían el mismo libro cuando se vieron, pero leían a ritmos distintos; la misma banda, diferente álbum; el mismo disco, diferente canción; la misma canción, diferente instrumento; nada, nunca lo mismo, no en las cosas que importan… y siempre, siempre esas diferencias se encuentran tarde.

En venta

Los carteles me gustan, tienen algo que siempre ha logrado cautivarme, dicen todo lo que quieren, bueno, si son buenos, dicen exactamente lo que tienen, lo que prometen, no hay una segunda intención ni nada debajo de las letras, no disfrazan, no ocultan, no mienten, un buen cartel simplemente dice.

Todo en un cartel comunica, quien se engaña es quien observa, quien se miente es quien lee, quien omite es el que recibe, pero todo está dicho en un buen cartel: la fuente, el color, el gusto gusta, el gusto dice, el gusto no puede perderse, sabrá decirte cuando es solo un negocio, un buen negocio, un mal negocio, incluso solo un negocio, si te fijas, si bien te fijas, sabrás lo obvio; si hay pasión detrás de lo que se anuncia, si hay alma detrás de lo que se dice; todo está ahí para decirte quién vende, por qué vende y para qué se vende, si para compartir una visión, un mercado, si para sobrevivir o si para simplemente matar el tiempo…

Los malos carteles no saben cómo decir lo que quieren decir, y entonces engañan, distraen, les falta convencimiento o estómago, porque no entienden que no son para todo el mundo, los carteles mediocres quieren surtir efecto sobre todos, pero llamar la atención de todos no es nada que nadie debería buscar, lo masivo es anecdótico y efímero, nadie lo comprende del todo y, aunque hable de eso, ninguno sabe bien de lo que habla, pasa con el fútbol, con la política y la religión, pasa con las creencias y con los moralismos, alguien dijo lo que estaba bien y lo que no y alguien decidió seguirlo al pie de la letra.

Uno va por la vida viendo banderitas naranjas que dicen se cogen ruedo o se cojen ruedos y, aunque uno lo escriba mal, por pura práctica seguro lo hace bien, quizá con una máquina más vieja, más fea, quizá sin un corte prolijo, pero igual de efectivo, uno va por ahí viendo cómo se venden casas y se cargan camiones de recuerdos y de basura, que se venden sueños y cremas y que se rompen leyes ortográficas y comerciales, que se personalizan camisetas, camisas, con diseños y logos, con eslóganes y fotos, que se vende todo aquello de lo que no se es dueño, que se imita, se copia casi al punto de ser lo que la gente desea y al precio que la gente lo desea…

La vida está en venta, compramos, ofrecemos, nos vendemos… al final todos lo hacemos, todos vamos por ahí dejando claro por qué estamos dispuestos a cambiar nuestro tiempo, somos un cartel que cuenta lo que tenemos, lo que queremos, de lo que carecemos, lo que buscamos, al menos los que saben van por ahí siendo, los que no, van por ahí supliendo ausencias, tomando de otros carteles los colores, las fuentes, las ideas, midiéndose los anhelos ajenos, deseando lo que no entienden y forzando las realizaciones de otros a sí mismos.

Me gustan los carteles, los buenos carteles, los explícitos, los directos, los que no se guardan nada, los que no juegan a preguntar si se es feliz, si se tiene el futuro resuelto como si se tratara de una lista de cuadernos, los que entendieron que no se trata de tener lo que otros tienen o desean tener, sino de ponerse encima lo que quieran, la vida, a fin de cuentas, es una sola, el precio es personal, se puede pagar a cuotas o de lleno, se puede vivir incluso endeudado de ideas y de sueños, se puede porque notarlo requiere pensarlo y no todos están dispuestos a pagar el precio de hacerlo, es fácil parecerse a otros, creer que se quiere lo que no se tiene… después de todo, si la vida está en venta, lo único que podemos elegir es el precio al que nos vendemos y ahí —sabiduría popular— lo barato sale caro.

Después de la esperanza

—Escúcheme, cuando el flaco comenzó a escribir sabía que era un mal escritor, pero tenía al tiempo de su lado; la juventud siempre cree hacerlo, para ellos el futuro siempre ha sido alcahueta y benévolo. Parece aplazar las verdades, las pruebas, parece alargar los buenos ratos y acelerar en los malos; los llena tan pronto con algo tan nuevo que sienten como si nunca hubiera pasado o como si no tuviera importancia.

Iba por allí rayando hojas con soberbia e ideas comunes, con alguna frase que lo incendiaba y le hacía pensar que mejoraba, que su ritmo, su visión, su filosofía mejoraba; no eran del todo malas, es cierto, pero hay una gran diferencia entre no ser malo y ser bueno; los que son malos de verdad nunca aprenden a verla, eso lo aprendería con los años, releyéndose.

La suerte, al igual que los jóvenes, tampoco diferencia bien; con un poco de ella, todo puede irse al carajo muy rápido. Escribía poemas; le convenía el estilo, podía así esconder un poco su falta de consistencia y eludir los puntos de quiebre con metáforas estrafalarias e impertinentes, golpes secos que se confundían con contundentes por el ruido generado, lo cegaban; solo los poetas y los malos poetas se contentan con la reacción enardecida de un público, los buenos saben que el ruido de un poema despierta es por dentro.

Aun así, le bastó para ser elegido, para ser llamado: debían enviar 20 poemas, su nombre, una pequeña biografía junto a su foto. Era joven y crédulo; a los jóvenes eso también se les da bien: esperan que el mundo sea como ellos lo han planeado, que salga todo bien sin haber hecho nada para eso; sueñan con facilidad y duermen poco, así que corrió a elegir, a buscar, a seleccionar, corrió a escribir sobre sí mismo como si hubiera mucho que contar y tuviera que resumirse, corrió a decirle a un par de amigos, a compartir el mensaje que lo certificaba como un poeta joven como una pequeña brasa de Prometeo…

Y corrió, corrió a la inauguración del festival, corrió a la mesa de libros del evento, preguntó por la antología de jóvenes, tomó una copia y comenzó a buscarse, a leerse, esperando leerse, y los ojos grandes y brillantes, y los nervios torpes y curiosos comenzaron a perderse, a diluirse en una mueca cínica; tres veces intentó, tres veces el índice lo negó. Desconcertado, buscaba explicaciones; aprendería después que no las hay y que, cuando existen, nunca son suficientes, así como el amor que se acaba, así la eternidad prometida puede llegar a ser solo momentánea; así también entendió que no hay nada escrito en piedra y que al futuro fácil se le olvidan las promesas.

Cerró el libro con calma y concentró su amargura con delicadeza. Por fortuna, el vino de caja es dulce, porque el sabor a mierda que tenía era fuerte; a los 16, ese fue un golpe de realidad que casi lo noquea…

El Flaco le contaba la historia sin gesticular mucho; ahora sabía que el ruido de las palabras potentes se hace por dentro, que no requería de una escena para todos sino de un drama para ellos. Habló de su dolor, de su esperanza, de su decepción, y volvió en silencio a la estantería vacía donde hizo espacio para un libro más y se quedó contemplándolo.

—La empleada lo persiguió tratando de ofrecerle de nuevo disculpas, pero, al verlo viendo ese espacio donde estaría su libro, no pudo más que callar e irse; dolía ver a un hombre imponente con la figura desecha frente a un espacio en blanco… Por estar pegada al celular, había empacado mal sus libros y los había enviado a un autor a quien, por sus pocas ventas, habían sacado a última hora de la programación; temiendo eso, le había tardado casi 20 años en confiar en otro concurso… ¿cómo se iba a olvidar de que al que no quiere caldo, se le dan dos tazas! y que después de la esperanza solo queda un sabor amargo que ni el vino dulce

Premura

Mira la puerta y espera que suene, intenta presentirle, adelantarse a su llegada, sentir el aroma de su cuerpo acercársele; ha limpiado de manera cuidadosa todas las superficies donde quiere que su humedad se desparrame, sí, se incluye en la limpieza. Su cuerpo se siente despierto, los ojos arden como los de cualquier niño cansado, pero el cuerpo, esa es otra historia, ese arde como el de cualquier adolescente a la espera de una piel familiar; la circulación retumba en su pecho, en sus dedos… Tum Tum Tum fuerte, Tum Tum Tum, sugiere el ritmo, marca, como un metrónomo, la velocidad con la que espera llevar el baile, el ritmo que desea imponer cuando sea el momento.

La espalda lo está matando, pero comprende lo importante del momento; el cuidado tendrá que esperar, la oportunidad hay que tomarla, a ella hay que tomarla, tomarla bien, tomarla fuerte, tomarla hasta el cansancio, hasta que tiemble, hasta que diga que necesita respirar, así que ese espasmo tiene que aguantar, la rodilla tiene que aguantar… ya aguantó mucho, piensa, esperaba este momento, necesito este momento.

Mira la puerta y espera, como un gato o un perro que espera el regreso implícito pactado en cada despedida, en la regularidad que sucede, en el horario que se ha acordado y que, aunque no se ha declarado oficial, se ha pactado por la fuerza de la costumbre y la monotonía que orquesta el mundo. La tensión de los músculos está presente, marcada, fuerte, no suelta, aprieta y retuerce; tira la cabeza un poco hacia atrás, cierra los ojos, siente casi como tiran de su espalda dos cables trenzados, lastima, pero no tanto como para dejar de esperar, nada sería tanto en este momento.

Mientras espera, la imagina llegando, cruzando la puerta casi abducida por su deseo, el beso largo de bienvenida, la mano a la cintura, a las nalgas, apretar las nalgas, sopesar las nalgas, nalguear las nalgas, y traer su boca a la suya, halarle un poco el cabello hacia atrás, morderle los labios, y acariciar su cara hasta apretarle fuerte el cuello; tomarla luego de la mano y pasear, señalándole cada lugar, aquí, luego acercarse a una silla y decirle aquí, llevarla a la cocina y mostrarle allí, y finalmente al cuarto, a la cama y sonreír mientras que señala dos lugares más.

Imagina sus vocalizaciones entrecortadas, aullidos menguantes; la imagina un poco diferente cada vez; los deseos brincan y cambian de parecer frecuentemente; recuerda todas las otras veces que esperó, mirando la puerta, con la misma tristeza que un perro o un gato que, tras un par de minutos de espera, comienza a mirarla ya con un dejo de sospecha, de una ausencia postergada… con el temor de una ausencia confirmada.

Por eso ahora, mientras no duda, mientras aún hay tiempo para soñarla antes de que la proximidad despierte la angustia, y la angustia el miedo, y el miedo anticipe una ausencia, por eso justo ahora él la imagina entrando por la puerta, él la imagina en la mesa, en la silla, en la barra, en el cuarto, viéndolo con ganas, como sonríe y la provoca, también agitada, también sudorosa, su piel nacarada en relieve y enrojecida…

Porque es fácil soñar, porque nadie se lo impide y el tiempo aún no se lo niega; no desespera, aún espera, no pierde la fe; los agnósticos siempre creen en el otro, porque saben de lo que ellos son capaces y, por la misma razón, son también desconfiados.

Pero mientras que el tiempo lo permita, él seguirá viendo la puerta, con la imagen cambiante de una posibilidad, de un quizá, de un puede ser, espera mirando la puerta, espera con premura.

Viento a favor

A los cuarenta, el cuerpo parece más plástico de burbuja que carne y huesos: donde se toca algo cruje, algo suena; el exterior se sacrifica para proteger lo que hay dentro, pero no queda intacto en su heroica labor, se siente y resiente. Las semanas duras, el estrés lo tensa al máximo y, con cualquier presión extra, revienta: la bolsa de aire cede y el cuerpo canta su dolor y da testimonio de su esfuerzo.

Esta ha sido extenuante: la rodilla cruje, el trapecio está contraído y rígido, el cuello parece estar al límite; inclina la cabeza un poco hacia atrás y lo comprueba. La sobredosis de cortisol y adrenalina que lo tuvo alerta todo el día ahora entumece el cuerpo; necesita algo que lo aligere: una cerveza, un pucho, un polvo, algo que lo desconecte y le reinicie la vida, al menos por un rato; dejar atrás todo, al menos por un rato.

Levanta la vista y busca, busca un poco de entretenimiento gratuito y de calidad: pasear la vista y la imaginación en búsqueda de colores, de gestos, de expresiones faciales… cualquier cosa que le permita ausentarse de su cabeza, de sus dolores, de su día y su semana; pero no hay nada donde posar los ojos, salvo un par de mallas y transparencias, aunque ninguna logra atraparlo lo suficiente.

De repente, ve hojas moverse en su dirección y extiende las manos como un gallinazo al sol. La corriente es ligera pero efectiva; se cuela por entre los botones y dentro de la camisa, acaricia los vellos del cuerpo y refresca la tela, la piel… se erizan los poros: es una especie de caricia que recibe con los ojos cerrados, que se agradece porque desentumece el cuerpo y resquebraja la tensión muscular acumulada. La semana ha sido larga, pesada y mezquina; la brisa, por alguna razón, hace que todo pase, que se olvide de la tensión que parecía secuestrarle el cuerpo.

Ya era hora, piensa; a los cuarenta no puede tardar tanto la tregua: a ese ritmo no hay quien pueda aguantar lo que viene ni lo que vendrá. El presente y el futuro no deben amangualarse tanto; sin una fuente de escape, el mundo explota… o implosiona, y cada uno es difícil. Es difícil llevar el mundo a cuestas; uno ya no está para jugar a ser Atlas, piensa; por algo las labores titánicas se diseñaron para ellos y no para nosotros. Uno no tiene por qué andar empujando cuesta arriba piedras todo el día; zapatero a tus zapatos y Sísifo lo que es de Sísifo.

De nuevo parece que está a punto de empezar a ventear; parece que el viento trae lluvia. Un doble alivio se acerca: la brisa que refresca y el agua que ahuyenta gente. Sonríe y levanta la cabeza; siente las gotitas chocando: no son grandes ni fuertes, su cadencia es muy espaciada; la lluvia no llegará como esperaba, pero aun así espera que sea suficiente para asustar a las que se preocupan por el frizz y a los que vienen con ellas.

En los días así, lo innecesario debería quedarse en casa. De todas formas, sonríe: la brisa y el frío merman la calentura; las gotas, aunque fugaces, también ayudan. A los cuarenta uno ya no puede ir alterándose por todo, piensa; es necesario que mengüe, es menester que se sea flexible y se estiren los límites, que se acepten los parecidos y no los originales, porque hay que maximizar lo bueno para no naufragar en el cuerpo hecho pedazos. Por eso es una buena noche, aunque haya sido una semana tormentosa: porque hay brisa, porque hay viento y sopla a favor.

No hay barranco que lo ataje

Uno está condenado a repetirse, al fuera de lugar y el destiempo. Uno no tiene otra posibilidad que la de llegar tarde a su propia vida. Bueno, no llegar, sino hacer bien las cosas, es más una cuestión de suerte que de voluntad. Uno acierta por intuición y falla por lo mismo. No hay un conocimiento previo para los momentos importantes, para elegir las palabras correctas… Acertar es una lotería que ganamos sin darnos cuenta siquiera. Astutos nos sentimos, pero no suertudos ni agradecidos, a pesar de que hayamos encontrado la respuesta perfecta a una pregunta imposible. No somos conscientes ni consecuentes con el azar. Somos afortunados de que a él no le sorprendan las probabilidades, que, aunque pequeñas, sabe que siempre juegan.

De los triunfos somos responsables; de los fracasos, en cambio, lo son todos: el caos, la ausencia de conocimiento, de consejos, aunque nunca falte quien dé consejos, aunque nunca esté ausente quien desde la distancia y con mucha condescendencia puede ver la estupidez que estamos a punto de hacer, sin importar cuál sea… Es curioso: nuestra propia historia lo vive, otro indicio quizá de que todos los hombres somos el mismo hombre, el mismo idiota que juega a esconderse del amor, a temer al miedo, a rechazar el rechazo, a callar frente al silencio, y al mismo tiempo —en otro tiempo, en otro momento— a salirle al ruedo a un animal bravísimo que de amor no quiere ni escuchar, a ignorar las señales y mirar a los ojos, justo en medio, y sonreírle de manera descarada y grotesca al final de los tiempos, a abrazar el tedio y el repudio y gritarle cuántos pares son tres moscas a los que escuchan sin inmutarse.

Timing is the answer to success, canta Kevin Johansen después de haberse comido la mierda que todos nos hemos comido.

Así que seguimos temiendo a destiempo, callando a destiempo… La idea se entiende, ¿no? Tarde y en fuera de lugar, quedándonos con cosas por decir, con minutos por correr, con llaves en el bolsillo por entregar, recados por decir, abrazos por dar. Una mezcla de timing y de avaricia, porque hay momentos donde hemos sido todo para todos, para alguien, para quien queríamos serlo, hasta que alguien pensó que quizá lo quería diferente: el beso menos mojado, el mordisco menos duro, el amor más empalagoso y menos libre… Ahí todo se rompe y nada alcanza, y como mudanza de apartamento quedan expuestas y abiertas todas las heridas y los remiendos.

Si vinieran de a una las desgracias y las desgraciadas, si se filaran, si tuvieran orden… Nos gusta pensar que tendríamos oportunidad. Pero la verdad es que cuando la primera aparece, el impacto es devastador: se rompe el piloto del gas, se rompe la ilusión de la suerte, el pago se retrasa, el envío no aparece, los fríjoles se secan, la garganta se seca, las lágrimas se secan, las ganas… El corazón se acurruca en posición fetal e intenta abrazarse sin éxito alguno, sin poder consolarse, sin encontrar una pizca de tranquilidad. Pero no es cierto: cuando hay cagada tras cagada, no hay pañito que no raspe.

También es probable. El azar no se ensaña, no nos determina, ni nos mira a los ojos con una sonrisita burlesca como lo hacemos nosotros cuando nos llamamos astutos por ganarle una mano. No encuentra alegría alguna en la victoria, porque, al igual que en la derrota, era una probabilidad. Y una tras otra, tras otra, tras otra, en fila india e incluso haciendo distancia, parecen filarse para romperme la geta, y entonces uno recuerda que sabios eran los viejos cuando decían:

—Mijo, pise firme, porque cuando uno va de culo, no hay barranco que lo ataje.