Preguntas

El conocimiento descriptivo es estéril, el intuitivo inútil

El flaco.

Las grandes preguntas son aquellas que no tienen una solución, las certezas son temporales, y el control adictivo, la pregunta es la posibilidad, la certeza la negación. Quien responde sabe el qué, pero no le importan los por qué, quien pregunta tiene curiosidad, la respuesta no lo desvela, no añora poseer la verdad, es avaro en argumentos y posibilidades. La búsqueda de la verdad en cambio, la pregunta, las preguntas, son generosas, porque abren la puerta a una interacción que las certezas niegan.

—¿Todas las preguntas? —Preguntó Carolina con la voz suave y adormilada, al escucharse ella misma se sorprendió, juraba haberlo pensado y no dicho, esperaba haberlo dicho tan suave que el profesor no hubiera podido escucharla.

—Todas, incluso esa Carolina —Respondió con una melancolía que, a ella, especialmente a ella se le hizo dulce, le recordaba que ella había saboreado esa misma tristeza. Las cosas que marcan, suelen dejar una huella grabada en los cuerpos, en las miradas, una especie de olor o sabor, como cuando al caminar hueles pan caliente y recuerdas que ya lo has olido, igual pasa con esas cosas que sentimos, y si de algo tenía huellas Carolina, era de tristeza.

El resto de la clase no pudo prestar atención, filosofía era una materia de relleno, electiva, un curso opcional para estimular el pensamiento crítico. —Es un curso muy importante si de verdad te gusta el periodismo —Le había dicho el decano al tomar la materia, lo que había olvidado decirle es que la clase era los sábados a las 6 de la mañana, y ella, reina indiscutida de la pista, alma de la fiesta, gemido del sexo, estaba ahora condenada a perder su reino, adiós a las fiestas, a las trabas, a los polvos furtivos, a las amanecidas y a las encerronas maratónicas de sexo, a los fines de semana de glamping. Amaba la noche, pero tenía una beca, no podía cancelar ni perder ninguna materia una vez matriculada; amaba la noche, pero sabía que no la amaría por siempre, era osada, atravesada, responsable solo consigo misma y sus deseos, y aunque deseaba la noche, también era una mujer que cumplía sus promesas y había prometido hacerse profesional, a ella a su abuela, a sus padres desaparecidos… a sus hermanos descuartizados.

Lo miraba caminar, cansado, no era muy viejo, pero tenía ese gesto, al agacharse que develaba que todo no iba muy bien, porque nunca se agachaba del todo, si a veces al dar el paso perdía el impulso, dilataba las pupilas y arrastraba con enfado la pierna que había fallado. También solía dibujársele un alivio en el rostro cuando se inclinaba sobre el escritorio.

Carolina siguió observándolo así con curiosidad y menos tedio. Llevaba tenis, no estaban a la moda, no era particularmente raros, pero no decían nada; era finalmente un hombre, ya no le importaba lo que dijeran sus ropas por él, para hablar tenía boca y no precisaba de símbolos, camisetas, o camisas, siempre sin planchar, siempre en un estilo casual e informal, que no lo hacía lucir ni desaliñado ni bien cuidado, no se veía olvidado ni echado a perder, pero era difícil recordarlo antes de ese día; podía, cuando quería ser invisible.

Pantalones, pero no de paño, cómodos, delgados, la billetera al frente, el celular. Se acercó a su puesto y continuaba con su discurso.

—Pretender el saber, es tiránico, quien busca solo el conocimiento, se aleja de la voluntad, se enamora de las formas y no de su contenido, sabe todo lo que no importa, y pierde el interés en descubrir que podría estar equivocado; tiene miedo de estarlo, equivocarse lo haría ordinario, corriente, y la única causa perdida que admite es la de su contradicción. Describe los fenómenos que no lo necesitan para producirse, que no requieren ni modeladores, ni teóricos, se limita a ver la montaña, pensando que si parpadea la perderá de vista, aunque ella continuará allí en pie cuando su osamenta se haya desintegrado.

—Tiene los pies grandes, pies grandes, sonrió para sí misma, imaginó la verga más rica que había probado, la imaginó en su boca, dentro de ella, en sus manos, la imaginó palpitando, la imaginó en sus tetas, la imaginó eyaculando en su boca, y con esa imagen en la mente sintió el calor devorarle las entrañas. Levantó la vista, y la posó en el escritorio, sobre él estaba la billetera del profesor. La verga sí era grande, pensó y se sonrojó.

—Profe, ¿Tendremos descanso para el café?

—La pregunta venía de atrás, lejos de ella, de él —Sí, sí, pronto que la greca de Martica solo cabe bien después de la segunda tanda.

Todos salían, Caro salió de segunda, pero se devolvió apresurada, e hizo devolver al profesor, dejé la billetera profe, por favor, y mientras él abría la puerta, ella seguía imaginando su verga, excitada como estaba sin sostén como andaba, exhibía sus pezones endurecidos. Y cuando entró por la billetera se los restregó en el rostro mientras le agarraba la entrepierna; tenía la duda profe, sabía que no era su billetera, ahora, tengo otra pregunta, cómo un hombre tan bien dotado puede estar triste.

—Porque ya no funciona, le dijo él con una sonrisa agónica.

Retornos

Vuelve solo aquel que nunca pudo irse por completo
El flaco.

Cuando encontré en un papel de galleta del infortunio ese mensaje, supe que basta una posibilidad para que algo se haga real. El papel lo había escrito yo, eran 100 mensajes que había entrado de contrabando a la fábrica de galletas de la fortuna donde trabajaba, y me había costado, resulta que era una broma usual alterar los mensajes. Algunos habían intentado imprimir número de lotería, números de teléfono, chiquilladas, pero yo me proponía algo diferente, algo que necesitaba de 100 hombres.

Había pensado en manipularlos, para construir una pequeña revolución bohemia. Cuatro años se había tardado en diseñarlo todo, necesitaba alterar el orden. Su idea no era cambiar el presente, sentía que por los próximos 30 años todo estaba perdido; así que para iniciar una revolución necesitaba tiempo, y una forma de trascender -un hombre son sus ideas se había dicho- así logró descifrar cómo viajar en el tiempo, aunque fuera solo hacia el futuro, y fragmentar 100 partes de sí que, al estar completas, si todo resultaba bien, crearían un reflejo borroso de sí mismo. 100 hombres sería su nombre, aunque no supieran escribirlo. 100 hombres soñarían sus sueños sin saberlos ajenos. 100 hombres recorrerían sus pasos, sus tristes y cansados pasados.

Era simple enloquecer el futuro, hacerles perder la razón. Había logrado identificar a sus víctimas potenciales, hombres letrados, con buena familia, malos vicios y fascinados con las ideas de la predestinación; era consciente de que no todos cumplirían con su propósito, de 100 quedarán 30, de 30 lo intentarán 10, de ellos quizá 3 lo logren.

Las galletas del infortunio eran el primer paso, así encontraría a los 100. Y justo uno de ellos, uno que había conocido hace poco, uno amable como pocos, había decidido darle su galleta, su comida, su puesto.

No había dejado notas, ni indicaciones, creyó que era un pedido equivocado; algunas semanas atrás había sucedido lo mismo. Seguro había sido él también, pero debido a que estaba poniendo en marcha su plan lo había pasado todo por alto. Como no esperaba bondad del mundo, el azar era una explicación viable. En sus planes jamás contempló el regalo como una posibilidad y ya todo estaba en marcha. A la galleta le seguía un horóscopo, al horóscopo una sesión de espiritismo, a la sesión de espiritismo, un correo con algunas páginas escritas por el flaco. Llegarían por correo, bastaría una o dos, serían remitidas desde Buenos Aires, desde Lima, desde Medellín, Barcelona y Madrid, nada conclusivo, capítulos aparte; las voces serían fuertes, los suficiente para grabarse en sus mentes, lo suficiente para obsesionarlos, los marcaría a fuego por el azar cada uno tenía una idea sencilla.

Desorganizar las bibliotecas, vender películas piratas cambiando el contenido de las carátulas, realizar videos en redes sociales sobre un hombre que hacía árboles genealógicos de los políticos electos para recalcar el poder, y al mismo tiempo hacer videos en otra red social sobre un hombre que critica al hombre que hace estos árboles, y al mismo tiempo hacer un canal con videos de un hombre que toma el video de los otros hombres y los ponía lado a lado. Mandaba a aflojar saleros y pimenteros, a desconectar cafeteras, a llevar pescado en los tupper de oficina y jugo de guayaba en las loncheras de los críos. La revolución de este hombre era un desenfreno de idioteces; les pedía a las personas presionar todos los botones del ascensor al bajar, ser egoístas, mezquinos, una revolución del ridículo.

Los 100 hombres, los 99 hombres y él, hicieron lo propio, se rieron de la galleta, crearon publicaciones sobre el hombre que habría puesto todo en marcha, hicieron podcast, videos, artículos, se convirtió en una leyenda urbana. Los 99 hombres lo habían perpetuado, nacieron los cultos y los fanáticos, los trolls, salieron a las calles a alterar el orden a ralentizar elevadores, a sabotear los buses, 30 años de bromas tontas, 30 años de espera paciente, el fin de los 99, quedaban tres, él incluido, y cada uno recibió una galleta.

Adónde habéis ido, regresad a casa mis niños. El éxodo era masivo, Europa no había sido no sometida sino corrompida por algo de lo que nunca podría librarse, el flaco los habitaba.

Junky

—Andrés tiene 23 años, estudia Filosofía, quiere ser escritor, pero es mesero, quiere ser escritor, pero hace semanas que no escribe, tiene un bloqueo. Andrés no tiene un bloqueo, Andrés tiene la idea de que la musa debe raptar su consciencia, Andrés no tiene ni idea, de que para escribir no son necesarias las respuestas, sino las preguntas. Así que Andrés -terminó por fin su profesor de hablar-, Andrés tiene tarea, la misma que la humanidad se ha planteado desde siempre: averiguar cuál es el sentido de la vida. ¡Ah! Andrés, una última cosa, es un texto reflexivo desde la observación, no una argumentación desde la investigación.

—Julio es profesor de Andrés, tiene 63 años, es filósofo, ha escrito, pero ya no quiere ser escritor. Escribe y publica, pero ha perdido la forma del concepto, sus textos académicos y ficcionales son solo un hobbie, un entretenimiento, una forma de ser. Julio necesita escribir, pero nadie necesita leerlo.

—Pablo es Chef, no le gusta la palabra, ni los clientes, ni los meseros. No les gusta por su condición, pero le parece que su actitud frente a la comida habla mucho de ellos, de su simplicidad frente a la vida, frente a la gente, la que no ve a los ojos a sus parejas, a sus acompañantes, ni a los meseros, ni a sus amigos, nunca al chef, no miran la comida, no la saborean.

—Andrés fuma, fuma en su descanso y piensa en la pregunta, mira al chef, a los comensales, a su profesor, mira su reflejo, y llega a una conclusión.

—La vida no tiene ningún sentido, —escribió sin titubear, también sin tristeza ni rencor. Era la declaración de un hombre convencido de su palabra. NADA IMPORTA, es lo que realmente deseaba haber escrito; pero no era su estilo, la palabra, si bien carecía de un fin, no lo hacía de forma, y al encontrar esa respuesta, encontró la suya.

Placer, provocar placer, el placer de los estetas, exaltar aquello que es bello, la búsqueda de la exaltación artística. Grotesco en su búsqueda del placer, comprometido con su satisfacción, onanística búsqueda de la última droga, la existencia.

Es el simple existir, el simple placer de satisfacerse la única voluntad deseable. En cuanto piensas en ganarte la vida has perdido, pensó exaltado mientras continuaba hilando las ideas. Todo está perdido repitió, el tiempo ha ganado, somos transitorios, y por ende solo combustible, abono, insignificancia.

El hombre solo puede existir en la memoria colectiva, en el testigo fosilizado de su civilización, como cuadro, como lienzo, como pintura. El hombre sobrevive a través de su obra, sanguijuelas de las civilizaciones, despreciables lazarillos de los bancos. Los hombres poderosos y adinerados no son recordados -se consoló-, sirven solo como mediadores, patrocinadores de las artes, se conservan por medio del sustento que dan a los verdaderos hombres. Y los mediocres, los empobrecidos, los anhelantes de poder social y político son muertos vivientes, carroñeros insensatos, faltos de visión, solo existen para sus seguidores, trajes del emperador hechos carne, solo voluntad y envidia, una construcción social endogámica que genera solo retrasados paridos de su mismo encanto, y cada vez son peores, cada vez entienden menos sobre su naturaleza, convencidos de merecer las posiciones que han ganado, que han recibido. Simplemente recibido, sin esfuerzo alguno.

Junkys, los junkys son la respuesta, la real, la única verdadera, la droga, el placer de drogarse con una obra, pero no los que se inyectan ni la esnifan, no es el placer del subidón. NO. No es el placer vacío del placer, por el contrario, es el placer consciente de la obra; solo quien la mezcla, la siembra, la prepara, arquitectos de su propio viaje, reposteros de ideales, chefs que huelen, prueban, palpan, cortan, asan, funden, gratinan, que acoplan, mutan y cocinan mientras catan, juegan y exaltan sus papilas gustativas, esos que sexualizan su paladar para prostituir las bocas del mundo, esos que diseñan un bocado para sorprender, para encausar, para anhelar.

Los últimos estetas son los cocineros, los únicos estetas, los únicos hombres que saben moverse en la cocina. Hay que entender la humanidad, hay que saborear la existencia, y hay que estar dispuesto a dejarlo pasar, ellos no buscan el resultado, el resultado es la mierda, y no hay ningún sentido en ello. Su obra se digiere, los idiotas lo consumen sin saberlo, la eternidad los ha alcanzado, la han comido, obras maestras irrepetibles lo han llenado y aún sí fracasan, llenos de gloria que transforman en nada más que materia orgánica.

La respuesta es esa, la forma. La respuesta está ellos los gastrónomos, la humanidad es solo un panquecito convertido en bolo alimenticio, el tiempo nos mastica, nos devora, y nos transforma en combustible, y solo ellos, solo los grandes escapan.

Caballos Negros

Los congresos deportivos suelen reunir especialistas en muchas disciplinas. Fisioterapeutas, kinesiólogos, entrenadores personales, sicólogos deportivos, profesionales en deportes, técnicos, administradores, dueños, representantes, personalidades; además son un lugar ideal para encontrar viejas glorias vendiendo libros, a gurús prometiendo revolucionar los equipos, al deporte con nuevas técnicas de entrenamiento, nuevos suplementos, dietas, pabellones y pabellones de personas buscando ventajas para consolidarse. Y en ese lugar algo llamaba la atención, el Zorro Pérez dictaba una charla sobre veedores: Caballos Negros, donde prometía tips para elegir a las revelaciones del deporte.

Al Zorro hace algunos años le habían empezado a decir también el Topo Pérez, porque pese a su fama había hecho una pésima jugada. Después de mucho ahorrar había gastado todos sus ahorros en comprar al próximo Grande, y con la pérdida de su inversión, también se había llevado su credibilidad, pero tenía que escucharlo, después de todo había descubierto boxeadores como Orejas Martines, nadadores como el Renacuajo Valenzuela, Golfistas como el vigilante García. Era alguien que había encontrado un representante digno en cada área donde había trabajado, merecía ser escuchado.

Cuando encontré el pabellón pude ver su libro en la entrada: «Apuéstele al perdedor», un título provocativo, pero no muy inteligente y cuando encontré mi asiento el Topo, empezó:

Es una de esas cosas que solo se notan cuando es poca. La diferencia debe ser casi imperceptible, de lo contrario los implicados no se lo tomarán en serio, la competencia requiere casi iguales, si no lo son, si la brecha es demasiado grande, el que esté atrás será consciente de sus posibilidades, y el que va al frente no se esforzará nunca por dar lo mejor, porque no lo necesita.

Esto aplica para la academia y para el deporte, para el cortejo, para el sexo, para la vida profesional, para la ropa, no basta que exista la posibilidad. Necesitan la ilusión, eso que los impulsa al casino, la ignorancia de su parte, la de no saber quién tiene más probabilidades de perder.

Quien lleva la ventaja tiene miedo de perder frente a alguien que le pisa los talones, y muchas veces su miedo vendrá no solo de sentirse reemplazado, sino envejecido, porque a esto podemos agregarle una variable más, los años. Está bien ser joven y ser imbécil, irresponsable con uno mismo, está bien ser laxo. La verdad es que no lo está, pero la gente cree que lo está. Sienten además que si se esfuerzan un poco más pueden compensar, lograrlo, cumplir. A esa gente le aterra la idea de perder su excusa, su vida, su irresponsabilidad, su incapacidad de asumirse, el hecho de que ya no van a tener tiempo para aplazarse. Si pierden, pierden contra sí mismos, contra sus decisiones. Pierden contra todo pronóstico porque habrán desperdiciado todo y cada una de esas cosas hará que su derrota sea más grande y más humillante.

Quien lleva las de perder en cambio, suele tener algo más, algo que los demás pierden, la necesidad de probarse a sí mismos que merecen más. De nuevo, su desventaja tiene que ser poca, porque hay brechas que no podés cerrar, y no significa que todos puedan cruzarlas. Necesitas ver que el otro está cerca, no para perseguirlo sino para estudiarlo, sus puntos fuertes, los débiles también, pero especialmente los fuertes, porque para ellos, para los que vienen de atrás no es tanto el derrotar al otro, sino el de trabajar su victoria, mejorar, pulir, una vez al menos, una sola vez piensan.

Así que escójanlos bien. Críenlos con respeto y disciplina. Entiendan que el talento pertenece solo al mejor; a los demás los hace el carácter y la disposición. No hay dos distintos, ni dos iguales, el mejor está solo arriba, los demás están juntos abajo.

La desventaja, muchas veces – presten atención-, puede ser física, faltar un diente, una uña, un lunar, tener los pies pequeños, la boca grande. Busquen a esos que se van a repetir, que no los escogieron como jugador porque no eran bonitos, a los garetos, busquen a los que tengan algún complejo, cabezones, orejones, bajitos, que tengan técnica. Busquen a los introvertidos, a los que no dicen mucho de ellos, pero que cuando tocan el balín, cuando agarran la raqueta, o se montan a la bicicleta, se juegan la vida por ese momento. Busquen a los que tengan la desventaja, pero solo escojan a los que tengan la rebeldía de callarla.

Topo

Zorro.

Le corrigió él de inmediato a alguien que le hacía una pregunta.

—Y si esto es infalible, explique lo del Feo Ricaurte.

Buena pregunta. Un último consejo, nunca den un adelanto. Porque cuando los que vienen de atrás pierden su desventaja, no tienen ni idea de lo que es ganar algo para ellos mismos. El Bonito Ricaurte se operó todo lo que lo traumaba, y con eso se le olvidó hasta amarrarse los guantes.

Taxonomía sentimental

Uno cae como en un coma, el cuerpo le pesa, aunque se esfuerce por moverse pareciera que cualquier actividad le es ajena. Los párpados se estiran y se tocan y ahí, justo ahí como si de una emergencia se tratara, el cuerpo se eyecta con un chorro de adrenalina que pretende infartarnos, dejándonos en ese lugar incómodo, en el que el sueño asustadizo huye y la energía perezosa, se niega a llegar.

Y mira uno el techo y comienza a jugar con esos pequeños destellos adormilados, con el firmamento propio y a recordar o a imaginarlo todo. Si el techo es de madera tendrá un gran privilegio, pues cuando los ojos se acostumbren a la oscuridad, volverán a ver esas pequeñas sombras, torbellinos lacados con formas y figuras que embelesan y distraen, si es por el contrario blanco y de cemento, será un letargo turbulento, acompañado de recuerdos, de promesas rotas, de ideas inconclusas.

Sentirá, si está en la peor de las suertes el corazón muy oprimido, llenándose de vacío, aunque el oxímoron incomode, sentirá también la tristeza al cobijar cada pensamiento y concentrarse en el dolor de lo perdido. El juguete favorito, la nota de matemática, el teléfono de Andrea, la boquita de lulú, el orgasmo de Gabriela, en cada edad un dolor distinto pero familiar. Quizá es algo aplicable a todas las tristezas, quizá van juntas y por eso cuando una parece, la otra no está muy lejos. Como un buen DJ enlaza una canción con otra, las tristezas parecen conocer el ritmo y la cadencia para amangualarse, se siguen mutuamente. Pareciera que es verdad que las tristezas son tangueras.

En medio de la noche entonces, abrumadora y sobrecogida la voluntad se aniña. En lo profundo de la noche habitan monstruos, o por lo menos recuerdos monstruosos, y aún estás ahí incapaz de parar, de pararte, pegas las rodillas contra el pecho, el mentón a las rodillas y nada cambia pero se siente mejor; es una defensa natural resguardarse en uno mismo, vienen como pequeñas alegrías algunos buenos momentos, como caricias, como nos acariciaría la frente mamá cuando un cólico no nos dejaba dormir, o la pareja cuando un error hacía que nos tiráramos el parcial, con un leve suspiro, cómplice, como quien insinúa: nada pudo hacer por ti, pero estoy aquí. Esa caricia honesta -si existe el alma-, esa es la que debe sentir cuando se la recuerda, un cosquilleo que está diciéndote todo está bien, te susurra, estoy con vos, aunque todo esté mal.

Solo la tristeza y el anhelo, que puede también llamarse ilusión o enamoramiento tienen el poder de hacernos perder el sueño. Nótese que la ira de golpe solo pospone; por eso no vale la pena quedarse al lado de quien solo busca su furia, de los pirómanos es mejor huir porque solo desgastan, sin embargo, quien va más allá del dolor, quien aviva más allá de la curiosidad podrá llevarlos a recorrer el mundo en una noche.

De repente el sueño cambia, la montaña de palabras que se escala se derrumba, el mar encrespado se agita, y las bocas llenas de besos muerden la piel como colmillos y la desesperación aparece, sentís que caes una y otra vez en tu propio cuerpo. Sobre el cuerpo, sobre el cuerpo, como quien atraviesa un techo al lanzarse al abismo. Y te despertás agitado, sudoroso, frío, sin recordar nada, aletargado, buscando un punto al cual anclarte, pensando, me gustaría poder diseccionar eso que estás sintiendo.


La Musa del Tedio

Solía hacer algo en lo días así, alargados y aburridos. Días en los que ni el aire alteraba las hojas de los árboles, días con una actitud mezquina, claro, si es que los días tuvieran actitud alguna; en todas sus acepciones, poco generosos, insuficientes, días en los que el tedio en lugar de sentirse se respira. —Si algún día enloquezco, será en un día como estos, se decía mientras caminaba.

—Es el día perfecto para hacerlo, tiene tan poco para ofrecer que estoy seguro de que cada uno está a solas con sus remordimientos, con sus pendientes, sus libros por leer, sus películas por ver, recordando todas esas veces que pudieron ser un beso, un revolcón, una gran fiesta; pero todo se escapó de las manos. Los días así de vacíos tienen un efecto absorbente, atraen como la oscuridad del agua profunda, como la oscuridad en el fondo del bosque, los días así son precipicios a los que la cordura se asoma con ganas de saltar.

Camina por el fijo de reojo, intenta pensar en lo demás, en lo que va bien, en lo que está bien. Pero siente un deseo de brincar a lo profundo de esa desesperación, de dar un paso al frente, de caer, y sentir que el mundo cae con él, el vértigo, la angustia oprimiendo el pecho.

Y para no ceder, ni caer, caminaba, con el cigarro en la boca, con los audífonos en los oídos, pensando cómo la cordura de todos está siempre en una cuerda floja. Y los imaginaba por grupos, los nerviosos caminan por pasillos de cordura de los cuales igualmente dudas como si se tratara de una línea angosta, de una tira, de un hilo. Los seguros, en cambio, caminan por un hilo que imaginan puente colgante, que vibra, se mueve, nunca cae; siempre están bien, sobre todo cuando van cayendo, aunque no lo parezca esos que están seguros de todo son los únicos peligrosos, porque nunca saben que están cayendo.

Luego está él y los que se le parecen, los payasos alegres, los payasos deprimidos, esos que con cierta ironía miran el vacío, sienten el deseo, pero no se resisten a su caída. Por último, casi, los trapecistas, brincan, saltan, vuelan, hasta que caen, y aun así lo hacen con gracia, son osados pero ingenuos, brincan confiados en que todo saldrá bien, en que nada va a fallar, brincan uno tras otro, y cuando caen, ¡ah! cuando caen creen que así estaba escrito. Después, finalmente, están los de verdad transgresores, nihilistas astutos, caminan como esas viejas caricaturas, con gracia y energía, sin mirar abajo, saben bien lo que hay, pero ellos no caen, cuando se cansan, cuando nada los entretienen ellos se dejan caer.

En los días así la cara le cambiaba por completo. Se amarraba la cordura al tobillo y caminaba por el borde, rodeaba el lienzo e intentaba dibujar ese inhóspito lugar, de sombras, de profundidades, hombres junto al ombligo de las guitarras, mujeres en telas convertidas en estalactitas.

En los días así, pinta. En los días en los que todo está perdido… esto escribió para la gaceta Arte, el editor, anunciando la próxima muestra.

—Qué piensa sobre su editorial, maestro, le preguntó finalmente un estudiante que había estado leyendo en el micrófono la reseña del diario.

—Es muy creativo. Se nota que en los días así escribe, dijo él finalmente, y continuó el coloquio.

Elecciones

Cualquier otro día elegir un café hubiera sido algo fácil, se hubiera limitado a lo que le parecía un precio conveniente, una simple transacción de cuánto creía que debía valer un café. Sin embargo, hoy no era cualquier otro día, realmente no era una semana normal; pero la pregunta de la promotora, ¿cómo le gusta?, le recordó lo que le había dicho su ex mientras lo abandonaba: no sabes nada de la vida, ni siquiera sabés lo que te gusta. No puedo ni quiero estar con alguien que ha vivido la vida sin encontrarle gusto.

La promotora no entendía porque una persona podía sentirse tan afectada por eso. No tiene nada de malo no saber cómo te gusta el café, yo te puedo ayudar, dijo con una confianza mentirosa, repetitiva, recitando el guion que algún creativo publicitario había redactado sin pensar mucho en las consecuencias de sus líneas carismáticas, en sus juegos de palabras, en su pesadez y nostalgia.

Ella no entendía que nada tenía que ver con el café, que esa persona no estaba así porque había descubierto que no sabía nada de las notas ácidas o frutales que podía tener un café, ni de la diferencia en sus variedades a causa de la altura o el terreno. Era irrelevante. Lo importante es que esa persona estaba confirmando algo que desde afuera se sospechaba, no tenía gusto, pese a su dinero, y a su estatus, era una persona que no sabía cómo disfrutar de sí misma.

Prefiere el pan dulce o salado. Como no obtenía respuesta dijo no importa y continuó. Lo toma con azúcar o lo endulza, depende respondió, y a cada pregunta sentía una punzada entre pecho y espalda. Prefiero… pero nunca podía terminar, así que respondía por vergüenza, no sé, quizá, depende, pero nunca nada concreto, ni la forma de hacer los huevos, ni la hora, ni si asolas o en compañía.

Al final, sonriente, la promotora estiró su brazo y le entregó una tarjetica en la que le sugerían tres nombres. Principiante decía la postal. Se acercó a la góndola y en su carrito agregó cada café que le llamó la atención, cada tipo de pan, de lo que iba a comprar llevó uno de cada uno que notó.

Y condujo, condujo pensando en todo, en su vida, en los sabores, en los colores. Pensando si sabía realmente cuál era su favorito, en las comidas, en los vinos, incluso en los polvos, los trabajos, y no sabía elegir, no podía recordar cuál era su favorito.

Al llegar a casa lo puso todo sobre la mesa; los miró y no sabía si de allí podría encontrar algo que pudiera considerar como preferido. Y en cada sorbo, cada mordisco, cada prueba había emoción; ser consciente de intentar descifrar los sabores, y si valía la pena, el tiempo, el dinero y al terminar comprendió algo.

Saber, saber valía la pena, aunque no supiera si el anterior o el próximo sería el favorito, o el mejor; pero entendió, le quedó claro porque no la habían elegido.