VIP

La historia no vende asientos, los otorga, asientos de primera clase, de segunda, económica, VIP, Patrocinador, acceso al stage, te convierte incluso en protagonista o en actor de reparto, o dejarte por fuera de todo en un pestañeo, eso pensaba Francisco desde su boleto general, emputado como estaba de su maldita suerte, de estar detrás todos esos, sabía que también podía haberse quedado por fuera, pero el consuelo era poco.

Él quería un mejor lugar, él quería justicia para él, era su noche, no podía ser cierto que en el show que siempre había querido estar, fuera a suceder con él fuera de la primera línea, si alguien debía estar ahí era él, solo él, pero no, la vida había repartido las cartas y le había dado para jugar una mano de mierda, sin suficiente dinero ni oportunidades, por eso estaba condenado a ser siempre silla general, económica o aquedarse por fuera.

Ni protagonista, ni actor de reparto, un nadie pensaba cada vez más desconsolado, a su lado Susana está emocionada, lleva esperando este momento toda su vida igual que él, pero a ella no le importa estar a unos 15 metros del escenario, está cerca y será real, los verá en vivo, los escuchará en vivo, sabe cuales son las canciones, las conoce de memoria y aún así sabe que va a llorar al escucharlas, sabe cuando va a llorar más, pero no le importa, está ahí por fin.

Cerca a ellos está Andrea, no sabe quienes son los que están, ni los que siguen, está ahí solo porque había que estar, era el plan del finde, la foto perfecta, la fiesta de la que se va a hablar, y por eso era razón suficiente.

Doña Raquel codea, golpea, empuja –chicles, guaro, cigarrillos –grita, grita con fuerza mientras que empuja con más fuerza, mientras codea con más fuerza, ella está ahí aguantando frío y hambre porque si vende lo suficiente podrá asegurarse el mes de la pensión, y si vende bien incluso sueña con comer dos veces al día por una semana, no sabe dónde está, no tienen tiempo para maravillarse con la pinta de la gente, con su alegría o su tristeza, no ve los colores, lo único que ve ella son billetes, ella va por los billetes.

Lejos del bullicio sufriendo en silencio están algunos cocineros, meseros, al menos voy a escucharlos piensan, no puedo verlos, pero sabré que son ellos, quizá pueda pedir mi permiso y escucharlos 10 minutos, serán suficiente piensan, esa idea los ha hecho aguantar estoicamente de pie 8 horas, sin ir ni siquiera al baño y así continúa la espera para Francisco, Susana, Andrea así continúa el agosto para Doña Raquel y el jornal de los jornaleros.

De repente se enciende una sola luz, 4 hombres caminan al escenario y la tensión de todos aumenta. No tiene buena pinta piensan todos, su ansiedad, su rabia, su desazón, su alegría se convierte en miedo, y entonces hablan y el escenario enmudece…

La historia reparte asientos sin ningún criterio, el concierto se cancela, la banda nunca llega, ahora todos son VIP, primera fila para escuchar la trágica noticia.

Copiloto

Hay gente que va al cine, y personas que escuchan radio, hay quienes son incapaces de soltar sus celulares y otros que cargan con su biblioteca de arriba abajo. Están también los que recorren de un lado a otro las barras de los bares y las mesas de las cafeterías con las orejas abiertas y los ojos afilados… —Estos cazadores de historias son aprendices, pensó para sí mismo Jaime y metió su boca y su bigote cano y espeso en un café oscuro; al sacarlo, los vellos alargados y amarillentos se escurrían en el pocillo con la maestría de un pintor avezado, y se despegaban de nuevo sin derramar una sola gota, ese era el motivo de su tono ligeramente amarillento.

Era la mano derecha de la editorial y un ojeador literario de primera, de un solo vistazo podía clasificar a cualquier aspirante a escritor, la mayoría caben en dos grupos: ingenuos o crédulos. Piensan que las formas de contar están en los otros, que las grandes historias ya fueron contadas y que están siempre en el pasado. No tienen voz ni criterio, son imitadores descoloridos, fotocopias mal sacadas que intentan simular una voz nueva, transgresora pero cuidadosa de las viejas costumbres. —No soporto a esos fanfarrones distraídos, el oficio está en riesgo en mano de estos teóricos irresponsables, de esos mequetrefes que solo se han dedicado a estudiar la vida desde las teorías de otros.

Los buenos escritores están llamados a atestiguar la vida, a documentarla más que a repetirla, su obsesión mecánica por despresar los textos, por capturar sus esencias hace que sean excelentes forenses, pero malos médicos, les falta tacto aunque les sobre teoría, saben encontrar las tramas, desactivan con facilidad las maquinarias narrativas, son deshuesadores. Pero al igual que ellos, son incapaces de crear; solo saben desarmar, a ellos también los necesitamos, pero tienen ya una mayoría, y donde sea que la norma supera la rebeldía, el tedio acecha.

Por eso para los que aún tienen salvación, él tiene un arma secreta, un ejercicio simple. —Para los que están dispuestos a escuchar, la vida habla, pensaba. Así que daba la orden de realizar una crónica urbana como copilotos de un “piloto” o “chaperón”, eran conductores profesionales y fascinantes, ex militares, ex presidiarios, ex casi futbolistas y profesionales desempleados. Todos tenían dos cosas en común, les encantaba manejar y conversar, y además poseían las historias más hilarantes. Él mismo los seleccionaba de sus paseos cotidianos, él conocía sus mejores historias y confiaba en que, si alguno de ellos era lo suficientemente bueno, podría con facilidad convertir su viaje en un libro.

Al menos esa era la impresión que había tenido al escuchar la historia del soldado más torpe del país, un hombre asignado a la guardia presidencial que tenía un récord histórico y temerario; era la única persona que había herido de manera repetitiva al presidente en su casa presidencial, el arma, su torpeza ingenua, su falta de atención y las heridas, divertidísimas. Él había sido el culpable de que el presidente cobrará en la cumbre con el polio al dejarle caer un busto con su retrato en el pie mientras ayudaba a mudar algunos elementos al sótano de la casa. Días más tarde lo pisó -mientras entraba el mercado- en el mismo dedo que había casi fracturado antes. Tanta fue su fama que una vez le preguntaron al presidente que sí pensaba en la reelección y su respuesta había sido extraña para los medios: no creo que mis pies lo soporten; pero al conocer su historia la carcajada había sido genuina.

Un buen escritor sabrá que allí hay una comedia y una tragedia, y tendrá que escribirla sin pensar en lo inverosímil de una torpeza recurrente. Un buen escritor sabe que la realidad no necesita ser fiel a su percepción y que las palabras acordes para que sea genuina salen con facilidad de un buen escritor; así que sabrá hablar para que el soldado torpe viva, igual debía pasar con el detector de idiotas, un hombre con una atracción química hacia los imbéciles y los burócratas, un hombre que sin importar lo que hiciera o intentará, siempre, siempre siempre lograba encontrar a la persona menos apta para un trabajo y asignárlselo.

—Sí, pensaba entusiasmado sumergiendo de nuevo su bigote al café, entre tantos debe haber al menos uno que pueda contarme esa historia que sabe que aún no ha sido contada. Lo pensó y olió el café de nuevo, al menos uno dijo viendo por la ventana con la mirada perdida. Necesito al menos un buen copiloto.

Los suertudos

Suele creerse que la suerte es pariente del azar, que cae del cielo. Incluso aquellos más irracionales, piensan que es un derecho divino -nació con estrella-, dicen, con un cuerpo celestial destinado a guiarlo, protegerlo. Tan simplistas.

El único hombre con suerte lo conocí y entrevisté hace cinco años. Phillip era un eslavo que había huido de la guerra en su país y se había refugiado en esta nación tercermundista. Lo conocí gracias a un trabajo horrible en mi primer diario, era un artículo estúpido, pero yo estaba a cargo, una parte más de la sección de curiosidades, era un trabajo monótono e insípido porque consistía en ir a entrevistar personas comunes que habían pedido aparecer en el periódico. Como todos en la sala de redacción lo detestaban, era un trabajo que se reservaba para las personas como yo, recién llegadas al medio.

Había hablado durante meses con personas que encontraban imágenes de diferentes santos y dioses en frutas, panes. Había visto colecciones de cabellos, uñas, cucharas y tazas de té, había visto personas sin talento vanagloriarse de ser genios incomprendidos, pero de todos ellos, de todos los seres lamentables y aburridos, el único que de verdad lo era, era él Phillip, él sí es un genio.

A los 12 años tuvo por primera vez la certeza de que necesitaba hacer algo, gracias a un anuncio de esmaltes… unas uñas moradas, oscuras. No podía dejar de verlo. Algo en su color, en su contraste, en su forma; quería hacerles cosas a esos pies de revista, hermosos, hipnóticos, pero tenía 12 años y no sabía exactamente qué. Su –aún- inocente imaginación, su agonizante imaginación, no supo darle forma a sus deseos, pero supo intuir que lo que deseaba era algo desconocido y tentador. Lo supo porque aún en el invierno eslavo sintió el calor en su cuerpo, sintió su respiración agitada y sus cachetes ruborizados, sintió la presión creciendo bajo sus pantalones y deseó más, deseó sin saber lo que quería.

Hay muchos, dijo Phillip, que se sienten afortunados por una casualidad, un premio en la lotería, un billete en el pantalón o en el suelo. Hay quienes se creen afortunados por un ascenso o una buena nota, hay quienes creen que la suerte está de su lado, porque en su trabajo pagan bien, o porque la demanda laboral de su área de trabajo aumenta… No amigo, suerte, es la mía.

Cuando eso sucedió, dijo Phillip, supe que todo lo demás carecía de sentido, aproveché la guerra para huir, y desde entonces me vine siguiendo las huellas de la intuición. Necesitaba un país tropical como éste. En los inviernos nevados eslavos nunca iba a pasar, tenía que ser acá, donde el calor obliga a la desnudez de los dedos, donde las medias y los zapatos son indeseables, donde el calor sancocha y por eso las sandalias, los tacones boca de pez reinan, un lugar con tanta agua y tantas playas que sea un hábito llevarlas así, siempre expuestas.

Al principio eso bastó, bastaba con verlas, pero con el tiempo pude visionarlo, ahí tomé el curso de podología, y continué con reflexología, luego seguí con el diseño y decoración de uñas, para finalmente abrir este negocio: Huellas Spa, señaló el letrero de la entrada. ¿Puede imaginarlo?, las mujeres me pagan porque les toque los dedos, por masajeárselos, por cuidarlos y decorarlos, por pulirlos y dejarlos suaves… cuando termino los beso, para probar que han quedado perfectos. Como el carnicero que se corta un poco al terminar de afilar su cuchillo, como el barbero que recorre milimétricamente un cabello al afilar su navaja, yo beso sus pies, los huelo y me repito para mí mismo: que suerte es ser podófilo y pedicurista.

La columna salió el lunes. «El único hombre con suerte», así se titulaba, pero solo hablé de cómo había escapado de su guerra, para mí, para mi libro necesitaba la historia de un pervertido feliz. Interrumpió su lectura y dijo, así concluye la primera página de mi primera novela, Los Suertudos.

Un poco de todo

La clase comenzó puntual como lo habían advertido. Era aterrador el escenario, pasó al frente de todos, una hoja como escudo, y la vida escrita en ella, el dolor, el miedo, uno a uno leían con la garganta cerrada y con el miedo en los ojos. Había de todo, desde lo normal hasta lo extraordinario y en medio de ese pánico cinematográfico, de esa tensión consciente que genera conocer la lista, sabía que se acercaba mi turno, y lento pero preciso el tiempo correría hasta alcanzar mi apellido; allí no habría escapatoria.

Y entonces sucedió, mi apellido resonó fuerte. Me levanté temblando y caminé deseando haber omitido algunas frases, deseando haber escrito algo más, haberles contado sobre cómo fantaseaba con alguien, o hablarles de mi primer viaje, no debí abrir esta puerta, no quiero que nadie se asome, que nadie lo lea, ni mucho menos leerlo, quiero recuperar mi privacidad; pero es tarde, estoy ya frente al grupo y mi voz ya ha empezado a narrar:

El 20 de julio de 2016 Leila Guerrero escribió «¿Les pasa?» Una pregunta que se respondía a sí misma, una conversación silenciosa con la que puedo asentir en silencio.  —Contantemente, Leila, constantemente. Quisiera conocerla para decirle sí me pasa. Quisiera tenerla en frente para decirle algo que ella seguramente ya sabía incluso antes de escribir, que no estaba sola y había un montón de gente sintiéndose igual, adolorida, con más anzuelos clavados en el corazón, que su pregunta intencional y subversiva no solo iba a entrar a confirmar un estado sino a explicar un montón de cosas para mi vida, en especial que estaba bien.

Quizá la pregunta nunca fue para sí misma, quizá era para los demás, para los que estábamos frente a la pantalla, de espaldas al mundo. Quizá fuera para nosotros, la hoja temblaba en mis manos, estoy contando demasiado, sabrán de mi soledad y mi dolor, están viéndome todo, no me siento empelota, no, me siento traslúcido, no solo ven dentro, ven a través, pienso mientras leo, creo que piensan mientras cuento.

Hay silencio, mucho silencio. Seguro no me oyen, seguro se aburren, seguro piensan en alguien más, en algo más, seguro no están aquí conmigo sufriendo este momento tenso, los otros textos han sido superficiales, anécdotas divertidas, adolescentes enfrentando su desamor, su insomnio, despechos juveniles, dolorosos, pero nada trascendentales. Y a mí viene y me da por hablar de que nada está bien, aunque todo esté bien, de esos días donde todo me hastía, de esos momentos en los que yo me pierdo, de ese silencio que aturde, de ese espasmo emocional que me contrae las ganas. Por qué, por qué.

Continúo leyendo, y hablo sobre como me gustaría ver a Leila a los ojos y ver mi reflejo en ellos, sentirme parte de ella como cuando la leí por primera vez, como cuando asentí entre lágrimas y le dije sí, sí me pasa, a una pantalla, como cuando vi el día pasar recordando que un día, un 26 de julio de 2017 leí por primera vez a Leila y nunca pude dejar sus palabras, que siguen allí, atravesadas en el corazón junto al anzuelo que me la recuerda, junto a la vida que pasa sin a veces tocarme. Sí Leila, a mí me pasó, a mí no ha dejado de pasarme.

Escucho aplausos, es mi profesor, me mira riendo. He sufrido, lo sabe, le gusta, sádico hijo de perra.

Aleatorio

­—Hay una sensación que no olvido Doc, —dijo Mateo mientras estaba sentado frente a su psiquiatra, lo dijo con una tranquilidad genuina, después de tantos años Mateo había optado por llamarlo Doc, le parecía molesto usar su nombre propio, se sentía en confianza pero le estaba pagando y es difícil sentirse íntimo de alguien a quien tienes que pagarle por estar cerca, era la misma razón por la que nunca les decía el nombre a las prostitutas que visitaba, no pago por amistad, en algún lugar debía trazar una línea.

-Es, una espacie de mareo, de desorientación, recuerda las tazas de la feria, ese juego donde uno da vuelta y vueltas, donde se pierde de vista el norte y se deambula por un mundo que se precipita contra sí mismo, donde todo vuelve a uno, y todo se desdibuja, te tumbas en el suelo, cierras los ojos, pero igual todo se mueve, el mundo yira, yira, como dice el tango sabe, no para, no te espera, no te da chance, la gente suele olvidarlo, yo no, a mí esa sensación nunca me abandonó, cada paso doy siento que vuelve, las náuseas jamás se han ido…

El caso Doc, es que cada vez siento que toma más velocidad, una fuerza centrífuga me está consumiendo, siento la piel pegada a los huesos y a los huesos a punto de romperse, siento que el mundo, que el mundo está dentro, no sé si me entiende Doc, —Mateo había hecho una pausa, una pausa inquieta, sacudió con habilidad la ceniza de su cigarrillo dejando solo la brasa en un gesto sutil pero artificial, se nota que lo había practicado, se notaba como todo en él, que era producto de una fórmula, de un mecanismo, que le era impropio, nunca lograba apropiarse de nada, tan solo adaptarlo por la fuerza, con él nada fluía pero todo, absolutamente todo funcionaba, por eso eficaz como siempre, en ese gesto artificial como siempre dejó la brasa perfectamente expuesta.

Luego llevó el cigarro a la boca, inhalo y continuó hablando —¿lo ha sentido Doc?, ¿alguna vez ha sentido que el cuerpo se comprime tanto, que se siente disminuido?, que el mundo lo aprieta, ahorca, y rompe —era curioso que hubiera escogido esas palabras, pensaba el psiquiatra, él era como un alfarero, él ponía sus manos grandes, torpes y pesadas, sobre el mundo, él era su martirio, él precisamente él que se quejaba de cómo el mundo lo oprimía era el mayor opresor, todo el edificio lo padecía la gente a su alrededor estaba cansada de solo estar a su alrededor, su familia ya no tenía energía, su hijos estaban frustrados, a él le pagaban por entenderlo pero el precio era apenas justo para soportarlo, el portero del edificio, los empleados de servicios generales, la recepcionista, la propia administración del edificio había pedido de alguna manera los cambios de horarios para Mateo, y aún así, pero a los horarios incómodos, a los cambios repentinos él seguía apareciendo, era imposible de evadir, una molestia incontrolable.

—Sí, la he sentido Mateo, es abrumadora, una sensación normal pero asusta, perder el poder sobre uno mismo, sentir que el mundo puede dañarte, recordarte que eres vulnerable y que no todo está bajo tu control es intimidante y —No, no es esa la sensación Doc, yo no lo veo nada de malo a que el mundo sea un lugar hostil, así debe ser, el mundo es animal, lo único que me inquieta es porqué ahora pasa más rápido, por qué ahora, por qué justo ahora?

-La pregunta era retórica, pero la interrupción que mateo le había hecho lo había enfadado, así que contestó seco y directo, la pregunta tiene una respuesta obvia Mateo, una respuesta corta, aunque no va a gustarte, el mundo es animal, sus acciones también lo son, el universo no tiene consciencia, vos no le importas al universo y tampoco lo hace tu sufrimiento, simplemente es mala suerte, como la de todos, siempre hay un cretino que nos arruina la vida solo por azar.

Con la suerte echada

Hay boxeadores “malos”, ustedes incluso les llaman malísimos, más que boxeadores parecen masoquistas leí que escribieron alguna vez, y que describieron su falta de técnica, su defensa baja, su ritmo lento… esos “malos” boxeadores como ustedes los llaman son los mejores hombres del mundo.

Así empezó hablando corazón de hierro Mendez cuando llegó con su título de peso pesado, el nombre había salido de la prensa, debido a que en el combate que había ganado el título había resistido una paliza brutal durante 11 rounds y en el último, con un gancho letal, un gancho de orgullo herido había logrado impactar la quijada el campeón y hacerse con el título por KO.

Esto quiero que lo sepan porque los que tienen corazón de hierro son ellos, yo nunca he sido mejor que ellos y no quiero que me llamen así, a ellos pertenece ese título, a mí díganme puño de gorila, mano de hierro, rocazo no me importa si no es bueno, ni sonoro, al fin y al cabo, mi golpe es seco.

Pero esos, a los que ustedes les dicen malos boxeadores son hombres que saben pelear sin tirar golpes bajos ni atajos, sin herir, pelean para proteger, pelean por las causas justas, no van al cuadrilátero por la gloria, están ahí por algo infinitamente más grande, para encontrar paz.

A los medios que no entiendan a lo que me refiero y a los que sospechen que estas palabras no son del todo mías no se equivocan, pero tengo un jefe de prensa que entendió lo que quería decir. En el box no hay niños ricos, ni guapos, hay hombres toscos, rudos, con cara de mecánico engrasado, de habitante de calle y callejón, no hay ninguno que haya estudiado antes de ser boxeador, esas oportunidades no nos toman ni por sparring, cuando se calza los guantes lo hace porque su suerte está echada, este un deporte exclusivo de pobres, podres diablos, pobres económicamente, sin apellidos prestantes, sin amigos influyentes, porque nadie que pueda elegir, de verdad elegir elegiría calzarse los guantes contra otro que es más rápido, mejor pegador, o que tiene más técnica.

¿Se entiende? Quiero que me entiendan, a los tipos como ellos y como nosotros, es decir, lo que logran ganar algo o los que nunca ganan nada sobre el cuadrilátero no gusta el box, nos encanta, estamos vivos por él y gracias a él, pero nunca fue realmente una lección, porque cuando uno es pobre uno no es libre de escoger, uno se acomoda, uno aprende a aguantar, la vida nos pega desde chiquitos, no tira jabs de hambre, nos conecta uppercuts y crochet de desprecio y trata de noquearnos con swings de droga y alcohol. El box pega fuerte, nos pega fuerte, y algunos alcanzamos a golpearlo un poco a él y quitarle unas monedas, pero la plata se la llevan ustedes, aún así nosotros nos calzamos lo guantes.

¿se entiende? Quiero que me entiendan, a lo largo de mi carrera me han conectado más de mil quinientos puñetazos oficiales y fuera de las ligas he recibido tres o cuatro veces más, solo por ser pobre, solo por no ser blanco, nosotros, los negros pobres nacemos con la suerte echada y en mi pueblo era fácil, ser boxeador o ser guerrillero.

Ellos los “malos” boxeadores son los que tienen corazón de hierro, yo tengo solo dos buenas manos, pero ellos, eligieron recibir golpes para no empuñar un arma, yo no merezco ese título, a mí díganme de cualquier otra manera.

KO a la prensa tituló la prensa al día siguiente.

Valores Perdidos

Por definición Francisco era un hombre sin moral. —Las leyes de otros, decía, no pueden gobernarme, mucho menos aquellas que han sido pactadas bajo una dinámica social cambiante. La moral ha permitido cosas intolerables, la moral ha permitido el racismo, el sexismo, el acoso y la opresión de los empleados, la violencia intrafamiliar y doméstica, incluso la violencia física y callejera, la moral es una ley bastarda que no defiende como piensan las señoras católicas las buenas costumbres, solo aboga por el status quo y apela a un concepto estúpido para su definición del bien; son normas dictadas por gente más temerosa de dios, pero también lo fueron dictadas y modificadas por cada hombre y mujer con miedo a perder el poco poder que tienen.

Ese era su pensamiento y por eso escupía literal y continuamente. Escupo en su moral de moda, pensaba, escupo en su moda, en sus actos benévolos, que no eran más que costumbres, en sus alegrías impuestas, en sus deberes castrantes, escupo en su silencio cómplice y en sus risas burlonas, en su principio de incertidumbre y en su miedo auto propagado como pandémica enfermedad de la que solo puede curarnos la moral.

Además, era un hombre sin moral, porque era un ladrón. No de los simpáticos y graciosos, no era filósofo ni escritor, era un ladrón recio, de vieja usanza, un hombre que robaba según su propia idea bajo la única ley posible, al que tiene mucho hay que desocuparle las manos para que pueda rascarse la nariz, un equilibrado social, uno de esos hombres que en tiempos de nómadas más que cazador sería carroñero, un hombre al que le bastan las sobras, pero solo de aquellos que tenían para sobrar.

Un ladrón ético pensaba, no un Robin Hood porque robaba solo para él, solo lo justo y necesario, y si tenía suerte, dejaba de robar por días, que el trabajo más allá de lo necesario lo consideraba también una fuente de corrupción para el hombre, y él solo tenía su credo, después de eso, era solo carne y harapos. En ninguno de sus robos había arrebatado una vida, no usaba armas, le bastaba su fuerza tosca para reducir e incapacitar a los elegidos, nunca a mujeres ni a hombres que no pudieran defenderse, nunca a ancianos ni a niños, un ladrón con honor y dignidad, pensaba.

Por eso cuando un trabajo incompleto lo llevó a prisión se indignó a rabiar. Él era un ladrón honorable y entregado a su trabajo, un hombre que, aunque detenido muchas veces jamás había sido condenado a un solo día de cárcel, sus hurtos jamás habían superado los montos punibles, él jamás había causado lesiones de gravedad ni traumas, era un fenómeno extraño, un hombre carismático y tras ser atrapado era generalmente perdonado por las personas y siempre quedaba en libertad.

Pero tuvo mala suerte, esta vez el hombre al que había asaltado había presentado cargos, un instructor de gimnasio, culturista humillado presa de la vergüenza y de sus músculos atrofiados. Lo acusó de haberlo drogado para poder vencerlo, por eso lo había sorprendido, y al agarrarlo con la guardia baja después de un día de fuerte entrenamiento, ya no le quedaban fuerzas para defenderse de un asalto a traición… el problema estuvo en que, al escuchar las razones, Francisco perdió los estribos, lo había llamado mentiroso, se había soltado de los guardias, y propinado una golpiza tan grande que tuvieron que detenerlo por lesiones por personales.

Era la primera vez que pisaba un patio de cárcel, y por lo simple de su incidente lo había llevado al patio de los estafadores y eso era lo peor que podía pasarle, durante muchas noches Francisco escuchó a estos hombres engatusar a los necesitados, a los hambrientos:

 «Sí, así es, felicitaciones, el trabajo es suyo, consigné tanta plata en tal cuenta porque es necesario pagar el curso de alturas y mañana mismo puede empezar.»

«Ha sido elegida para acompañarnos en los procesos de duelo generados por la pérdida de pacientes en el quirófano. Son solo 4 horas al día, y necesitamos que vaya a esta dirección para que le hagan sus exámenes médicos y lleve tanta plata que se los reembolsamos en la quincena.»

Francisco se paseó por los patios memorizando los rostros, las cuentas, conociéndolos. Porque era inmoral pero no era estúpido. En los patios estaba en su territorio y no podía hacer nada, pero él sabía que saldría y arreglaría las cuentas, no podía dejar que hombres tan torpes y faltos de escrúpulos se hicieran llamar ladrones, ¡Faltaba más! Durante una semana se paseó cerca de los celulares clandestinos, oyéndolos estafar y robar personas, luego, finalmente, las puertas se abrían para él.

Por tedio de continuar la demanda, el culturista había faltado a la sesión de imputación de cargos, y ahora quedaba en libertad, y tenía algo por hacer, tomó su lista negra y rastreó a los encargados de recibir el dinero. Por primera vez había usado más fuerza de la necesaria, reventado narices y bocas, por primera vez era violento, y tras cada asalto escribía una carta sin nombre a los estafadores, un reclamo airado donde les advertía que se retiraran o habría consecuencias.

En solo tres meses había dejado fuera de operación a todos los de su lista. Y él había creado cooperativa contra estafas, con la plata que les había quitado a los secuaces, y a cualquiera que podía probar que había sido asaltado en su buena fe, él le devolvía el dinero.

—Que se pierda todo, menos los valores, decía. Y cerraba las puertas de su pequeña oficina para ir a asaltar a alguien y conseguir lo suyo, porque la plata de los estafadores era solo para los estafados. Ladrón sí y a mucho honor, pensaba, pero nunca una rata estafadora.

Una buena mano

Los buenos conceptos son universales, pueden variar en composición, pero nunca lo harán en significado. Por ejemplo, según el juego, la profesión, una buena mano tiene una connotación inmutable: una buena mano de pintura es prolija, firme, y no deja lugar a espacios. Una buena mano jugando a las cartas te brinda una composición de números, formas y colores que opacan a las demás, una buena mano te pone la inyección y se siente como una caricia, una buena mano te corta el cabello y lo hace crecer grueso, fuerte y rápido, una buena mano tiene buena sazón, una buena mano enciende rápido el carbón, una buena mano, simplemente mejora lo que toca.

Lo bueno de la buena mano no yace en los dedos, ni en las articulaciones, su secreto no está en la falange ni en los músculos que les permite realizar un agarre, ni siquiera para los masajistas, no se trata de la fuerza que pueden generar para desatar un nudo en la espalda, el cuello, tampoco en la suavidad de la yema de sus dedos ni en lo tersa de sus palmas. No.

Hacen los mismos movimientos la buena y la mala mano, pero al mismo tiempo lo hacen diferente. Tiene sentido, cuando se ve a esa distancia tiene sentido. Una buena mano no habla ni siquiera de la mano sino de la realización en sí de una tarea, de su desarrollo y si se quiere de su voluntad.

Es primordialmente eso, el deseo de hacerlo, de tomarse el tiempo de hacerlo de disfrutarlo mientras se hace, de redescubrir que se ama hacerlo mientras se lo está haciendo, eso es todo. No hay secreto más evidente ni explicación menos innecesaria, una buena mano ha sido la forma de crear un mito alrededor de las ejecuciones, quizá creado también para no igualarlos a los máximos dones, una palabra para describir el talento nato en oficios sin artistas, en obreros prescindibles de tareas cotidianas donde lo bueno se aprecia, pero no se requiere.

Ningún mal peluquero se ha muerto de hambre, tampoco ningún pintor, y ni a los malos jugadores que escogen siempre las malas manos para apostar y que ganan solo por cuestión de suerte se les prohíbe jugar. Ellos existen en un mar de abundancia sin nombre, en una mediocridad universal e indiferente, las malas manos existen, son mayoría, están en personas que están donde están porque jamás han tenido ningún interés en su oficio, porque actúan bajo un lógica predecible y sobretodo ajena, porque pese a que fueron libres para tomar las decisiones que los llevaron a ocupar el lugar que tienen, se lamentan por haberlo hecho, porque no se realizaron sino que se resignaron, a hacer algo en lugar de a ser algo.

—Pero una buena mano, Carlota, no es lo que buscamos en este negocio. Aquí no buscamos las cualidades de esas buenas manos, porque las buenas manos tienen callos, lesiones, cicatrices, las buenas manos han golpeado y amasado la tierra, las buenas manos han dado todo su potencial en el trabajo y nada se han reservado para ellas mismas, las buenas manos no son delicadas, porque tienen un propósito y una vocación, no saben actuar delicadamente, ni lucir relajadas, son manos obreras. Ah, pero tus manos, son perfectas, perfectas.

Tras terminar de hablar, Wilson acomodó la posición de las muñecas, agarró el dorso de la mano derecha con los dedos de la mano izquierda y cargó el flash tsuuuuuuuuu y clic. El flash encegueció el fondo rojo, resaltó el blanco pálido y realzó el contraste de las uñas negras. —Para mí las buenas manos, son las que son inútiles sin propósito, las maleables, las que sirven para fingir que hace… así como las tuyas, dos lindos juguetes.

Corotos

Joe era un muñeco de plástico que tenía una camisa polo amarilla, cabello castaño y un jean azul. Andrés lo recordaba con el cariño que se suele tener por aquellas cosas inventadas, por esas a las que se les controla todo, la historia, el futuro. Joe no era realmente un GI.Joe, para Andrés era evidente que no, tenía ropa de civil como la de su padre; quizá fue eso, nunca podría ver a su papá en un traje de comando, o que la camisa mostaza de Duke guardara cierta similitud en tonalidad y forma con la camisa de su muñeco y la de él. Allí, lo mejor de ambos. Su héroe de acción, y el hombre fuerte y tierno que podía a su voluntad bajar y subir su bicicleta tres pisos todo el día, repararla; el hombre que inflaba globos sin marearse y silbar como un huracán usando solo sus manos.

Lo recordaba justo hoy que había escuchado una expresión que su padre solía utilizar: recoja sus corotos. Se la decía cuando dejaba sus juguetes por ahí regados, la ropa en el lugar que no era. Tenía una sonoridad que le gustaba, corotos, servía para designar ropa, juegos, juguetes. -Corotos-, pensaba y le causaba cierta gracia, precisamente con sus muñecos era con lo que más la oía.

Habían pasado muchos años y esa imagen se había disuelto, pero recordarla hoy le hacía bien, hoy pensaba en su padre en su mejor momento, hoy pensaba en su padre y lo recordaba fuerte e invencible, y eso le hacía bien. Ese hombre había vivido siempre con una sonrisa; sabía ahora que muchas veces esa sonrisa era falsa, que era solo para tranquilizarlo, que su padre sentía miedo, zozobra, pánico, hambre, que había llorado, que nada estuvo nunca bien, aunque él nunca lo había sabido.

Le venía bien el recuerdo y empacaba con una sonrisa y sin notarlo, tranquilo, con una calma ajena a la situación. Los que lo veían a la distancia pensarían que tenía todo solucionado, que no necesitaba el trabajo, o que ya tenía una oferta de algún lado; pero Andrés no tenía ni idea de que iba a hacer, sin embargo, había entendido que nadie nunca lo había sabido. Y cuando escuchó: —¡Es una orden López, y si no le gusta pues coja sus corotos y lárguese con su metodología y procesos a otro lado!, pensó que su vida se acababa, creyó que sería difícil mirar a los ojos a sus amigos, a su mujer, creyó que hasta el gato lo miraría con una reprobación mayor a la cotidiana. Pero no, nadie, absolutamente nadie podría decirle nada, ni siquiera Joe; curiosamente hoy vestía una polo amarilla, un jean, como él, tal y como lo hacía su padre. Al igual que ellos sabía que pasaría lo que tuviera que pasar, pero que él estaría de su lado, el mundo puede estar en contra, es más, el mundo lo estaba, pero no él.

Agendas, calculadoras, algunos elementos de decoración iban entrando a su caja de cartón. Fotos, cables -todo sonriendo- abre los cajones y empaca sus libros, sus ideas, sus benditos papelitos llenos de rayones, sus juegos. Sonríe y tiene la mirada alta.

El jefe pasa, ve lo que pasa y no lo cree. ¿Todavía está acá, López? Grita al sentirse desafiado, al sentir la correa suelta, a López libre.

— Sí, tengo muchos corotos, dijo. Y continuó guardando recuerdos. Sin inmutarse por el presente.

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Van tres semanas sin dormir desde el nuevo año. El médico de TI psiquiátrico dice que es normal, que los eventos de una memoria corrompida son causantes de que los condensadores del sistema de hibernación se alteren y no permite una correcta ejecución del reposo. Yo intento guardar silencio, entiendo perfectamente el razonamiento técnico y comprendo el por qué las alteraciones en un módulo corrupto de memoria son las responsables, pero el conocimiento solo es poder si es aplicado; no quiero discutir con él, estoy cansado y el problema de que un módulo de memoria se haya averiado no se limita al sueño, la afección en la cache es evidente, he olvidado cada atajo y respuesta personalizada, detesto hablar desde hace tres semanas porque tengo que componer cada idea por separado y luego conjugarla.

No es sólo un módulo de memoria, además el sistema genera reinicios involuntarios, y, sumado a la falta de carga producida por el daño en la suspensión, hace que deba elegir muy bien cuándo utilizar los periféricos de salida. La energía en estos casos es vital, no quieres quedarte sin batería en un lugar peligroso y levantarte con una tarjeta remplazada o una rom alterada, podrías perder tu identidad o con tus crypto cuentas alteradas, las bandas de malware se han especializado en la instalación de hardware y software cada vez más difícil de identificar, y cuando el sistema de alerta se activa ya mucha de la data está comprometida.

Miro al Médico TI psiquiatra y le pregunto qué puede hacerse usando una proyección en mis lentes, es la única interacción que puedo permitirme para no descargarme. Debemos hacer un reset de la memoria, dijo con un tono frío. Y uno no puede dejar de preguntarse, una clínica técnica con tanto renombre en la simulación de empatía cómo puede permitirse que un médico técnico dé una noticia de esa manera.

Un volcado de memoria puede generar una pérdida completa acumulativa de personalidad. En mi caso podría considerarse que es poca la información que resguardo, pero por otro lado fuera de su precio comercial, el costo personal es absoluto; este nuevo hardware almacena 3 ciclos, es decir 50 años y apenas han pasado 15 desde que transferí mi memoria a este trasto. Lo peor es que no reuní suficiente dinero para tener una copia en la nube con actualización fuera del mantenimiento, así que perderé 15 años…, son solo 15, aunque también han sido importantes.

Me perderé la evolución de este ciclo y quién sabe si alcance a reunir los suficiente para comprar el próximo upgrade. Quizá sea el momento de pensar en una última vida, 150 años, bueno en total 185 años, parece una buena vida, larga, y la verdad es que ya estoy cansado de ser un fusionador de culturas, han sido demasiados años en este negocio, la publicidad, el marketing, la filosofía, la antropología de datos y la minería de recuerdos a la que tengo acceso demuestran que no falta mucho para requerir de una nueva interfaz de integración, que vendrá en otro lenguaje de programación y posiblemente sea incompatible con mi hardware.

El médico técnico me interrumpe, y, ¿cuál es su respuesta?

Me pide que lo olvide todo.

Le digo cuál es la única forma de corregir su problema con el módulo de memoria. La buena noticia es que aún tiene garantía y el cambio podría ser compensado en créditos de descuentos para su upgrade.

¿Lo cubre la garantía? Pregunto entusiasmado.

Sí, un 70% es reembolsabe en crypto currency, o puede tener un 100% del valor si decide postergarlo hasta la actualización de hardware. Eso sí, tiene una cláusula, si decide aceptarla tiene que dejarnos probar un nuevo sistema de compilación de data en la transfusión para la reducción de peso de su memoria por medio de una nueva compilación de data.

Ya había firmado la forma que me había extendido, y el muy mezquino mencionó solo la cláusula mientras la retiraba.

¿Algún efecto colateral? Pregunté cansado, sí podría averiarse todo su servidor en el proceso.

Empezar de 0, proyecté con la batería cada vez más baja. Completamente de 0, dijo mientras se levantaba y tomaba el enchufe de carga.

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