Tacto e instinto

Se miran, los dos se miran a los ojos, sin darse tregua; se miran los labios, se tocan las manos. Si no hubiera una mesa en medio ni gente alrededor, podría brincar sobre él y pegarme a su pecho, sentir sus manos apretándome, agarrándome las tetas y las nalgas. Podría morderle la boca y, con algo de suerte, entienda el juego y el gusto que tengo por sentir sus labios desgarrándome los míos. Si tengo suerte, puede que sea un buen amante, tal y como lo he imaginado: apasionado, de esos que me hacen perder el control, de esos que saben escuchar, de los que se dejan llevar de las ganas y entonces se gana un amante mitad animal, mitad instinto, con un tacto certero, con una hambre voraz. De esos que te lamen, te chupan, te muerden, te cargan y te besan de forma frenética, y te hacen sentir la mujer más chimba del mundo.

Se sonríen como quienes se invitan y se imitan, un espejo de deseo, de gustos compartidos. Él la escucha reírse, una risa fuerte, armónica, una risa afinada, de esas que solo produce alguien que es feliz. Eso le gusta. Ella le gusta. Sus ojos acaramelados, su piel acaramelada le confirman lo que piensa: ella es un dulcecito, un confitico, un mecatico que alegra la vida. Sus manos, sus labios, la curva de su nariz, sus colores, todo en ella le es apetecible. Sucita en él cierto descontrol. Si no tuvieran una mesa de por medio, se abalanzaría sin duda, sentiría la temperatura de su piel, pondría su mano firmemente en su garganta, sin presionarla demasiado, lo suficiente para robarle el aliento, y comenzaría a besarla, a morderla, a susurrarle al oído que le tiene ganas. La invitaría a jugar un juego: le propondría, entre gemidos y jadeos, que solo va a responder “sí” y “no” a lo que él va a irle diciendo al oído, y que él obedecerá cada respuesta, que luego nunca hablarán de esas respuestas ni de esas preguntas, y que incluirán cosas que ha hecho, cosas que quiere hacer y cosas que él quiere hacerle. Imagina cierta complicidad en ella, desea y anhela que sea de las que juega, no de las que espera. A través de la mesa la mira deseando que la química trascienda la conversación, que sea física, que sea hormonal, que sea altiva, grotesca y descarada…

Comparten un café y juegan mientras hablan, mientras se miran, mientras se sonríen. Ella deseándolo, él anhelándola, invocando en el otro ese deseo propio que une a los buenos amantes. Quieren poseerse, entregarse, quieren quererse y parecen hacerlo, quieren juntarse y parecen unidos. Disfrutan de ese juego, bajan sus cartas y se cuentan cosas, se entregan cosas. Hay algo en ellos que hace que se vean bien juntos.

El mesero los visita, les trae un par de cervezas. Charlan, toman y se miran. Aún juegan, aún se tientan. Todo hay que decirlo: son pacientes, saben esperarse. Es importante que eso ocurra, que manejen los tiempos y no caigan en ese intento de controlarse. Es mejor perderse juntos en el momento que atarse al futuro aún incierto, aún nublado. Es normal, el fuego solo es fuego cerca al origen, la temperatura es fuerte solo cuando se está presente: ahí consume, abrasa. Con un poco más de distancia es cálido y cobija, pero a la distancia es solo humo. Si se mira demasiado lejos, el fuego tiende a proponer una oscuridad asfixiante, nada alentadora, nada que provoque adentrarse. Así que hacen bien en concentrarse solo en lo que tienen en frente. Verlos tan de cerca es casi provocativo, lo hace a uno desear ser ellos, ser aún una promesa, una posibilidad, ser aún presas del tacto y del instinto, tener frente a ellos la posibilidad de conocerse y disfrutarse. No son su pasado, y son lo suficientemente cautos para no caer en la trampa de prenderse de una imagen del futuro difusa. Son y están ahí, no se han hecho daño, no se han dejado a un lado, se nota que aún tienen muchas primeras veces por delante.

Se levantan, se toman de las manos y caminan. Hay cierta ternura en la imagen, y entonces ella baja su mano y le agarra el culo con tacto, él da un pequeño salto por instinto y yo en el café viéndolos partir brindo en silencio por ellos, envidiándolos, recordándo lo rico que se siente cuando a uno le pasa.

Miserable

El aroma del pesto invade la cocina, señal de que todo va bien. El aceite hace su fiesta y él sonríe. Ella no sabe bien por qué él hace ese tipo de cosas. “Piensa mal y acertarás”, piensa. “El que a solas se ríe de sus pilatunas se acuerda”, sentencia. Se enfurruña y se aleja. Él no lo nota: cocina. Cocinar le gusta, no lo distrae, lo abstrae, de la misma manera en que leer lo lleva a otro mundo. Él huele, se unta los dedos y saborea. Añade sal y pimienta. No nota su ausencia. En la cocina, su presencia siempre le ha sido esquiva. Quizá porque él no nota que ella nota cómo sonríe. Quizá porque ni siquiera es consciente de que lo hace. Él simplemente está en su salsa, y cuando está así, no nota nada. Le pasa en la cocina, en el trabajo, cuando juega, cuando lee, cuando contempla a sus gatos, cuando es feliz. Quizá ese es el problema: que cuando no está, es feliz. Y su felicidad ausente, lejos de todo, a ella le molesta.

Para él es instintivo: un flujo de movimientos. Pica el ajo, lo añade al aceite y disfruta del sonido. Agrega la cebolla, los pimientos, ralla el tomate. Lo hace con ritmo y sin cortarse, sin empujar de más, sin lastimarse. Es algo que domina. Hay en su ejecución una memoria muscular que suple la técnica. No agarra bien el cuchillo. No puede. Los amola en la piedra que su padre recibió como herencia de su madre, y lo hace mal. Por eso siempre se comban hacia dentro del filo, imitan un poco la curvatura de una garra. Por eso debe inclinar los vegetales y no puede crear cortes pequeñitos, al menos no con ese cuchillo… Su torpeza, como casi todas las repetitivas, tiene algo de gracia, algo que uno no puede dejar de ver cuando puede verlo.

Ella lo ve, pero no ve eso. No lo ve a él en su entrega abnegada, ni el resultado de su repetición. No ve la torpeza, ve solo la frialdad que imagina. Se siente excluida, mientras que él parece perseguir una musa juguetona, construir un mundo aparte y distante. Si le habla, solo encuentra respuestas automáticas, preprogramadas: sí, no, ajam, ujm…
—Ushhhhh… miserable —piensa ella mientras él, embelesado, prueba su salsa, sella sus carnes y dora sus hongos.
—Miserable —piensa de nuevo al verlo ir tras las especias y el vino.

Huele bien. El fondo se desglasa, el vino golpeando el sartén suena y resuena. Hay burbujas. El alcohol se evapora. El aroma embriaga y provoca.
—Le va a encantar —piensa—. Tiene ese toque que a ella le encanta, tiene ese color que vibra y resalta cuando se le escurra un poco por la comisura de los labios, tiene el aroma que la hace bailar antes de provocar bocado. —Piensa y va tras esa sonrisa al cocinarle. Intenta improvisar un poco, seguir también lo que su instinto y apetito le indican: un poco de soya o de salsa inglesa. Se debate mientras que llega a ellas. Un poco de aceite de oliva y pimienta. Toma un poco y lo prueba, degusta, le gusta…
—Prueba —le ofrece. Y entonces lo nota: el rostro le cambia. Lo aprueba, pero está molesta, le deja la espátula para que disfrute.
—Seguro fue un día largo —piensa. Y sin preguntarle, redobla sus esfuerzos: un poco de tocino, algo de mejorana… El fuego en bajo y salta a otra estación…

El sabor un poco le adormece la ira.

—Es un miserable, pero cocina rico —piensa mientras lo mira. Suda. El calor del horno. Ese baile tonto que hace mientras cocina, esa entrega estúpida con la que se entrega a todo lo que no es ella. Esa felicidad fuera de ella la pone celosa y la humilla. Le recuerda que es feliz también sin ella y eso la enciende de nuevo. Eso y el aroma del habanero tatemado que la obliga a toser y la saca de la barra. Es un pimiento antimotín, una nube natural de gas pimienta que la lleva a alejarse y enojarse. Se repliega, pero resiste.

Emplata, decora y quiere hacer un pequeño corazón en el plato, celebrarla, mostrarle que todo ha sido hecho pensando en ella… no tiene la espátula a la mano, la tiene ella en la mano, la ve distraída y le hable.

—La miserable —dice él mientras le señala la mano.
—La miserable —repite él, extendiéndole la mano.
Ella lo oye, pero no lo escucha. “Miserable” es lo único que se queda en sus oídos…
—¡Miserable vos! —le grita y azota la puerta al salir.

All in

Tavo y Teo están casados, no entre ellos, me refiero a que cada uno está casado; son profesionales, buenos profesionales, y fuman recostados en una pequeña pared. Tienen los ojos cansados y algo perdidos, no se miran pero hablan entre ellos, entre calada y calada. Tienen ese lenguaje que usan los hombres cuando algo duele adentro. Su cuerpo lo habla, los hombros les pesan, hay algo de derrota, de miedo. Las palabras son suaves y al mismo tiempo gritos. Gritarían si tuviéramos el derecho a sufrir. No lo tienen, son de esa generación que no lo tiene, de esa generación que aguanta, que llora hacia dentro, esa que fuma y canta: no estoy triste, no es mi llanto. Por fortuna, también de esa que se ganó un puesto en la cocina. Picar cebolla los mantiene cuerdos, lo sé porque también lo vivo. Es muy triste verlo desde afuera, notarlo; se les nota.

Fuman con una tranquilidad pasmosa. No quieren volver al trabajo, no aún. Por eso no fuman con prisa ni con intensidad. Son pequeñas caladas. De ellos aprendí que uno fuma un poco para alejarse de otros, es algo que nunca han entendido los no fumadores. Alejarlos es parte de la magia. Están en medio de sus treinta; yo, de mis veinte. Soy bueno haciéndome invisible, así que fumo y escucho. Quiero saber, aprender, entender. Siempre he sido nostálgico. Bromeaba no hace mucho diciéndole a una amiga que todo me duele, y que me duele mucho que sea así. Que extraño la «ch» y la «ñ» y la «ll» y la «rr» en el diccionario. No mentía. Siento que el mundo es tan mezquino que se ocupa incluso de desterrar letras que no molestaban a nadie. Me duele, sobre todo la «ch» y la «rr», las dos tienen sonidos únicos, que hacen cosquillitas al paladar… Y ahora, después de un congreso de la Real Academia, no existen más. Callo, por fortuna pienso en silencio. No los distraigo y han dejado ya de notarme. La conversación real comienza.

—¿Supiste de Gloria, la cliente?

—¿Cuál Gloria, la que se divorció?

—Sí. No sé si cuenta como divorcio, no tuvieron ni un aniversario.

—Se veía feliz, ¿no?

—Todos se ven felices, pero vos sabés que la felicidad es un ratico.

Cuando dice eso, la voz no se le quiebra… pero flaquea. Es como si hubiera bajado un poco la guardia. Teo lo nota. Tavo nota que lo nota. Con ese pequeño gesto se hacen más cómplices. Saben que el otro sabe lo que se siente. La vulnerabilidad no fue falsa; el descuido, sí lo fue. La conversación sube.

—Muy cortico, si te soy sincero —responde un poco jodido, un poco dolido. Presiona un poco la mandíbula. Teo hace eso. Sé que le gusta morder las palabras cuando siente que al decirlas van a dolerle. Venganza, dice. Me lo contó no hace mucho. No sé si Tavo lo sepa, pero el gesto —en quien lo reconoce— le agrega un toque hermoso a la situación.

—Lo jodido es que son tan buenos esos momenticos buenos que uno hace que le duren. Los pobres somos así, le metemos azúcar al chicle que se acaba, las pilas al congelador, agua a la sopa, bareta al trago, salsa y vallenato al despecho. Frankenstein que le dan vida a lo poco.

Sonrío con esa imagen. Tavo también.

—Imaginate, Teo, que pasó todo en un rodaje. Gloria iba con el director a un cambio de locación y sonó una canción: De llenar el breve espacio en que no estás… todavía yo no sé si volverás… —La canta mientras lo cuenta. Tavo canta bien y le da un toque bello a la conversación que venía arrastrando el peso de la miseria.

—Resulta que a los dos les gustaba el artista, Jero. El director también estaba casado. Pensá en ese momento: es la primera vez que se ven, pero saben algo que los demás han pasado por alto. Parecen felices, como todos —bien lo dijiste—, pero cuando saben, entienden, se entienden. ¿Me entendés? Es de esas cosas que uno sabe que encajan, que resuenan.

No es perfecta, más se acerca a lo que yo… simplemente soñé… —Teo canta mal, pero interpreta bien. Está dispuesto a la vergüenza solo porque el momento requería otro verso de la canción. Y ya que Tavo había cantado, no tenía más opción que cantarlo.

—Sí, entiendo. Extraño esa sensación. Es intuición, ese no saber que promete algo de conocimiento. Ese momento en el que no dudás de saltar y dar un paso al frente.

—¡Qué gonorrea!, ¿no? Que la vida no le endulce a uno así el oído.

Teo quiere responder, pero el calor de la colilla en los dedos lo distrae. Alza la mirada, me mira, mira a Tavo. Se ríe.

—Oyó, esa es la clave, muchacho: la apuesta. No se canse nunca de apostar.

Estrella la colilla contra el cenicero, se despide. Tavo va tras de él. Yo enciendo otro cigarro, me siento, imagino los colores dando vueltas, los números haciéndose borrosos, y la bola yendo hacia el centro, yo apostándolo todo.

Té de manzanilla

El aroma revela lo que bebe, la postura lo confirma. Luce tranquila: sus hombros no están tensos y sonríe después de cada sorbo. Sorbe antes de cada trazo, solo un poco. Está caliente, aún hay vapor desprendiéndose de la taza. Sonríe cuando lo hace, y lo hace con un placer especial. No es tanto el sabor del té, saborea algo más. Es como si intuyera el trazo que sigue, y el que le sigue a ese. Deja a un lado la taza y traza con firmeza, sin perder la delicadeza. De lejos se nota que no duda, que sigue casi que un impulso para dibujar, para crear. Lo hace siguiendo su instinto; confía ciegamente en él.

Apoya la regla, acerca el plumón y ¡saz! de un tirón demarca, limita, da forma a lo que quiere, a lo que busca. El ritmo no se altera. Demasiado tranquila. Inquietante. De la misma manera en que un mar en calma y extendido me genera intranquilidad: cada que la superficie está en calma es porque debajo no entra la luz. Nota mi mirada y la sonrisa se hace más angular, afilada. Se me eriza la piel de verla así. Sé que no es una buena señal, que suele ser cuando se pierde en una emoción. Y por lo general, no se sumerge de lleno en nada que no le dé placer. En otras ocasiones es divertido: sabes que viene algo delicioso e irrepetible, pero en el trabajo, no es una buena idea.

Termina de rayar, de dibujar. Espera. Se pone de pie frente al plano. Sonríe. Está satisfecha, lejos de orgullosa. Cuando está orgullosa, lleva una mano al rostro y se relame el labio. Cuando está satisfecha, se limpia las manos y luego hace jarras, saca pecho.

—Técnicamente impecable. En esencia, una mierda.

Sé que está pensando en eso. No es un buen momento para llamarla, para preguntarle qué pasa. Espero a que pase por mi oficina.

—¿Te falta mucho? —pregunta.

Su voz me tranquiliza. Está fúrica, pero no es conmigo. Compadezco al pobre desgraciado que haya desatado su ánimo bélico.

—No, estoy apagando —le digo.

Me levanto del puesto, recojo un poco el desorden de la oficina, vacío el cenicero, bebo el último trago del escocés que tengo servido. Caminamos al ascensor. Todo el edificio duerme. Solo nosotros mantenemos las luces encendidas.

—¿Sabías que nos dicen búhos y lechuzas los celadores?

—¿Búhos y lechuzas?

—Sí. Los he escuchado por los radios. Preguntan cuántos búhos y cuántas lechuzas hay anidando cuando tenemos que quedarnos hasta tarde. Es una tontería, pero me hace gracia. Piensan que somos sabios, que salvamos al mundo acá arriba.

—Los búhos y las lechuzas, en cambio, deben estar por perder el control. ¿Te imaginas ser un símbolo de sabiduría y ser comparados con unos animales presas de la estética retrógrada de algún cliente que pide cambios a última hora?… Insensatos ellos.

El chiste me toma fuera de lugar. Me hace reír.

—¿Problemas en el proyecto?

—Ay, no… ahora te cuento. Con un poco de vino te cuento.

Llegamos pronto a casa. Abro la puerta y saludo a los gatos. Ronronean, maau, comida reclaman. Me acerco a sus platos y sirvo un poco: pollo y cordero… Para nosotros, arroz con huevo. No ha habido tiempo para perderlo en la fila de la carnicería y las verduras impacientes se han puesto rancias.

Camino a la nevera, saco su botella de vino. Los miércoles siempre le gusta. Saco mi botella de whisky: su vino es demasiado dulce, no me gustan las golosinas tan tarde. Prefiero ese sabor amaderado, terso; sentirlo adormeciéndome la lengua, las encías.

Destapo su botella y le sirvo una copa. Me mira por encima de los lentes. Quiere que continúe sirviendo. Rebaso la línea invisible de las dos copas, y cuando pasa, dice:

—Detente…

Son casi dos copas y media. A este ritmo la botella le durará solo tres.

—La venganza —dice, mientras ve el rojo dar vueltas en la copa—, la venganza se disfruta fría, pero se planea mejor con un té de manzanilla. Juan es un imbécil. Arruinó todo el plano y no fue capaz de detener al cliente. Arruinó la forma, la cadencia de la caída de las columnas. Ya no tiene nada ese edificio.

—¿Qué le hiciste?

Al preguntarle me he puesto en evidencia. Sabe que la he visto sonreír mientras dibujaba.

—Un par de milímetros aquí y allá. Achuecado las paredes y ampliado algunas juntas. Imperceptible para ellos, pero cualquiera que entienda algo de diseño —de la vida— se dará cuenta de que no es una gran obra, sino una dulce venganza. Una de esas que nunca les permitirá sentirse cómodos ni completos. De las que joden. De las que se preparan con té de manzanilla —dice, sonriendo, mientras extiende de nuevo la copa ya vacía.

A la carta.

Termina el día al comienzo de la madrugada. Jhonathan y David cubrieron el turno de la noche. La cocina está limpia, reluciente, no queda rastro de la batalla. Y aunque hubo muchas felicitaciones, el chef no parece satisfecho. No siente que haya sido un buen día. Son las 3 a. m.; cuando uno trabaja hasta esta hora, es difícil sentir que se tuvo una buena jornada laboral, piensa David sin atreverse a decirlo. Jhonathan ve que lo mira.

—Una foto te dura más, cabezón… ¿qué querés decirme?

La voz del chef es amable y risueña. No sabe acercarse sin lastimar. Es un erizo, él lo sabe y todos lo saben. Ya no lo toma fuera de lugar su reproche.

—Nada, chef. Es solo que no parece feliz, no parece que haya disfrutado la cocina.

—No siempre es fácil. Hoy estuvimos plagados de imbéciles, de esos que, cuando tienen entre las manos el menú, no saben qué es lo que sus dedos tocan ni sus ojos miran. No entienden el peso de las decisiones tomadas. A la mayoría no les importa. La gente elige pensando en la foto que podrá publicar al ordenar el plato. Nos deshicimos de la mayoría al cambiar la carta, al eliminar las fotos, pero aún hay algunos que vienen y piden algo que alguien más pidió, sin tener ningún conocimiento, sin preguntarse qué les gusta o qué les gustaría. Están tan acostumbrados a los domicilios, y eso los convierte en insensatos que terminan eligiendo por la velocidad del plato.

Me pregunto si habrá otros tan desdichados como nosotros, otros que deban ver desde afuera cómo todo aquello que se hace dentro se desprecia. Pienso que es masoquismo, David, que los masoquistas están mal. Si quisieran sentir dolor, deberían dedicarse a la cocina: a quemarse, cortarse, a machucarse los dedos y, sobre todo, a torturarse viendo carnes en el término perfecto de cocción volver al fuego para eliminar la sangre que no existe en ellas. O escuchar las peticiones de postres con leche de almendras, sin azúcar, de cafés americanos… de pastas sin salsas. Es una tortura.

—Cuando pienso en ellos, cierro los ojos, me muerdo los labios. Es como si perdiera el apetito por cocinar. Uno hace lo que hace por pasión, pero necesita del otro. No depende de él, no es su aprobación lo que busco, sino su sorpresa. Uno quiere despertar en el otro algo dormido. Que al probar lo que creamos viaje en sus recuerdos, que encuentre confort, que sepa que algo mejor viene, que lo malo pasará. Uno intenta estimular tanto sus papilas gustativas que quiera utilizar palabras para describirlo, que invente metáforas, que trate de decirle a alguien después que, cuando se tomó esa sopa, se le alegró el día, o que cuando probó esa carne no supo por qué, pero no pudo dejar de recordar ese día en que, en medio de una plaza llena de famas y cronopios, embriagado con vino, supo que al final todo iría de la mejor manera posible. Crear una epifanía que les permita hacer las paces con ellos; que entiendan que no necesitan que todo vaya bien, simplemente que todo vaya, que pueden perder siempre y cuando lo intenten, y que vale la pena hacerlo, porque hay un placer que no reside solo en el hacer ni en el éxito de lo que se hace, uno que está en el ser percibido. Lejos del ego, es por el contrario aquello que vuelve humilde a las personas.

David lo mira, asiente. Hoy el chef está conmovido.

—Toma tiempo, pero piense en los otros, en los más sensatos. Esos que preguntan al mesero qué les recomienda, o si puedes explicarle la carta. Esos que sienten pasión por la cocina, que está allí en las mesas, pero que, cuando están en la cocina, quieren estar junto al fuego, oler, probar, freír, asar. Uno de esos que camina las plazas de mercado persiguiendo los colores y los olores, que sabe que en el tacto hay también parte del gusto, y que hay principios que no se negocian. Ellos también están allí, ellos también ordenan, ellos también comen.

Y cuando no haya suficientes de esos, chef —lo mira, sonríe—, sepa que valía la pena intentarlo. Que uno puede perder, pero que vale la pena hacerlo. Y que uno no necesita que todo vaya bien.

—Papanatas —le dice el chef entre risas—, sos un cretino, pero gracias. Uno a veces tiene las mejores razones para seguirse rompiendo los huevos.

David ríe. —La vida es un mesero mala clase, chef, y al que no quiere caldo le dan dos tazas. Pero al final, cada uno elige a la carta de qué.

—¡Tené cuidado!, le grita Jhonathan a David, —a este paso vas a terminar convertido en crítico y no en Chef.

Agnóstico

—¿Qué crees? —le preguntó con ese tonito con el que le gustaba alejar a la gente. —Nada, no creo nada. No parece que hayas prestado mucha atención. No tengo que elegir si creer o no; el mío no es un problema de fe, ni siquiera es un problema. Mi percepción sobre tus palabras no tiene efecto alguno sobre la realidad tuya. Vos podés hacer lo que querás, porque no me interesa convencerte ni convencerme sobre algo que, al final, es irrelevante.

Escuchó la discusión a lo lejos y no pudo evitar bajar el ritmo y acercarse a la puerta. Eso era habitual, en ese lugar se daban las mejores peleas; la decoloración notoria de una franja de baldosas en el piso daba crédito a ello. Años de práctica lo habían convertido en un aseador furtivo, sabía trapear en silencio, lo hacía ya de una manera tan natural que nadie sospechaba. Había perfeccionado su técnica y por eso sonreía maquiavélicamente.

—¿No creés nada? ¿O no creés en nada, en nadie, ni siquiera en vos? No sabés ni siquiera quién sos, solo sabés lo que hacés, pero ni siquiera sabés por qué lo hacés. Solo estás ahí, haciendo lo que te dicen que debés hacer. Un muñequito sos, un juguetico, sin peso ni precio, gratis salís caro.

Los gritos le duelen, los argumentos le arden. Tienen rabia, hieden a rabia, se nota en la voz, en cómo flaquea la voz, en cómo tiembla. Tiene también algo detrás, un poco de miedo. Un buen chismoso era como un catador de vinos, le gustaba pensar eso después de aquella vez en la que le tocó trapear un reguero por culpa de un sommelier ebrio que continuaba con su performance aletargado y díscolo en una visita cardenal. Y aunque desconocía en el fondo lo que decía, comprendió su arte: encontrar la causa de los efectos. Y ahora, como buen catador de chismes, aplicaba lo aprendido.

Cuando grita, está claro, la intención es clara: quiere herir. Intenta hacerlo enojar para que reaccione como ella quiere. Es una estrategia rastrera y poco útil. A su edad, eso no funciona. Cuando uno está viejo, sabe lo que hace, aunque desde afuera no parezca. Cuando uno está viejo, tiene más cancha, sabe hasta dónde ir, hasta dónde intentar, sabe evitar el desgaste. Pero no la culpo, es un hábito difícil de perder; casi todos los hábitos lo son. Su análisis se ve interrumpido porque, en medio de un tono condescendiente, la discusión continúa.

—Vos tenés derecho a pensar cualquier cosa, incluso a creerla. Podrías incluso decirla, y eso no le agregará nada de realidad a mi realidad. Tu ficción no desvirtúa lo que soy, lo que hago ni las razones por las que lo hago. Te repito, yo no tengo que creer nada. Nada tenés para tentarme porque el día de elegir decidí, y lo repetiría mil veces: salud, salud, salud.

Por dentro estalla una carcajada; por fuera es apenas una sonrisa, similar a la que esboza un lector cuando encuentra un buen chiste en un libro, lo suficiente para no estallar, una pérdida controlada de la emoción… como las ollas a presión: un poco de aire que sale evita el estallido. Él sabe que eso la enoja, la forma en que lo ha dicho lo demuestra. Es un hombre paciente, también llega eso con la edad, pero tiene algo detrás; más que paciencia es falta de interés. Ha entendido que llega un momento en que uno ya no quiere perder, está cansado de perder, no sabe cómo hacerlo bien, no ve sentido en ello. Uno está cansado de justificarse. A la mierda el mundo y sus verdades, a la mierda la gente y sus opiniones, que la chupen todos esos que se entrometen y dictaminan los debe y los debería, porque los motivos, si se tienen claros, son inmunes a las consecuencias y las causas ajenas son, al final, difusas. Ese sabor amargo de vida y de mierda tienen sus palabras. Del tono intuye que el final se acerca, así que silencia su cabeza, agudiza el oído y presta de nuevo atención.

—No creerme es tu problema, no mío. Tu teoría sobre mí es tu problema, no mío. Los deseos de los demás sobre vos son tu problema, no mío.

Al escuchar eso, sonríe. Que él lo diga le confirma que está en lo correcto.

—Yo sé que no lo entendés, no podrías.

Él asiente. No lo conoce lo suficiente, no se ha tomado el trabajo de escarbar. No sabe cómo abrir camino sin arrasarlo.

—Confundís mi tranquilidad con desinterés, mi paciencia con cobardía. Le otorgás mil nombres y razones a algo evidente: estoy cansado. Lo suficientemente cansado para no perseguir. Aquí se usa el don divino; se confía solo en el albedrío. Quien viene, lo hace por gusto, y a nadie se le obliga. No soy un culto.

El sermón ha terminado. Del otro lado de la puerta solo hay silencio. Si lo conociera suficiente, sabría que cuando calla es porque ha dejado de llorar palabras. Todo lo que ha dicho, aunque ha salido por su boca, ha nacido de sus lagrimales. El viejo es un blando, lo que habla siempre le duele. Por algo le cuesta tanto hacerlo. Fuera de su trabajo teme hacerlo, sabe bien cuánto puede llegar a doler una palabra bien encajada, y nada le duele más que una lanzada con mala intención. Sabe que hay accidentes, que a veces los labios se sueltan y escupen vidrio a los ojos. Por eso, cuando se suelta, cuando no encuentra alternativas, lo dice todo y, de repente, calla. Se calla, se guarda, porque se ha abierto el pecho para hacerlo.

—Ella se enfurruña, alza un poco la voz, pero yo sé que el diablo sabe más por viejo que por diablo. la discusión ha terminado, todo está dicho es triste, porque por semanas arrastrará consigo la pena de no haberse podido callar.

Me alejo despacio de la puerta, enjuago la trapera en el balde y escurro. Qué negra sale el agua, qué limpio se ve el piso… que ha sido pasado y repasado por agua sucia, pero la gente lo ve y cree que está limpio; es igual allá adentro, ella cree creer lo que está mal con él; y él cree creer que todo está controlado, que no hay cura para un cura y que solo dios puede juzgar su debilidad, pero cuenta con su misericordia para salir bien librado. Y yo estoy aquí, sintiendo lo mismo que hace diez años cuando llegué a esta parroquia: que de nada vale creer, porque cada quien tiene su credo y es mejor no depositar la fe fuera de uno mismo.

A la medida

Siempre me han molestado aquellos que dividen al mundo en dos, los que sobresimplifican, los reduccionistas, esos que diseccionan la realidad y la historia, los que por algún motivo motivan a los demás a desconocer los detalles, esos que omiten para beneficiarse de la ausencia, esos que sin titubear se desconocen, porque cualquier ser que evita contarse evita también leerse, conoce sus sombras pero no su reflejo y termina tan desdibujado, tan diluido, que le será imposible darse cuenta; en resumen, no tolero a los cobardes… a esos que se esconden de sí mismos.

Eso no me hizo popular, pero sí necesario. Era una de esas cartas que los directores de los medios se jugaban cuando querían mostrarse como transparentes. —Nosotros somos imparciales, ahí tenemos a Romero —vociferaban cuando eran increpados por amangualados. Mi apellido también lo odiaba porque, para muchos, se convirtió en parte del jueguito. —Si algo huele mal, traigan a Romero. —Los hijos de puta dicen a mis espaldas, piensan que es un juego, que no me importa lo que pasa, que cobro como todos… pero no es cierto, es solo que prefiero ser yo. Alguien tiene que hacerlo, alguien tiene que intentar implosionar el sistemita, no puedo simplemente rendirme a ser uno de esos payasos que le pide a los candidatos que hagan cabecitas o que les celebran que toquen guitarra. Prefiero ser obtuso que mezquino.

La gente renuncia muy pronto a su criterio, a su capacidad de elaborar ideas o de interpelarlas. El Nadaísmo que soñó Gonzalo Arango ha llegado de la mano de una generación que no entiende de contracultura, que no protesta sino que, alineada por la instagratificación, camina como los avestruces, pero ellos, en lugar de enterrar la cabeza en la tierra, parece que se la enterraran en el culo. A nada le gastan media neurona, pensar por ellos mismos les aterra; ¿para qué, si hay videos de gente que lo explica en YouTube o en TikTok? ¿Para qué el esfuerzo, si alguien lo va a resumir en un meme? Y de interpelarlo ni hablar, jamás cuestionar la falta de razón, ortografía, estética u orden, porque esa es la gracia del meme, dicen… igual a como dicen las mujeres golpeadas, que es por amor que les pegan, que es por su bien, que ellas son las que se lo ganan o se lo buscan. Idiotas, en el más griego de los sentidos.

Y para que no todo esté perdido, aquí estoy yo, necesario pero impopular, el Sísifo moderno, padeciendo primero el peso de la propia palabra, de jamás renunciar a la esperanza, y en segundo lugar, al dolor de intentarlo cada día, de sentir que se estallan las cuerdas vocales, de la fatiga que se extiende y pesa ya en el alma, en las ideas, en las palabras, de esa melancolía atragantada siempre, de esas ganas de llorar acumuladas, de esa culpa que lleva adentro todo el que es condenado siendo inocente.

Pero aquí seguiré, porque aunque para muchos soy un chistecito, para otros soy una piedra en el zapato, lo suficientemente molesto para cambiarles el caminado, para impedirles correr hacia la estupidez, para evitar que se tomen confianza y emprendan su misión de destruir todo lo que creen que no importa, para esos que sienten que solo lo cuantificable es medible, para esos pecesitos dorados que viven en burbujitas llenas de posverdades, esos que vociferan sin reflexionar, esos que piensan que los derechos son solo sus derechos. A todos esos hijueputas les tengo todavía una mala noticia. —Aquí está Romerito, aquí sigue Romerito, impopular pero necesario, empujando estas teclas con fuerza para que al menos haya un papel que pueda repetir las ideas que algún día podrían llevarme a la calle o debajo de la tierra, e incluso ahí, ahí seguirá abriendo y oliendo a Romerito. Entonces, aunque el idiota parezca yo, mientras que no deje de escribir, la pelea está ganada, el desafío está a mi altura, hecho a medida.

Fuera de sí

Era alta, medía con facilidad 1.75, que en Colombia y en Medellín es más que el promedio. Era delgada y tenía una piel pálida. Tendría unos 19 años quizá, o 15 si acaso, y a esa edad un hombre no sabe disimular. A ninguna edad, pero en especial a esa, es torpe hasta para controlar lo que piensa. La miraba con la quijada desencajada, perdido en ese cabello negro cortado en capas. Era un motilado que estaba de moda por un reality, un desbastado progresivo que generaba una visión de niveles de cabello, algo que muchas intentaban llevar, pero que a ella le lucía casi tan bien como a la protagonista del reality que lo había puesto de moda. Tenía, además, los labios rosados y un descaderado de esos que el 2000 imponía. Siendo justos, no era fácil mantener la boca cerrada al verla.

La ve y sabe que ella puede ver su miedo. Le divierte verlo viéndola sin poder controlarse. Lo ve y puede intuir que él no tiene la experiencia necesaria para ella. Aun así, le parece divertido acercarse, caminar directo hacia él. Lo ve y ve una presa fácil. Lo ve y ve que él no tiene oportunidad. El poder le gusta, la idea de poder doblegarlo, usarlo, le parece atractiva. Lo ve y ve que no tiene una sola oportunidad, que es frágil. Lo ve y ve que está solo, que su corazón palpita más rápido de lo que puede pensar, que está paralizado, que su boca temblará con solo responder al saludo, que tendrá que poner las palabras en su boca, que deberá guiarlo, llevarlo de la mano. Tendrá el poder. Esa idea hace que se detenga y apriete fuerte los muslos. Puede sentir las gotas escurriendo y mojando su tanga. La idea hace que lo vea diferente, que piense en él más lascivamente. Respira profundo y retoma su caminata hacia él. Sonríe, porque aunque la mira con ese deseo torpe, lo hace sin entender lo que vendrá, sin comprenderlo. Lo hace de manera instintiva, pero sin ninguna voluntad.

Él ve que se acerca. Piensa en qué decir, en cómo decirlo. Piensa en cómo se verá desnuda. Siempre que ve una mujer, piensa en cómo se verá desnuda. Es normal. En su torpeza y estupidez no tiene otra opción ni otra idea. No ve a la mujer que tiene enfrente, no puede. Ve todo lo que la agranda: ve su seguridad, su cuerpo, su boca entreabierta, sus tetas, su piel blanca, su cabello. Se atraganta, sufre. No ve a una mujer, sino la realización de la mujer. Ve todo lo que le gusta, en las medidas que sueña. Intuye la perfección debajo de la ropa. Su falta de experiencia ayuda, su falta de conocimiento lo gobierna. No sabe cómo dejar de ver, no sabe cómo volver, cómo tenerla enfrente y poder hablar. No sabe cómo disimular su erección en esa sudadera del colegio. No sabe cómo ocultar sus 16 años, su terror, sus hormonas. No es consciente de que no sabe cómo besar, cómo morder, que no tiene idea de qué se siente ni cómo se siente, ni a qué sabe. No sabe nada y ni siquiera es consciente de que ignora tantas cosas.

Ella lo mira y ve una golondrina lastimada, indefensa. Ella lo ve y piensa: por fin, un juguete, un juego. Lo ve y piensa en ella, la primera vez que el que le gustaba la miró y se le encogió el estómago. En la primera vez que sintió los dedos escalando por su abdomen, la mano firme y la presión sobre sus tetas, el movimiento circular sobre sus aureolas y la mano fuerte en su cuello. Piensa en eso y la humedad se intensifica. Lo ve tan perdido y piensa en ese momento en que los espasmos de su entrepierna apretaban la verga que por primera vez la recorría. La textura del látex, la temperatura de un pecho frente a su pecho, el sabor de la espalda que mordía al sentir que ya estaba toda dentro de su cuerpo. Recuerda su propia torpeza, su propio miedo, su propio placer. Lo recuerda y piensa: hoy te toca a ti, hoy vas a sentir que no estás dentro de vos, sino de mí. Y con eso en mente, se sienta a su lado, sonríe, se muerde el labio y, al oído, le susurra:

—No tenés ni idea de lo que te espera…

Respirar profundo

Mira la pantalla en blanco y piensa: el cuento va bien. La idea de una fuerza magnética que arrastra a las jóvenes hacia los muros, la identidad de los muros y las esquinas como pequeñas naciones que eligen a sus pobladores le parece potente. En su país es potente. Tiene el nombre del personaje, le gusta el nombre. Rubén es el nombre. No es un mal muchacho; ninguno en su país lo es, ninguno de los que creció en los muros lo es. Al menos eso es lo que siempre dicen en los sepelios: era un buen muchacho, algo borracho, un poco drogón, pero nunca mal muchacho. Siempre quieren mucho a su mamá y son buenos con los del barrio, con los que los conocen, con los vecinos de su muro. La idea le gusta. Aún no sabe si Rubén será buen muchacho durante todo el cuento. Sabe que fuma y que bebe, y que sabe muy poco de la vida. Piensa en una metáfora, en un muchacho de pueblo con ríos, de esos que nada de manera torpe pero efectiva, de esos que chapotea sin rumbo, pero contento. Le gusta el personaje.

Habla sobre él con una nostalgia evidente. Piensa en el muro donde él también se crio, en el muro que lo arropó y lo recibió. Aunque nunca se sintió del todo cómodo, al menos tuvo siempre esa sensación de que no duraría para siempre, esa que le ayudó a intuir las partidas, a decir adiós a tiempo y al tiempo. Intenta buscar la forma de honrar la memoria y los recuerdos, de contar algo de su propia historia, de contarse, de encontrarse. En el fondo sabe que es imposible, que ese que fue ya se ha perdido. Lo extraña, se extraña, pero tiene claro que es un sinsentido. Ya casi no puede recordarse; ya casi nada queda de él, de su vacío. No recuerda ya sus miedos, solo esa incomodidad consigo mismo, esa que nunca lo abandonó del todo, esa que aún le palpita cuando la conversación se cansa y descansa, esa que lo incomoda, ese silencio que no deja de gritarle. Pero su imagen difusa sobre el muro le permite sonreír. Siempre que lo logra, lo hace, y por eso sonríe mientras intenta pegar el texto en un nuevo documento. Le molesta una alerta, le molesta haber empezado a escribir sobre otro texto ya olvidado, pero no borrado, sobre un archivo temporal, sobre una recuperación de algo que no valió la pena guardar, pero que, por alguna razón, una memoria, una nube, un uno y un cero insisten en volver a mostrarle. Así que sobrescribe. Pero cuando la alerta gana, cuando ese pequeño letrero que dice «archivo recuperado» gana, no puede hacer más que retirarse. Selecciona todo sobre la pantalla, presiona control + x, y la pantalla queda en blanco.

Cierra el programa y lo abre de nuevo. Mira la pantalla en blanco, esa pantalla blanca del comienzo. Presiona control + v, pero la pantalla continúa blanca. Corre a otro programa y de nuevo presiona control + v, y el pequeño guion titila. Rubén ha muerto, piensa. Rubén ha muerto. Se agita y mira la pantalla con rabia, con dolor. Mira impotente, mira suplicante. Recuerda parte del cuento, recuerda el título del cuento: La hora de la suerte. Recuerda que quiere hablar sobre cómo ese día, a la hora de su suerte con la novia de su amigo, lo tentara. Pudo decirle que no tenía parte de su alma porque el día de las polas dijo mil veces: primero los panas, primero los panas, primero los panas. Piensa en los chistes, piensa en lo que quería contar y decir. Piensa y maldice, se maldice. Otra vez, otra vez. Cierra los puños y martilla el teclado. Otra vez, otra vez. Cierra los ojos y se muerde los labios. Otra vez, otra vez. Piensa y aprieta, asfixiando el llanto. Presiona de nuevo control + v, control + v, pero la pantalla sigue en blanco. Rubén ha muerto, el cuento no se ha escrito, y él sucumbe. Apaga y se retira, respirando profundo.

Pasa la página

2024; Si fuera un boleto de lotería, pensé, no lo hubiera comprado. No es un número bello, no me despierta nada. No tiene la magia del 87 ni la del 26; le falta la simpleza del 07. Por fortuna, no era un boleto de lotería. Por fortuna, no era una opción. La suerte estaba hecha, los dados lanzados, la ruleta girando. El 2024 iba a suceder a pesar de mi falta de afinidad numerológica con él.

Es curioso hablar del tiempo como algo relativo, cuando es una medida exacta. Las percepciones personales o las creencias no lo afectan y, sin embargo, no dejaba de pensar en lo largo que se había hecho. Había escrito poco, leído poco, dormido poco. El año fue largo, pero qué poco de mí había en él. Costaba encontrar los pasos; la imagen en el retrovisor era difusa.

Había cosas buenas, grandes, pero qué poca constancia. Un año típico, bisiesto para colmo: un día más, pero tan poco. No fue malo, aclaró su pensamiento. Fue un buen año: hubo abrazos, besos, polvos. Pero no estaba acostumbrado a tanta quietud, y menos a una quietud sin calma. No era lógico. El año había sido una puta turbulencia en un cielo tranquilo, una tormenta sin viento en medio del mar. Un año raro. No tenía la magia del 48 —el número que usaba cuando jugaba por la banda derecha— ni la gracia del 19, uno de los mejores años de su vida, ni tampoco la del 15, ese que vivió al sur. Qué raro había sido.

Pensaba eso mientras acomodaba un par de papeles, mientras escribía un par de sueños: qué dejar atrás y a qué provocar. Quería desprenderse del tedio, del cansancio. Escribía prometiéndose que el futuro se distanciara del pasado, como si no creyera que ese era solo una consecuencia del otro. Ahora que estaba viejo frente al papel, se sentía como cuando era joven y mareado frente a los espejos. Se confrontaba escribiendo, ya no bebiendo; su hígado ya no estaba para eso. No en cualquier derrota ni victoria se malgastan las resacas. Ya no son tantas, tampoco, y sonrió al pensarlo: ya no necesitaba tantas. Es cosa del tiempo, dejar de buscar mucho, apreciar lo poco, entender lo poco. Sonrió con ese pensamiento. No era nuevo, no le servía de nada, pero recordó que no era nuevo, que constantemente hacía eso: encontrar causas evidentes a problemas que ya había previsto. Qué inútil se sentía cuando veía venir la caída y no adoptaba la postura correcta para amortiguar. Sonreía porque era un poco lo suyo: dudar tanto de todo que evitaba incluso hacerse caso. Lo sabía, pensaba mientras escribía, lo sabía.

Lo sabré ahora. El 2025 tampoco era un número con el que resonara. No había nada en él que llamara su atención. Quizá tampoco tuviera mucho para él. Y el sentimiento de antes volvió: no hay mérito en la cantidad, no hay éxito en ella. Mucho, poco, no importa. Pienso mientras escribo: el 2024 no lo hubiera jugado, no lo hubiera elegido, no lo hubiera perseguido ni querido. No existe el «hubiera», porque si mi tío tuviera tetas sería mi tía. Es como en el fútbol: ganar da tres puntos por uno o por diez, y la única forma de perder es perderse. Sonrío de nuevo y bebo. Sonrío de nuevo viendo las luces a lo lejos. No me veo siempre, pero hay rastro. No es fácil de seguir, pero se nota por dónde he caminado. No he ido todo de frente, pero aquí estoy: un poco más al frente. No está mal. No todos los que deambulan están perdidos. Sigue tu nariz, pienso, y me río. Nadie le quita a uno lo leído, ni siquiera en los años donde se lee poco. Escribo, entonces, porque tampoco nadie me quita lo «escribido», ni siquiera el derecho a escribirlo mal. Sonrío mientras pienso en «escribido». Resisto el impulso de tacharlo, de corregirlo. Lo sabía, pienso. Hay cosas que simplemente no quiero evitar, ni siquiera cuando son un error.

Simplemente paso la página. Enciendo el fósforo y me pierdo viendo el azul convertirse en naranja con cresta amarilla: el olorcito a quemado, el humo, la ceniza. Simplemente otro año, otro número. Simplemente, pasar la página.