Contraluz

La hoja en blanco, la garganta llena, los párpados pesados, la boca seca, las ganas agotadas, la rabia distraída, los ojos perdidos…

—Escribí, se dice. Escribí. ¿Sos un escritor, no? ¿Qué te cuesta, si es lo que sos? ¿Lo perdiste? ¿Te perdiste?

El silencio no ayuda. Me escucho, más fuerte, y me duele un poco el vientre. Me caigo pesado, tengo el estómago sensible. No puedo conmigo, con tanta mierda. No mientras estoy sobrio. No tengo la fuerza. Nadie tiene la fuerza. Y lo peor de todo: no soy yo. Yo soy solo la gota que derrama el vaso. Afuera ya hay demasiado como para sumarle lo de adentro. No tengo lo que hace falta para vivir así. Así no puedo. Sobrio, no puedo.

—Escribí, escritor. Sacá las palabras. Jugá con ellas. Llevan mucho ahí, demasiado tiempo guardadas. Están sucias, huelen un poco a humedad, apestan a miedo. Vos tenías tufo casi siempre, pero nunca miedo. Tenías por lo menos eso: agallas. No te callabas, ni siquiera cuando hubieras debido hacerlo. Ladrabas fuerte. Y, cuando hacía falta, mordías. Sabías morder. Pero ahora tenés miedo. Y no de los demás: de vos. De volver a ser vos, de tu voz, de perderla y de usarla. Puedo olerlo.

Sniffffffffff, suena en su cabeza. Snif, snif. Apestás. Apestás a derrota sin riesgo. Apestás a miedo. Sí, tenés tanto miedo que no has vuelto a leer. Sabés que leer te provoca, que encontrar eso que otros no dijeron es gasolina. Lo evitás, pero las imágenes son fuertes y cada vez más constantes: unos zapatos de charol negro con medias con boleros y una falda negra; unas manos sobre un piano presionando las teclas y una melodía intensa; un violín estridente; un saxo profundo. Esas cosas te duelen. El viento y las cuerdas siempre te han hecho eso. Necesitás escribir o emborracharte, pero tenés miedo de ambas. Lo sabés, lo pensás. Pensás que los mareos son en parte eso. Sos una olla a presión y sentís que algo está por estallar: tu corazón o tu cerebro. No sabés qué, pero algo va a estallar.

Mientras se escucha frente a la pantalla en blanco, frente a la hoja en blanco, siente su circulación, su cuerpo, su mareo casi constante, su miedo casi constante.
—¿Será que me voy a morir, joven y sin obra, sin nombre, sin mí?
Piensa, contrariado y distraído. Piensa en esos puntos donde tomó decisiones, en esos pasados donde se vio a los ojos. Ninguna parece causa suficiente para este atragantamiento de palabras, para esta represa de letras. Culpó al cansancio, a la ocupación, pero tiempo ha perdido de otras maneras. Sabe que, al final, no hay excusa.

Así comienza a martillar letras. Comienza a repasar imágenes.

—¿Se siente bien, verdad? Te gusta.

Tiemblan sus manos, y lucha por volver a acomodarlas en el escritorio. Se siente extraño. Ha perdido esa posición que antes le salía natural. Pero, si recuerda eso, puede buscarla. Quizá mejorarla: un lugar donde la tabla no talle, donde sus dedos no tiemblen. Siente el óxido y la torpeza. Martilla donde no van las letras. Llena las páginas de erratas, pero no importa. Puede editar después. Sabe que lo importante es perseguir esa letra siguiente. No es tan diferente de una IA después de todo. Un borracho, un escritor, hace lo mismo que ese estúpido algoritmo: intentar predecir la palabra siguiente, intentar ser el mono infinito. Sonríe. Le gusta la idea. Se siente bien. No sabe de qué va a hablar. Quizá su detective favorita vuelva. Quizá su Sherlock del Magdalena. Quizá hasta él mismo vuelva a la página en blanco.

Los ojos arden de ver el blanco de la pantalla, pero se consuelan con haberlo cubierto un poco. Quizá esa sea la función de un escritor cerca de los cuarenta: eclipsar un poco esa pureza ingenua, oscurecer lo suficiente para que la pupila se acostumbre, para que el destello mengüe, para poder ver las formas y los contornos. Quizá sea eso. Quizá siempre se haya tratado de eso.

—No desvaríes, escritor. No hay un fin en el arte, y mucho menos en la escritura. No hay un porqué ni un para qué. Lo sabés. No existe una razón. Lo que hay es un impulso, una idea. Una que hay que perseguir como un perro loco a los carros, como un fanático a su equipo. Una emoción, una sensación. Sabés que estás vivo por ese deseo de perseguirla, por esa intención de alcanzarla. Porque te impulsa, porque te obliga a incomodarte. Necesitás esa sensación de estar tras de algo, de no perderle el rastro, de sentir su aroma, imaginar su aroma, la temperatura, el roce. Necesitás evocar. Todos necesitamos intuir un poco nuestro futuro para tenerlo presente. Sin eso, el ser humano no es humano. Sin eso, no despierta. Sin eso, no hay más que una hoja en blanco.

No se trata de eclipsar la pureza. Se trata de llenarla, de perderla, de existir, de escribir. Ese es el único ritual. Lo sabés, ¿no? Lo intuís. Bienvenido a casa y a las letras.

Humo

Por donde camina hay humo, humo blanco de carbón mojado, de brasa menguada, humo de parrillas que intenta con su olor a madera quemada esconder el que emanan de sus parrillas, parrillas ennegrecidas por los años de uso, y abultadas por la carne carbonizada que se ha solidificado sobre ellas, mira el humo pero intenta no olerlo, sabe bien a lo que huele, toda su vida ha podido reconocer ese olor, piensa en el humo, en la señales de humo, en como el humo cuenta una historia, una cortina de humo hecha de humo, solo identificable para él y para los que son como él.

Le molesta el humo, pero no en los ojos, no en la ropa, lo molesta el humo por todas las veces que pensó que ese era el olor real del humo, de la carne asada, de las reuniones, le molesta porque por ser quien es, por crecer donde creció, lo hizo pensando que así debía oler siempre, por ir a los lugares que iba, los estadios, las afueras de los conciertos, siempre el mismo humo y el mismo olor.

Camina enojado, hace solo un par de años que ha empezado a notar que el humo que conoce miente, está enojado con su ingenuidad y al mismo tiempo con su pasión, su nariz, la que hoy lo saca a flote, también es la que desde hace un par de semanas lo tiene sumido en el aroma de la derrota, siempre tuvo buen olfato pero poco instinto, sabía a qué olían las cosas que conocía, pero no era capaz de intuir de dónde venían los olores, su Cheff le había dicho que tener una buena nariz no era lo mismo que tener un buen olfato y eso lo había dejado realmente dolido, tenía razón, lo que más duele es cuando se tiene todo a la mano, pero nada detrás de los ojos para verlo, el hombre es lo que ve, lo que piensa, y jamás se lo había cuestionado, jamás se había dado cuenta que el hombre, el chef es lo huele, por eso lo sorprendían esas preparaciones de olores sutiles que evocan jardines y perfumes…

Estaba ciego ante sus olores, ante el mundo, el conocía el olor a carbón, a harina de trigo quemada, a maíz con manteca o mantequilla asada, tenía ese toque rústico que lo hacía diferente en la alta cocina, pero tenía también una ausencia, lo delicado estaba en un espectro que desconocía, que escapaba a sus matices… era como ser una mujer bonita que desconoce cómo ser sensual o sexy, incapaz de ser pícara, de provocar…

Era un cocinero no un chef, conocía recetas, pero no sabores, su condición, su vida, su barrio, su paladar era pesado, y había honrado y dignificado lo que conocía, su historia, había potenciado sus sabores, pero ignoraba demasiados matices, estaba frustrado, su nariz estaba abrumada, su paladar hostigado, como un niño gordo que encuentra las galletas que han escondido y no puede parar de masticarlas, lo motiva el recuerdo del sabor, pero no saborea ya entre mordisco y mordisco, un acto reflejo, no es especial, en el fondo es lo que le molesta, aunque ha logrado sobresalir, aunque es diferente, no es especial, aunque superó lo que de él se esperaba, aunque desafió lo que el presente le arrojaba y no le bastaron las migajas, no es especial, no está tocado, ni ungido, no ha sido elegido.

—Qué va a llevar le dicen de una manera brusca y seca

—Qué tiene

—Chuzo de res, cerdo y de mil

—De qué es el de mil

—De mil le responde

Sonrío, qué espero por mil, qué más podrían darme por mil, este es mi menú, mi calle, ese olor, ese humo con este olor a carne quemada por el frío, a res que ha empezado a acercarse peligrosamente al final del camino, alimento de carroña, y entonces lo tengo claro, soy carroña, no hace mucho salió una película donde una rata inofensiva abre su restaurante, no somos tan distintos cuando el humo se desvanece.

Ecos

Cuando camina cada paso resuena, y eso la hace sonreír, muchos años caminó en silencio, fuera de foco y de escena, sabía pasar desapercibida, pero no le gustaba, sin embargo era más fácil hacerlo que asumir lo que conllevaría hacerse pública, no lo sabía, ni lo entendía, pero era algo que intuía, que dar un paso al frente es adictivo, que tener una visión exige compromiso, fue en un café y como canta Fito que se vieron por casualidad, era un poco verse a un espejo, un tipo frío y aburrido sobre los que cantaba Maná, lo reconoció con facilidad en medio del bullicio porque estaba en lugar que ella hubiera elegido, sentada en la posición que ella hubiera escogido… eso fue devastador, ella era una tipa igual de fría y aburrida, se acercó a él con una pregunta de la cuál ya sabía la respuesta:  ¿No te cansa un poco estar siempre en la parte de atrás de la foto, que tu risa nunca sea una carcajada, no te duele un poco estar en silencio?

Él la miró, trató de encontrarle sentido a la pregunta, la vio bien, vestida para no ser vista, su tono de voz, igual, ella había aprendido a no estar presente para todos, a no ser recordada, a caminar con cautela y pasar desapercibida, aunque su pregunta había quebrado su papel, algo la incomodaba por dentro, y entendió que ella venía a él porque parecía ser igual a ella, en la mesa lejos de los parlantes y la pista de baile, con una naturaleza que no encajaba en el lugar, vestido para no ser ni señalado ni admirado, solo un extra de película, alguien normal, en situaciones normales, con comportamientos normales, si le preguntaras que música oye diría de todo un poco, que qué le gusta hacer, diría que salir y conocer lugares… así lucía, pero no era lo que había… la vio triste así que decidió ser honesto en su respuesta.

­—No, lo que ves no es todo lo que soy, lo que ves es lo que oculta lo que soy, lo que pienso, no me aparto solo para no mezclarme sino para poder tener privacidad querida, no es todo calma bajo el agua, yo vengo a aquí a que me vean, pero deber saber qué estás buscando para encontrarme, no trato de disimularme, simplemente soy.

­­­Ella lo escucha, pero no lo entiende, porque él puede estar en calma siendo tan ausente, tan lleno de silencios, porqué él puede sentirse bien siendo ignorado, tan extranjero en el mundo, porqué ella no puede alejarse de lo que piensa.

­—No te entiendo le dice, ¿no escondes nada entonces?

—No es eso, pero no creo que seamos los únicos que lo hacen, todos aquí escondemos algo, incluso los que bailan, siempre hay segundas intenciones, unos buscan la libertad de la que se privan a diario, otros la fantasía que nunca han cumplido, quela anhelan pero que los confronta, vos detrás de esa ropa casual esconde una mujer cansada de andar en la punta de los pies, quieres hacer ruido, pero quieres hacerlo por ti y no para que ellos te noten, en eso te equivocas, es cuando estás frente al espejo cuando quieres tocarte, sentirte, reconocerte, no aquí y para ellos, quieres ponerte una boticas con adornos de metal y que tus pasas resuenen pero no para ellos sino para escuchar tú el tintineo, con un tacón firme, ahora te confundes y crees que la libertad está en que te vean, pero la libertad está en verte a ti misma y gustarte.

Ella lo mira y asiente, la idea le gusta, pero no lo reconoce, —quizá te equivocas le dice, —quizá, le responde él, hace una pausa bebe un poco de cerveza, pero vale la pena intentar equivocarse, ella sonríe, él continúa, pero aún así, sentemos un terreno en común, ¿crees que la vida tiene sentido?

—Sí, responde ella vacilante

—Uno solo? La pregunta cala, ella lo mira y piensa, pero no responde, —Yo creo que hay dos opciones, que no lo tiene o que ninguno es el correcto, tanto ellos como nosotros escondemos algo, y no es un secreto ni algo turbio, es que ninguno sabe lo que está haciendo, y que no tiene certeza de hacerlo bien, eso hace que busquemos pares, personas que validen aquello que hacemos y en consecuencia se crean bandos, en los que se vinculan y se niegan, vos y yo por ejemplo, “solos” pero a lo lejos alguien nos ve y nos envidia, capaces de encontrar calma incluso aquí, siempre en el centro, y ambos sabemos que es mentira, pero los demás ven lo que quieren ver, yo podría estar usando un plug anal mientras hablo con vos…

—Lo estás usando? —jajajajajaja No, pero podría —Ella se ríe, yo también podría dijo ella, —Sí también podrías y tampoco lo sabría, no a ciencia cierta, y quizá hay en la multitud alguien que lo ha imaginado, pero se trata un poco de esa ausencia de seguridad, nada de lo que ves es real, quizá todos podrían estar usando un plug, y pensar que somos el único distinto que lo tiene.

—Tenés razón, dice, mientras bebé y sonríe, se siente ligera, tranquila, la pregunta no era para vos, dice, la primera pregunta era para mí le dice. —Lo pensé dice, pero es una buena pregunta y brinda con ella. Ya tienes una respuesta, —Sí, lo que decís resuena conmigo, —Y qué vas a hacer, ahora que tienes la respuesta. —Usar una boticas negras con cadenitas que hagan eco al caminar.

La casa de los espejos

Las épocas cambian, las historias cambian, Mary lo sabía, y el negocio familiar lo resentía, ella había heredado de sus padres y ellos de sus abuelos el negocio del miedo, los  sustos, al comienzo fue fácil, cuando la gente leía imaginaba, se podía usar eso en su contra, la mitad del trabajo la hacía la ignorancia, sus tatarabuelos simplemente contaban historias, basta hablar en cada pueblo de criaturas extrañas, de hombre lobo, vampiros, chupacabras, del Sombrerón, la madre monte o de cualquier bruja, la gente tenía miedo de lo que desconocía y en su cabeza, esas palabras hacían eco y retumbaban, demasiado pueblo y demasiada misa, el mal personificado, el castigo de sus pecados.

Esos eran buenos tiempos, ahora la gente ha olvidado sus temores originales, ahora le temen a sus conversaciones, a su historial de búsqueda, sus demonios tienen otros nombres, Fomo, Ghosting… la última es curiosa ahora nadie le tiene miedo a que algo se aparezca sino a que se desaparezcan, la gente está loca, dice Mary mientras instala otro espejo y un parlante, habla sola, mientras que camina, habla pensando en sus padres, en su abuelo y su abuela, no habla, se queja… pero así va, de unidad en unidad, agregando humo y sonido a cada espejo.

Esta es su última idea, la última posibilidad de salvar el negocio de la familia es volver a lo básico, piensa mientras continúa haciendo los arreglos, los miedos deben venir de adentro, afuera nada asusta, lo artificial no arrebata el sueño, sorprende sí, genera adrenalina, pero no te hace pensar ni cuestionar nada, no te hace dudar de la realidad, el sobresalto se supera con facilidad, pero los miedos deben atormentarte, consumirte, sabes mamá, dice para sí misma mientras trabaja, la agente ya no entiende la diferencia entre una emoción fuerte y el miedo, creen que aman el terror, pero lo que les gusta es la adrenalina, solo que la mayoría son demasiado cobardes para intentar el paracaidismo o el salto en caída libre, buscan un reemplazo que se los brinde, pero no respetan el concepto del miedo, evitan confrontarse así mismo, ver el monstruo que llevan dentro, el abuelo sabía bien que para asustar realmente a alguien se necesitaba cierta complicidad, cierta aceptación de lo que iba a suceder, una historia en la que cada persona pudiera reconocerse tanto en la presa como en el predador, en el científico loco y el monstruo carente de afecto, entre la virgen y el vampiro, entre la soledad y el deseo de ser amado, entre poseer la fuerza bruta para partir en dos a un ser humano y el miedo de ser ese ser humano…

Pero el negocio debe continuar, se dijo a sí misma y siguió instalando uno a uno los parlantes en cada unidad, convencida de que el miedo era necesario, ese pensamiento la había consumido en los últimos año, se había planteado de si su relación con él era lo que la motivaba a que los demás lo sintieran, quizá era solo una venganza personal, quizá si ella tenía miedo de perder su propósito era injusto que las demás personas vivieran sin esos miedos, quizá porque nadie había entendido nunca la esquizofrenia que había llevado a sus padres al suicidio ni a sus abuelos al manicomio, quizá todo este plan validaba su autodiagnóstico, seguía viva porque en ella la locura era discreta, una sociopatía simple, una falta de empatía y emociones que le permitía continuar con su obsesión, pero quería compartirla, expandirla, quería ver los rostros desfigurados por la angustia, palidecer, quería ver el sudor en sus rostros y con esa imagen en su mente iba estación por estación agregando parlantes a cada una, convencida de que iba a funcionar, de que había descubierto un miedo real para una generación llena de mentiras, algo de lo que no podrían correr, ni refugiarse de nuevo.

Durante meses había estudiado a sus vecinos, recopilado las historias que sobre ellos se decían, generado teoría y rumores que se expandían lentamente pero que para esta altura del año ya sin duda alguna cada uno de ellos debía haber escuchado al menos una vez, era simple, ellos mismos, sus inseguridades devaladas, cada uno llevándose a casa una imagen de la que nunca podrían liberarse, un reflejo que se encontrarían cada día frente al espejo.

Sonrió mordiéndose los labios, la idea la excitaba, tecleó en el letrero luminoso: Función de terror en la casa de los espejos, única función.

Una casualidad persistente

La vi a lo lejos y no pude evitarlo, sentí esa gravedad que me llevaba hacia ella, camine despacio tomando un poco de Jack, y cuando estuve frete a ella simplemente comencé a hablarle: Hay algunas cosas en la vida que parecen gravitar a nuestro alrededor, comportamientos, tipos de personas, vicios que atraen, llaman, tienen una afinidad que no puede negarse, sino fuera como soy diría que estamos destinados a toparlos, pero no creo en el destino, y ese es precisamente el problema, me obsesiona el funcionamiento de las cosas, no puedo dejarlo pasar, necesito saber cómo funciona algo, qué lo detona, vivo constantemente en búsqueda de patrones y opciones, y no es voluntario, no puedo, simplemente no puedo pasar por alto algunas cosas, no es natural, y cuando esa fuerza me atrae hacia algo, simplemente no puedo parar. Necesito la explicación.

No puedo negar ni demostrar el porqué, porque no es tan aleatorio como debería… no hay explicación social, filosófica o física, los argumentos flaquean y eso me rompe, me cuesta, me pesa, no puedo dejarlo pasar, no puedo, no quiero; es un poco esa ausencia de sentido que no puedo justificar; sí existen las coincidencias, pero una ausencia de sentido casual, sobre estoy hay algo más, algo que parece intencionado, causal… no es solo una casualidad, son muchas, una casualidad persistente, a eso precisamente a eso se le llama un patrón y no, no es suficiente con encontrar el resultado, no me gusta ser ligero, no puedo serlo, quiero más que estar consciente del suceso es entenderlo, la diferencia podría llegar a ser nula para los pragmáticos, pero entender algo y saber que ocurre son dos cosas muy diferentes.

Tampoco se corresponden por completo entre sí, los físicos y los economistas son la prueba de ella, gente que dice entender algunas leyes universales, planteamientos lógicos de movimientos bursátiles, teorías sobre la oferta y la demanda sobre el valor y la utilidad, gente que conoce pero que no entiende las implicaciones de nada, tienen el instinto dormido o el ego muy despierto, algo hace que pese a que conozcan la información y los datos obvien la humanidad detrás de los comportamientos, demasiadas certezas y pocas dudas, a ellos les basta la simpleza de una complejidad teórica para hacer las paces con el mundo, ciencias exactas, saben que tienen razón porque un libro les dice que tiene razón. Operativos, algorítmicos, eficientes… robóticos, a ellos les basta con decir una anomalía, una casualidad; los envidio profundamente.

Los prefiero sin embargo a los esotéricos y a los hippies hedonistas, tan desprendidos de sí mismos, tan extranjeros en el presente, tan enajenados que no pueden ver siquiera su propia sombra, van por el mundo persiguiendo experiencias que dicen hacerlos sentir vivos, pero han perdido a tal punto la noción de realidad que más que hablar de experiencias, recitan los consensos, hablan de una espiritualidad que nunca han experimentado, de una paz que nunca ven pero que siempre buscan, su propósito no es diferente al de un perro que ladra a las llantas de los carros junto a la avenida. Tienen miedo a estar solos frente al espejo, miedo de las preguntas que los mantienen despiertos en las noches, miedo a su forma y a la realidad que los soporta, intentan huir soltarse, quieren aparentar que levitan, pero la realidad es que no tienen el suelo bajo los pies.

Pero ellos tienen algo que a los pesados, que a mí me falta, la paz de la certeza, la seguridad de la ignorancia, los primeros por omisión, los segundos por temor, para lo otros, para nosotros, para mí, el mundo es más complejo por que aparte de lidiar con el mundo debo lidiar con su falta de interés por él, es como vivir en una pecera, hay quienes no notan que su universo está contenido por un cristal, lo peor de todo es que por eso son felices, hay otros que saben a qué horas llega la comida, a qué horas cambia la temperatura y nada bien con la corriente, y son felices, y están los imbéciles, como yo, los limpiavidrios que no pueden desprenderse del cristal, que saben que existe algo ahí, que sienten y lo atrapan aunque desconozcan bien de qué se trata, pero no dejan de sentir que hay algo que los atrapa, que los contiene.

Al terminar su discurso, levantó su mirada y encontró la de ella, yo sé que ahí dentro del vidrio la felicidad es posible, pero que también sé que fuera está la respuesta, que es mucho más que una coincidencia recurrente encontrarte tan cerquita y de frente.

Ella sonríe me mira a los ojos y dice: Me gusta tanto que encontrés la forma de ser romántico, me besa y susurra, feliz aniversario, yo también tengo un guion para ti, pero ese es encasa y sonríe con esa mirada pícara de quien ha encontrado en menos palabras un regalo perfecto.

Derivas

Deambular sin rumbo, sin propósito, casi sin intención, caminar como la reacción encadenada de un paso tras otro, aislado inconsciente, desconectado, cuando pensaba Marco camina así, sin notarlo, había escrito un libro de cuentos y necesitaba en un nombre, uno potente uno certero, marco caminaba sin saberlo buscándolo, caminaba y fumaba buscando rastros en la arquitectura, en los rostros, en los rasgos, caminaba viendo el rostro de los carros, visitando por azar creía él viejos lugares, viejos besos, manoseadas, viejos polvos efímeros, viajas casas, o espacios donde habían vivido sus amantes, ex bares hoy academias de baile, masajes exóticos, ex tiendas, caminaba en la ciudad, se movía en el presente con su cuerpo, pero en su cabeza nunca era hoy, era siempre un momento tras otro, una línea temporal en la que toda su vida volvía a vivirse.

La plazotela cerca a su colegio donde tomaba vino alterado con mentas para potenciar su efecto alcohólico, los parqueaderos donde Azul apurada se había corrido la tanga para que él en un ataque de espasmos y vergüenza pudiera también hacerlo, el poste donde vomitaban, la canalización donde había probado la hierba, luego la calle de los bares donde tantas canción había gritado, donde tantos ojos se había cruzado, pensaba en esas miradas sus miradas, siempre tan distintas a las de azul, tan fría tan poco interesante, ninguna como la de Azul, al caminar visitaba fiestas, con y sin ella, niño y joven, lo de línea se desdibujaba con el recorrido, y se transformaba más en una especia de salto inconsciente y caprichoso.

Él yendo a donde Sandra una veterana cincuentona que a sus 18 le mostro que Azul aún palidecía y que en el canela de su piel madura, de su carne madura, de sus tetas maduras, de su sexo maduro, caliente e insaciable era aún muy débil para colorearle la vida como ella podía, luego la pizza italiana donde otra Sandra, esta más joven y más ingenua lo había llevado alguna vez un poco contra su voluntad a escuchar una tarde de chicas y mercurio retrógrado, aunque siempre quiso a esa Sandra nunca pudo regarle un poco de la vida que ella despreciaba, pero que siempre había estado un poco también dispuesta a probar, tenía miedo, de encontrarse y él de perderse, eran el uno para el otro, por fortuna lograron evitarse, habría sido catastrófico para ambos.

Luego él niño caminando sobre un viaducto en construcción, el jugando con agujas y basura de hospital en un despoblado… esa imagen solía recordarla de manera recurrente, 6 años, tontos e ingenuos, 6 años en medio de bolsas de suero, de soluciones, de mangueras y bolsas, de agujas, agujas sin romper, agujas afiladas, agujas quizá infectadas, agujas que habrían podido matarlo, enfermarlo diezmarlo, más de 20 o 30 posibilidades de haberse evitado el crecer y hacerse mayor, y todas habían fallado, que caprichoso puede ser el azar.

Así caminaba Marco sin rumbo y sin destino cuando pensaba, en cada una de esas caminatas y en esos recuerdos había encontrado siempre la inspiración suficiente; un olor, un color, un calor, un sabor, un dolor, un escozor, un rencor, una flor… siempre algo siempre una miga de pan desde los recuerdos para sus cuentos y hoy caminaba así, en búsqueda de un trozo más grande, del tiempo, del cuerpo, del cuero, hoy buscaba eso que delimitaba y encerraba, eso que contenía, eso que definía qué era lo que quería o tenía, sin saberlo, sin entender que lo que hacía era eso que siempre resultaba, eso que por alguna razón daba siempre un resultado, él quería, necesitaba buscaba crear un nuevo lugar para que todo existiera aunque no era consiente de estar allí, es cierto eso de que a veces lo que buscamos está justo en frente, se daba cuenta siempre al irse, Azul, Sandra, Sandra, Las agujas, siempre tantas cosas que hubieran podido hacerlo feliz, o lo habían hecho feliz, siempre algo tan simple, tan presente en medio de su ausencia, siempre un recuerdo tan próximo de convertirse en cuento, siempre su vida salvando su vida, y el simplemente caminando sin rumbo e inconsciente.

­Hola saluda ella sin lograr hacerlo volver, hola dice asomando su rostro, hola responde él y sigue ahora consiente de que camina, de que camina sin rumbo, de que camina hace mucho rato sin buscar un lugar, que caminaba en su cabeza y se frena, derivas dice, derivas, sonríe y vuelve a casa, derivas, termina de escribir las 8 letras, derivas lee y se dice a sí mismo es cuento y libro.

Sal al gusto.

Te tiene que gustar mucho la mierda para disfrutar lo que haces, me reclamó de frente y mirándome a los ojos, me lo dijo con la cara roja, con las lágrimas corriéndole por las mejillas, me lo dijo como un grito ahogado de la libertad derrotada, como lo que era, un reclamo tardío, la impotencia hecha palabra, palabras vacía además porque llegaba tarde y cuando algo llega tarde pierde fuerza.

Su ira no era real, era la memoria de una ira guardada, una ira envejecida, mal cosechada, su ira era una rabieta caprichosa, sin sentido vacía y banal, todo lo que llega tarde es así, las ganas que se quitan tardes son más rencor que ganas, las alegrías tardías menguan, tarde, nada vale, ni la palabra indicada es del todo certera, cuando algo llega tarde aunque sea fuerte no puede nunca borrar su demora, la razón de su tardanza, las excusas, las despedidas, si algo llega tarde llega maltrecho.

Y aunque estuviera mala en el fondo, tenía razón, me gustaba mucho, había algo en el trabajo que me gustaba, que siempre me había gustado, hay algo en esos trabajos simples que me cautiva, el hombre avaluado por el músculo, el hombre con fecha de caducidad, la utilidad funcional en venta, el hombre comprado por peso y talla, por cuanto puede cargar y por cuánto tiempo puede cargarlo, sí era fácil y sencillo, sin caprichos, sin mediadores, sin cerebritos ni antojos, en la vida real reina el pragmatismo, el burdo, rústico, directo y esencial. Sí tiene que gustarte y eso es lo que más me gustan.

Sin pleitesías, sin condescendencias clasistas ni morales, todos en el fondo saben que son iguales, que se tienen a ellos, no hay un dios, ni un creo que los soporte, para los pobres diablos como ellos no hay capitalismo, ni socialismo, no hay futuro, pasado, no hay jubilación ni desempleo, solo un eterno trabajo, el retiro es una chaza, una tienda, pero no gloria en el futuro, te tiene que gustar tanto como morirte de hambre escribiendo, pienso pero no se lo digo, me tiene que gustar tanto como le tiene que gustar a un cantante de ópera cantar en bautizos y matrimonios, tanto como al pintor que hace murales comerciales para una alguna marca en alguna publicidad, tanto como a los chef lavar platos, pero cada uno tiene una droga diferente, es esclavo de un gusto distinto, ella no lo entiende, nació después de la pandemia, no sabe lo que es perderlo, cree que gusto es vestir chic y descubrir que hace 20 años lo coquette estuvo de moda.

Me gusta asiento, no lo digo pero asiento, sin presiones, sin medios ni mediadores, sin nada y sin nadie, sí me gusta, solo frente al espejo, solo en medio de las cuerdas, solo como en los viejos tiempos, solo contra la página en blanco, solo con el miedo en frente, solo con el presente, sin reconocer ningún pasado, desconociendo cualquier futuro, sí me tiene que gustar y mucho, pero no puedo explicárselo, algunas cosas se enseñan pienso, otras se aprenden, no es la primera vez que lo pienso, lo pensé antes, lo pensé y lo dije antes, para ella lo que me queda es poco, aunque desconoce lo mucho que vale, me gusta tano que no puedo dejarlo, ella me mira, sabe que estoy pensando porque guardo silencio, lo sabe porque mientras crecía muchas veces me vio hacer lo mismo para luego contestarle algo que la dejaba pensativa, perdida, sí eso le gustaba pero ahora lo odia, me reclama y me odia un poco porque ella apenas empieza a odiarlo y yo no pude nunca aprender a hacerlo, porque las pasiones son así, enfermedades terminales, entonces la miro, la abrazo y le digo, yo siempre te dije que la sal es cuestión de gustos, ella no entiende que jamás fue un gusto por lo que más dijeran, no entiende el gusto que no alaban los que tienen buen gusto, le falta sal para mi gusto. Pienso, pero no se lo digo, hay cosas que se enseñan y otras que se aprenden.

Duelo

Estoy en duelo, he perdido, he tenido que perder, tuve que irme, no poque no pudiera quedarme, sino porque ya no tenía hacia donde moverme, ese duelo duele, duele porque al irme mi presente le dice a mi pasado que su futuro no será lo que soñaba, incluso que hizo sacrificios en vano, para mí, en mi presente, son valiosos, enseñaron otras cosas, mostraron otros caminos, pero para él, es decir para mí, para mi pasado, espejismos, visiones borrosas, mi presente es su futuro fracaso.

Temo, temo profundamente que mi futuro yo deba escribir algo similar, aunque eso supongo que es algo que tienen en común, el futuro siempre hará que el pasado tenga ganas de arrepentirse, pero ya na puede hacer, otro hubiera, otro futuro abortado, otra vida no vivida, los seguros deberían asegurar sueños, pero siendo el negocio de los seguros está precisamente en asegurar a lo seguro, donde el que pierda sea el asegurado.

Lo digo con rabia, lo escribo con tristeza, lo repito en mi cabeza en la calle con una actitud triste, perdí, al final perdí, y todo lo que diga ahora para negarlo no cambia la idea con la que mi yo del pasado tomó las decisiones a su tiempo, en su presente, el objetivo era otro, perdí, aunque ahora pueda decir que mucho se ha ganado, aunque ahora el ahora responda a otras necesidades, a otros condicionales, el pasado ha perdido y un futuro ha muerto, no queda mucho de lo que pudo haber sido, incluso algunas cosas que creí eternas se han perdido en un momento…

El pasado siempre pierde, dicho de otra manera, el tiempo siempre gana, no hay planes que importen, que le importen, no hay nada tan relevante, no hay nada, no quedó nada, es lo que el tiempo tiene siempre para dar, lo que entrega siempre como un regalo, una ausencia, tenía razón Chinanski, siempre tuvo razón estarás a solas con los dioses, y ese será el regalo.

A tras se mira siempre con nostalgia, con los ojos présbicos, sin los dolores, solo con los recuerdos, el tiempo sana y anestesia, por eso al mirar atrás no nos parece tan malo, por eso se ve con cariño el dolor, se rescata lo aprendido, es fácil hacerlo cuando ya no duele, cuando se recuerdan más las risas que la soledad, cuando se piensa en los abrazos y no en la rabias, somos afortunados de poder olvidar, cuánto compadezco al pobre Funes, cuando temo a su maldición, tiene lógica que un pueblo no la tenga, es un mecanismo de defensa el olvido.

Estoy en duelo, me he perdido un poco, mi presente decepcionó al pasado y hoy aquí temo que el futuro piense lo mismo de mí, y va a pasar, es lógico que pase, pero el futuro nunca es lógico, solo cuando se mira desde el presente hay lógica en cómo se llegó a algún lado, desde aquí, desde el plan, desde el hoy, sin dar el primer paso, al menos no conscientemente, al menos no en esa dirección, desde aquí es difuso, una luz al final de una niebla que esconde caídas, giros, valles, me bato en duelo conmigo, con mis miedos, mis decepciones, y mientras lo hago comienzo a escribir.

A quien corresponda.

Agradezco la oportunidad, cada tecla duele, cada palabra duele, que la oficina esté sola duele y entonces me levanto, lloro y salgo por una puerta que crucé muchas veces y el duelo comienza, duele, duele mucho irse de los lugares donde uno ya no puede quedarse, duele el duelo de dejarse a uno, a unos sueños, a unas versiones, duele y por eso hay que irse, aunque el pasado quiera quedarse, el presente tenga pánico y haya que ir tras ese espejismo de un mejor futuro.

Un ducha fría

Afuera hay ruido, uno fuerte y ensordecedor, afuera hay gritos salvajes y airados, pero dentro del camerino es solo un murmullo, dentro del camerino el ruido no está afuera sino adentro de cada uno, allí es cada uno con su propio mundo gritando, dentro está cada uno repasando las palabras de los del frente, las peleas con las novias, o con los papás, los más asustados se escuchan a sí mismos, siempre es igual, necesitan algo fuerte, algo que los haga volver, que los saque del calor del juego, del fuego del juego, por suerte les tengo una sorpresa.

Vengan, los reúno, vengan acá les digo y los miro a la cara, a los ojos, la culpa es de ustedes digo y todos callan, esperaban algo más seguro, pero no hay mentiras dentro del camerino les digo, es por eso que, aunque el estadio es un murmullo sus cabezas están llenas de reclamos peores que los que les gritan de las gradas, sí, no están dando el 100% y no lo están haciendo porque han perdido el norte.

Entre más silencio se hace más dolor se siente, más miedo, más ausencia, más distancia, ellos callan, no entienden, esperaban otras palabras, pero no hay más palabras, saben que dentro del camerino no se miente, son pocas reglas, porque son reglas simples, solo 3, la primera regla del camerino es no se habla de lo que se habla en el camerino, lo sé un cliché, pero ellos no han visto el club de la pelea y estoy seguro que tampoco lo han leído, así que venía bien, la segunda regla es dentro del camerino no se miente, y la tercera es dentro del camerino el hubiera no existe… no están concentrado les digo después de pensar, no están conectados ni presentes, están fuera del camerino, están fuera de ustedes, se quedaron en sus casas, con sus novias, novios, se quedaron con sus problemas, con sus ausencias, se quedaron solos, se quedaron sin capitán y el capitán sin equipo, los digo recorriendo con la mirada cada par de ojos atentos, no es una regla pero es sentido común, al que habla se le mira a los ojos, todos me sostienen la mirada, saben que no miento, lo saben porque dentro del camerino no se miente, y saben que es verdad, que se han estado mintiendo, algunos ojos se empiezan a llenar de lágrimas, duele, pero eso es bueno, la verdad duele y dentro del camerino no se miente.

Quedan 15 minutos, no todo está perdido les digo, y muchos creen que miento, pero dudan porque saben que yo sé que dentro del camerino no se miente, no todo está perdido repito, vamos a bajo por 30 puntos, en un cuarto de tiempo parece imposible y por eso algunos creen que miento, pero dentro del camerino no existen los hubiera así que creo en lo que digo, y no miento al decirlo, aún hay algo por hacer, aún hay algo por sacar digo, hay que sacar la basura, su basura, esta basura, les falta convicción y creer en ustedes les digo mirándolos ojos, podría decirlo distinto, más suave, más amable, pero no existen hubieras dentro del camerino y había que decirlo, creo en eso, creo en ustedes les digo mirándolos a los ojos, viendo lágrimas en sus ojos, y de repente dentro de esos ojos irritados y llorosos dentro de esas pupilas, se ve algo diferente, algo de esperanza, hago la seña y cortan el agua el caliente, a las duchas, grito, a las duchas, quedan 15 minutos, vocifero y todos corren a las duchas…

El discurso les ha hecho bien, pero no es suficiente, creo que no es suficiente, necesitan algo que los saque del fuego, y entonces gritan todos en un vibrato espantoso. Me gusta ser redundante, y el agua fría.

De mi puño y letra

Cuando leyó el título sabía que había al menos una esperanza, era poco, pero en su posición no podía darse el lujo de rechazarla, como editor no había peor lugar que el que ahora tenía, ser editor de ex famosos es similar a hacerle la tarea al bully del salón, así que 30 años después de su secundaría se veía en el mismo lugar donde ya había estado.

Los manuscritos eran usualmente una mierda, otro famoso al que su agente le dijo es momento de escribir un libro, generalmente memorias vacías, con relatos insignificantes y nada profundos, una mirada simple que demostraba que ni siquiera ahora que su actividad principal estaba en el ocaso comprendían por qué estaban en el lugar que estaban, la ceguera del privilegio es degenerativa, y los que llegan a viejos sin entenderlo, sin sospecharlo, ya nunca lo harán.

La mayoría de los futbolistas, las súper modelos, las reinas, lo galanes de telenovelas o películas, el 100% de los herederos, incluso esos que ya no poseen la gloria de los logros de sus padres, sino solo el dinero de sus abuelos, los secuestrados, y los expresidentes con delirios de caudillos, esos que abundan en mi país porque además de cada apellido hicieron un movimiento sin ninguna base ni fondo, dándole a cada uno un nicho de mercado suficientemente atractivo como para que algunos se crean poetas, cantantes, compositores, comentadores históricos, pero en el fondo son simplemente estúpidos ciegos, imbéciles que van desnudos caminando con su traje de emperador diseñado por sus managers, publicistas y propagandistas, aplaudidos por otro montón de imbéciles que van en masa no por ellos sino porque hay otros a los que quieren ganarles, porque aunque no tenga ningún sentido el nacionalismo se ha vuelto deportivo, culinario, político pero no geográfico, religioso y moral, tantas banderas y con tan poco en común más que una necesidad de validación, pero ese pegamento es fuerte y parece unificar la diferencias, pero es solo una imagen, pero no es cierto, tan solo las ignora, la ceguera se les contagia a los seguidores y no ven lo que no les conviene.

Por eso cuando Roger leyó, de mi puño y letra, no pudo evitar sonreír, era una frase, pero tenía chispa, fuerza, un jab directo a la quijada, un guiño tierno a Cortázar, aunque no fuera un cuento y no fuera un final, aunque fuera el nombre, pero el nombre ganaba por knock out, un bello puente entre él y Hemingway, entre él y Bukowski, entre él y Salcedo Ramos, entre él y otros tanto, que sienten que la hoja en blanco pega tan duro como la pobreza con la que se forjan los boxeadores, entre esos que se igualan con alegría frente hombres osados aunque como él jamás entrado a un ring, ni a un cuadrilátero, ni a una arena, se creen exploradores por leer y escribir, peleadores por golpear con ideas contundentes y letales por haber lanzado frases afiladas, pero todos ellos no tenían lo que él tenía, la verdadera experiencia de haberse ganado la vida boxeando, 10 años de recibir golpes, de costillas rotas, nudillos fisurados, hematomas, inflamaciones, el sabor de la sangre, del sudor y la sangre, el miedo, la frustración, la rabia, la injusticia, las dislocaciones, el agua helada, los baños en tinas de hielo, los gritos, las luces, era una esperanza que un hombre que había asistido a eso tanto tiempo tuviera la lucidez de escribir de su puño y letra el título de mi puño y letra.

Era un bálsamo, un linimento para el alma, para el día, qué tendría para contar ese hombre al que la vida le había ofrecido una vida real, todo lo que tuviera para decir era digno, aunque fuera malo y por eso sin revisar una sola letra más aprobó, recomendó y envió a la imprenta, porque a este quería enfrentarlo en el cuadrilátero real, a ver si como otros, lograba tumbarlo, aunque fuera por puntos.