A fuego lento

—¿Ya sabe qué va a ordenar? —me pregunta ella.
—No levanto la vista, simplemente le digo que aún no.
—Está bien —dice ella con una voz dulce. Escucho sus pisadas alejarse, y entonces la miro, la miro irse…

Vuelvo los ojos a la carta, la miro de arriba abajo y pienso: me tomo mi tiempo. Cuando disfruto de algo —me refiero a cuando de verdad lo disfruto—, me tomo mi tiempo. Juego en mi mente, le doy vueltas al asunto buscando lo posible y lo imposible. Quiero, previo a disfrutarlo, recrearlo, adueñarme en el imaginario de lo probable, contemplarlo y simplemente degustar el momento.

Hago una pausa, me muevo alrededor y me acerco, acecho, sonrío, entrecierro los ojos, me saboreo. Puedo intuir la textura, la temperatura, el sabor. Puedo escuchar la brasa crujir, casi puedo sentir el tejido contrayéndose y reduciéndose al sudar sobre ella. Eso debe pasarle a todos: al delantero que pone el balón en el piso y retrocede tomando impulso, imaginando el balón yendo adentro; al clavadista que observa un muro de agua extenso frente a la punta de los dedos de los pies; al artesano que soba la madera o la piedra, palpando y evocando lo que siente; a la enfermera que hace bíceps y entrena para las jornadas de vacunación en los colegios. Todos se relamen los labios, anticipan, al igual que yo, aquello que desean. No me cabe duda: salivan, por dentro salivan. El instinto nervioso llama desde adentro. Ballenas blancas a estribor, ballenas blancas a babor. Aguardan, silenciosos aguardan. Porque vale la pena se contienen, porque vale la pena sentirlo.

Uno no se apresura ni se abalanza, es una cuestión de tacto. Hay que acercarse con cuidado, como un jugador de billar a la posición adecuada, al centímetro exacto de la banda donde debe golpear para que la bola vaya a donde él quiere, para que haga lo que él quiere. Es una cuestión de método. Hay que tomarse las cosas con ganas y con calma; aunque convengamos que el punto es subjetivo y no más que una convención. Pero a mí me gusta lo que me gusta jugoso, con un sabor que se concentra. Me gusta disfrutar del momento antes de que todo suceda. A veces es incluso más fuerte el recuerdo del deseo que el del consumo; la pulsión y el antojo que lo sigue, la tensión es más alta, el anhelo más intenso. Poseer sin adueñarse, diría Pessoa. Extraer de lo que se quiere la esencia que lo compone, abstraerlo y prenderse no de la forma sino del fondo.

No es casual que los perros den vueltas antes de echarse. Es que en el más animal de los instintos se intuye que hay momentos donde todo se potencia. Una fruta pintona sabe diferente a madura, la textura cambia, la acidez, todo influye, y uno por alguna razón lo sabe. Uno conoce sus ritmos. A los demás pueden parecerles ajenos. El que espera desespera, dicen algunos, pero es porque esperan en ritmos distintos. También porque a veces se comienza la espera cuando el otro ya lleva mucho esperando. La sincronización es clave. La temperatura debe ser correcta: no es lo mismo 4 horas a 180 grados que 2 horas a 360…

Tampoco es lo mismo algo que se toma el tiempo de elegirse que simplemente el de consumirse. A veces todo se pone en movimiento desde antes. No es cuestión ni de signos ni de números, sino de reconocimiento, de verse, de cruzarse los caminos. Sí es de gustos, pero yo prefiero esperar ese llamado para ordenar, no solo para pedir, sino para poner en orden los pensamientos, los antojos, los deseos. Para hacerlo bien, para saber por qué lo hago. Así que tomo la carta y comienzo a mirar y a leer, plato a plato, a imaginarlo, a intentar comprenderlo.

La mesera se acerca, me mira mirar la carta. Es la tercera vez que viene a la mesa.
—¿Encontraste ya algo que te guste? —me pregunta.
—La miro a los ojos, asiento.
—Sí —respondo mirándola y sonriendo de un solo lado—, pero aún nada en la carta —le digo.

La leña está puesta y comenzará a arder a fuego lento, justo como me gusta.

Perder el control

A veces, la vida parece acelerar de golpe, salirse de control, perder el rumbo y estrellarse contra alguna realidad que se estaba ignorando. —En esos momentos —dijo él, mirándola a los ojos a ella—, es importante saber que nada podía hacerse para evitarlo. Y a lo que me refiero con esto es a estar seguro de haberlo intentado todo, porque rumbo a la colisión uno va a repasar sus palabras, sus acciones, uno va a tener que admitir, aunque sea frente a uno mismo, que tuvo la culpa. No podrá excusarse en la suerte, no podrá verse a los ojos y estar en paz, ni podrá ver a los ojos a ese otro que generalmente está en frente y hacerlo asumir su culpa. Y en ese momento te vas a dar cuenta de que la vida es así, que las acciones tienen consecuencias.

Ella se estremeció al escucharlo, al sentirlo tan cerca, casi susurrando esas palabras, justo ahí, justo en ese momento en que las cuerdas le rodeaban la cintura y le apretaban la piel, en que la fricción del amarre recorría su cuerpo. Estaba excitada, mucho, pero ahora en su cabeza resonaban sus palabras. Comenzó a dudar de sí misma, de si había encerado bien la cuerda para evitar raspaduras, de si había fijado bien los ganchos en el techo para evitar accidentes. Comenzó a recorrer su día, sus palabras, sus acciones, y a repetirse: ¿Por qué justo ahora, marica? ¿Por qué tenías que hablar tan cerquita del orgasmo? ¡Hijueputa! ¡Hijueputa! ¡Hijueputa! rezongaba en su cabeza.

Él notaba su distracción y comprendió que no lo había entendido como él esperaba, que estaba arruinándolo todo. Ella no tenía culpa alguna. Todo lo había hecho bien hasta ahora. La ropa que había elegido para la ocasión era perfecta, la loción corporal que llevaba olía delicioso. Ella lo había hecho todo bien, se había encargado de que cada cosa estuviera justo en su lugar: obediente, siempre obediente. No entendía por qué lo había dicho. Quería asegurarse de que no perdiera la concentración, y volvió de nuevo a su oído.

—Hay cosas que se aprenden, pero que no pueden enseñarse.

Al escucharlo, la angustia desapareció, pero no lo hacía su ira. Tenía rabia, estaba molesta. Jugaba con ella, era claro que jugaba con ella. No le bastaba tenerla suspendida y excitada frente a algunas personas que escuchaba susurrar, reír…

Abrió los ojos de nuevo y pudo ver que solo quedaban dos parejas. Las dos mujeres simulaban la penetración en un acto juvenil de restregarse la ropa. Ellos lamían sus cuellos mientras tanto, y ambas gemían. La película de fondo también gemía. Lo buscó a él con la mirada y pudo verlo atando otra cuerda, apretando otro nudo. Y se hizo consciente: no hablaba de ella ni de él, sino de ellos. Ahora se reía. Boca abajo podía ver a esas mujeres convertirse en ella, soltarse y entregarse a su deseo. Cerró de nuevo los ojos e intentó agudizar sus oídos, escucharlos mejor. Podía escucharlos susurrarse, podía también sentir sus miradas recorrerla. Lo había logrado. La culpa suya, más que la culpa la gloria y el deseo. Ella, con su cuerpo siempre en disputa, ella con sus gordos y kilos de más, ella la rara, la extraña, tenía el control sobre ellos, sobre los mirones.

Abrió los ojos para confirmar lo que la nariz le indicaba: olía a sexo. Las dos, arrodilladas frente a sus parejas, lamían, escupían y chupaban sus vergas. Todo porque ella colgaba del techo, porque, como un péndulo hipnótico, había convocado un trance erótico. Ella era objetivo de placer y deseo.

Se encontró de nuevo con sus ojos. Él la miraba sonriente. Ella, complacida, no por las cuerdas, no por los amarres ni por la lujuria de la que se sentía presa, sino de tener a alguien que pudiera hacerle abrir los ojos frente al deseo, abrazarlo con fuerza y corrérsele en la cara. Alguien capaz de hacerla sentir y de vivir, de darle el control y de ayudarle a perderlo.

La vida puede acelerar de golpe, se repitió las palabras que hace un momento la habían hecho enojar. Pero se saboreó al comprenderlas: hay cosas que se aprenden pero que no pueden enseñarse, se repitió mientras se saboreaba. Y un espasmo le arrebató toda certeza, le apretó los muslos y le robó la voz. El orgasmo había vuelto, y el control se había perdido para siempre.

Los inocentes

Hacen lo que tienen que hacer, dicen lo que les digan que deben decir, en términos prácticos son absolutistas, en términos humanos sin embargo no hay nada que les pertenezca, ni nada que los haga mover, siempre he pensado que la ingenuidad es algo bello en la infancia, algo torpe en la adolescencia, pero en la adultez es sin duda un estorbo, a los inocentes los detesto.

Mientras piensa en ellos Cristina camina lento frente a cada uno, son su responsabilidad cada uno de ellos, pero son tan poco, todos tan obedientes, tan dóciles, sus errores son suyos, ninguno piensa, solo asienten y ejecutan, nadie refuta, ahorren tela, corten tela, usen esa fileteadora y no la otra, becerritos, redondeen los bordes, pulan, remuevan las hebras,

Cristina camina, lento, siempre con gracia, siendo diseñadora siempre odio que le dijeran que no daba puntada sin dedal, siendo pianista le parecía más que lógico que debiera cuidarse los dedos, con el tiempo había entendido que un buen toque, preciso, certero, en la cadencia adecuada, el ritmo necesario no venía de cualquier mano, pero al verlos tan muertos se recordaba porque debía ser siempre así, porque con ellos no podía contarse, ninguno era viable y solo ella imprescindible.

Los inocentes, volvía de nuevo los ojos a su diseño, caminaba y jugaba con el jabón en la mano, figurín por figurín dibujando líneas y contornos, tarareando el scherzo número 3, le recuerda que está viva, la pequeña pastilla se desliza en sus dedos, caos y claridad, ideas y calma, fuego e ideación, sexo y orgasmo, actividad y descanso, el scherzo siempre saca lo mejor de ella.

La ira mengua, camina hacia su oficina, al papel, al diseño, al juego, al piano, quiere tocarlo, tocarse, callarlo todo, silenciarse en un espasmo fuerte e intenso, el sexo es solo sexo, pero también es tan aclarador, tan certero para dejarlo todo a un lado, también el piano, cierra los ojos, siente las teclas en sus dedos, y  también sus dedos, recuerda y recrea sus dedos, y de repente imagina los de él, en su teclado, martillando las pequeñas teclas de contacto, débiles ante su machaqueo, tan diferente a sus teclas, tan fuertes, tan sensibles a la presión, ella y sus teclas, él y sus dedos, él tocando justo donde ella quiere, con la fuerza justa… él tan culpable de desconcentrarla, de estar ausente, de permanecer distante, él culpable y sonriente, él culpable, y sonríe, caos y juego, fuego y tiempo, sexo y orgasmo.

Tantos inocentes cercas y dispuestos, tantos fáciles de gobernar, tranquilos y obedientes, tantos mansos y sumisos y él, el culpable tan fresco y tan lejos, sus manos comienzan a tocar el piano, y ella no deja de imaginar sus manos ya no sobre las teclas, sino sobre ella, un roce, un apretón, un movimiento, ahora dentro de ella, lento y constante, sus manos fuertes, sus dedos largos y gruesos, se humedece solo de pensarlo, sus manos en su cuello, sus manos en su cuerpo… sonríe. Toca su piano, en silencio, y lo anhela y en su ausencia no le queda más que despreciar a todos los que teniéndola cerca, no se atreven a tocarla.

El color del deseo

Si el mundo no te dio justicia, espero que la imaginación lo permita.

Cuando George tenía 4 años tuvo un triciclo rojo retro. Sí, retro, eso era lo que él recordaba, nunca las burlas por su viejo triciclo, ni que el rojo estaba ya casi rosado por el sol, ni que en su época no se decía retro, sino viejo, y que de niño lo odiaba.

Cuando cumplió 17 años, estudiaba diseño, y mientras ojeaba un álbum de fotos, se encontró consigo mismo, con su reflejo temporal en el triciclo arrebolado, con los colores de su ropa -retro también para la época-. Esto le dio una idea: siempre había amado lo clásico. No pensó que quizá lo había heredado, como tantos otros juguetes y regalos. No se preocupó por ello tampoco, la idea le gustaba, tener estilo y gusto, podría ser algo innato. Y ante la idea del talento, nadie se niega.

Con el tiempo él comprobaría que gusto, estilo y ojo, tenía. Podía ver lo valioso en todo, y podía pensar con facilidad cómo fusionar algunos elementos para obtenerlo; diseñaba con elegancia, con simplicidad; diseñaba pensando en cómo sería si lo hubieran inventado años antes, y si hubiera evolucionado con el uso y la tendencia. Diseñaba con amor por lo clásico.

Pasaron más años y tuvo bicicletas, ropa, look y motos que parecían transportadas en el tiempo. Había aprendido no solo a retocar, sino a restaurar, lijaba él mismo las piezas, combinaba los colores, y llenaba de vida y de nostalgia lo que revivía. Todo era más que diseño o restauración, había dominado la magia del aliento divino.

Lo que hacía feliz a George seducía y encantaba, y con eso alimentaba un sueño: revivir un auto, un BMW CS, rojo, como el rojo que él creía recordar de su triciclo, un rojo vivo, un rojo furia, un rojo latido e impulso. Ese sueño lo alimentó durante años, imaginaba las fotos que quería tomarle, la forma en cómo merecía ser retratado y lucido. En otras manos el carro sería una herencia, un capricho, pero en sus manos sería una demostración de nostalgia, una prueba de fidelidad a sí mismo.

Cerca a su casa había uno, color mandarina, tenía algunas claras demostraciones que el auto no tenía a George en su vida, sino a un cualquiera, a un Alberto, a un Gustavo, una Daniela, un Amador quizá, con ninguna sensibilidad frente a las latas, sin ningún interés por su motor o su transmisión; aun así -sentía- estaba bien tenido, era funcional, y cuando lo veía él pensaba: -uno como ese, para que se convierta en el único mío-. Si pudiera, George hubiera dado un pulmón por conseguir su auto, o un riñón, cualquier órgano del que hubiera dos y pudiera sobrevivir con uno. Lo suyo por lo retro era sagrado.

Piensen en ese George que soñó 30 años con tener lo que finalmente pudo tener. Piensen en el amor, en su dedicación, y podrán entender por qué George, al regresar en la madrugada y ver al demandante arrodillado frente a su auto con una botella rota dibujando sobre la pintura roja -roja viva como la que él recordaba, roja furia, roja latido e impulso-, no pudo contenerse, por qué se aferró al palo de la cerca, por qué lo arrancó y caminó hasta él en silencio, sin advertirlo y defendió con furia aquello que había soñado toda la vida.

En aquel momento no tuvo que pensar en nada, era un punkero estrato 6 de 16 años a quien tan sólo le costó 5 minutos dibujarle una A de anarquía al carro sobre la pintura, acuchillar sus neumáticos y partir los retrovisores. Y sí, tiene los tobillos y las muñecas rotas, sí, perdió un par de dientes; pero está vivo, y el auto ya no lo está.

Las fotos fueron expuestas, el carro era un rojo profundo, ennegrecido, coagulado, frío. Después de ver la evidencia, George volvió a llorar. Inocente, dijo el jurado.