Dormir en paz

Son un poco más de las tres de la mañana. La casa está sola, los gatos despiertos, las ventanas abiertas, la cocina destruida, el baño averiado, la sala llena con los muebles de la nueva cocina. Mauricio llegó hace tres horas en su bicicleta. Trabaja como un burro. El trabajo es lo único que le queda. Trabaja como si eso fuera cierto, aunque no lo es: tiene amigos, tiene vicios, entre ellos el licor y las mujeres. Pero entre semana trabaja como si el trabajo fuera lo único en su vida. Vive como si no tuviera miedo, como si intuyera el camino correcto. No lo hace. Sabe bien que cada paso es en falso, que lo que desea suele ser más rápido que él. Es un mundo de caracoles, piensa. Le gusta esa referencia porque cree que es una metáfora malgastada en matemáticas, cuando debería utilizarse en filosofía. La vida consiste en avanzar y retroceder casi sin notarlo.

Hay una paz en su vida que solo existe cuando él no está presente. Le cuesta darse paz. Hay demasiado ruido cuando despierta, muchas cosas que lo atormentan, demasiada gente en contra. No puede disfrutar de lo que lo rodea, porque por dentro todo está en llamas. No lo adivinarías si lo vieras; no lo aparenta. En realidad, nadie lo hace. A nadie por la calle se le ve realmente una cara que diga que todo está perdido. Y si a alguien se la reconocieras, deberías apartar lentamente la mirada o reconocer tu propia desesperación para apaciguar el dolor que al otro afecta. No es bueno cruzarse con un loco si no se está dispuesto a perder la cordura.

Los gatos corren. No hay mucho viento en esta época del año, así que la vegetación afuera también duerme. Parece ser el cansancio, parece ser la calma que lo inunda todo, pero parece que por fin Mauricio dormirá tranquilo. Lo necesita. Todos lo necesitan. Pero hoy, él de verdad lo necesita. Mañana, si logra dormir lo suficiente, se parará frente al cuadro que hay al salir de su cuarto y leerá el poema con el que intenta reconciliarse con su apartamento. Una casa propia… Siempre lee el título y extraña un poco menos sus ahorros. Como el puto caracol, cambiando ahorros por deuda, piensa. No lo dice en serio, no del todo. No termina de creerlo, pero le cuesta.

Afuera, no maúlla hoy ningún gato callejero. No hay borrachos, no hay fiestas. Podría haberlos, pero está tan cansado que un ruido difícilmente lo despertaría. Está ausente, y hay paz. Pero duerme. Vale bien la pena perdérsela. Hacerlo es también una tregua. Hoy su cerebro ondea bandera blanca. No sueña con entregas o reuniones. De verdad duerme. No recuerda con certeza cuándo fue la última vez que lo había hecho. Podría decirse que está a gusto, pero no: realmente, solo está rendido. Su cuerpo se ha rendido al cansancio. No le ha quedado otra opción más que obedecerlo, y entonces duerme. Por fin duerme.

De repente, siente un movimiento fuerte contrayéndole los músculos. La tensión no disminuye. Siente casi como si un par de manos —¿qué manos?—, de garras, intentaran separárselos. Tiran sin descanso. Él abre los ojos adolorido y asustado. Lleva sus manos a la pantorrilla mientras se retuerce. Intenta soltar esas manos inexistentes masajeándose la pierna, intenta aliviar el dolor con movimientos circulares. Falla en el intento. Se cubre el rostro. Le duele, y no deja de doler. Comienza a estirar a pesar del dolor, y el músculo cede. Se suelta. Lo suelta. Pero él no. El dolor sigue siendo suyo al ver la hora: 3:03 a. m. No ha logrado dormir mucho. Cojea. Le gustaría caminar hacia la nevera. Si pudiera hacerlo, solo encontraría cerveza. No serviría de nada. Está seguro de que, si la tomara, el frío espantaría el poco cansancio que le queda y, con él, la posibilidad de dormir se extinguiría.

Termina el masaje. Los gatos vienen a revisar por qué les interrumpe el juego, por qué los sollozos. Se tira boca arriba y los acaricia. Ellos ronronean y, así, sin darse cuenta, cierra los ojos.

Cerca

Estar cerca duele más, eso se decía  así mismo, y lo decía con conocimiento de causa, sé de lo que hablo, se decía, he estado ahí muchas veces, sé lo que duele porque lo he vivido, porque la desilusión pesa, porque estar cerca, sentir la respiración cerca de los labios, verlo entre abiertos, tocar lentamente las comisuras y hacer parte y sentirse parte de siembra una duda, estar demasiado cerca crea un pensamiento del que no es fácil desprenderse, qué me falta, nadie que haya estado cerca se pregunta o enorgullece de lo que tiene, es más fácil hacer eso a lo lejos, sentir que quien observa es abiertamente miope, y ah pasado por alto de nosotros entre tantos, ah pero cuando te miran con detalle, cuando sientes que te han olido, saboreado, cuando sientes que han pasado sobre ti con lupa y cinta métrica, prestando atención a los detalles, tocando con la puntal de un lapicero, golpeando con suavidad con los nudillos, extendiendo los brazo mientras murmuran y toman algunas notas, cuando sientes que hablan de ti, sobre ti y no contigo a pesar de tenerte de cerca, es ahí cuando el miedo asoma.

Estando tan cerca debían haberte visto, respirando tan encima de ti debían ser certeros, encontrar tus virtudes, notar tu valor, estando tan cerca debería besarte, elegirte, estando tan cerca el ascenso debería ser tuyo, estando tan cerca no deberían darte la espalda, no deberían poderse ir sin decirte nada, el ghosting… sabe a mierda.

Estando tan cerca, escuchando ese ahí, ahí, ahí, ahí ahí que nunca se convierte en ahhhhhhhhhh, en uñas en tu espalda, en dientes en tu clavícula, escuchando a lo lejos a alguien más gritar BINGO cuando te falta un número, después de escuchar que anuncian la letra en donde te falta el número… mierda si duele más y sabe más a mierda el que pase cuando estés cerca.

—Mi padre solía decírmelo jugando canicas, cerca de ese agujero donde debía llevar la bola para estar seguro, en la puerta del horno se quema el pan decía, y con una puntería criminal, con una precisión quirúirjica lamía la comisura de su boca, se ría entrecerraba los ojos, con la pericia de un topógrafo que se gana la vida midiendo distancias a cientos de kilómetros calculaba el viento, el peso del cristal en los dedos y lanzaba con una fuerza sobrehumana, como la de todo padre enfrente de sus hijos, y golpeaba fuerte y seco, luego se reía, a carcajadas, nunca comprendí la lección jugando canicas, no era sobre un juego, era más sobre la vida, nunca estás a salvo, no del todo, esa sensación es falsa, eso quería decirme, no te confíes, no estás seguro, eso era lo que debía aprender, ni siquiera el padre tendrá piedad del hijo, eso debía haberme quedado claro cada domingo viendo al primero de los cristianos clavado a una cruz.

De cerca muchas cosas pierden su brillo, había entendido ya al crecer, de cerca las mujeres tienen boso, de cerca, hasta a la mejor depilación se le escapan vellos, de cerca todo es distinto, de cerca nada es lo que parece y por eso duele más cuando te has acercado lo suficiente y escuchas —No cuando estás de cerca y ves de cerca la puerta cerrarse justo en frente de tus narices, ahí entiendes, sientes que entiendes, que papá tenía razón, ahí te das cuenta que las excusas no aguantan un portazo en el rostro, que la verdad es otra y prevalece, al menos para los demás parece serlo.

Estuviste cerca, te dicen cerca sin entender lo que se siente, sin reflexionarlo, creyendo que haberse acercado era la meta, como si no supieran, como si ignoraran que en alguno momentos perder, es un tema más de dignidad que de ego, porque cuando todo ha sido tan cerca solo hay una respuesta posible, ser lo que se es, hacer lo que sabe hacerse… no ha sido suficiente.

Frío

Toma café sin darse cuenta de lo que toma, lo toma a sorbos largos, sin saborearlo, nada de juegos ni de delites, no empuja el líquido entre sus dientes, no lo usa para mecer la lengua y sus papilas gustativas, no es justo entonces decir que toma café, no sabe hacerlo, no disfruta de su aroma, no lo siente, lo toma casi que sin necesitarlo, no sabe lo que es tomar, lo que significa, no le hace justicia a la posición, al arrebato, a las ganas, no entiende de nada, la sed no paree treparle por la garganta, lo párpados no parecen reclamárselo, no sabe morder, no sabe luchar por lo que quiere, no, es mucho más triste que eso, nisiqueira sabe lo que quiere, cree saberlo, pero duda, en cada sorbo está la duda.

Toma distancia de la taza, la ver un poco agitada y piensa en todo lo que duda, el vacío se torna más grande, vale la pena se pregunta sin encontrar respuesta, sabe que en el fondo lo sabe, pero hay que escarbar mucho, abrir cicatrices e ir más hondo, herirse, nunca le ha gustado ese dolor que no es físico, ese que no se manifiesta, del que no brota sangre, que no se ve, ese que es invisible y que parece eterno, ese dolor da miedo piensa, es más de lo que puede manejar, es inevitable, omnipresente y todo poderoso, si existe dios se parece más por descripción a un recuerdo doloroso que a un ser benévolo, no es cuando estás a punto de morir que ves tu vida pasar delante de tus ojos  es cuando dudas; ahora lo sabe, ahora las decisiones que está por tomar hacen que piense y piense, que tiemble y tiemble, lo hace como si tuviera mucho que perder, como si no supiera que en el fondo la idea de ganar ya perdió toda su fuerza.

La mirada vacía fija en el vacío da la falsa idea de haber hallado algo, pero por dentro la realidad es angustiante y abrumadora, no hay una luz en el fondo del túnel, el ruido a su alrededor se desvanece, es de esos malos chistes que tiene el universo, le gusta dejarte a solas con los miedos, encerrarte con los temores, no hay duda, si existe un dios, es el miedo.

No quiere comenzar a cavar, no tiene sentido, cierra los ojos para buscar ese pequeña memoria muscular que hace que una especie de color rojo y verde se dibuje dentro de los párpados, esa pequeña huella de esperanza que indica que aún en la oscuridad hay luz, mala suerte, al pensarlo aunque ve, ya no reconfortante, anhela, desea quiere que todo acabe, que pase la oportunidad, que se vaya sin que la decisión se tome, que el azar haga su trabajo, que el maldito azar juegue a su favor, pero nada ocurre, el tiempo se detiene para que cada segundo se sienta más y más y más lento.

No sabe cuanto tiempo ha pasado, no está consciente, sabe que es lo que pasa cuando piensa, sabe que nadie más es consciente de todo lo que pesa o lo que le pesa, o cuánto le pesa, ve caras, rostros, recuerda palabras y sonidos, ha estado ahí tantas veces, un prisión mental donde toda duda se graba, los miedos tienen cuadros del tamaño de las meninas, las ventanas solo llevan a otros momentos de duda, no hay una ayuda, un salva vidas, no hay un rayo, un temblor, una mierda de pájaro, no hay un encuentro inoportuno, una llamada de claro de hacer alguna oferta, tampoco alguna esta piramidal que le pregunte si quiere tener tiempo libre y trabajar desde donde quiera sin cumplir horarios, otra señal de que dios es dolor, y además un sádico.

Estira su brazo, toma el café, aunque no sabe lo que es tomarlo, aunque no entiende cómo tomarlo, lo toma, sorbo tras sorbo, lo toma aunque está frío y aunque no conoce el placer de desear el café caliente, de saborear el café caliente, de querer, de satisfacer la necesidad del café caliente, sabe lo básico, lo mínimo, lo horrible que sabe el café que se enfría.

Derivas

Deambular sin rumbo, sin propósito, casi sin intención, caminar como la reacción encadenada de un paso tras otro, aislado inconsciente, desconectado, cuando pensaba Marco camina así, sin notarlo, había escrito un libro de cuentos y necesitaba en un nombre, uno potente uno certero, marco caminaba sin saberlo buscándolo, caminaba y fumaba buscando rastros en la arquitectura, en los rostros, en los rasgos, caminaba viendo el rostro de los carros, visitando por azar creía él viejos lugares, viejos besos, manoseadas, viejos polvos efímeros, viajas casas, o espacios donde habían vivido sus amantes, ex bares hoy academias de baile, masajes exóticos, ex tiendas, caminaba en la ciudad, se movía en el presente con su cuerpo, pero en su cabeza nunca era hoy, era siempre un momento tras otro, una línea temporal en la que toda su vida volvía a vivirse.

La plazotela cerca a su colegio donde tomaba vino alterado con mentas para potenciar su efecto alcohólico, los parqueaderos donde Azul apurada se había corrido la tanga para que él en un ataque de espasmos y vergüenza pudiera también hacerlo, el poste donde vomitaban, la canalización donde había probado la hierba, luego la calle de los bares donde tantas canción había gritado, donde tantos ojos se había cruzado, pensaba en esas miradas sus miradas, siempre tan distintas a las de azul, tan fría tan poco interesante, ninguna como la de Azul, al caminar visitaba fiestas, con y sin ella, niño y joven, lo de línea se desdibujaba con el recorrido, y se transformaba más en una especia de salto inconsciente y caprichoso.

Él yendo a donde Sandra una veterana cincuentona que a sus 18 le mostro que Azul aún palidecía y que en el canela de su piel madura, de su carne madura, de sus tetas maduras, de su sexo maduro, caliente e insaciable era aún muy débil para colorearle la vida como ella podía, luego la pizza italiana donde otra Sandra, esta más joven y más ingenua lo había llevado alguna vez un poco contra su voluntad a escuchar una tarde de chicas y mercurio retrógrado, aunque siempre quiso a esa Sandra nunca pudo regarle un poco de la vida que ella despreciaba, pero que siempre había estado un poco también dispuesta a probar, tenía miedo, de encontrarse y él de perderse, eran el uno para el otro, por fortuna lograron evitarse, habría sido catastrófico para ambos.

Luego él niño caminando sobre un viaducto en construcción, el jugando con agujas y basura de hospital en un despoblado… esa imagen solía recordarla de manera recurrente, 6 años, tontos e ingenuos, 6 años en medio de bolsas de suero, de soluciones, de mangueras y bolsas, de agujas, agujas sin romper, agujas afiladas, agujas quizá infectadas, agujas que habrían podido matarlo, enfermarlo diezmarlo, más de 20 o 30 posibilidades de haberse evitado el crecer y hacerse mayor, y todas habían fallado, que caprichoso puede ser el azar.

Así caminaba Marco sin rumbo y sin destino cuando pensaba, en cada una de esas caminatas y en esos recuerdos había encontrado siempre la inspiración suficiente; un olor, un color, un calor, un sabor, un dolor, un escozor, un rencor, una flor… siempre algo siempre una miga de pan desde los recuerdos para sus cuentos y hoy caminaba así, en búsqueda de un trozo más grande, del tiempo, del cuerpo, del cuero, hoy buscaba eso que delimitaba y encerraba, eso que contenía, eso que definía qué era lo que quería o tenía, sin saberlo, sin entender que lo que hacía era eso que siempre resultaba, eso que por alguna razón daba siempre un resultado, él quería, necesitaba buscaba crear un nuevo lugar para que todo existiera aunque no era consiente de estar allí, es cierto eso de que a veces lo que buscamos está justo en frente, se daba cuenta siempre al irse, Azul, Sandra, Sandra, Las agujas, siempre tantas cosas que hubieran podido hacerlo feliz, o lo habían hecho feliz, siempre algo tan simple, tan presente en medio de su ausencia, siempre un recuerdo tan próximo de convertirse en cuento, siempre su vida salvando su vida, y el simplemente caminando sin rumbo e inconsciente.

­Hola saluda ella sin lograr hacerlo volver, hola dice asomando su rostro, hola responde él y sigue ahora consiente de que camina, de que camina sin rumbo, de que camina hace mucho rato sin buscar un lugar, que caminaba en su cabeza y se frena, derivas dice, derivas, sonríe y vuelve a casa, derivas, termina de escribir las 8 letras, derivas lee y se dice a sí mismo es cuento y libro.

Duelo

Estoy en duelo, he perdido, he tenido que perder, tuve que irme, no poque no pudiera quedarme, sino porque ya no tenía hacia donde moverme, ese duelo duele, duele porque al irme mi presente le dice a mi pasado que su futuro no será lo que soñaba, incluso que hizo sacrificios en vano, para mí, en mi presente, son valiosos, enseñaron otras cosas, mostraron otros caminos, pero para él, es decir para mí, para mi pasado, espejismos, visiones borrosas, mi presente es su futuro fracaso.

Temo, temo profundamente que mi futuro yo deba escribir algo similar, aunque eso supongo que es algo que tienen en común, el futuro siempre hará que el pasado tenga ganas de arrepentirse, pero ya na puede hacer, otro hubiera, otro futuro abortado, otra vida no vivida, los seguros deberían asegurar sueños, pero siendo el negocio de los seguros está precisamente en asegurar a lo seguro, donde el que pierda sea el asegurado.

Lo digo con rabia, lo escribo con tristeza, lo repito en mi cabeza en la calle con una actitud triste, perdí, al final perdí, y todo lo que diga ahora para negarlo no cambia la idea con la que mi yo del pasado tomó las decisiones a su tiempo, en su presente, el objetivo era otro, perdí, aunque ahora pueda decir que mucho se ha ganado, aunque ahora el ahora responda a otras necesidades, a otros condicionales, el pasado ha perdido y un futuro ha muerto, no queda mucho de lo que pudo haber sido, incluso algunas cosas que creí eternas se han perdido en un momento…

El pasado siempre pierde, dicho de otra manera, el tiempo siempre gana, no hay planes que importen, que le importen, no hay nada tan relevante, no hay nada, no quedó nada, es lo que el tiempo tiene siempre para dar, lo que entrega siempre como un regalo, una ausencia, tenía razón Chinanski, siempre tuvo razón estarás a solas con los dioses, y ese será el regalo.

A tras se mira siempre con nostalgia, con los ojos présbicos, sin los dolores, solo con los recuerdos, el tiempo sana y anestesia, por eso al mirar atrás no nos parece tan malo, por eso se ve con cariño el dolor, se rescata lo aprendido, es fácil hacerlo cuando ya no duele, cuando se recuerdan más las risas que la soledad, cuando se piensa en los abrazos y no en la rabias, somos afortunados de poder olvidar, cuánto compadezco al pobre Funes, cuando temo a su maldición, tiene lógica que un pueblo no la tenga, es un mecanismo de defensa el olvido.

Estoy en duelo, me he perdido un poco, mi presente decepcionó al pasado y hoy aquí temo que el futuro piense lo mismo de mí, y va a pasar, es lógico que pase, pero el futuro nunca es lógico, solo cuando se mira desde el presente hay lógica en cómo se llegó a algún lado, desde aquí, desde el plan, desde el hoy, sin dar el primer paso, al menos no conscientemente, al menos no en esa dirección, desde aquí es difuso, una luz al final de una niebla que esconde caídas, giros, valles, me bato en duelo conmigo, con mis miedos, mis decepciones, y mientras lo hago comienzo a escribir.

A quien corresponda.

Agradezco la oportunidad, cada tecla duele, cada palabra duele, que la oficina esté sola duele y entonces me levanto, lloro y salgo por una puerta que crucé muchas veces y el duelo comienza, duele, duele mucho irse de los lugares donde uno ya no puede quedarse, duele el duelo de dejarse a uno, a unos sueños, a unas versiones, duele y por eso hay que irse, aunque el pasado quiera quedarse, el presente tenga pánico y haya que ir tras ese espejismo de un mejor futuro.

Antes de salir

La imagen es recurrente, la cama está hecha, sin muchas arrugas, podría decirse que está incluso bien hecha, todavía hay sol aunque ya no amarillo como lo es al nacer si no más naranja, casi rojo, así se pone él después de un día largo de trabajo, parece que se cansara de estar allí eructando ráfagas solares, no hace calor, no calienta, no hace sudar a nadie, pero no lo necesita, ahí está presente. Igual está la maleta, sobre la cama casi bien hecha, dentro de ella también hay orden, el suficiente, y queda espacio, siempre queda espacio, yo estoy parado a unos tres pasos de la cama, no puedo ver todo lo que hay dentro, pero sí que hay lugar, no parece que haya algo esperando a ser empacado y frente a esa imagen experimento un vacío tremendo, no hay angustia, pero el estómago está inquieta, las piernas cosquillean… es miedo, pero no angustia, si hay miedo está bien, si da nervios de los que hacer reír está bien, me digo en medio de la imagen tratando de convencerme, está todo bien me digo, lo malo de ser agnóstico es que muy rápido aprende uno a dudar de uno mismo, no sé si creerme.

Paseo los ojos de arriba abajo, de un lado al otro, el armario está abierto, 3 cajones ordenados y uno para el desorden como debe de ser, como el lugar donde se secan los platos, como la canasta donde se apila la ropa sucia, es muy nuestro eso de tener un lugar permitido para el desorden, una calle roja, una zona de tolerancia para las medias nonas, las pantalonetas, una que otra toalla pequeña, de esas que se usan para las manos, está en todo lado, todo casi ordenado, siempre tan cerquita del peso, siempre tan ausentes los cinco centavos, siempre la maleta vacía sobre la cama casi bien hecha, siempre el cajón del armario donde el orden no es ley.

Algo me falta, o va a faltarme, es la sensación traducida, el recado de la intuición, es casi ese: algo muy malo va a pasar en este pueblo de mamá grande al desayuno, no sé si malo, no sé si grave, pero es esa certeza anticipada, eso que ha dado nacimiento a pitonisas y brujos, esa sensibilidad casual y a veces afortunada que se interpreta como predictiva, como don de clarividencia… suerte solo suerte me repito, mala suerte la de creer que tiene uno el poder de ver con cierta precisión el futuro, que aburrida sería la vida, si algo va a matarnos que sea la duda, no la certeza, pienso, o mejor piensa ese yo que no soy yo sino mi representación en ese espacio, en ese sueño, estúpido sueño que me hace consciente de estar soñando, la cuarta pared onírica hecha trizas y la maleta intacta, casi lista sobre la cama casi bien hecha.

No viajo pronto, pero estoy tomando decisiones, no viajo pronto pero sí me muevo, me voy, y habrá despedidas, estúpida forma de decirme a mí mismo todo lo que ya me digo despierto, qué tan pesado tengo que ser para no dejarme dormir repitiéndome las mismas cosas con las que me atormento despierto, de verdad que cuando me lo propongo soy simplemente un pesado.

 También hay tristeza, la boca me sabe a tristeza, es un sueño y la tristeza tiene un sabor súper reconocible, a cáscara de fruta, la melancolía de la fruta pienso y afirmo, tenían razón los abuelos, apago el foco, después de todo soy el último en salir, y ahí queda la maleta, esperando al próximo viajero.

Debilidad

Es curioso lo que la gente entiende por debilidad, es un concepto extraño, lo débil también puede ser delicado, fino, pero también es un poco un cuerpo, y una voluntad, demasiadas cosas son llamadas debilidades, y como todo adjetivo califica al sustantivo la debilidad la suele vestir un individuo.

Marco es lo opuesto, el antónimo a debilidad es un tipo tosco, solitario, boxeador… trabaja en acarreos, su físico no lo obtuvo levantando pesas sino neveras viejas y lavadoras antiguas, de esas de lata que cortan e infectan las manos, tiene más antitetánicas en su cuerpo de las que puede recordar y eso que la fibrosidad de sus cayos le ha permitido ahorrarse más de una.

Es grande, sus brazos son largos y sus piernas también, en el boxeo es una ventaja, tiene alcance, puede golpear a una distancia segura, pero él se hizo fuerte metiéndole el cuerpo abajo a hornos, estantes y armarios, la elegancia no es lo suyo, le gusta la distancia corta, sentir el golpe, solo le sabe a victoria la victoria cuando le cuesta, más que las medallas busca la pelea, el cinturón, el trofeo… simplemente no le interesa, él quiere el reto, la prueba.

Mientras duerme un sonido que intenta imitar un tubo generando vacío lo levanta mientras el amanecer aún está lejos,  lo toma con la guardia baja, se levanta rápido, no sabe lo que pasa, es como si le hubieran conectado un gancho cruzado justo en el oído, se sacude la cabeza, intenta enfocar en la obscuridad absoluta, no lo logra, le toma tiempo, el sonido se repite, toma el celular 1:27 am levanta la mirada y Baguira no está a su lado, es una gata negra, la única que sabe de sus dolores, cuando Mónica lo abandonó también la abandonó a ella, no se saca eso de la cabeza, era su gata y la dejó como lo dejó a él, sin una explicación ni una señal. Ella siempre está a su lado, se sobresalta, lleva un año con ella, solo con ella, no la entiende mucho pero sabe que lo quiere, y sabe que él la quiere, se quieren con el agradecimiento de abandonarse el uno el otro, de haberse quedade, se quieren con la empatía con la que se ven a los ojos dos que han sido huérfanos, dos que han sido hinchas de esos equipos que nunca ganan, dos que saben lo que duele perder, y los que tienen miedo a perderse una vez se encuentran.

El sonido se repita y el brinca de la cama, enciende la luz y hay vómito en la cama, camina y hay vómito en el piso, llega a la sala y hay vómito en la sala, sobre el mueble está Baguira, los ojos llorosos sufriendo arcada tras arcada, y Marco no resiste, sus ojos se llenan de lágrimas, se lleva sus manos duras y callosas al rostro, quiere contenerse, lleva mucho siendo fuerte y de repente está ahí, con el corazón arrugado, con esa presión en el pecho, con las piernas flojas, el cuerpo se contrae, tiene miedo, Baguira vomita de nuevo, liquido amarillento y pegajoso, no son ni siquiera las dos de la mañana, no tiene dinero, no sabe qué hacer, no saber que hacer le duele, está indefenso, abrumado e indefenso, un ciervo con la luz con los ojos, paralizado por la idea de que sea letal, Baguira lo ve y parece gritarle: ¡Hacé algo marica! Y él simplemente se deja caer se abraza las rodillas y la mira como diciendo: ¡Qué putas hago!

Baguira, como toda buena hembra entiende que ese hombre fuerte, ha desaparecido, que es un niño asustado, que el golpe le ha entrado derecho y que no tiene nada que ofrecerle, y como su hembra saca fuerza en medio de su dolor y lo consuela, se le restriega en las piernas y él entiende, que no puede hacer nada más que estar ahí para ella, la acaricia llorando, la levanta llorando, saca las servilletas de papel de cocina y recoge su vómito mientras le susurra al oído y le miente: Todo va estar bien hermosa, le dice sin saberlo, pero con la seguridad de que ella necesita oírlo, todo va a estar bien preciosa, le repite sabiendo que no sabe.

La carga sobre sus rodillas mientras le soba la cabeza y mira el reloj, faltan 5 horas para que abran, resiste bonita piensa, todo va estar bien, susurra y mientras lo dice, siente que la vida se le va del cuerpo, tan débil, tan realmente débil.

Buen nombre

Ignacio nació cuando Ignacio ya había muerto, no tenía ni idea de que Ignacio había empezado a morir hace 67 años y que faltando solo un par de semanas para su llegada él partiría, tampoco sabía que toda la vida sentiría que cada vez que su padre le decía su nombre tendría un tono de nostalgia pegado a él, tan marcado como un francés pronunciando una r.

Ignacio nació con un nombre sobre los hombros, una sombra bajo los pies que no eran ni su nombre ni su sombra, siempre con una expectativa, como si fuera hijo de la promesa de un recuentro, Ignacio creció así, sintiendo que a donde llegaba, su nombre llegaba primero, que cuando lo veían nunca era del todo a él, sino un poco al pasado que arrastraba y que además desconocía, lo sintió desde siempre, a su alrededor casi nadie lo veía a él, buscaban algo adentro, detrás, quizá a los lados, pero nunca a él.

Creció sintiendo ese vacío que era su propio nombre, esa ausencia que era su presencia, Ignacio aprendió pronto que hay dolores que nunca pasan, y que solo pueden ponerse en pausa, a un hombre así no le quedan muchas salidas, el tango y la milonga lo rodean con facilidad, el vino, el tabaco el sexo… a Ignacio le gustaba, se entregaba gustoso a cada uno de ellos, tanto que en los buenos días olvidaba que alguna vez hubiera sido solo para evitar el dolor, a todos sus vicios se entregaba casi poseído, enajenado, nunca estaba solo con una mujer, estaba con todas al tiempo, le bastaba un segundo, cerrar los ojos y pensaba en cada una de las mujeres que alguna vez le habían gustado… así olvidaba, olvidaba con quienes había estado y con quienes solo lo había imaginado, olvidaba las copas tomadas, los puchos prendidos, el cerebro entumecido y el cuerpo deshilachado por el porro y chemsex.

Los malos días en cambio, no había cantidad suficiente, a donde llegaba se sentía ausente, perdido, en el espejo comenzaba a mirar no al frente sino adentro, atrás o quizá un poco los lados, intentando encontrar eso que toda la vida había parecido tener cerca, esa presencia ausente que lo hacía lucir un poco como con ropa prestada, un saco demasiado ancho, una camisa demasiado larga, una corbata de otra época, un poco al aire y al olvido.

Se sentía como entrando a un cuarto desordenado, subiendo a un bus con todas las sillas ocupadas, no era que no perteneciera al lugar, era solo que todo parecía un poco en el lugar exacto para hacerlo sentir incómodo, desubicado, se miraba al espejo y era como un golpe de miopía, un glitch, un pixel muerto en su pantalla, perdía el gusto por las cosas que le gustaban y se acentuaban las que lo molestaban, la gente que respiraba duro, la gente que hablaba duro, los imbéciles, no era un buen día para soportarlos.

En los días así, solo el licor lograba menguarlo aunque nada lo entumecía del todo, hablaba con el espejo y con la copa, el reflejo parecía tener el secreto, se miraba así mismo con ese desenfoque etílico, con esa bruma alcohólica y veía a alguien similar, otro Ignacio, uno que había sido bueno para el billar, que había empezado a morirse 67 años antes de su nacimiento, uno que estuvo a dos semanas de conocerlo y que a falta de dinero le había dejado por herencia lo único que había podido construir, un buen nombre.

Freelance

Roberto Arlt escribía de todos para no quedarse nunca sin escribir, el esteta dibujaba hasta en los tableros y durante un tiempo el flaco había podido estar a la par, si bien no en ingenio o calidad si en intentos, se podía fallar pensaba constantemente, fallar es lo mínimo para no llegar al fracaso, para el flaco la renuncia era el único escenario imposible, le gustaba el boxeo porque allí los perdedores no son cobardes, le gustaba la vida y por eso la derrota no era amarga, porque venía solo después de intentarlo, y como buen vago de barrio sabía que nadie le quita a nadie lo bailado, que lo hecho, no podía negarse, y las consecuencias eran bienvenidas si uno hacía lo que le daba la gana y era valiente, el mañana no dejaba de ser nada más que una simple consecuencia vacía, impotente.

Por eso escribía con la regularidad que su agenda y su tedio se lo permitía, y cada vez que faltaba a su tiempo sufría, no era un hombre, bueno era difícil llamarlo un hombre, pero no era un despojo que llegara tarde, atesoraba el tiempo, incluso cuando lo perdí, si tenía el control de su desatino era feliz, pero en cuanto perdía su propio rastro se eclipsaba por completo y lo odiaba, porque sabía que solía caminar por el borde con demasiada frecuencia, asomarse al vacío mirar a la profundidad y sentirse tentado, esa especie de pulsión que te invita a inclinarte, y terminaba por arrastrarlo a semanas y semanas de ausencia, un pequeño traspié en un terreno inclinado siempre es una mala idea, y la inclinación de su falta de voluntad, de su cansancio, de sus ganas de otras cosas lo llevan siempre a caer a lo más bajo, al ocio involuntario, al triángulo de las bermudas de sí mismo.

Comienza con un video, una cerveza, un cigarro más, un beso más, un polvo más, un baile más, un juego más, y de repente su libro está sin terminar y a veces sin comenzar, obreros felices, el libro de cuentos sobre degenerados y enfermos que lograban transformar su parafilia en fuente de ingresos no sobrevivió la historia del pedicurista podófilo, aunque el celador con insomnio prometía un cambio de turno que pensó que sería una especie de tragedia terminó por frustrarlo y desistió de continuar.

Dos cervezas más y voy a escribir, se dice y se miente, una buena borrachera para escribir, una buena puta, una buena pelea, una anécdota piensa, y sabe que miente, que para escribir no necesita nada de eso, nada en carne propia, basta la pregunta el papel y en caso tal una investigación corta, no necesita la respuesta, solamente intuirla y como tiene miedo de no encontrarla se rehúsa a ponerse de pie, se odia por no ponerse de pie, porque tiene miedo, porque no se calza los guantes y sube al ring, porque cuando lo haga además sabe que va a recriminarse todo lo que hoy se reclama, y no podrá verse a los ojos, el flaco flaquea, saborea su paladar lastimado por el tabaco, se acaricia los nudillos, se soba las piernas, caer duele, cuando caes así de la nada no hay coordinación, vas a la deriva, golpe tras golpe, de culos y sin barranco que te ataje, lo sabe, la única forma de frenar es enterrarse o aferrarse al dolor, detener la avalancha desde adentro, dejar de perder el tiempo y perder mejor el miedo, las excusas, escupir su propio reflejo y levantarse, de apoco vuelve, piensa que debe escribir sobre las señales, aprender a reconocerlas, a no dejarse tentar por nel abismo, lo desecha, piensa en los temblores, en lo poco preparados que estamos para que la vida nos sacuda, lo desecha, piensa en rosario, la de contaduría del segundo piso, en sus ojos verdes color hierba, en sus piel blanca pálida, ese color que no sabe esconder ni las venas, piensa en su cabello rojo, en sus labios rosados, hace calor piensa, y finalmente comienza a escribir, es un lugar común, pero cuando no llegan las ideas siempre ocurre lo mismo, se e suben a la cabeza.

Roberto Arlt sabía algo que el flaco se negaba a reconocer, que se escribe sobre los demás para no depender de uno mismo, porque si en algo no se puede confiar, es en un escritor y menos en uno sin contratos.

Corriendo con tijeras

Jorge abre los ojos a las 5, sus gatos le dan la bienvenida al mundo de los vivos, le pesa haberlo hecho, nada parece diferente, la sensación que le oprime el pecho llega a toda prisa al hacerse consciente de sí mismo, los gatos lo intuyen, lo lamen, quieren levantarle un poco el ánimo, él lo intuye y se siente mal de poder responder a ese deseo.

Hoy cumple 38 años, fue casi su número de la suerte, mucho tiempo lo veía como algo casi sagrado, hoy no, hoy le pesa, hoy le jode, la aprieta en la garganta, le hala el corazón hacia abajo… nada de eso pasa realmente, pero así se siente; el sol se asoma por la ventana y él aún está tratando de reunir fuerzas para salir de la cama… no parecen llegar, era más fácil antes, ser niño es no ser responsable de uno mismo, esa idea lo atrapa, no había que hacerse responsable de uno mismo, no tenía que pensar en lo que sucedía, solo hacer caso, solo entregarse a un caos de posibilidades, correr con los cordones sueltos, con la ropa sucia, sorber mocos y limpiarse la tierra de las rodillas, el 38 a la espalda en una camiseta vieja y llena de sudor y de partidos, soñar con tenerlo ahí para siempre, aunque nunca suceda.

Sale de la cama arrastrando los pies, la pena y la vida, sus gatos se restriegan entre sus piernas, toma el molino de café como cada mañana y mientras muele piensa, recuerda, revive esos momentos donde el peligro era evidente, donde para acabar el miedo bastaba con encender una luz, cuando lo malo estaba afuera y no adentro, esos tiempos donde un helado lo arreglaba todo, incluso solo la promesa de uno. Ahora es diferente, el miedo está adentro, se siente perdido, 38 piensa, muele, recuerda, sufre.

Saca dos cucharadas y las pone en la cafetera, agrega una taza de agua y camina hacia al baño, toma la toalla acaricia los gatos y sigue pensando, entra a la ducha por inercia, abre la llave con una costumbre pesada, el agua helada cae sobre él y recuerda, revive los días en que todo era más simple, los 38 lo tienen contra la pared y no dejan de lanzar golpes, cuando pensaba le gustaba pensarse como un boxeador, recibiendo golpes, ya no puede evadirlo, ya mamá no puede decirle que se amarre los cordones, que se cambie la ropa, nadie le avisa de los peligros a los que corre, Andrea, su mamá siempre tuvo miedo de verlo correr con tijeras, los niños que corren con tijeras se sacan los ojos, le decía su madre, los niños corren con tijeras se las entierran en el cuello y se desangran, era normal ser educado bajo el miedo, aprenden a respetar el peligro… de grande las tijeras cambian, son personas manipuladoras que se afilan en cada paso, son las personas que mienten, que no sienten ni intentar sentir algo de empatía, los dueños de la verdad los egocéntricos y egoístas.

No se ven peligrosos, pero cuando te caes, sientes el filo de sus acciones enterrándose despacio en pecho, lo piensa mientras sale de la ducha, mientras está desnudo frente al armario viendo el espacio donde antes ella tenía su ropa, nunca aprendí a correr sin tijeras las manos, piensa mientras que ya vestido camina a la cafetera, mientras toma su café, mientras lee el mensaje. Feliz cumpleaños.