Perder el control

A veces, la vida parece acelerar de golpe, salirse de control, perder el rumbo y estrellarse contra alguna realidad que se estaba ignorando. —En esos momentos —dijo él, mirándola a los ojos a ella—, es importante saber que nada podía hacerse para evitarlo. Y a lo que me refiero con esto es a estar seguro de haberlo intentado todo, porque rumbo a la colisión uno va a repasar sus palabras, sus acciones, uno va a tener que admitir, aunque sea frente a uno mismo, que tuvo la culpa. No podrá excusarse en la suerte, no podrá verse a los ojos y estar en paz, ni podrá ver a los ojos a ese otro que generalmente está en frente y hacerlo asumir su culpa. Y en ese momento te vas a dar cuenta de que la vida es así, que las acciones tienen consecuencias.

Ella se estremeció al escucharlo, al sentirlo tan cerca, casi susurrando esas palabras, justo ahí, justo en ese momento en que las cuerdas le rodeaban la cintura y le apretaban la piel, en que la fricción del amarre recorría su cuerpo. Estaba excitada, mucho, pero ahora en su cabeza resonaban sus palabras. Comenzó a dudar de sí misma, de si había encerado bien la cuerda para evitar raspaduras, de si había fijado bien los ganchos en el techo para evitar accidentes. Comenzó a recorrer su día, sus palabras, sus acciones, y a repetirse: ¿Por qué justo ahora, marica? ¿Por qué tenías que hablar tan cerquita del orgasmo? ¡Hijueputa! ¡Hijueputa! ¡Hijueputa! rezongaba en su cabeza.

Él notaba su distracción y comprendió que no lo había entendido como él esperaba, que estaba arruinándolo todo. Ella no tenía culpa alguna. Todo lo había hecho bien hasta ahora. La ropa que había elegido para la ocasión era perfecta, la loción corporal que llevaba olía delicioso. Ella lo había hecho todo bien, se había encargado de que cada cosa estuviera justo en su lugar: obediente, siempre obediente. No entendía por qué lo había dicho. Quería asegurarse de que no perdiera la concentración, y volvió de nuevo a su oído.

—Hay cosas que se aprenden, pero que no pueden enseñarse.

Al escucharlo, la angustia desapareció, pero no lo hacía su ira. Tenía rabia, estaba molesta. Jugaba con ella, era claro que jugaba con ella. No le bastaba tenerla suspendida y excitada frente a algunas personas que escuchaba susurrar, reír…

Abrió los ojos de nuevo y pudo ver que solo quedaban dos parejas. Las dos mujeres simulaban la penetración en un acto juvenil de restregarse la ropa. Ellos lamían sus cuellos mientras tanto, y ambas gemían. La película de fondo también gemía. Lo buscó a él con la mirada y pudo verlo atando otra cuerda, apretando otro nudo. Y se hizo consciente: no hablaba de ella ni de él, sino de ellos. Ahora se reía. Boca abajo podía ver a esas mujeres convertirse en ella, soltarse y entregarse a su deseo. Cerró de nuevo los ojos e intentó agudizar sus oídos, escucharlos mejor. Podía escucharlos susurrarse, podía también sentir sus miradas recorrerla. Lo había logrado. La culpa suya, más que la culpa la gloria y el deseo. Ella, con su cuerpo siempre en disputa, ella con sus gordos y kilos de más, ella la rara, la extraña, tenía el control sobre ellos, sobre los mirones.

Abrió los ojos para confirmar lo que la nariz le indicaba: olía a sexo. Las dos, arrodilladas frente a sus parejas, lamían, escupían y chupaban sus vergas. Todo porque ella colgaba del techo, porque, como un péndulo hipnótico, había convocado un trance erótico. Ella era objetivo de placer y deseo.

Se encontró de nuevo con sus ojos. Él la miraba sonriente. Ella, complacida, no por las cuerdas, no por los amarres ni por la lujuria de la que se sentía presa, sino de tener a alguien que pudiera hacerle abrir los ojos frente al deseo, abrazarlo con fuerza y corrérsele en la cara. Alguien capaz de hacerla sentir y de vivir, de darle el control y de ayudarle a perderlo.

La vida puede acelerar de golpe, se repitió las palabras que hace un momento la habían hecho enojar. Pero se saboreó al comprenderlas: hay cosas que se aprenden pero que no pueden enseñarse, se repitió mientras se saboreaba. Y un espasmo le arrebató toda certeza, le apretó los muslos y le robó la voz. El orgasmo había vuelto, y el control se había perdido para siempre.

Niñas Mimadas

Las niñas mimadas quieren sentirse un poco malas, demasiado tiempo cumpliendo las normas, demasiada calma, han escuchado a otras divertirse y ellas quieren hacerlo sin contarlo, las niñas mimadas saben hacerlo con la boca cerrada, no alardean, ni se avergüenzan, saben que el hecho de que sea secreto tiene algo de gracia, de juego, quien grita, quien vocifera a cualquier lugar lo que hace no siente placer en lo que hace sino en el cumplido  del que lo escucha, no disfruta su obra sino el reconocimiento de la misma, eso lo saben bien las niñas mimadas, las princesas de mamá y papá, esas a las que nunca les han negado nada, pero de alguna manera comprendieron siempre que no lo merecían todo.

Las niñas mimadas son sensatas, no hablo de las inseguras ni de las ingenuas, sino de aquellas que tienen en el mundo en la mirada, esas que, más que saben gobernarse y no ser gobernadas, saben distanciarse de todos, caminar en las sombras y reírse a oscuras y carcajadas.

A las niñas mimadas les gusta sentir el mundo romperse, poner el rostro contra la pared, separarlas piernas y escuchar las noticias que ve su padre en el cuarto, mientras que su novio desabrocha su correa, la niña mimada sabe gemir en un suspiro, abre la boca al ser penetrada e inclinarse un poco mientras que para las nalgas para entregarse al miedo de ser atrapada, a las niñas mimadas les gustan las escaleras, los autos, y las piscinas de noche, las fantasías no son de latex ni spandex, sino de puentes y calles.

Ellas se masturban boca abajo, con los ojos cerrados, con juguetes discretos, con historias y con recuerdos, las niñas mimadas les gusta ser nalgueadas, un poco asfixiadas y haladas del cabello cuando están en 4 arqueando hacia abajo la espalda, las niñas mimadas, saben vestirse de mujer, y salirse del papel de niña consentida, de formalidad adaptada.

Las niñas mimadas no son niñas para nada, tienen lencería de colores y las uñas pintadas, los labios rojos y la boca afilada, muerden clavículas arañan pechos y dan bofetadas, con la fuerza justa para incendiarte de ganas, tienen gracia, al caminar, al dormir, el hablar, tienen algo que te dan como una señal de que su lado salvaje está solo en pausa, tienen esas pequeñas acciones que denotan una sensualidad y sexualidad peligrosa, esa mirada animal, ese sigilo predador que te hace sentir presa, esa niña mimada del fondo, la médica con su 1.68, esa mulata de cara aniñada, de gesto amable, de tranquilidad aparente, es un remolino que puedo halarte de las piernas y llevarte a naufragar en su humedad en tu boca.

Julián lo sabe, y por eso traga saliva muy despacio cuando la ve preparándose para la sesión de fotos que apenas comienza, el corazón se le acelera un poco, las piernas le tiemblan, siente ese pequeño vacío en la boca del estómago al ver su piel brillando al contacto con el «spray» lubricante, el mundo se le congela, de todas las modelos que han pasado, solo ella es la niñas mimada, las demás actuaron, fáciles de descubrir, impostadas, en ella es natural, se siente natural, el deseo que evoca, no es el mismo que las demás, cuando ellas trataban de verse consentidas de mil maneras, a ella solo le bastaba decir hola para extender su trampa ante la lente, una niña mimada, que sabe cuando dejar de serlo.

Significados

−No es verdad−

−¿Qué cosa?−

−Eso de que a nadie le gustan los diccionarios, bueno, no, eso no es del todo cierto, más bien podríamos decir: ya a nadie le gustan los diccionarios, aún así, esta declaración también sería falsa, más precisa sería, a los pocos a quienes aún les gustan los diccionarios suelen tener la mala suerte de no encontrarse, y así con su pasión alfabética buscan de la a la z las palabras que les permitan justificar su tristeza por la falta de pasión por los significados. –

−Podría ser cierto pero y cuál es la diferencia−

−Toda, porque no es lo mismo que des por sentada que sos la única, la elegida, líder de una cruzada sin soldados, la cursi, la romántica…−

−¿y qué tiene de malo? –

−¿De malo?, nada, solo que es mentira y viniendo de una persona que está proclamando el amor por más que las palabras, sino la esencia misma de las palabras, su paladín y defensora, pues esperaría uno un poco más de coherencia−

−la coherencia no puede ir contra la fuerza expresiva y las definiciones tácitas−

−De verdad crees que la fuerza expresiva es más fuerte que la verdad, o que una mentira es tan débil−

−Pues funciona cuando se fingen los orgasmos−

−Qué tienen que ver los orgasmos en todo esto−

−Los seguís fingiendo y no se lo has dicho a Marlos−

−Para qué voy a decírselo, es incapaz de generar uno, y además eso no tiene nada que ver con las palabras−

−Con las palabras menos, si la virilidad le mengua, en los pensamientos no llega muy lejos tampoco, porque en la cama, ha tenido sus días, pero en el púlpito, sus intervenciones no llegan ni a una erección, es célibe en el aplauso, no es capaz de incendiar ni un alma, el pobre no solo no enciende, es más ni brilla, pero y eso qué importa, estamos hablando de las palabras−

−Vos sabes que las palabras, no son más que palabras, representaciones semánticas de ideas, emociones, que a veces si se ponen en el orden adecuado generan una cadencia agraciada y que si además estas se conocen, pueden moldearse, adquirir resistencia, color… vos sabes que las palabras no son tan importantes y que no siempre dicen lo que quieren decirse−

−Ahora estás diciendo entonces que yo de lo que quiero hablar es de la impotencia del…−

−No te atrevés ni a nombrarlo, o capaz y querés llamarlo de otra forma, déjate llevar que son solo palabras−

−Del enano ese−

−Bien muy bien, pero aclaremos algo, yo, yo no puedo querer nada, pero sé lo que vos querés, soñás con una verga de verdad, una que haga sentir un poco de dolor y el triple de placer, una que te haga esas pequeñas cortaditas que arden pero que te recuerdan los gemidos y los jadeos… esas que te humedecen, que te hagan olvidar por un rato que sentís que no vale la pena, porque para ser claras, y poner los puntos sobre las ies, vos podés soportar solo un mal a la vez, y podes dejar pasar a un impedido mental o a un impotente, pero nunca a ambos, la falta de consideración intelectual y sexual solo puede ser superada por la falta de consideración económica−

−Pará, pará, puede oírnos−

−Creo que quieres que te oiga, sino por qué más estaríamos teniendo esta conversación−

−Por que necesitaba decírselo en voz alta a alguien, a algo, porque las palabras, son más, mucho más que solo palabras, son decisiones−

Dijo ella mientras dejaba los títeres en el suelo, mientras en el estómago se le formaba un nudo de rabia, un nudo de llanto, un nudo de mierda, sabía lo que significaba todo lo que había dicho, sabía que iba a quedarse sola de nuevo, y sabía además que el siguiente, si había un siguiente, sería el que pudiera levantar la verga y sino por lo menos, un libro, por lo menos una idea, claro una buena, una buena verga, un buen libro y una buena idea, sonrió para ella, las palabras si son más que palabras, son significados y con esa idea caminó hasta la ventana donde encendió un cigarrillo y fumó su noche.

Aberraciones

Para gustarle a Gabriel bastaba con que la mujer tuviera dos tetas, un culo y un coño, si tenía pelo negro y una boca de labios gruesos le era indiferente a si era rubia y de boca delgada, eso sí, ayudaba si contaba con una sonrisa pícara y no le molestaban que el rostro antes que bello fuera endemoniadamente sexy.

No había mujer perfecta, él lo sabía, por eso le gustaban por partes, las tetas regordetas lo atraían, redondas, jugosas, de esas que no solo abarcan el pecho, que se escapan por los costados, esas le provocaba olerlas y morderlas, bañarlas en semen… también le gustaban los pies, las uñas arregladas, dedos proporcionados ni muy largos ni delgados, le encantaba masturbarse con ellos, descargarse en ellos y luego lamerlos.

El cabello le gustaba largo para halarlo, para enredarlo en sus dedos mientras penetraba con fuerza un coño empapado, esos coños le gustaban de dos formas, rasurados o con un puñado de vello que pudiera halar mientras lo devoraba con la boca o mientras lo penetraba con su miembro tieso.

Adoraba los traseros, tomarlos a nalgadas, poner las mujeres boca abajo, sujetar las manos con una de las suyas y empujar su miembro de un solo tirón dentro de ellas, le excitaba sentirse poderoso, arrancar en gritos mudos halagos e insultos, creía dominar el juego con facilidad.

Y entonces en la multitud la divisó, era pequeña, parecía carente de malos pensamientos, ah pero los había, en sus ojos brilla con fuego propio la lujuria, ella era tentadora y a la distancia lucía inmóvil y letal, sabía que desearía cogerla para arrancar de sus labios gemidos y jadeos…

Contrario a lo que esperaba, ella caminó hacia él.

−Te he visto a menudo aquí, te he escuchado, he reído con tus bromas y me has hecho mojar la entrepierna al escuchar de manera furtiva tus conversaciones, hoy quiero que pruebes lo que me has hecho sentir−

Estaba mudo, no sabía si había imaginado las palabras que habían salido de esa pequeña y sucia boca, así que preguntó:

−¿Segura que es a mí a quién buscas?, no aprecio mucho las bromas que me dejan con una erección entre las manos−

Ella rió por lo bajo y contestó −Estoy segura, no es casualidad que lleve tacones y una falda, que traiga las tetas desnudas bajo la camisa, ni el coño al aire libre. ¿Sabes?, no aprecio mucho el frío, aunque el roce me excita−

Pese a su declaración, su osadía no era su mejor arma. Su mejor secreto, es su aroma, la forma como su cuerpo olía haría que las piernas te tiemblen, que la voz se te ahogue, que la respiración te falte, a Gabriel el pantalón le restringía la erección que las palabras le habían causado, así que bebió de un golpe el trago que sostenía y dio una calada a su último cigarrillo, la tomó de la mano y empezó a descender lejos de la vista de las personas. Otro parque estaba cerca, uno silencioso, cómplice, solitario, durante el camino manoseó sus tetas, y cuando descendió se encontró con un coño húmedo y caliente.

No resistía la tentación, para su fortuna la oscuridad le favorecía, además era día de partido y tras el pitido inicial minutos atrás las calles estaban desiertas. la llevó hacia él de un jalón, la besó con fuerza y luego la giró, la tomó del cuello y presionó su rostro contra el capó de un carro, levantó la falda y entró con tanta fuerza como era posible, ella gemía, jadeaba y su respiración agitada empañaba el capó encerado sobre el que se encontraba, él apretaba sus senos, y amasaba sus nalgas con furia, la giró y nuevamente, tras subirla al capo, penetró ese pequeño coño con facilidad, subió su camisa hasta desnudar las tetas y las tomó entre sus manos, ella continuaba jadeando, y de repente le clavó las uñas en el culo y lo ayudaban a aumentar la fuerza de sus arremetidas, él tomó sus piernas levantó el tacón hasta su rostro y empezó a oler sus pies, a lamerlos, las uñas se aferraban a él con más fuerza y en un grito silencioso pero desesperado descargó su semen dentro de ella, mientras ella vibraba como en un ataque epiléptico que revelaba que al igual que él había terminado.

Lo Besó con fuerza y hasta hacerlo sangrar.

−Ha sido un placer−, dijo mientras encendía los dos cigarrillos antes de partir.

−Espero verte otro día− y caminando sin ritmo, falta de fuerzas desapareció entre las sombras.

El volvió a su parque, trago en mano, sonrió como un idiota durante toda la noche, mientras daba vueltas y vueltas a ese cuerpo endemoniado que había arrebatado de él más que un orgasmo y que había avivado sus aberraciones.

Hombre follándose a una mujer sobre el capó de un auto