Mil palabras

La imagen es poderosa, dicen, que vale más que mil palabras repiten, repiten sin pensar cómo se dicen tantas cosas, la imagen significa, simboliza, representa, pero solo cuando está presa de una mirada activa, solo cuando que quien mira, busca, porque el que busca encuentra, los gestos ofician casi como susurros y permiten intuir contextos, identificar emociones, el lenguaje del cuerpo sujeto a la eternidad.

Sí, una buena imagen es poderosa si se tiene la perspectiva adecuada, la paciencia suficiente y el instinto del momento justo, alguien puede ver una foto y no notar lo que realmente importa, una mirada perdida, una espalda encorvada… hay espacios que no pueden llenarse en los ojos incorrectos, pasa lo mismo con los libros, un gran hombre me dijo un día, un libro puede solamente responder las preguntas que nos hemos hecho, aunque contenga mil respuestas más, si la duda no nos ha visitado, la respuesta no podrá encontrarnos, debe ser por eso que dicen que las respuestas que buscamos suelen estar dentro de nosotros, la dificultad para hallarlas es solo falta tino al cuestionarnos.

Las imágenes son iguales, no solo iguales a lo que retratan, sino iguales a los libros, en esa caso las palabras y las imágenes parecerían ser equivalentes, y aún así la reputación de unas supera a la otras, no hay comparación para la mayoría y quizá se deba a que la imagen simplifica, visibiliza las metáforas aunque engendre otras en su composición, Fibonacci, por ejemplo, establece una perfección estética imposible de aplicar a la escritura, en la imagen podría deducirse entonces que es más intuitiva, un magnetismo que puede volcarte en la imagen más fácil que en la lectura.
Puede ser también que se deba al hecho en que la imagen no se descompone ni se recrea, solo se intuye, pero en el texto la imagen se recrea, cada palabra debe ser precisa para evocarla, un hombre como descriptor carece de fuerza y de sentido único, mientras que la imagen de un hombre es clara para todos, entonces no basta con decir un hombre, hay que decir que es un en un gesto aniñado, sentado en una tarima de madera donde le cuelgan los pies, con la mirada gacha, con los hombros distendidos y con arrugas llenándole el rostro que sugieren que sonríe, aunque la imagen se potencia, aún es pobre, la sonrisa, como bien sabe Leonardo, es poderosa aunque sea sutil, es cómplice y complaciente, es sarcástica y evocativa, puede ser punzante, malvada, puede ser tan diferente una sonrisa de otra que habría que pensar mejor cómo describirla para hacerla clara en la mente, saber qué tanto achina los ojos quién sonríe, qué mira el hombre que sonríe, y qué relación puede tener el objeto con el hombre con el contexto.

Lo baña una luz azulada, su camisa es negra, su postura es ligera aunque él es a todas luces un hombre pesado, extenso y algo parece sostener entre sus manos, será eso que sostiene aquello puede hacerlo aniñarse tanto, al lado hay una copa de vino pero aún así la imagen de ese hombre no disminuido, no achicado sino enniñecido es poderosa, tiene esa fuerza devastadora que a veces tiene el silencio, esa basta intensidad que a veces tiene una idea, ese hombre en esa posición con esa copa de vino, que juega con algo entre sus manos, con su cabello recogido, con sus lentes gruesos ligeramente inclinados, con sus ojos abiertos aunque esquivos, grande y atentos, esa imagen es su idea, o quizá la mía que lo observa, se intuye algo fuerte en ese hombre, algo le pasa, algo lo atraviesa, y es difícil saber porqué pero no puedo dejar de ver la fotografía, de pensar en el hombre de la fotografía, de entender al hombre en la fotografía, soy yo ese hombre me pregunto, no soy yo acaso todos los hombres? Me respondo con otra pregunta, no somos todos un autorretrato del sufrimiento, del llanto, del dolor, de la felicidad, del orgasmo, no somos un tanto todos el mismo hombre, la misma mujer, el mismo niño, al menos en algún momento de nuestras vidas, no somos acaso tan solo un recipiente de una mirada llena que complemente nuestra existencia vacía al llenarla de sí? ¿Aumenta, crece, es poderosa la imagen y poderosa la pregunta, me alejo, un poco, solo un poco, busco otra luz, otro ángulo, busco otro hombre en ese hombre, a otro que no sea yo, se sentiría así el axolotl de Cortázar al verse en el espejo hecho hombre, o al haber visto tantos ojos negros posarse sobre él, seré yo ese axolotl hecho hombre?

Las miradas pesan, siento el peso que despierta mi interés la imagen que me interesa, puedo sentir la intriga de los intrigados por mi intriga despierta, qué mira piensan, por qué lo mira tanto, de tantas maneras, ahora ellos son también un poco yo, y eso me hermana más con el hombre que está sentado en esa tarima un poco sonriente con los ojos esquivos pero atentos al menos a eso que tiene entre sus manos.

Sería difícil retratarlo con palabras pienso, describirlo con palabras, encontrar las palabras adecuadas, las correctas, pero no dejo de pensar en ellas, en él, en mí, en los que ahora son también un poco yo viéndolo a él, algo de especial tiene la imagen que no para de llevarme a su juego a su tiempo que no parece tan lejano.

Intento irme, pero hay algo me llama de nuevo, una sensación de haber dejado algo en esa foto, pero no, no nada se queda, por el contrario, siento que quizá es que yo llevo algo conmigo que antes no tenía, el alma, le estaré robando el alma a ese hombre de la foto, a la foto, estaba acaso mi alma atrapada en la fotografía de un hombre aniñado en una tarima que mira sonriente algo que sostiene entre las manos, busco el nombre de la obra, mil palabras dice.

Sin seguro

La única forma de saber si una puerta está cerrada es tocando.
“El flaco”

—¿No vas a echar llave? —le pregunta ella, desnuda en la silla, mientras se recuesta sobre su pecho. Y él piensa, con un pucho en la mano, con la cabeza borracha de orgasmo y un poco de vino…
—Es difícil animarse, juntar valor, hacer de tripas corazón y tocar una puerta. Es difícil, quizá porque aprendimos de niños que la vergüenza está en quedarse en frente. Aprendimos como acto reflejo que, cuando uno toca una puerta en la que no lo esperan, corre, lleno de adrenalina y de miedo, que ser descubierto acababa el juego y desencadenaba en el regaño.

Quizá lo sea porque crecimos acá, porque no es lo mismo crecer viendo cómo una puerta se trancaba con dos o tres seguros de llave y dos pasadores que bloqueaban cualquier intento del afuera, porque el afuera, al parecer, es peligroso. Porque crecimos pensando que en la noche, que en la oscuridad y la calle, deambulan patasolas, madremontes, sombrereros, curas sin cabeza y lloronas. Quizá sea porque, más tarde, entrados en años, aprendimos que había balas perdidas buscando gente inocente, y gente inocente con amigos culpables, y culpables con un hambre alimentada de envidia, envidia de los tenis que no podían tener y les decían que debían tener. Teniendo rabia de las ventanillas que se suben mientras ellos se la rebuscan, de los cambios de acera al cruzarlos caminando, caminando al único destino posible en su falta de visión: violar puertas, violar sueños, violar vidas para hacerse a esos tenis, a esa ropa, a esas cadenas, a esas chimbitas, a los bolsos que les gustan a las chimbitas, a esos hombres que huelen a dinero y no a sudor de pobre como sus hombres, a los que hablan raro pero bonito.

Quizá por eso trancamos las puertas, y también por eso es difícil abrirlas.

Eso pensaba el Flaco, un poco alicorado, en la sala de su casa, mientras pensaba si debía o no cerrar la puerta. Le era extraña la idea, aunque no las razones. Y aun así meditaba, dudaba. Él también era afuera, y no quería negar su calle. En muchas casas trancarían las puertas si me vieran a mí deambulando, aunque no sea patasola, ni madremonte, ni sombrerero, ni cura sin cabeza, ni llorona, ni culpable, ni puta, ni putamierda. Aunque sea solo un poco humo y un poco alcohol. Porque nos enseñaron a temerle al afuera, al otro, a dejarlo fuera…

Soy una casa de puertas abiertas, pensaba el Flaco. No me ocupa afán de dejar por fuera a nadie. Cuesta mucho tocar una puerta como para blindarla. Aquí hay café y muebles dispuestos para atender, libros que pueden ser prestados. No necesito de una puerta para demarcar un límite. En eso soy como un gato que se deja acariciar cuando a él le da la gana. El afuera puede entrar cuando quiera. Es mi gesto íntimo hacia la posibilidad: cuando entras por mi puerta te brindo lo que soy, lo que tengo, pero nada le pertenece, sobre nada tiene derecho. Una casa de puertas abiertas que cierra solo para que no salga el gato. Soy esa casa que no se oculta del afuera, lo celebra y lo reproduce un poco, que lo protege al no salir.

No cierro con llave, no encierro con llave. Valoro las libertades propias y ajenas, mucho más a las que se renuncia por voluntad, pero desprecio a los que imponen ausencias dictatoriales, los que prohíben. Aquí dentro se está a gusto, pero puedes irte cuando quieras, cuando gustes o cuando ya no te guste ni mi café, ni mis libros, cuando sientas que no soy lo que quieres tener dentro ni adentro de tu casa o de ti…

—No, no cierro la puerta. Me gusta ser una casa de puertas abiertas —le dice mientras besa su cuello y su clavícula, mientras le pellizca las tetas—, porque tú también eres libre de irte y yo no tengo derecho alguno a encerrarte.

Punto ciego

Comienza 1932… las cuerdas se rasgan un poco y la melodía comienza a animarse, un acordeón rompe con todo y una voz aguardientosa lanza la promesa: Solía hablarle de ti, de tus ojos al anochecer… Cierro los ojos y me pierdo un poco en una calada profunda, retengo con un poco de tristeza y soledad el humo, lo dejo salir en una bocanada fuerte y alzo el vaso y lo llevo a la boca sin abrir los ojos. La memoria muscular no es privilegio de los deportistas, también lo es de los borrachos.

El equilibrio falla, pero la mente está despierta. La canción la aviva: Jamás pensamos en ser nada más que jóvenes, vimos los barcos partir…, y llega la frase que teje y un poco amarra, como si fuéramos sueños dentro de botellas, a mi alrededor siento los hilos, de ellas, de sus perfumes, de sus aromas, de mis derrotas. Son claras ahora las veces que pude escapar, pero todos somos generales después de la guerra. Era diferente estando allí: se creía de la única forma que puede creerse, con fe ciega. Habría que haber desconfiado más, habría que haber sido más instinto e intuición, pero el habría no existe.

Más allá de la nariz la visión se torna difusa. Nadie tiene una imagen real de sí mismo, estamos un poco condenados a ver al otro; aunque eso que vemos no es tan diferente de lo que él ve de sí: una idea de quién es, una que le es por completo ajena, que intenta construir desde lo que hace, pero que resulta tan lejana como inconsistente. Vemos generalmente a dónde queremos llegar, pero nos es imposible medir la distancia desde donde estamos, establecemos puntos de referencia que nos halan siempre hacia lo que deseamos, lo que esperamos, pero que inevitablemente obliga a aligerar equipaje para acercársele.

Y Parece que lo hacemos, que nos acercamos porque algunas cosas se alejan y se dejan atrás. Podría uno pensar que: “Ladran, Sancho, señal que cabalgamos.” Todos somos un poco caballero de la triste figura. Es fácil sentirse fuerte ante leones cansados, por eso tendemos a validarnos por medio del otro. Lo que somos, quienes somos, está mediado por nuestras interacciones con el mundo que nos rodea, y eso es peligroso, porque las redes son buenas trampas precisamente por eso: porque amarran sin darte cuenta. Le ocurre a los peces, a las moscas y a las personas. Es fácil evitar las paredes, los precipicios, pero las redes son distintas: yacen justo en frente con hilos delgados, se extienden alrededor sin ejercer mucha fuerza y se tensan cuando es el momento adecuado. Cuando las notamos, es demasiado tarde…

Todo distrae: la espuma, las burbujas, los aromas, el sol que enceguece, la brisa que obliga a achinar un poco los ojos sin dejar de avanzar. Hay que ser pequeño para evitarlas, hacerse pequeño para colarse entre sus vacíos, para saber rodearlas, o alejarse. Y a veces parecen extenderse tanto que simplemente te cansas. Y cuando notas que el mundo se cierra un poco alrededor, es porque otros cuerpos comienzan a acercarse demasiado. Desconfía de las masas, ese siempre ha sido un buen consejo. Sigue tu instinto. Algo sabe mal, algo huele mal, algo no parece encajar. Si lo ignoras, caerás en esas delgadas que ahogan y asfixian. Deja que otros avancen siguiendo a otros que avanzan, que otros te pierdan de vista, pero nunca renuncies a sentir ese magnetismo que parece llevarte a otro lugar. Se puede perder la vista, pero nunca la mirada. Seguí las conversaciones, la nariz… el secreto de un buen beso es una buena nariz. Al pensarlo, sonrío. Ese momento donde otro dice algo que ya he pensado, que ya he vivido, que ya he intuido, ratifica que hay camino aún por evadir.

Abro los ojos, la luz regresa. Alzo la mano y señalo el vaso. La mesera viene, deja la botella sobre la mesa y se va. No voltea, no me ve ni me escucha. Los puntos ciegos son difíciles de evadir, le susurro al alcanzarla. Y para los dos la suerte está echada. La red un poco nos atrapa. La huelo. Quiero conocerla, pero no olvidé nunca que le tengo ganas. Ella sonríe. —Me gusta que el sol me queme la piel —le digo—. Me gusta sin trampas, sin puntos ciegos.

Lo que no se le ha perdido

Al césar lo que es del césar, a mí déjeme sano.
El Flaco

Los viejos recuerdos, las sombras partidas, los espejos rotos, el fuego y la brasa, todos tienen algo que me gusta. Son imágenes difusas, representaciones imaginarias, nebulosas. Me gustan porque —así como tratar de recordar el perfume de la profesora de inglés que se conoció en sexto grado cuando ya no recuerdas en qué año cursaste sexto grado porque han pasado casi 20 años desde que te graduaste de la universidad—, así de ausente, de impreciso, de fuera de lugar me he sentido yo toda la vida. Un poco soy esa incomodidad con la que he crecido, con la firme intuición de que faltan cinco centavos pa’l peso, siempre. Por eso, esas cosas que se sienten incompletas —y más que incompletas, imposibles de completar— me gustan.

Por la misma razón, ni los sudokus ni los crucigramas me gustan completos, y siempre busco los que tienen erratas. Cada año los recopilo, los encuaderno: aunque se tengan las respuestas, no se tienen los espacios. Es bella esa certidumbre de que, aun con todo, no alcanza. Me ayuda a sentirme bien saber que no soy solo yo, que al cuerpo aturdido y desgonzado no le falta nada, pero con eso tampoco le alcanza. Esa tristeza cercana y familiar lo hacía sonreír, le recordaba la angustia de su madre ante las neveras grandes, la ilusión que había en sus ojos al abrirlas, soñando con tenerla, pero no solo con tenerla, sino con tener cómo llenarla, rebosarla, sin tener que descongelar. Esa ilusión pobre de tener lo que se considera riqueza, esa riqueza de creer que todo lo que falta es solo una nevera grande que nunca esté vacía…

Sin embargo, hay vacíos más difíciles de llevar, de sostener, de sopesar. Es fácil saber cuánto dinero falta: se mira la cartera y basta con restar. Pero cuando el precio es el espejo y uno se esculca los bolsillos —al principio con desesperación, luego con resignación y finalmente sin intención— porque sabe que no hay con qué, que no alcanza con un par de sueños rotos, y que los centavos de las promesas vacías ni con un par de ideas arrugadas alcanzan, se trata entonces, con cierta dignidad, de mirar los sueños por vitrinas, preguntar por ellos y decir:
—Gracias, voy a dar una vuelta y más tarde vuelvo—
sabiendo que no hay vuelta atrás y sabiendo también que quien te responde sabe que es una frase vacía, pero elástica y pegajosa, que sostiene la dignidad, el respeto, la autoestima.

Lo peor de esta ausencia no es una pérdida, sino una condena sentenciada y perpetuada, casi genética: falta alguna encima en algún cromosoma. No se puede ser feliz cuando se entiende que la felicidad se transita, que es independiente y azarosa. No se puede tener esperanza cuando se juega con las cartas sobre la mesa. Hay algo en la ignorancia que es casi una recompensa, mientras que el saber, el conocer, el cuestionar… pensar, pasa factura.

Algo similar a los animales que nacen en los criaderos: tienen algo muerto en ellos, un instinto inútil, atrofiado y lerdo, una pulsión latente de que algo falta, una comprensión de que el presente está diezmado y el futuro prohibido, ausente… Es difícil sentirse así completo. Por eso el Flaco a veces tomaba malas decisiones con hielo, y las pasaba con brumas de humo, porque sentía —desde el fondo hasta la superficie— que los dados estaban arreglados, que veía claramente la verdad. La suerte estaba echada y en su contra. Y eso lo hacía doblemente miserable.

Después de todo, cuando se crece como el Flaco creció, la sabiduría popular brinda algunas luces casi esotéricas: no piense que se enloquece, decían los abuelos, tanto libro no le va a ayudar a buscar lo que no se le ha perdido… Él mismo era una sombra difusa, una sombra partida por una escala o esquina, un espejo roto, una posibilidad deformada por una perspectiva sesgada.

—Flaco, ¿todo bien?
—Nah, qué va… pero no importa, no tiene solución, uno es dueño de lo que tiene y esclavo de lo que le falta.

Cosas en común

Jose, se llamaba Jose y eso le molestaba, en primer lugar porque era agnóstico, en segundo porque para él la ortografía importaba, y llamarse Jose, sabiendo que en verdad debería haberse llamado José, le parecía una doble ofensa, uno de esos secretos que uno lleva consigo y que le pesa y lo jode, como los calvos que desprecian ser calvos, o como casi todos que odiamos el hecho de que nunca alcance para lo que queremos que alcance. Así el nombre lo jodía a él: tener uno de los nombres más comunes del mundo por culpa de un carpintero cornudo al que le trabajó la mujer una paloma, y dos, porque además debía ser José. ¿Cómo era posible que hubiera tantos notarios sin respeto por las letras en el mundo, que se llamaran notarios además y que no notaran la ausencia de una tilde? Cuando ese pensamiento aparecía, se volvía un poco loco.

Caminaba la calle un poco víctima de esa neurosis, intentando evidenciar que era diferente a los 29.946.426 Joses que estaban registrados sobre la faz de la Tierra. Una guerra desgastante y silenciosa, como casi todas las que se libran por convicciones personales de un solo hombre. Valoraba demasiado lo individual como para sentirse parte de un colectivo, y esto al final pasaba factura a la cordura.

Pero así como hallaba razones para impacientarse en cosas absurdas, encontraba también paz en ellas. Le gustaban esas pequeñas rebeldías naturales que le permitían hacer las paces consigo mismo. Ser de clase media ayudaba. Los barrios de clase media tienen un gustito a caos que es difícil de perder y de olvidar; en esos barrios aún hay suficientes niños como para que las calles no estén silenciosas, y suficientes árboles para que las aves tengan ganas de cantar. Hay también otros cantos: gatos callejeros, perros callejeros, borrachos callejeros, y una sinfonía de ollas a presión que, siempre desincronizadas, ablandan carnes, guisos, huesos, granos, y perfuman con un infaltable e indudable toque de comino la mesa de todos. Había razones para disfrutar lo cotidiano; en el barrio de clase media el presente se disfruta… sobre todo porque se está a una mala racha de perdérselo. Todo similar y diferente.

La naturaleza también le brindaba esa idea de asimetría voluntaria: los árboles filados y plantados con intención quirúrgica que crecían extendiendo las ramas buscando rayitos de sol que evadían la autoritaria intención de crecer iguales e igualados; los vuelos de bandadas de pájaros como las golondrinas, más parecidos a enjambres de zancudos o de abejas; y el gusto humano que hacía de las fachadas un popurrí de colores, materiales, revoques, de las ganas de parecer más, de ser más, de alejarse de lo poco que fueron o simplemente de seguir la corriente de lo que los une. Un espectáculo visual que le permitía pensar: así como esos, él; así como él, ellos. Ellas dando una batalla sin enemigo visible, un enfrentamiento al espejo, a veces inconsciente pero gratificante. El único lugar donde todos son felices e iguales son los aquelarres en los que se transforman las visitas de viejas chismosas que fanfarronean con relaciones perfectas inexistentes, y las iglesias donde las santurronas hipócritas alardean de familias perfectas y unidas por voluntad y por fe, aunque no sepan nada de los dolores de sus hijos ni de los miedos de sus maridos.

Toda abundancia es una carencia, por eso ser parte de la mayoría, aunque fuera de manera involuntaria, era algo que lo azuzaba de manera constante hacia los bordes de lo cotidiano y de lo absurdo. A toda costa, alejarse del centro. Por eso fumaba, pero encendía sus cigarrillos con fósforos; dudaba de todo, incluso constantemente de sí mismo. Ante cualquier comodidad aparecía la sospecha. Era necesario para evadir las trampas de la resignación, porque hay movimientos que implican vivirse más que capitalizarse. Uno no puede vivir de escribir, pero puede vivir escribiendo, incluso si escribe mal, pensaba. Ese era su único credo, y por eso su presencia a ella le resultaba tan incómoda. Por eso, cuando encontró su carta sobre la mesa con una frase le bastó:

Ya lo único que tenemos en común es que nos disgusta incluso tu nombre.

Aprender

Luzco como mi padre. Bueno, lucía como mi padre. De niño, al parecer, siempre fui un poco su fotocopia: los ojos muy grandes, las orejas también —por fortuna, al crecer han logrado disimularse y casi pasar por orejas comunes—, la nariz aporriada como la punta de un zapato trompón, y las manos fuertes y rápidas.

Camino como él, dicen muchos, ahora que nos hemos distanciado en rasgos. Pero fumo y bebo, cosas que a él nunca se le dieron bien. Quizá un poco para guardar las distancias. No es fácil vivir a la sombra, mucho menos ser la sombra de alguien. Pero nunca hice nada de manera consciente para alejarme: me gustaban otras cosas, y cuando coincidimos en gustos nos distanciamos en las aproximaciones.

A él el boxeo le gustaba dentro del ring; a mí, un poco más afuera. Su jab era infalible, mi gancho demoledor. A él le gustaba ablandar pómulos; a mí, costillas. En el fútbol le iba a los recuerdos de su infancia; yo, al presente de la mía. Pero los dos al paladar negro: él a los recuerdos del ballet, y yo a la maña y saña de los puros criollos. A él “Samba pa ti”, de Carlos Santana; a mí, “La Balsa”, de Los Gatos. Me alejé lo suficiente para no ser su sombra, pero me quedé cerca, lo suficiente para ser como esa otra sombra difusa que proyectan las botellas cuando están llenas de agua.

Tengo el cabello de mi madre, un poco ondulado y blanco como el suyo debajo de las tinturas. Un poco también su voluntad y corazón. Pero soy consciente de que eso suelen usarlo para sacar ventaja. Cuando pasa, pasa que me muerdo la boca, me reviento la boca, me sangra la boca. Ya lo dijo El Padrino: “nunca dejes que un hombre sepa lo que estás pensando”. Así que se lo impido. Le niego la alegría de verme perderme. La mirada se me torna vacía, animal de presa, presa de la ira.

De un par de amigos tengo los vicios, las letras, los juegos de palabras, la sed extraña e inagotable de alcohol y la risa casi muda y un poco atragantada. Las cortinas de humo que me salen de la boca, los abrazos sinceros, los juegos y las ganas de jugar, el gusto por matar el tiempo, por el sol en la cara y el pasto en la espalda… como estudiante el día de la primavera.

A mentir aprendí el día que me dijeron —siendo muy chico— que alguien había muerto, y, sumido en la total impotencia de sentir algo —porque desconocía quién era—, golpeé con rabia una puerta haciendo que todos aquellos que estaban allí creyeran que me importaba. La verdad era que estaba fúrico por no sentir nada parecido a su tristeza, por no poder llorar en comunión. Y como ya había aprendido que lo extraño se desprecia, y que lo extraño es no hacer lo que otros hacen, no quería que mi familia me diera la espalda. No a esa edad, por lo menos. No por no entender las acciones ni sus consecuencias.

Se vale perder, pero si uno va a perder, tiene que hacerlo en la suya: consciente y diligentemente. Perder dándose la oportunidad de ganarlo todo. Cualquier otra forma de derrota es tan amarga como hacerse rico por una herencia. Quizá es porque aprendí de mi abuelo que el trabajo es en sí mismo un triunfo, que la vida es un cruce de caminos y que ahí, andando, se arreglan las cargas.

Del Flaco aprendí a reírme de mí, a desfigurarme; del papel, a escucharme; del silencio, a gritarme. El camino sigue y sigue, y se enreda y se tuerce y se endereza. El camino se camina y se levanta la cabeza, para mirar hacia atrás y agradecer por todo lo aprendido, por los maestros que uno se cruza en el camino.

Otra ronda

Un hombre muere muchas veces, pero si lo hace por las razones correctas, el espíritu siempre renace.
El Flaco.

Pasa cada tanto, comienzo a intuirme, a encontrarme, a presentirme, a sentirme preso de una anticipación, la de que voy a sorprenderme justo a la vuelta de la esquina, que voy a encontrarme de nuevo en la tienda del Mocho extinguiendo cervezas y cigarrillos, en la isla más larga escuchando una salsa, un bolero y dejando caer la ceniza dentro de la botella; en esos días miro de reojo los charcos de la calle, el reflejo en los vidrios de los edificios y en los espejos dentro de cualquier baño y cualquier bar… con algo de suerte puedo ver qué parte de mí vuelve… qué parte perdida regresa para abrazarme, para hacer las paces conmigo, a decirme al oído: qué onda guacho, ¿cómo va?

Creo que un hombre puede dejar de creer en sí mismo o al menos en algunas versiones de sí; a veces he dejado atrás al de las revoluciones personales, a ese que no se deja domar y rehuye en silencio del confort y el poder, pero siempre vuelve. He dejado atrás varias veces al loco que piensa que vale la pena ser una causa perdida, pero de alguna manera siempre encuentra su camino y me toca un poco las pelotas: al incómodo, al perdido, al inquieto. Pero comienzo a creer que no toman más que vacaciones de mí, que se hastían —como yo de ellos— y se ausentan para volver después con nuevos cuentos.

El hombre es en sí mismo su propio templo, incluso para mí, que dejo constantemente de creer en mí. Así como mi madre necesita de las mismas misas que se repiten de forma cíclica cada ocho días, yo regreso a los libros, a los juegos, al humo, al silencio, a las ideas y los amigos. Los borrachos vuelven a los bares, los locos a las calles, los insensatos al estadio. Se necesita creer en algo, y cuando se hacen bien las cosas a uno mismo —aunque ninguno de los que vuelve, vuelva intacto—.

Se vuelve a la tierra, al barro, a la cancha, al cuadro, se vuelve siempre a donde la vida cobra otro matiz y otro sentido, donde se nota más el pulso. Se despierta de esos largos comas donde puede meterte la idea de haber crecido, de haber madurado, de haber cambiado. Se vuelve y se recupera ese tufito alcoholizado, ese aroma de profesor de filosofía, esa fiebre constante al perseguir un par de piernas, a las ganas, a la Plaza Cortázar, a pedir shots de Bukowski, a colgarse como un espantapájaros de Girondo y a elevar la mirada buscando las que vuelan.

El corazón se acelera cuando pasa, la fuerza se recupera. Se siente bien volver a lo que fue la casa, a la que permitió construirse en un hogar. Se vuelve a crear y a creer en viejos ideales, que por alguna razón envejecen con gracia, no de esos que envejecen con espumas y colores ocres. No, es más como que estás a punto de levantarte de una silla, algo cruje, algo de pintura del alma se rompe y allí hay un corroído exquisito de falsas expectativas, de futuros inconclusos. Y para otros, que podrían no racionalizarlo mucho, pasan desapercibidos y se asustan al verse de frente, frente a cosas que se creían superadas. Pero yo los escucho quebrarse, los veo recuperar un poco el control de las articulaciones, de las papilas gustativas, de las emociones, del dolor de espalda, de la paz en medio de la nada: el hastío como colonia, el tedio como religión…

Y canta como cantaba Mercedes:

Uno se despide insensiblemente de pequeñas cosas,
Lo mismo que un árbol que en tiempo de otoño se queda sin hojas,
Al fin la tristeza es la muerte lenta de las simples cosas,
Esas cosas simples que quedan doliendo en el corazón.

Pero el dolor pasa y se sonríe, nostálgico, recordando poemas escritos hace 10 o 20 años, propuestas indecentes y sueños apáticos. Y entonces uno sigue cantando:

Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida,
Y entonces comprende cómo están de ausentes las cosas queridas,
Por eso, muchacho, no partas ahora soñando el regreso,
Que el amor es simple y a las cosas simples las devora el tiempo…

Y uno camina con la cabeza baja en signo de respeto, recorre sus templos, sus juegos, sus tiempos, toma su lugar y su cuerpo, se sirve un poco de disculpas, escarcha de fracasos un vaso y agrega un poco de rabias, otro poco de tristezas, y extiende su brazo mientras brinda. Porque para los necios, siempre hay dos tazas, dos botellas, dos puchos… otra ronda lista de lamentos.


Tacto e instinto

Se miran, los dos se miran a los ojos, sin darse tregua; se miran los labios, se tocan las manos. Si no hubiera una mesa en medio ni gente alrededor, podría brincar sobre él y pegarme a su pecho, sentir sus manos apretándome, agarrándome las tetas y las nalgas. Podría morderle la boca y, con algo de suerte, entienda el juego y el gusto que tengo por sentir sus labios desgarrándome los míos. Si tengo suerte, puede que sea un buen amante, tal y como lo he imaginado: apasionado, de esos que me hacen perder el control, de esos que saben escuchar, de los que se dejan llevar de las ganas y entonces se gana un amante mitad animal, mitad instinto, con un tacto certero, con una hambre voraz. De esos que te lamen, te chupan, te muerden, te cargan y te besan de forma frenética, y te hacen sentir la mujer más chimba del mundo.

Se sonríen como quienes se invitan y se imitan, un espejo de deseo, de gustos compartidos. Él la escucha reírse, una risa fuerte, armónica, una risa afinada, de esas que solo produce alguien que es feliz. Eso le gusta. Ella le gusta. Sus ojos acaramelados, su piel acaramelada le confirman lo que piensa: ella es un dulcecito, un confitico, un mecatico que alegra la vida. Sus manos, sus labios, la curva de su nariz, sus colores, todo en ella le es apetecible. Sucita en él cierto descontrol. Si no tuvieran una mesa de por medio, se abalanzaría sin duda, sentiría la temperatura de su piel, pondría su mano firmemente en su garganta, sin presionarla demasiado, lo suficiente para robarle el aliento, y comenzaría a besarla, a morderla, a susurrarle al oído que le tiene ganas. La invitaría a jugar un juego: le propondría, entre gemidos y jadeos, que solo va a responder “sí” y “no” a lo que él va a irle diciendo al oído, y que él obedecerá cada respuesta, que luego nunca hablarán de esas respuestas ni de esas preguntas, y que incluirán cosas que ha hecho, cosas que quiere hacer y cosas que él quiere hacerle. Imagina cierta complicidad en ella, desea y anhela que sea de las que juega, no de las que espera. A través de la mesa la mira deseando que la química trascienda la conversación, que sea física, que sea hormonal, que sea altiva, grotesca y descarada…

Comparten un café y juegan mientras hablan, mientras se miran, mientras se sonríen. Ella deseándolo, él anhelándola, invocando en el otro ese deseo propio que une a los buenos amantes. Quieren poseerse, entregarse, quieren quererse y parecen hacerlo, quieren juntarse y parecen unidos. Disfrutan de ese juego, bajan sus cartas y se cuentan cosas, se entregan cosas. Hay algo en ellos que hace que se vean bien juntos.

El mesero los visita, les trae un par de cervezas. Charlan, toman y se miran. Aún juegan, aún se tientan. Todo hay que decirlo: son pacientes, saben esperarse. Es importante que eso ocurra, que manejen los tiempos y no caigan en ese intento de controlarse. Es mejor perderse juntos en el momento que atarse al futuro aún incierto, aún nublado. Es normal, el fuego solo es fuego cerca al origen, la temperatura es fuerte solo cuando se está presente: ahí consume, abrasa. Con un poco más de distancia es cálido y cobija, pero a la distancia es solo humo. Si se mira demasiado lejos, el fuego tiende a proponer una oscuridad asfixiante, nada alentadora, nada que provoque adentrarse. Así que hacen bien en concentrarse solo en lo que tienen en frente. Verlos tan de cerca es casi provocativo, lo hace a uno desear ser ellos, ser aún una promesa, una posibilidad, ser aún presas del tacto y del instinto, tener frente a ellos la posibilidad de conocerse y disfrutarse. No son su pasado, y son lo suficientemente cautos para no caer en la trampa de prenderse de una imagen del futuro difusa. Son y están ahí, no se han hecho daño, no se han dejado a un lado, se nota que aún tienen muchas primeras veces por delante.

Se levantan, se toman de las manos y caminan. Hay cierta ternura en la imagen, y entonces ella baja su mano y le agarra el culo con tacto, él da un pequeño salto por instinto y yo en el café viéndolos partir brindo en silencio por ellos, envidiándolos, recordándo lo rico que se siente cuando a uno le pasa.

Miserable

El aroma del pesto invade la cocina, señal de que todo va bien. El aceite hace su fiesta y él sonríe. Ella no sabe bien por qué él hace ese tipo de cosas. “Piensa mal y acertarás”, piensa. “El que a solas se ríe de sus pilatunas se acuerda”, sentencia. Se enfurruña y se aleja. Él no lo nota: cocina. Cocinar le gusta, no lo distrae, lo abstrae, de la misma manera en que leer lo lleva a otro mundo. Él huele, se unta los dedos y saborea. Añade sal y pimienta. No nota su ausencia. En la cocina, su presencia siempre le ha sido esquiva. Quizá porque él no nota que ella nota cómo sonríe. Quizá porque ni siquiera es consciente de que lo hace. Él simplemente está en su salsa, y cuando está así, no nota nada. Le pasa en la cocina, en el trabajo, cuando juega, cuando lee, cuando contempla a sus gatos, cuando es feliz. Quizá ese es el problema: que cuando no está, es feliz. Y su felicidad ausente, lejos de todo, a ella le molesta.

Para él es instintivo: un flujo de movimientos. Pica el ajo, lo añade al aceite y disfruta del sonido. Agrega la cebolla, los pimientos, ralla el tomate. Lo hace con ritmo y sin cortarse, sin empujar de más, sin lastimarse. Es algo que domina. Hay en su ejecución una memoria muscular que suple la técnica. No agarra bien el cuchillo. No puede. Los amola en la piedra que su padre recibió como herencia de su madre, y lo hace mal. Por eso siempre se comban hacia dentro del filo, imitan un poco la curvatura de una garra. Por eso debe inclinar los vegetales y no puede crear cortes pequeñitos, al menos no con ese cuchillo… Su torpeza, como casi todas las repetitivas, tiene algo de gracia, algo que uno no puede dejar de ver cuando puede verlo.

Ella lo ve, pero no ve eso. No lo ve a él en su entrega abnegada, ni el resultado de su repetición. No ve la torpeza, ve solo la frialdad que imagina. Se siente excluida, mientras que él parece perseguir una musa juguetona, construir un mundo aparte y distante. Si le habla, solo encuentra respuestas automáticas, preprogramadas: sí, no, ajam, ujm…
—Ushhhhh… miserable —piensa ella mientras él, embelesado, prueba su salsa, sella sus carnes y dora sus hongos.
—Miserable —piensa de nuevo al verlo ir tras las especias y el vino.

Huele bien. El fondo se desglasa, el vino golpeando el sartén suena y resuena. Hay burbujas. El alcohol se evapora. El aroma embriaga y provoca.
—Le va a encantar —piensa—. Tiene ese toque que a ella le encanta, tiene ese color que vibra y resalta cuando se le escurra un poco por la comisura de los labios, tiene el aroma que la hace bailar antes de provocar bocado. —Piensa y va tras esa sonrisa al cocinarle. Intenta improvisar un poco, seguir también lo que su instinto y apetito le indican: un poco de soya o de salsa inglesa. Se debate mientras que llega a ellas. Un poco de aceite de oliva y pimienta. Toma un poco y lo prueba, degusta, le gusta…
—Prueba —le ofrece. Y entonces lo nota: el rostro le cambia. Lo aprueba, pero está molesta, le deja la espátula para que disfrute.
—Seguro fue un día largo —piensa. Y sin preguntarle, redobla sus esfuerzos: un poco de tocino, algo de mejorana… El fuego en bajo y salta a otra estación…

El sabor un poco le adormece la ira.

—Es un miserable, pero cocina rico —piensa mientras lo mira. Suda. El calor del horno. Ese baile tonto que hace mientras cocina, esa entrega estúpida con la que se entrega a todo lo que no es ella. Esa felicidad fuera de ella la pone celosa y la humilla. Le recuerda que es feliz también sin ella y eso la enciende de nuevo. Eso y el aroma del habanero tatemado que la obliga a toser y la saca de la barra. Es un pimiento antimotín, una nube natural de gas pimienta que la lleva a alejarse y enojarse. Se repliega, pero resiste.

Emplata, decora y quiere hacer un pequeño corazón en el plato, celebrarla, mostrarle que todo ha sido hecho pensando en ella… no tiene la espátula a la mano, la tiene ella en la mano, la ve distraída y le hable.

—La miserable —dice él mientras le señala la mano.
—La miserable —repite él, extendiéndole la mano.
Ella lo oye, pero no lo escucha. “Miserable” es lo único que se queda en sus oídos…
—¡Miserable vos! —le grita y azota la puerta al salir.

All in

Tavo y Teo están casados, no entre ellos, me refiero a que cada uno está casado; son profesionales, buenos profesionales, y fuman recostados en una pequeña pared. Tienen los ojos cansados y algo perdidos, no se miran pero hablan entre ellos, entre calada y calada. Tienen ese lenguaje que usan los hombres cuando algo duele adentro. Su cuerpo lo habla, los hombros les pesan, hay algo de derrota, de miedo. Las palabras son suaves y al mismo tiempo gritos. Gritarían si tuviéramos el derecho a sufrir. No lo tienen, son de esa generación que no lo tiene, de esa generación que aguanta, que llora hacia dentro, esa que fuma y canta: no estoy triste, no es mi llanto. Por fortuna, también de esa que se ganó un puesto en la cocina. Picar cebolla los mantiene cuerdos, lo sé porque también lo vivo. Es muy triste verlo desde afuera, notarlo; se les nota.

Fuman con una tranquilidad pasmosa. No quieren volver al trabajo, no aún. Por eso no fuman con prisa ni con intensidad. Son pequeñas caladas. De ellos aprendí que uno fuma un poco para alejarse de otros, es algo que nunca han entendido los no fumadores. Alejarlos es parte de la magia. Están en medio de sus treinta; yo, de mis veinte. Soy bueno haciéndome invisible, así que fumo y escucho. Quiero saber, aprender, entender. Siempre he sido nostálgico. Bromeaba no hace mucho diciéndole a una amiga que todo me duele, y que me duele mucho que sea así. Que extraño la «ch» y la «ñ» y la «ll» y la «rr» en el diccionario. No mentía. Siento que el mundo es tan mezquino que se ocupa incluso de desterrar letras que no molestaban a nadie. Me duele, sobre todo la «ch» y la «rr», las dos tienen sonidos únicos, que hacen cosquillitas al paladar… Y ahora, después de un congreso de la Real Academia, no existen más. Callo, por fortuna pienso en silencio. No los distraigo y han dejado ya de notarme. La conversación real comienza.

—¿Supiste de Gloria, la cliente?

—¿Cuál Gloria, la que se divorció?

—Sí. No sé si cuenta como divorcio, no tuvieron ni un aniversario.

—Se veía feliz, ¿no?

—Todos se ven felices, pero vos sabés que la felicidad es un ratico.

Cuando dice eso, la voz no se le quiebra… pero flaquea. Es como si hubiera bajado un poco la guardia. Teo lo nota. Tavo nota que lo nota. Con ese pequeño gesto se hacen más cómplices. Saben que el otro sabe lo que se siente. La vulnerabilidad no fue falsa; el descuido, sí lo fue. La conversación sube.

—Muy cortico, si te soy sincero —responde un poco jodido, un poco dolido. Presiona un poco la mandíbula. Teo hace eso. Sé que le gusta morder las palabras cuando siente que al decirlas van a dolerle. Venganza, dice. Me lo contó no hace mucho. No sé si Tavo lo sepa, pero el gesto —en quien lo reconoce— le agrega un toque hermoso a la situación.

—Lo jodido es que son tan buenos esos momenticos buenos que uno hace que le duren. Los pobres somos así, le metemos azúcar al chicle que se acaba, las pilas al congelador, agua a la sopa, bareta al trago, salsa y vallenato al despecho. Frankenstein que le dan vida a lo poco.

Sonrío con esa imagen. Tavo también.

—Imaginate, Teo, que pasó todo en un rodaje. Gloria iba con el director a un cambio de locación y sonó una canción: De llenar el breve espacio en que no estás… todavía yo no sé si volverás… —La canta mientras lo cuenta. Tavo canta bien y le da un toque bello a la conversación que venía arrastrando el peso de la miseria.

—Resulta que a los dos les gustaba el artista, Jero. El director también estaba casado. Pensá en ese momento: es la primera vez que se ven, pero saben algo que los demás han pasado por alto. Parecen felices, como todos —bien lo dijiste—, pero cuando saben, entienden, se entienden. ¿Me entendés? Es de esas cosas que uno sabe que encajan, que resuenan.

No es perfecta, más se acerca a lo que yo… simplemente soñé… —Teo canta mal, pero interpreta bien. Está dispuesto a la vergüenza solo porque el momento requería otro verso de la canción. Y ya que Tavo había cantado, no tenía más opción que cantarlo.

—Sí, entiendo. Extraño esa sensación. Es intuición, ese no saber que promete algo de conocimiento. Ese momento en el que no dudás de saltar y dar un paso al frente.

—¡Qué gonorrea!, ¿no? Que la vida no le endulce a uno así el oído.

Teo quiere responder, pero el calor de la colilla en los dedos lo distrae. Alza la mirada, me mira, mira a Tavo. Se ríe.

—Oyó, esa es la clave, muchacho: la apuesta. No se canse nunca de apostar.

Estrella la colilla contra el cenicero, se despide. Tavo va tras de él. Yo enciendo otro cigarro, me siento, imagino los colores dando vueltas, los números haciéndose borrosos, y la bola yendo hacia el centro, yo apostándolo todo.