Leyes

Él mira el correo y sonríe. Lee con detenimiento y, por un momento, clava sus ojos en los dedos sobre el teclado. Ella tiene razón, no le gusta que la tenga, pero tiene razón. Los acuerdos son de caballeros y gente civilizada; las reglas son de los cobardes, piensa. Los cobardes saben que las leyes y las reglas son flexibles y poco claras, que son difusas, que tienen huecos y vacíos por donde cualquier rata puede colarse. Los acuerdos están cimentados bajo otra lógica, una más honorable: no se trata de que te descubran en medio de un engaño, un acuerdo se hace solamente con la intención de manifestar lo que se intuye, de crear un espacio donde ni la duda ni la incertidumbre existan, piensa todo mientras intenta encontrar las palabras para contestarle…

Las leyes son trampas. Acelera cuando no te vean, reenvíate audios y escúchalos en tu chat para que no sepan que los viste, cambia billetes falsos en las limosnas del domingo donde nadie te vea, niégalo todo y, como canta un jamaiquino, decir que no fuiste vos basta. Si no hay una prueba, basta; si no te pueden culpar, basta. Lo ilegal no es romper la ley, lo ilegal es que te vean haciéndolo, piensa el cobarde que confía en las leyes, el que se arropa con ellas y el que recurre a ellas es astuto, pero poco fiable.

Relee el correo y la sonrisa sigue presente. No es culpa de ella, piensa. Es claro que la omisión o el sobreentendimiento han partido de él, él es el culpable, él fue quien creyó haber acordado, quien supuso que el pacto había sido, pese a los géneros, un acuerdo de caballeros. Olvidó que la mezquindad no tiene solo pronombres masculinos, pensaba que bastaría un acuerdo público y no recurrió a firmar lo pactado… Idiota, piensa y sonríe.

Yo no escuché, afirma ella; yo no puedo demostrar que sí. Yo no puedo probar que el acuerdo quedó claro para todos, porque los cobardes comparten cobija, porque saben que en una situación de mi palabra contra la suya la ley la protege. La ley está siempre del lado de quien quiere evadirla: basta con desacelerar cerca de la cámara de fotomulta, con esconder la mano después de haber lanzado la piedra, basta con mediar el lenguaje y fingir sorpresa, basta un poco de vergüenza y de esa tienen a sacos los cobardes, porque donde el orgullo vacila la mezquindad florece.

Relee y se ofende, pero sonríe. Bien jugado, piensa. Las reglas estaban claras, la omisión también lo estaba, ella actuaba bajo la única regla que conoce, la de la ventaja. No entendí, no escuché, no fue claro, no importaría… La justicia es ciega y solo ve lo que está sobre el papel, solo ve la ausencia del procedimiento. La ley existe porque ellos existen, y está bien que exista, porque la trampa está servida. Una vez se usa, el cobarde se asusta; cuando la luz se enciende, las alimañas se esconden. No tiene realmente nada de qué asustarse, represalias no habrá ninguna externa, es un acuerdo que tiene consigo mismo: no se compite bajo las reglas de otros, no se toman represalias por posturas éticas diferentes, no cambiar lo que se es por mezquino que sea el lugar adonde se vaya.

Una revolución ética solo es posible de esa manera, piensa. En su cabeza la felicita, pero no habrá sermón ni reprimenda. Su castigo será vivir así para siempre, con miedo de ver la luz, con el pánico de ser descubierta. Él olvidará su nombre, su existencia, y será preciso con lo que pida y para cuando lo pida. Que viva ella en el margen de las leyes, de las reglas, en ese otro mundo con quienes no se pactan acuerdos, y él no acordará entonces ayudarle ni cultivar ningún talento. No acompañará más su desarrollo porque todo crecimiento requiere de un acuerdo de sacrificio, esas son las leyes.

Desorden

Se levanta de la cama y parece que nunca hubiera estado allí durmiendo. Se mueve poco de noche y el edredón pierde sus arrugas con solo pasarle la mano por encima; queda todo tan perfecto que no parece que se estuviera despertando sino tendiendo la cama. Pone sus pies sobre las chanclas, que están justo donde ella las dejó, una al lado de la otra, esperando sus pies para comenzar a caminar el día. Por donde camina le basta un pequeño movimiento para que todo esté, luzca y se sienta perfecto.

No hay polvo sobre las mesas, no hay loza en el fregadero esperándola, no hay medias atravesadas ni cacerolas con quemones. La luz que entra a través de las ventanas ilumina todo sin revelar ninguna línea de suciedad. No puede evitar sonreír orgullosa: la calma reina, el silencio reina…

Y ella camina y se apodera de todo, la Reina, reina sobre su reino y lleva a cabo su reinado sin despeinarse, con su cetro brillante, con su trono siempre bien dispuesto, bien cuidado y con la corona sobre su coronilla siempre lustrosa y elegante.

Hay espejos para mirarse, para validarse, para desearse, para entenderse, para ocultarse… Tiene espejos en cada cuarto, en cada bolso, en cada baldosa brillante. Se siente vista, eso le gusta; no sabe bien por qué, pero es como si ella misma se viera a la distancia. Se da gusto viéndose, eso es lo que quería, eso es lo que buscaba. Una lista interminable de reflejos con listas en mano inventarían las expectativas sobre sí misma: tengo, hecho, listo. El poder tiene eso de su lado: una lista tachada de viejas venganzas a todo lo que no se pudo ser en algún momento.

Viejos yo, viejos fui, viejos debería y antojos a los que se les negaron las puertas, y ahora, como un ariete, vive para derribarlas, para probarse y demostrarse que eso que quiso sí estaba destinado a ser suyo. La paz cuando ella diga, como ella diga, donde ella diga. Ha confundido el poder con empoderamiento y no hay peor tirano que aquel que fue oprimido, así que ahora demanda y espera ser complacida. No tiene tiempo para construir, quiere que todo se le entregue con obra blanca, enchapada y amoblada. Lo merece, se dice a sí misma que lo merece, todo a su altura.

Esos cientos de ella reflejados y demandantes la esclavizan. El tiempo la apremia, porque las demandas crecen. Tiene deudas con su yo desde los nueve. Quiere que la mimen sin que la reprendan, no quiere negociar nada, no quiere, no puede realmente evitarlo. Han sido años de cargar con ella misma a cuestas. Ahora quiero, ahora cosecho, ahora siego, ahora es el momento de reservarme en barricas, de roble, de agregarme valor y tiempo; ahora solo quiero sumarme: cuerpo, textura, sabor, un paladar que esté a mi altura para probarme. Eso le grita su cabeza cada mañana, cada vista al espejo, cada momento, y ella escucha, y ella asiente, y ella obedece a sí misma, doblegada, sumisa de sus pendientes.

Su inconsciente procesa; ella ni lo nota. Ella solo sonríe cuando ve que se queda viéndose en sus reflejos, en su casa impoluta, en su edredón firme y sin nada que la incomode. Un, dos, tres, sonríe y saluda; un, dos, tres, tomarse el vestido con las manos y hacer un pequeño gesto de gracia; un, dos, tres, levantar el brazo y doblar el antebrazo y girar de un lado a otro la muñeca mientras rota del interior al exterior su extremidad de izquierda a derecha. Reina en su reinado pintoresco, frágil e ilusorio, pero justo y necesario, para ella, para con ella. Que nadie se atreva a incomodar la zona de confort en la que vive, porque no sabe cuánta mierda tuvo que tragar para construir su castillo de cristal. No es consciente de sí misma, no del todo, pero lo intuye: algo real le falta. Se sienta sobre la cama, arruga el edredón y estalla.

«¡Qué puta falta me hace tu desorden!», piensa.

Ni la sombra

Camina mirando su sombra, como si sintiera los dedos dentro de su zapato conectarse con ella. Se mueve para verla contonearse, casi con la misma atención que le gusta ver su imagen deformada en el agua y la difracción de la luz convirtiéndole el cuerpo en ola. Sonríe mientras lo hace; le gusta no ser ni la sombra de sí misma y, al mismo tiempo, ser contenida por ella. Le gusta que trae consigo su pasado, loquita pero buena muchacha, y proyecta con ella su futuro, fuerte como un rugido o un trino en el bosque, retumbando adonde llega, agigantada y abrumadora, poderosa y casi sin límites, a menos que se acerque mucho al sol. Ese es el error, piensa sin decírselo a nadie: acercarse demasiado a la luz quema, enceguece y apacigua; hay que dejar que la luz te dé, pero no que te absorba. Es peligroso: te reduce a un puntito debajo de tus pies.

Cuando camina de esa manera, viendo su sombra, sonríe como solo la soledad sabe hacerlo: con un dejo de confianza, con una autenticidad única. Uno no puede huir de ella, debe contemplarla. Quien la ve sonreír así, sin saberlo, ha presenciado un momento de libertad y pasión, un murmullo de su canto, y no sospecharía nunca lo difícil que es para ella hacerlo de manera consciente. Le teme un poco a esa calidez que la provoca, le teme a la presencia de otro que captura la imagen y trata de anclarla a ella. La felicidad, dice, es algo íntimo y no se le comparte a cualquiera, y a la libertad de ser libre no se le renuncia nunca ni se le posa; es una fracción de ella y, si alguien colecciona demasiadas, podría juntar todas las partes y tenerla. La idea la enternece y la aterra: qué miedo quedarse sin lugar para estirar las alas.

Por eso le gusta la sombra: se escurre fácil, rápido, y desaparece de repente si se le acosa o se le persigue con demasiado ahínco. La luz debe filtrarse entre hojitas, entre los dedos; debe dibujarte y moverse con vos, piensa viéndose hecha sombra, viéndose moverse y deformarse, levantarse y jugar con todo lo que la rodea, rodear todo lo que la rodea, recorrer todo lo que intenta obstaculizarla. Me gusta ser sombra, piensa, dice: me gusta ser sombra. Sonríe, pero no puede ver su sonrisa; lo sabe no porque los pómulos se le retraigan y un par de hoyuelos nazcan en ellos, no: lo sabe por cómo se mueve. Todo su cuerpo parece vibrar como la cola de un gato; todo le recuerda que no cabe en su cuerpo, que necesita expandirse, que quiere estirarse hasta sentir que se sale por sus poritos; un porrito sería la forma usual, pero está high de alegría y funciona igual, brota de sí misma y, como una enredadera bien agarrada, se trepa por su felicidad y se desborda, un ojito de poeta que crece y lo cubre todo; hoy se siente así, y camina así, y brinca entre cada paso para ver su sombra encontrarse con sus pies.

Piensa en estar descalza, desnuda, en la sensación de sus patitas con el piso caliente, con la sombra fría, con ser su propio refugio, con enfría donde quiere pisar, en ser y hacer su puente adonde vaya. La idea la emociona y, aunque el sol le golpea la espalda con fuerza, ella no mengua en su alegría ni en su idea de disfrutarse; para eso está el protector solar, piensa, y no se inmuta.

De fuera parece infantil y torpe; de lejos se ve un poco ridícula mientras juega con una colita de su cabello y brinca, baila, se estira y se enreda en su propia sombra. Está loca o drogada: seguramente muchos simplifican lo que ven y, en su acostumbrado papel de custodios de la normalidad, dictaminan que su rareza es desfachatez, sin intuir que su alocada felicidad es, por el contrario, una celebración, reflexiona, de un buen día en medio de unas semanas de mierda. Es un oasis en medio de una tormenta constante, de un dolor punzante y de una sensibilidad estimulada. No le conocen ni la sombra y no le reconocen ni siquiera el intento, pero a ella no le importa; sabe lidiar con la idea de salirse de sus formas, es feliz, como Peter Pan cuando cose la sombra bajo sus pies, porque puede volar de nuevo a un espacio donde el pasado, el presente y el futuro se funden bajo sus pies y le dan profundidad a su sombra.

A mares

El problema del amor, le dice Bianca a Helena, es que se agota rápido: no te quedan tantas primeras veces en él después de la primera. Las citas se te acaban, las buenas, me refiero; las divertidas, las que te hacen sentir algo; y cada vez son menos. Ya no quedan tantas buenas ideas ni tantos lugares por descubrir. Se acaban los apodos tiernos, las canciones, se agota todo lo que lo rodea y la posibilidad de que se viva.

Pará un poco, Bianca, y sí, te va a dar fiaca escuchar unas canciones y algunos lugares ya no son más solo tuyos, pero no implica que no podás disfrutarlos. Tenés que ser más pragmática, boluda: debería bastarte con que ahora sepás poner en su lugar a los desubicados que opinan desde un moralismo virginal sobre cómo y con quién deberías estar. Bancate tus años, tus miedos, tus malos ratos.

Ya sé que no tenemos 20, pero no podés creer que después del primer beso o el primer garche ya todos los demás son menos, o menores. Si las canciones se acaban, sobre todo las de Serrat, las de Sabina y las de Spinetta, ya no te hará ilusión que te digan muchacha ojos de papel, ni podrás sentir alegría cuando te digan que van a celebrar un mesiversario. Te entiendo, pelotuda, creéme que te entiendo, pero no está tan mal: el hombre de tu vida es el que se queda en tu vida. No sos una pendeja como para andarte quejando tanto por tan poco.

Marcela escucha, sonríe. Ellas hablan de lo que él siente, también siente; lo que se gritan antes del recital le retumba dentro, lo que lo ha llevado a ese segundo piso, tan lejos de casa, tan sumido en su propia cabeza, intentando hacer esas cosas que poco lo ayudan pero que le liberan la presión para que no estalle, para que no le gane la presión. Adolorido, reseco, se hidrata para evitarlo; se deshidrata mientras lo hace.

Las escucha y sonríe, porque el corazón lo tiene hecho un nudo, porque el peso en sus hombros le tiene contracturado el cuerpo, porque él también tuvo una muchacha ojos de papel y ya nunca pudo decirle a ninguna que los tenía, porque también ha sentido miedo de que vuelvan a dedicarle everlong o a que lo llamen de chelongo. Hay cosas que a uno le dicen, que a uno le regalan y que, al mismo tiempo, se las arrebatan; a nadie más van a sonarle bien, en ninguna otra boca. Ambas tienen razón: sabe como sabe la rubia que grita a la morocha que no es el fin del mundo que eso pase, pero sabe, al igual que la morocha que se queja con la rubia, que esas cosas duelen.

Ellas gritan, se gritan, se reclaman; el resto del lugar canta y corea algunas canciones que espera que suenen, que esperan que se canten, que los han traído y convocado. Canciones para olvidar, para olvidarse, para salirse de todo lo que los ha saturado. Ellas también están ahí para eso, él también está ahí para eso: para cantarse a esos viejos amores, a esos antiguos dolores que aún no se ausentan del todo, que siguen viviendo en sus cabezas, que siguen presentes con su ausencia; que se fueron, pero olvidaron llevarse todo con ellos, de los trabajos prometidos, de los ascensos no cumplidos… Las razones cambian, pero todos están allí para irse, para dejarse atrás, para dejar de sentirse tan mal un rato. Él también, él lo sabe, así que sirve más ron con coca y escucha en su cabeza las letras que él también espera cantar.

Bianca y Helena, lejos de casa, se han encontrado y ya dejan de discutir y de pelear sobre si el amor sigue siendo amor cuando el amor se acaba. Saben que no, saben que es diferente; que el amor es amor siempre y que el amor se navega, se naufraga, se surfea en la cresta de la ola, o se explora y se bucea; que el amor se desborda y que una vez se ama uno se zambulle y hace que sea imposible el pensarse fuera o por fuera. Las islas de las primeras veces desaparecen; la gente brinca, la gente grita, la gente canta, y entonces todos entienden lo inevitable: que nadie tiene el control para controlarse y que todos tienen algo de lo que olvidarse, incluso de ellos mismos, y que el amo aunque se acabe es siempre inagotable.

Infiernos y paraísos

Luis lee a Borges; lo hace por gusto y por disciplina. Le cuesta leerlo, pero le gusta cuando lo entiende. Tiene ese toquecito que lo hace sentir inteligente al entenderlo; siente, al hacerlo, que más que leer está continuando ese cuento donde Borges se encuentra con Borges, pero sin él ser alguno de los Borges: solo quizá una paloma que los oye conversar en la banca del parque donde se encuentran, maravillada y atenta.

Luis sabe que Borges decía que siempre imaginó el paraíso como una especie de biblioteca. Para él tiene sentido: siempre se describió a sí mismo como un gran lector más que como un escritor, y el paraíso, si algo ha de tener, es una dosis de placer que parezca incluso pecaminosa, piensa él y sonríe, e intenta imaginar cuál será la expresión de una paloma sonriendo con un dejo de arrogancia, de sentirse astuta. La idea le gusta y se deja envolver por ella: el paraíso debe ser una gula de culpa sin sentir un ápice de ella.

De la idea lo sacan sus gatos restregándose contra sus pies. Los ve y siente un poco su pregunta, su angustia; los ve y le oprime el pecho. Le gusta el silencio; en su paraíso hay calma, tanta que los pensamientos deben tener eco, piensa, y de nuevo se imagina como paloma astuta, pero el silencio que hoy se le presenta no es complaciente: por el contrario, le duele y les duele. Lo entiende al verlos: ellos no saben por qué su paraíso les hace vivir un infierno. Es como si la biblioteca de Borges estuviera llena de libros malos, o de los libros que él considerara malos. Este silencio viral y endémico, esta ausencia de voces, no es la calma que desearía ni esperaba.

Sus gatos le recuerdan que hace días no puede hablarles. Su expresión es un interrogante, un grito que siente: un “¿qué te hicimos?”. Un reclamo: “¿Por qué el silencio?”. Saben que no ha dormido bien, que su temperatura no ha sido normal; saben, cree que saben, que algo no está bien, pero piensa que no saben por qué el silencio, y eso también lo tortura. Quisiera decirles que todo está bien, pero la voz se le rasga, la garganta se le cierra, el aire le falta, e imagina a Borges tomando página tras página de tramas simplificadas, de figuras retóricas pálidas y delgadas.

La gente a veces olvida, piensa abstraído de sí mismo, que el paraíso y el infierno son opuestos, pero la verdad es que son muy similares, casi idénticos: el uno es solo la perversión del otro. Bien dicen los viejos que el diablo está en los detalles; los pequeños detalles que dentro de todo paraíso consumen el placer de habitarlo: el conocimiento inútil, la gracia torpe del presente perpetuo, de la búsqueda del sentido y no del propósito, la deuda eterna de la promesa no consagrada, la ilusión de la importancia personal y del reconocimiento como pago, seré cuando me digan que sea… Se trataba más de ser a pesar de la incomodidad de ser.

Pero él piensa que los gatos no lo saben y él piensa en lo incómodo de su silencio para ellos, de su ausencia presente, de su indiferencia casi gatuna frente a ellos. No quiero herirlos, piensa; no quisiera incomodarlos con este silencio al que no le pertenezco desde la entrega sino desde la imposición; quisiera que la supieran, piensa Luis, agobiado y abrumado por la idea del sentimiento de exclusión de sus gatos.

Mientras tanto Borges le señala a Borges la expresión que hace esa paloma que parece mirarlos: una expresión extraña de angustia y desesperación. Es casi como si sufriera de algo, como si algo le preocupara, como si su único problema en la vida no fuera simplemente picotear el campo.

Encandilados

El Flaco usa siempre lentes de sol. Cuando le preguntan por qué, dice que sufre del síndrome del mosquito: que la luz lo atrae, que la luz lo abstrae, que le genera un impulso, un movimiento que escapa de su razonamiento; que es mejor cuidarse de eso que lo hala a uno sin entender muy bien el por qué. Instinto, lo llama. Uno tiene que parar bolas, dice.

Lo dice en medio de una resaca monumental, pero lo dice serio, sin rastro alguno de mentira en su voz. Hay convicción en sus palabras e intención en su acción. En otras palabras: el Flaco dice la verdad, el Flaco no miente. Es innecesario mentir, lo repite constantemente; pero puede evadirse una verdad con otra sin mentir. Está bien no responder todo lo que se pregunta. La gente debería ser como los libros: debería recibir solo las respuestas para las preguntas que sepan realizar…

No es la resaca: el Flaco está así por algo más. Tiene la sonrisa envainada; los ojos detrás de las gafas sonríen, el cuerpo le sonríe, el tono de la voz le sonríe, pero la boca está tensa. Está eligiendo las palabras con cuidado, está rumiando su idea, está indeciso. El Flaco sabe que eso es peligroso: una idea que no se digiere cae pesado; la pesadez le da indigestión, y la indigestión de una idea le arruina el día. Le es imposible contener los pensamientos cuando está en ese estado: le brotan a una velocidad que es imposible filtrarlos, se desboca; se suceden con un intervalo tan corto que no puede atraparlos. Y entonces habla, y cuando el Flaco habla uno cree que va a tragarse la lengua: lo hace de corrido hasta quedarse sin aire, hasta que se le atropellan las ideas; y entonces enciende un pucho o una pipa y camina lento y en círculos.

Eso lo calma, al menos un rato. Eso lo apacigua: dar vueltas sobre la idea con la boca ocupada, con el humo jugueteándole en la lengua. Así vuelve a su rumbo, y se sienta de nuevo. De repente me mira; sabe que no he dejado de verlo. Intuyo que sabe que nunca dejo de verlo, que es una especie de pacto entre nosotros, de respeto y cariño.

—Lo tengo claro ya —me dice, y continúa—. Me jode creerme la trama del cuento olvidando que ya lo he leído; me jode terminar caminando con una botella a las 3 de la madrugada por una calle infinita y vacía, que se siente menos sola que yo después de una guevonada de estas…

No lo interrumpo, lo conozco: aún no termina de hablar. Algo más tiene en la garganta, o quizá no quiere escucharse diciéndolo. Si es lo segundo, creo que intuyo lo que es. Puedo decirlo por él, y mientras él duda me animo:

—Todos queremos creer; la única iglesia que tiene la fe de todos es la de ese amor que no se necesita sino que se elige; de esos templos que se palpan, se lamen, se besan y se follan y se usan, esos templos que se veneran no en vano, que se profanan por pura devoción a la carne. A esa iglesia le apostaríamos todos. Que no te joda, Flaco —le digo—. En esa todos somos hermanos; todos pecamos por pensamiento, palabra y omisión —le digo. Me río y se ríe; llevo la mano al corazón y le digo—: por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Él repite conmigo después del primer gesto.

Ahora está liviano, ahora sonríe, con esa mueca suya medio embólica que le estira la cara de un solo lado; sabe que de verdad no está solo, que también he recorrido yo ese camino.

—No todo lo que brilla es oro; han dicho siempre los que persiguen el oro, y aun así uno no les cree —le digo—, con demasiada frecuencia: obnubilados por el deseo nos hacemos los maricas y olvidamos ver más allá de las ganas, de la sonrisa, de la elocuencia, de la esperanza, de las téticas… No hay nada puro, Flaco; no hay ya nada sagrado y uno lo olvida. Entre cielo y tierra nada está oculto, Flaco: han pasado 3200 años y siguen habiendo Helenas por las que vos y yo entregaríamos Troya.

El Flaco me mira y no afirma, pero se ríe.

—Siempre hay un par de imbéciles que creen que con un poco de plumas y brea pueden alcanzar el sol —lo dice mientras se quita las gafas y mira directo a él.

Cabañuelas

Los finales siempre me han parecido un tanto aburridos. La gente está cansada cuando se acerca el final; se puede estar agradecido, se puede salir a tiempo y hacer algo decente por uno mismo, sin embargo, siempre hay una nostalgia en medio de todo. Aunque tarde o temprano siempre llega, uno sabe que se aproxima, que tiene el tiempo encima, y entonces la gente mira un poco al piso y se concentra en todo lo que no fue, en todo lo que no pasó, en lo que no vendrá, lo que no tiene, lo que no se cumplió… Solo en ese momento se permiten contemplar todo lo que les sabe mal.

Se bañan, se peinan, se ponen ropa interior amarilla y se ocultan debajo de las mesas, escriben lo que quieren dejar atrás y se atragantan con 12 uvas: algunas simples, otras congeladas y llenas de vodka y tajín, otras reemplazadas por fresas o cerezas para comerse hasta la última del pastel… Entonces suenan las 12 campanadas, se abrazan, se arrojan lentejas de los bolsillos, se encienden los deseos y se acuestan ebrios de esperanza, de ilusión, de un comienzo mágico.

Va a pasar en unas cuantas horas, pasa cada año, y uno solo tiene dos opciones: el hastío o la ilusión; o hastiarse de la ilusión, dejarla atrás, de lado, echarse a muerto con todo… Prefiera esa con un poco de hielo, con un saborcito fuerte, ahumado y seco. No me gustan los finales; por eso, cuando llegan, no los evito: los miro de frente, a los ojos, dejando que sepa que sé que se termina. Frente a mi reflejo y por su bien brindo; una especie de ritual que ha evolucionado para evitar ser visto hablándole al espejo. Lo bueno comienza, lo que importa apenas comienza, el final no cuenta, lo que pasó ya no importa; duele, pero no importa. Te puede llenar de rabia y aun así no importa; te puede hacer nudos en la garganta y el pecho y aun así no importa. En eso pienso: el presente es breve, casi imposible de apreciar, así que abrazo como ellos, me como las uvas, con tajín y vodka por fortuna, y pienso, como decía mi abuelo, pensando siempre en el trabajo: me voy a dormir porque mañana debo estar atento a las señales.

Las cabañuelas le dirían cuándo sembrar y cuándo recoger, cuándo cuidar más el campo y cuándo ararlo con más fuerza. Me gustaba esa tradición de irse a dormir, no con la seguridad de un mejor mañana, sino con la intención de prepararse mejor para lo que viene. Así que, como él, me despido y parto, pensando en esos doce días, en ese plan que debo seguir, en esas metas que debo perseguir: a la próxima no tendré tanto cuidado; con la próxima no me haré tanto a un lado. La próxima oportunidad debe sentirme, debe ser capaz de presentirme, debe temerme cuando me sienta cerca y saberse perdida cuando sienta mis ojos posarse sobre ella. Deberá saber que ha sido tomada; entregarse aun sin garantías, exigir garantías de por qué hacerlo. Lo hará porque quiera, porque se le cante, sin estarme buscando, sin haberse prometido prometerse.

A la próxima no habrá permisos ni disculpas: no habrá silencios ni turbas, no habrá mezquinos entrometidos dictando el camino que debe recorrerse para cumplir un sino. No habrá un mapa de los sueños donde ser tachado, ni un espacio incómodo y aprisionante donde hacerse para reemplazar lo perdido: un café con los amigos, un asado con la familia, un polvo que me desempolve los discos, una cerveza fría en la tarde, una escapada en la mañana hacia un horizonte, un regresar a casa, un libro, un cuento que contar, un día de pereza con mis gatos y una tarde de juegos que haga que la risa me marque el abdomen; y un abrazo de todos los que, por alguna razón, al recordarlos me siguen haciendo reír. Me voy a dormir pronto, porque quiero empezar pronto como mi abuelo, buscando mis cabañuelas.

Luces

A Iván siempre le han gustado las luces. Desde bebé gateó siempre hacia ellas; le parecían llamativas, como a todos cuando el mundo es nuevo: aún no se sabe que todo lo que brilla no es oro. Uno se deja deslumbrar y va tras todo lo que titila y todo lo que devela, como las moscas y los zancudos, como Ícaro. Iván viajaba directo al centro de lo todo lo que alumbrara, que le ofreciera calor y lo entretuviera; difícil juzgarlo: es un sueño el atrapar el sol con las manos.

Ese gusto se desarrolló con el tiempo. Perdía la concentración ante una buena alteración de luces; no espabilaba, perdía la capacidad de comunicarse y solo podía contemplar lo que pasaba. Las luciérnagas fueron durante años su animal favorito; no le importaba que le dijeran que era un insecto y no un animal: le gustaban lo suficiente para elegirlas siempre. Ese mismo amor le llevaba a oprimirlas, a correr en el césped alto con una botella vidrio y juntar cuantas fuera posible para que iluminaran su noche. Había otros insectos: helicópteros, hormigas, libélulas; les temía porque se las habían presentado como mata caballos. Difícil de juzgar que un niño le tema a un insecto con ese nombre; difícil juzgar a un niño por no comprender que acumular lo que le gusta puede acabar con lo que le gusta.

Iván creció, y en las noches las luciérnagas estaban ausentes, pero las colillas brillaban: el pucho, el porro, alumbraban ahora en sus pupilas. Había aprendido la lección: mucho no era mejor; mucho era bueno; mucho no valía la pena. Le resecaba la garganta y perdía cadencia en sus pensamientos. De las luces había que guardar cierta distancia para no perder las luces: demasiado cerca encandila; el fuego es bello, pero muy cerca quema… Sabía que no era culpable de la desaparición de las luciérnagas, pero aun así sabía que no era inocente ante su ausencia.

Era, a su estilo, en un navegante, aunque muy distinto. Los marinos se guía por la luz para alejarse de ella, de sus riesgos como antes lo hacían los marinos con las sirenas; él, en cambio, sucumbía ante la belleza de sus destellos como ellos antes ante la belleza de sus cantos, y se abalanzaba sin dudar, acelerando y sin mirar atrás: siguiendo un instinto casi animal; siguiendo, dirían muchos, la línea de su destino del que parecía no poderse alejar. Siempre encontraba una forma de meterse en aprietos, siempre encontraba cómo acercarse, siempre encontraba cómo estirar lo suficiente la luz para eclipsarlo con solo un dedo. Verlo daba un poco de angustia; con pocas personas uno entiende la fuerza de gravedad como con Iván porque, sin importar lo bien que parecía estar haciéndolo, sin duda lo arruinaría todo en un abrir y cerrar de ojos.

Cuando su mirada se cruzó por primera vez con la luz roja de los burdeles, él sintió ese vértigo que le corría el piso. Se sintió cerca de una cornisa; pudo mirar hacia abajo e imaginar la caída: el viento rozándole la cara, el corazón latiendo a una velocidad desmedida y el vacío en el estómago de quien pierde el soporte del mundo y cae sin esperanza alguna de asirse de algo; quien caer sonriendo; quien cae con la conciencia de haberse arrojado por la adrenalina sin esperar sentir el golpe seco nunca, solo el túnel vertiginoso de viento que lo conduce a otro lugar.

Cuando entró, la luz azul y morada del túnel lo invitaban a seguir avanzando y los rayos verdes giratorios le prometían un lugar maravilloso. Las bolas de luces reflectantes lo llevaban a perseguir otros destellos, otros brillos. Estaba extasiado y le costaba contenerse. Las luces neón hacían que todo se viera diferente: las líneas de la pintura reflectiva acompañando los movimientos de los cuerpos; el burlesque y las zonas ausentes de luz; el agua; el sonido. En ese momento, para Iván el mundo se dejó de existir: le pertenecía ahora ese lugar y se sentó frente al escenario, con la mirada y la boca abierta al ver un letrero que lo hacía sonreír.

—¿Puedo ofrecerte algo? —le preguntó una mesera.

—Sí —dijo, señalando el letrero—: “Se busca ayudante”, decía. Al levantar la vista vio que ella lo miraba directo a los ojos.

—Parece tener lo que se requiere. No se ha dejado distraer por mí ni por ninguna otra chica —dijo con un tono que develaba que eso la ofendía—.

Era bella; su cuerpo merecía ser visto, observado, contemplado, y más bajo esas luces.

Él sonrió; en sus ojos había un brillo que le hacía morderse la boca.

—Iván —dijo él—, mucho gusto.

—Lucero —respondió ella—.

Sígame; veamos qué puede hacer. Al escuchar su nombre, él supo que nunca iba a olvidarla.

Quereres

Querida, yo quería quererte, quería que quisieras quererme y quería que querernos fuera suficiente. Yo de verdad lo quería, pero no sabía que con solo quererlo no bastaba. Quisiera haberlo sabido desde antes, para evitar esa sensación de vacío que quema, porque qué quilombo quererte tanto y que no alcance para nada, y que uno se sienta entonces malquerido.

Quise antes, quise de otras formas y juro que creí que ahora quería distinto, que quería bien, mejor, más cariño, mejor cariño, pero aún quisquilloso y quejumbroso. Qué curioso que con solo mejorar la forma de querer no baste, que también haya que querer ser otro. No quiero serlo, no quiero dejar de quererme por querer, no quiero querer ser otro para que me quieran. Eso se los dejo a quienes quieren que todo el mundo los quiera. A mí conmigo me basta, contigo hubiera sido quizá perfecto, pero… pero y quizá son buenos amigos, se quieren quizá más de lo que nosotros alcanzamos a querernos, y al final ganaron los peros, los quizá de los que ni siquiera eran quienes al anochecer te decían: te quiero al oído.

Querer… querer, es una ilusión progresiva en la que quienes quieren caen en busca del cariño que quieren tener, pero que, por más que quieran alcanzar, nunca terminan siquiera cerca de donde querían llegar. Uno quiere querer y que lo quieran, y quiere que ese querer crezca, quiere que ese querer quiera, pero si alguno de los dos flaquea, el querer se agrieta, se quiebra, y entonces quema el pecho y la pena.

Todos hemos sido ese cariño que quiso que le quisieran y también ese cariño que quiso querer, porque todos somos ese ser que simplemente quiere acurrucarse en el cariño de quien lo quiere para acostarse a dormir. Yo también quise quererte, yo también quise que me quisieras, quería querer quererte, quería creer que me querías. Al final, los quereres rizomáticos y repetitivos crecen solos, sin querer ver mucho al otro, y entonces el cariño recibido quisiera que tuviera un poco más de ahínco, quisiera que su querer fuera más grande, que tuviera más equilibrio, que cumpliera más requisitos de quienes ven, juzgan e imponen cómo debe lucir el querer de quienes se quieren. Y qué fácil es entonces ver pequeño lo que el querido reunió con tanto esfuerzo, qué tan fácil es quitarle el dulce al niño que, habiéndose armado de valor, quería crecer para dejar de ser el que llora solo porque necesita cariño.

Es que con querer no alcanza, y quien quiere con solo lo que tiene suele creer que el querer todo lo puede. Créeme: se queda corto, créeme: se rompe todo, créeme: querer por querer es querer que el querer lo llene todo. Pero no hay querer en el vacío, no hay querer en el indeciso, no hay forma de que quien quiera pueda hacerlo queriendo por completo si lo hace solo por querer lo que otros ya han querido: la casa, el carro, la beca, el hijo y el cariño del que nunca fue parte, aunque en el fondo siempre lo quiso.

Y entonces quieren olvidar lo querido, quieren quitarse las heridas de lo vivido y quieren quizá no haber perdido, quizá haber aprendido. Y quieren creer que quizá es cosa del azar o del destino, pero quienes apuntan con un poco más de tino saben que el problema está en querer a quien se quiso, en querer como se quiso y en querer a quien te sacaba de quicio. Y quisieras que quizá todo hubiera sido distinto, pero son quereres que querían quererse hasta completar su ciclo. Quizá sea cierto, quizá quererse y querer sin querer que nadie apruebe lo que se quiere sí sea prerrequisito para poder cerrarle la boca a esos que, cuando ven a dos que se quieren sin morderse la lengua, designan que habría que quererse distinto.

Coincidencias

Si ella no se hubiera movido en ese momento hacia la derecha mientras que el ponente caminaba hacia él, él no se hubiera movido hacia la izquierda para ver detrás de él la pantalla con la gráfica que necesitaba ver, y entonces no se hubiera cruzado con esa mirada, con esos ojos acaramelados. Pero ahí no paraba la ruleta: ese momento había sido simplemente otro de los micromomentos que se habían dado para que eso pasara. Si su compañero no hubiera renunciado, él no hubiera ocupado su puesto en la conferencia; si además no hubiera alzado la mano en una reunión, o si hubiera ido a la oficina el día que todos estaban resfriados; si el ascensor no se hubiera cerrado cuando estaba en el torniquete evitando que llegara un poco más tarde de lo previsto; y si no se hubiera sentado justo en esa silla… si algo de esa gran cadena de “algos” se hubiera alterado, no estaría ahora viendo sus ojos de caramelo, no se estaría sonrojando ni olvidando de ver la gráfica que necesitaba ver, y habría evitado sentirse atrapado por ese iris dulce y pegajoso que ahora lo dominaba por completo.

Ella lo nota, sonríe, y tímida aleja su mirada. Tímida y dulce, ella no lo sabe, pero el corazón de él se altera. Parece en calma; su mirada no la incomoda aunque no deja de verla, sin saber que él aún no reacciona y no puede dejar de verla. Él nota su risa —por fortuna también su tranquilidad—, siente que la cara le arde, siente un impulso, una especie de bola de nieve que se aproxima al borde de su cordura y lo deja ahí, justo en frente de su locura, y le ruega, debatiéndose sobre si empezar a rodar, a tomar velocidad, a invitarla a contarse sus vidas con cartas, a escuchar música cada uno con un audífono mientras caminan en la noche. Quiere abrazarla por la espalda y apoyar su cabeza en ella y decirle que, por alguna razón, siente que quiere quedarse allí, en ese momento, que no quiere soltarla, que tiene miedo de soltarla, pero que tiene que soltarla… Nada es de uno si lo demás no es de ellos; para tener hay que sostener la libertad a la que se renuncia. Lo sabe y lo entiende: quiere quererla, quiere que lo quiera; por eso no puede dejar de verla, por eso no deja de verla.

Si la pierde de vista siente que estará fuera de su alcance, igual que un niño se rehúsa a dejar de ver el firmamento tragarse un globo de helio, e intenta perseguirlo cuando la luz lo ha cegado, cuando la inmensidad lozana de un azul claro lo devora. Ella lo nota, lo nota aún inmóvil, con los ojos brillantes que tiene uno cuando ve algo que lo sacude y hace que no sepa si es uno; lo nota y le parece divertido verlo; se sonroja también al verlo viéndole, y contra todo pronóstico le hace una mueca tierna.

Por fin reacciona: se ríe, le ríe, mira a la pantalla y a ella, al speaker y a ella. Siente calor, se afloja un poco la corbata, está inquieto. Piensa torpemente que es evidente, que todos los que hayan visto su mirada perdida sabrán lo que ha pensado. Se siente expuesto y ridículo —más lo segundo que lo primero— porque, aunque lo piensa, sabe que no es posible, que ni siquiera ella lo sabe. Pero el corazón se lo grita, le quema, le palpita y lo burla con una arritmia marcada. Se ríe de sí mismo, nerviosamente, le sudan las manos. Ojalá se llame Margarita, piensa, para dedicarle la canción de Fito, para recitarle un día al oído “yo me quiero ir a la luna con vos… vos me hacés feliz, Margarita, mi amor”. Pero ve la escarapela encima del vestido y ve que no es Margarita su nombre. No importa, no le importa. Quiere estar cerquita a ella, desnudo sobre ella, y recitarle muy pasito al oído esos versos; ya verá qué sucede con el ritmo o la conjugación.

La charla termina. Él brinca de su silla, se mueve hacia ella. Ella lo ve y no lo evita, lo espera y lo asalta:
—¿Nos conocemos?
—No —responde él—. Eso es lo primero que tenemos en común —le dice y se ríe—. Qué coincidencia, ¿no cree? —dice mientras le mira los ojos acaramelados.
—Qué coincidencia —dice ella, mientras mira sus ojos negros.