Quedarse corto

La vida entera ha sido eso, cerca, pero nunca ahí, los cinco centavos pa’l peso siempre presentes, no hay felicidad completa; le dicen a uno que ni siquiera le ha alcanzado para una tristeza digna, que le ha tocado toda la vida sorber mocos porque no le alcanza ni pa’ los pañuelitos, uno que ha caminado por no pasar la vergüenza de pedir, o por miedo, la vergüenza de que le digan que no, uno que aprendió que al champú se le echa agua casi a fin de mes, que el rollo del papel higiénico a veces sirve de papel higiénico, a uno que lo han querido solo como amigo, a uno que le han dicho tantas veces “con lo que sos no me alcanza”, a uno que escuchó de chico “cómetelo tú, yo comí algo en el trabajo y vengo llena”, a uno que conoce la sopa de letras, a uno le quieren decir que la calle está dura… como si fuera algo de ahora, como si fuera solo la calle, como si no fueran los corazones, las bocas, las billeteras de los que tienen las que se endurecen.

No es la moral la que se ha perdido, es la sensatez y la razón. La gente habla de la calle como si la conociera, como si recorrerla fuera lo mismo que saberla caminar; la gente piensa que uno le daba vueltas a los centros comerciales por gusto, como si uno hubiera aprendido a compartir por justo, como si no hubiera tenido que sonreír en cada almacén después de decir “yo doy una vuelta y vengo”, sabiendo que no se iba a volver, porque ni con el 50 % alcanzaba; como si no hubiera desgastado zapatos haciendo domicilios en una unidad cerrada dejando la juventud a un lado para ver cómo la plata se la daban a otros; como si no hubiera recogido botellas para canjear en las tiendas los depósitos; como si no hubiera montado uno en una bicicleta rosada, porque a lo regalado y lo heredado no se le mira el diente; como si no hubiera escuchado eso de “igual el pie le crece” mientras le aplastaban la punta a los zapatos. A uno lo miran a los ojos y le dicen: “No hay modo, ahorita no, mono”.

La calle no está dura, la calle no entra en un estado específico, la calle es dura y el blandito es uno, y más cuando a uno le gusta el arte, más cuando uno vive de grafitear muros y de hacer malabares, de cuando intenta pintarle una sonrisa a la puta ciudad y lo único que recibe es una mirada de mierda de gente condescendiente y segura de sí misma. Dante no llegó ni cerca: debe haber un décimo círculo reservado para esos que creen que el dinero les da la razón, para los que no cuestionan, para los que subestiman, subvaloran, para esos hijos de puta que suben la ventanilla cuando camino hacia ellos con una sonrisa…

El corazón se parte, resquebrajado como pintura en pared al sol y al agua. Uno aguanta tanta mierda intentándolos hacer reír; duele tanto como la ausencia de la mamacita que una noche te miró a los ojos y, mintiéndote, te dijo que no le importaba a lo que te dedicabas, que ella iba a estar ahí, que era la libertad la que la enamoraba. Todo bien, que entre mentirosos no nos reconocemos, pero la carne es débil y más con una boquita de esas en frente, y uno le dice que sí sabiendo que va a pasarse una buena parte de la vida queriendo haberle dicho que no.

La calle es así, la vida es así, no está, es dura, difícil y cuesta arriba, y más si uno nace en esta parte del globo donde en los 90 nos dijeron que éramos países en vía de desarrollo, donde hay riqueza por explotar, vidas por explotar, hambres por explotar. Porque uno con hambre camella el doble, porque uno sabe que es mejor la goterita que el chorro, que hay que hacer de tripas corazón y que en un país de estos siempre hay algo pa’ hacer, pa’ ser, que se puede vivir… no, no vivir: sobrevivir. Porque para vivir la mayoría nos quedamos cortos.

Fuera de la foto

Beto toma fotos, lo hace buscando una belleza única y particular en cada una; es consciente de que lo que tiene delante son cientos de posibilidades, así que afina el ojo e intenta encontrar y contener la escena. Con los años Beto ha aprendido a hacerlo bien, sabe que una buena foto requiere olfato y tacto, que quizá lo que menos importa es tener buen ojo. Los que piden buen ojo no quieren la verdad, sino algo que se le parezca, algo igual de posible pero velado.

Ha tomado muchas fotos, disparado muchas veces, ha visto alegatos convertirse en sonrisas, ha visto odio transformarse en amor en un segundo, ha logrado que el miedo parezca calma, sobre todo en eventos sociales, en matrimonios y bautizos, en bodas de plata y de oro, fotos que no valen ni plata ni oro.

Duele convertirse en un maquillador forense detrás de una cámara, pero ha aprendido a hacerlo. Sabe que en días así, se necesita un ojo inquisidor, dictatorial, que recorte trozos de la realidad frente a él. Apunta a los ojos cobardes de quienes retrata, se congelan, ponen todo en pausa, posan y sonríen. A través de su pequeña mira enfoca, y aquello que les resulta incómodo de confrontar se convierte en un registro protocolario e ilusorio de una felicidad inexistente pero cómplice, con solo mover los dedos y variar la telescópica percepción crean algo para mostrarle a esos que opinan y aplauden. Enfoca y desenfoca antes de obturar: la cámara no retrata la cámara modifica y edita. A veces es difícil de recordar, a veces se nubla la vista y creemos que lo que está enfrente fue todo lo que había enfrente. No lo fue. Muchas veces nunca estuvo ahí.

Algunas cosas no pueden considerarse casualidades. No es intencional que aquellos ojos cobardes supliquen al verlo pasar con su cámara al cuello. Quisiera no verlos, quisiera evitarlos, quisiera que esos ojos idiotas e incapaces de verse en una foto siendo como son, como realmente son nunca lo vieran, pero falla, siempre logra sentirlos clavados en su cámara, listos para fingir. Un duelo digno de pistoleros, un duelo fatal, letal: su falsedad se desenvaina más rápido que su dedo. Y al ver la foto, esos ojos cobardes no ven aquello que no se les señala, aquello que, con un poco de calma, de intención, es evidente. El ojo no ve porque el ojo no mira, no indaga ni cuestiona: se escudan detrás de un abrazo tenso, de una quijada trabada. La foto ha porcionado la medida exacta de mentira, maquillado lo suficiente aquellos cuerpos como para que parezcan vivos al verse, al tocarse, al besarse… parece que lo hacen, él sabe que no es cierto.

No, no es nunca la verdad lo que vemos: es solo la idea de la verdad de un ojo, porque incluso el otro se cierra para no ser cómplice de la falta de tino. Es curioso: hay más enfrente y más personas en frente, hay testigo de cómo actúan antes de que la cámara se pose sobre ellos, pero todos comulgan ante la prueba que valida el recuerdo: se ven felices juntos, se ven bien juntos, están felices, chochos, el futuro es una promesa posible. Beto sabe que no. Por eso odia los eventos sociales, porque ensucian lo que ama: la verdad, la belleza que hay en quien sonríe ante un recuerdo y no ante un diafragma ni un obturador.

Beto ha aprendido a ser un fotógrafo furtivo, a la caza de los momentos. Pero plata es plata, y las bodas de plata pagan bien, las de oro también; los rollos no se revelan solos. Necesita la plata y se convierte en cómplice de sus cobardías.

De cada fiesta una o dos fotos valen la pena. La gente miente, y miente más alrededor de la gente que miente para condicionar a los que no lo hacen. La gente juzga, la gente es miserable. Nunca escucharon a Néstor decir que ninguna experiencia humana es inferior a otra experiencia humana, y en su miedo de ser juzgados por esos ojos que bien conocen, porque constantemente afilan, homologaron una mentira, un deber ser, y desde allí opinan y arruinan las verdades divinas. No hay un solo camino, y nunca lo hubo, y no se trató nunca de encontrarlo. Pero mienten, se mienten y gobiernan mintiendo.

Todo eso está fuera de la foto, cuando la novia mira a su novio y no encuentra a su amor, pero siente las sonrisas de sus invitados aprobando la desdicha. Ahí Beto cierra ambos ojos y se deja a sí mismo fuera de la foto.