Ni la sombra

Camina mirando su sombra, como si sintiera los dedos dentro de su zapato conectarse con ella. Se mueve para verla contonearse, casi con la misma atención que le gusta ver su imagen deformada en el agua y la difracción de la luz convirtiéndole el cuerpo en ola. Sonríe mientras lo hace; le gusta no ser ni la sombra de sí misma y, al mismo tiempo, ser contenida por ella. Le gusta que trae consigo su pasado, loquita pero buena muchacha, y proyecta con ella su futuro, fuerte como un rugido o un trino en el bosque, retumbando adonde llega, agigantada y abrumadora, poderosa y casi sin límites, a menos que se acerque mucho al sol. Ese es el error, piensa sin decírselo a nadie: acercarse demasiado a la luz quema, enceguece y apacigua; hay que dejar que la luz te dé, pero no que te absorba. Es peligroso: te reduce a un puntito debajo de tus pies.

Cuando camina de esa manera, viendo su sombra, sonríe como solo la soledad sabe hacerlo: con un dejo de confianza, con una autenticidad única. Uno no puede huir de ella, debe contemplarla. Quien la ve sonreír así, sin saberlo, ha presenciado un momento de libertad y pasión, un murmullo de su canto, y no sospecharía nunca lo difícil que es para ella hacerlo de manera consciente. Le teme un poco a esa calidez que la provoca, le teme a la presencia de otro que captura la imagen y trata de anclarla a ella. La felicidad, dice, es algo íntimo y no se le comparte a cualquiera, y a la libertad de ser libre no se le renuncia nunca ni se le posa; es una fracción de ella y, si alguien colecciona demasiadas, podría juntar todas las partes y tenerla. La idea la enternece y la aterra: qué miedo quedarse sin lugar para estirar las alas.

Por eso le gusta la sombra: se escurre fácil, rápido, y desaparece de repente si se le acosa o se le persigue con demasiado ahínco. La luz debe filtrarse entre hojitas, entre los dedos; debe dibujarte y moverse con vos, piensa viéndose hecha sombra, viéndose moverse y deformarse, levantarse y jugar con todo lo que la rodea, rodear todo lo que la rodea, recorrer todo lo que intenta obstaculizarla. Me gusta ser sombra, piensa, dice: me gusta ser sombra. Sonríe, pero no puede ver su sonrisa; lo sabe no porque los pómulos se le retraigan y un par de hoyuelos nazcan en ellos, no: lo sabe por cómo se mueve. Todo su cuerpo parece vibrar como la cola de un gato; todo le recuerda que no cabe en su cuerpo, que necesita expandirse, que quiere estirarse hasta sentir que se sale por sus poritos; un porrito sería la forma usual, pero está high de alegría y funciona igual, brota de sí misma y, como una enredadera bien agarrada, se trepa por su felicidad y se desborda, un ojito de poeta que crece y lo cubre todo; hoy se siente así, y camina así, y brinca entre cada paso para ver su sombra encontrarse con sus pies.

Piensa en estar descalza, desnuda, en la sensación de sus patitas con el piso caliente, con la sombra fría, con ser su propio refugio, con enfría donde quiere pisar, en ser y hacer su puente adonde vaya. La idea la emociona y, aunque el sol le golpea la espalda con fuerza, ella no mengua en su alegría ni en su idea de disfrutarse; para eso está el protector solar, piensa, y no se inmuta.

De fuera parece infantil y torpe; de lejos se ve un poco ridícula mientras juega con una colita de su cabello y brinca, baila, se estira y se enreda en su propia sombra. Está loca o drogada: seguramente muchos simplifican lo que ven y, en su acostumbrado papel de custodios de la normalidad, dictaminan que su rareza es desfachatez, sin intuir que su alocada felicidad es, por el contrario, una celebración, reflexiona, de un buen día en medio de unas semanas de mierda. Es un oasis en medio de una tormenta constante, de un dolor punzante y de una sensibilidad estimulada. No le conocen ni la sombra y no le reconocen ni siquiera el intento, pero a ella no le importa; sabe lidiar con la idea de salirse de sus formas, es feliz, como Peter Pan cuando cose la sombra bajo sus pies, porque puede volar de nuevo a un espacio donde el pasado, el presente y el futuro se funden bajo sus pies y le dan profundidad a su sombra.

Eclécticos modernos

Mi novia es bruja —dice Ricardo mientras conduce por un puente oscuro—, bruja blanca, no se asuste, dice. No sabe que Antonio no se ha asustado, pero sí ha despertado; ha salido del ensimismamiento, de la trivialidad de su pregunta, de la cotidiana normalidad con la que se hacen. La respuesta lo agarra fuera de base; le gusta, le gusta salirse de sí mismo, de su cabeza; le gusta además cuando es por algo que parece sacudirlo…

La conocí en un jueguito —le dice—; era novia de otro amigo, pero él no la trataba como la trato yo, dice orgulloso. Está contento. La fe es eso: creer en lo que te hace feliz, lo deja en paz y no le dice nada, aunque piensa: qué loco está el mundo; él, un punkero anarquista al servicio de la publicidad digital en la era de la inteligencia artificial; él, un bucanero moderno enamorado de una bruja blanca; el steampunk resultó más conceptual que artístico, una pena… Su viaje ahora es ensoñación: duda de la realidad que se le presenta, de sí mismo en ella, pero está sobrio, lleva meses sobrio, espera solucionarlo pronto; albatros, ala triste, va de regreso al nido.

Un sombrero de ala ancha, de medio lado, lo recibe, lo saluda, lo hace pasar; silba, pero no hay respuesta. La kakatúa violenta no ha llegado; no tarda en llegar, en asomar el pico colorido, en alegrar el cuarto. Es siempre así: bohemio, colorido, jazz, humo, güisqui. Cuando entra se saludan, se abrazan, se reconfortan; menos mal está este en el mundo, piensa; menos mal no han dejado de agitar las alas los que tienen fuerza para volar, piensa. Ofrece una pola, promete un libro y se apoyan en las historias como un par de muletas, y se cuentan la vida, los desamores, los desaciertos; se juega con la palabra, con el tiempo, con la noche, qué noche. Quiere contarle de su viaje extraño en un corsario embrujado; no encuentra el momento. Beben, se abrazan, se enchilan, se saludan, juegan: el mundo es mejor por un rato.

“¿Hace cuánto no lloras?”, parece la pregunta, porque no deja de hablar de cómo lloró hace poco en un concierto. “¿Hace cuánto no coges?”, pregunta, porque cuenta la historia de cómo perder dos amantes con un cuento. Las respuestas no responden a preguntas; nunca se realizaron, pero las risas que generan agradecen la apertura a contarlas.

En este nido, belleza y gallardía no falta: entran, revolotean, saludan; son tan únicos en su forma de ser. Por eso la gente observa aves, piensa, pero no se los dice; piensa que sus ojos brillantes deben bastar, deben servir para decir: nunca dejen de batir las alas. Hablan de música y músicos, de películas, de teatro, de obras, de llantos; qué lindo trinan los que hablan con el corazón.

De repente, una sombra en la puerta aparece. La kakatúa sonríe:

—No es por picármelas —dice una voz aguardientosa, algo torpe y alicorada—, hermoso, te amo, tan bello, ¿oíste, pere, pues? No es por picármelas, pero yo he sido de las riquitas de este barrio; en mi casa hay camas Luis XV…

La mira y piensa: ¿qué le pasará hoy al tiempo y la ficción?, ¿por qué me da tanto hoy?, ¿por qué me sobreestimula de esta manera, cuando tiene tan poco que ofrecerles a cambio? Asimov haría algo hermoso con esto; Cortázar encontraría la forma de hacer un cuento que no te diera oportunidad en el ring, pero me lo tiran a mí enfrente. Creo que Rivas o Betancur podrían hacer algo con más calle, pero tampoco están ellos allí: está él; le va a tocar ensuciarse las manos.

—¡Una pola! —grita, tratando de contonear la cintura imaginaria que posee.

—Es ecléctica —dice.

Él asiente; piensa: hay gente poseída por la estética de las casas que habitan; en un barrio como estos eso es oro puro, creadas en la bonanza con una estética caprichosa, más parecida de lo que quisieran aceptar sus dueños a las colchas de retazos que alguna vez cubrieron sus cuerpos, o los de sus padres. Corrieron para alejarse de una pobreza económica y saltaron para zambullirse en un mar de ideas difusas; la marea los marea, y a todos quienes las navegan parece pasarles lo mismo: un vaivén de historias que casi comienzan y casi acaban; una persecución en Japón, la lavada de un baño en Malasia, la alegría de una visa casi obtenida y mancillada por un porro esotérico; el regreso sumiso y sometido; las enaguas de mamá aún abiertas ofreciendo cobijo para quienes las necesiten; y una pelea aún por aceptarse, perdida en la grandeza que una vez pareció prometerle el lugar que habitaba.

Es hora de huir, de escapar de su mirada confundida, dice Kakatúa, justo después de comprobar que en su negación de la realidad cualquier imaginación es posible: ha dicho que él es su padre; él no lo ha negado, ha entendido la sutileza de la prueba, y ella no ha dudado un solo segundo. Ante sus ojos, las alas se le acortan, la cresta se le alza, el pico se retrae, y como otra Kakatúa aparece ante sus ojos.

Cualquier realidad es mejor que la habita; hay que partir transformados. Nos montamos en un carro y recorremos un mundo ajeno del que alguna vez fuimos parte. Los perros duros no bailan, los tipos duros no cantan; por fortuna ni lo uno ni lo otro los condiciona. La noche está joven, está un poco loca; hay que brindar por los eclécticos modernos: ellos, en lo suyo, como cómplices y compinches, ellos también son parte.

Cabañuelas

Los finales siempre me han parecido un tanto aburridos. La gente está cansada cuando se acerca el final; se puede estar agradecido, se puede salir a tiempo y hacer algo decente por uno mismo, sin embargo, siempre hay una nostalgia en medio de todo. Aunque tarde o temprano siempre llega, uno sabe que se aproxima, que tiene el tiempo encima, y entonces la gente mira un poco al piso y se concentra en todo lo que no fue, en todo lo que no pasó, en lo que no vendrá, lo que no tiene, lo que no se cumplió… Solo en ese momento se permiten contemplar todo lo que les sabe mal.

Se bañan, se peinan, se ponen ropa interior amarilla y se ocultan debajo de las mesas, escriben lo que quieren dejar atrás y se atragantan con 12 uvas: algunas simples, otras congeladas y llenas de vodka y tajín, otras reemplazadas por fresas o cerezas para comerse hasta la última del pastel… Entonces suenan las 12 campanadas, se abrazan, se arrojan lentejas de los bolsillos, se encienden los deseos y se acuestan ebrios de esperanza, de ilusión, de un comienzo mágico.

Va a pasar en unas cuantas horas, pasa cada año, y uno solo tiene dos opciones: el hastío o la ilusión; o hastiarse de la ilusión, dejarla atrás, de lado, echarse a muerto con todo… Prefiera esa con un poco de hielo, con un saborcito fuerte, ahumado y seco. No me gustan los finales; por eso, cuando llegan, no los evito: los miro de frente, a los ojos, dejando que sepa que sé que se termina. Frente a mi reflejo y por su bien brindo; una especie de ritual que ha evolucionado para evitar ser visto hablándole al espejo. Lo bueno comienza, lo que importa apenas comienza, el final no cuenta, lo que pasó ya no importa; duele, pero no importa. Te puede llenar de rabia y aun así no importa; te puede hacer nudos en la garganta y el pecho y aun así no importa. En eso pienso: el presente es breve, casi imposible de apreciar, así que abrazo como ellos, me como las uvas, con tajín y vodka por fortuna, y pienso, como decía mi abuelo, pensando siempre en el trabajo: me voy a dormir porque mañana debo estar atento a las señales.

Las cabañuelas le dirían cuándo sembrar y cuándo recoger, cuándo cuidar más el campo y cuándo ararlo con más fuerza. Me gustaba esa tradición de irse a dormir, no con la seguridad de un mejor mañana, sino con la intención de prepararse mejor para lo que viene. Así que, como él, me despido y parto, pensando en esos doce días, en ese plan que debo seguir, en esas metas que debo perseguir: a la próxima no tendré tanto cuidado; con la próxima no me haré tanto a un lado. La próxima oportunidad debe sentirme, debe ser capaz de presentirme, debe temerme cuando me sienta cerca y saberse perdida cuando sienta mis ojos posarse sobre ella. Deberá saber que ha sido tomada; entregarse aun sin garantías, exigir garantías de por qué hacerlo. Lo hará porque quiera, porque se le cante, sin estarme buscando, sin haberse prometido prometerse.

A la próxima no habrá permisos ni disculpas: no habrá silencios ni turbas, no habrá mezquinos entrometidos dictando el camino que debe recorrerse para cumplir un sino. No habrá un mapa de los sueños donde ser tachado, ni un espacio incómodo y aprisionante donde hacerse para reemplazar lo perdido: un café con los amigos, un asado con la familia, un polvo que me desempolve los discos, una cerveza fría en la tarde, una escapada en la mañana hacia un horizonte, un regresar a casa, un libro, un cuento que contar, un día de pereza con mis gatos y una tarde de juegos que haga que la risa me marque el abdomen; y un abrazo de todos los que, por alguna razón, al recordarlos me siguen haciendo reír. Me voy a dormir pronto, porque quiero empezar pronto como mi abuelo, buscando mis cabañuelas.