Exilio

A doce pasos se pactó el duelo. Los dos se dan la espalda, los talones se tocan, las espaldas, la cabeza de uno, el bajito llega solo al cuello del otro y comienzan a contar.

-Uno- dice quien oficia de juez y ambos dan un pequeño paso al frente, milimétricamente calculado, poniendo el talón derecho frente a la punta del pie izquierdo. El bajito piensa que su estatura le juega en contra, y por eso en cada paso prolonga y estira los dedos para que el pie gane más distancia; el otro solo da sus pasos.

-Dos- dice de nuevo quien imparte la norma, el acto se repite. Al llegar a doce giran, se miran, calculan la distancia que deberán dar sus pasos ahora al acercarse y dice el alto: Pico, queriendo decir realmente, no tenés oportunidad y el bajito responde Monto, no vas a ver una hoy, Pico son unos enanos inútiles, Monto ya sabemos a qué juegan. Cada número, cada Pico, cada Monto, tiene desprecio, se odian. Y caminan diciéndoselo con las miradas, va a haber pata, van a calentar el partido, piensan que en medio hay 20, 10 y 10 de la misma escuela, que van a terminar juntos, titulares y suplentes.

El profe está enfermo, el juez es un cualquiera sin autoridad. Va a haber sangre, el potrero y la pelota están riesgo, la quieren manchar de entrada. Pico, se acercan Monto, se presienten, Pico no hay vuelta atrás, lo que siguen son los despojos, sin preguntar, sin poder elegir, irán llamando uno a uno a tomar bando y partido, la guerra es entre dos, pero van a lucharla 20 que no se odian, porque los dos que gritan además son los arqueros, titular y suplente y cada uno quiere ver al otro humillado.

Tienen las de ganar, si los tocan es falta, es penal, es gol. Mientras tanto los demás van a sacarse chispas, a raparse, a golpearse, aprenderán a sentir el odio como propio, tendrán nuevas rivalidades. Al odio de los dos se sumarán apellidos, se sumará sangre. De estos enfrentamientos habrá rodillas que no volverán a ser las mismas, ni tobillos que volverán a estabilizarse, y los únicos culpables observarán a la distancia los gritos, y los dolores.

Huele a carnicería, a aguasangre, casi puede verse la costra de la arena pegándose a los raspones en las rodillas, los codos y las manos, a dedo siguen llamando, enlistando, dando un papel para cumplir sin nada en qué creer. Cada uno cree que así están bien todo, ese es el papel que le tocó jugar, va un mes en el que los entrenos terminan así, hay 4 lesionados graves, y nadie se pregunta nada, todos vamos a nuestros puestos; anochece, no se ve nada al lado del potrero, una noche hambrienta se lo traga todo… y en esa misma noche nace la solución: la nada.

El balón rueda, llega a las piernas de el niño, el niño la pisa, levanta la cabeza, corren, se abren buscando las puntas, él mira todo, lo tiene claro, la pica, y de un solo golpe, la manda al exilio. No hay pelota para continuar, ni una gota de sangre se derrama, era suya la pelota, pero por botarla, le duele menos que las patadas que iban a darle.

Cántalo, cántalo

En el asilo era un día agitado y Laura odiaba los días agitados, pero era normal, con el tiempo había aprendido a odiarlo todo, además, de esos días detestaba también cuando llovía, y cuando sonaban las canciones que a Juan le gustaban, las que nunca dejaron de gustarle, las que ella algún día había tenido una play list que la acompañaba a todo lado, las que escuchaba a solas cuando quería sentirse especial.

Odiaba también las risas desbordadas que terminaban en carcajadas asfixiantes, la mueca que deformaba el rostro de quien las tenía, la sopa de tomate y la sopa de cebolla, las carnes y el café oscuro que años atrás disfrutaba con los ojos brillantes por poder contemplarlo, nunca se lo dijo, pero tenía la idea de que el café sabía mejor a su lado, por eso quizá con su ausencia, terminó también el amor por las notas margas, ácidas, achocolatadas, por el aroma y por la fragancia, por el sonido del café triturándose en su pequeño molino; con la partida de Juan había aprendido a odiarlo, a odiar el tiempo que tomabasu preparación, la inútil espera, la larga espera, no lo valía, simplemente no lo valía.

Era un día agitado en el asilo y todos sabían que Laura los odiaba, por eso lo disfrutaban tanto, sonreían, con esa satisfacción que solo puede brindar la venganza, con esa fría e inmutable sonrisa de cuadrito andrógino renacentista.

Incluso las enfermeras sabían que sufría y en esos días decidían que ella no necesitaba sus pastillas para los nervios, que había estado mejor, que podía disfrutar ese día en plena consciencia, para que cada dolor, doliera, para que cada incomodidad creciera hasta irritación, para que el enojo la consumiera.

En esos días no sacaban a Alegría de la sala, una lora vieja y desquiciada, el único regalo de compromiso que había conservado, una lora nerviosa que desde hace años había olvidado hablar y ahora se dedicaba a arrancarse las plumas, traumatizada según los vecinos por los gritos de dolor de Juan.

Ella No merecía menos, Laura había nacido en uno de las ciudades más apasionadas por el fútbol en el mundo, su estadio había sido reformado año tras año y en cada remodelación se agregaban las sillas de sus nuevos habitantes; el registro civil se expedía con la membresía del club, no había religión ni partido político, no había dios ni ley fuera de la cancha. Y en esa misma ciudad Había nacido Juan, un lateral como ninguno, tenía pulmones de hincha y una resistencia de maratonista; el paladar negro, negrísimo, prefería devolver la jugada dos o tres toques antes de patear si consideraba que el gol no se vería bien, o que a la jugada le faltaba brillo; cuando nació la ciudad buscaba un proceso de independencia porque no solo soñaba con un campeonato, su primer campeonato, sino con un mundial… soñar no costaba nada, no tenía por qué ser coherente así que soñaban. Soñaban con empezar la vuelta olímpica por la misma punta por la que él corría y desbordar de alegría como él desbordaba los domingos. Y todo parecía indicar que así sería, cómo jugaba, era un espectáculo.

Laura era igual, no había mujer que no hubiera clavado el codo en la costilla de su marido si en el camino se topaban con Laura, alta, con una sonrisa y una carcajada tan explosiva como su cambio de ritmo, con una cadera fuerte que le permitía caminar con una elegancia, una majestuosidad igual a la de Juan cuando inventaba rabonas y bicicletas, cuando la acariciaba a tres dedos y la veía curvarse, tan dulcemente, como la voluptuosidad de ella, justo en su punto.

Y la vida sería otra si en otra ciudad hubieran nacido, pero llegó el día en que lo inevitable decidió dejar de estar en la banca, y los enfrentó; ¡qué baile!, ¡qué baile!, ¡qué idilio los 3 meses!, la mitad de campeonato, porque si Juan era bueno, enamorado era increíble, que magia con la que se vestía la magia, el balón en sus piernas enamoradas no hacía extraños, sino gestos.

Pero un domingo en la cancha, la seguridad de Juan había desaparecido, no solo era su primer mal partido, se veía lento, humano, muy humano, nada de globitos, nada de lujos, ni siquiera jugadas hermosas, no había magia ni efectividad, el hombre parecía otro. Y nadie le dijo nada, sin embargo, el domingo siguiente fue peor y peor.

El hombre ya no era el hombre, y las malas lenguas comenzaron a culparla, Laura era la culpable, y mientras él fallaba, ella había perdido toda alegría. Un domingo en la noche la barra brava entró coreando a su barrio, y subió lentamente piso a piso la procesión de cantantes hasta llegar a su casa a exigirle a Laura la magia perdida.

—Cerrá las piernas calenturienta,
cerrá las patas, dejá dormir,
danos la magia y que el chico vuelva,  
soltá la pija y dejá dormir.

 Ante el abuso, explotó:

—La magia no solo falta en la cancha, en casa tampoco la mete, —gritó con tanto enojo que el barrio entero guardó silencio, y a Juan lo que le faltabaen miembro terminó por sobrarle en vergüenza.

Se fue sin intentar volver a pisar una cancha, se fue sin ella, y el estadio quedó en silencio, pero los domingos a las 3 pm, cuando el Continental, templo del fútbol, abría sus puertas eran días agitados, y la barra cantaba.

—Aquí no importa ser picha muerta,
aquí no importa el porvenir,
jugá conchudo, conchudo de mierda,
si sos la juana, rajá de aquí.

Juicio

Perder el juicio

Cuando el juez exclamó que encontraría qué había detrás de todo lo sucedido, nadie esperaba ver compareciendo con sus declaraciones a dos coroneles, a un ministro y al presidente.

El caos se apoderó de la ciudad, era inimaginable que todo terminaría de esta manera. La situación parecía no dar para tanto, asesinatos por intolerancia se vivían a diario, el odio era noticia y realidad aceptada socialmente, sin embargo la víctima nunca había sido alguien importante y quizá de allí derivaba todo el problema.

La muerte del ídolo del club del pueblo en los camerinos de su propio equipo había suscitado demasiados problemas, sin deporte la sociedad estaba alineada a su destrucción y cuando la muerte tocó la puerta de un referente tan grande, la única alternativa era implosianarlo: utilizar ese acto violento para acabar con la violencia.

El jugador había muerto a manos de sus compañeros tras perder un partido frente al antiguo club de Alberto, club del cual se había confesado hincha solo días atrás, esto hizo que todos perdieran la cabeza y tras la derrota el más pesimista y violento de nosotros no se hubiera imaginado un final tan macabro como el sufrido.

El juez, hincha secreto del club decidió tomar el caso como algo personal, no dejaría pasar esta afronta, le había dolido como a todos que Alberto se considerara un enamorado de su rival de patio, pero los tres goles marcados por él en dicho partido eran prueba fehaciente de su compromiso con el club, ninguno había corrido tanto, nadie había sudado la mitad en ninguno de los dos equipos, incluso se le vio llorando tras terminar el partido.

Él era inocente, la culpa sin duda alguna era de los medios que habían promovido el odio durante los últimos días y que ya habían sido condenados por su participación del crimen, ahora asistían ante él actores políticos que desde sus comunicados habían manifestado no solo su apoyo sino el compromiso que tenían los jugadores en un partido de esa importancia.

Todos los que estaban frente a él habían incurrido en errores, los dos coroneles habían dicho días atrás que solo un vendido, un traidor, causaría la derrota de su club favorito; el ministro había dicho que debía ser desterrado como todo traidor y no se le debería permitir jugar el partido; y el presidente, bueno sin duda se extralimitó al poner en tela de juicio incluso la nacionalidad de Alberto, al llamarlo a patria y retirarle las condecoraciones que se le habían otorgado por ser un orgullo nacional del deporte. Junto con ellas, –concluía el juez– le había sido arrebatado el orgullo, el respeto…

Todas estas acciones habían enardecido al grupo, las declaraciones que fueron repetidas al terminar el partido por el circuito cerrado del estadio incendió los corazones de los impotentes, los perezosos que tras escucharlas increparon a Alberto por su declaración, en medio de la cancha empezó la disputa, los golpes, nadie esperaba que aquellos compañeros que llevaban una temporada junto a él fueran a usarlo como chivo expiatorio, las graderías reservadas ese día para el local aplaudieron los golpes y alentaron la violencia.

Arrastrado por las piernas que los había acercado a la victoria, Alberto fue llevado hasta vestidores donde falleció entre cánticos y alegría. Los jugadores del equipo rival fueron quienes encontraron el cuerpo de Alberto… abandonado como un par de guayos viejos.

La acción había generado indignación en todos, la noticia causó suicidios en aquellos que reclamaron sangre, el operador de radio que puso las cintas fue el primero en comprenderlo y saltó desde su cabina al vacío. Los jugadores que participaron de la golpiza habían sido fusilados y ahora tras la aprobación inmediata de la Ley de crímenes de odio, sus autores y promotores lloraban y pedían clemencia, sensatez y mesura al juez que tenía sus vidas a un golpe de martillo.

El veredicto fue unánime y revolucionario, culpables de cada cargo, fueron conducidos a la sala de ejecución, el método elegido sería la horca. Los implicados y alguien más fueron guiados con bolsas sobre sus cabezas, un tirón a una palanca y al unísono los cinco cuellos tronaron, fueron declarados muertos solo 1 minuto después de la ejecución.

A la mañana siguiente una carta abierta del juez heló la sangre de la ciudad, en su texto el juez decía:

‘‘Ha de cumplirse a cabalidad el dictamen, muerte a todo aquel que por odio termine con la vida de otro y esto incluirá a los verdugos, para que quede más que la consigna, esta ley será escrita con el ejemplo, pues llevado por el desprecio a sus acciones y comentarios he tomado la decisión de incluirme en la lista de quienes fueron condenados a la horca, yo seré el quinto cuerpo que cuelgue como ropa sucia de aquella cuerda’’.

Desde ese día en la ciudad han muerto las riñas, los gritos se han ausentado de la cotidianidad… el miedo gobierna nuestras vidas.