Tradiciones familiares

Es domingo y un padre sonríe mientras cocina la comida favorita de su hijo, lo hace con cierta culpa: en el pasado no pudo preparársela tanto como le hubiera gustado, demasiado tiempo solo, pero la vida para él no ha dado tregua, hizo lo mejor que pudo con lo que tuvo, pero no lo sabe, no está seguro, cree que lo intentó, pero piensa que pudo haber dado un poco más, todos siempre podemos…

La cacerola es la misma desde que él estaba pequeño, le falta una oreja de acero que él quebró mientras lavaba el mismo día que la estrenaban en casa, ahora está mucho más hundida y tiene algunos quemones negros, pero el aceite hace su gorgojeo casi con el mismo regocijo con que él le amasa los buñuelos que le encantan, y cuando termine, meterá dos empanadas chiquiticas que adquirirán un poco el mismo sabor dulzón y que hacían sonreír a su muchacho cuando aún era su muchacho.

Amasa y da forma a esas pequeñas bolas con una delicadeza ajena a sus manos calludas y toscas, llenas de cicatrices y de bultos, pequeñas formaciones carnosas que custodian la herida ocasionada por alguna astilla o por cortes, manos muy duras, sus hijos las recuerdan bien toscas y firmes, eran correctores de postura, hábiles y creativas para ayudarles a hacer tareas y firmes y recias para evitar desvíos y malas costumbres; como todo padre, ha olvidado el uso que les daba, caricias en todo caso comparado a cómo él conoció la disciplina, con un zurriago que mantenía remojado papito Luis y, curiosamente, siempre a la mano; él no ve nada en sus manos, los hombres simples como él no reconocen sus obras como obras, no le importa lo que queda de él, solo lo que es, aunque no sepa definirlo.

Una olla pitadora resopla en la cocina y aún el sol no se asoma, la carne dura ya ha dejado de estarlo y es el momento perfecto para desmecharla y juntarla con ese guiso que le encantaba a su muchacho cuando aún era su muchacho: tomate, cebolla, ajito, un poco de picante dulce y, como ya no es su muchacho, un poco de picante picante; es uno de esos momentos que le dicen a un padre que se está quedando sin niños, cuando puede compartir con él las cosas que le ponen sabor a la vida: pique, un pucho, una pola, cuando lo ve viendo mujeres como él ve mujeres.

No piensa mucho en eso ni en esa época, pero fueron esos momentos donde su muchacho empezó a ser otro de los muchachos, por eso no le gusta pensarlo. ¡¡¡Gabriel!!! Grita para despertar al nuevo muchacho que podrá disfrutar del desayuno como lo hacía Edwin cuando era su muchacho, cada domingo lo hace y es uno de los momentos de la semana que más le gustan; Edwin le cuenta que antes no era siempre cada domingo, cuando le escribe y le dice que era de mes en cuando, cuando había para huevos y harina y azúcar y queso, se podían hacer los buñuelos, que antes en casa todo era más pequeño, el papá tomaba y se pega grandes fiestas y pegaba fuerte, que los domingos eran de guayabos; Gabriel y Edwin, cuando hablan de Fernando, parece que hablaran de hombres distintos, de casas distintas.

Pero ahora los domingos los hermanan, también lo hacen Fernando y la sangre, aunque no se conocen, le gusta saber que ahora es hermano mayor, que Gabriel ve Pokémon y no juega fútbol como él, entre más lejos de la cancha hay posibilidades de llegar más lejos del barrio, piensa, pero no se lo cuenta ni se lo escribe; Fernando lee sus cartas antes de guardarlas, le duele el pecho a veces cuando le cuenta cosas que ni él recuerda, pero ahora es otra historia, ahora tienen los domingos y sale contento con Gabriel de la mano a tomar el bus que los llevará al centro a tomar otro bus que los va a atravesar toda la ciudad hasta llegar a donde tomarán otro bus que los subirá al occidente, donde Gabriel correrá a la tienda por una gaseosa fría y que echarán en una bolsa transparente, porque Edwin puede tomar gaseosa sin gas, pero nunca caliente.

Y mientras que la sirve, Gabriel se mueve y riega un poco y la memoria muscular de Fernando es más rápida que su autocontrol y le siembra un coscorrón que lo deja con los ojos achocolatados, y a él pensando en que cada familia tiene sus tradiciones, como desayunar lo mismo los domingos cada domingo.

Chuparse los dedos

Es casi un acto reflejo, le ganan las ganas y no, simplemente no puede resistirse a algo tan simple, acerca sus manos a la boca y se lame, el sabor le ha bañado las muñecas, le ha cubierto los dedos y le hace olvidar todo, sabe bien, demasiado bien y es lo único que le importa, sabe que los adultos no se lamen en público, no así, no a medio caminar, es un privilegio de los niños poder hacerlo, valdría la pena nunca crecer para poder hacerlo sin culpa, para disfrutar de ese pequeño placer sin vergüenza alguna, pero, como muchas otras cosas en la vida, uno se deshace de la infancia con un afán precoz.

El sonido de los labios contra la piel le gusta, la saliva, el juego, el jugo, la saliva, los labios, los dientes… le gusta, simplemente le gusta, tiene algo animal, tiene algo que le impide olvidarlo o pasarlo por alto, y cuando llega la oportunidad la toma, parece casi untarse a propósito para tener una excusa para hacerlo, aunque no la necesita, está justificado desde su deseo y anhelo, cada quien sorbe lo que quiere, lo que puede, el tuétano del pollo, el colorante saborizado del raspado, el juguito de la carne del plato, el éxtasis que se escapa de los labios… lo piensa y se relame, piensa también en la lecherita ensangrentada escurriéndole por los dedos, en el glaseado de las batidoras, en todos esos momentos donde, como cualquier pirulito, la vida le entrega el placer justo en la punta de la lengua…

No hay nada que pueda impedirle que lo haga, no le importa, se lame porque puede y porque quiere, porque, al fin y al cabo, no es problema de nadie, su criterio estético que encuentra desagradable su costumbre no es su preocupación ni merece ser honrado por su pudor, lo desprecia, nada peor que una dictadura estética sobre el placer, como si el éxtasis fuera apreciativo y no sensitivo, lo que importa es lo que se siente indiferente de lo que se luzca, más lerdo el que se contiene solo para no incomodar la percepción moral de otro, piensa mientras recuerda las gotas de helado derretido corriéndole por las muñecas, el chantillí recuperado de las mejillas, la natilla de las cucharas de palo.

Todo decoro le parece impresentable, innecesario, el lujo es vulgaridad recuerda casi tarareando mientras de nuevo pega la boca al interior de sus muñecas para levantar un poco de aquello que lo tienta, recuerda la miel de algunos panqueques, el glaseado derretido por los lengüetazos de alguna chuchería y se relame con ganas, tensa la bolsa que tiene entre las manos y se acerca a ella con la misma liturgia que un gato ante un churu y con la misma ansia intenta arrebatar el sabor del envoltorio, se entrega al gusto, al momento y se pierde en cada lengüetazo.

Lo ve de frente y no sabe lo que piensa, lo ve de frente con los ojos cerrados, con la boca levantando unas pequeñas gotas de salsa y un ripio pequeño de papas y virutas de una ensalada, lo asombra su hambre y su apetito, lo asombra que nada le impida llevarse la bolsa a la boca, ni la mugre de sus manos, ni la basura que está aún en ella, ni la posibilidad de pensar en qué más estuvo sobre ella en la caneca de basura de donde la saca, el hambre no admite preguntas ni tiene criterios asépticos, no le desagrada verlo, pero no imagina que él no imagine todo lo que pudo estar ahí y que lo lleve a su boca con tanta complacencia, que los disfrute con tanto placer, se sorprende con la imagen y piensa en qué pensará para disfrutar tanto de una bolsa de hamburguesa salida de la basura, piensa en que algo debe recordar para considerarla un manjar digno de chuparse los dedos… sigue de largo con la idea en la cabeza, cada quien se chupa lo que puede, con las ganas que le dé la gana.

Tres deseos

Los genios viven en lámparas, soñaba de niño el niño; los genios cumplen deseos, pensaba él mientras dibujaba una lámpara en su cuaderno. Ese ademán le quedaría toda la vida: anillos y dijes con decoración de lámparas para frotar y desear. Creía que cuando una lámpara cumplía el genio estaba libre desde que a ese dibujo le pidió que Yuliana lo mirara en clase y ella, con esos ojitos girasolados, lo había mirado; luego había deseado que le hablara y ella, al verlo a los ojos, le dijo que qué le miraba y terminó por creer cuando ella le había besado la mejilla en respuesta a su respuesta. La magia habían sido las palabras y la propia infancia, porque cuando él le dijo que los ojos más lindos del mundo, pensándolo de verdad, ella, sin poder hacer más que creerle, no pudo más que besarlo de agradecimiento… A su favor tenía que él de verdad creía lo que decía, y en la magia que le había ayudado a decirlo. De esa no se recuperó.

Al día siguiente intentó pedirle a la misma lámpara las respuestas del examen de matemáticas y de su división de dos cifras, pero no hubo resultado. Su veredicto estaba claro: ninguna lámpara podía cumplir más de tres deseos. La borró y buscó otra. Portadas de cuaderno, cerámicas de su mamá: lo hacía con algo de desconfianza; llevaban toda la vida allí. Es fácil hablar de absolutos, de eternidades, cuando la existencia ha durado solo nueve años. El caso es que creía que eran viejas; al no cumplirse sus deseos, confirmaba que ya habían sido utilizadas, y seguía en la pesquisa. Aprendió que viejo y limpio era señal de uso, pero viejo y roído, de abandono, y en el abandono había la posibilidad de que al menos quedara un deseo…

Muchos se habían ido igual que los tres primeros: por una mirada, por un beso, por un final feliz… Nunca para frivolidades, ni plata ni negocios, ni fama. La magia pertenece a los ojos girasolados, a las pieles de caramelo y los labios endulzados de deseo, jamás para nada más. La magia se desea, se hace desear, debe ser digna antes que útil, debe ser anhelo antes que fruto, está condicionada por la posibilidad inimaginable de ser, y aunque termine, aunque se acabe, aunque no haya mañana para el deseo, no es vano que se consume ni que se consuma, porque si se vive se celebra y si se extingue, libera.

Se es preso del recuerdo consumado, y allí se siente cómodo: entre sus labios, entre sus manos, entre las palabras dichas entre los labios lamidos, entre las piernas recorridas y los susurros entrecortados. En él viven sus deseos, en eso piensa, en eso divagaba hasta que ella lo regresa a la tierra.

—¿Hola? Tierra a Raúl, te pregunté por qué te gustaban tanto las lámparas.

Él sonríe, la mira, se pierde de nuevo en su cabello rizado, en sus labios gruesos, en los ojos brillantes y acaricia, de manera casi instintiva, el anillo en el que tiene aún tres deseos. Calla, pero la mira; sonríe mientras la mira, mientras recorre las comisuras de sus labios, mientras acaricia su mano y se adentra en su mirada…

Sabe que la magia es un secreto, que no se devela porque podría no cumplirse. Esa idea lo atemoriza, mucho más teniéndola enfrente, así que contesta sin contestar: son bellas, tienen algo que me atrae… en eso se parecen a vos. Ella sonríe y se ruboriza; él borra un deseo. Él aprovecha y estira la mano para tocarle el rostro. Al tacto se sienten cálidas y reconfortan, también como vos, dice él mientras que se acerca a su rostro y sus labios. La besa lento, húmedo, tierno… y borra otro deseo. Ella, al separarse, se muerde los labios. Él entiende que la magia ha sucedido y la hala hacia él mientras que consuma su tercer deseo.

Contar cuenta

—Pico —dice un niño, y lleva su pierna derecha hasta acomodar el talón justo frente a la punta del pie izquierdo.

—Monto —responde otro, llevando su pierna izquierda hacia el frente para acomodar el talón izquierdo frente a la punta del zapato derecho.

Jairo los mira desde lejos. A su alrededor hay 23 o 24 niños más: unos altos, otros bajos, unos gordos; bueno, gorditos, a esa edad los niños gordos son pocos, a menos que se pongan cortos y guayos. Ellos, esos que atestiguan, están nerviosos. A esa edad, entre los 8 y los 12, nadie quiere quedarse fuera, pero solo 22 juegan. A alguno le tocará de árbitro, y los pequeños dictadores que eligen los jugadores tienen la misión de equilibrar el partido. El primero que escoge siempre elige al mejor o al mejor amigo; el segundo hace lo mismo. La calidad y la amistad. Tardarán años en darse cuenta de que eso será ley siempre: a uno lo escogen por bueno o por buena onda. Hay que ser muy bueno en lo que sea para que lo escojan siendo mala gente… aunque, como cantaba Bersuit, es solo una figurita el que está de presidente; no importa cuántos te escojan, las cosas no cambian.

—Pico —dice uno.

—Monto —responde el otro.

Y se acercan, y los que flaquean en habilidad sacan pecho o buscan hacerse cerca de los que son más malos que ellos para ser una elección segura, o más cerca del que mejor les cae para ser un buen premio de consolación. Los otros se acercan al centro con las manos atrás, sin decidir, sin moverse, simplemente por eliminación, sin saber hacia dónde irán. A sus ojos, los que escogen tampoco son tan buenos; no temen estar de un lado o del otro, les parece lo mismo, así que aguardan. Los que no son tan malos como los otros malos saben que los elegirán, pero los malos malos saben que deben hacerse elegir, porque de lo contrario confirmarán lo que todos saben: que son malos. Prometen gaseosas y papitas, prometen tapar y no quejarse, prometen traer otro balón. A toda costa, incluso a la de sí mismos, necesitan ser elegidos, no pueden quedarse sin eso.

Hay cosas que nunca cambian, piensa Jairo, cansado, al borde de la acera, con los pies recogidos, con el pucho entre los labios, con la pola vacía al lado izquierdo. Hay males que siempre están presentes, piensa, que son humanos, más que humanos, sociales. No pueden juntarse tres porque hay dos, siempre, queriendo dejar a uno por fuera. Siempre hay uno que piensa que lo que hay para repartir, sin importar si es mucho o poco, es más si se reparte entre menos…

—Pico —grita uno.

—Monto —le grita con rabia el otro, mientras le pisa los dedos.

El poder hace eso en la gente, incluso en los que se ven inocentes. El pisoteado camina cojo y quejándose; ya no quiere escoger al mejor ni al mejor amigo, sino al que más pata dé. Al que ganó ya no le importa el resultado; pase lo que vaya a pasar, él ya ha ganado la derrota de su contrincante… Mezquinos, enanos mezquinos.

Mientras fuma y toma, lo entiende: a uno le han contado y lo han contado. Contar cuenta. Quedarse por fuera también cuenta, aunque margina, aunque relega. Pensando, se da uno cuenta de que al final uno no cuenta tanto; sin embargo, hay momentos donde que no cuenten con uno cuenta mucho para uno. Sobre todo hay edades donde eso es importante, profesiones, espacios, momentos… Pero, por fortuna, después de los 30, por ejemplo, a uno ya no le importa. Uno ya no quiere que cuenten con uno, sabe que para eso siempre hay otros, que para algo siempre hay uno… que no necesariamente es uno. Qué importa que no cuenten con uno. Al final solo el que cuenta cree que es importante contar, y los contados van por ahí pensando que han sido parte del triunfo simplemente por haber estado del lado que para ellos cuenta…

Quemar las naves

Cristóbal saca una esfera seca y endurecida de parafina, pequeña, tiene el tamaño de un buñuelo antes de freír, antes de que el calor la expanda y lo esponje. Rafael lo mira con sus ojitos grandes y no pierde detalle de sus movimientos; lo ve jugar con ella y, como desconoce de qué se trata, la señala. Cristo se la extiende y se la señala: no se la ofrece, solo se la muestra. Él lo entiende, asiente; sus ojos curiosos expresan bien lo que él no puede articular en el idioma. Cristo mira la bola y comienza a hablarle.

—No lo recuerdo —le dice, mirando al niño a los ojos.

Cristo no le miente: no recuerda con qué propósito comenzó a recogerla, no recuerda para qué tampoco. Pudo haber sido un simple impulso repentino o un antojo inducido por un video en las redes sociales, alguna tendencia sobre darle forma a pensamientos o incluso al pasado mismo. Lo mira un poco ausente; no sabe explicarle lo que piensa, pero sabe que es necesario hacerlo.

—Mirá, Rafa: a uno le pasa como a esta bolita, que no sabe bien lo que es ni lo que lleva, que no tiene idea de lo que es, de dónde está, de para qué está acá ni para dónde va. Son las 4 grandes preguntas. Llegará el día donde vos también te las hagas, y es necesario que entiendas en ese momento algo que voy a decirte.

Rafa lo mira con los ojos abiertos. No es un síntoma de atención ni señal de espabilamiento: lo mira chupándose el pulgar. Para estar en el final de sus años, esa es muestra de que no es precisamente un chico muy adelantado. Cristo lo intuye: el chico no parece muy listo, pero él tampoco lo fue a mirada de sus tutores y profesores; quizá por eso, quizá porque aprendió enseñando, que aprendía más cuando hacía el intento de explicarle a otro algo en lo que nunca había pensado mucho. Quizá por eso le dijo:

—Mirá, Rafa: recordar es difícil, nadie lo recuerda y por eso nadie recuerda bien. Somos selectivos en los recuerdos, completamos con lo que tenemos a mano, con anhelos, con esperanza, con rabias, con otras miradas. Por eso es difícil conocerse, porque uno no sabe muy bien qué tanto es de uno y qué tanto es prestado, impuesto, acordado. Uno es un poco todo y todos, y es difícil recordar qué estaba ya ahí cuando uno llegó, qué trajo uno y qué se le pegó en el camino. Uno lleva todo eso a cuestas, uno es todo eso que se echa a cuestas, y entre más uno camina, más se echa encima, más se carga y más se mezcla. Al final no importa qué era uno, qué es de uno: uno es eso sumado, dividido; uno no es los factores sino el producto. Y eso está bien por un tiempo, pero luego se deforma y pierde foco; por eso, cuando la carga es mucha, nos acercamos al fuego de nuevo, a algo que nos queme o nos corte, porque es necesario sacarse lo que estorba, fundirse, irse un poco al vacío para reencontrarse.

A la gente le parecerá bien que lo hagas hasta mediados de tus 20, pero mientras más te acerques a los 30 cada vez podrás menos jugar esa carta. Es lo mismo que te pasa ahora chupando el dedo —le dice mientras sigue viendo al niño, que lo mira sin pestañear; bueno, no, no a él, sino a la esfera de colores que rueda sobre su mano. La sigue embelesado; la ve acercarse al fuego y la ve crecer en cada movimiento. Él lo entiende: juega con ella de manera que nunca la pierda de vista mientras habla, mientras él se lo explica a sí mismo; a sus casi 40 hay mucho que le sobra, que no reconoce y comienza a estorbarle.

—Lo vas a necesitar oír en unos años. Trataré de estar aquí para repetírtelo —le dice—, trataré de ser más sabio para cuando llegue el momento.

Lo mira y sonríe.

—Te enseñaré a quemar las naves, para que avances sin tanto peso.

Su hermana llega, los mira, recoge a Rafa.

—No lo dejés chupar dedo —le dice.

—No me di cuenta —miente—, hablábamos de cosas más importantes.

Responde y le guiña un ojo mientras le acerca la esfera tibia a la palma de la mano.