Tres deseos

Los genios viven en lámparas, soñaba de niño el niño; los genios cumplen deseos, pensaba él mientras dibujaba una lámpara en su cuaderno. Ese ademán le quedaría toda la vida: anillos y dijes con decoración de lámparas para frotar y desear. Creía que cuando una lámpara cumplía el genio estaba libre desde que a ese dibujo le pidió que Yuliana lo mirara en clase y ella, con esos ojitos girasolados, lo había mirado; luego había deseado que le hablara y ella, al verlo a los ojos, le dijo que qué le miraba y terminó por creer cuando ella le había besado la mejilla en respuesta a su respuesta. La magia habían sido las palabras y la propia infancia, porque cuando él le dijo que los ojos más lindos del mundo, pensándolo de verdad, ella, sin poder hacer más que creerle, no pudo más que besarlo de agradecimiento… A su favor tenía que él de verdad creía lo que decía, y en la magia que le había ayudado a decirlo. De esa no se recuperó.

Al día siguiente intentó pedirle a la misma lámpara las respuestas del examen de matemáticas y de su división de dos cifras, pero no hubo resultado. Su veredicto estaba claro: ninguna lámpara podía cumplir más de tres deseos. La borró y buscó otra. Portadas de cuaderno, cerámicas de su mamá: lo hacía con algo de desconfianza; llevaban toda la vida allí. Es fácil hablar de absolutos, de eternidades, cuando la existencia ha durado solo nueve años. El caso es que creía que eran viejas; al no cumplirse sus deseos, confirmaba que ya habían sido utilizadas, y seguía en la pesquisa. Aprendió que viejo y limpio era señal de uso, pero viejo y roído, de abandono, y en el abandono había la posibilidad de que al menos quedara un deseo…

Muchos se habían ido igual que los tres primeros: por una mirada, por un beso, por un final feliz… Nunca para frivolidades, ni plata ni negocios, ni fama. La magia pertenece a los ojos girasolados, a las pieles de caramelo y los labios endulzados de deseo, jamás para nada más. La magia se desea, se hace desear, debe ser digna antes que útil, debe ser anhelo antes que fruto, está condicionada por la posibilidad inimaginable de ser, y aunque termine, aunque se acabe, aunque no haya mañana para el deseo, no es vano que se consume ni que se consuma, porque si se vive se celebra y si se extingue, libera.

Se es preso del recuerdo consumado, y allí se siente cómodo: entre sus labios, entre sus manos, entre las palabras dichas entre los labios lamidos, entre las piernas recorridas y los susurros entrecortados. En él viven sus deseos, en eso piensa, en eso divagaba hasta que ella lo regresa a la tierra.

—¿Hola? Tierra a Raúl, te pregunté por qué te gustaban tanto las lámparas.

Él sonríe, la mira, se pierde de nuevo en su cabello rizado, en sus labios gruesos, en los ojos brillantes y acaricia, de manera casi instintiva, el anillo en el que tiene aún tres deseos. Calla, pero la mira; sonríe mientras la mira, mientras recorre las comisuras de sus labios, mientras acaricia su mano y se adentra en su mirada…

Sabe que la magia es un secreto, que no se devela porque podría no cumplirse. Esa idea lo atemoriza, mucho más teniéndola enfrente, así que contesta sin contestar: son bellas, tienen algo que me atrae… en eso se parecen a vos. Ella sonríe y se ruboriza; él borra un deseo. Él aprovecha y estira la mano para tocarle el rostro. Al tacto se sienten cálidas y reconfortan, también como vos, dice él mientras que se acerca a su rostro y sus labios. La besa lento, húmedo, tierno… y borra otro deseo. Ella, al separarse, se muerde los labios. Él entiende que la magia ha sucedido y la hala hacia él mientras que consuma su tercer deseo.

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