Trapitos al sol

Alberto tiene 50 años y camina despreciando las telas que cuelgan de los balcones, camina irritado y tozudo, como camina todo aquel que cree aprehender la verdad y la razón, a un paso constante y firme, las telas de colores lo irritan y lo provocan, antes esto no era así piensa pero no dice nada, guarda su aparente compostura, su frágil paz y su intranquila tranquilidad, el barrio donde soñó vivir y ahora vive le parece menos digno de lo que el sueño lo hacía sentirse, culpa a las sábanas, a las toallas y a los jeans azules, negros y a los vestidos y las faldas, agradece que no hayan calzoncillos a la vista, ni cucos curtidos expuestos, pero el alivio no le da tregua a su incomodidad, él sigue caminando con una falsa dignidad que funciona como un corrector de postura, la quijada erguida, la espalda recta, sin mirar al piso.

Mira siempre al frente como le enseñaron, como le dijeron, hombros rectos, manos sueltas, no hay cadencia en su paso, solo un ritmo constante, tac, tac, tac, parece que marcha aunque camina, es un paso constante, los caminantes dirían que es de los que saben caminar, la camisa va por dentro, planchada, el reloj en la mano izquierda, la argolla de matrimonio puesta, parece un tipo formal, sabe aparentarlo, saluda a los vigilantes de su conjunto por nombre, le gusta la diligencia con la que le responden don o señor, no parece darse cuenta que lo hace más por eso que por otra cosa, no los conoce mucho, les regala algo de vez en cuando, sabe lucir sin lucirse, nadie podría decir que lo hace para ser respetado, parece que lo hace por buen samaritano, como buen feligrés, aunque incluso cada domingo camine tozudo por el templo a recibir el cuerpo del hijo de dios en su boca completamente seguro de que hay allí muchos que no lo merecen porque se alejan de ser eso que él cree se acerca a ser.

La ley que lo gobierna piensa es real, la postura que defiende piensa que es verdad, la fe que profesa piensa es la única y verdadera, si la moral está con él quién podrá con él piensa, por eso se incomoda de que todo aquello que repele se le acerque, qué hacen esas sábanas fuera de una secadora, qué hacen esas ropas de telas corrientes secándose al sol como si el barrio fuera un balneario, qué hacen las personas en pijama en la calle como si, qué hace una tienda con sillas en la calle donde debería haber un minimercado y un parqueadero, qué hace la sociedad acercándosele con esa forma tan rústica, tan corriente… se perdieron los valores, el gusto, las buenas costumbres a las que él siempre quiso estar acostumbrado, su presencia serenamente inquieta es casi un acto de resistencia del tiempo piensa, ahora destaca más, ahora sirve de ejemplo, la moral lo respalda, la suya y la de los suyos, un ciudadano ejemplar preocupado como todo ciudadano por aquello que cree le pertenece.

Alberto camina disimulando sus disgustos, no participa con el afuera, agua y aceite piensa, piensa que es puro y bueno y que el mal no se le acerca, cree en lo que tantas veces se ha repetido y que si a la hora de la muerte el demonio lo tentara le diría que no tiene parte de su alma porque el día de la santa cruz dijo mil veces… mil veces, aunque se cambia de acera cuando viene uno que no luce como él luce, aunque pierde el apetito cuando se le acerca alguien con hambre, aunque su dios hable de amor y paz él sonría ante las muertes de aquellos que atentan contra su tranquilidad; no maltrata a los demás le basta con despreciarlos y señalarlos, a todos quienes no están a su altura social, la sociedad de los zancos, de personas que se hacen grandes a cualquier costo y en cualquier medio, Alberto es de esos que se incomodan por las sábanas que le dañan la vista desde su balcón y su camino pero nunca se incomodan con el espejo, que el asco lo tienen afuera pero nunca como reflejo, es el otro al que hay que examinar con detalle piensa para no ensuciarse, su reflejo solo le sirve para asegurarse que su ropa combine, que sus colores se hermanen, que sí parezca aquello a lo que quiere parecerse.

Un vecino lo mira pasar todos los días, sabe que piensa que la legítima defensa le impide estar mal, por eso lo mira siempre con un poco de lástima, Alberto lo mira y le alza la mano a la distancia, se conocen, él le responde alzando la cabeza desde su balcón con la ropita afuera sonriente, con la camisa arrugada y colorida, con la ropa manchada; sabe que le molesta ver un hombre que como él viviendo como esos que él llama ellos, pero prefiere tener la ropita sucia y la cabeza tranquila, Alberto se inquieta al verlo, tan tranquilo como él aparenta ser sin ninguna razón para serlo, cómo hará se pregunta pero no se lo pregunta… el vecino alza el café que se toma en un gesto amable que no parece digno del momento, pero al fin y al cabo vivir con los trapitos al sol le quita peso a todo lo que hay afuera.

Otras épocas

Es costumbre y menester renegar y desdeñar de todo lo que el otro hace, dice y sueña, es una regla invisible que devela a una humanidad envejecida, cuando la moral no se le ajusta y no es capaz de aceptar lo cotidiano rehúye al atril moral, se trepa en el palco de lo políticamente correcto para distanciarse de los demás, Pensaba Jaime mientras veía como Eva gritaba a la que parecía ser una enfermera nueva, ella era una señora de manual, sí de esa que parecía haber leído, creído y entendido los manuales para señoritas, por eso debería tenerle tedio y hastío, pero entendía que era una mujer de su época, que a sus 88 años pedirle que desconociera el mundo que llevaba en la sangre y la memoria era inútil.

Era una de esas sabelotodos, como todo anciano convencido de que el camino está perdido y que no hay futuro porque el presente desdeña de su pasado, y hablaba como la gente de su edad, y como esos que se piensan moralmente superiores, dando su opinión y asumiéndola como verdad, estúpida y arrogante como solo los viejos tienen derecho a ser, porque una cosa es vivir fiel a lo que se vivió, con ellos tenía paciencia y sentía hasta ternura, aunque detestaba y no podía tolerar el mismo comportamiento en los jóvenes, ineptos y arrogantes, y aunque a veces pensaba que quizá Eva había sido también como ellos, Francia, la vecina de Eva le recordaba que no, que 10 años habían bastado para cambiar algunos dogmas, pero que era imposible lograrlo con todos… Francia era al igual que Eva mujer de otra época, pero más espabilada, y lo trataba como pocas personas, no le molestaba su condición de migrante, ni su color apanelado, para ella además era evidente que en cuestiones de cama y sábanas Jaime tenía recorrido; con ella tenía las mejores conversaciones, ella había sido catedrática de filología y magister de filosofía, Jaime juraba para sus adentros que no había hecho doctorado solo porque no había otra titulación que sonara tan similar a las dos anteriores, porque aunque flexible socialmente, era una mujer de postura definida, había estudiado, se había preguntado, había formado un criterio sustentado, y combatido a las Eva de su generación.

Las mujeres de su época decía, para referirse a Eva y sus amigas suelen hablar sin fundamentos, son sofistas que confunden la opinión con el argumento, que usan como instrumento investigativo un aplausómetro de sectores sociales, hablan solo para ser escuchadas, pero no para decir nada, no para ser tenidas en cuenta, si no fuera por ellas y las que son como ellas, esa horrible característica sería quizá solo de los políticos,  decía y se reía, “pelimoradas” así son todas esas.

A Jaime le caía bien, siempre hay que ser amigo de las personas que insultan con gracia, son inteligentes y suelen ser grandes conversadoras, lo pensaba sacando el pecho, orgulloso de su idea, dicho sea demás para él su generación no tenía mucho que celebrarse, pero el se preciaba de su “Instinto Astral” yo puedo verlo claro, verlo bien, hay que tener el ojo entrenado para ver esas cosas que la gente es, me refiero a esas que realmente son, no las que dicen ser, ni las que intentan ser, si no la sombra sobre la cual camina y se paran, son diferentes, cambian de acuerdo al ángulo que el sol los alumbre, pero eso no evitaba que tratara con el respeto esperado y la diligencia adecuada como para que incluso las mujeres como Eva no le recriminaran su caminar afeminado, ni su discurso pérfido a inciensito y chamanería, a mercurio retrógrado y mindfullnes de podcast.  

Son de otras épocas distintas decía e iba rápido a consolarlas, pero a Reina no le importaba, —Para ser un cretino alienado dijo, no se necesita edad, ni género, ni sexo, ni condición especial alguna, los imbéciles, son atemporales, mi abuela dijo al final no es distinta, y mis compañeras de la u tampoco, lo único más viejas que ellas es su falta de empatía, y lo único que está más podrido que sus cuerpos es su tolerancia. Lo dijo firme, seco, en un tono tranquilo, pero vehemente.

—Necesitás algo, puedo ayudarte preguntó Jaime conmocionado al notar que no era una enfermera.

—Que dejés de defendarlas, a ellas y a sus otras épocas.